1. Let's Play - Capítulo 34
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34: 32 34: 32 Moralidades en pausa No era moralidad: era estrategia.
Y eso siempre apesta un poco Rush Desde que dejé a Arabella en la oficina de Rise, Harrison se encargó de ocuparme toda la mañana con reuniones, inmediatamente después de la que tuve con Kendall y Riden sobre Kaela.
El asunto con la mafia israelí fue breve, aunque dejó algunos puntos en “veremos”.
Para ser sincero, me sorprendió y, al mismo tiempo, me tranquilizó ver a Kendall tomar la delantera, exponiendo sus puntos con claridad y anticipando las posibles complicaciones que enfrentaríamos al aterrizar en Jerusalén.
Me dejó impresionado.
No esperó una aprobación de mi parte antes de afirmar que se haría cargo de todo lo que le pedí.
Y como si eso fuera poco, también de la misión completa.
Riden y yo no encontramos motivos para objetar.
Se notaba que Kendall conocía bien a los hombres de Kaela y entendía los entresijos de la mafia israelí, así que ambos quedamos satisfechos al verla marcharse con ese aire serio y seguro que dejaba poco margen para la duda.
—Para ser sincero, eso… no lo vi venir —dijo Riden en cuanto la puerta se cerró.
Asentí.
—Estamos iguales.
No esperó más y también salió.
Me dejó solo hasta que Harrison llegó.
Estuvo presente durante las reuniones con la mafia turca, el intento fallido con el comité alemán, y cuando la mafia palestina me informó que Alexey había intentado reclutarlos para darle un golpe sorpresa a la Bratva.
—Maldita sea —mascullé entre dientes justo cuando Lance cortó la videollamada.
Lance, portavoz de esa organización, fue quien me advirtió sobre los movimientos de Alexey contra la Bratva.
Sabía que las cosas entre él y el Boss se estaban saliendo de control, pero ¿hasta qué punto?
Siempre había atacado de forma indirecta, golpeando desde las sombras.
Pero ahora alistar a jefes de distintas mafias para eliminar a Nóvikov de forma directa…
Mierda.
Agradecí en silencio que los palestinos se negaran a participar.
Sin embargo, me preocupé por como Alexey se lo iba a tomar.
Él nunca aceptaba un “no”, y menos cuando el Boss estaba ganándole terreno sin mover un solo peón.
—Lo que Alexey está planeando se veía venir desde hace tiempo, pero lo que me preocupa es que La Kaya y el comité alemán no te hayan dado una respuesta concreta —comentó Harrison desde el otro lado del escritorio, con su habitual semblante imperturbable.
—Lo que La Kaya está pidiendo es demasiado —refuté, echándome hacia atrás con molestia.
—Estás en guerra con tu padre, Rush.
¿Entiendes lo que eso significa?
Tal vez para ti sea demasiado, pero para ellos es más que justo.
—Guerra o no, es imposible conseguir lo que están pidiendo —repliqué casi entre dientes.
La Kaya quería pasar su producto por los túneles canadienses para llegar a Alemania y expandir su negocio.
Para eso, pretendían que contactara a los Nostravik y me ofreciera como su representante, considerando que Asaf y Sigmund no se soportaban.
—Es lo que quieren —se encogió de hombros con una indiferencia que me sacaba de quicio—.
Tu deber es dárselo o negociar algo mejor.
Lo fulminé con la mirada.
—No puedo hacer que Sigmund acepte un trato con la mafia turca.
Me va a mandar al infierno si siquiera menciono a Asaf en la reunión.
Esos dos no se van a tolerar ni aunque los encierre ocho días en un cuarto sin luz, Harrison.
Además, Asaf fue claro con lo que exigía desde el inicio, no va a ceder.
—Pero puedes ofrecerle parte del producto de la mafia palestina a Sigmund como incentivo si accede a colaborar con los turcos —indicó, como si fuera la cosa más lógica del mundo.
Chasqueé la lengua con fastidio.
—¿Desde cuándo a la cabeza alemana le interesa un producto tan básico como el de la mafia palestina?
Eso no va a funcionar.
—Desde que, combinando su droga con la de los palestinos, puede dejar inconscientes a las mujeres más tiempo durante su tráfico de personas —dijo, sin un rastro de escrúpulo.
Alcé una ceja—.
¿Qué?
¿Ahora tampoco permites que trafiquen personas?
Espabílate, Rush.
Estás en guerra.
Tus moralidades te las puedes meter por el culo hasta que seas capobastone.
Cuando tengas el título, haz lo que se te dé la gana.
—Ocupe el título o no, la trata de personas no es negociable.
Harrison resopló, mostrando su desacuerdo.
—Es fantástico que tengas tus líneas claras, pero no nos sirven ahora.
El título que estás reclamando va a exigirte más de lo que estás dispuesto a ceder, y si no estás listo para eso, mejor abandona.
¿Para qué empezaste esta guerra, entonces?
¿Para detenerte a mitad de camino a moralizar?
Las Sombras no perdonan idealismos.
Si sigues jugando a elegir caminos que no existen, dudo mucho que dures en la cima.
Apoyé los codos sobre la mesa, sintiendo cómo la presión se arremolinaba en mi cabeza.
Lo que decía tenía lógica.
Lo entendía, comprendía su perspectiva.
Pero eso no quería decir que fuera a seguir su modelo.
Él veía el tablero en blanco y negro.
Yo veía el gris: ese espacio incómodo, sucio y lleno de contradicciones donde a veces se jugaban partidas importantes.
Harrison llevaba todo el día dejando claro lo intransigente que era, lo rígido, lo obtuso.
Para él, no había dilemas ni ambigüedad, solo órdenes y consecuencias.
Pero aún así, no era tan sencillo.
Nada lo era.
Había matices, dilemas en cada paso que se daba.
Comprendía que el poder implicaba tener que tomar medidas que no eran socialmente aceptables.
Pero yo conocía el precio de esa clase de poder.
Lo había visto toda mi vida.
Alexey me había demostrado cómo se construía un imperio a base de terror y control.
No obstante, no quería ser su reflejo.
Sí, deseaba inspirar temor justo al igual que todos en la partida, pero la mayoría lo buscaba por razones equivocadas.
El miedo que ellos anhelaban infundir era porque disfrutaban de su dominio sobre los demás.
Pero mi deseo de inspirar temor era diferente.
Lo buscaba para proteger a mi familia.
Riden, Rise, Mila y ahora Arabella eran lo más importante para mí.
Entonces, si eso implicaba quemar todo a mi paso, enfrentarme a mi propio padre en una guerra interna y debatir lo que era socialmente correcto para mí, estaba dispuesto a aceptarlo y dejar todo convertido en cenizas.
Aunque el camino que estaba por elegir haría que las cosas se tornaran más peligrosas, estaba dispuesto a sacrificar mis propias creencias en pos de su seguridad.
Porque en última instancia, el amor que sentía hacia ellos era más fuerte que cualquier impulso egoísta o moralidad que tenía.
Inspiré hondo.
Las piezas empezaban a encajar.
Sabía que el camino que elegía implicaba riesgos, implicaba dobleces.
Pero lo haría igual.
No por gloria.
No por ambición.
Lo haría por ellos.
—¿Hasta cuándo piensas quedarte?
—le pregunté con la misma firmeza que enterraba mis dudas.
—Hasta que Moscú vuelva a ser zona segura —bufó, clavando en mí una mirada inquisitiva—.
¿Por qué?
—Porque me vas a acompañar a dar una vuelta por Berlín en una hora —respondí, tomando el teléfono local de la oficina.
Harrison me observó un momento, satisfecho.
—Interesante.
Asumiría la responsabilidad de mis acciones y terminaría de abrir un nuevo capítulo en la historia.
Sería un líder temido, pero con un propósito más noble oculto.
Estaba decidido a proteger a los míos, y si eso significaba desafiar a mi propio linaje y enfrentarme a todo lo conocido, lo haría con todo lo que tenía.
Mi familia merecía un futuro seguro, aunque eso significara incendiar las sombras del pasado.
—Justine —hablé cuando su voz inundó el auricular—.
Prepara a Damiano.
Necesito el jet listo.
♦ ♦ ♦ Tenía quince minutos para hacerle saber a mi novia que no iba a estar presente las siguientes veinticuatro horas y no la encontraba por ninguna maldita parte.
Pasé por la oficina de Rise primero, creyendo que estaría ahí, pero no estaban ninguno de los dos, por lo que fui a la sala de comando.
—Rush —saludaron mis dos hermanos cuando crucé la puerta.
Ambos se encontraban con las sillas esparcidas alrededor de la mesa de planos con semblantes lo bastante concentrados cómo para que me hiciera asomarme a ver por qué.
—¿Por qué tanta concentración en planos donde se supone que sabes qué harás?
—le pregunté a Rise, alzando una ceja.
—¿Acaso no puedo asegurar el perímetro otra vez?
—cuestionó en respuesta, burlón.
—Tienes a las computadoras para eso —le señalé con la barbilla el gran escritorio que contenía, al igual que todo el jodido espacio, la mejor tecnología que pude conseguir.
—¿Qué quieres, Rush?
—suspiró Riden, apoyándose en la mesa.
Tenían algo entre ceja y ceja, lo sabía, pero necesitaba encontrar a Arabella.
Luego, me ocuparía de saber qué demonios me estaban ocultando esos dos.
—¿Dónde está ella?
—¿Aprovechando las horas sin ti?
—habló Rise mientras se encogía de hombros—.
La eché de aquí cuando terminó de probarse todo hace horas.
Asentí y me giré sobre los talones, devolviéndome por donde había venido.
Tenía una idea de donde se podía encontrar.
—¡¿A qué se debe que tengas a Damiano esperándote con el jet afuera?!
—gritó Riden en lo que caminaba hacia la salida de la sala.
Sonreí.
Por supuesto que sabía.
—No tengo por qué decirles una mierda si ambos van a mentirme en la cara —dije, saliendo del lugar.
Caminé hasta el centro de Chovert y me detuve en la entrada del comedor para buscarla entre la multitud.
No había rastro de su cabeza entre la maraña de personas que ocupaban las mesas durante su tiempo muerto, así que no perdí tiempo en entrar y seguí mi camino hacia el polígono de tiro.
Me sorprendió no verla allí tampoco.
Sabía que era imposible que estuviera durmiendo a las dos de la tarde.
Conociéndola, ya debía llevar dos tazas de chocolate caliente encima, un cambio de ropa, veinte comentarios sarcásticos y al menos sesenta amenazas verbales.
Entonces, solo me quedaba un sitio: la sala de entrenamiento.
Había varios rings en uso.
Algunos cuerpos se movían entre guantes, cuerdas y gritos.
Pero no me interesaban.
Mi mirada se dirigió al fondo.
A esa zona que pocos usaban por el tipo de lucha que implicaba.
Y ahí estaba.
Una sonrisa burlona se asomó en mis labios cuando vi ese pequeño cuerpo moverse en el área más alejada del lugar.
Mi curiosidad se encendió al instante.
Y decidí ser sigiloso.
Me deslicé entre columnas, manteniéndome en la sombra, donde ella no pudiera verme si no hacía un esfuerzo, pero yo sí pudiera observarla.
Ella tenía los ojos cerrados.
Su respiración era lenta, profunda, concentrada.
El brillo del sudor sobre su piel resaltaba cada curva, cada músculo, cada maldita distracción.
Y el conjunto que llevaba no era el mismo con el que la había dejado horas antes.
Ahora llevaba unos leggings negros que se ceñían con precisión en sus piernas y un top deportivo que combinaba.
Mi atención se desvió hacia lo que sucedía a su alrededor cuando mi equipo de élite dio un paso al frente, rodeándola en el tatami.
—¿Rush?
—escuché la voz de Riden detrás de mí, susurrando.
Con rapidez me volteé, le atajé la mano y lo posicioné a mi lado—.
¿Qué…?
—Cállate —susurré, señalando a lo que sea que mi novia iba a hacer con Hal, Gael, Erdem y Rob.
—¿No te basta verla todos los días que ahora tienes que acosarla?
—masculló entre dientes con su tono distintivo de aburrimiento.
—Riden —le reñí.
De reojo pude ver como sonreía, fijando su mirada en mi novia.
—¿Ahora es una pelea justa?
—se burló Hal cuando Arabella respiró profundo y les hizo una seña para que comenzaran con no sé qué mierda.
—No va a poder con todos a la vez —Erdem se encogió de hombros—.
No veo porque no podemos aprovecharnos de esto.
—Aprovecharse mi…
—empecé a mover los pies, listo para intervenir, pero Riden me sujetó del brazo y me empujó de nuevo a mi sitio.
—Rush.
—Son los mejores que tengo —hablé entre dientes—.
Y no por nada.
—Es Arabella de quien estamos hablando —resopló—.
Deja de ser un marica y acostúmbrate a eso.
Inhalé profundo.
Me obligué a quedarme quieto, observando cada paso que mi grupo de élite dio contra mi novia.
Erdem fue el primero en avanzar, buscando una llave en cuanto su mano tocó el cuello de mi novia.
Pero no logró más que eso.
En un solo movimiento, Arabella tomó su brazo y, con una técnica limpia, estampó el trasero de Erdem en el tatami con un golpe seco.
Y joder, lo gocé.
Erdem le sacaba con facilidad el doble de tamaño.
Hal, Gael y Rob no se quedaban atrás.
Todos eran corpulentos, entrenados, letales.
Y ella, aún así, los hacía ver como principiantes.
Cada técnica que aplicaba era precisa, brutal.
Los derribaba uno a uno, sin darles espacio para recuperarse.
—Es una maldita —siseó Gael con desdén.
Él era quien menos se llevaba bien con perder.
Se levantó del suelo y atacó con una Uchi-Mata limpia, rápida.
Y lo logró.
El cuerpo de mi novia fue elevado y cayó como un saco de cemento sobre el tatami.
El sonido del impacto rebotó en mi cabeza.
Pero no había dolor en su mirada.
Solo satisfacción.
Gael se posicionó encima de ella, buscando una técnica de estrangulación.
Quería dejarla inconsciente.
Pero Arabella fue más rápida.
Le metió una patada al estómago, y en un parpadeo, ya estaba encima de él aplicando una Ryote-Jime más rústica y pulcra que había observado en años.
Gael quedó fuera del juego.
Mi novia se levantó segundos después.
Los demás no tardaron en ir todos a la vez.
Golpes por todas partes.
Puños, giros, fintas.
Y ella.
Una figura diminuta en comparación.
Pero los dejaba en el suelo, uno tras otro, como si fuera lo más natural del mundo.
El único que quedaba en pie era Erdem.
Y habría perdido también si Arabella no hubiera descuidado su postura.
Su talón derecho estaba fuera de línea.
Sutil, pero suficiente.
Erdem no lo pasó por alto.
En cuestión de segundos, ya estaba sobre ella, sus brazos firmes rodeando el cuello de mi novia en una clara llave de inmovilización.
Arabella supo que no había escapatoria, así que golpeó tres veces el tatami.
Rendición.
Clara, limpia, orgullosa.
Erdem la soltó al instante, sonriendo como un imbécil mientras se ponía de pie.
—Eres increíble —dijo, tendiéndole la mano.
Ella le devolvió la sonrisa y la aceptó sin reparos, levantándose de un solo impulso.
—Ustedes son buenos —respondió entre jadeos.
—¿Buenos?
Nos dejaste en ridículo —rió Erdem mientras ella se secaba el sudor de la frente con el antebrazo—.
Si no hubiera sido por ese error con tu pie, yo también estaría tirado ahí —señaló a los cuerpos desperdigados en el suelo.
Arabella soltó una risa.
—Por eso siempre es bueno practicar de vez en cuando —se dirigió hacia el borde del tatami, tomando su botella de agua y volteando hacia él—.
Tenía tiempo sin poner en práctica mis habilidades de judo.
—Si eso es estar fuera de práctica, yo también lo quiero —la mirada que le lanzó no me gustó ni un carajo.
Y por cómo ella frunció el ceño, tampoco—.
Increíble que estés en la banca de la soltería.
—Iluso —susurró Riden, riéndose por lo bajo—.
Está muerto.
«Bajo tierra y sin lápida».
—¿Qué te hace pensar eso?
—respondió Arabella, dándole un largo trago a su botella.
—Es la primera vez que te veo y no tienes a nadie detrás.
Una belleza como tú debería tener a cientos rondando.
Arabella alzó una ceja.
Perfecta.
Y sin apuro, giró con ligereza la cabeza justo hacia donde estábamos Riden y yo.
—Al que quiero ya lo tengo —dijo, con una sonrisa que bailaba en sus labios.
No era de sorprenderse que ella hubiese notado donde estaba.
Aun así, no pude evitar sonreírle y regalarle un guiño.
El efecto fue inmediato: su sonrisa se amplió.
—¿Crees que al afortunado no le importe compartir su lugar por… —observó el reloj en su muñeca— dos horas?
Valdrá la pena.
Ella deslizó la mirada hacia el posible candidato a cadáver del día, ladeando la cabeza con una expresión divertida.
Si me estaba dando luz verde o no, no me importaba.
Mis pies ya se estaban moviendo hacia ella.
Mi mujer soltó un suspiro burlón apenas me vio avanzar.
—Pregúntaselo tú mismo —soltó, señalándome con la barbilla.
Erdem se giró de golpe, buscando al sujeto en cuestión.
Su sonrisa se evaporó apenas sus ojos me encontraron.
El miedo brilló en su rostro.
Me acerqué sin detenerme, y cuando estuve frente a ella, la atrapé con un brazo por la cintura y la atraje hacia mi pecho.
Sudorosa, jadeante y jodidamente mía.
Mis manos encontraron sus caderas por inercia.
—Erdem —lo saludé con irritación.
Vi su mirada saltar de mí a Arabella y de regreso.
Su piel perdió todo color cuando, por fin, las piezas encajaron en su mente.
Me aseguré de disfrutarlo.
—Señor —dijo al inclinar la cabeza, en un gesto de respeto tardío.
—Tienes diez segundos para desaparecer de mi vista antes de que te cosa la boca y te arranque los ojos por siquiera mirarla —ladré, cada palabra más cortante que la anterior—.
¡Fuera!
No necesitó una segunda advertencia.
Recolectó lo que tenía en el suelo y salió de allí como alma que lleva el diablo.
Sentí una vibración de risa nacer en el pecho de Arabella y la giré para mirarla de frente.
Sus ojos oscuros brillaban con una diversión que, maldita sea, era contagiosa.
—Eso fue un poco innecesario —suspiró, rodeando mi cuello con las manos—.
Ahora seguro no va a querer practicar conmigo nunca más.
Me encogí de hombros.
—No esperaba menos.
Además, fui benevolente.
Me incliné para besarla, pero un maldito carraspeo interrumpió el momento.
No hizo falta voltear para saber quién era.
—¿Qué quieres, Riden?
—pregunté sin moverme ni un centímetro de mi novia.
—¿Por qué tienes a Damiano listo con el jet?
—preguntó.
Su tono bastó para que imaginara su cara de asco, lo que solo me hizo sonreír más.
Arabella frunció el ceño, separándose de mí.
Se volvió hacia él con curiosidad en los ojos, y cierta sorpresa contenida.
—¿Quién es Damiano y qué tiene que ver el jet?
—inquirió.
—Damiano es mi piloto —le respondí con calma, sin apartar la vista de mi hermano—.
Y tengo que atender unos asuntos en Berlín.
Arabella me miró con otra pizca de sorpresa.
Riden, en cambio, parecía a punto de incendiar algo.
—¿Y por qué no nos has dicho nada?
Rise y yo…
—Tienen un operativo mañana —lo interrumpí, sin molestia alguna—.
No lo van a cancelar por un viaje a Berlín.
Además, no iré solo.
Harrison viene conmigo.
Así que tú… —deslicé la mirada hacia mi mujer— trata de no causar problemas mientras no estamos.
Arabella no parecía del todo convencida y seguía expectante.
—¿Qué asuntos tienes en Berlín, Rush?
—cuestionó con sospecha en su voz.
—Solo cerrar algunos tratos —respondí con simpleza, sabiendo que eso no sería suficiente para tranquilizarla.
—Eso lo podrías hacer desde tu oficina y lo sabes —entrecerró los ojos.
—Princesa, hay cosas que deben hacerse en persona —respondí al acercarme para acariciarle la mejilla, buscando calmarla—.
Solo estaré fuera un día.
Ni lo notarás.
Te lo prometo.
Negó con la cabeza, su incomodidad seguía latente.
—No me preocupa cuánto te ausentes, lo que me preocupa es que Alexey haga algo en tu contra al segundo de que pongas un pie fuera de aquí —admitió—.
No estarás ni irás solo, eso es lo bueno, pero Alexey es…
—Impredecible —terminó Riden por ella, dejando claro su punto de vista.
Antes de que pudiera responderle, Harrison la llamó desde unos metros más allá.
Ella alzó la cabeza, lo ubicó y asintió.
—Manténme informada de todo —ordenó de repente, y sin aviso, sus labios se estrellaron con los míos en un beso breve pero lleno de intención—.
Quiero tenerte de vuelta en una sola pieza, cariño —susurró al separarse, antes de girarse y correr hacia su jefe.
—¿Podrías aprender de ella?
—bromeó Riden con burla, soltando un suspiro—.
Estoy seguro de que podrías desaparecer un mes y a ella no le importaría.
Pero si fuera al revés…
—sacudió la cabeza con una sonrisa torcida.
—Quiero un reporte detallado del operativo cuando aterricen —le ordené, ignorando su comentario—.
Me vas a informar cuando despeguen y cuando aterricen en Sicilia, además de asegurarte que ella no se crea inmortal y no se ponga en situaciones suicidas.
—¿Por qué yo?
—me lanzó una mirada de queja.
—Porque si se lo pido a Rise, seguro se lo pasa por el culo.
Tú, en cambio, no eres un idiota.
—Lo que no quieres es que se burle de ti y de tu maldita preocupación extrema.
—Eso también —suspiré, abrazándolo de repente y soltándolo tan pronto noté la rigidez en su cuerpo—.
Nos vemos pronto.
El asentimiento reacio de Riden fue suficiente para que me encaminara hacia Harrison y mi novia.
—Vámonos —le dije a Harrison mientras entrelazaba mi mano con la de ella, cortando la conversación entre murmullos.
Harrison le lanzó una mirada cargada de significado a Arabella, y con un seco asentimiento de su parte, no esperó más y se dirigió hacia la salida.
Tiré de Arabella conmigo.
Tenía ganas de preguntar qué le había dicho Harrison, pero lo dejé pasar.
Seguramente tenía que ver con el viaje.
En poco más de cinco minutos llegamos a la pista de aterrizaje trasera de Chovert.
Una ráfaga de viento gélido nos recibió, levantando con violencia mechones del cabello de Arabella.
El jet ya estaba listo.
Damiano esperaba a bordo, paciente, preparado para despegar en cuanto Harrison y yo subiésemos.
La pista se extendía frente a nosotros, las líneas blancas marcando el camino como si todo estuviera trazado.
Harrison subió primero.
Yo me detuve.
Miré a Arabella con el ceño fruncido.
—Prométeme que pensarás antes de actuar —le pedí, dejando que la preocupación resaltara en mi voz.
—¿Qué te hace pensar que yo no…?
—Porque siempre corres hacia el peligro sin pensar, princesa —la recorté de un solo golpe—.
Prométemelo.
Rodó los ojos, pero asintió.
No aparté la mirada de su rostro.
Ella soltó un suspiro ruidoso.
—Está bien, Dios.
¡Lo prometo!
¿Eso te hace feliz?
Le sonreí.
Acerqué su rostro al mío, la besé profundo, dejando que mi lengua reclamara la suya hasta arrancarle un gemido.
Luego besé su frente, solté su mano y caminé hacia el jet sin mirar atrás.
Porque sabía que, si lo hacía, me quedaría.
Y mandaría a la mierda todo el maldito plan que yo mismo construí.