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Capítulo 33: 31

Malditos buenos días

Porque pelear es jugar, y yo quiero seguir jugando

Arabella

¿Difícil? Sudé más que un hipopótamo. El espécimen había barrido conmigo el maldito piso y habría ganado… si no se hubiese confiado en el piedra, papel y tijeras que rogué jugar al final, concediéndome la victoria por un mísero milagro.

—Mi amor… —llamó una voz bastante sexy. Gruñí. A lo lejos, una risa masculina se dejó oír—. Princesa —repitió, esta vez con más apremio.

Gimoteé mientras me revolvía entre las sábanas, enterrando la cabeza bajo la fina almohada.

—Es demasiado malditamente temprano. Ve a joder a otro lado —protesté sin dignarme a abrir los ojos.

Rush tenía la encantadora tendencia de despertarse al amanecer como si no hubiera abusado de mi cuerpo toda la noche anterior. Hubiese apreciado el gesto de querer ser mi despertador humano, pero considerando que me dio suficientes orgasmos como para quedarme coja tres días, levantarme era una maldita crueldad.

—¿Tú no querías que arrojara el trato de “princesa” a la basura? —se rió, el muy maldito.

Sentí cuando me quitó la almohada y la sábana de un solo tirón, dejando mi cuerpo desnudo. El frío me golpeó como una bofetada helada, así que entre escalofríos y maldiciones me senté en la cama, entrecerrando los ojos. Estuve a nada de lanzarle algo cuando vi el maldito despertador: ¡las seis de la mañana!

—Te odio —mascullé entre dientes cuando finalmente enfoqué al espécimen.

Estaba sentado en la única silla del cuarto. Bañado. Vestido. Despierto. Y con una taza de café entre las manos, como si no hubiera roto nada la noche anterior. Luego de recorrerme con esa mirada hambrienta, me sonrió como si fuese Navidad.

—Rise te está esperando en su oficina —me informó, justo cuando yo me levantaba y entraba al baño para darme mi merecida ducha matutina—. En realidad, agradezco tomar su lugar para despertarte. No pensé que ibas a dormir así —su voz, con ese tono de burla cargado de deseo, llenó el diminuto baño.

No le dirigí la mirada. Solo abrí la regadera y dejé que el agua caliente comenzara a recorrer mi cuerpo, mientras el vapor comenzaba a envolverme.

—¿Así cómo? —le pregunté, divisándolo apoyado en el marco de la puerta—. ¿Desnuda? ¿Justo cómo me dejaste anoche?

La sonrisa de Rush se hizo más pronunciada. Me barrió con la mirada de arriba abajo con tal lentitud que podía jurar que se tatuó cada curva con los ojos, y se detuvo más de lo necesario en mis tetas.

—Estoy, en serio, tratando de no agarrarte, pegarte contra la pared y follarte hasta que pierdas el conocimiento justo igual que anoche, princesa —dijo con esa voz grave que producía hartos orgasmos cuando era susurrada a mi oído—. Así que cierra la cortina, báñate, y te espero al otro lado de la puerta en diez minutos.

Y se marchó. Así, sin más. Dejándome con una leve —mentira, intensa— picazón entre las piernas. Riendo como idiota, me dispuse a continuar con lo mío, y en quince minutos exactos ya estaba saliendo de mi habitación, colocándome justo en los brazos del espécimen, en un pasillo inusualmente vacío.

—Me gustan estos buenos días —mascullé contra su pecho, fascinada con cómo su calor me cubría, derritiéndome más de la cuenta.

—Pensé que te gustaban más los buenos días de Drake —dijo burlón.

Salí de sus brazos solo para dedicarle una mueca fingida de disgusto.

—Drake tiene parte de mi estómago, precioso. No te metas ahí.

Los ojos grises del espécimen se oscurecieron al instante, y de pronto, ya estaba enjaulada entre sus brazos, con mi espalda chocando contra la frialdad del concreto.

—Puede tener tu estómago, pero esto… —su mano se coló por debajo de mi camisa y sostén, atrapando mi pecho, pellizcando mi pezón con descaro—, esto… —la otra bajó sin permiso entre mis vaqueros y bragas, cubriendo por completo mi vagina— y esto… —me devoró la boca con un beso feroz, ahogando el gemido que soltó mi garganta cuando lo sentí hundirse en mi coño con los dedos—, es mío.

—Sí —suspiré, deleitándome con el movimiento perfecto de lo que estaba haciendo.

—¿Sí qué? —murmuró contra mi oído, venenoso.

—Es tuyo —admití, sin vergüenza.

—Eso es lo que quería oír —susurró otra vez, antes de quitarse de encima como si nada. Sus dedos salieron de mí y su otra mano dejó mi pecho frío en un segundo—. Ahora vamos con Rise.

Me humedecí los labios, abrí la boca buscando algo que dijera “no, vete al infierno y sigue”, pero él fue más rápido. Entre risas silenciosas, me tomó de la mano y me guió por los pasillos hasta la oficina de su hermano.

Hice una mueca cuando no me dejó pasar por el comedor. El olor de unos buenos huevos revueltos me llenó la nariz cuando pasamos por las afueras, y mi estómago rugió como un animal enjaulado.

—Es, por extraño que parezca, satisfactorio verte tan temprano en la mañana, rayito de sol —rió Rise cuando me senté al lado espécimen.

—Para mí no es extraño querer golpearte hasta dejarte inconsciente, rayito de fastidio —repliqué de mal humor.

De reojo, vi cómo Rush sonreía mientras Rise bufaba.

—¿No le has dado el desayuno o qué? —cuestionó el idiota, frunciendo los labios en una fina línea.

—La quisiste aquí, y aquí está —Rush se levantó, me dejó un beso en la frente y caminó hacia la salida—. Es tu responsabilidad alimentarla y entregármela sin un solo rasguño, Rise.

Y se fue. Así de fácil. Sin un vistazo más.

—Esto de no tener trato de princesa es una reverenda mierda —murmuré más para mí que para nadie.

Rise soltó una carcajada.

—¿Ya te quieres retractar, cariño?

—Vete a la mierda —mascullé entre dientes, fijando la vista en sus preciosos ojos verdes como si pudiera prenderlos en fuego.

Sacudió la cabeza y, sin decir palabra, agarró el teléfono de oficina, marcó y se lo llevó al oído. Alcé una ceja, a punto de preguntar qué coño hacía, pero alzó un dedo para mandarme a callar.

—Trae algo que tenga huevos revueltos como acompañante de desayuno —ordenó, directo, y colgó.

Si no estuviera tan encabronada, lo habría abrazado y apreciado el gesto. Además, me hubiese divertido con el hecho de que ya todo el mundo sabía que no podía vivir sin algo que no tuviera huevo en todas sus presentaciones.

—Mientras llega tu dosis diaria de amor —siguió con su sonrisa burlona—, ¿qué tal si vamos a probarte el equipo?

Tragué veneno y me mordí las ganas de mandarlo al carajo otra vez. Asentí. Esperé que se levantara de su maldita silla para ir tras él.

Caminar detrás de él, oyendo su risa, me llevó a preguntarme seriamente si Rush lo extrañaría si llegara a morir de forma muy misteriosa.

Cruzamos el centro del edificio, subimos escaleras, atravesamos pasillos, hasta que llegamos a un cuarto insonorizado lo bastante amplio como para meter el apartamento que tenía en la universidad y seguir sobrando espacio.

Las luces blancas lo iluminaban todo, y me provocó un placer culposo admirar cada estantería flotante repleta de armas desconocidas para mí. No era ninguna novata con las salas de comando, pero ésta… Ésta sala no se parecía a nada que hubiese visto antes.

Era de última tecnología, moderna. Se veía que era más que un espacio altamente seguro y equipado para las operaciones críticas y estratégicas de Chovert, y estaba babeando por ello. La sala estaba diseñada de manera óptima para proporcionar un entorno de trabajo ideal, y contaba con la tecnología más avanzada.

Era un santuario de decisiones estratégicas y operaciones de alto nivel que me estaba gritando que la explorara.

A medida que me adentraba a la sala, el ruido de Chovert quedaba atrás, como si me desconectara del molesto escándalo del mundo exterior.

La estancia era una obra maestra de la ingeniería, insonorizada de forma meticulosa para aislar cualquier sonido del exterior. El silencio era tangible, envolviendo el lugar con una sensación casi sagrada. Cada paso que daba parecía amplificarse en ese entorno silencioso, como si la sala estuviera respirando al ritmo de mi presencia.

A lo largo de las paredes, varios paneles de control relucientes brillaban en tonos plateados y azules, llenos de botones, pantallas y luces parpadeantes. Había una sensación de poder en el aire, casi palpable, emanando de cada uno de esos dispositivos. Me entró la sensación de querer tocar todo aunque sea con las puntas de los dedos, pero sabía que con solo un toque o un movimiento mal calculado podría detonar más de lo que estaba dispuesta a asumir, por lo que aparté la curiosidad de mis manos.

En el centro de la sala, un imponente escritorio de acero pulido se erguía como un altar tecnológico. La superficie estaba impecable y organizada, con múltiples monitores en línea y teclados ergonómicos dispuestos de manera casi ceremonial. Era el epicentro del control. Podía ver que se tomaban las decisiones más trascendentales.

Me acerqué al escritorio y contemplé los monitores que mostraban información crucial en tiempo real. Desde mapas interactivos hasta gráficos de análisis de datos de Chovert y de nuestro próximo operativo: Sicilia. Todo estaba dispuesto para ser interpretado y utilizado como herramienta para la toma de decisiones. Era como entrar en el cerebro de la operación, con cada detalle establecido para garantizar éxito.

En una esquina de la sala, una enorme pared estaba cubierta por una pantalla de visualización panorámica. Estaba fascinada por la calidad de imagen nítida y los colores vibrantes que mostraba. Era como mirar a través de una ventana hacia un mundo de posibilidades y oportunidades.

A medida que me sumergía más en la sala de comando, más podía sentir una combinación de emoción y responsabilidad que no había sentido desde que dejé la mansión de Harrison. El que en ese espacio tranquilo de tecnología punta y silencio envolvente se preparase para enfrentar los desafíos que vendrían y liderar los siguientes operativos era magnífico.

Me recordaba por qué amaba este juego. Me recordaba que liderar, decidir y ejecutar era algo con lo que me identificaba desde que Harrison decidió moldearme.

Seguí observando. Visualicé las estanterías ubicadas alrededor de la sala que también contenían pistolas, bazucas, ametralladoras y granadas aseguradas y organizadas. Me volvió a picar la mano por querer agarrar una de las pequeñas armas que no conocía, pero me contuve. No era el momento.

Un poco más alejado, se encontraba una mesa de planos. Me acerqué. Ya estaba en uso, con lo que asumí eran los planos del edificio Grande Ghiaccio. La superficie estaba cubierta con reglas de medición, escalas ajustables, papelería especializada… todo para trabajar con comodidad.

«¿Cómo es que no sabía de la existencia de esta sala?».

Sacudí la cabeza embriagada por tanta tecnología y me devolví al escritorio central a ver las pantallas de alta definición que me mostraban información crítica de Sicilia en tiempo real. Era impresionante como ellas también me permitían una visualización clara y detallada de todas las cámaras puestas adentro y afuera de Chovert, incluyendo las oficinas.

Admiré cada sector de Chovert hasta que me llegó el pensamiento de que si aquellas cámaras también estarían instaladas en la oficina principal de Rush. Entonces, me dio un microinfarto.

Una cosa era que lo oyeran, pero otra muy diferente era tener que escuchar a Rise burlándose de mí por eliminar un video pornográfico en el despacho de su hermano.

«Mierda. Le preguntaré eso al espécimen más tarde», pensé mientras sentía mi cara brillando en un color carmesí profundo.

Decidí concentrarme de nuevo en la sala de comando, así que alejé aquel pensamiento de la cabeza antes de que me diera un colapso mental.

Me forcé a enfocarme en las luces. Sí, luces.

La iluminación de la sala era tenue, creando un ambiente íntimo y enfocado. Sin embargo, a medida que los monitores se iluminaban con datos en tiempo real, el brillo de la sala cobraba vida. Parecía que los colores, las imágenes y los números se fusionaban en una sinfonía de información, guiando sus decisiones y alimentando su determinación.

Tampoco podía evitar notar el suave zumbido que llenaba la atmósfera. Era el sonido de sistemas de última generación, funcionando en perfecta armonía para mantener el flujo constante de información y el control sobre cada aspecto de las operaciones.

Aquello sencillamente era increíble.

—Es increíble verte tan callada y concentrada en algo que no implique arrancarle una extremidad a alguien, preciosa —habló Rise, y me sobresalté.

Lo busqué por la sala y lo encontré recostado contra un busto vestido con ropa táctica. Había tres de esos, y él estaba apoyado justo en el del medio, a unos cuantos metros de mí.

—Esto es intimidante —admití, acercándome a él.

—No eres la primera en decirlo —me sonrió, satisfecho de sí mismo.

—¿Por qué no sabía que esto existía?

—Porque te pasas las veinticuatro horas de los siete días de la semana sacándole la mierda a tus soldatos, Bells —dijo como si fuera la cosa más obvia del universo—. Además, he intentado darte un recorrido por Chovert varias veces, pero cada vez que te encuentro estás con Rush, y cuando ustedes dos están juntos… bueno, digamos que mi hermano es un poco sobreprotector.

Solté un suspiro, pasándome la mano por la cara. Touché.

—Debiste sacarme a rastras de ahí.

—¿Y arriesgarme a que me mandara a la mierda? —negó con la cabeza, bastante entretenido por mi reacción—. No soy imbécil. Conozco a mi hermano.

—Eres un marica —le solté con una sonrisa burlona.

—Hay una gran diferencia entre tenerle miedo a Rush y tenerle respeto.

—¿Le tienes miedo? —Arqueé las cejas.

—Preciosa, a él hay que tenerle las dos —me respondió sin dudar, haciéndome entrecerrar los ojos. Él solo rió—. En fin, bienvenida a mi cueva compartida con Riden —abrió los brazos y señaló todo el lugar.

—¿Con Riden?

Como si lo hubiese invocado, apareció desde detrás de una estantería, y el maldito venía vestido como una maldita fantasía: camisa negra ajustada, vaqueros a juego, botas militares, cinturón táctico en la cadera y el equipo de comunicación colgándole del cuello.

—Rise, el comunicador es un fastidio y… —se calló cuando se percató que me lo estaba comiendo con los ojos y me dio un atisbo poco común de una sonrisa pícara—. Bells.

Con lentitud, deslicé mi mirada desde su pecho bien trabajado a su rostro, lamentando cada centímetro perdido.

—Me gustan mayores, pero por ti puedo hacer una maldita excepción —la frase salió de mi boca antes de que pudiera detenerla. Y aunque fuera cien por ciento cierta, quise que me tragara la tierra.

—¿Estás sonsacando a mi hermano, Arabella? —la voz de Rise venía con burla incluida, pero no me importó en absoluto.

Apagué la parte racional de mi cerebro cuando decidí contestarle.

—¿Sonsacar? —repetí indignada, señalando a Riden—. ¿Lo estás viendo? Si Rush no me hubiese dicho que tenía diecinueve, ya estaría jugando con él un rato.

—¿Un café primero, no? —rió el susodicho entre dientes, encantado.

—¿Cómo es que te dejas boquiabierta con él y no cuando me desnudé para ti? —intervino Rise con fingida ofensa, pasando olímpicamente del comentario de su hermano.

Riden arqueó las cejas, intrigado por la revelación, justo cuando yo me atraganté con mi saliva.

«Mierda».

—¡No fue nada sexual! —me defendí de inmediato.

—Lo estoy dudando seriamente.

—¡Riden! —me rasqué el cuello, avergonzada—. Juro por Dios que no fue nada sexual.

—Sí, niégalo. Eso es lo que mejor sabes hacer —el tono de Rise era un jodido imán para mis ganas de estrangularlo.

—Dame lo que tengo que probarme antes de romperte el cuello como a un apio, Rise —bufé, señalándolo con el dedo, llena de vergüenza homicida.

Ambos Massey estallaron en carcajadas.

En serio, empezaba a preguntarme si Rush realmente los extrañaría si de pronto desaparecieran bajo “circunstancias misteriosas”. Los fulminé con la mirada hasta que dejaron de reírse como idiotas.

—Aburrida —dijo Riden, divertido.

«Mira quién habla».

Me mordí la lengua antes de escupir algo sarcástico, y miré a Rise con exigencia.

—Detrás de donde salió Riden hay un vestidor pequeño. Ahí debería estar tu ropa. Póntela y luego ven acá. Hay que probar los comunicadores del equipo táctico antes que otra cosa.

Sin dignarme a dedicarles otra mirada, me encaminé hacia el vestidor. Apenas crucé la cortina, solté un suspiro larguísimo. Me giré y me enfrenté al espejo: tenía la cara más roja que un jodido pimentón.

«Esto de avergonzarme por todo va a terminar matándome».

Resoplando ante mi reflejo, empecé a desvestirme con calma, dejando los vaqueros y la camisa azul holgada en el suelo. Encontré el traje negro doblado con cuidado sobre una silla de madera. Lo tomé y lo examiné: era imponente, elegante, intimidante incluso.

Suspiré y deslicé mi cuerpo dentro del enterizo. Al contacto con la tela, una descarga placentera recorrió mi piel. Era suave, reconfortante, casi adictivo. Murmuré una aprobación inconsciente mientras subía con cuidado el cierre por la espalda. El traje se ajustó como una segunda piel, abrazando mis curvas con un descaro delicioso.

Me observé en el espejo de cuerpo completo y una sonrisa se dibujó en mis labios. El enterizo negro resaltaba cada línea y curva de mi cuerpo de manera elegante, sofisticada, jodidamente sexy. Me cubría desde el cuello hasta los tobillos, dándome esa apariencia aerodinámica, casi fantasmal.

Pero lo mejor es que se sentía como si hubiese sido hecho para mí.

Doblé mis vaqueros y la camisa azul con cuidado, dejándolos sobre la misma silla donde había encontrado el enterizo. Estaba a punto de salir del vestidor cuando algo a la derecha captó mi atención: un chaleco antibalas y el equipo de comunicación táctica descansaban en el suelo. No lo dudé. Me los puse con rapidez y salí descalza, aún en mis calcetines blancos, ignorando por completo el espejo. El chaleco antibalas no era precisamente favorecedor, y para ser sincera, prefería no enfrentar esa verdad en el reflejo.

Los hermanos Massey estaban tan concentrados en los planos dispersos sobre la mesa que no notaron mi llegada. Caminé hacia ellos con curiosidad. El traje negro se sentía increíblemente cómodo: elástico en los lugares correctos, flexible sin ser flojo, dándome una libertad de movimiento envidiable. La rudeza exterior contrastaba con la suavidad interior, y no pude evitar preguntarme si me dejarían quedármelo después del operativo. Quién lo hubiese creado, estaba claro que sabía lo que hacía.

—El auricular es un fastidio —murmuré al apoyar los codos sobre la mesa. Ambos Massey levantaron la vista, recorriéndome de arriba abajo—. Me siento violada.

Rise soltó un silbido admirativo. No pude evitar sonreir al notar su mirada fija en mis piernas.

—¿Puedes explicarme cómo diablos logras ese toque infantil mezclado a la perfección con algo sexy como el infierno? —preguntó él, como si estuviera del todo perplejo.

Chasqueé la lengua con una sonrisita maliciosa.

—Guapo, ni me alagues. Sé cómo me veo con este chaleco antibalas. Déjame decirte que no es precisamente el look “infierno en la Tierra”.

—¿Puedo ejecutar ya la excepción a tu regla de mayores o prefieres que espere? —intervino Riden, dejándome completamente boquiabierta. La sonrisa pícara que acompañó su comentario fue suficiente para calentarme el cuello. Como si fuera poco, su dedo índice se acercó y cerró mi boca con suavidad.

—Maldita sea —farfullé mientras el olor de su colonia me envolvía sin permiso alguno—. ¿Lo haces a propósito? —me quejé, mirándolo a los ojos.

—¿El qué, preciosa? —Y entonces sonrió por completo, con esa dentadura perfecta que, para mi vergüenza interna, me estaba haciendo ver estrellitas. Sentí cómo la sangre se me subía a las mejillas, y me odié un poquito por ello.

—¡Riden! —gemí, sacudiendo la cabeza—. Atrás, guapo. Por tu bien y el mío.

—El placer de ponerte nerviosa ahora no me lo va a quitar nadie —dijo entre risas, dando dos pasos atrás.

«Perfecto. Mierda. Gracias, universo».

—El auricular es demasiado pequeño y se astilla en mi oído de forma insoportable —me giré hacia Rise, necesitaba un cambio de tema urgente.

Él rió por lo bajo y extendió la mano.

—Dámelo. Riden también se quejó de lo mismo —me quité el maldito dispositivo, enredado en mi cuello, y se lo entregué—. Dame dos horas y te tengo tres prototipos listos para probar —asentí con la cabeza—. ¿Y el enterizo? ¿Cómodo?

—Cómodo sí es —admití, estirando los brazos para probar el rango de movimiento—. Lo incómodo es el chaleco. Pero siempre me pasa lo mismo cuando me pongo uno.

—La idea es que no deje pasar una bala al centro de tu pecho, preciosa.

—Lo sé —suspiré—. Ahora… ¿cuándo me disparan?

Las expresiones de ambos Massey cambiaron tan rápido que me hicieron fruncir el ceño. Parecían atrapados entre el estupor y el juicio clínico. Me repitieron la pregunta al unísono:

—¿Qué?

—¿Cuándo me disparan? —repetí despacio, con toda la naturalidad del mundo—. Ya saben, para probar el chaleco.

La mirada que se cruzaron los Massey fue tan rápida como fulminante. Me dejó descolocada, y lo peor: me hizo volver a repasar mis propias palabras. ¿Qué estupidez había dicho esta vez?

—¿Eso es lo que hacían contigo? —preguntó Riden, su voz más baja, como si no quisiera escuchar la respuesta.

Asentí. ¿Cuál era el problema?

—Levine los probaba así conmigo —respondí con una sonrisa. Ni idea de por qué, pero sonreí—. Así nos asegurábamos de que realmente funcionaran.

La forma en la que Rise abrió y cerró la boca, y luego se rascó la ceja con esa expresión frustrada, me hizo fruncir el ceño.

—¿Al menos las balas eran salvas?

—¿Por qué serían salvas? ¿Cómo sabríamos si el chaleco funcionaba entonces? —repliqué, sin entender nada.

—Voy a matar al maldito —farfulló Rise, soltando un resoplido por la nariz.

—Voy contigo —dijo Riden, con la mandíbula tan apretada que pensé que se le iba a romper.

—¿Qué? ¿Por qué? —pregunté, ya bastante alarmada. ¿Tanta cosa por una prueba? Para mí no era la gran cosa, pero por cómo me estaban mirando… parecía que acababa de confesar un crimen.

—Que siquiera preguntes me enerva aún más, Arabella —bufó Rise, claramente conteniéndose—. ¿Quién mierda te dijo que así se prueban los chalecos antibalas?

—Levine —me encogí de hombros como si nada—. Y la verdad, tiene lógica. ¿Cómo más sabrías si aguanta o no? Así los hemos probado desde que tengo memoria.

—Dime, por Dios, dime que no fue desde que eras niña, porque salgo a buscarlo ahora mismo —exigió Riden, y ahí sí que puse los ojos en blanco.

—Desde los dieciocho, pequeños enfermos. ¿Qué clase de psicópata creen que es?

¿Quieren un spoiler pequeño, pequeñísimo? Bueno, el tipo no era un psicópata. Solo un maldito idiota. Ahí una pequeña gran diferencia.

—¿Entonces? ¿Cuándo empezamos?

—Arabella, no vamos a dispararte —replicó Riden, frunciendo los labios con un aire condenatoriamente adulto—. Los chalecos se colocan sobre bustos. Bustos, Arabella. Se les dispara y listo. No hay ninguna maldita necesidad de que lo tengas puesto para probarlo.

Abrí los ojos de golpe.

—¿Qué? No… Levine no…

El gesto en el semblante de los Massey no jugaba o titubeaba. Estaban hablando en serio.

Y entonces me cayó la ficha como una roca en la cabeza. Eso explicaba las risas contenidas de Levine cada vez que me disparaba y el aire me faltaba por el impacto… Él… ¿¡era en serio!?

—Voy a arrancarle la cabeza —murmuró Rise.

—Levine es mío —gruñí entre dientes.

Levine iba a regresar a Moscú sin un testículo. O dos. Dependía de cuántas veces recordara sus malditas risas. De eso me aseguraría bien.

—Me encantaría ver eso —dijo Rise, volviendo su atención a los planos.

Aplacando la ira contra mi entrenador personal, me enfoqué en el ceño fruncido de Rise. Me incliné hacia los mapas sobre la mesa. Repasé los planos. Estaba claro que algo no cuadraba, pero aún así no entendía la confusión hasta que Riden me señaló un punto. Era la puerta trasera de entrada al edificio.

—Estos son los planos más recientes de Grande Ghiaccio —me explicó él—. Intentamos encontrar otra entrada o salida que no sea esta, pero al parecer, solo hay una. Alexey renovó todo desde la última vez que estuvimos allí.

—¿Por eso están tan frustrados?

—Mientras más salidas, mejor para nosotros —dijo Rise—. No podemos contar solo con una. Si la colapsan, estamos atrapados. Ya estamos lo bastante jodidos con los pocos minutos que hemos conseguido como para complicar más las cosas.

Deslicé la vista del primer plano al segundo, del segundo al tercero, buscando algo, cualquier cosa. Iba a darme por vencida hasta que entonces una estructura en el sótano llamó mi atención. Tomé el papel y lo giré hasta tener el ángulo correcto. Fruncí el ceño.

—¿Qué hay de esto? —señalé con el dedo—. Está en el sótano, pero parece…

—Lo más cercano a una salida de emergencia —me interrumpió Rise con una sonrisa amplia—. ¿Cómo se nos pasó?

—Porque no sirve —intervino Riden, girando el plano con rapidez—. Sí, es una salida, pero Alexey mandó a taparla hace meses —se fue directo al escritorio y comenzó a teclear. Un holograma 3D del edificio emergió en el centro de la sala—. ¿Lo ven?

Se paró justo donde estaba representada la salida.

Aunque estaba impresionada por la tecnología que me rodeaba, caminé hasta él y entendí lo que quería decir.

—¿Esto es el sótano?

—Lo más cercano, sí.

Asentí y comencé a escanear toda la sala. Las líneas azules proyectadas dibujaban el lugar con precisión. Detallé cada trazo, cada muro, cada marca, pero mis ojos siempre regresaban a esa salida. Arrugué la nariz cuando recorrí una y otra vez las indicaciones, buscando algo, pero la mirada siempre terminaba en aquella salida tapizada.

—No es factible —murmuré—, pero eso no quita la posibilidad de que todavía sirva.

—Bells, está tapada. No vas a poder salir por ahí —contradijo Riden—. Intentaremos encontrar otra salida, pero esa no servirá. Alexey es demasiado celoso con ese edificio como para dejar cabos sueltos.

Me giré para enfrentarlo.

—Todo el mundo deja cabos sueltos, precioso. Algo se le tiene que haber escapado. Él no es perfecto.

Aunque su cuerpo denotaba renuencia, en lo más profundo de mi cabeza seguía sintiendo que nada era perfecto. Mi sexto sentido me susurraba que quizás había una oportunidad, por pequeña que fuera. Pero la guardé para mí misma.

—Puedes irte, Bells —dijo Rise desde atrás. Giré la cabeza para mirarlo—. Te volveré a llamar en dos horas para que te pruebes los nuevos prototipos del equipo de comunicación.

—Pero…

—Nosotros nos encargaremos de esto, preciosa —me sonrió—. Tú, por otro lado, tienes entrenamientos que liderar. Además, el desayuno te está esperando en mi oficina.

Haciendo un mohín, asentí con sequedad y me encaminé al vestidor sin abrir la boca. Me quité el chaleco y el enterizo con cuidado, luego me vestí, doblé el traje con la misma precisión con la que Rise lo había dejado y lo coloqué de vuelta en su lugar.

Salí de la sala de control después de despedirme de los Massey y caminé directo a la oficina de Rise. Dentro me esperaba una caja mediana marrón con mi desayuno. La tomé y bajé al polígono de tiros, ya sin el mínimo rastro de entusiasmo. Estaba de mal humor, si. Quería dar mi opinión sobre el operativo, pero si Rise pensaba que él y Riden podían con todo, entonces me quedaba seguir con mi rutina y confiar en ellos.

Estaban por marcar las ocho cuando crucé la entrada del polígono. Mis dos equipos ya estaban ahí desde Dios sabía cuando, esperándome con las armas que habían usado la tarde anterior. Dejé la caja cerrada sobre una de las mesas vacías y me acerqué a ellos.

—Caporigeme —saludaron todos en cuanto me vieron.

De inmediato, formaron una fila recta y bajaron la cabeza en señal de respeto durante diez largos segundos.

Maldita sea, odiaba eso con todas mis fuerzas, pero no podía detenerlo. No si quería evitar que Rush los suspendiera a todos por insubordinación.

—Yo no cité a ninguno a esta hora —dije, incómoda—. A los únicos que cité, y era a las diez de la mañana, fueron a García, Morales y Gabriel.

—Lo sabemos —respondió Dario con voz firme. Él era quien me daba más vibras de líder del equipo B—. Pero todos tenemos que mejorar, caporigeme. Queríamos saber si podía entrenarnos a todos por igual. Si no es mucha molestia, claro.

Los observé en silencio. Algo se me apretó en el pecho. Orgullo. Ellos eran míos. Y los estaba construyendo bien. Así que no lo pensé demasiado.

Nos pusimos manos a la obra.

No fue un fiasco como el de ayer. Algunos me sacaron de quicio, sí, pero el entrenamiento fluyó. Estuve cambiándoles el armamento palestino una y otra vez durante más de tres horas hasta que Kendall apareció con su equipo. Me pidió la sala con algo de renuencia.

—Deja de ser idiota y tómala —le dije, señalando mi caja de desayuno—. Yo tengo un desayuno que procesar en mi estómago.

Kendall quería que me quedara en su entrenamiento, pero bastó la palabra “desayuno” para que cambiara de opinión. Me arrastró fuera del polígono con todo y mi caja y me dejó plantada frente al comedor antes de salir corriendo otra vez.

Me senté en una mesa vacía, solté un suspiro y abrí la caja. El olor a omelette de huevo con ajo golpeó directo a mi nariz. Cerré los ojos, elevando el alma al cielo. Saqué el plato y, con la cucharilla, me zampé la primera porción con devoción. Casi gemí.

«Oh, Dios mío. ¿Esto lo preparó Drake? Sabe a Drake».

—Pareces una maldita hambrienta —la voz de Levine me sacó de mi momento sagrado.

Abrí los ojos a regañadientes. Estaba al frente, con su sonrisa ladina de siempre. Llevaba un uniforme parecido al mío: vaqueros negros, botas militares, camisa marrón que se amoldaba demasiado bien a su maldito pecho… Pecho que quería apuñalar con mi tenedor.

—¿No te dan de comer o qué?

—Hacía tu culo de vuelta en Moscú después de llamar a Kaela —solté, tragando con desgano.

—El jefe pidió que me quedara un tiempo para mantenerte en forma, princesa.

La forma en que soltaba el apodo que el espécimen me había dado, me daban ganas de colocarlo inconsciente ahí mismo. Punto para mí cuando la mirada que le lancé fue suficiente para que tragara saliva con nerviosismo.

Seguí comiendo en silencio unos minutos, hasta que lo que pasó en la sala de comando floreció en mi cabeza.

—Me enteré de algo —dije, como quien no quiere la cosa, luego de tragar.

Levine alzó una de sus cejas en una pregunta silenciosa.

—¿Sabías cómo se prueban los chalecos antibalas? —lo miré mientras metía otro bocado. Vi cómo sus labios se curvaban en una sonrisa—. Eres un maldito malnacido.

—Era divertido —se encogió de hombros—. De hecho, me sorprendió que nunca dudaras.

—¡Pudiste haberme matado, imbécil! —le gruñí indignada, con el tenedor en la mano, preparando mi puta arma legítima.

—Deja el drama —puso los ojos en blanco—. Los chalecos los probaba yo primero antes de dispararte a ti, chudovishche.

—¿No pudiste decirme eso hace seis años atrás?

—Era divertido —repitió, sin el más mínimo arrepentimiento.

—Divertido va a ser cuando arranque tu cabeza y se la mande a Kaela de regalo —mascullé, con los ojos clavados en él.

Y esta vez, no lo estaba diciendo en broma.

—Hablando de la hija de puta, ¿cómo van esos preparativos?

Ayer por la noche, Rush me había dicho que Kendall iniciaría en la mañana una reunión con él y con Riden para tratar ese tema. Me invitó a unirme si quería, pero con el operativo de Sicilia a la vuelta de la esquina…

—No lo sé —admití—. He estado enfocada en el viaje a Sicilia, así que no estoy muy al tanto. Rush dijo que Kendall se encargaría de eso.

La mirada que Levine me lanzó fue como un golpe en el estómago. Una mezcla de incredulidad y decepción que me hizo retroceder seis años, directo a los entrenamientos en los que me corregía con un simple gesto de reprobación.

—Arabella, Kaela no se mueve por caprichos de último minuto, requiere un incentivo y un plan jodidamente estructurado para siquiera mostrar curiosidad en colaborar —apoyó los codos en la mesa, su expresión endureciéndose—. Es una maldita, sí. Pero por eso está donde está. Ella sola ha levantado el apellido Mizrahi, lo ha convertido en un mito. En una amenaza. No subestimes eso.

Me dejé caer contra el respaldo de la silla, escuchando el gemido escapar por mis labios en un lamento casi desesperado. No quería darle la razón, juro que no. Pero, para mi desgracia, la tenía. Sabía que el viaje a Israel y la reunión con Kaela eran vitales, pero todo se movía demasiado rápido, y yo tan solo no sabía por qué no podía con todo de repente. No como antes.

«¿Son mis sentimientos? ¿Estaba dejando que el hecho de tener, al fin, a alguien que me amara de verdad me afectara?».

No.

Porque no podía ser.

¿Qué clase de sentido tendría eso ahora? Es decir, amaba a Kendall. Mataría por Harrison. Y eso jamás me impidió cumplir con mi rol. Pero esta vez… esta vez mis pensamientos estaban sueltos, flotando en un comedor que, de pronto, me resultaba sofocante.

Cada segundo importaba. Cada decisión podría matarnos. Y sin embargo, ahí estaba, distraída, partida en mil direcciones, como si todo fuese importante y, a la vez, nada lo fuera.

«¿En qué momento me convertí en esto?».

Era consciente de la importancia de mi rol en el juego, del peso de mis responsabilidades. Entonces, si era así, ¿por qué diablos me estaba costando mantener mi cabeza enfocada en todo?

—Yo…

—Estás desenfocada —me interrumpió él, seco y directo—. ¿Desde cuándo tú eres de enfocarte en una sola cosa? ¿De dejar todo de ultimo minuto? ¿De ceder así por así? Escucha, me alegra que tengas un círculo familiar aquí, de verdad. Pero desde que lo tienes, estás perdiendo el foco.

—Levine —lo advertí, con un filo en la voz.

Mis errores eran míos. Y si iba a empezar a señalarlos, no iba a dejar que arrastrara a los Massey a eso.

—Tienes a la Bratva buscándote en cada rincón del puto mundo. Estás en medio de una guerra con la mafia italiana por poder. Por si fuera poco, te espera una reunión con la mafia palestina en cinco días. Cinco días, Arabella. Y sigues actuando como si nada. Como si esto fuera un maldito juego. Acéptalo y empieza a cambiarlo.

—Sé cómo estoy y sé lo que tengo, Levine —gruñí, el tono helado—. Pero esto no tiene nada que ver con los Massey.

—Yo no he dicho que lo tenga.

—Sé por dónde vas.

—¡Entonces sabes perfectamente qué es lo que te está pasando! —estalló. Golpeó la mesa con ambas palmas, el estruendo vibró en mi pecho—. ¡Sí es por ellos, Arabella! ¿Desde cuándo te metes de lleno en una pelea por el poder? ¡La tú de antes habría dejado esto hace semanas! ¡Habrías regresado a la mansión de Harrison la noche en que él te ordenó que abandonaras la maldita misión!

Hijo de puta.

—Levine, córtalo.

—¡Estás poniéndolos por encima de ti, igual que haces con Harrison, igual que con Kendall! —bramó—. ¡¿Y quieres que me calme?! ¡¡Van a terminar matándote, maldita sea!!

—Aquí estamos —interrumpió una voz masculina y desconocida, cortando el momento, aunque la tensión quedó colgando, espesa.

Respiré hondo. Quité mis ojos de Levine y los dirigí hacia la fuente del sonido.

Cuatro hombres se alzaban frente a mí. Altos. Imponentes. Cada uno duplicaba mi tamaño. Y por el brillo en sus ojos, no venían a entregarme flores.

—Son mi forma de mantenerte en forma —explicó Levine, hostil como un latigazo. Lo miré mientras señalaba a los hombres que lo acompañaban—. Gael, Hal, Rob y Erdem. Son los mejores de su equipo.

—Nunca los había visto —comenté mientras los escaneaba con detalle.

Gael fue el primero que me llamó la atención: ojos azules como el hielo y cabello rubio que rozaba el dorado. Su cuerpo fornido y presencia dominante captaban de inmediato la atención de las pocas chicas que se encontraban en el comedor. Y él lo sabía, porque tenía una sonrisa satisfecha jugando en sus labios.

Rob era otro tipo de espectáculo. Piel morena, alto como Gael, el cabello negro atado en un moño descuidado y ojos color avellana. Tenía una apariencia magnética, casi exótica, con un aire misterioso que no se esforzaba en ocultar. A su alrededor, el aire parecía más denso. Más oscuro.

Después estaba Hal. Alto, corpulento, castaño, con una línea dura en los labios y ojos marrones que no parpadeaban. Su desinterés era tan visible como su fuerza. Y aún así, esos ojos tenían algo hipnótico que me hizo pestañear.

«No puedes comerte a todo el mundo con la mirada, Cristo».

Sacudí la cabeza con fuerza y me forcé a mirar al último.

Erdem. Complexión de boxeador. Su cabello era más cenizo que el de Gael, pero sus ojos verdes eran intensos, inusuales. Su físico era brutal, rudo. Su postura lo decía todo: no tenía nada que probar. Esa postura, acompañada de esos ojos que brillaban con confianza y lascivia, me hizo querer mantenerme lejos y cerca al mismo tiempo.

—Acaban de volver de su operativo. No pertenecen a ninguna división —explicó Levine, devolviéndome a la Tierra—. Están entrenados aparte. Hoy no practicarás boxeo.

Lo miré rápido.

—¿Hoy? ¿No… qué? Levine, yo no…

—Déjame adivinar —me interrumpió con una sonrisa tan venenosa como victoriosa—: no tienes tiempo.

Mierda.

Miré a los hombres. Me observaban con curiosidad. Luego miré a Levine. Lo odié un poco más. Dijera lo que dijera, él tomaría cualquier palabra para utilizarla en mi contra. Así que solté un resoplido y clavé la mirada en su rostro con resignación.

—¿Qué es lo de hoy? —pregunté con los dientes apretados.

Su sonrisa se volvió una maldita obra de arte.

—Judo.

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