1. Let's Play - Capítulo 27
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Capítulo 27: 25
Si la vida te da granadas, lánzalas
Pero fue ella que empezó jugando por el placer de jugar
Me negaba a perder por una semejante estupidez. Mi equipo iba a pasar esa maldita prueba sí o sí. No abriría debates en eso.
—¡¿Isaac?! —gruñí por el micrófono.
—Salimos vivos por los pelos —respondió segundos entre jadeos—. ¡Tienen que salir de ahí ahora! El equipo blanco no está usando salvas, repito, no están usando salvas.
—Maldita sea —musité, ya con la adrenalina a reventar—. ¿Nathaniel?
—Puede usar las bombas a su favor, mi caporegime, pero primero tiene que sacar la bandera de ahí.
Jodida y encendida, tomé lo primero que encontré a la vista.
«Va a tener que funcionar», pensé mientras evaluaba el peso de la piedra con rapidez.
—Eres mejor lanzadora que yo —le solté a Anna, posicionándola a la distancia adecuada—. Lanza esta piedra a la bandera. Si tiene el peso suficiente, caerá si tenemos suerte.
—¡Tienen dos minutos, salgan de ahí! —exclamó Collin desde el canal.
—¡Anna, hazlo ya! —le grité.
Ella no dudó. Tomó la piedra, apuntó y lanzó.
Recé. Por una maldita vez, recé por qué mi idea funcionara.
El alivio me golpeó en el pecho al ver cómo la piedra lograba descolgar la bandera…
…que cayó justo sobre el suelo minado.
Nos quedamos inmóviles, el aire atrapado en los pulmones, esperando el estallido.
Uno.
Dos.
Tres…
Nada.
No explotó nada. Había sido otra jodida distracción más.
Soltamos el oxígeno contenido de golpe y empezamos a movernos.
Anna alcanzó la bandera y se la ató al cinturón con manos rápidas.
—¡Salgan, maldita sea! —rugió la voz preocupada de Collin.
Apenas dimos dos pasos hacia la salida cuando todo empezó a descontrolarse.
Las balas llovieron. Literal.
No tuvimos más opción que cubrirnos tras una pared medio hecha mierda, que crujía como si se fuera a derrumbar en cualquier momento.
Maldije entre dientes. Collin tenía razón: el equipo blanco estaba armado hasta los dientes, y nosotros estábamos atrapadas como ratas.
Pero ni muerta pensaba rendirme.
Eché una mirada rápida al cinturón de Anna mientras ella se cubría como podía, y una sonrisa se me escapó al ver lo que la luz me dejaba ver.
Una granada.
Y no era de juguete.
—¡Sal de aquí! —le ordené, tomando el explosivo con rapidez. El peso en mi mano me confirmó lo que necesitaba.
Anna me miraba como si me hubiera salido una segunda cabeza.
—¡Anna, sal de aquí!
—Pero, caporegime…
—¡Ahora! —le grité con firmeza.
Sabiendo que no iba a ganar esa discusión y que tampoco se podía negar a una orden directa, en cuanto hubo un minúsculo respiro entre las ráfagas, salió corriendo.
—¿¡Qué diablos estás esperando para salir de ahí, Arabella!? —me gritó Nathaniel, pasándose por el culo el protocolo. Sonreí con los dientes apretados.
—¡Ni se les ocurra venir, y es una orden! —exclamé por el micrófono con toda la autoridad que me corría por las venas.
—¿¡¡Estás loca!!? —tronó Isaac—. ¡Van a masacrarte!
Mi sonrisa se hizo más amplia, más salvaje. Pero no tenía tiempo para juegos.
—Dejen de saltarse el jodido protocolo —bramé, endureciendo la voz—. ¡Caporegime para ustedes, así que dejen de joder y se mantienen donde están!
«O esto funciona… o pierdo».
Sin pensarlo más, salí de la cobertura con el corazón golpeándome el pecho. Las balas seguían lloviendo, cortando el aire por encima de mi cabeza.
Con mi sonrisa más presuntuosa, le quité el seguro a la granada y la lancé hacia las escaleras, justo donde estaban las minas.
Las balas cesaron.
El equipo blanco me observó, y entre todos, una figura en particular me llamó la atención: pasamontañas, postura firme… un jugador que no cuadraba con los otros. Pero fue Sara quien habló, robándose mi foco de nuevo.
—¿Sí sabes que esas minas no funcionan, cierto? —dijo, alzando su ametralladora.
—¿Qué tan segura estás?
El intercambio de miradas entre los miembros de su equipo me dio lo que necesitaba.
Entonces, corrí. Corrí como si me fuera la vida en ello. Porque, bueno… se me iba.
Ni diez segundos después, la explosión retumbó.
Mis oídos pitaron.
Y las ruinas, junto con cualquier iluso que hubiese quedado cerca —si tenía suerte— desaparecieron en una nube de polvo, fuego y escombros.
Sí, puede que algunas minas no funcionaran, pero una de ellas, a mitad de los escalones, había llamado mi atención: brillaba en un rojo furioso. Sabía que esa era la única que funcionaba. Y si combinabas una granada de corto alcance con una mina lo bastante potente como para tragarse lo que quedaba de las ruinas… bueno.
Que Dios los agarrara confesados.
Me eché a reír, la adrenalina todavía dándome cuerda, mientras corría de vuelta a mi equipo.
«Yo no pierdo», me repetí victoriosa.
Cuando llegué a ellos, jadeando y cubierta de polvo, todos me miraban boquiabiertos.
Collin fue la primera en correr a abrazarme. Luego Anna, y después Nathaniel. Isaac… él se limitó a observarme como si acabara de bajar del puto Olimpo.
—Ibas a cometer suicidio con tal de ganar —me regañó cuando salió de su trance.
—Yo no pierdo —le sonreí, tratando de recuperar el aliento—. Ahora, muéstrame el debido respeto y dame un abrazo. Los acabo de hacer pasar su última prueba.
Isaac me regaló un abrazo corto, pero lo acepté.
Un abrazo era un abrazo, ¿no?
—Rise va a matarte —masculló Nathaniel unos segundos después.
Me giré hacia él, sin pizca de remordimiento.
—¿Debería importarme?
Y justo ahí, el silencio se instaló, algo incómodo ya que todos evitaban mirarme. Collin fue la que tuvo el valor de cruzar su mirada con la mía otra vez y habló:
—Rush es el líder del equipo blanco.
Entonces, una milésima de segundo después, mi corazón se desplomó hasta los pies. Sin más, sin esperar una palabra más.
Solo… cayó.
«¿¡Qué!?».
No esperé explicaciones. Debí, pero ni quise ni pude.
Corrí como poseída de vuelta al lugar de la explosión, con un nudo en el estómago tan apretado que apenas podía respirar.
Pero cuando llegué… solo había fuego.
Fuego por todas partes.
«No. No. No».
Intenté adentrarme más, como si el fuego no fuera real, como si él no pudiera estar ahí dentro, pero era demasiado. Incluso para mí.
«Jodido hijo de perra».
Las lágrimas picaban en mis ojos y la rabia me devoró por dentro cuando corrí de vuelta a mi equipo con ganas de matarlos por no advertirme una maldita mierda. Sin embargo, la furia se me congeló en seco. Todo ese impulso de asesinarlos por estúpidos se me atragantó en la garganta cuando los vi.
Estaban rodeados. Rodeados nada más y nada menos que por Milanna Massey. Sara Finlor. Y Rush Massey.
El puto equipo blanco.
Cubiertos de cenizas, sí… pero vivos.
Ilusamente, casi radiantes.
Rush tenía ambas banderas en su cinturón y me sonreía con toda la presunción del universo.
—Creo que perdiste, princesa —me apuntó directo al pecho con su arma.
«Maldita sea».
Sorbí por la nariz mientras mi cuerpo, estúpido, saboreaba el alivio por verlo entero.
«Ridículos sentimientos de mierda. ¡De mierda!», resoplé mentalmente, furiosa.
—Yo no pierdo —sentencié, fulminándolo con la mirada.
Y antes de que pudiera reaccionar, desenfundé mi Smith, disparé directo al pie de Sara y la vi caer de culo con un grito. Caos: desbloqueado.
—¡Ahora, Nathaniel!
El chico reaccionó al instante, golpeando a Mila en plena nariz y dejándola fuera de combate.
Mi equipo se lanzó a recoger sus armas y en cuestión de segundos todos apuntaban al equipo blanco.
Avancé con el arma firme hacia Rush. Le metí una patada y le volé la pistola de las manos.
—¿Segura que quieres hacer esto? —murmuró, muy cerca de mi cara.
—No me dijiste nada —repliqué, enfadada. Le solté un puñetazo que le partió el labio inferior y lo hizo tambalearse.
Sin pensarlo, le lancé mi arma y el cinturón cargado a Isaac, quien los atrapó como si su vida dependiera de ello.
Si íbamos a terminar aquello, lo íbamos a terminar de manera limpia porque un maldito tiro en el entrecejo no me iba a bastar para desquitarme con el muy maldito hijo de perra.
Rush se echó a reír, escupiendo sangre.
—No sé jugar limpio —sacó una navaja de su cinturón mientras se limpiaba la boca—. Y tú deberías saberlo, mi amor.
No me iba a intimidar con eso y él lo sabía, por lo que atacó primero, lanzándome el primer navajazo en dirección a mi extremidad superior. Rodé por el suelo para evitarlo, pero no logré esquivar el corte que me dejó en el antebrazo.
Cansándome de tonterías, me levanté y le lancé una patada baja a la pierna. Él se desestabilizó, dándome la oportunidad de tomarlo por el cuello y aplicarle la misma llave que le había hecho al Mastodonte en el ring de boxeo.
La ira carcomía mi cerebro mientras lo miraba.
«Casi lo pierdo», fue lo único que pasó por mi cabeza mientras le atajaba la mano y, con un giro seco, se la rompía de un movimiento limpio.
Rush no gritó como pensé que lo haría. En lugar de eso, escapó de mi agarre, me sujetó de las piernas y rodó encima de mí.
Se podía palpar la adrenalina en el aire, y no le di tiempo de nada. Le metí una patada al pecho y me liberé. Ambos nos levantamos del suelo al mismo tiempo y comenzamos a golpearnos por los costados. Mientras yo le encajaba un puño en las costillas, él me arrojó otro a la cara con su mano buena, descolocándome.
Sacudí la cabeza, intentando volver al juego, mientras una risa gélida salió de mi garganta y escupía la sangre que se había acumulado en mi boca.
Le arremetí dos patadas rápidas a las piernas, con fuerza suficiente para rompérselas, pero lo único que conseguí fue hacerlo caer de rodillas.
Ventaja suficiente.
No perdí tiempo.
Agarré la navaja del suelo y la sostuve a milímetros de su cuello, limpiándome el sudor con el antebrazo.
—¿Todo bien? —le pregunté entre jadeos.
—Todo bien —respondió, justo antes de que una punzada helada me atravesara el vientre.
Un escalofrío brutal me recorrió la espalda cuando bajé la vista y vi un cuchillo demasiado cerca de mi estómago.
¿De dónde mierda lo había sacado?
—Hijo de perra —siseé.
«¡Esto no puede quedar en empate!», me grité.
—No puedo estar más de acuerdo con eso —rió él—. ¿Qué dices, princesa? ¿Empate?
Pasé una mano a mi espalda, rezando porque Isaac entendiera… Y cuando atajé lo que había pedido, le respondí con una sonrisa.
—En tus más divinos sueños, cariño —dije, y le disparé en el brazo.
Rush cayó finalmente al piso. Pero algo me hizo fruncir el ceño: la falta de sangre.
Detallé la pistola en mi mano y sentí cómo la rabia me subía desde los pies.
Era de juguete. ¡De salvas!
Quise voltearme en ese segundo y asesinar a Isaac, pero no era el momento.
No podía desenfocarme.
Me acerqué al espécimen todavía medio doblado en el suelo y, sin más, le arranqué ambas banderas del cinturón. Las entrelacé al mío, sintiendo el ligero peso de la victoria bien merecida.
Segundos pasaron para que el sonido de la trompeta resonara en todo el recinto, dándome a entender que habíamos ganado. Mi equipo estalló en gritos de triunfo, soltando las armas y abrazándose entre ellos. Miré al espécimen, golpeado y cansado, intentando levantarse con pesar.
Suspiré y, con todo en contra, le tendí la mano.
—Fue una buena jugada —dijo, tomándola con su mano buena.
—Fuiste un maldito bastardo —murmuré contra su pecho cuando me aplastó contra él.
—Sabía que no te lo ibas a tomar en serio si te decía que iba a estar involucrado, princesa.
—Sí me lo hubiese tomado en serio —repliqué, sin considerarlo demasiado.
Rush me separó suavemente, atrapando mi mirada en la suya.
—¿Si hubieses sabido que era yo, habrías lanzado esa granada sin pensarlo?
Abrí y cerré la boca más de una vez.
Tenía el “sí” atorado en la garganta, pero mi corazón sabía que no.
Iba a buscar otra forma de patearle el culo, claro que sí… pero no lo habría puesto en riesgo.
—No lo hubiera hecho —habló Mila por mí.
Me giré hacia ella. Por un momento, me sentí mal al verla sostenerse la nariz en un intento desesperado de frenar la sangre que brotaba. Caminé hacia ella y observé de cerca. Estaba rota. Nathaniel le había dado un buen golpe. Lo admito: me sorprendió.
—Te va a doler —advertí mientras palpaba la zona.
Ella me miró confundida, pero no le di tiempo de protestar. Sujeté su tabique y, con un movimiento seco, lo acomodé de vuelta en su lugar.
El grito que pegó fue tan potente que mi equipo entero se volteó a mirar, congelando cualquier intento de festejo.
—¡Maldita! —sollozó Mila, sosteniéndose la nariz entre lágrimas.
—Pueden irse los dos al infierno —respondí sin más.
Rush se echó a reír, y su hermana me dedicó el dedo del medio.
—¡Pudiste haberme avisado! —espetó con un tono entre ofendida y divertida.
«Exactamente», pensé, guardándome una pequeña sonrisa malvada. «Ahora ya entiendes mi punto, cielo».
—No te ibas a dejar. Y tenía que acomodártela rápido si no querías una fractura peor. Deja de llorar.
—¡Lo dices porque no tienes la nariz rota!
—Tenías, Milanna. Tenías —replicó Rush por mí.
Ella intentó lanzarle una mirada asesina, pero lo único que consiguió fue que nos carcajeáramos. No podíamos tomarla en serio mientras se abrazaba la nariz de esa forma.
—Pendejos —masculló ella.
Me contuve de reír otra vez al escuchar los gemidos de Sara. Anna estaba atendiéndola. Por mucho que me molestara, la dejé. Chovert no se podía permitir una baja por algo tan estúpido como un disparo en el pie.
Aunque… yo había quemado a dos en el proceso de ganar.
Mi equipo se acercó a festejar, pero Rush se interpuso entre nosotros.
—Ustedes dos van a pasar todo el maldito día de mañana limpiando cada sala de entrenamiento después de su uso por faltarle el respeto a su superior —señaló a Nathaniel e Isaac, trayendo a colación la pasada por el culo que se dieron de seguir llamándome “caporegime”
Como pude, reprimí cualquier réplica. No le iba a traer nada bueno a nadie.
—¡Sí, señor! —contestaron al unísono.
—Lárguense de aquí antes de que los suspenda también —ladró el espécimen con su peor tono.
Ambos se marcharon sin siquiera atreverse a mirarme de nuevo. La irritación se arrastró por todo mi cuerpo, pero no era momento de matarlo. Lo dejé pasar.
Pasé de Rush hacia mis dos chicas y, sonriéndoles con orgullo, las abracé.
—Eres el mejor superior que me pudo haber tocado —me susurró Collin al oído.
—¡Eres increíble! —añadió Anna.
Me separé de ellas sin borrar mi sonrisa.
—No lo habría conseguido sin ustedes. Así que no se resten mérito, ¿me entendieron?
—¡Sí, mi caporegime! —gritaron juntas
Mi cara debió ser suficiente advertencia, porque salieron corriendo entre risas.
—Ese maldito apelativo va a terminar matándome algún día —murmuré frustrada.
—Yo opino que es sexy —los brazos de Rush me rodearon por la espalda, pegándome a su pecho—. Además, te queda muy bien.
—Vámonos —negué con la cabeza.
—¿Crees que puedas ponerte de pie, Sara? —escuché preguntar a Anna.
A pesar de los gimoteos, la chica se levantó. Anna cargó parte de su peso y comenzaron a caminar delante de nosotros.
—Tienes una vena vengativa cuando se trata de ella —rió Mila a nuestro lado.
Chasqueé la lengua.
—Agradece que no le disparé en la cabeza.
—No creo que le hubiese hecho mal a nadie —masculló la menor de los Massey—. ¿Caminamos o se van a quedar ahí abrazados como idiotas?
—Vete a la mierda —le espetó Rush con un matiz burlón en su voz.
—Si empezaran a caminar, llegaríamos más rápido —bromeó ella.
Me separé de sus brazos, empujando juguetonamente a Mila. La sujeté del brazo justo a tiempo antes de que se estampara contra el suelo por tropezar con una maldita rama y entre risas, empezamos a caminar hacia la salida del campo con un espécimen sexy siguiéndonos los pasos.
♦ ♦ ♦
—A eso es lo que yo llamo una batalla bastante entretenida —comentó Justine cuando cruzamos el umbral de lo que ya era mi segundo apartamento… aunque mucho más grande.
Había ganado.
Eso significaba que mi equipo por fin podía graduarse y encargarse de asuntos mayores. No me encantaba la idea, pero así funcionaba ese trabajo. El equipo de Rush, obviamente, perdió. Así que Rise me agradeció con un “eres la mejor” cuando lo miré de reojo.
Mi audiencia estaba compuesta por Rise, Riden, Justine y Dallas. Ellos tenían la tarea de calificar la prueba de hoy, y me otorgaron la mejor nota de la clase… Con unas que otras observaciones.
Sonreí con ganas cuando le confirmaron a mi equipo que habían pasado con excelencia.
—Mi día mejora sabiendo que ella puede patearte el culo cada vez que se le antoje —dijo Rise, rodeando a Rush con un abrazo a medias—. Y más si termina rompiéndote alguna extremidad.
—Quítateme de encima —lo sacudió Rush, irritado—. Ella podrá, pero tú seguro como el infierno que no.
—Mi equipo se enfrenta al tuyo la próxima semana, así que lo veremos. Además, ahora te toca buscar dos personas nuevas para reemplazar a los caídos —se burló, riendo—. Deja de hacerte el grande, Terroncito. Ya no te queda.
—¿Sabes qué sí es más grande? —soltó Rush con tono malicioso. Rise arqueó una ceja, esperando la respuesta—. Mi verga —remató el espécimen, justo cuando me atragantaba con mi propia saliva y el resto estallaba en carcajadas—. Ahora vete al infierno.
—La última vez que intenté medírtela, la mía era tres centímetros más larga —bromeó el mayor de los Massey.
Rush curvó una de las comisuras de su boca, dejándonos ver la sombra de una sonrisa.
—Ahora, ¿quién me dice dónde está Nathaniel? —preguntó, señalando a su hermana—. Él y yo tenemos mierdas pendientes.
—No seas idiota, fue parte del juego —lo defendió Mila, haciéndome voltear la cabeza en su dirección con una sonrisa disimulada.
Ella y Nathaniel llevaban un jueguito interesante desde hacía días. Sólo Kendall, Justine y yo lo habíamos notado: salidas tardías de ambas habitaciones, regalos discretos el uno al otro, entrenamientos tempranos en la mañana, risitas involuntarias por parte de ambos… y suspiros románticos por parte de Mila.
Las tres habíamos intentado interceptarla para hacerla hablar, pero la condenada era lo bastante rápida como para evadirnos y terminar a veinte metros de distancia, esquivando seguramente las preguntas que no quería escuchar. No iba a salvarse por siempre. Si Jus o Kendall no la atrapaban, lo iba a terminar haciendo yo. Y entonces respondería cada maldita pregunta que tenía, ya fuera por las buenas o por las malas.
Aunque ahora creyera que había salido ilesa… lo que no se imaginaba era que, por mi parte, no me molestaba que saliera con alguien. Que se distrajera del encierro que era Chovert me parecía hasta sano.
El problema era otro.
Porque dudaba muy seriamente que sus hermanos —Rush, en especial— fueran a aceptar lo que fuera que estuviera sucediendo entre ellos dos.
Y por la forma en que él los miraba cuando estaban en la misma habitación…
«Oh, sí. Ella estaba jodida».
—No me importa —sentenció Rise, desentendiéndose de los reclamos ahogados de Mila en el fondo.
La tarde voló y la noche nos envolvió sin darnos cuenta. La cena estuvo llena de risas, bromas y celebraciones por parte de mi equipo ganador y mis amigos, pero no duró demasiado. Estábamos todos agotados, y la euforia, aunque intensa, tenía fecha de vencimiento.
Tras despedirnos, volví a mi habitación. Tomé una larga y gratificante ducha con agua caliente, permitiendo que el agua se deslizara por mi cuerpo y disolviera el dolor acumulado. Me tomé mi tiempo. Dejé que el calor empapara cada centímetro de mi piel y disipara el estrés del día.
Cuando al fin salí, le dediqué una sonrisa cómplice a mi reflejo algo moreteado en el espejo.
Arropé mi cuerpo con la toalla, y en cuanto sentí que mi cabello estaba lo bastante seco como para no molestarme al dormir, salí del baño. Lista. Cansada. Pero satisfecha.
—Creo que la toalla está de más —escuché la voz ronca del espécimen.
Me giré de golpe, llevándome la mano al pecho como acto reflejo, intentando calmar el corazón que amenazaba con salírseme por la boca.
—Vas a matarme de un susto algún día —le gruñí, haciéndolo sonreír como si acabara de ganar algo.
Rush también se había duchado. A pesar de estar recostado en la pequeña cama, pude distinguir con claridad las gotas que aún brillaban en su cabello húmedo. La barba seguía creciendo en su rostro, dándole un aire más salvaje, más crudo, más… provocador. Pero también se veía agotado. El tipo de cansancio que no se arrastra por flojera, sino por haberlo dado todo. Y mi pecho se contrajo con culpa al ver su mano izquierda envuelta en una férula, rígida, inutilizada.
Con su risa sexy de fondo, agarré la ropa doblada sobre el escritorio y, con toda la gracia del mundo, le lancé la toalla a la cara antes de ponerme su camisa —sí, suya, la que le robé hacía días y que era lo bastante larga como para cubrirme hasta la mitad del muslo—. Mis bragas azules quedaban apenas ocultas.
Rush arrojó la toalla mojada al otro extremo de la habitación y abrió los brazos para mí, como si no hubiera forma en el universo de que me negara. ¿Y quién era yo para hacerlo? ¿Una idiota?
Pues sí.
Pasé de largo, recogí la toalla del suelo, la extendí sobre la silla para que se secara —porque alguien tenía que tener sentido común— y, solo entonces, me lancé a su abrazo.
—Pensé que ibas a seguir trabajando —murmuré contra su pecho, deleitándome con el calor que irradiaba.
—Te prometí que serías mía esta noche —susurró mientras me apretaba más contra él, inhalando con suavidad—. Además, estoy adquiriendo esta tediosa costumbre de no poder dormir si no te tengo cerca. En mi cama. En mis brazos.
Solté una risa baja.
—Todo eso empezó por tus cuidados sobreprotectores —le recordé.
Y era verdad. Mucho antes del regaño de hoy, Rush ya había estado amenazándome con mantenerme encerrada si no dormía con él o él conmigo, solo para “vigilarme”. Todo por culpa de que uno de sus hermanos le mencionó, otra vez, que mis migrañas estaban empeorando. Que era cierto, sí… pero habían sido solo dos días. Eso bastó para que el espécimen se instalara en mi habitación como si fuera parte del mobiliario.
Al principio llegaba cuando yo ya dormía, pero los últimos tres días se las había arreglado para aparecer en los momentos más aleatorios, causándome sustos violentos y absolutamente innecesarios.
—Soy malditamente feliz de cuidarte si eso implica tenerte semidesnuda contra mi pecho —dijo en un tono descarado y casual.
Recordé lo que Drake me había dicho en su momento. Que él también me cuidó cuando estuve en mi “sueño profundo”. La sonrisa se me escapó antes de poder detenerla, y decidí sacar el tema con toda la inocencia que no tenía.
—Drake también puede hacer eso —murmuré como quien no quiere incendiar Roma.
Rush se tensó debajo de mí, provocándome risas silenciosas.
—Andas graciosa —masculló irritado.
—También te amo —respondí, riéndome sin culpa.
Si antes su cuerpo estaba tenso, ahora era una escultura de piedra.
—¿Qué?
Entonces, milisegundos después, mi cerebro hizo un clic doloroso.
«Oh… Dios… mío. ¿Qué acabo de decir?».
—Yo… yo no… —empecé a balbucear, como una idiota.
Rush me apartó un poco de él, tomándome el mentón con firmeza, obligándome a encontrarme con su mirada.
—Repítelo —susurró con una intensidad que me quemó la piel, después de unos segundos de silencio denso.
—Rush, yo…
—Repítelo —insistió. Sus ojos grises brillaban con algo salvaje y feroz, como si acabara de escuchar el secreto más sagrado del mundo.
Un escalofrío me recorrió la columna vertebral.
¿Lo amaba? ¿De verdad lo amaba?
Había pasado el punto del enamoramiento, eso ya era claro como el jodido día, aunque no quisiera admitirlo. Pero amar era otro nivel. Otra liga. Otro universo. Y sin embargo…
Sí, me hacía perder la paciencia.
Sí, me sacaba de quicio como ningún otro ser humano.
Sí, bastaba su mirada para hacer que mis piernas fallaran.
Sí, despertaba en mí cosas que nadie más había logrado.
Sí, me follaba como si el mundo dependiera de ello.
Y sí, técnicamente podía vivir sin él… pero no iba a encontrar a otro hombre que me hiciera sentir como él.
Mi cuerpo ya lo sabía. Mi mente y mi corazón también. A quién le faltaba aceptarlo era a mí. En voz alta. Con todo y él observándome como si fuera su maldita vida. Así que no me cohibí:
—Te amo —farfullé, dejándome envolver por ese maldito sentimiento que lo arrasaba todo.
Rush no dijo nada. Solo me besó como si fuera su única fuente de oxígeno. Se colocó sobre mí, devorándome con la boca, y yo lo dejé hacer.
El beso era suave, sí, pero al mismo tiempo tenía esa carga brutal de todo lo que no necesitábamos decir.
—Repítelo —murmuró con la boca entreabierta contra mi cuello.
—Te amo —gemí, arqueándome hacia él, desesperada por más.
—Jodidas palabras que no me cansaré de escuchar —susurró con voz rasposa, mientras bajaba por mi cuerpo. Su mano buena se llevó los botones de la camisa por delante como si fueran papel. La destrozó. Sin remordimiento alguno—. Me tienes, princesa —mantuvo su voz baja, acunando uno de mis pechos y apretando mi pezón hasta hacerme gemir—. Y me encanta.
Me retorcí bajo él hasta sentir su erección posicionarse entre mis piernas. Fruncí el ceño.
—La tela está de más —murmuré.
Rush soltó una carcajada oscura y, en un segundo, se deshizo del bóxer. En un movimiento lento, tortuoso, me llenó por completo.
—Rush —gimoteé, contoneándome como si mi cuerpo supiera qué hacer antes que yo—. Esto es…
Cortó mis palabras con un beso corto, apenas un roce, antes de volver a jugar con mis pechos como si fueran suyos.
—Quiero hacerlo lento, princesa —murmuró con uno de mis pezones entre sus labios—. Déjame apreciarte. Dame la satisfacción de hacerte el amor y escuchar esos lindos gemidos que salen de tu boca —dijo, moviéndose en mí con una lentitud calculada—. Déjame demostrarte que tu amor por mí está malditamente correspondido.
Él iba a matarme, pero… lo dejé.
Lo dejé amarme como yo lo hacía. Lo dejé chupar, lamer, morder cada parte de mi cuello, mi clavícula, mis labios. Dejé que entrara y saliera de mí con esa cadencia que me enloquecía, que hacía que mi orgasmo escalara cada vez más, como una explosión que se negaba a terminar.
—Rush —gemí cuando salió de mí con una lentitud agónica.
—Déjame hacerte entender que estoy perdido por ti —susurró, bajando hasta mi sexo—. Déjame saborear este pequeño y perfecto coño que me pertenece —dijo tan cerca de mi clítoris que su aliento me hizo arquear la espalda. Lo necesitaba. Lo deseaba—. Hueles tan jodidamente exquisito —murmuró antes de deslizar su lengua sobre mi necesitado clítoris.
Grité. No me cohibí. Apreté las sábanas mientras su lengua recorría mis pliegues externos con paciencia malvada, hasta que se adentró en los internos con la misma suavidad brutal. No bastándole mis gemidos, hundió un dedo dentro de mí, arrancándome un orgasmo fulminante.
Me corrí en su boca.
Y él no se detuvo. Me lamió como si no hubiese un después. Como si su vida dependiera de comerme.
—Vas a matarme —susurré, apenas consciente, con el corazón bombeando adrenalina y las piernas temblando.
La risa grave de Rush vibró contra mi coño. Casi llegué otra vez. Casi.
Lo necesitaba. Necesitaba que se ocupara de mí, de mis necesidades.
Pasé mis dedos por su cabello, obligándolo a volver a mis pliegues. Me besó con suavidad, luego con hambre. Mientras tanto, sus dedos seguían frotando mi clítoris, arrancando jadeos involuntarios de mis labios. Mordió mis caderas, me lamió el abdomen y volvió a subir, regalándome una mirada hambrienta que me dejó sin aliento.
Traté de no parecer desesperada.
Fallé.
Le mordí el labio superior con desesperación.
—Con calma, princesa —rió con descaro. Resoplé, exasperada. Estaba a punto de arrancarle la piel si no me follaba en los próximos dos segundos. Duro—. ¿No puedes hacer una cosa por mí? —masculló, y sin advertencia alguna, hundió dos dedos dentro de mí. Grité. Dios, grité—. ¿Quieres que te trate así todo el tiempo? —Volvió a hundirse, esta vez con más fuerza—. ¿Quieres que te folle duro?
—¡Dios, sí! —jadeé. Su boca se deslizó hasta mi clavícula, succionando con fuerza.
Sonreí con malicia.
Sabía con exactitud lo que estaba haciendo.
—Rush… —murmuré, más por costumbre que para detenerlo.
Me iba a dejar una jodida marca. Él lo sabía, pero no le importó. Siguió ahí a la vez que sacó sus dedos, reemplazándolos de inmediato por su polla. Maldije. Entró de una estocada, brutal y deliciosa, dejándome sin aliento.
—Esto es mío —gruñó, sujetándome de las caderas para inmovilizarme.
—Creo que tengo derecho suficiente en mi cuerpo como para decir que es mío, cariño —jadeé con insolencia.
—Desde que follé tu coño todo empapado en mi auto, tu cuerpo me pertenece, princesa —arremetió con otra embestida. Otro grito de placer escapó de mí—. Lamento quebrarte la ilusión, pero eres mía.
Cerré los ojos, dejándome llevar por sus palabras.
—Enfócate en mí, printsessa. Déjame ver esos malditos ojos cargados de lujuria que solo yo provoco.
Abrí los ojos. Lo obedecí.
Y amé cada segundo de ello.
La tormenta en su mirada brillaba con hambre. Me prendió fuego. Sus embestidas se hicieron más violentas, más profundas. Volví a gritar. Mis piernas se enredaron en sus caderas, buscándolo más.
—¡Rush! —chillé cuando embistió con fuerza y me llenó hasta el alma.
Cerré los ojos de golpe.
—¡Ojos en mí, printsessa! —gruñó, cada palabra sincronizada con sus embestidas salvajes—. Quiero tus jodidos ojos en mí. Necesito ver esa cara que pones cuando te estoy dando lo que quieres. Quiero ver cómo te corres sobre mi polla.
—¡Más! —supliqué, anclando mi mirada a la suya.
No sabía si podía soportar más, pero mi cuerpo no lo cuestionaba.
Rush me folló rápido, sin frenos. Todo mi ser temblaba, buscaba, exigía. Estaba a punto de dejarme ir. Me sentía ahí, solo que no…
—¡Mío! —jadeó, bajando a mis pechos. Mordió uno, apretó el otro, y eso fue todo lo que necesité.
—¡¡Rush!!
—Mierda —lo escuché decir, corriéndose conmigo.