Leer Novelas
  • Completado
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
Avanzado
Iniciar sesión Registrarse
  • Completado
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
  • Configuración de usuario
Iniciar sesión Registrarse
Anterior
Siguiente

1. Let's Play - Capítulo 18

  1. Inicio
  2. 1. Let's Play
  3. Capítulo 18 - Capítulo 18: 16
Anterior
Siguiente
Configuración
Tamaño de Fuente
A A 16px
Tipo de Fuente
Color de Fondo

Capítulo 18: 16

Mi oficina, mis reglas, su cuerpo

No había salida limpia, solo jugadas necesarias

Rush

—¿La invitaste? ¿En serio? —soltó Rise apenas crucé la puerta de mi oficina, luego de haberle entregado a Larissa las llaves de mi deportivo favorito. Gruñí en su dirección, sin necesidad de mirar—. Es… interesante, eso es todo.

Los tres seguían justo como los dejé: esparcidos por los muebles, irritados y expectantes, como si mi ausencia hubiera significado un ultraje personal. Lo mejor del asunto era que no me importaba una mierda. Crucé el umbral sin pausa y me senté detrás del escritorio.

—No creo que hayan venido hasta aquí solo para opinar sobre a quién invito o no, Rise —comenté sin emoción.

—De hecho, sí —respondió Riden, frunciendo el ceño—. Sabes que a él…

—No me importa —interrumpí, directo—. Fue Mila quien soltó el tema frente a Larissa. Y deberían estar agradecidos: si no fuera por ella, yo no habría aceptado la invitación.

Mi hermana menor alzó una ceja, sus ojos buscando los míos, un atisbo de culpa en su rostro.

—Sí, y fue mi error, Rush. No quiero que papá lo tome contra ella —murmuró, con una culpa que rozaba lo sin sentido—. No quiero que se aleje de ti por ver a mi papá comportándose como un idiota.

Esbocé una sonrisa pequeña.

—Estoy seguro como el infierno que él no va a intimidarla ni un segundo.

—Los chicos me dijeron que seguramente dirías eso —suspiró.

—¿Entonces por qué…?

—Porque es un evento familiar, Rush —se adelantó Rise, encogiéndose de hombros—. Sabes muy bien que él se molestará y terminará teniendo una rabieta en medio de toda la jodida gala.

—Rise, ¿qué te hace pensar que eso me interesa lo más mínimo?

Riden y Rise soltaron un resoplido sincronizado.

—Sé que no te interesa en absoluto, pero queremos tener una ventaja cuando el viejo se enoje y nos culpe a nosotros por no haberte dicho una mierda —gruñó Riden, frustrado.

Incliné la cabeza, con diversión apenas visible.

—Considérenme advertido —respondí, apoyándome contra el respaldo del sillón—. ¿Algo más, o eso es todo?

Mila se levantó sin decir una sola palabra y abandonó la oficina antes de que mis hermanos tuviesen la oportunidad de decir algo. Era su forma de marcar los límites, y lo había aprendido desde pequeña: no todos los temas eran para sus oídos.

Riden y Rise ocuparon las sillas frente a mi escritorio. Sus rostros hablaban de tensión y problemas que no iban a resolver solos.

—Tenemos tratos con los Cloud, Foster, la Bratva y con la ‘Ndrangheta —dijo Riden, irritado—. ¿Podrías, por favor, terminar matando a Zacharias antes de que lo haga yo?

Me pasé una mano por la cara, hastiado de la sola mención de su nombre.

—Quitando a Nóvikov y Foster, la ‘Ndrangheta y los Cloud son prioritarios —añadió Rise, con tono grave—. El intento de suicidio de Zach al menos nos quitó de encima los kilos restantes de la droga de Nóvikov. Pero el Boss no es un imbécil. Tarde o temprano, descubrirá lo que pasó… y quién lo hizo.

Asentí, sin ganas, apoyando los codos en el escritorio.

—Lo sé —respondí, frustrado—. Estoy a punto de seguir tu sugerencia, Riden —deslicé mi mirada hacia él—. Zacharias está empezando a sacarme de mis casillas.

—¿Empezando? —resopló él—. Rush, el hijo de perra saca a cualquiera de quicio con solo existir.

Una sonrisa se deslizó, lenta, por mis labios. Difícil no hacerlo cuando esa imagen de una pequeña fiera sacándole la mierda al imbécil de Anderson aún me bailaba en la cabeza.

—No podemos seguir cerrando el club si Anderson continúa haciendo tratos por su cuenta —intervino Rise—. El idiota va a terminar enterrado en pedazos si sigue así.

—No es que me importe —musitó Riden, con desdén.

Me recliné en la silla, observándolos. Ambos tenían razón. Zacharias iba a morir. No era una amenaza. Era una maldita certeza. Si Nikolay se enteraba del segundo robo a su mercancía, lo iba a matar. Ya lo había intentado una vez, y si no lo logró fue porque la droga italiana le interesaba demasiado en ese momento. La Bratva odiaba a la ‘Ndrangheta, sí, pero respetaban lo que el producto significaba: calidad, poder, control. Y ese respeto no se regalaba. Se ganaba.

Pero incluso con eso… Nikolay no iba a perdonar una segunda vez. No al bastardo de Anderson.

—Ahora —cortó Rise, rompiendo mis pensamientos—, ¿cuándo pensabas contarnos de la aventura que estás teniendo?

Alcé la mirada, estudiándolos con calma.

—¿Qué aventura? —pregunté, sin emociones.

—Ekaterina Nóvikov —espetó Rise, molesto—. Rush, si papá se entera de quién es ella, de quién es Larissa en realidad… va a matarla.

—¿Siquiera confías en ella? ¡Es la hija de Nikolay Nóvikov, Rush! ¿Qué mierda te pasa? —gruñó Riden, poniéndose de pie enojado.

Ah. Entonces ahí estaba. De ahí venía su insistencia en la gala, su tensión. No era por mí. Era por ella.

Inspiré hondo, dejé que el aire se expandiera dentro de mis pulmones y lo solté despacio, como si eso fuera a sacar también la paciencia que no tenía. Mis ojos se volvieron hielo cuando los miré.

—Jonathan no la reconoció —siseé—. Y nadie más sabe. Quiero que siga así.

Sus expresiones fueron más elocuentes que cualquier palabra. Ambos me miraron como si acabara de ponerme una diana en la frente.

—Estás siendo estúpido —disparó Rise.

—Estás siendo hormonal —secundó Riden, apoyándose en el marco de la puerta, sin ocultar su rabia.

Chasqueé la lengua. La irritación empezó a colarse por mi mandíbula tensa.

—Sus opiniones me interesan una mierda —repliqué con voz baja, peligrosa—. Nikolay la cree muerta. Y si Jonathan no pudo descubrirla, estoy jodidamente seguro de que el otro bastardo tampoco lo hará.

—¿Y cómo crees que nosotros sí la descubrimos, Rush? —espetó Riden, volviendo a dejarse caer en la silla como si el peso de la conversación le tirara del cuerpo—. No cometas el error de pensar que Nóvikov o papá no pueden hacer lo mismo.

Bueno, bien.

Era hora de poner las cartas sobre la mesa.

—Descubrieron lo de Ekaterina tan solo porque yo les di las pistas para hacerlo, Rise. Solo por eso —aclaré, dejando caer la frase con toda la intención.

La satisfacción que me produjo ver sus rostros atónitos fue… exquisita. Pocas cosas me daban tanto gusto como dejarlos en silencio por algo que no vieron venir.

—Necesitaba saber si eran lo suficientemente inteligentes para atar cabos. Y no, no me decepcionaron —añadí con tono pausado, seguro—. Además, soy lo bastante transparente con ustedes como para no ocultarles esa información. Les dejé las señales justas, suficientes. Si llegaron a ella fue porque yo quise que lo hicieran. Así que sí, puedo estar jodidamente confiado en que ni mi bastardo de padre ni el idiota de Nóvikov podrán descubrirla.

El silencio que siguió fue justo el que me gustaba. No el incómodo. No el tenso. Sino ese en el que me miraban sin cuestionamientos, sin dudas. Con respeto. Era así como me gustaba tenerlos de vez en cuando.

—¿Entonces con tus papeles en el escritorio…? —empezó Riden, midiendo sus palabras.

—¿Y tus documentos en la laptop…? —siguió Rise, con una mirada inquisitiva.

—Yo lo quise así —respondí con una sonrisa imperturbable.

Y lo había hecho porque, si alguno de ellos quería una prueba de confianza a ciegas, ahí la tenían. Porque les fiaba cualquier cosa. Porque no confiaba en nadie más.

—Ahora, si me disculpan —añadí con tono claro, señalando la puerta con la mirada—, tengo cosas más importantes que atender.

Ambos se pusieron de pie sin decir una palabra más. Salieron de mi oficina como lo hacían cuando entendían que ya no había más terreno que disputar. Me incliné hacia atrás en la silla y dejé que mis pensamientos empezaran a girar alrededor sobre qué demonios haría con del imbécil de Zacharias, cuando escuché pasos de regreso.

Riden.

Volvió con el ceño fruncido y la misma actitud hosca de siempre, solo que esa vez, la razón era otra. Se acercó, recuperó su silla con una lentitud poco usual, y no dijo nada durante unos segundos.

—Me gusta —soltó por fin, entre dientes.

Levanté una ceja, dándole pie a que se explicara.

—Larissa. Quiero decir, Ekaterina —aclaró, sin mirarme directamente—. Te sienta bien. No recuerdo haberte visto tan… ¿feliz? En los últimos años. Me sorprende, claro está, que ella sea la elegida. Pero si logra que seas menos odioso de lo habitual…

Solté una risa baja, seca. No porque me burlara. Sino porque ni yo lo había visto venir. Riden nunca había opinado sobre mis relaciones, y que justo ahora lo hiciera, con Ekaterina Nóvikov, no era algo menor.

—También eso me tomó por sorpresa —confesé, sincero.

Y lo decía en serio. No estaba en mis planes sucumbir ante los encantos de Ekaterina Nóvikov. No había estrategia ni cálculo que anticipara eso. Pero lo cierto era que caí de culo por ella. Sin aviso. Sin freno.

¿Y cómo no?

La chica era un puto cóctel de contradicciones: peligrosamente sexy, desquiciadamente inteligente, agotadora, aguda, desafiante… y letal.

Exactamente como me gustan las cosas que no debía tocar.

Aunque ella no me había hablado aún sobre su verdadera identidad, confiaba en ella. ¿Por qué? Ni idea. Era irracional. Apenas había pasado poco tiempo desde que la conocí, por el amor de Cristo, y aun así… confiaba.

Una parte de mí gritaba que no era lógico. La otra no me dejaba dudar de ella.

La maldita se había metido tanto en mi cabeza, que escuchar la parte racional de mi cerebro ya no me era una puta opción… y eso era zona roja para mí.

—Además, pateó tu culo en póker —intervino Riden con una sonrisa burlona—. Te dio el baño de humildad que te hacía falta.

Solté una risa auténtica.

—Debería darte vergüenza, en todo caso. Una chica logró vencerme y tú, que llevas años prometiéndolo, ni siquiera logras sacarme en la segunda ronda.

Riden bufó.

—Lo que tú digas, Rush —masculló. El silencio volvió, cómodo, hasta que él volvió a romperlo. Esta vez sin el sarcasmo habitual—. La vas a proteger, ¿cierto? De papá, digo.

Oh, bueno, eso era nuevo.

—¿Qué te hace pensar que no lo haría? —pregunté sin levantar la voz.

Se encogió de hombros, clavando la vista en el suelo.

—Papá puede ser… muy sádico cuando se lo propone. Yo… —soltó un suspiro, luego me miró. De frente. Sus ojos marrones, claros y honestos, estaban cargados de una preocupación que rara vez mostraba—. Solo quiero verte sonreír más. Sé que no te lo digo, nunca lo hago, pero me preocupo por ti, Rush. No quiero que termines convirtiéndote en él.

Joder.

Apreté los dientes con fuerza. Ese tipo de confesiones no eran comunes entre nosotros. Pero esa… esa me jodió más de lo que debería. Esperaba mucho que mi cara no reflejara todo el aturdimiento por su confesión, pero sabiendo que era mi única oportunidad, me levanté sin pensarlo mucho, me acerqué y lo saqué de su silla para abrazarlo.

Era muy escaso que él se sincerara y que demostrara su preocupación por mí. Desde que entró a todo esto nunca lo había visto preocupado. ¿De mal humor? Demasiadas veces, pero nunca preocupado, ¿y por mí? Mucho menos.

Fue un abrazo breve, incómodo al principio, pero honesto. Y cuando Riden me devolvió el gesto, sentí esa jodida tensión que siempre cargaba encima desaparecer aunque fuera por unos segundos.

—No voy a ser como él —le prometí en voz baja.

Mi hermano asintió, apenas, y luego se fue por segunda vez. Esta vez sin tensión, sin reclamos. Solo con la certeza de haber dicho lo que tenía que decir.

Me quedé solo.

Le di varias vueltas a la habitación, intentando desviar mis pensamientos, pero ellos tenían una dirección muy clara. Ekaterina. Larissa. Ella.

Pensé en todo lo que había removido desde que llegó. En todo lo que me hizo maldecir desde que puse vigilancia estrecha en su jodido culo infiltrado. En el huracán de emociones que me hizo experimentar desde ese momento hasta tenerla frente a mí la noche pasada, justo luego de que me hizo mandar mi sentido común y vigilancia a la mierda al verla con Drake Anderson pegada como una maldita garrapata.

¿Estaba caminando sobre fuego? Quizás. ¿Me importaba? Poco.

Así que sin quererlo… sonreí.

Maldita sea.

Riden tenía razón. Con ella, era feliz.

Lo cual solo podía significar una cosa.

Dios.

«Me estoy hundiendo mucho más de lo que creí posible por Ekaterina Nóvikov».

Me detuve en seco. El pensamiento no solo fue sorpresivo, fue una revelación que golpeó con más fuerza que cualquier otra cosa. ¿Cómo carajos pasó tan rápido? ¿Desde cuándo yo podía siquiera…?

De acuerdo, sí. Tuve una que otra relación formal, Rebecca fue una de ellas. Y sí, con ella caí fuerte cuando me soltó la noticia del embarazo. Admito que me golpeó, me afectó. Pero eso no fue amor, fue culpa, confusión y un par de promesas rotas.

Con Ekaterina… Eso era distinto. Ella era distinta.

Ekaterina me desafiaba. Me contradecía, me enfrentaba, me pisaba el ego y me dejaba saber malditamente bien cuando se hallaba enojada conmigo. Y aún así… no podía apartarme.

Entonces… ¿lo que sentía por ella era…?

«Al parecer sí».

Sacudí la cabeza, como si pudiera hacer retroceder lo inevitable. Pero no funcionó. Salí de la oficina, tomé el ascensor sin mirar a nadie y bajé al parking. En cuanto toqué el asfalto, ya sabía lo que iba a hacer.

Iba a verla. ¿Por qué? No tenía ni una puta idea. Solo… tenía que verla.

♦ ♦ ♦

En cuanto llegué a su departamento y vi su pequeño y ardiente como el infierno cuerpo abrirme la puerta, supe que venir a verla había sido la mejor jodida decisión que tomé en todo el día.

Pero entonces la vi con el arma en la mano y toda emoción se evaporó en un segundo mientras que la preocupación voló por los aires. O al menos, una parte de mí intentó preocuparse. La otra, la parte menos racional, la más primitiva… se endureció al instante.

Cuando me explicaron lo ocurrido con Zacharias y la posible reacción de Nóvikov, entendí por qué Ekaterina estaba alerta a cualquier tipo de amenaza y verla así, armada, atenta, encendida… Me excitó demasiado para mi maldito bien.

Luego, cuando vi cómo levantaba la cabeza de golpe —como si su cerebro hubiera hecho click en mitad de una ráfaga de pensamientos—, supe que venía algo. Esa mirada suya, brillante, con “plan” escrito en cada centímetro de sus ojos, casi me hacía reír. No era el momento… pero lo deseé con ganas.

—No —saltó Kendall antes de que pudiera abrir la boca, con el ceño fruncido como si ya supiera lo que venía—. Tus ideas son peligrosas. Y más si incluyen a Zach.

Ekaterina rodó los ojos, con fastidio.

—No voy a matarlo si eso es lo que te preocupa —contestó con burla apenas disimulada.

—No es que fuese mala idea —murmuró Drake, dándole un gran trago a su whisky.

—Dispara —le solté a la pequeña figura frente a mí.

—Drógalo —dijo.

Silencio.

No bromeaba.

Sus ojos estaban fríos, fijos, sin un rastro de humor. Estaba hablando en serio. Mi mujer hablaba en serio.

—Dios —suspiró Kendall, casi de manera teatral, dejando caer la cabeza en sus manos—. Por supuesto.

—¿Por qué? —preguntó Drake, tan serio como ella.

—Para esconderlo —contestó de inmediato—. Lo drogamos y lo dejamos en un lugar donde ni siquiera el Boss se molestaría en buscar —levanté una ceja en una clara señal para que me dijera en dónde diablos pensaba esconderlo—. ¡Tu casa!

Me tomó un segundo procesarlo.

«¿Mi casa?».

Ella había perdido la jodida cabeza.

Si el Boss quería, requisaría cada milímetro cuadrado de Miami para encontrar al saco de mierda de Zacharias. ¿Qué diablos le hacía pensar a su hija que mi casa iba a ser su punto ciego?

—¿Mi casa? —repetí, despacio.

—Tu casa —insistió, emocionada.

—¿Qué te hace pensar que el Boss no va a buscar en mi casa, Larissa? —pregunté intentando que ella de verdad se escuchara a sí misma.

—A ver, sí lo hará. Pero de último —respondió como si fuera lo más lógico del mundo—. Primero irá por el entorno cercano, por los movimientos recientes, por donde tiene vigilancia. A ti te ve como un pilar, no como un obstáculo. No espera que tú encubras a Zacharias, no así. No de inmediato. Eso nos da margen.

—¿Y si no lo encuentra ahí? ¿Qué pasa con la familia de los Anderson? —rebatí. Ella frunció los labios. Sabía que era un riesgo—. Si no lo encuentra, el Boss va a ir por su familia. No va a esperar. Y no va a preguntar primero.

«Para ser su hija…».

Ella respiró hondo, irritada.

—¿Piensas dejarme terminar? —suspiré, divertido, y asentí—. Zacharias estará en tu casa, drogado, atado y sin posibilidad de mover un dedo. Mientras tanto, tú vas a dar la cara. Lo distraes. Le dices cualquier mierda: que se fue de viaje, que está ocupado en una negociación. No importa. Lo que necesitamos es mantenerlo lejos de la pista correcta.

—¿Y de qué se supone que voy a hablar con él? ¿Del clima? —respondí con el tono plano que usaba cuando alguien estaba soltando estupideces—. Él quiere a Zach, no a mí. Va directo por él.

—¿De qué más piensas hablar, Rush? ¿Qué es lo que ustedes dos tienen en común? —me lanzó, estresada, apretando la mandíbula.

Sabía que era el club lo que nos unía, pero en serio me gustaba verla enojada, decidida. Me gustaba verla así, con la cabeza a mil y la lengua más afilada que nunca.

Pero eso no quitaba que, en ese momento, lo que teníamos enfrente no era un juego, era una apuesta a ciegas. Y a mí nunca me gustó perder.

—¿El idioma? —levanté una ceja, sin una pizca de inocencia.

El sonido que salió de su garganta fue una mezcla entre frustración y amenaza. Estuvo cerca de hacerme reír, pero mantuve el rostro neutro. Solo porque podía. Porque disfrutar verla al borde no significaba que fuera a perder el control.

—Rush —gruñó, oscureciendo la mirada.

Antes de que pudiera seguir, Drake intervino.

—No es una mala idea —saltó, ignorándonos—. ¿Pero no crees que él sospechará? —me miró de frente.

—Estamos hablando de la Bratva, Drake. No se trata de si va a sospechar. Claro que lo hará —respondí sin rodeos. Larissa se dejó caer en el sofá, decepcionada, como si toda su apuesta se estuviera desmoronando frente a ella. La observé un segundo más antes de soltar lo siguiente—: Pero si le mandamos una invitación a una reunión y forzamos su llegada… podríamos hacer que no tenga tiempo de cuestionarlo.

Mi novia alzó su cabeza en una clara señal de victoria y sin avisar, se acercó y me plantó un beso corto, pero firme. Puse los ojos en blanco, pero mis brazos ya la estaban atrapando, pegándola contra mí. La apreté sin decir nada.

Secretamente, me encantaba tenerla ahí. Justo ahí, disfrutando de la sensación que eso causaba.

—Me pondré en eso —anunció Drake. Terminó su trago, dejó el vaso y salió del departamento, dándome un leve asentimiento al pasar. Le devolví el gesto.

—Bueno, eso fue rápido —dijo Kendall, aliviada. Me lanzó una mirada cargada de complicidad mientras se colocaba una chaqueta de cuero negro.

Le respondí con una sonrisa. Tenía anotado en la cabeza todo lo que necesitaba comprar para el cumpleaños de Ekaterina. Y Kendall estaba encantada de que me hiciera el idiota útil para la fiesta sorpresa.

—Voy a visitar al idiota de Zach —le soltó a mi novia antes de jalarle el cabello y desaparecer por la puerta.

Nos quedamos solos.

Ella se separó apenas un poco. Lo suficiente para mirarme de frente y curvar esos labios con esa sonrisa suya que no me dejaba indiferente.

—Bueno… ahora que quedamos tú y yo, supongo que…

No la dejé terminar. Mi boca se estampó contra la suya con la precisión de un hombre que ya había esperado demasiado. Ella apenas alcanzó a reír antes de gemir. Suave. Justo como me gustaba.

Le había prometido un “después” antes de babear por ella cuando apareció con ese maldito vestido en medio de mi sala, creyendo que podía vestirse como princesa y no esperar consecuencias. Ahora era un buen después para mí. De todas formas, había esperado mucho. Tan solo verla toda sexy y segura manejando mi McLaren me había torturado demasiado.

Ahora quería verla igual de segura. Pero en mi cama. Sin ropa. Gimiendo mi nombre entre jadeos. Mientras llegaba a su orgasmo. Varias veces. Porque una vez no iba a bastar. Ni dos. Iba a hacerla rogar. Y luego, volver a empezar.

Ella me rodeó el cuello con sus brazos, y la alcé sin pensarlo. Tomé ese trasero perfecto con ambas manos y la apoyé sobre la barra de la cocina sin separarnos un segundo.

Solo rompí el beso para quitarle esa camisa de mierda por encima de la cabeza. Quedó frente a mí en ese maldito sujetador de encaje que debía de ser ilegal y me tomé el lujo de admirar sus pechos por varios segundos. Quería grabarme esa imagen. Su piel, su respiración agitada, su mirada entrecerrada. Después deslicé mi mano por su espalda, y desabroché el sujetador.

El encaje cayó por sus hombros como una maldita ofrenda.

Ekaterina soltó un gemido al sentir la libertad y, antes de que el sonido se evaporara, metí su pezón izquierdo en mi boca y succioné.

Chupé, lamí y mordisqueé ambos pezones hasta que me apartó con un gruñido suave y volvió a besarme con hambre. Una hambre que igualaba la mía. La dejé jugar, explorarme la boca, morderme el labio. Mientras lo hacía, le arranqué los vaqueros como si me estorbaran la vida. Me separé apenas para dejar un camino de besos: cuello, clavícula, tetas, vientre.

Y cuando llegué a sus muslos y vi esas bragas pequeñas, moradas, completamente empapadas…

Joder.

Mi polla de manera instintiva se endureció aún más cuando entraron a mi campo de visión. Alcé mi vista una vez más hacia Ekaterina, haciéndola enroscar sus piernas en mis caderas para cargarla hasta su habitación.

Una vez adentro, la aventé con brusquedad en su cama, haciendo que rebotara. Dejé que mi vista viajara por todo su cuerpo desnudo, excitándome con cada fragmento de piel que veía.

No aguantando más, me lancé sobre ella. Recorrí su cuerpo con la boca, dejando besos lentos y cargados. Y cuando mi rostro quedó justo entre sus piernas, su aroma me golpeó como un puto disparo. Estaba tan mojada que casi la embestía sin previo aviso. Pero no, me aguanté. Aquello era mío. Y me lo iba a comer como debía.

—Rush, por favor —gimió.

—¿Por favor qué, princesa? —susurré contra su piel, empujando mi primer dedo dentro de su coño.

Solté una maldición entre dientes. Estaba caliente, estrecha, húmeda. Mi dedo desapareció entre sus paredes que lo succionaban como si me rogaran no sacarlo.

—¿En serio vamos a jugar? —gimoteó, frustrada.

No le respondí. Solo me reí, bajo, gutural, y seguí moviendo el dedo dentro de ella con ritmo lento, calculado, saboreando su desesperación. Entraba y salía con una presión medida, sintiendo cómo su coño se empapaba aún más con cada segundo, cómo sus caderas empezaban a moverse buscando fricción, buscando liberarse de esa tensión que yo mismo le provocaba. Sus gemidos se volvieron más entrecortados, sus piernas me envolvían con fuerza, y su espalda se arqueó tan deliciosamente que mis ojos subieron para observar cómo sus pechos se alzaban con cada espasmo de placer.

Estaba a punto.

Lo sentía. Su cuerpo entero estaba entrando en ese punto dulce, ese vértice justo antes del clímax…

«¿Y sí…?».

Saqué el dedo con rapidez, cortándole el placer de su orgasmo. Ekaterina soltó una maldición airada, un gruñido frustrado. Cayó de espaldas a la cama con un bufido y luego se incorporó de golpe con el ceño fruncido y fuego en la mirada. No dijo nada. Solo me miró como si fuera a devorarme vivo, y comenzó a desnudarme sin delicadeza alguna. Abrió mis vaqueros y los tiró hacia abajo con furia, haciéndome soltar una carcajada.

—Bueno, digamos que no estás de humor —solté divertido.

—Muérdeme —siseó mientras sacaba mi camisa por mi cabeza y la arrojaba al suelo.

Ayudé un poco quitándome los zapatos, los jeans que aún colgaban a medio camino, y justo cuando iba a seguir con algún comentario sarcástico, dos tetas firmes y suaves se posaron frente a mi cara como una provocación divina. Con los pezones duros, llamándome. Me incliné hacia uno y lo atrapó mi boca al instante, jugando con la lengua, mordiendo apenas.

—Realmente no me quejo de la vista —murmuré, relamiéndome.

Pero la muy maldita me alejó. Se retiró con una sonrisa perversa, me miró con esos ojos que sabían con exactitud lo que hacían y se inclinó hasta mi oído, donde atrapó mi lóbulo entre sus dientes.

—A este juego, cariño, puedo jugar también —susurró.

No me dio tiempo a responder. Bajó lentamente por mi cuerpo, hasta quedar justo frente a mi verga. La miró un segundo. Después, sin avisar, la metió en su boca de golpe, sin filtros, sin preámbulos.

Mi cabeza cayó hacia atrás.

—Chert —mascullé. Mis manos se clavaron en su cabello, intentando controlar ese jodido ritmo maldito—. Llévalo con calma, princesa —dije entre dientes.

Me ignoró. Por completo. Como si supiera que me estaba llevando al borde a propósito. Su boca se movía con decisión, chupando fuerte, rápido, profundo. Mis intentos de controlar su velocidad quedaron en la basura cuando sacó mi polla de su boca, le pasó la lengua por la punta, despacio, y me lanzó una sonrisa tan descarada que me hizo gruñir. Guiñó un ojo y volvió a tragarla como si su boca fuera suya y yo no tuviera ni voz ni voto.

Cerré los ojos, dejándome caer en esa sensación, en ese ritmo infernal que me estaba haciendo perder el control. Su boca hacía maravillas con mi polla, hasta que sentí que estaba llegando al borde. Jodidamente rápido. El calor acumulándose, la tensión disparándose desde mis muslos hacia el centro de mi cuerpo. Mierda. No podía correrme todavía. No así. No sin estar dentro de ella.

—Princesa —advertí entre jadeos, mi voz quebrándose mientras trataba de detenerla. Pero no sirvió para un carajo. Seguía. Persistente. Maldita sea. —Mierda, no.

No hubo más advertencias. Saqué mi polla de su boca con un movimiento brusco, la tomé por la cintura, la giré y la lancé bajo mí con fuerza. Me posicioné entre sus piernas y la embestí de golpe, sin esperar, sin pedir permiso. Su cuerpo se arqueó, sus uñas se clavaron en mi espalda como garras, bajando en una línea ardiente que me encendió más.

—Eres salvaje, princesa —gruñí entre dientes, sin perder el ritmo de las embestidas.

—¡Rush! —gritó, cerrando los ojos, y dejándose llevar.

—Mírame a mí —le ordené contra su oído, deteniendo mis embestidas.

Y lo hizo. Me sostuvo la mirada, desafiante, con esa furia encendida en sus pupilas que me volvía loco. No era sumisión, era hambre. Era ella gritándome que podía aguantar todo lo que le diera… y aún así pedirme más.

Bajó las manos, se deslizó hasta mis glúteos y me propinó un pellizco que me arrancó un gruñido bajo y jodidamente excitado.

—Fóllame hasta que no sienta mis piernas —masculló con esa voz ronca que… maldita sea.

Levanté una ceja y sin decir palabra, volví a moverme. Reanudé las embestidas con ritmo, firmeza y ganas. No dulzura, ansias. Quería perderme dentro de ella, volverme adicto a sus gemidos. Mi boca encontró la suya como si necesitara oxígeno, y mi mano atrapó uno de sus pechos, apretando el pezón hasta hacerla gemir contra mis labios, dándome ese sonido perfecto que quería volver a oír una y otra vez.

—¿Te gusta entonces? —susurré mordiendo su labio superior, dejando que sintiera mi sonrisa.

—¡Más! —suplicó con esa voz desesperada que me rompió cualquier intento de autocontrol.

Y mi cuerpo reaccionó. Como si fuese suyo. Porque en ese momento lo era. El ritmo se volvió frenético, sucio, perfecto. Las caderas chocando, la respiración entrecortada, el sudor mezclándose. Los gemidos se volvieron gritos, las palabras, maldiciones. Y el orgasmo llegó como una ola jodida e intensa, una explosión brutal. Sentí su coño apretándome sin misericordia mientras me corría dentro de ella, llenándola, marcándola desde dentro. Pero no era suficiente. No para mí.

Todavía caliente, aún vibrando de placer, salí de ella con rapidez, la tomé por las caderas y la giré con fuerza, dejándola boca abajo, su hermoso culo expuesto para mí. La vista era perfecta: Ekaterina jadeaba con la cara enterrada en la cama, su cuerpo brillando de sudor, temblando, y mi semen escurriendo por sus muslos. El olor de su excitación era tan fuerte que me envolvió, me golpeó, me hizo gruñir. Mi polla reaccionó de inmediato, endureciéndose otra vez sin que tuviera que tocarla.

—Voy a tomarte la palabra y te daré más, princesa —susurré cerca de su oído.

Me deslicé dentro de ella sin piedad. No me importaba si acabábamos de venirnos los dos. Su cuerpo seguía caliente, su coño seguía húmedo, hambriento. Cada centímetro de mí se deslizó en su interior, y solté un gruñido ronco mientras mis manos atrapaban sus nalgas. Sonreí cuando las azoté con ganas, viendo cómo se enrojecían bajo mis dedos, marcándola como mía. Y lo eran. Porque ella lo era. Entera.

—Rush… mierda —gimió, moviéndose apenas, buscando estabilidad—. ¡Más, Rush!

—¿Más qué, mi amor? —jadeé con malicia entre cada embestida, bajando la velocidad justo cuando su cuerpo empezaba a reaccionar otra vez. Sentí cómo su coño se apretaba alrededor de mi verga, cómo su cuerpo me pedía más, pero la obligué a hablar, a suplicar. A darme palabras sucias con aquel tono ronco y sexy que empleaba—. ¿Más qué?

Ekaterina cayó rendida contra las sábanas, liberando mi polla con un gemido rendido. Riendo entre dientes, recorrí y me deslicé entre sus piernas, separándolas con cuidado, abriéndola para mí otra vez, y la invadí sin compasión.

—No voy a seguir así… —gimoteó, derrotada.

—Vas a seguir tanto como a mí me dé la gana, cariño —mascullé, hundiéndome en ella con una estocada brutal. Su grito rompió el aire y sonó a gloria—. Vas a tomar cada centímetro de mí y te va a gustar malditamente tanto que gritarás hasta quedarte sin voz.

Una arremetida. Otra. Y otra más, cada una más dura que la anterior. Mis caderas chocaban contra su delicioso culo con fuerza, mis manos marcaban su piel con nalgadas sin tregua. La oí gemir, gritar, suplicar entre jadeos desgarrados.

—Cada —otra embestida—. Maldito —una más, fuerte, precisa—. Centímetro —azoté su nalga con fuerza y me hundí con todo, haciendo que su espalda se curvara, su boca se abriera en otro grito que solo alimentó mi hambre—. Justo así, mi amor.

Sus dedos se enredaron en la sábana como si fuera un salvavidas. Quería correrse. Lo sabía. Podía olerlo, escucharlo, sentirlo en la forma en que su cuerpo temblaba bajo el mío.

—Me quiero correr —susurró, logrando alzarse sobre sus codos, su culo enrojecido ofrecido para mí—. Fóllame y déjame correrme.

La vista era demencial. Abrió las piernas dándome acceso completo, con su coño hinchado y tembloroso esperándome.

Si mi novia quería correrse mientras le daba la mejor cogida de su vida, ¿quién era yo para negárselo?

Mi mano encontró su necesitado clítoris, frotándolo con ritmo, mientras que la otra masajeaba su nalga y volvía a castigarla con otra nalgada precisa. Su cabeza voló hacia atrás con un gemido desgarrado, su espalda se arqueó y su cuerpo se movió para empalarse en mí una y otra vez. Maldita sea, la forma en que se empujaba contra mí me sacaba de quicio. No pude evitar gruñir.

—Creo que puedo solucionar eso, princesa —dije, sin poder contener la excitación brutal que me provocaban sus movimientos. Su culo se movía como si me conociera, como si supiera cada ángulo exacto para volverme loco. Apreté sus caderas con ambas manos, marcándola, sujetándola como si pudiera fundirla conmigo, y me dejé llevar por cada enterrada, por el calor abrumador de su mojado coño que parecía hecho para mí. Cada embestida era más profunda, más rápida, más mía—. Mío. Esto es mío. De ahora en adelante es mío —rugí con voz rota, sintiendo como su cuerpo se tensaba otra vez bajo el mío, al borde de otro orgasmo.

—Sí —suspiró, con la voz apenas audible, desgarrada por el placer, su trasero rebotando con cada embestida que le arrancaba un gemido más—. Tuyo, pero más.

—¿Qué tanto? —pregunté con la voz ronca, saboreando la imagen frente a mí. Sus tetas colgaban, perfectas, balanceándose con violencia al ritmo de nuestras embestidas.

—Más, Rush. Más —gritó entre jadeos, completamente perdida.

Y se movió. Joder, se movió conmigo como si fuésemos uno solo. Cada empuje suyo se encontraba con el mío en un choque feroz, imparable, exquisito. Nuestros cuerpos bailaban al compás de la lujuria más salvaje. La sentí apretarse otra vez, su cuerpo temblando, su respiración entrecortada. Su orgasmo se alzaba como una tormenta a punto de estallar.

No esperé. Mi mano voló hasta su cabello, lo enredé entre mis dedos y tiré con fuerza, obligándola a alzar el rostro. Con la otra, atrapé su pezón erecto, lo apreté, lo giré, lo castigué.

Su espalda se arqueó hacia mí como si me pidiera más castigo, más control, más de mí.

—¡Joder! —exclamé entre dientes, sintiendo cómo todo en mí se rompía y se volvía puro fuego. La forma en que su cuerpo me apretaba, la forma en que se entregaba sin pudor… era una maldita sensación única, indomable.

—¡Rush! —gritó ella, su voz un eco ahogado de placer, un clamor salvaje que se estampó contra las paredes.

Se retorció entre mi cuerpo y la cama como si no pudiera con todo lo que estaba sintiendo. Y entonces llegó. El orgasmo nos golpeó al mismo tiempo como una descarga eléctrica. La oí gemir, la sentí temblar. Yo rugí, soltándome dentro de ella con una intensidad tan feroz que me sentí vacío y lleno al mismo tiempo. Cada músculo de mi cuerpo se tensó mientras me corría en su interior, notando cómo su coño me apretaba como si no quisiera dejarme ir jamás.

La liberación fue brutal. Desgarradora. De esas que te sacan el alma por la polla.

Y aún así, con el cuerpo sacudido, con el corazón bombeando con fuerza, solo podía pensar en una cosa: no había terminado con ella todavía.

♦ ♦ ♦

—¿Qué te hace pensar que te dejaré…?

La callé con un beso rápido, firme y sin margen para que replicara.

—Sube ese culo, mujer —ordené, soltando una sonrisa mientras me metía al McLaren y le abría la puerta del copiloto desde adentro.

—¡No es justo! —chilló, pero entró de todas formas, cerrando la puerta con un portazo teatral.

—Tienes clases, y yo estoy más que libre para llevarte. Así que deja de jugar a la mujer autosuficiente, princesa —dije mientras encendía el motor, sin dignarme a mirarla.

Sentí su mirada de muerte clavarse en mi perfil. Estaba molesta. Otra vez. Y era adorable.

La había dejado temblando horas atrás. Cinco veces. Joder. Cinco malditos orgasmos y cada uno mejor que el anterior. El tipo de experiencia que debería estar documentada. Después, la obligué a vestirse y la arrastré a la sala solo para poder hablarle. Necesitaba saber más de ella. De su historia… Ficticia, sí, pero no me importaba. Solo quería oír más de lo que pasaba detrás de esa lengua afilada… Hasta que dijo que tenía clases a las cinco.

Dejé el Lamborghini en su parking, tomé el McLaren y la llevé sin pedir permiso. O, mejor dicho, sin darle opciones. Lo cual la puso de pésimo humor.

Era encantador que no me importara en absoluto.

El trayecto fue silencioso. Ella me lanzaba miradas de muerte, y yo me contenía de no orillar el coche y desnudarla en el asiento.

—¿Cuántas veces te he dicho que es absolutamente innecesario que me lleves a clases? —masculló cuando por fin aparqué frente a la entrada de su salón—. Puedo conducir perfectamente la bestia que me prestaste. O caminar. ¿Has oído de eso?

Rodé los ojos, bajé del auto y le abrí la puerta del copiloto.

—¿Y cuántas veces tengo que decirte que no me importa? —le solté con calma mientras salía del coche de mala gana—. No tienes auto, y yo tengo la tarde libre. Fin del debate.

—Tenía, ¿recuerdas? —replicó señalando el McLaren como si fuera el Santo Grial.

—Sí. Y aún así, prefiero llevarte —me encogí de hombros, con indiferencia medida.

—Te estás tomando la mierda del caballerismo demasiado en serio, Rush —espetó, mordaz.

Le di una sonrisa.

—Alguien tiene que cuidarte.

Ekaterina bufó con fuerza, a punto de replicar de nuevo.

—Puedo…

—¿Rush? —interrumpió una voz que me atravesó como una maldita aguja oxidada.

Aparté la mirada de Ekaterina con lentitud, sabiendo con exactitud quién era antes de siquiera verla.

Rebecca.

La única persona con la que no quería volver a cruzarme en lo que me restaba de vida. Pero, claro, el universo no podía resistirse a joderme un poco más.

—Rebecca —solté con indiferencia.

Mi novia abrió un poco los ojos, sorprendida. No esperó ni dos segundos para echarle una mirada rápida, sutil, curiosa. Rebecca, en cambio, jamás supo lo que era la discreción. Su escaneo fue desvergonzado y desbordado de juicio.

—Pensé que no volvería a verte —murmuró, devolviéndome la mirada—. Tampoco me esperaba que… salieras con alguien más —dijo, frunciendo sus labios.

Ekaterina rodó los ojos con una elegancia que podría haber matado si el gesto viniera con cuchillas.

—Lo que yo haga con mi vida no es, gracias al infierno, tu maldito asunto —le espeté, tomando la mano de mi novia.

Intenté caminar, dejarla atrás como el mal recuerdo que era, pero apenas dimos dos pasos antes de que su mano se posara en mi hombro.

—¿Podemos hablar? —preguntó cuando me giré para mirarla.

La mirada de ella brillaba en compasión. Tanto que me daba asco.

—No.

—Rush, por favor…

—No —zanjé sin cambiar el tono.

Lo mínimo que quería hacer era tener una conversación con ella. Maldita sea, ni siquiera quería volver a verla y dos años aún no me parecían suficientes.

—Nunca me diste el tiempo para disculparme por…

—¿Cariño, necesitas otra negación más clara? —intervino Ekaterina, poniéndose frente a mí para encarar Rebecca—. Recoge lo que te quede de dignidad y vete. De verdad. No das para más.

Mi sonrisa fue inevitable cuando Rebecca la fulminó con la mirada antes de darse la vuelta y marcharse, tragándose su orgullo en seco.

En cuanto desapareció, giré a mi novia, rodeé su cintura con mis brazos y le dejé un beso suave en la punta de la nariz.

—Enséñame eso para la próxima —reí por lo bajo.

—¿Habrá una próxima vez? —arqueó una ceja con suspicacia deliciosa.

—No. Pero nunca se sabe —dije, perdiéndome en sus ojos.

—¿Nunca has oído hablar de las órdenes de restricción?

«Sí». Mi sonrisa se hizo más pronunciada.

—Lo tendré en cuenta.

—Eso fue incómodo —murmuró, arrugando la nariz mientras se soltaba de mis brazos—. Aunque… no parece que hubiese estado embarazada…

Enarqué una ceja mientras entrelazaba mis dedos con los suyos y retomábamos el camino hacia su aula.

—Es adicta al ejercicio. Compulsiva, en realidad —aclaré al llegar a la puerta de su clase. Ekaterina me regaló una mirada inquisitiva—. ¿Quieres saber más sobre ella, verdad? —dije, anticipándome. Ella sonrió con esa picardía que no sabía contener—. Después de clases —añadí, sabiendo justo lo que provocaría.

Vi cómo sus ánimos se derrumbaban de forma deliciosa, y no pude evitar reírme.

—Eso no es justo —protestó—. No puedes dejarme así y…

La callé con un beso casto, apenas un roce.

—Puedo. Y debo —repliqué con diversión—. Ahora entras… o no te cuento nada.

—Pero también tenemos que planear la llegada de…

Otro beso. Más profundo. Más eficaz.

—Después —repetí cuando separé mis labios de los suyos—. Concéntrate en esto primero. Ni la Bratva ni Alexey van a desaparecer, y nuestros planes tampoco. Aún tenemos tiempo, princesa.

Resopló con indignación, pero esta vez no dijo nada. De hecho, me dejó en la entrada y se internó furiosa en el aula. Sacudí la cabeza, divertido. Ella era todo un espectáculo de principio a fin.

Me giré para regresar al McLaren y justo al volver al asiento conductor, el celular vibró. Vi el nombre en la pantalla y contesté con un suspiro contenido.

—Riden.

—Dime, por lo que más quieras, que tienes el cuerpo sin vida de Zacharias en tu maletero —siseó, cargado de veneno.

Suspiré. Sabía por dónde iba.

—Todavía no —mascullé, sintiendo el cambio de humor retorcerme las tripas. Encendí el motor, dejando que la fantasía de matarlo con mis propias manos me recorriera el cuerpo como un bálsamo—. Nos vemos luego en mi departamento. No hay tiempo para elaborar un plan perfecto, pero tenemos una dirección clara.

—Si la dirección es enterrar al maldito vivo, cuenta conmigo —colgó sin más.

Zacharias sí que tenía el talento único de despertar los peores instintos en todos los que lo rodeaban. Y eso, en nuestro mundo, era un talento mortal.

Sacudí la cabeza, conteniendo el impulso de ir a buscarlo solo para cerrarle la boca a golpes. Pero no. Aunque tenía que saber cómo Drake le estaba yendo en el club, hablar con Justine primero era lo más sensato. Saber cómo iba todo en Chovert. Y, para ser honesto, aún no estaba listo para ver a ese idiota sin terminar con su cuerpo inconsciente en el maletero.

El trayecto a Chovert fue breve. Demasiado. Porque mi humor no mejoró ni un centímetro con el motor rugiendo o con la ciudad respirando al otro lado del parabrisas. Solo me dio tiempo de pensar en las mil maneras en que podría desfigurar la cara de Zacharias sin dejar evidencia.

Ya iba por el plan número veintidós cuando aparqué el McLaren al frente de la entrada principal del almacén. Me bajé sin apuro, ignorando a cada soldato que se cruzó conmigo al poner un pie en las instalaciones.

Caminé sin prisa por el pasillo que daba a mi oficina, escuchando el zumbido del aire acondicionado y una voz femenina chillando detrás de mi puerta.

«Maravilloso», pensé irritado.

Al entrar, lo primero que detallé fue a Drake, quién estaba de pie con los brazos cruzados, la mandíbula apretada como si quisiera romperla con sus propios dientes, seguido de Justine que daba vueltas por la habitación con un adorno que mi hermana me había regalado hacía meses en la mano —porque ya estaba considerando lanzarlo—, a Riden quién estaba sentado en la esquina del sofá, con los ojos clavados en Zacharias como si estuviera haciendo cálculos sobre el ángulo exacto para fracturarle las costillas y Zacharias… bueno. Zacharias tenía la cara de siempre. Esa que invitaba a la violencia gratuita.

Cerré la puerta tras de mí con un click seco. Ese click bastó para que las miradas se posaran en mí.

—Ah, miren quién llegó —dijo Zacharias, sarcástico, sin mover un puto músculo.

—Rush, o lo haces tú o yo, ¡porque te juro que lo tengo a la vista! —gruñó Justine, lanzando el búho de cristal.

Resoplé cuando el adorno se hizo trizas contra la pared.

Aunque el viaje hasta acá había sido casi terapéutico, en cuanto subí y vi la alineación de idiotas en mi oficina, entendí que la paz había durado lo que una mentira en boca de Zacharias.

Todos ellos lucían como si ya llevasen una hora de gritarse. Yo no había escuchado ni diez minutos y estaba harto.

Me senté detrás de mi escritorio, sin quitarme el abrigo, sin mirar a nadie más de lo necesario.

—¡Es suficiente! —bramé.

El eco de mi voz se tragó cualquier otro ruido.

Uno a uno, se callaron. Todos, menos el imbécil que abrió la boca una vez más.

—Todos ustedes querían cerrar el maldito club a mis espaldas, y no tuve opción —replicó Zacharias, como si tuviera razón, como si no acabara de mear sobre todo lo que construimos.

—¡¿Cómo diablos tienes la audacia de siquiera estar enfadado, hijo de perra?! —tronó Riden, con la voz helada—. ¿Cómo siquiera llegaste a ser tan basura, Anderson? La maldita Bratva no es de dar segundas oportunidades, pero te la dio. Ahora vienes y la terminas cagando más allá de lo imposible. ¡Estamos así por tu culpa!

El saco de mierda que Drake tenía como hermano resopló y eso fue todo lo que necesité para mirarlo y darle mi mejor mirada asesina.

—Fuiste impulsivo, impertinente, soberbio y ególatra —le espeté agresivo—. Gracias a eso, si no corregimos tú estupidez, tu familia muere, tú mueres y lo más importante, todo lo que construimos aquí decae.

Zacharias se encogió de hombros. Y, con sinceridad, estuvo a medio milímetro de que lo hiciera tragarse el puto escritorio.

Sin embargo, no fui el único que pensó igual. Con ese gesto arrogante, casi indiferente, Riden vio suficiente para dejarse ir.

El puño de mi hermano voló directo a la cara de Zach. No me sorprendió que lo golpeara… lo que me sorprendió fue que lo hiciera tan tarde. Drake y Justine me observaron en silencio, esperando alguna orden, pero no dije nada. Lo dejé. Riden descargó semanas —quizás meses— de rabia en ese hijo de perra, y yo solo me limité a observar.

Solo después de varios minutos, cuando Zacharias ya no se distinguía, le hice una seña a Justine para que interviniera. Con un suspiro resignado, se metió en medio y los separó con fuerza.

Zacharias estaba hecho un desastre: rostro hinchado, labios partidos, sangre chorreándole por la nariz. Riden, en cambio, apenas tenía el cabello desordenado y una mirada de satisfacción que le duró exactamente tres segundos hasta que se topó con la mía. Entonces vino la culpa. Solo negué con la cabeza. No era necesario. El otro imbécil se lo había ganado a pulso.

—¡¡No me importa, nada de esto me importa ya!! —rugió Zacharias de repente, forcejeando con Justine para incorporarse. La empujó sin cuidado, tambaleándose hacia la puerta—. Si la Bratva me quiere, que venga a buscarme.

Y se fue. Cerró la puerta con tal violencia que el marco tembló.

—¡Rush! —protestó Drake, apuntando con el dedo a la puerta como si fuera yo quien se había largado.

—No puedes dejar que se vaya así —dijo Riden, aunque su tono decía que no estaba muy interesado en ir tras él.

—Va a cometer una locura —añadió Justine, con preocupación real en la voz.

No respondí. Me giré hacia el teléfono fijo de la oficina y marqué.

—Zacharias es todo tuyo —dije apenas Rise respondió, y colgué.

Me puse de pie con calma y salí de la oficina, con el sonido de pasos siguiéndome como una sombra colectiva.

—Nos vemos en mi departamento en veinte minutos —anuncié mientras bajaba las escaleras.

Escuché cómo algunos pasos se detenían. Otros dudaron. Sonreí, sin mirar atrás.

Zacharias pensaba que podía desaparecer entre el caos que él mismo desató, pero el pedazo de mierda no se iba a escurrir tan fácil de todo el problema que había ocasionado.

Estaba tan seguro como el infierno de que no iba a permitir que todo lo que mis hermanos y yo habíamos construido se desmoronara por culpa de un idiota con impulsos suicidas.

Y esa certeza… bueno, nadie la conocía mejor que yo.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

Anterior
Siguiente
  • Inicio
  • Acerca de
  • Contacto
  • Política de privacidad

© 2025 LeerNovelas. Todos los derechos reservados

Iniciar sesión

¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

Registrarse

Regístrate en este sitio.

Iniciar sesión | ¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

¿Perdiste tu contraseña?

Por favor, introduce tu nombre de usuario o dirección de correo electrónico. Recibirás un enlace para crear una nueva contraseña por correo electrónico.

← Volver aLeer Novelas