1. Let's Play - Capítulo 51
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Capítulo 51: 49
Órdenes claras, obediencia inexistente
Se dejó una ficha bajo la mesa y no iba a dejarla sin cobrar
Rush
Me iba a terminar dando una puta aneurisma.
Eso era lo que ella iba a provocarme si seguía removiéndose para que la dejara en el maldito suelo con un centenar de jodidos perros detrás de nosotros.
—¡Joder, Arabella! —apreté su cuerpo contra el mío aún más, subiendo jodidas escaleras de tres en tres—. ¡¿Qué diablos pasa contigo?! ¡Tenemos que irnos! ¡¡Ahora!!
Y no era por la maldita bomba. ¡Porque no había ninguna! El prototipo que teníamos en mano no era más que un intento burdo una. Los cables estaban incompletos, el circuito no servía. Esa mierda era inútil.
—¡Déjame en el maldito suelo, Rush! —vociferó, logrando plantar los pies en el siguiente escalón.
Quería ahorcarla. O golpearla hasta que perdiera el conocimiento solo para facilitarme las cosas. Pero antes de hacer cualquiera de las dos cosas, las pisadas de los malditos perros resonaron en las escaleras de abajo. Y entonces, mi mujer se lanzó por el barandal como una loca sin pensarlo dos veces. Mi ceja tembló por la insensatez y la seguí sin detenerme a pensar.
—¡Arabella, ven acá! —rugí, desesperado, matando a cada perro que se cruzaba en mi camino—. Te prohíbo que te acerques más, ¡trae tu trasero de vuelta!
—¡¡Riden está adentro!! —gritó sin frenar ni una pizca.
Mi pecho se apretó. ¿Cómo?
—¡No! —en cuatro zancadas ya estaba detrás de ella, pegado a su espalda.
Arabella se armó con pistolas del suelo y empezó a disparar sin pensarlo. Más de cuarenta hombres por todo el lugar, pero a ella no le importó una mierda. Ni se dignó a mirar hacia atrás cuando los disparos le llegaron por encima de su cabeza porque sabía que yo estaba ahí. Cubriéndola. Todo el tiempo. Y por eso quería ahorcarla aún más.
Cinco perros de mierda nos rodearon. Pero no contaron con que Arabella era rápida, y yo estaba cabreado lo suficiente como para romper el cuello de dos. Ella se encargó del resto con disparos limpios a la cabeza.
Continuamos corriendo hasta el centro del sótano. Una nueva bomba, más grande, nos esperaba. Los Cani Da Caccia venían pegados a nuestros talones, por lo que tuvimos que movernos aún más rápido. Y entonces lo vimos.
El cuerpo de Riden, boca arriba, rodeado de un charco de sangre lo suficientemente grande como para que Arabella pegara un grito que me destrozó el corazón e hizo que me hirviera la sangre.
—¡Riden! —gimió, agachándose a buscarle el pulso—. ¡No! Tú no —sollozó cuando no sintió nada en el cuello.
Lo último que vi antes de girarme para seguir disparándoles a los perros que estaban rodeándonos, fue como le daba respiración boca a boca a mi hermano mientras maniobraba una reanimación a toda prisa.
Cubrí lo más que pude, pero los malditos se multiplicaban como ratas, saliendo de todos lados. Si nos quedábamos aquí, iba a ser un suicidio. Añadiendo que el otro maldito ya no seguía clavado en la pared donde Arabella lo había dejado minutos atrás.
Era seguro que tomaría la distracción de ella para joderla.
—¡Tenemos que irnos! —le grité.
—¡¡No me muevo de aquí!! —gritó en respuesta, firme.
Solté una maldición. Tiré la ametralladora vacía al piso, la cargué a ella y a mi hermano, y corrí hacia la siguiente salida tan rápido como el infierno me dejara.
Sentí cómo Arabella tomaba su pistola y disparaba hacia atrás.
—¿¡Dónde mierdas están!? Hay que explotar esto ya —gritó Rise en mi oído—. Traigan a Riden. El bastardo tampoco me contesta.
—Trae el maldito helicóptero a la segunda salida del laberinto y cierra la jodida boca —gruñí, jadeando.
—¿Qué demonios haces…?
—¡¡Ahora, Rise!! —troné.
Nada salía como debía y estaba que les metía un tiro a todos por ser imbéciles. ¿Qué diablos hacía Riden aquí? ¿Por qué de repente todos actuaban como si se hubieran tragado un litro de estupidez? ¡No tenía tiempo para estar tratando con niños de cuatro años, maldita sea!
Un ligero peso desapareció de mi agarre. Me preocupé, pero al mirar de reojo, agradecí cuando noté que Arabella había saltado de mis brazos para empezar a correr conmigo, sin dejar de disparar.
Corrimos un par de metros más, encontrando la segunda salida del sótano que nos mandaba directo al estacionamiento del edificio. Logré ver la cuerda con el gancho que el helicóptero tenía como salida de emergencia.
—¡Sube! —gritó Arabella, señalando el gancho—. Sube a Riden contigo. Yo me encargo aquí.
—¿¡Estás loca!? —el corazón se me subió a la garganta. No iba a dejarla. No cuando el maldito de Dardan…
—¡Rush, hazlo! ¡Va a morir! —chilló, sin dejar de disparar—. Sólo serán segundos. Estaré bien. Te lo prometo. ¡Sube!
«Y una mierda».
Le tomé la muñeca, enganché el gancho donde debía, le coloqué a Riden entre los brazos y jalé la cuerda, dándole la indicación a quien sea que estuviera arriba para que subiera la maldita cosa.
Me giré a enfrentar a los perros restantes, sin darle una segunda mirada a la maldita mujer que me tenía los nervios de punta.
Reconocí a dos. Al parecer, ellos también a mí. Pero no les di tiempo de atacar. Disparé a ambos directo a la cabeza y me lancé contra los otros siete.
Agarré a uno, le rompí los brazos en un solo movimiento. Música para mis oídos. A los otros dos los derribé a golpes antes de volarles la cara a disparos. Uno disparó cerca de mi pierna; giré, le estampé el puño en la cara y le enterré la navaja en el cuello.
—¡Va la cuerda hacia abajo! —informó la suicida de hermana entre sollozos—. ¡Vuelve aquí!
No esperé algo más de ella y corrí de nuevo al helicóptero. Los perros que me quedaban murieron instantáneamente por las certeras balas que, al subir la mirada, Mila les había disparado. Volví a jalar la cuerda cuando el gancho estuvo en su sitio y ese me levantó hacia arriba.
—¡No vuelvas a hacer eso! —rugió mi novia cuando llegué al interior, dejándome caer en la puerta que cerré de inmediato para evitar la balacera que se formaba abajo.
—Estamos a mano —siseé furioso, haciendo que retrocediera, indignada—. ¡Te dije que armaras la maldita cosa, pero te pasaste todo…!
—¡Porque Dardan no iba a dejarte llegar tan lejos! —interrumpió rabiosa.
Sus ojos brillaban con esa furia asesina que solía intimidar a otros, pero a mí no.
No ahora. No nunca.
—El jodido perro debió…
—¡Suficiente! —el chillido de Mila nos cortó en seco—. ¡Riden está respirando a duras penas con esa mierda en su cara y ustedes, en vez de preocuparse por eso, están peleando como idiotas! ¡¿Qué les pasa?!
Apreté la mandíbula al ver a mi hermano conectado a un ventilador artificial mientras Kendall y Drake hacían lo imposible por estabilizarlo. Iba a acercarme, pero Arabella maldijo entre dientes, me empujó y ocupó mi lugar entre ellos.
El helicóptero vibraba con las hélices, alejándonos del infierno que acabábamos de dejar atrás. Pero la rabia y la frustración me mantenían al borde, incapaz de aflojar los puños.
—¡¿Me quieren explicar qué demonios pasó para que mi hermano terminara así?! —ladró Rise de muy mal humor, cruzándose de brazos al salir de la cabina donde Nathaniel se mantenía oculto.
—¡¿Me preguntas eso a mí?! —exclamé, quebrado, perdiendo el poco control que me quedaba—. ¿Qué quieres que te diga, imbécil? Nada de lo que pasó allá abajo debía haber sucedido así, pero todo el maldito mundo hizo lo que se le dio la gana.
—Rush, pero…
—¡Tú ni hables! —apunté a Milanna, que abrió los ojos de par en par—. ¿¡En qué estabas pensando al salir así?! ¡Eran más de cien perros ahí, Milanna!
—Pero…
—¡Pero nada! Nos expusiste a todos, pero lo más importante: te expusiste a ti misma —sus ojos se llenaron de lágrimas. No sentí pena. Ella tenía que entender que lo que había hecho fue suicidio y hacerse responsable de su estupidez—. ¡Si Kendall no hubiese ido tras de ti, no estaríamos teniendo esta maldita conversación y estarías acompañando a Riden!
—¡Rush! —reclamó Arabella, interponiéndose entre Mila y yo, con esa mirada asesina que solía dejar a sus soldatos temblando.
—No soy uno de tus soldatos, printsessa —me planté frente a ella, más furioso con ella que con cualquiera—. Me sabe a mierda lo mucho que puedas matarme con esa mirada, ¿lo entiendes? Me. Sabe. A. Mierda —le tomé la barbilla con firmeza, clavando mi mirada en esos ojos por los que ardería el mundo si me lo pidiera, y en esa boca que con gusto follaría más tarde, negándole cada orgasmo hasta verla llorar por uno, con mi verga en el fondo de su garganta—. Lo que le estoy diciendo a Milanna, también va para ti por ser estúpida al lanzarte a Dardan como lo hiciste.
—¿Qué? —cuestionó Kendall en un gruñido.
Arabella ignoró la intervención y me sostuvo la mirada como una fiera.
—Lo hice porque necesitabas la distracción —siseó.
—Lo que hiciste, lo hiciste por estúpida —repetí con lentitud—. Todo habría acabado más rápido si una bala mía le hubiera reventado el cráneo. Pero no, tú querías jugar con espadas. Con ese jodido síndrome de mierda tuyo.
—Las cosas no hubieran terminado ahí y…
—¡Hubiesen terminado ahí, joder! —la solté de golpe, frotándome el puente de la nariz—. ¿Por qué diablos te ciegas tanto por el maldito perro? ¿Necesitas que otro cuchillo se deslice por tu garganta para entender que ese maldito juego que tienes con él no te llevará a ninguna parte o qué? —fijé la vista en el pequeño corte fresco que el hijo de perra le había hecho, centímetros debajo de su barbilla, y una nueva ola de ira asesina arrasó con mi razonamiento—. ¡Te dije que te apegaras a todo lo que saliera de mi boca, pero preferiste jugar con un hijo de perra, exponiéndonos a todos, que acatar órdenes que pudieron habernos ahorrado un dolor de cabeza y el desastre de mi hermano!
—¡Conozco mejor a…!
—¡No quiero oírlo! —le apunté con un dedo—. Tienes prohibido salir del búnker otra vez. Y tú —señalé a Milanna, que sorbía por la nariz—, te unes a ella en el maldito encierro, ¿¡está claro!?
No esperé respuestas. Me giré hacia Rise y lo apunté también.
—¿¡Y tú me puedes explicar por qué mierdas el jodido prototipo no funcionó!? Bajamos allá para una mierda, Rise.
Su rostro se deformó entre desconcierto y rabia. Todos los demás estaban igual de horrorizados. Kendall y Drake no se detuvieron en su labor, pero vi la tensión clavarse en sus espaldas.
—¿Cómo que no…?
—¡Los cables no estaban completos! —troné. La cabeza me latía como si fuera a estallar—. ¡De eso debías encargarte tú y Riden! ¡Tuvieron días para hacerlo y revisar todo! ¿Acaso crees que estamos en un punto donde se nos permiten tales errores de mierda?
No respondió. Se dedicó a mirar el cuerpo de Riden hasta colmar mi paciencia. Iba a ir por más si no hubiese hablado, silenciándome con lo que soltó.
—Riden lo sabía —musitó, dejándome fuera de base—. Es por eso…
—¿Qué? —solté, sintiendo cómo la desesperación comenzaba a nublar mi juicio.
—Es por eso que intentó arreglarlo él mismo —continuó, metido en sus propias cavilaciones—. Por eso debió bajar con otra bomba, pero no contó con todos los cani que estaban ahí. No tuvo tiempo.
Abrí los ojos en shock. Mi mente trabajaba a toda velocidad, conectando las piezas del rompecabezas.
Riden… sabía del fallo y había tratado de solucionarlo por su cuenta, poniendo su vida en riesgo. Y ahora, nosotros estábamos volando lejos de la escena del desastre, con él luchando por cada respiro.
Rise empezó a caminar, sus ojos clavados en el cuerpo inerte de Riden.
Sabía lo que iba a hacer antes de que siquiera lo dijera.
—¡Nathaniel, da la vuelta! —gritó, metiendo las manos en los bolsillos de Riden, buscando algo con desesperación.
El helicóptero siguió sin alterar su curso. Sabía por qué. Nathaniel no quería arriesgarse a que yo mismo le arrancara la cabeza.
—¡¿Qué diablos estás haciendo?! —exclamó Kendall, entre furiosa y confundida.
Rise no respondió, solo sacó un pequeño dispositivo de la chaqueta de Riden.
Un control remoto.
Mi corazón dio un vuelco.
—¡Da la maldita media vuelta, Nathaniel! —ordenó Rise al soldato de Arabella, su tono dejando claro que no aceptaría una negación por respuesta.
—Rise, acabamos de salir de un jodido edificio plagado de cani ¡¿y tú quieres volver a entrar?! Tenemos a Riden en una cuerda floja aquí. No podemos arriesgarnos a perderlo… —habló Arabella, incrédula, aunque había un destello de comprensión en sus ojos.
Ella lo empezaba a entender, pero elegía a Riden antes que a otra cosa y me provocó besarla, joder.
—Riden puso otro explosivo en el edificio. Este es el detonador. Si no volvemos y lo activamos, lo que él hizo habrá sido en vano, y no pienso aceptarlo —Rise la cortó y me miró, su rostro endurecido por la determinación—. Haz que dé la maldita vuelta, Rush.
Mi mente analizaba la situación desde todos los ángulos posibles. Las probabilidades, los riesgos, las pérdidas más adelante… Y al final, solo había una respuesta posible.
—¡Nathaniel, hazlo! —ordené con voz firme.
El helicóptero giró en una maniobra abrupta, dirigiéndose de vuelta hacia el infierno del que habíamos escapado. Los segundos se convirtieron en una eternidad mientras nos acercábamos al edificio que seguía plagado de los jodidos perros. La violenta lluvia de balas tampoco se hizo esperar, rebotando contra el exterior blindado.
—¿Y si no funciona? —cuestionó Milanna, su voz apenas un susurro.
—Lo hará —respondió Rise, sus ojos fijos en el detonador.
Cuando estuvimos lo bastante cerca y con la balacera resonando de manera furiosa, apretó el botón.
Por un instante, el tiempo pareció detenerse.
Luego, una explosión sacudió el aire, el edificio se derrumbó en una nube de polvo y escombros. La detonación fue ensordecedora y soltó un estruendo que pareció sacudir hasta el mismísimo cielo. La vibración del helicóptero aumentó, sacudiéndonos en el proceso.
Nos quedamos en silencio, viendo cómo la estructura se desplomaba.
El momento suicida de Riden sirvió, sin embargo, lo que costó…
Los sentimientos empezaron a mezclarse de manera abrumadora, mientras que el silencio se hacía pesado, casi tangible, solo roto por el zumbido de las hélices y el latido frenético de mi corazón.
—¡Vámonos! —grité, mi voz apenas reconocible.
Nathaniel obedeció sin más.
El helicóptero viró de nuevo, alejándonos de la escena del desastre a toda velocidad. Mis pensamientos se agolpaban en mi mente, cada uno más caótico que el anterior, pero había uno que resaltaba entre ellos y fue satisfactorio oírlo reproducirse una y otra vez: un punto menos para el bastardo y otro jodido avance para mí.
♦ ♦ ♦
—Las balas entraron y salieron de manera limpia —informó Mason, sosteniendo un recipiente de vidrio junto a una media sonrisa—. ¿Quién diría que cuatro balas en los lugares certeros podrían derribar a un Massey? —me lanzó el recipiente con dos de las balas adentro—. La chica de cabello castaño oscuro, la que atendió a Riden, mis felicitaciones. Hiciste un buen trabajo para mantenerlo estable.
Kendall salió de entre el tumulto de gente y le sonrió a Mason con ganas.
—Práctica —dijo, para luego adentrarse al pasillo del cuarto donde estaba mi hermano.
Oí el bufido que soltó mi mujer detrás de mí, pero lo ignoré. No podía arrancarle la cabeza a ella y preguntarle cosas a Mason al mismo tiempo.
—¿No dijiste que habían entrado y salido? —entrecerré los ojos en su dirección.
El resto del equipo pasó de mí y del hombre que venía prestándome sus servicios por más de ocho años y se adentraron a la habitación de mi hermano menor.
—¿Y estas qué?
—¿Mucha adrenalina no te deja pensar? —resopló, burlón—. Esas estaban atoradas en su chaleco. Pensé que deberías echarle un ojo. No cuadran con los agujeros que están en Riden.
No pasé por alto el hecho de que catalogó a mi hermano como si fuese un jodido colador, pero lo otro que dijo fue lo que captó mi atención de momento.
«¿Más municiones diferentes?».
Sacudí el recipiente, haciendo rebotar las balas.
—Parecen…
—Rusas, sí —Mason arqueó una ceja—. Oí que le declaraste la guerra a Alexey, no al Boss.
—¿Boss? —repetí incrédulo, dejando caer mi atención de nuevo al recipiente—. ¿Me estás diciendo que estas balas le pertenecen al Boss?
—En definitiva, la adrenalina te atrofió el cerebro —Mason me quitó el recipiente de las manos—. ¿Gruesas, plateadas y con sierras en ambos lados? ¿No te da una pista? Has venido a mí con una colección completa de estas implantadas en ti más veces de las que quisiera contar, Rush. Lo que aún no entiendo es qué hacías en las tierras de la Bratva cuando tienes una guerra con Alexey pendiente.
«Oh, joder no».
—Mason, no estaba metido en ninguna mierda con el Boss —repliqué, con la cabeza empezando a trabajarme a la velocidad de la luz—. Estábamos derrumbando la Linea D’Acciaio hasta los cimientos.
La comprensión cayó con lentitud en él. Su rostro poblado de arrugas se pobló aún más cuando dio con lo que yo estaba pensando.
—No —dijo al instante—. Eso sería imposible.
—Tú mismo lo estás viendo.
—Pero eso no significa nada. ¿El Boss y Alexey trabajando juntos? ¿Luego de años de estarse matando entre sí? No —negó con la cabeza—. No es posible.
—O es eso o Alexey se puso nuevas bolas para estarle robando armamento a la Bratva Rusa, Mason —parpadeé, sin creer nada de eso posible—. Por mucho que me gustaría creer que es la segunda opción, no he escuchado una mierda en ningún lado que me asegure eso.
—Y tampoco has escuchado que él y el Boss estén trabajando juntos, así que no saltes a tales extremos —replicó, empezando a tomar sus cosas—. No descarto ninguna de las dos opciones, claro está, pero no saltes aún a ninguna conclusión precipitada, Rush.
»Puede que Alexey esté jugando contigo aquí. Así que, te aconsejo que primero vayas con tu hermano y luego discutas esto con tu gente —me lanzó de nuevo el frasco, se colocó su sombrero de copa marrón y empezó a caminar hacia las escaleras que daban al vestíbulo—. Te dejaré saber la tarifa por hacerme venir hasta aquí un día de semana a las tres de la mañana por mensaje.
—Trabajas para mí —dije, encaminándome hacia la habitación de mi hermano, guardando el recipiente en mi bolsillo.
—¡Así como trabajo para mi propio consultorio, imbécil! —su grito se perdió entre las puertas del ascensor, y lo único que pude hacer fue colocar los ojos en blanco.
Contar con varias residencias a un nombre ficticio era práctico cuando tenías a un familiar desangrándose hasta casi morir. Más si estaba a sólo veinte minutos de distancia.
Sin embargo, eso no quitaba que Riden estuvo a nada de morirse por cometer semejante estupidez, sin avisarle a nadie sobre su plan suicida. El alivio me consumía por saber que estaba bien, pero tanto como quería ahorcar a Milanna y a Arabella, también quería ahorcarlo a él por imbécil.
—Vas, a partir de hoy, a dejar de juntarte con ella —señalé a mi mujer cuando me adentré a la habitación poblada de gente. Riden me sonrió con sorna—. ¿Qué diablos es lo que pasa con todos ustedes?
—También me alegra que no hayas muerto, bastardo —rió él, incorporándose en esa cama gigante.
—Pareces una momia —solté mientras lo escaneaba de arriba abajo.
Estaba notablemente cansado, cubierto de vendas por todo su pecho, y las ojeras por la pequeña operación que tuvo en cuanto pisó el penthouse resaltaban en su cara.
—Agradece que no puedo patearte el culo en tu condición.
—Gracias —dijo, impregnando todo el sarcasmo en la palabra.
La habitación de un momento a otro se llenó de un silencio tenso, solo roto por el pitido constante de las máquinas que mantenían monitoreado a Riden. Mis pensamientos seguían girando en torno a lo que Mason había dicho y a la perturbadora posibilidad de que Alexey y el Boss estuvieran colaborando entre sí. No obstante, me era aún más perturbador no haberlo visto venir.
Miré a Riden, y al instante esa mezcla de alivio y furia se intensificaron con cada parpadeo que daba. Alivio porque estaba vivo, porque había sobrevivido a una situación casi imposible. Furia porque había arriesgado su vida sin pensar en las consecuencias, sin avisarnos de su plan suicida. Por ende, él necesitaba escuchar qué tan estúpido había sido su plan y yo necesitaba desahogarme antes de matarlos a todos por suicidas.
—¿Eres imbécil? —murmuré, con voz cargada de preocupación y enfado.
Él alzó una de las comisuras de su boca con una sonrisa pequeña.
—Algo no lo sentía bien —suspiró, intentando levantarse. Nadie se movió de donde estaban. No si querían ganarse la mirada de odio del pequeño imbécil—. Llámalo sexto sentido, pero sabía que ese intento de bomba no iba a explotar.
—¿Y decidiste dártelas de suicida? —masculló mi mujer, plantándose enfrente de él, mandándolo a la cama de un empujón—. No puedes moverte de ahí.
—No tienes moral para reclamarme por ninguna de las dos cosas, preciosa —rió, sorprendiendo a mis hermanos y a mí—. “Dármelas de suicida” fue lo que hizo explotar todo, así que… de nada.
Suspiré con cansancio, rogando a quien sea que me diera paciencia.
—Mason te catalogó como un colador, así que no tengo que agradecerte una mierda, Riden —volví a enfocarlo—. No podemos movernos de aquí hasta que puedas levantarte por tu cuenta. Por ende, empieza a babear la almohada que después vengo a revisarte.
—¿Rebatirte algún punto cambiaría el hecho de que sí puedo levantarme y sí podemos devolvernos al búnker? —cuestionó, cruzándose de brazos con ese brillante y usual mal humor que lo caracterizaba.
Mi mujer y yo negamos al mismo tiempo, ganándonos una arcada de asco por su parte.
—Ve el lado bueno. Ahora Rush podrá jugar a los doctores contigo, tal y cómo querías que lo hiciera cuando estabas pequeño —le sonrió Mila, sentándose a su lado.
—Cállate —siseó, aventándole una de las almohadas en la cara—. Bien pude cometer una estupidez, pero tú… Tú fuiste ridícula al lanzarte así sabiendo que ibas a alertar a todos los malditos cani a la redonda.
—¡Pero intenté…!
—Intentaste ser estúpida —siguió Rise, fulminándola desde el escritorio en dónde se encontraba sentado—. Lanzarte así lo único que logró fue que todo se fuera a la mierda, Milanna.
—Las cosas no debieron salir así, pero lo que Mila hizo fue…
Varias cosas pasaron al mismo tiempo que me dediqué a matar al soldato de mi mujer con la mirada: Kendall suspiró. Rise rió entre dientes. Drake negó con la cabeza. Riden puso los ojos en blanco. Mila palideció. Y Arabella arrugó la nariz, clavando la vista en Nathaniel, quien cerró la boca de inmediato.
Muy tarde.
—¿Qué te hace pensar en que puedes replicar sobre lo que hizo mi hermana como si tuvieses la autoridad de hacerlo? —empecé, lento. Enfatizando cada palabra.
Arqueé una ceja en su dirección, disfrutando cómo se hacía pequeño con cada paso que daba hacia él.
—Yo…
—¿Te pedí que opinaras?
—No, señ…
—¿Te pedí que hablaras?
—No…
—¿Entonces por qué mierdas te metes en algo que no tiene que ver contigo, Nathaniel?
Sabía lo que se traía con mi hermana.
Desde hacía meses que a leguas se le notaba lo idiota que estaba por ella y viceversa, pero no me gustaba.
Milanna necesitaba a alguien que la pusiera en su lugar, que la desafiara y que no se dejara mangonear estúpidamente. Para su desgracia, Nathaniel no cumplía con los requisitos que se exigían para estar a su lado. Mucho menos en una relación.
El miedo en los ojos del soldato me seguía dando la razón, y me hizo querer golpearlo. Nathaniel no era mala persona, lo sabía. Había estado a mi lado desde que el único familiar que tenía fue asesinado por los hombres de Nikolay por cometer traición, y había demostrado ser un buen soldato con habilidades que solo mi mujer logró sacar a relucir, a pesar de ser hijo de un shestyorka.
Las acciones que hacía un padre no afectaban en cómo yo iba a observar a su hijo. Pero el idiota hijo del traidor cometió el error de mirar en dirección de mi hermana, y mi concepción sobre él se fue a la basura.
Milanna enamoraba a cualquier pendejo que volteara a verla. Ella siempre se conseguía a inútiles que babeaban por su culo, y le cumplían cualquier estupidez que demandara, aburriéndola a las pocas semanas después.
No necesitaba otra ronda de eso.
Estaba harto de lidiar con los corazones destruidos que dejaba, porque siempre terminaban amenazándola o exigiéndole una segunda oportunidad.
Nadie le exigía una mierda o amenazaba a mi hermana.
Me gustaba desaparecer a los imbéciles que no pensaban con el porcentaje completo de sus cerebros. Sin embargo, no podía seguir haciendo eso con mis soldatos.
Debido a eso fue que le creé la maldita regla de “no salir con nadie de Chovert”. Ella me había puesto la central patas arriba, luego de quedarse sola una semana de vacaciones. La maldita me jodió tanto la paciencia, como los números de la disponibilidad de mi personal.
Creí que había terminado con sus mierdas, pero para colmo apareció Nathaniel.
Soldato tranquilo, honorable.
Tenía todo en la mesa para pasar de soldato a uomini d’onore. Sería el primer aspirante para convertirse en un hombre de juramento, pasando así por el proceso de aprendizaje antes de ser aceptado como tal a mi lado, pero…
«Pendejo».
Milanna solo tuvo que revolotear sus pestañas en su dirección y ya. Lo tuvo bajo sus garras. Decidiendo darme un bendito dolor de cabeza más, porque no había nada más que ella disfrutara que volverme loco.
—Capobastone, con todo respeto, si Mila no hubiese ido, no hubiésemos tenido la oportunidad de derribar el edificio —el miedo en la mirada del soldato fue menguando, siendo reemplazado por otra cosa.
—Nathaniel…
—No —callé a mi hermana sin dirigirle la mirada, gozando mucho como Nathaniel se había puesto las bolas de acero—. ¿Cómo es eso, Nathaniel? Según recuerdo, quien se fue de suicida fue Riden. Él fue quien casi muere al poner otro explosivo, logrando derribar el edificio. No Milanna.
El soldato tragó en seco.
—Sí, pero fue su hermana quien salió por usted cuando dudó —dijo en un hilo de voz, sin apartar sus ojos de mí.
El humor que llenaba la sala se esfumó, haciendo que la temperatura del ambiente bajara varios grados.
—¿Perdón?
—Dudó, capobastone —repitió con dificultad, colocándose más blanco que las paredes de la habitación—. Usted no estaba seguro de ir o irse. Mila decidió eso por usted. Gracias a ella tenemos la información que el ex brigadler pidió. Gracias a ella, y a la distracción que creó, usted junto con mi caporegime pudieron entrar, colocando la bomba que no explotó en el sótano.
Entrecerré los ojos, dándole todo el enojo que podía soportar. No fue mucho. Su manzana de Adán subió y bajó repetidas veces, la capa de sudor en la frente se hizo visible y la manera en cómo estaba respirando delataba lo muy asustado que estaba.
—Aprovecha que estoy de buenas y sal de mi vista —hablé entre dientes.
El semblante de Nathaniel cambió, mostrándome ese atisbo de duda e ira que estaba esperando ver.
—Señor, pero yo no he hecho nada malo como para…
—¡Milanna! —rugí.
Mi hermana no tardó más de tres segundos en tomar la mano del soldato y sacarlo de mi vista. Lo último que escuché antes de centrar mi atención en Rise fue el portazo que resonó entre las cuatro paredes.
Alcé una ceja en su dirección cuando sonrió.
—¿Eso es un sí? —indagó Riden, burlón.
—Estaba esperando que se orinara encima —suspiró Rise, fingiendo estar abatido—. Ahora ella no podrá callarse la boca nunca.
—¿Eh? —balbuceó mi mujer, bastante confundida.
Kendall, quién estaba sentada en el extremo de la cama, le palmeó un espacio vacío a mi mujer mientras colocaba los ojos en blanco. Arabella se dejó caer ahí, rozando los pies de Riden sin dejar de lucir bastante perdida.
—Se lo ganó —fue lo que dije, encogiéndome de hombros—. Y puede que haya tenido un poco de razón.
Mis hermanos soltaron a reír.
No me perdí ese baño de entendimiento por parte de Arabella cuando pasaron unos segundos, así como tampoco ese brillo asesino e indignado que relució en sus orbes oscuros.
—¿Era una prueba? —comprendió estupefacta.
—No te alteres, preciosa. Era algo que tarde o temprano iba a tener que hacerse…
—Te callas —señaló a Rise de mala gana para luego mirarme—. Me estás diciendo que hiciste eso por probar una estupidez en contra de mi soldato… ¿Porque querías saber si era digno de tu hermana?
Le sonreí, molestándola más.
—Estaba seguro de que iba a orinarse —acepté divertido—. Me sorprendió que aguantara tanto tiempo, la verdad.
Arabella abrió la boca, pero la cerró al instante, evaluando sus palabras antes de lanzarlas. Las ganas de ahorcarla no habían desaparecido, pero me dediqué a disfrutar de la estupefacción que me estaba dejando entrever.
—Eres un jodido idiota —resopló al fin.
—¿Y te das cuenta de eso justo ahora? —masculló Anderson, apoyándose en el marco de una de las ventanas.
—Mila es lo bastante grande para esas cosas, Rush —apoyó Kendall frunciendo el ceño, ignorando a Drake—. Es capaz de decidir por su cuenta, sin que tú empieces a joder y actuar como el enfermo hermano mayor que eres.
—Es tan inteligente que decidió ponerse de idiota con el hijo de un traidor —señaló Riden irónico.
—Touché —concordó Drake.
—Que su padre haya sido un shestyorka no significa nada —contradijo Kendall, molesta—. Ustedes son hijos de un mayor hijo de perra y aquí están. Son unos imbéciles, pero son retóricamente mejor que él. O que toda la dinastía ‘Ndrangheta.
El único movimiento de apoyo que pude apreciar de Arabella fue un asentimiento con la cabeza, antes de volver a sumirse en sus propios pensamientos.
—Lo que hiciste fue estúpido —siguió Kendall.
—Fue necesario —rebatí, cruzándome de brazos—. Nathaniel proviene de raíces problemáticas y no quiero eso para Mila. Ya bastante tiene con toda nuestra mierda familiar para añadirle una carga más. No contaba con que Nathaniel pasara la prueba, soltándome hechos que tenían la veracidad necesaria para callarme, pero ahora sé que puede ser digno de mi hermana.
»Cuento con que él tiene lo que se necesita. No solo para mí, sino para mi Mila. Ella necesita a alguien fuerte a su lado, alguien que pueda desafiarla y protegerla al mismo tiempo. Hasta ahora, enfrentándome a mí, el soldato me demostró que puede con el pequeño demonio.
—Y con las Legiones que tiene como hermanos —musitó Anderson divertido.
—¿Y si él no te hubiese cerrado el hocico, qué? —continuó la cuñada maldita levantando una ceja—. ¿Qué ibas a hacer entonces? ¿Mandar a Nathaniel a Madagascar?
—He escuchado que tienen unos bonitos pingüinos allá —me pasé una mano por el cabello.
—Y el clima es excelente —siguió Riden.
—Los kilómetros son lo que cuentan —terció Rise, soltando a reír.
La mejor amiga de mi mujer bufó.
—Son unos malditos idiotas sobreprotectores de mierda.
—Te recuerdo que te besaste con los tres “sobreprotectores de mierda” y no te quejaste en ningún momento —dijo Riden con una sonrisa.
De inmediato el semblante de Rise cayó en picada, la expresión de Drake pasó al desconcierto y mi mujer salió de sus cavilaciones para sonreír con el recuerdo que el pequeño bastardo había dejado salir a la luz.
—¿Qué tal fue besarlo, por cierto? —sonrió Arabella, señalándome con la barbilla—. ¿También te puso a temblar las piernas?
—¡Me voy! —anunció su mejor amiga, exasperada.
Ella, antes de abrir y cerrar la puerta de otro portazo, golpeó a Riden en su pierna, para luego susurrarle algo en el oído que lo hizo reír con ganas.
Suspiré entretenido cuando Rise salió unos segundos después, maldiciendo entre dientes.
Drake silbó por debajo.
—¿Entonces eso de que se comparten mujeres también es cierto? —preguntó desconcertado.
—Él no me ha compartido a mí, así qué… —mi mujer se encogió de hombros—. No creas todo lo que dicen.
—Muy graciosa si piensas que el hombre de las cavernas va a compartirte con alguien que no sea él mismo, cielo —se despegó de donde estaba nada más para sentarse al lado de mi mujer, haciéndola reír.
Gruñí cuando sus manos empezaron a recorrerle el cabello.
Ese sedoso y largo cabello oscuro era mío. Únicamente hecho para mí y para jalárselo cuando tenía la oportunidad de follarla en cualquier maldita posición que se me antojara.
—Tus celos estúpidos para otro lado, Rush —replicó Riden con asco.
—Tú te callas y para la próxima vez, piensa mejor en cómo quieres morirte y reza para conseguirlo. Porque si sobrevives de nuevo, el estado en el que te encuentres no me va a detener de patearte el culo —le advertí de mal humor—. Otro desastre así no podemos permitírnoslo.
—¿Por desastre te refieres a…?
—A que todo el maldito mundo hizo lo que se les dió la gana —le lancé una mirada asesina. Los tres asintieron a duras penas—. Empieza a babear la almohada —le señalé el montón que tenía al lado—. En la mañana vendré a revisarte.
—Sí, mamá —murmuró, con una sonrisa débil.
Caminé hacia él y le di una palmada en la cabeza, más fuerte de lo necesario.
—Te juro que a lo que vuelvas a lanzarte así, voy a encerrarte con Zacharias por todo un jodido año, ¿me entiendes?
Riden rodó los ojos.
—Preferiría lanzarme de un acantilado si eso llegara a pasar. A duras penas soporto al idiota —apuntó a Drake—. No me hagas ni hablar de su hermano suicida.
—Justo ahora tú, Arabella y todo el bendito equipo comparte la misma vena suicida que él tiene —volví a golpear la parte trasera de su cabeza, pero esta vez con cariño—. Gracias por pensar.
Él resopló visiblemente incómodo por las muestras de cariño.
—Lárgate y déjame dormir —masculló, acomodándose en la cama.
—¿También quieres que me vaya? —Arabella se lanzó a pocos centímetros de él—. Puedo ser una buena…
—Adiós, ridícula —Riden le plantó otra de las almohadas en la cara—. Tú roncas, pateas y hablas dormida. No sé ni cómo Rush hace para dormir contigo, pero imagino que el sexo que tienen a cada momento del día…
A éstas alturas no me esperaba nada. Pero ver a mi mujer callar a mi hermano con uno de esos calientes y largos besos que me daba a mí, me sorprendió tanto a mí como a los otros dos.
—Me la debías —susurró ella, entretenida por la reacción de mi hermano.
Sin esperar respuesta de nadie, saltó de la cama y salió de la habitación soltando risas cantarinas. Drake salió más atrás, sin saber muy bien qué decir, dejándonos a Riden y a mí aún anonadados.
—¿Podemos poner esa regla de nuevo en vigencia? —cuestionó segundos más tarde, fijando la mirada en la puerta.
Reí entre dientes, saliendo de mi estupefacción.
—La última vez que te lo pedí, casi me quedo sin cuello por insinuármele a Roelle cuando aceptaste —le recordé.
—Prometo que esta vez no pasará algo igual a eso.
—Claro que no pasará —bufé irónico—. Esa regla no pienso aplicarla en mi mujer, así que enfría tus hormonas. Besos es una cosa, que metas tu pene en ella mientras yo esté vivo… —torcí el gesto.
Él parpadeó en mi dirección.
—¿Entonces puedo tenerla en cuanto mueras?
«Pequeño bastardo».
—Haré que tu verga en tu vida se vuelva a levantar mientras me quemo en el infierno, Riden.
Me di la media vuelta y me encaminé hacia la salida con una sonrisa.
—¡No escuché un no! —exclamó cuando cerré la puerta.
«Idiota iluso».
Exhalando despacio, recorrí el pasillo vacío, adentrándome en las cuatro paredes de mi oficina. El entorno estaba desierto, y me dejé caer pesadamente en la silla de cuero negra detrás del escritorio. Con movimientos monótonos, me quité el chaleco antibalas y lo dejé caer al suelo. Estaba bañado en sudor y todo el traje estaba empapado de sangre seca, pero no me importaba. Dejé caer la cabeza en el respaldo de la silla, cerré los ojos y solté un gemido de frustración.
Sabía que estábamos un paso adelante de Alexey, sabía que lo tenía entre la espada y la pared. Sabía que en estos momentos estaría planeando su próxima venganza, si es que no estaba haciendo una rabieta como el psicópata que era, matando a quien sea que tuviese al frente por mala suerte. Pero no podía sentir la satisfacción que esperaba, porque un pensamiento persistente me lo impedía.
Algo se me estaba escapando.
Debería sentirme satisfecho, al menos parcialmente. Habíamos logrado un golpe significativo, un paso más cerca de tener su cabeza rodando en el suelo y posicionarme como líder de la maldita pirámide, tal y como había deseado desde hacía meses. Pero esa satisfacción era efímera, superficial, y no lograba disipar la inquietud que se aferraba a mi mente como una sombra persistente.
Mason lo negaba, y estaba seguro de que el consejo y hasta Harrison lo negarían también, pero esas balas…
Saqué el frasco que estaba comenzando a pesar en mi bolsillo y fruncí el ceño al concentrarme en su contenido.
Eso, tanto como apuntaba a una posible colaboración entre Alexey y el Boss, también me dejaba pistas sobre lo desesperado que estaba Alexey por no perder. Para él, tener que recurrir al robo de armamentos y municiones de la Bratva… Su desespero debía estar nublándole el juicio.
Fuese cual fuese la opción, sabía que algo no cuadraba, que había piezas del rompecabezas que aún no encajaban, y esa incertidumbre me estaba reventando la cabeza.
Estaba cansado, estresado, y con la sensación persistente de que algo crucial se me escapaba. Y saber que tenía que lidiar con un desastre en la mañana, junto a las voces del mismo consejo y del estresante viejo, no me estaba ayudando en una mierda.
—Vas a terminar reventando el frasco, antes de siquiera descifrar lo que sea que esté pasando por tu cabeza, mi amor.
El olor a durazno mezclado con el aroma de mi shampoo me inundó las fosas nasales y arrasó con mis conjeturas.
Mi polla se terminó de alzar al sentir sus pequeñas manos masajearme los hombros con esmero. Mi cuerpo se relajó ante el tacto al instante en que aplicó la presión necesaria.
—¿Qué dices si vienes a la cama? Mila fue amable y me enseñó tu habitación —masculló en mi oído—. Tonto, porque cuando subes al tercer piso tu habitación cubre todo el bendito piso.
—¿También probaste la ducha? —mi voz salió ronca, haciendo que ella riera.
—Fue un trabajo duro, pero valió la pena —salió de mi espalda y se plantó frente a mí.
Barrí ese exquisito cuerpo recién bañado, portando solo una de mis camisas de vestir oscuras, que le llegaban hasta la mitad de sus ilegales muslos, de arriba abajo.
Mi verga palpitó, apretándose a tal punto de doler.
—Tus camisas están empezando a lucirme.
Me relamí los labios.
A pesar de su labio hinchado y los moretones leves que de seguro iban a relucir en su cara aún más, ella seguía luciendo como la diosa por la que pondría a temblar la jodida tierra si alguna vez me lo pidiera.
—El día que algo mío no te luzca… —tomé su pequeño cuerpo y la coloqué a horcajadas sobre mí. Me embriagué de su olor al pasar mi nariz por la curvatura de su cuello.
Hacer eso mandó mi juicio a la basura.
—Maldita sea —gemí, pasando mis manos por sus muslos desnudos.
Mi mujer rió, acariciándome el rostro. Sentí el estrés y el cansancio comenzar a desvanecerse, reemplazados por el deseo de tenerla con la boca abierta, ahogándose con mi polla, mientras su lengua afilada se enredaba en mi punta con ambición. Sus ojos brillaban con una mezcla de desafío y placer que me sacudió con fuerza.
—¿Ahora sí te parece agradable la idea de ir a tu habitación o…?
Mi boca estuvo en la suya, cortando su parloteo.
El mundo exterior lo mandé a la mierda en ese instante. Mis manos se movieron con urgencia, explorando cada curva, cada contorno de su embriagador cuerpo. Rompí ese pedazo de tela que nos separaba, dejándola inutilizable, y sonreí cuando sus dedos se entrelazaron en mi cabello, tirando con la misma urgencia que yo sentía mientras nuestros besos se volvían más intensos, más desesperados.
La tensión en la oficina había alcanzado un punto de quiebre, una mezcla de frustración y deseo que había estado hirviendo bajo la superficie. Ella, con su mirada desafiante y su actitud de mierda y provocadora, era el catalizador perfecto para volverme loco. El deseo feroz de tenerla con las piernas abiertas, gimiendo mi nombre a los cuatro vientos mientras me enterraba en su apretado coño, me nublaba el juicio.
Comí su boca en un beso hambriento, mordiendo ese jodido labio inferior que le sacaba esos gemidos por los cuales moría. Sin romper el contacto, mis manos apretaron su culo, alzándola en vilo, conduciéndola hacia el escritorio, derribando papeles y objetos sin importarme una mierda el desorden.
Fue ahí donde salí de su boca de mala gana; la levanté con rudeza y la dejé caer sobre la superficie, su cuerpo arqueándose hacia mí en un reflejo de pura necesidad.
Exhalé despacio, recorriendo con la mirada cada centímetro de su cuerpo, tendido pecaminosamente sobre el escritorio. La luz de la habitación hacía el trabajo perfecto, resaltando cada curva que mantenía, dándole un aura casi irreal, como si fuera una maldita obra de arte diseñada para mantener mi verga dura, palpitando por su coño.
Su espalda arqueada formaba una línea perfecta desde los hombros hasta las caderas, acentuando su figura y provocando pensamientos tan obscenos que me podría masturbar con ellos por toda la vida. Mis ojos siguieron el contorno de su cintura, estrechándose antes de expandirse en ese jodido, generoso y firme culo que descansaba justo al borde del escritorio. Sus manos estaban a cada lado, aferradas con fuerza. La vista era tan hipnótica que me perdí por unos minutos, repasando su figura indecente varias veces, dejándome sin aliento.
¿Lo mejor? No terminaba ahí. Sus piernas, largas y torneadas, estaban abiertas lo suficiente para que mis manos reaccionaran y empezaran a explorar cada rincón de su piel suave y caliente. Al pasar las manos por sus muslos, mi mujer soltó un gemido ronco y bajo. Sonreí, masajeando el interior de sus piernas con fuerza, pero quité las manos cuando ella bajó, haciendo que el dorso de mi mano izquierda quedara en su empapada abertura.
—Rush —gimoteó molesta, restregando su culo al aire.
Me alejé lo suficiente para volver a admirarla, ignorando cómo mi nombre se deslizaba por su garganta con ese tono levanta pollas.
Me quedé en sus pechos.
Admiré cómo la gravedad hacía de las suyas, presionando esas tetas redondas y generosas contra el escritorio, sus pezones endurecidos apenas visibles por la posición.
Mi polla palpitó, exigiendo que me dejara de estupideces y me clavara en ella, pero no podía. Verla así, entregada, abierta, molesta como el infierno, expectante por saber qué diablos iba a hacer con su cuerpo, era hechizante. La oleada de adoración que sentía por esa mujer me sacudió con fuerza. El impulso por tocarla y partirla en dos por insubordinada fue lo bastante abrumador para caminar hacia ella, dejando que su trasero rozara mi entrepierna.
—¿Ya me perdonaste entonces? —jadeó ansiosa, moviendo su culo de arriba abajo en la protuberancia que mi polla había formado al apretarse contra el traje.
No le respondí.
Mis dedos recorrieron la tersura de su piel, que brillaba con matices de caramelo bajo cualquier puta iluminación, estrujando sus nalgas con posesividad. Mi mujer soltó un jadeo, sus manos aferrándose más al borde del escritorio.
Sin previo aviso, levanté mi mano y la dejé caer sobre su nalga izquierda con un golpe certero. Ella gimió con ganas, un sonido que resonó en la habitación y envió una oleada de lujuria directo a mi pene. La marca de mi mano se delineó en su piel y sonreí.
—¿Con cuántas tengo que marcarte el delicioso culo que te cargas para que entiendas el desespero que me hiciste sentir al lanzarte tan ciega hacia las estupideces del maldito perro, Arabella? —acaricié su culo otra vez y estrujé con fuerza—. ¿Doce? ¿Veinte? ¿Hasta que me grites que pare?
—Joder —jadeó, arqueándose aún más contra mí.
El olor de su excitación me golpeó al deslizar dos dedos entre sus muslos. Maldije entre dientes cuando su lubricación cubrió mis dedos y ambas caras interiores de sus piernas.
—¿Cuántas, princesa? —repetí con el deseo tiñendo mi voz—. ¿Cómo te hago comprender que, a pesar de verte tan caliente como el mismo infierno volando sesos, ibas a matarme de un puto infarto cuando te vi tan cerca de caer por culpa de ese perro? —introduje un dedo en ella y gimoteó—. Responde.
—¡No lo sé! —chilló, empezando a cabalgar mi dedo—. ¡Las que quieras, pero cógeme, Rush!
«Jódeme».
Saqué mi dedo de ella.
Por muy condenadamente bien que se sentían sus movimientos, no iba a darle el gusto de volverme loco aún. No cuando lo que quería era darle un escarmiento por sacarme el corazón de su lugar más veces de las que podía soportar en un rango de veinticuatro horas.
—Lo mínimo que vas a recibir de mí hoy será mi polla, Arabella —musité, agachándome para deslizar mi lengua entre sus pliegues empapados—. Eres un maldito nirvana todo el maldito tiempo —gemí con el primer lengüetazo en su hinchado clítoris.
Mi mujer pegó su coño a mi cara y lo estrujó de arriba abajo, bañándome con su excitación.
—¡Rush! —gimoteó enredada en el placer que se estaba produciendo por cabalgarme la cara.
Me quedé ahí, saboreando y chupando esos exquisitos fluidos hasta que su cuerpo empezó a contraerse. Salí de su coño de golpe, cortándole ese orgasmo que se había armado sola.
—Dame un puto núme…
—¡Veinte, joder! —gritó enfadada y frustrada, restregando su culo al aire—. ¡Treinta, cincuenta, no me importa! ¡Tú solo dámelas y termíname de coger, por Dios!
«Esa es mi princesa».
—¿Cómo puedo terminar algo que no he empezado, princesa? —sonreí burlón por su desplante—. Quince. Te destrozaré el culo quince veces por sacarme el corazón del pecho y por saltarte mis órdenes tan solo porque te dio la gana. Vas a tomarlas todas como una buena princesa, y veré si me quedan ganas de follarte hasta que te tiemblen las piernas, ¿me entiendes?
—¡No me importa! —chilló, molesta.
Atajé parte de su cabello y jalé hacia atrás. Sus orbes oscuros, resplandeciendo con un hambre voraz, chocaron con los míos y por un momento me dejaron sin aire.
—Cuéntalas para mí, mi amor —susurré muy cerca de su boca.
Gruñó de mala gana cuando la solté.
Sin previo aviso, la nalgueé con fuerza, deleitándome como su cabeza saltó hacia atrás.
—¡Uno! —gimió a los cuatro vientos.
Con una sonrisa, seguí dándole lo que se merecía por suicida, mis golpes resonando en la habitación, cada uno más firme que el anterior. El sonido de piel contra piel, sus gemidos y suspiros, llenaban el espacio. Cada vez que mi mano caía, sentía su cuerpo temblar bajo mi toque, una mezcla de dolor y placer que nos envolvía a ambos.
No me detuve en masajear una mierda hasta que ella llegó al número diez. Dejé que se arqueara contra el escritorio y sus manos se aferraran con más fuerza al borde mientras su respiración se volvía errática, al tiempo que con pocos movimientos me deshice de toda la ropa que cargaba encima, quedando desnudo detrás de ella.
Mantuve su cuerpo pegado al escritorio.
Sus jadeos eran una sinfonía de deseo irresistible que me volvía loco.
Al azote número doce, detuve las manos solo para acariciar con suavidad las marcas que había dejado, mi boca descendiendo para besar y lamer cada una de ellas.
—Rush… —su voz era un susurro tembloroso, una súplica y una declaración al mismo tiempo—. Por favor, por favor, para.
Me incliné sobre ella, mi cuerpo cubriendo el suyo mientras mis labios recorrían su cuello, su clavícula, hasta encontrar su oído.
—¿El castigo? ¿Quieres que lo pare? —como pudo, asintió—. Te has ganado esto por suicida, Arabella. Diez por pasarte todo lo que te pedí por el culo. Dos por matarme de un infarto cuando te lanzaste a por Riden. Y las otras tres por caer en las provocaciones del maldito perro tan fácil. Agradéceme que te lo estoy dejando ligero —murmuré, mi voz vibrando con la intensidad del momento.
—No voy a sentir el culo por una semana, imbécil —masculló rabiosa—. Gracias por dármelo tan ligero.
—Si es por mí —azoté su culo por decimotercera vez con mucha más fuerza de la necesaria—, no te sentarías por un puto mes —rocé la nariz contra su clavícula cuando brincó por el golpe—. Agradece y deja que me siga acostumbrando a tenerte así; entregada, dispuesta y malditamente mía.
—Eres un bastardo idiota —respondió, girando su cabeza para encontrar mis labios con los suyos en un beso profundo y ardiente.
Divertido y caliente, mi mano derecha siguió acariciando su culo enrojecido, mientras la izquierda descendió por su espalda, explorando cada rincón de su cuerpo. Sentía su piel ardiendo bajo mi toque, cada caricia enviando olas de placer a través de ambos. La excitación me cubrió de pies a cabeza al ver cómo las marcas de mis manos decoraban su piel dorada.
Me enderecé, mis ojos recorriendo su figura perfecta y vulnerable, expuesta solo para mí. Con un movimiento firme, separé sus piernas, posicionándome detrás de ella, subiendo y bajando la mano por mi falo en el proceso. Sentí su cuerpo tensarse y relajarse al mismo tiempo, una mezcla de anticipación y hambre que reflejaba exactamente cómo me sentía.
—Solo me diste trece —gimió, cuando centré la punta de mi polla en su entrada mojada.
—Lo sé —gruñí, enterrándome en ella de una sola estocada.
Mi mujer gritó y la vibración que su grito soltó hizo que su coño se apretara tanto que me corrí.
Me corrí como un maldito puberto de doce años, desparramando los hilos blancos de mi semen en su abertura.
Sin embargo, el hambre que tenía por romperla a la mitad no había disminuido ni una jodida onza. Disfrutando verla marcada tanto por mi semen como por mis manos, tomé mi polla y volví a sobar mi falo, bajando y subiendo la mano, para luego ajustarlo justo donde quería que estuviera.
—Rush —mi mujer se tensó cuando sintió la punta penetrarla—. No —se empezó a remover, echándose hacia adelante.
Atajé su cuello, volviéndola a plasmar en el escritorio, manteniéndola quieta.
Rebusqué con la mano libre por la única gaveta del escritorio lo que mantenía y cambiaba cada que podía de ahí desde hacía años. Cuando lo encontré, saqué la punta de su culo y empapé toda mi verga con el líquido espeso, maldiciendo entre dientes, mientras lo extendía por todo mi falo.
—Rush, ¿qué…?
—Resta esos dos con esto —la corté al lanzar el recipiente de lubricante al piso, después de atiborrar una buena cantidad en mis dedos.
Sin esperar su respuesta, deslicé los dos dedos por la hendidura de su culo. Mi mujer jadeó y gimió cuando metí un dedo, luego el otro, tratando de prepararla y estirarla lo suficiente para partirla en dos jodidas piezas.
—Rush, no —gimió, arqueándose y apretando el agarre en el borde de la mesa.
Me di el tiempo necesario para prepararla. Dejé besos húmedos en su columna, mordí con suavidad sus hombros y me encargué de marcarle el cuello con ferocidad, formándole esos visibles chupetones que amaba dejarle.
Una vez lista, coloqué la cabeza de mi polla en su entrada y me introduje lo más lento que pude, dejando que se acostumbrara al tamaño y al grosor.
No había tenido nunca la oportunidad de prepararla para eso, pero jódeme si no quería tomar todo de ella, incluyendo ese pequeño agujero que nadie había tomado antes.
Mis dedos volaron a su clítoris al sentir su cuerpo tensarse por el dolor. Equilibrar ese sentimiento con placer iba a ser mi trabajo hasta que pudiera follarla con naturalidad, dejándola inconsciente al terminar y sin poder caminar al día siguiente.
—¡Rush! —exclamó, apretando más ese borde.
No me detuve.
Un gemido retumbó en mi pecho cuando ella tomó todo de mí, estremeciéndose cuando mi verga completa se quedó inmóvil en su interior.
Veinte segundos.
Eso era lo que le daba antes de volver a moverme, porque ese era todo el jodido autocontrol que tenía en mí, dado a que el cómo se sentía eso debía ser malditamente ilegal.
—Vas a tragarte el dolor y vas a tomar mi verga en tu culo como la buena princesa que eres, ¿verdad? —musité con los dientes apretados, moviéndome hacia atrás al llegar a ese conteo mental.
—¡Eres demasiado grande, imbécil! Es más posible que termine desgarrada a que…
Sabía que mi polla era demasiado grande para ese agujero, pero también sabía que me importaba tres hectáreas de mierda completas.
—Vas a tomarlo, Arabella —gruñí, posicionándome en su entrada.
—¡Jódete!
—Mala respuesta —murmuré entre dientes, introduciéndome en ella otra vez.
Arabella gritó, rebotando esa pequeña maldición que soltó en las cuatro paredes. Mis dedos siguieron trabajando en su clítoris con más ímpetu, haciéndola acompañar ese estallido de rabia con un sexy y ronco gemido que me hizo volar la cabeza.
—Así, princesa. Así.
Creé un ritmo constante.
Cuando ella se sintió segura, estableció la rapidez del vaivén de sus caderas con mis estocadas, sacando gemidos de mí sin darme cuenta de que ella era quien estaba tomando el control.
—Rush —gimió, con la voz entrecortada y su respiración errática.
—No vas a caminar por un maldito mes, printsessa —dije con los dientes apretados, follándola con más fuerza.
—Joder, Rush, ¡sí! —jadeó, echando la cabeza hacia atrás, abriendo aún más sus piernas—. ¡Más! ¡Más, Dios!
Otro gruñido retumbó, soltando esas ganas calientes de clavarme en ella hasta el fondo. El sonido de nuestra piel chocando era música para mis oídos, subiéndome las ganas de correrme dentro de ella con fuerza.
—¿Más? ¿Lo quieres más profundo?
—¡Sí! ¡Sí, sí! —gimoteó con ganas, estampando su culo a la par de mis movimientos.
—Vas a terminar matándome, princesa —gruñí, saliendo de ella.
—¡No! —sollozó molesta. La barbilla la apoyó en su hombro, mientras me disparaba dagas afiladas desde esos orbes oscuros—. Hijo de perra…
Tarareé en negación al tomarla y depositar su espalda encima del escritorio. Su cabello húmedo se esparció y decoró la mesa, su cuerpo desnudo y ardiente iluminó la habitación, y sus piernas se abrieron al instante en que las toqué con las puntas de los dedos. Las palabras se me atascaron en la garganta cuando el brillo de la humedad de mi mujer entró en mi campo de visión.
—Estás tan malditamente empapada, princesa —gemí, cayendo de rodillas ante ella, comiéndome su coño sin pensarlo—. Maldita sea… —alargué la palabra, atiborrándome de sus jugos, sacándole muchos más gemidos de su preciosa boca.
—Rush, voy a…
—Córrete para mí, princesa —hablé contra su dulce coño—. Córrete y déjame escuchar esos preciosos gemidos que me pertenecen.
—Pero…
—No te lo estoy pidiendo, te lo estoy exigiendo, printsessa. Córrete —demandé con voz ronca, mordisqueando su clítoris sensible—. Deja que te saboree, Arabella. Córrete para mí.
Chupé su clítoris e introduje tres dedos de golpe.
Tres estocadas fue lo que necesité para que se dejara caer y me regalara el orgasmo más húmedo, intenso y largo que llegué a sacarle.
Mi princesa se estaba corriendo tan fuerte y tan feroz que sus líquidos llenaron el piso, haciendo un charco a mi alrededor.
—¡¡Por Dios!! —gritó, sin bajar su intensidad.
Levantándome con una sonrisa de oreja a oreja y un hambre que no disminuía, coloqué la cabeza de mi polla en la hendidura de su culo de nuevo y me clavé en ella con violencia.
Sus gritos se alzaron varias octavas, pero no me importó. Follé su apretado orificio hasta que mi nombre se volvió un cantico erótico que se rompió, terminando en sollozos al acariciar su clítoris con mi pulgar y atrapar un duro pezón con la otra mano.
Mis estocadas se hicieron más profundas, más cortas, más rápidas. El placer que sentía acumularse en la base de mi polla se extendió, cubriendo cada parte de mí. Fue el cantico de mi nombre y cosas inentendibles saliendo por la boca de la única persona que podía tenerme a sus pies lo que me partió a la mitad, otorgándome un maldito orgasmo que me sacudió con vehemencia, robándome el puto aliento, dejándome ciego.
Los hilos de semen salían de mí sin control, filtrándose mucho más allá de su hendidura, acumulándose bajo nosotros.
Lo que salió por mi boca fue incomprensible, pero me dejó ronco por la sensación potente y adormecedora del clímax que alcancé.
Me tomó varios minutos volver a recuperar la vista.
Cuando lo hice, una sonrisa se apoderó de mi cara al ver a mi preciosa princesa hecha un desastre, inconsciente con ese jodido semblante de satisfacción que me encantaba ponerle en su rostro.
Con cuidado, traté de recuperar el aliento y salí de su interior. Alcé la ceja cuando ni un solo sonido emanó de ella.
—Joder, princesa —suspiré, sin dejar de sonreír, alzándola en brazos.
Estaba tentado a despertarla para volver a follarla al sentir el contacto de sus tetas contra mi pecho, pero descarté la idea cuando volví a reparar en ella.
Si bien lucía con orgullo ese semblante satisfecho, también le notaba lo cansada que estaba. Por eso, caminé hacia la puerta de caoba negra que conectaba con las escaleras que me guiaban al tercer piso, sin tener que dejar la oficina.
Mi sonrisa se ensanchó aún más al imaginar lo que una persona con lengua afilada diría al notar el pequeño pasadizo que tenía para mí. Subí los escalones de mármol oscuro de dos en dos hasta llegar a mi habitación. Deposité a mi mujer con sumo cuidado en la cama king size que normalmente se hallaba vacía y me deleité viendo cómo, al estar ella, todo el entorno se iluminaba.
Amando e idolatrando la imagen desnuda de esa mujer en otra de mis camas, la arropé y decidí dejarla descansar.
Me dirigí al baño.
Sabía que si seguía observándola como un psicópata enamorado, acabaría despertándola y follándola a lo bestia otra vez, repitiendo todo el sexo desenfrenado que tuvimos abajo. Pero por más que me gustara la idea, ya la había drenado lo suficiente por hoy.
«Además, dudo que siquiera pueda moverse».
En cuanto me metí en la ducha, la incertidumbre con la que había batallado en la oficina volvió con más fuerza, provocándome una puta migraña insoportable. Con esfuerzo, empujé esa mierda al fondo de mi mente. Ya lo resolvería en la mañana, con la cabeza fría.
Me lavé, me enjuagué y cuando a mi cabeza le dio por joder otra vez, cerré los ojos por un momento, tratando de ordenar toda mi mierda. El agua fría que seguía cayendo se llevó algo del estrés acumulado, pero no logró disipar por completo la sensación de que algo se me estaba escapando.
Harto, pasé las manos por mi cabello, y apagué la ducha.
«Basta, maldita sea».
Luego de salir de la ducha, tomar la primera toalla que encontré para secarme, volví a la habitación y me deslicé en la cama al lado de mi mujer, dejando la toalla en el suelo.
Mañana la recogería antes de que ella despertara.
La respiración tranquila de mi princesa y su presencia cálida me ofrecían esa paz que tanto me maté en conseguir y fui feliz al rodearla con mis brazos, sintiendo cómo su cuerpo se acomodaba de manera instintiva al mío.
Arrimé todas las mierdas que me saturaban la cabeza y me concentré en la peculiar mezcla de aromas de duraznos y mi shampoo que ella emanaba.
Dejé que el sueño me envolviera y con un último suspiro, apreté a mi mujer más cerca de mí, permitiéndome unos momentos de paz antes de enfrentar la tormenta que sabía que se avecinaba en…
—Tres horas —suspiré, cansado, al ver el reloj a mi lado.
Bueno.
Unas horas de sueño al lado del amor de mi vida, eran mejor que ninguna.