1. Let's Play - Capítulo 26
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Capítulo 26: 24
De conspiraciones a orgasmos: ¿qué tantas veces puedo repetir?
Subestimar al oponente es la forma más rápida de perder una mano ganada
Arabella
En cuanto dejamos la casa de Alexey, las cosas y los días pasaron fugazmente. Tan fugazmente que, en menos de lo que pensé, ya estábamos de vuelta en Miami, en la real fortaleza que no sabía que era Chovert, con más de cinco planos esparcidos sobre la mesa de madera de la oficina principal de Rush, planeando más caos después de que el último operativo, hacía apenas cuatro días, nos saliera increíble.
Aun así, por más que repasaba en mi cabeza todo lo que pasamos en Nueva York, seguía sin creérmelo. ¿Qué Rush era uno de los hijos que Alexey tenía en secreto? ¿Qué me lo ocultó todo el maldito tiempo? ¿Y qué ahora le había declarado la guerra al líder de la pirámide porque tuvo un arrebato de ira y quiere verlo arder en el infierno por fin? No. Nada me cabía en la cabeza.
Lo que sí cabía en mi cabeza era el pequeño sentimiento de traición por parte del espécimen, sentimiento que también se almacenaba, muy cómodo, en mi corazón. Pero eso era agua de otro arroyo. Eso únicamente lo sentía y lo sabía yo. Yo… y Kendall, quien tampoco lo perdonaba del todo, y estaba firmemente a favor de eso.
El arrebato de ira por parte de Rush nos tomó a todos desprevenidos, pero lo apoyamos igual. Sin embargo, para nuestra desgracia, aquella declaración provocó que nos mudáramos a Chovert, porque ya estaban cazando nuestros culos, activando así los planes de emergencia.
—Logramos explotar un barco cargado de narcóticos de los Thamarj, asegurándonos de que recibieran el mensaje —el dedo de Riden se movió a un punto del mapa—. Contamos con el apoyo de las cabezas del clan alemán, japonés y uno que otro del tercer eslabón de la pirámide, dejando así a Alexey con menos gente.
—¿Qué tanta menos gente? —cuestionó el espécimen, cansado.
—La suficiente para cubrirnos el trasero un par de días más —respondió Justine.
—Alexey está diezmando nuestras fuerzas —añadí—. Lo está haciendo despacio. El Boss le está respirando en la nuca también, matando a su gente por sus puntos. Se nota que Alexey no es capaz de concentrarse en dos cosas a la vez.
—Nóvikov está ganando mucho territorio y eso nos va a hundir —ladró la voz de Harrison desde el celular—. Hay gente que nos apoya, pero no la suficiente para este tipo de suicidio.
A ese otro imbécil sí que no lo perdonaba. Harrison supo todo el maldito tiempo que Rush era hijo de Alexey ‘Ndrangheta y nunca se le ocurrió decirme o advertirme nada. En su jodida defensa solo soltó que nunca pensó que Rush pudiera llevarme a la gala y básicamente lanzarme a la boca del lobo. Pero no me importó mandarlo a la mierda y no hablarle, por más que él intentara contactarme.
Y solo lo intentó dos veces más en el transcurso de las semanas.
«Maldito orgullo que tiene ese hombre».
Rush suspiró y concentré mi atención en él. Sus ojeras se hacían más oscuras cada día que pasaba y, aunque seguía viéndose sexy como el infierno, su salud empezaba a preocuparme. No porque no comiera —porque el hijo de puta podía comerse un elefante entero si se lo proponía—, sino porque su humor estaba cambiando tan rápido como los planes. Pasaba todo el día metido en reuniones con cabezales de los tres eslabones de la pirámide, consiguiendo refuerzos. Algunos aceptaban. Otros no. Y los que no aceptaban, era porque ya tenían un bando decidido.
Eso era lo que jodía a Rush en niveles increíbles.
Su humor caía en picada luego de cada negativa. Y aunque respondía con un falso manto de seguridad cada vez que decía que los entendía antes de colgar, yo sabía que en su cabeza ya los estaba eliminando uno por uno.
Sus ojos no admitían negociación cuando se trataba de traición. Y aunque ninguno de esos cabezales le debiera algo, él sabía perfectamente cómo rendirle honor a su apellido.
Era bastante irónico cómo la mentira y la traición no iban con él… sabiendo que me ocultó su mierda durante bastante tiempo.
—Necesitamos más gente —masculló él notoriamente exhausto.
—También necesitas dormir —tomé su mano y la apreté, apartando de mi sistema el rencor momentáneo que le tenía—. No has descansado en días.
Y era verdad. Ninguno de nosotros habíamos dormido bien en días, pendiente de los movimientos que el Boss y que Alexey estaban dando. Habían pasado varias semanas desde el catastrófico encuentro en la casa de los Massey, pero eso no impidió que nos dieran la purgación del año.
La gente que había entrenado Rush había disminuido lo suficiente como para encender alarmas en todo el recinto, prohibiendo la salida de cualquier persona que no fuese lo bastante buena como para eliminar las amenazas encimadas en jodernos sin perder la vida en el intento. Los entrenamientos fueron triplicados, dejando casi inexistentes las clases universitarias, a pesar de que Rush les había dado la elección entre su vida “común” y su vida en las sombras.
Nosotros también tuvimos que elegir, y los únicos que no cesaron con sus estudios fueron los hermanos Anderson. Tenían que seguir pretendiendo por el bien de su familia, y lo entendimos lo mejor que pudimos. Aun así, dividían su tiempo entre clases y lo que se necesitara aquí, lo que no suponía ser un problema grave.
Rush y Riden, entretanto, pidieron un tiempo indefinido de sus carreras. La misma cabeza de la universidad les otorgó el permiso de faltar cuanto tiempo necesitaran, ya que eran una parte importante para la institución… y para sus bolsillos. Ambos hermanos Massey eran donadores clave en obras fundamentales, por ende, el problema no escaló a mayores.
Por último quedé yo, pero lo mío no fue para tanto. Harrison, pasándose por mi padrino, me retiró de Monrrow en cuanto volví a pisar Miami, así que estaba libre de toda responsabilidad estudiantil y de todos los números por existir de esa tediosa carrera.
Tuvimos un arduo trabajo por delante cuando la mayoría del equipo de Chovert se quedó. Se había dejado de inyectar la droga de Foster en cuanto tuvimos las áreas y los medicamentos necesarios para empezar la desintoxicación de los que se habían inyectado el producto… y eran la mayoría.
Gracias a Harrison, Justine, Rise y Riden, logramos una desintoxicación del noventa por ciento del equipo de Rush. No fue fácil, pero lo hicieron posible en varias semanas, duplicando las dosis necesarias.
Los gritos de esas personas pidiendo ayuda, rogando que paráramos con las limpiezas, iban a estar clavados en mi cabeza por el resto de mi vida. Pero ver la satisfacción en sus rostros al volver a la lucidez, aunque estuviesen cansados, desnutridos y con los ánimos por el suelo… eso no tenía precio.
A raíz de los problemas acarreados, el equipo principal apenas tenía tiempo suficiente como para dormir veinte minutos antes de volver al ruedo. Rush, Kendall y yo dedicábamos la mayor parte de la mañana a entrenamientos rigurosos con el personal de Chovert, incluyendo a los nuevos que se integraban gracias a la incansable búsqueda de Harrison por traer gente de afuera con ganas de probarse en el mundo de Las Sombras.
Drake y Zacharias, cuando podían, junto con Justine, mi jefe y Riden, se encargaban de estudiar los puntos débiles en los almacenes de Alexey para desaparecerlos por completo. Lo único que conseguíamos de su parte era más ira, manifestada en los contraataques cada vez más agresivos que nos devolvía. Pero ese era justo el objetivo: demostrarle a todos los que aún le seguían que Alexey no era intocable. Que un equipo con menos recursos, menos armas y aparentemente menos preparación podía sacudirle los cimientos si sabían bien dónde golpear. El mensaje era claro: “piénsenlo dos veces antes de escoger bando”.
Nada era malditamente sencillo, pero se hacía lo que se podía con lo poco que teníamos. Y pese a todo, las cosas empezaban a lograrse. En especial cuando Rush decidió mostrar el rostro tras los golpes. La pirámide entera se quedó atónita ante un Golpe de Estado iniciado por la misma familia que estaba en el tope. Al Don no le hizo ninguna gracia, pero a algunos clanes importantes sí les interesó lo que veían… y sin dudarlo, se pasaron a nuestro lado.
Los ataques de Rush no daban espacio para juegos. Estaba destruyendo hasta los escombros cada almacén importante de Alexey, lo que nos colocaba en una posición peligrosa. Ganábamos respeto, sí. Refuerzos también. Pero a la vez nos convertíamos en objetivo prioritario. A pesar del éxito con los últimos puntos, Alexey comenzó a mover sus rutas y posiciones, obligándonos a pensar dos veces antes de decidir cuál atacar sin perder más vidas de las necesarias. Más de las que ya habíamos perdido.
—Todos ustedes necesitan un descanso —replicó mi jefe, sacándome de mis pensamientos—. Aprovechen estas horas. Mañana estaré en Miami para reunirme con algunos contactos. Cuando termine con ellos, iré a sus oficinas y ayudaré en lo que pueda.
Los chicos le agradecieron antes de que colgara. Yo no. Me tragué las ganas. Debería estar él agradeciéndome a mí por no montarme en un avión directo a Moscú a patearle el culo arrugado que se cargaba.
El equipo comenzó a dispersarse para seguir con sus tareas, dejándonos a solas al espécimen agotado y a mí. Me levanté de mi puesto y me lancé directo a sus piernas. Rush me rodeó con esos brazos grandes y seguros en cuanto me acomodé.
—¿Cómo está Mila? —le pasé una mano por la creciente barba que se asomaba en su rostro—. Hay que afeitar esto.
—Dramática como siempre, pero entiende por qué tiene que estar aquí —cerró los ojos, dejando caer la cabeza contra el respaldo—. Siéntete libre de hacer lo que quieras con mi cara, princesa.
Reprimí la sonrisa que amenazaba con abarcarme el rostro entero y solté un suspiro.
Tuvimos que remover a Mila de manera indefinida de su residencia en Alaska y de su plantel educativo, encerrándola con nosotros. Por más que le rogó a Rush que no lo hiciera, asegurando que podía defenderse sola, él no cedió ni un centímetro. Plantó su trasero aquí y punto.
Mila lo odió al principio, pero al cabo de unos días se resignó. Terminó colaborando con Justine y Drake en todo lo que podía. Los Anderson tampoco se quedaron atrás: trasladaron a su familia entera a una de las casas de Harrison.
A ese último le rogué más veces de las que quisiera admitir para que los aceptara. Y cuando por fin accedió —de mala gana, por supuesto— lo hizo con la idea de que yo le debía una sin chistar. Lo dejé pensar eso. Me limité a reírle en la cara, recordándole que eso ya estaba más que pagado desde el momento en que decidió ocultarme todo lo que sabía sobre Rush.
—Tienes que descansar —dije al reparar en su rostro. Esas ojeras estaban preocupándome más de lo que quería admitir.
—Cuando lo hagas tú, lo haré yo —masculló.
Lo miré con fijeza.
—¿Es por eso que no has querido descansar? —mi tono lo hizo abrir los ojos, regalándome esa sonrisa ladina que juraba que podía comprar mi alma—. Eso no funciona conmigo, cariño —espeté—. Bien sabes que tenemos cosas que hacer y a mí no me hace falta dormir tanto como a ti, Rush.
—Has tenido dolores de cabeza fuertes, te han tenido que encerrar en la sala médica para administrarte multivitamínicos, han tenido que obligarte a comer y, si no mal recuerdo, Riden te confinó a un cuarto de descanso porque llevabas cuatro días sin pegar el ojo —enumeró, con la mirada cargada de reproche deslizándose por mi cara.
«Malditos todos», pensé. Y mentalmente taché en mi lista matar a todo el equipo por chismosos de mierda.
—¿Por qué mantienes siempre un ojo en mí? —le reclamé, cruzando los brazos—. ¿No te basta dormir conmigo en las noches y tomarme la respiración a cada hora, que también tienes que jugar al vigilante de día?
Rush me atrajo más hacia él.
—Porque no creo que pueda hacer esto sin ti —murmuró, su mirada fija en mis labios. Los relamí sin pensarlo—. Porque eres importante para mí —sus manos se aferraron a mi cintura, firme pero suave—. Porque, a pesar de ser malditamente autosuficiente, necesitas a alguien que te cuide —y mis bragas comenzaron a empaparse—. Y yo puedo con eso. Y no, no me basta.
—No necesito que…
—Bien puedo con todo eso —repitió, interrumpiéndome antes de devorarme la boca.
Me besó con desesperación. Le respondí igual. Un gemido fuerte escapó de mí cuando me posicionó sobre su entrepierna, sintiendo cómo su polla crecía, dura, entre mis piernas.
Cortó el beso para tomar el dobladillo de mi camisa y rasgarla en un solo movimiento, arrojando los restos por toda la oficina. Su mirada brillaba de hambre cuando mis tetas quedaron expuestas. Reí al verlo tan hambriento, pero jadeé cuando desabrochó mi sostén con habilidad y atrapó uno de mis pezones con la boca, succionándolo.
—Rush —gemí, arqueando la espalda.
—Mujer malditamente independiente —gruñó entre mis tetas. Se levantó con fuerza, me sacó de sus piernas, se deshizo de su camisa y vaqueros, y quedó como el infierno lo había traído al mundo.
Me giró con rapidez y me inclinó contra la mesa, lanzando todo al suelo antes de colocarme con el pecho sobre el escritorio. Bajó mis vaqueros y mis bragas mojadas de una sola vez, dejando mi culo al aire.
—Tenía ganas de colocarte justo así desde la primera vez que te vi en esa maldita mesa de póker —me abrió las piernas de golpe y rozó un dedo por la entrada empapada de mi coño—. Siempre tan lista —murmuró.
No me dio tiempo a prepararme.
Su polla me atravesó de un solo golpe y el grito que salió de mi garganta retumbó en toda la oficina. No se detuvo. Cada embestida era brutal y deliciosa. Rústica. Adictiva.
—Más —alcancé a decir entre jadeos.
—Moya malen’kaya dikaya i otchayannaya printsessa —roncó en mi idioma mientras su palma caía firme sobre mi nalga derecha. Duro.
Gimoteé, clavándome más en sus embestidas cuando comprendí sus palabras: «Mi pequeña salvaje y desesperada princesa». Me iba a matar cuando se ponía en modo salvaje. No creía que supiera cuán profundo calaban esas palabras en mí. Aun así, no desaceleró.
Me tomó los brazos, los colocó en mi espalda y arremetió con una furia envuelta en excitación. El olor a sexo salvaje impregnó la oficina, mojándome aún más, pero a Rush no le bastó. Su mano encontró mi clítoris y, con cada embestida, acariciaba ese punto sensible con una precisión devastadora.
Estaba a punto de desbordarme cuando él se detuvo. Salió de mí, me volteó y me tumbó de espaldas al escritorio. Sujetó mis tobillos, abriendo mis piernas sin miramientos. Mi garganta soltó un gemido grave y profundo cuando volvió a embestirme a lo maldito, con hambre, deseo y lujuria ardiendo en sus ojos.
Su pulgar regresó a mi clítoris, moviéndose con precisión salvaje. Arqueé la espalda al alcanzar mi punto máximo. Sentí el cielo desgarrarse dentro de mí justo cuando Rush se corrió conmigo.
Nuestras respiraciones aceleradas se fueron calmando poco a poco. Cuando su mirada se conectó con la mía, me mostró toda la satisfacción, felicidad y posesión que sentía. Sin poder evitarlo, solté una risita entre dientes.
—¿Fue bueno? —le pregunté mientras salía de mi interior.
Rush me echó un vistazo que me hizo sentir idiota por siquiera haber abierto la boca. Yo, en cambio, le respondí con una sonrisita ladeada mientras escaneaba su cuerpo entero, devorando con los ojos cada centímetro de ese espécimen desnudo, como algún ente infernal lo había traído al mundo. Como ese ente lo había perfeccionado, mejor dicho.
¿Era posible que de verdad fuese la novia de ese hombre?
Es decir, sé lo que valgo. Sé cuánto merezco. Pero Rush… Él era otra maldita categoría. Había puesto el listón donde ningún otro podría alcanzarlo. Desprendía seguridad, sexualidad, rudeza… Te consentía cuando lo pedías, te trataba como una jodida princesa si se lo insinuabas, y te follaba como Dios bien ordenaba: con fuerza, con hambre, dejándote el coño ardiendo y las piernas temblorosas.
Estaba segura. Del todo segura de que nunca iba a encontrar a otro como él. Y no me molestaba en lo absoluto. Había tenido hombres antes —sí, los suficientes—, pero ninguno me había hecho sentir como él lo hacía.
Rush era el único hijo de puta que no se intimidaba por mi humor de mierda, mi personalidad o mi carácter. La mayoría de los hombres no soportaban a una mujer que no los necesitara, que podía con todo, porque tenían ese jodido chip machista atorado en los huevos. Pero Rush, no. Él sonreía cuando lo mandaba al carajo, no discutía cuando le dejaba claro que no necesitaba su ayuda y me hacía sentir segura —vista— cuando en las reuniones del equipo alzaba la voz para dar mi opinión.
Me trataba como a su igual.
Y eso… eso era todo.
No iba a cansarme nunca de él. Ni de sus sonrisas, ni de sus besos, ni de la forma en la que me tocaba el alma sin siquiera intentarlo. Sacarlo de mi vida, a estas alturas, no era una opción. Había caído fuerte por él, y pensaba aferrarme al maldito con uñas, dientes y todo lo que tuviera, aunque tuviéramos que cruzar el infierno de nuevo.
«¿Entonces esto era estar enamorada? Sí. Me traicionó, pero…».
Pero lo entendía. Entendía por qué me ocultó su mierda. Y a estas alturas estaba de más decir que ya lo estaba empezando a perdonar… Pero me guardé la sonrisa de por qué.
—Si quieres repetir, solo dilo, princesa —rió él, sacándome de mis cavilaciones.
«Maldito hombre».
—Vas a tener que conseguirme una camisa nueva —dije divertida, mirando de reojo las tiras que antes formaban parte de mi camisa en el suelo.
—¿Quién dijo que vas a necesitarla? —inquirió, tomándome por las caderas y arrastrándome hasta su entrepierna—. La camisa no era lo único que tenía pensado romper.
Mi coño dejó salir el líquido de su eyaculación al mismo tiempo que empezaba a mojarse otra vez y él lo notó.
Sin decir nada, volvió a besarme, profundo y posesivo. Lo recibí encantada, perdida en él. Un gemido se me escapó contra su boca.
Era definitivo. Nunca iba a cansarme de ese hombre.
Y si esto era estar enamorada… entonces que viniera el puto apocalipsis. Yo lo aceptaba con los brazos abiertos, mientras él me sostuviera así.
—¡Bells! —llamó Kendall, golpeando la puerta—. Justine te necesita para tu dosis de vitaminas diarias.
«Maldita sea».
Rush se separó de mí justo lo suficiente para dejarme responder.
—Dile que hoy no…
—¡En cinco minutos está contigo! —me interrumpió el maldito, con toda la soltura del mundo.
Le lancé una mirada de muerte mientras se oían los pasos de Kendall alejándose. Era probable que estuviera esperándome en las escaleras, así que no dije nada más. Suspiré, salí de sus brazos, me bajé del escritorio, recogí los restos de lo que alguna vez fue mi ropa del suelo y me encaminé al baño de su oficina para limpiar el desastre.
Cuando salí —lo bastante decente para no escandalizar a media Chovert—, me encontré al frustrante espécimen ya vestido, sentado justo donde lo había dejado. Tenía en la mano una de sus camisas de repuesto, esas que guarda en la segunda gaveta del escritorio para estas situaciones.
No era la primera vez que teníamos “aventuras” en su oficina, y cada camisa mía rasgada que había terminado en la basura era prueba silenciosa de ello.
—No es justo —repliqué, colocándome la suya.
—Te has saltado más de cuatro veces tu medicación —me reprendió—. Considera esto un escarmiento por andar mintiéndole a Justine.
—No me la he estado saltando a propósito —me defendí—. Solo se me ha olvidado.
Y no mentía. Estaba tan inmersa en los entrenamientos, en las estrategias, en todo el bendito caos… que todo lo demás pasaba a segundo plano, incluso los medicamentos que Justine aún me rogaba que tomara.
—¿Ves por qué sí necesitas a alguien que te cuide? —replicó, con esa mirada reprobatoria.
Rodé los ojos, pero me guardé la respuesta. Sabía que iba a perder esa pelea. Volví a emitir un suspiro estresado, le di la razón por esta vez y le deposité un beso suave en los labios.
—Me debes otra follada —susurré contra ellos.
Rush me separó lo suficiente para mirarme divertido.
—En la noche eres mía —prometió con una sonrisa pícara.
Antes de que pudiera decir algo más, me giró hacia la puerta y la abrió. Le eché un vistazo a mi mejor amiga, quién me esperaba varias escaleras abajo con su cara de complicidad del todo desvergonzada.
—Rush —lo saludó en broma.
—Kendall —respondió él.
—¡Bells! —exclamé. Nadie iba a dejarme fuera de las presentaciones incómodas.
—¿Satisfactoria la charla? —preguntó Kendall, ignorando por completo mi interrupción.
—Me folló en cuatro encima de un escritorio para después jugar con otra posición —contesté, sin una gota de vergüenza. El sexy espécimen se echó a reír entre dientes—. ¿Tú qué crees?
—Creo que todo el maldito recinto lo escuchó. Pero si tú estás feliz… —se encogió de hombros, burlona—, entonces no hay nada más que decir.
Riendo, me despedí de Rush y bajé las escaleras de dos en dos con mi mejor amiga a mi lado. Ella solo sacudió la cabeza, conteniendo la risa, y me encaminó directo al área médica de Chovert.
—Tienes que dejar de evitarme, Bells —reprendió Justine en cuanto crucé la recepción sola.
Kendall tenía que reunirse con Riden para algo relacionado con los entrenamientos matutinos del personal, así que me dejó en el umbral del lugar antes de irse volando. No sin antes asegurarse de que yo pusiera al menos un pie dentro, debo añadir.
Le lancé mi mejor mirada ofendida y me apoyé contra el mostrador mientras varias recepcionistas me saludaban. Les devolví el saludo con amabilidad antes de encarar a mi doctora personal.
—¿Cuántas veces tengo que decirte que se me olvida? —gruñí.
—¿Y cuántas veces tengo que decirte que no me importa? —replicó, colocándome las vitaminas en la mano—. Voy a incrustarte un maldito reloj con alarma de electrochoque si se te vuelve a pasar.
—Sí, sí… —me tragué las pastillas mientras ella me alcanzaba un vaso con agua—. ¿Hay noticias nuevas? —pregunté cuando liberé mi boca.
—Rise tiene en mente volar uno de los almacenes que haría a Alexey quemar la tierra si pierde la mercancía que lleva acumulando desde hace días. Estoy ayudándolo con el cálculo del explosivo, además de la investigación del punto —tomó unas planillas y las revisó con calma.
—¿Qué hay del Boss?
—Sigue matando a diestra y siniestra, pero por ahora no estamos en su mira —alzó la mirada hacia mí—. Mientras sigamos atravesándonos en el camino de Alexey, para él no somos una complicación.
—Aún —mascullé.
—Aún —confirmó—. ¿Tienes algo que hacer o estás libre?
Repasé mi agenda mental y negué con la cabeza.
—Tengo que ir a la sala de entrenamientos a acomodar las armas de mañana para la simulación del C8. Esa mierda me va a comer la tarde entera, y hoy también tengo una simulación ahí, así que… —dije agotada de tan solo recordarlo—. ¿Por qué? ¿Necesitás ayuda con algo?
—No, solo quería saber cómo te encontrabas.
Fruncí el ceño.
—¿Cómo me encontraba? —repetí, despacio. No entendía por dónde iba.
—¿Dolor de cabeza más fuerte de lo normal? ¿Flashes repentinos en la vista? —empezó a interrogarme con inocencia.
—Los dolores de cabeza son los mismos y… ¿debería tener flashes?
—No. Por eso te pregunto —contestó enseguida, con una sonrisita rápida—. Cualquier cosa rara o dolor que sientas, dímelo al instante, Bells. Por ahora, sigue tomándotelo con calma y no te estreses tanto —recomendó con tono suave—. Tengo que irme, ¿nos vemos en la cena?
—Claro —le sonreí.
Justine se alejó, dejándome con más preguntas que respuestas.
Ella y Rush venían actuando extraños desde hacía semanas, pero por más que tratara de convencerme a mí misma de que estaba siendo paranoica… sus acciones decían lo contrario. De por sí, Rush era sobreprotector y cuidadoso conmigo, pero algo había cambiado… lo impulsaba a ser más intenso. Antes de mi “sueño”, que yo recuerde, no me preguntaba cada dos horas cómo me sentía.
No podía decir lo mismo de Justine, pero tenía ese presentimiento desagradable de que me estaban ocultando algo. Algo pasaba. Y no me estaba gustando ni un poco.
—¡Señorita Ross! —llamó una voz, sacándome de mis pensamientos.
Me giré para ver quién era la culpable de interrumpirme, y marqué una sonrisa cuando la reconocí.
—La estaba buscando por todas partes, pero es muy escurridiza —dijo, acercándose a toda velocidad, lista para la carga.
Sacudí la cabeza, sin borrar la sonrisa.
—Deja de fastidiar —la empujé juguetonamente—. ¿Estás lista?
—¿Para patearte el trasero? ¡Todo el tiempo! —replicó divertida, enganchando mi brazo con el suyo—. Hay que volar, creo que hoy tendremos audiencia.
—¿Audiencia? —la dejé arrastrarme por el pasillo que daba al C8.
—Me ordenaron no decirte nada —se pasó los dedos por la boca, simulando un cierre invisible. Reí—, pero lo único que sí puedo decirte es que quedaron bastante boquiabiertos cuando vieron mis entrenamientos anteriores.
—Me agrada que te gusten tus resultados, pero me interesa más el tema de la audiencia.
—Te interesa eso porque eres una chismosa —rió—. Tienes unos minutos para prepararte, Bells. Nos vemos adentro —se despidió y desapareció entre los pasillos del C8.
Negando con la cabeza, entretenida con la energía de la chica, me fui a alistar. Crucé las puertas del C8 e imité su ruta, aunque me tomé mi tiempo. Caminé por los pasillos del centro de simulación que ya me conocía de memoria, y terminé frente a la puerta donde Justine me había dejado la primera vez que pisé Chovert.
Sonreí sin querer.
¿Quién iba a decir que todo eso nos traería hasta aquí?
Suspirando, tomé tres de las armas con salvas y mi Smith & Wesson M&P9 que, aunque la mayoría la subestimaba, Rush tenía la manía de dejarla cargada con balas reales… más para mí que para los demás. Pasé de largo las demás y comencé a vestirme: chaleco antibalas, botas, cinturón para el equipo y, por último, el micrófono de garganta táctico para comunicarme con mi escuadrón.
Cuando estuve lista, salí por la puerta que daba directo al bosque.
Apenas escuché el click del seguro cerrándose detrás de mí, arqueé una ceja.
Alguien estaba en el cuarto de control… y mi curiosidad picaba por saber quién.
—¡Viniste! —celebró Nathaniel cuando crucé un par de arbustos.
Todo el grupo volteó con sonrisas al verme. Yo, en cambio, los miré con unas ganas incontrolables de asesinarlos uno por uno. ¿Y si no hubiese sido yo quien caminaba por ahí? ¿Es que ellos no aprendían?
—Recuérdenme mandarlos a cada uno de ustedes, cuando esto acabe, a limpiar cada arma usada hoy —solté con tono mordaz.
Las sonrisas desaparecieron de sus rostros en un suspiro. Me froté el puente de la nariz, rezando por paciencia.
—¿Y si no hubiese sido yo? ¿Y si hubiese sido el equipo contrario?
—Ya estarías muerta —se burló Anna, señalando por encima de mi cabeza.
Fruncí el ceño y levanté la vista. No había notado que ella no estaba con el resto.
Una sonrisita corta se me escapó al ver a Collin en lo alto de un árbol, apuntándome con una ametralladora Ameli. Le guiñé el ojo con disimulo y ella me devolvió su sonrisa más dulce.
Bajé la mirada hacia mi equipo, que me observaba con sonrisas orgullosas de oreja a oreja.
Alcé las manos, rindiéndome.
—Me tienen.
Mi equipo se componía de cuatro personas. Tenía a Collin cómo la mejor francotiradora; Nathaniel, lo bastante astuto como para idear planes más malditamente buenos; Anna, mujer experta en códigos; e Isaac, quien me miraba con una lujuria divertida cada vez que se topaba conmigo, y uno de los mejores en combate cuerpo a cuerpo.
¿Me había costado un maldito imperio entrenarlos para que fueran lo suficientemente buenos como para no ser piedras en el camino? Mierda, sí. ¿Me alegraba de los resultados después de que pasaron dos de tres simulaciones del C8 sin casi ninguna baja tras tres semanas de arduo infierno? Por supuesto que sí. Esta simulación era la última antes de salir al campo real, y aunque había tomado un cariño lo bastante grande como para preocuparme por ellos antes de que siquiera pusieran un pie afuera, sabía que era parte del trabajo.
—Todo tiene su primera vez, mi caporegime —saludó Isaac.
Frustrada, le di mi mejor mirada asesina y fruncí los labios. Aunque odiaba el término “caporegime”, ellos eran mi grupo de soldados y ya fuera dentro o fuera de un ejército militar, los rangos tenían que usarse tanto en operaciones secretas como en el día a día, en especial si te veías involucrado en las actividades delictivas que la mafia ofrecía.
Aunque les había pedido reiteradamente que dejaran de llamarme así, Rush amenazó a quien intentara llamarme por mi nombre de pila, así que me tragué mis quejas y lo acepté.
—¿Qué tenemos hasta ahora? —les pregunté a todos, cambiando de enfoque.
—Dos custodiando la casa en ruinas, uno con el armamento suficiente para ponernos en aprietos si llegamos a cruzar las ruinas, y los otros dos afuera buscando nuestra bandera —contestó Collin desde su puesto.
Sí, habíamos cambiado las tácticas en el C8, y aunque a Rise no le había agradado mucho la idea, cerró la boca cuando vio que el “buscar la bandera” original era mucho más sangriento y audaz de lo que habían hecho antes.
Nathaniel me enseñó el pequeño mapa que había hecho con la información que habían obtenido, señalándome con exactitud dónde el equipo blanco tenía resguardada su bandera. Pasó la mano hasta el punto donde la nuestra estaba guardada, y me enorgulleció que se hubieran estudiado todo el campo, buscando la mejor ubicación posible.
Respiré profundo, pensando en la siguiente táctica.
—Iré con Isaac y Anna a las ruinas. Tú —señalé a Nathaniel— y Collin mantengan una distancia prudencial, pero cúbrannos las espaldas. Si me imagino la cantidad de armas que tienen allá adentro, Sara será lo suficientemente idiota como para confiarse. ¿Quién es el líder hoy del equipo blanco? —les pregunté cuando todos asintieron.
—No podemos decírselo, mi caporegime —contestó Nathaniel, una sonrisa bailando en sus labios—. Vas a tener que hacer una estrategia sin saberlo.
«¿Me están jodiendo?».
—¿Quién…? —empecé, pero me callé de golpe—. ¿¡Es ella!? —chillé incrédula al entender.
Mi escuadrón estalló en carcajadas, pero yo no tenía tiempo para eso. Mi equipo iba a pasar esta maldita simulación así tuviera que quemar todo.
La situación ya la había tomado personal.
Decidida, empecé a correr hacia las ruinas con mi equipo pisándome los talones. El trayecto no fue tan largo, pero sí silencioso. Collin y Nathaniel se quedaron unos buenos metros atrás por si necesitábamos su apoyo, mientras el resto y yo nos adentramos con sigilo en las ruinas.
En cuanto tuvimos en la mira a dos de los tres contrincantes, saqué mi arma con salvas y apunté. Gracias a Dios que era de día porque no estaba segura de intentar esa maniobra a la luz de la luna. Le disparé a uno mientras Isaac corría hacia el otro, lo agredía por la espalda y le aplicaba suficiente presión en el cuello para dejarlo inconsciente.
Anna nos cubrió mientras rodábamos los cuerpos hasta una pared cercana. El que estaba inconsciente no nos servía para nada, así que lo estabilizamos ahí, oculto, mientras la otra seguía sollozando por el dolor de las salvas.
—No podemos divisar a Sara, mi caporegime —habló Nathaniel en mi oído—. No está en las ruinas, pero la bandera sigue ahí. Collin aún está en su punto, pero yo iré a resguardar nuestra bandera.
Tomó mi silencio como afirmación, y no volvió a hablar.
—Es una trampa —dijo Anna de inmediato.
Bajé la vista a la chica que aún se retorcía de dolor.
—Gretchen, házmelo fácil y dime dónde está el tercero —mascullé.
Ella negó con la cabeza, sacándome de quicio. Yo no tenía paciencia para este tipo de interrogatorios, así que guardé la pistola de juguete y desenfundé mi Smith. Le disparé en el muslo.
El grito fue real.
—Sabes que no soy de preguntar las cosas tres veces, así que aquí va la segunda: ¿en dónde está?
—Va en camino hacia su bandera —dijo entre gemidos—. Teníamos que distraerlos, pero cambiamos los planes cuando supimos que usted venía.
«Mierda».
—¡Nathaniel, regrésate! —rugí al micrófono—. ¡Van a masacrarte, regrésate!
No hubo respuesta.
Maldije en voz alta y miré a Isaac.
—¡Ve por él y asegúrate de traerlo con vida! Algo me dice que quien sea el líder del equipo blanco no es estúpido.
Isaac salió disparado hacia las montañas sin decir palabra. Yo empezaba a cabrearme. Los juegos largos no eran lo mío, así que tomé a Anna, dejando a Gretchen llorando sola, y corrimos hacia la bandera negra, que estaba en lo alto de las escaleras de la ruina.
—¡Espera, mire! —me atajó Anna antes de que pisara el primer escalón.
Detuve el paso y seguí su mirada.
Minas.
Había varias minas diminutas distribuidas por cada escalón, camufladas con una precisión asquerosa. Mi corazón repiqueteó con fuerza, despertando una preocupación que no me gustaba nada.
—Joder —gruñí frustrada—. ¿De cuánto es su rango?
—Si con tan solo pisar una volamos todo el lugar, imagina pisar las veinte que sobran —dijo, incrédula—. Hay que buscar otro ángulo.
—No hay otro ángulo —ladró Collin con prisa por el auricular—. Vean cómo mierda van a sacar la maldita bandera de donde está, porque va todo el equipo restante hacia ustedes… incluyendo el líder.
«Maldición».