Leer Novelas
  • Completado
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
Avanzado
Iniciar sesión Registrarse
  • Completado
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
  • Configuración de usuario
Iniciar sesión Registrarse
Anterior
Siguiente

1. Let's Play - Capítulo 52

  1. Inicio
  2. 1. Let's Play
  3. Capítulo 52 - Capítulo 52: 50
Anterior
Siguiente
Configuración
Tamaño de Fuente
A A 16px
Tipo de Fuente
Color de Fondo

Capítulo 52: 50

Hideaway

De más está decir que, en contra de mi voluntad, aprendí que vestirse bien también es estrategia

Arabella

Decir que las cosas se volvieron más sencillas después del operativo exitoso en Linea D’Acciaio sería una mentira descarada. Una gran y deliciosa mentira. Porque, a ver, uno pensaría que, luego de que mi cerebro medio funcionara tras quedar inconsciente por la salvaje follada que Rush me obsequió —como quien regala un colapso nervioso con moño incluido—, el ambiente sería relajado. Quizás hasta armonioso.

Riden ya caminaba cuatro pasos sin desmayarse —aunque no aceptara ayuda ni con una pistola en la cabeza—, Mila estaba más apegada a Nathaniel desde el desplante estúpido de su hermano, y Kendall con Rise… bueno, lo de ellos era una telenovela muda. Ni se miraban, pero la tensión sexual que brotaba cuando compartían espacio era suficiente para incinerar un edificio.

Me volvía loca, si preguntaban.

¿Cómo diablos podían aguantar tanta tensión? ¿Qué clase de masoquismo era ese? A veces me cuestionaba a mí misma si habían firmado una cláusula de celibato, porque no era normal aguantar tantas ganas de follar con alguien y al final no hacerlo.

Kendall, sin duda, era idiota.

Sin embargo, esa ilusión de paz duró exactamente lo que un orgasmo mal fingido. Hacía cinco días, cuando apenas pude levantarme de la cama enorme de Rush, con mi cuerpo reclamando por el dolor palpitante en el único orificio que ya no era virgen, y cuando el espécimen, claro, no mostró ni una pizca de compasión —mis quejas le entraron por un oído y se le fueron directo al culo. A él y a los demás—, el humor distendido murió en seco al todos reunirnos en la bonita y ordenada oficina de Rush —que para nada parecía la zona de guerra que fue esa madrugada—.

Ahí estaban Harrison y los otros diez miembros del consejo en la pantalla gigante, todos con expresiones graves. Bueno, era mi jefe quién tenía cara de funeral; los demás lucían entre sorprendidos y… ¿orgullosos? Por cinco segundos. Porque cuando Rush soltó que Nikolay y Alexey podían estar colaborando —basándose en las balas del chaleco de Riden—, el orgullo se les evaporó del rostro más rápido que una mentira mal contada.

El caos fue inmediato. Discusiones, gritos, exigencias. Una de ellas fue de Harrison exigiendo que regresáramos a Escocia de inmediato, cosa que me descolocó un poco. Pero aún así, pese a mi desconcierto, ni el espécimen ni yo dimos nuestro brazo a torcer. Volar ocho horas mientras Riden apenas podía sostenerse no era opción hasta que el doctor Mason diera el visto bueno. A Harrison no le gustó nuestra negativa, como era de esperarse. Continuó exigiendo nuestro regreso, incluso después de colgar la llamada con el consejo.

Pasé una hora “convenciéndolo” de que quedarnos en el penthouse era lo más sensato para manejar el desastre mediático que había provocado la caída del jodido edificio. Bajo perfil, dije, hasta que las cosas se calmaran un poco, pero…

«—Estás hablando pura mierda —siseó entre dientes, mirándome como si pudiera atravesar la pantalla de la laptop—. ¿Cuándo te ha importado mantenerte “bajo perfil” en algo, Ekaterina? Mientras más tiempo pases ahí, peor se van a poner las cosas, así que…

—No podemos dejar a Riden…

—¡Me importa una mierda! —explotó, su voz retumbando por las cuatro paredes. Rush de inmediato estuvo detrás de mí, con esa aura de querer quitarle la cabeza a mi jefe—. Pueden dejarlo ahí con Kendall y los demás, maldita sea. ¿Qué parte de que “ahora todo se complica más si el maldito de Alexey está trabajando con tu padre” no entiendes? ¡Estás siendo irresponsable, permitiendo que tus sentimientos nublen todo lo que te he enseñado!».

Y aunque una parte de mí sabía que tenía algo de razón, otra parte lo mandó directo a la mierda. Corté la llamada, ignorándolo el resto de la mañana. Que se ahogara en su rabia. Necesitaba jodidamente calmarse antes de que yo perdiera la cabeza por sus sobreprotecciones. Nadie se quedaría atrás. Llegamos juntos, saldríamos juntos. Si a Harrison no le gustaba, podía besarme el culo.

Pero si creía que ahí se acababan los problemas, era idiota. Ese mismo día por la noche, Kendall me tiró encima una montaña de papeleo de la baticueva que Harrison quería que transcribiera, ordenara, firmara, bendijera y tal vez bautizara. Me encerró en la oficina de Rush durante cuatro días seguidos.

Me estaba ahogando en tinta, letras y papeleo hasta el cuello. ¡En trabajo de oficina! Cerraba los ojos y veía números. Firmas. Sellos. Oraciones enteras desfilando en mi cerebro como condena eterna. No tenía tiempo ni para que Rush me arrancara un gemido. Me duchaba a duras penas, caía en la cama sin sentir sus labios y me apagaba como una vela.

Resultó que eso de trabajar en oficina era más desgastante que el campo, era cierto. Ahora entendía por qué Rush salía de su oficina como un león enjaulado y por qué se desquitaba entrenando con su equipo de élite hasta dejar a medio mundo al borde del colapso.

La rutina, el estrés y la sombra constante de que todo estaba a punto de explotar me tenían al borde. Y lo único que quería era un maldito respiro de todo ese caos.

—¡Esto es demasiado! —gemí, exhausta y con la vista cansada.

Estábamos a sábado.

¡Sábado!

Y aún esa maldita montaña de papeles inútiles no terminaba de desaparecer. Había comenzado con esto contenta y temprano porque ya me quedaban pocos documentos, pero no. Kendall pasó a la oficina a las dos de la tarde cargando con mucha más mierda en sus manos, depositándolos en el escritorio, dándome una mirada apenada.

—Solo faltan unos cuantos, cielo —intentó animarme mi rubio favorito al frente de mí, sin despegar la vista de su propio montón de papeles.

Amaba a Drake.

Dios mío, cómo lo amaba.

Si no hubiese sido por él, hacía días que hubiese perdido la cordura. El rubio se había ofrecido a ayudarme y yo había aceptado su ayuda sin vacilar. Mi espécimen se sintió desplazado porque también me había ofrecido ayuda, después de hacerme saber que no tenía que estar haciendo una mierda que me exigiera Harrison fuera del búnker.

Pero, entre cuidar a Riden, las infinitas reuniones con el consejo, sus especulaciones y su propio trabajo práctico, el hombre apenas podía respirar.

No le iba a dar otra carga más.

Además, yo era feliz cuando se distraía con Rise en el gimnasio de abajo, sacándole la mierda a su hermano, así como todo su estrés acumulado. Tampoco le iba a quitar eso.

Kendall también se había ofrecido a ayudarme, sin embargo, ella no podía mantenerse en silencio y concentrada en una tarea que ofreciera números, palabras y firmas por más de veinte minutos, así que tuve que cambiar de compañero.

Mila era mi mejor opción, pero rara vez la veía por el penthouse sin que estuviera colgada del brazo de mi piloto favorito con una sonrisa de oreja a oreja. La desplacé como opción cada vez que Rush rodaba los ojos y Rise hacía una arcada de asco cuando los veían juntos.

Joder a los Massey mayores era mi nueva actividad favorita y, si su hermana era esa espinita que los jodía, Mila entonces iba a convertirse en un objetivo divertido de usar.

—Drake, es sábado —resoplé, apartando los documentos de mi vista—. Llevo cinco días en esta mierda interminable. ¡Cinco! No aguanto otra cosa que contenga números en esto. Estoy harta. Deberíamos estar jugando a las escondidas, bailando en un pie, ¡no lo sé! Pero deberíamos estar haciendo otra cosa que no sea revisar hojas interminables de miseria.

—Bastante divertido debe de ser escuchar decirle eso a tu jefe —rió, regalándome toda la atención de esos preciosos zafiros azules—. ¿Cuántas veces te ha mandado al infierno ya? ¿Siete en todos los días que llevamos con esto?

Arrugué la nariz.

Sí, no había perdido el tiempo para llamar a Harrison al momento que Kendall me dejó todo el papeleo para soltarle la retahíla de palabras más larga y colorida de su existencia.

Él solo me dijo que le agradeciera que me había mandado eso y no a un escuadrón para secuestrarme y dejarme en el búnker donde debía estar.

La pelea no terminó ahí, si se me permite añadir, pero me dejó muda y aceptando su idea a regañadientes al amenazarme con que de verdad iba a mandar al escuadrón.

Mala idea si me lo preguntan.

Eso incitaría otra pelea entre Rush y él, y no quería estresarlo más de lo que estaba, por lo que aquí estaba: ordenando papeles de mierda, con un rubio precioso que me había ayudado desde el día dos.

—Es un imbécil —murmuré entre dientes.

—¿La edad le hizo esto? —Drake me sonrió.

—Ser amargado y decrépito se debe a las veces que se cayó por las escaleras cuando era chiquito.

El estrés y el fastidio me estaban consumiendo.

No podía seguir haciendo esto.

Cinco días encerrada en una bendita oficina, lidiando con documentos interminables y una constante sensación de frustración era horrible. El trabajo de oficina no era lo mío. Necesitaba acción, movimiento, algo que mantuviera mi mente ocupada y mi cuerpo en marcha. Esa monotonía estaba drenando mi energía y paciencia, y no podía más.

—A veces pienso que Harrison disfruta haciéndote la vida imposible.

—¿Solo “a veces”? —gemí contrariada—. Te aseguro que lo disfruta cada maldito día.

Drake tarareó divertido en respuesta, volviendo a sus papeles.

Suspirando, me quedé mirando la pila de los míos que aún me quedaban por revisar con ganas de incendiarlos todos. No pasaron cinco minutos completos cuando volví a escuchar la voz del rubio.

—Y, según tú —siguió como quien no quiere la cosa—, ¿qué canciones se bailan en un pie?

Levanté la mirada y enarqué una ceja.

—¿Quieres que te enseñe?

Drake dejó todo lo que estaba haciendo y salió de su silla, extendiéndome una mano.

—Por favor.

Sonreí, olvidando por un momento el estrés acumulado.

Me levanté de mi silla, tomando su mano y nos movimos hacia un espacio despejado de la oficina. El rubio aprovechó de sacar y colocar una canción desde su teléfono. Lo miré divertida cuando la melodía resonó por mi cabeza, siendo una de las tantas que sonó en esa horrible fiesta de fraternidad en donde había descubierto su pequeño club.

—No puedo creer que estemos haciendo esto —dije, pero no pude evitar reírme.

Comencé a moverme, levantando un pie y tratando de mantener el equilibrio mientras seguía el ritmo de la música. El rubio intentó imitarme, pero perdió el equilibrio después del tercer salto, lo que provocó que ambos nos riéramos.

—¡Así no se hace! —le dije, entre risas—. No puedo creer que pierdas el equilibrio tan rápido. Recuérdame nunca en mi vida confiarte mi propia existencia.

—¡Lo hago para hacerte sentir bien, tonta! —rió, sacudiéndome el cabello.

—Sigue diciéndote eso —suspiré divertida—. Observa y aprende, idiota.

Intenté mostrarle de nuevo, pero la risa hacía que fuera aún más difícil mantener el equilibrio.

El rubio, con su actitud despreocupada y su sonrisa contagiosa, logró hacer que por unos minutos me olvidara de los malditos documentos y del idiota de mi jefe, y si no fuera porque compartía sangre con otro pendejo, lo hubiese besado.

—Esto es una locura —sonreí, bajando el pie y respirando profundo—. Pero me hacía falta.

—A veces, la locura es necesaria —se encogió de hombros—. Y, además, siempre es bueno ver tu sonrisa, preciosa.

De repente, la puerta de la oficina se abrió y la menor de los Massey asomó la cabeza, alzando una ceja al vernos.

—¿Qué se supone que están haciendo? —preguntó, entrando por completo—. Sus risas se escuchan hasta en el piso de abajo.

¿Ella siempre tenía que verse reluciente en todo lo que usaba o solo yo lo notaba?

Era increíble que Mila, vestida tan elegante como podía estarlo para una tarde bastante acalorada, luciera tan bien con esa corta falda blanca, el top a juego y un spencer corto gris.

Toda su piel nívea destacaba en ese atuendo, resaltando aún más esas esmeraldas que tenía como ojos, esa cabellera negra azabache y sus habituales labios gruesos remarcados en pintalabios rojo. Le apostaba que su atuendo, más sus hermosos accesorios, costaban más que mi riñón.

Entre ella y Kendall habían disfrutado bastante de estar en Chicago y encerradas, arrasando con la tarjeta de Rush al dedicarse horas completas de compras en línea.

Al espécimen no le importó mucho eso tampoco con tal de que Mila no saliera del departamento. Su hermana lo aprovechó bastante, comprando cantidades de ropa tanto para ella y Kendall como para mí.

Me opuse las primeras doce veces, pero Mila no aceptaba un “deja de gastar el dinero de tu hermano en mí” como respuesta y se lo contó a Rush.

¿Estaría de más decir que el espécimen añadió un espacio gigante en su clóset solo para mí y las cantidades de ropa que me compró su hermana?

—Solo un pequeño descanso —suspiró el rubio divertido—. Necesitábamos desestresarnos un poco.

Mila sonrió y se acercó a nosotros, con una idea brillando en sus ojos.

—Creo que tengo una mejor idea que estarse desestresando en una oficina —hizo un baile con sus cejas—. ¿Qué tal si vamos a una fiesta esta noche? Conozco un lugar magnífico, y creo que todos necesitamos relajarnos un poco después de pasar días encerrados en esta caja de metal.

Drake bufó y yo lo acompañé.

—Esta “caja de metal” tiene cuatro baños independientes, siete habitaciones con sus respectivos baños, sin contar los de las dos oficinas enormes, un gimnasio, piscina, vista al lago y tres pisos, siendo el más grande el de tu hermano.

»Discúlpame por sentirme feliz encerrada aquí, cariño —resoplé, rebosando sarcasmo.

Su risa liviana y cantarina llenó la oficina.

—Me muero de ganas por enseñarte mi piso en Alaska —la chica me sacaba unos buenos ocho centímetros de ventaja, gracias a sus tacones de aguja blancos. Por eso me sacudió el cabello como si estuviese hablándole a una niña pequeña—. Pero lo digo en serio. Hemos estado encerrados aquí por más tiempo del que necesito. Merecemos una buena noche de distracciones, y el lugar que conozco es una distracción deliciosa.

Mila tenía un punto, pero por más que quisiera salir, las cosas no estaban como para…

—Vamos —tomó mi mano, interrumpiendo el tren de mis pensamientos, arrastrándome fuera de la oficina—. Puedes ir pensándolo mientras te preparo.

—Pero mi trabajo… —balbuceé, sonando idiota, volteando la cabeza solo para ver al rubio sonreírme burlón.

—Drake puede encargarse de eso —sacudió la mano como si el centenar de documentos sobre el escritorio fueran polvo—. ¿Verdad, Drake?

Estaba loca si pensaba que lo dejaría solo con esa montaña, pero su agarre mortal en mi muñeca no me dejaba muchas opciones.

—No hay problema —el rubio rió entre dientes, alzando la voz—. Buscaré a Nathaniel para que me ayude con esto. ¡Buena suerte, Bells!

«Imbécil».

Solo pude gruñir de malas mientras Mila me arrastraba hasta su habitación. Kendall estaba ahí, acostada boca arriba en una cama enorme, hojeando una revista que abandonó al instante en que Mila cerró la puerta de un portazo, dándome la bienvenida al lugar que había estado evitando por completo desde que les dio por jugar y convertirme en una Barbie hacía un par de días.

El cuarto de Mila era un espejo pulido de su personalidad elegante: sofisticación con chispa. Amplio, luminoso y encantador, parecía sacado de una revista de diseño. Al entrar, lo primero que llamaba la atención era la cama enorme, coronada por un dosel blanco perla, tenía un aire de cuento de hadas. El dosel de gasa flotaba con la brisa que entraba del ventanal, el cual ofrecía una vista espectacular del lago Michigan bañado por los últimos rayos del sol.

Frente al ventanal, una puerta corrediza de vidrio daba paso a un balcón amueblado con sillas de mimbre y una mesa baja de vidrio, perfecto para disfrutar una copa de vino al atardecer. Cosa que no me desagradaría probar mientras estaba aquí. En lo absoluto.

El colorido suave del cuarto combinaba con muebles modernos de acabados plateados. Una cómoda blanca, lámparas de cristal, un sofá de terciopelo gris claro, y hasta un escritorio minimalista con una silla ergonómica al estilo del espécimen.

Pero el verdadero paraíso era el clóset. Un santuario de moda para Mila y Kendall. Casi otra habitación en sí misma, con puertas de espejo que revelaban una colección impecable de ropa, zapatos y accesorios organizados por color y tipo. En una pared del clóset, había un espejo de cuerpo entero con luces alrededor, ideal para cuando ellas querían jugar a las modelos de pasarela, cosa que yo odiaba cuando me incluían, pero debía añadir que era culpa mía por pedirles que me distrajeran cuando no soportaba ver más letras de mierda en papeles interminables.

Detalles como cuadros abstractos, una planta alta en una maceta blanca, cojines de terciopelo, y una alfombra de pelo largo sobre porcelana oscura completaban el escenario. Era imposible ignorar el nivel de detalle.

—¿Terminaste con todos esos documentos ya? —preguntó mi mejor amiga, reacia.

—¡Ni de cerca! —respondió Mila por mí, soltando mi mano, solo para dirigirse al enorme armario que había convertido en su santuario personal de moda en los últimos cinco días—. Esta noche, nuestra querida Bells requiere un cambio de look completo.

Kendall saltó de la cama como si le hubiesen dicho que el apocalipsis venía con ropa gratis.

—¡¿En serio?! —chilló, feliz—. ¿A qué se debe? ¿Vamos a salir?

Mila tarareó afirmativamente, dándole la respuesta que necesitaba.

—Primero, no he aceptado nada —protesté, quitándome de encima las manos de Kendall—. Segundo, estoy muy segura de que Rush no aceptará ni porque se lo pidan bonito, y tercero, por si se les olvidó, está prohibido salir teniendo a Alexey más esquizofrénico que nunca desde la caída de su edificio.

—¿No eras tú quien se quejaba de estar encerrada un sábado? —gritó Mila desde el armario—. De Rush nos encargaremos luego, y lo demás…

—Te lo pasarás por el culo porque ya estás demasiado emocionada por dejar de ver las paredes de “la caja de metal” que odias —atiné, dejándome caer en el sofá gris.

—¿Qué comes que adivinas? —rió ella.

—Vamos, Bells. Tú no eres la única que ha estado nadando en un mar de estrés estos días —dijo Kendall, sentándose a mi lado—. Mila tiene razón en eso de tener una distracción. Además, te vas a divertir con nosotras en el proceso de tratarte como una princesa, y estoy segura de que amarás el resultado.

—¿Divertirnos? —repetí, incrédula—. Estoy segura de que su definición de “diversión” incluye mierdas como maquillaje, peinados complicados y ropa ajustada. ¿Desde cuándo eso es divertido?

—Desde siempre —respondieron ambas al unísono, ignorando de manera olímpica mis quejas.

—Su definición de “diversión” es una mierda —resoplé, justo cuando Kendall se levantó para unirse a Mila en su cruzada estilística.

Ambas volvieron a ignorarme mientras comenzaban a sacar una variedad de vestidos, zapatos y accesorios. Suspiros y resoplidos se convirtieron en mi banda sonora personal mientras veía cómo mi vida y mi tiempo se deslizaban por un tobogán de moda y glamour que no había pedido. Pero conforme pasaban los minutos y las risas de ambas idiotas llenaban la habitación, mi resistencia inicial se transformó en —si alguien alguna vez se atreviera a preguntarme lo negaría rotundamente— una ligera curiosidad. Y luego, casi sin darme cuenta, en una excitación latente después de darme la ducha más corta de mi existencia.

Kendall, con su habilidad innata para los peinados, comenzó a trabajar en mi cabello ya seco, transformando mis ondas naturales en un estilo suelto y elegante. Mila, con su ojo impecable para sacarme de quicio y vestirme con algo que me cortara la respiración, seleccionó un vestido negro ajustado con lentejuelas que abrazaba cada curva de mi cuerpo… asfixiándome, claro está.

—Te ves increíble, Bells —dijo Mila, arrastrándome al espejo de cuerpo entero para que pudiera ver el resultado final.

—Verme bien era lo mínimo que estaba esperando después de pasar horas en esta tortura —musité, mirándome de arriba abajo con lujuria.

Mis labios, resaltados con un vibrante tono rojo, mis ojos delineados y mi piel luminosa… Jesús.

Sabía que sin arreglarme era preciosa, pero cuando me dedicaba horas para resaltar esa preciosidad… Bueno, las cosas cambiaban.

—Si no dejo a más de uno babeando por mí en cuanto pise esa pista de baile, amiga, hiciste un trabajo asqueroso.

—Sabía que te encantaría —sonrió Kendall, ajustando los últimos detalles de mi peinado—. ¿Horas compensadas?

—Ni por asomo —reí, sacudiendo la cabeza.

—Voy a recordarte eso cuando Rush te desnude con la mirada —comentó Mila divertida, mientras me ayudaba a ponerme unos tacones que, aunque eran impresionantes, me hacían sentir como si estuviera caminando sobre zancos.

—Si él no me hace ver las estrellas y no deja el vestido inservible, también hiciste un asqueroso trabajo, cariño —respondí, sonriendo cuando ambas estallaron en risas.

—Te toca aplastarte en el sofá, querida —la pequeña Massey me llevó hasta el sofá y me sentó—. No sales de la habitación hasta que Kends y yo estemos listas. Así que, mientras tanto, ve pensando en qué diablos se le va a decir al cabeza dura que tengo como hermano para que acepte dejarnos salir de aquí. No voy a gastar tiempo en mí por nada —dijo, caminando hacia su armario de nuevo.

«Oh, joder».

A medida que ella y Kendall continuaban preparándose, me acomodé en el sofá, observando cómo ambas se movían con precisión y gracia, seleccionando cada pieza de su atuendo como si fuera una obra de arte. La emoción en la habitación era palpable, y a pesar de mi escepticismo inicial, no pude evitar sentirme arrastrada por su entusiasmo.

—Así que, ¿qué lugar es este al que vamos? —pregunté, intentando no parecer demasiado interesada.

—Es un club exclusivo del que soy miembro desde hace un par de años —respondió Mila mientras se pintaba los labios de un rojo intenso.

Confundida, giré la cabeza para verla por el espejo.

«¿Par de…?».

—Mila, tienes dieciocho —señalé lo obvio—. ¿De qué “par de años” me estás hablando?

—Te sorprendería lo que una buena cantidad de dinero, unos ojitos lindos, un apellido de renombre y la edad de quince años pueden hacer por ti —sonrió sin apartar la mirada de su reflejo.

Estaba preciosa en ese vestido plateado que resaltaba toda su belleza genética, pero antes de que pudiera responderle, dos de sus tres hermanos mayores entraron a la habitación.

El par se detuvo en seco al observar a su hermana y luego a mí.

—Creí que Drake estaba bromeando —suspiró Rise, apoyándose en el dosel de la cama.

—Y por lo incómoda que te ves con tan solo tener esos zapatos, diría que nada de esto fue idea tuya —siguió Riden, dejándose caer en la cama.

«Punto para él», pensé, cruzándome de piernas.

—¿Qué hacen aquí? —gimió Mila con disgusto.

—Mucho silencio, Nathaniel solo y ningún grito de frustración saliendo de la oficina de Bells —enumeró Rise, esbozando una pequeña sonrisa—. Llámalo curiosidad.

Ambos idiotas estaban demasiado bien arreglados como para pasar por aquí tan solo por “curiosidad”, pero lo dejé pasar.

No había que ser un genio para sumar dos más dos.

Aún en medio de mi renuencia a salir del departamento —o siquiera del edificio—, no notar lo bien que ambos lucían, vistiendo un par de jeans oscuros más las camisas y chaquetas que gritaban la estética Massey, sería delito. Estaban demasiado sexys para mis propias hormonas.

—Bueno, por ahí dicen que la curiosidad mató al gato —dije, arqueando una ceja mientras me cruzaba de brazos. Alcé las comisuras de mi boca con una sonrisa sabionda.

—Pero la satisfacción lo trajo de vuelta —replicó Riden, dándome su mejor sonrisa pícara.

«¿Querer besarlo de nuevo estaría mal?».

—No es que no sepa la respuesta ya, pero, ¿a qué se debe que estén aquí? —intervino Mila, señalando a ambos—. Riden no puede…

—No hables como si no estuviera aquí, Milanna. Además, muevo las piernas, no estoy inválido —cortó el susodicho de mala gana.

La mejoría de Riden era innegable. Sin embargo, entendía la renuencia de su hermana por dejarlo salir siquiera de su habitación.

Según el doctor Mason, aún le costaba respirar con normalidad, más otras cosas técnicas, impidiendo que nuestro vuelo a Escocia se retrasara por unos cuantos días más.

—Yo no dije que…

—Lo que Riden quiere decir es que iremos con ustedes. No hay más que hacer aquí y, para serte sincero, ninguno de los dos soportamos otros “ojitos bonitos” de ti al soldato —Mila gruñó y Rise rió—. Además, tener a Drake como su único guardián no termina de convencerme.

Sacudí la cabeza, aunque internamente me sentía mucho mejor ahora que contaba con casi todo el apoyo del clan Massey.

Quizás, con ellos a bordo, Rush no se pondría tan difícil… ¿cierto?

—Cómo gusten —suspiró, encogiéndose de hombros—. La invitación estaba abierta para quien quisiera anotarse, así que no veo por qué no pueden venir.

Mila volvió a concentrarse en su reflejo. Ahí Rise aprovechó para acercarse a mí, con esa sonrisa traviesa que volvía loca a cada mujer que tuviera el privilegio de verlo.

—Debo decir que ese vestido te hace ver exquisita —susurró en mi oído cuando tuvo la oportunidad de cernirse sobre mí—. Lástima que hayas escogido al otro bastardo. Si fuera por mí, lo que llevas puesto no duraría otros cinco segundos en ti.

Siguiendo su juego, alcé una pierna y se la enrosqué en su muslo derecho, acercándolo más.

—Si tú no estuvieras tan enamorado de mi mejor amiga, con gusto te dejaría hacer lo que quieras conmigo, guapo —le susurré a centímetros de su boca.

Sus preciosos ojos verdes se clavaron en mi boca y pasó su pulgar por mi labio inferior.

—¿Por quién me tomas? —su mano libre viajó por mi pierna. Me estremecí por el cálido contacto contra mi piel fría, y aún más cuando empezó a masajear hacia arriba. Se detuvo en mi rodilla—. Bien puedo besarte ahora mismo y tú ni reproches me darías, princesa.

Sabía que mis mejillas estaban ardiendo, pero antes de que pudiera contestarle al idiota, mi mejor amiga salió del baño.

La muy tonta estaba vistiendo un corto vestido rojo oscuro de tirantes que se ajustaba a su figura, con un escote precioso.

Kendall lucía todo lo que se ponía de una forma embelesadora. Por ende, el efecto fue inmediato: Rise se quedó mudo, su mirada fija en ella, incapaz de disimular su sorpresa y enamoramiento; Riden soltó una risa baja, del todo entretenido por la reacción de su hermano, luego de carraspear de manera sonora al notar lo hermosa que estaba mi amiga; y Mila ni siquiera pudo parpadear en cuanto su mirada se posó en ella.

—Esto será bastante divertido —dijo Riden, levantándose de la cama.

Kendall sonrió. Realmente estaba disfrutando de la reacción que había provocado.

—Bueno, parece que alguien más también está listo para robar todas las miradas esta noche —comenté, zafando el agarre de la pierna del Massey mayor mientras observaba la escena.

Esa tensión sexual que ambos emanaban al estar juntos en una habitación se hizo presente y subió como espuma, ahogando a todos los testigos. Kendall, como buena imbécil que era, pasó de Rise y se concentró en la pequeña Massey, quien le alzó un par de tacones hermosos aún más altos que los míos.

Mientras ella se apoyaba en la pared para colocárselos, Mila rodó los ojos al escuchar mi risita y la de Riden, volviendo a su reflejo con un suspiro dramático.

—Bien. Ya que todos estamos de acuerdo en que lucimos fabulosos, es hora de pensar en cómo vamos a convencer a Rush de dejarnos salir de esta “caja de metal”. Así que, Bells, cualquier idea brillante sería bienvenida ahora.

—¿No te ibas a encargar tú de eso? —gemí, cruzándome de brazos.

—Yo dije que lo dejaríamos de último —resopló, dándose sus últimos toques en su melena negra.

—Estamos jodidos —musitó Riden, volviéndose a sentar en la cama.

—Yo me encargo —suspiró Rise, encaminándose a la puerta—. Salgan y quédense en el vestíbulo mientras hablo con él.

Dicho eso, salió de la habitación sin dedicarle una segunda mirada a Kendall o a alguien en particular.

—De acuerdo —me levanté del sofá—. Vamos a hacer esto.

Miré una vez más el reflejo en el espejo antes de salir con mi séquito detrás, tratando de ajustar mi actitud junto con mi apariencia.

Si se iba a dar esta noche, tendría que sobrevivir con estilo.

♦ ♦ ♦

Rush

La noche se cernía sobre la ciudad, envolviendo la oficina en una atmósfera de tensión, incrementando el estrés que llevaba acumulando desde el martes. Ese día, expuse al consejo con seguridad que el Boss y Alexey estaban trabajando juntos, lo cual añadió una carga de trabajo adicional a la ya abrumadora cantidad que tenía. Desde entonces, la presión no había hecho más que aumentar.

Masajeándome las sienes, intenté aliviar el dolor persistente que me había acompañado durante toda la semana. Mi mirada se desvió de la comida que Soler me había dejado en el escritorio hace un par de horas, a la luz de la pantalla de la laptop, que me iluminaba el rostro. La tarea de concentrarme en lo que estaba leyendo se hacía casi imposible. El estrés acumulado desde la caída de la Linea D’Acciaio dificultaba mi capacidad de enfocarme en la redacción que tenía frente a mí.

Cada músculo de mi cuerpo estaba tenso, y sentía como si estuviera caminando sobre una cuerda floja. Había demasiadas piezas sueltas, demasiados cabos que atar, y el tiempo no estaba de nuestro lado.

La maldita combinación de factores me estaba llevando al borde de la cordura. No podía permitirme errores, no cuando tanto poder estaba en juego.

Mi mente trabajaba el doble, analizando cada ángulo posible, buscando cualquier detalle que pudiera haber pasado por alto sobre cualquier forma de alianza entre el imbécil de Alexey con el Boss. Pero por más que buscaba, no encontraba una mierda. Sabía que una pequeña omisión podía significar el fracaso total del puto esfuerzo que había dedicado a toda esta guerra interina, y fue por eso que designé a mi jodido grupo élite para que siguiera escarbando, pero no había nada y eso era lo que me estaba sacando de quicio.

—Joder —mascullé, intentando concentrarme otra vez en el correo electrónico que le había redactado a Kaela.

Para: Kaela.

Asunto: Prioridad Alta: Nuevo Cargamento de Armamento.

Se necesita un nuevo cargamento de armamento. Prioridad alta, por si no te quedó claro en el título. Asegúrate de que se le sea entregado a Justine y ahórrame los detalles sobre la ineptitud que tuvieron tus hombres con los dos últimos cargamentos que pedí. No necesito más lloriqueos.

Sin detenerme a restarle palabra alguna, envié el mensaje y, sin perder tiempo, abrí un nuevo correo para Justine.

Para: Justine.

Asunto: Cargamento Israelí.

El cargamento debería estar en tus manos mañana por la tarde. Hazme saber cómo llegó y estoy esperando el informe por parte de Erdem de cualquier maldita noticia que me haya conseguido sobre Alexey. ¿Por qué aún no lo tengo?

Enviado eso también, mis pensamientos volvieron a la investigación que estaba llevando a cabo sobre el Boss y Alexey. La idea de que pudieran estar trabajando juntos no era fácil de digerir, pero todas las señales apuntaban a esa posibilidad.

No podía hacer mucho desde aquí, sin embargo, mi equipo élite contaba con el jefe de mi mujer, a quién debían darle informes de cómo se estaba desarrollando la investigación, cosa que tampoco me gustaba. En estos momentos quería al viejo lejos tanto de mi campo visual, como del auditivo, después de cargar a Arabella con tantas mierdas inservibles solo porque se negó a una exigencia estúpida e improbable.

Aun así, él además de Justine, había estado en contacto constante, dándome nada nuevo. Me dejó dicho que no había encontrado nada concreto, pero que no descartara la idea aún. Según él, era muy probable, aunque pareciera absurdo.

Como dije, nada nuevo.

Entre eso y que cada vez que me hablaba me atropellara con su insistencia para que volviéramos al búnker, me tenía al borde de la exasperación.

Harrison no comprendía la complejidad de nuestra situación aquí. O tal vez sí lo comprendía, pero no le importaba una mierda.

Era inflexible, exigiéndome que tomara medidas drásticas, pero así como no le importaba, a mí menos.

«—¿Eres imbécil? No te lo estoy pidiendo, chico. No estás en posición de negociar conmigo sabiendo que si lo que le soltaste al consejo llega a ser cierto, ella está en peligro y no pienso correr con eso.

—Harrison, encárgate del equipo élite y deja de joderme con lo mismo —gruñí—. Ella estará bien. En cuanto Riden pueda tomar un puto vuelo, nos tendrás ahí —terminé y colgué la llamada».

Me pasaba por las bolas sus amenazas.

Mi prioridad era resolver el rompecabezas que tenía frente a mí. Además, el pensamiento de abandonar Chicago en este momento era inaceptable.

Riden aún se estaba recuperando, y, pese a que ya habían pasado unos días, el caos mediático por la caída del edificio de Alexey estaba lejos de calmarse. La destrucción de uno de sus lugares había puesto todo bajo un escrutinio aún más intenso, y manejar la caída mediática era un trabajo de tiempo completo.

La prensa sabía que Alexey Massey era el bastardo que tenía como figura paterna, así como también sabía que Riden, Rise, Milanna y yo éramos sus hijos.

No aparecía en ningún boletín informativo, porque el hijo de perra apreciaba la privacidad, colocándome a mí como su cara para cualquier cosa, pero no quitaba que la prensa lo supiera.

Lo que ella no sabía era que Alexey no solo era un empresario de renombre, sino que también era hijo del hombre que rigió el imperio mafioso italiano más peligroso del mundo.

Su doble vida era algo que no podía dejar que viera la luz. Y no porque me importara. Sino porque la protección que le daba cualquier jodido gobierno mundial, gracias a las conexiones que la dinastía ‘Ndrangheta le había brindado si llegaba a caer en manos de cualquier autoridad judicial, mis hermanos y yo no la teníamos.

Él se había encargado de eso.

De eso y de que hicieran negocios sucios con Riden, Rise o conmigo por todos los medios. Sería cometer traición contra él. Y la mayoría entendía que eso sería suicidio.

Por otra parte, por más que quisiera verlo pudrirse en la cárcel, no iba a ser posible. Dos días era lo máximo que podría durar ahí, pero los atentados a mis hermanos durarían tanto como él quisiera si me disponía a abrir la boca.

Entonces, si mantener mi boca cerrada garantizaba la protección de todos, jugaría su jodido juego otra vez, manteniendo todos nuestros secretos enterrados.

«Hijo de perra», gruñí, malhumorado.

Respiré hondo, tratando de ordenar mis pensamientos. Todo esto era como un juego de ajedrez, y yo no tenía más margen para otro error. Analizaba cada movimiento, buscando cualquier debilidad, cualquier ventaja. El Boss y el otro bastardo me estaban colocando contra la espada y la pared, si mis conjeturas llegaban a ser ciertas. Sabía que ya no era solo una cuestión de sobrevivir, sino de ganar. Y no había trabajado tanto para ver todo el esfuerzo irse al caño por una maldita alianza de último momento.

Unos golpes en la puerta interrumpieron mi concentración y la irritación brotó al instante.

—¡No estoy de humor para tus mierdas, Rise! —grité, sin apartar la vista de la pantalla.

Podía ser cualquiera.

Lo sabía.

Pero el muy imbécil había pasado los últimos cinco días jodiendo mi paciencia, ya que Riden era un ermitaño obstinado desde que Mason —el papá de Roelle—, era quien se encargaba de él y Mila estaba con el otro idiota la mayoría del tiempo.

Entonces, para mí martirio, este era el único lugar que Rise tenía para evitar a la cuñada maldita y sacarme de quicio mientras lo hacía.

Volví a masajearme las sienes cuando los pasos se alejaron, y el silencio volvió a llenar la habitación.

Silencio que duró poco.

El teléfono sonó, interrumpiendo mi breve momento de paz. Miré la pantalla y el nombre de Erdem brilló en ella. Al menos una llamada útil.

—¿Escribir se te hacía complicado? —pregunté, intentando mantener mi voz neutral.

—No, señor —oír su nerviosismo al otro lado de la línea fue lo que me hizo gruñir.

—No hay nada.

No era una maldita pregunta.

—Por eso no le he mandado el informe, señor —habló luego de carraspear—. No hemos…

Colgué la llamada, estampando el teléfono en la mesa, dejando que la ira empezará a brotar.

¿Cómo diablos no?

¡Tenía que haber algo!

Lo que fuera.

Una maldita alianza de tal magnitud no podía pasar desapercibida en Las Sombras. ¿En dónde más tenía que buscar? ¿Qué otra jodida piedra tendría que remover?

«Maldita sea».

Interrumpiendo otra vez, la puerta se abrió. Levanté la vista, listo para terminar de matar al imbécil, sin embargo, lo que vi no era lo que estaba esperando.

«Dios Santo, ¿qué diablos trae puesto?».

Mi princesa estaba de pie en el umbral, luciendo un vestido negro corto que resaltaba y se amoldaba en cada curva de su cuerpo. La cascada de su cabello azabache en ondas caía por su espalda, y sus labios estaban pintados con un labial rojo que destacaba en contraste con su piel.

—Por como todo sonaba, pensé que necesitabas un descanso —habló con una sonrisa que iluminó la habitación, dando cortos pasos hacía mí.

—Quítate el vestido y ahí puede que tome mi descanso —dije, posicionándome entre sus piernas cuando decidió sentarse sobre el escritorio.

Me sorprendió verla usando esa ligera capa de maquillaje.

Era sutil.

Me permitió ver sus pecas preciosas abundando en su rostro, desde la nariz hasta sus mejillas, pero resaltaba cada una de sus facciones, y mentiría si no quisiera verla así más a menudo.

—¿Sabes? Tenerte encima de cada escritorio mío está empezando a ser mi vista favorita —subí el borde del exquisito vestido, pasando mi mano por el interior de sus muslos, deleitándome por esos sonidos pequeños que salían de su boca—. De nuevo —apreté las caras internas de dónde ella podría ahorcarme si quisiera, ganándome otro gemido—. Jódeme si no extrañaba esos putos sonidos proviniendo de ti, princesa.

Arabella había estado tan saturada en interminables mierdas que Harrison le había mandado, cayendo así rendida en cuanto tocaba siquiera el borde de la cama. Por lo que sexo no era algo de lo que hayamos tenido ambos. Y aunque yo también había estado hasta el techo de cosas por hacer, cada que mi mujer decidía aparecerse a mi lado por minúsculos momentos, mi polla decidía levantarse. Me colocaba las bolas más azules de mi puta vida, al recordarle que no íbamos a obtener una mierda.

Por mi bien y el de Rise —con quién sacaba mi frustración en mis momentos libres—, no podía soportar otro día.

Mi mujer tarareó en respuesta, arrimándose hacia atrás cuando mis dedos escarbaron hacia adelante, listos para jugar con su pequeño coño escondido.

—Princesa —reñí, perdiéndome en el cómo mordía su labio inferior para ocultar una sonrisa—. Me estás matando.

—Bien —arrimó mi silla hacia atrás con el tacón blanco de su calzado para cruzarse de piernas—. Así puede que no me niegues lo que voy a pedirte.

Sacudí la cabeza.

El que creyera que había cualquier cosa en el mundo que yo pudiera negarle se me hacía demasiado divertido. Pero quería jugar con eso. Así que, dejando caer la espalda en el respaldo, borré cualquier rastro de emoción de mi rostro.

—Creí que venías porque necesitaba un descanso —señalé, alzando una ceja.

—Algo así.

«“Algo así” mis bolas».

—¿Qué es?

—Pues… Verás, los chicos y yo hemos…

—Tienes tacones y un vestido, cariño —reí, interrumpiéndola—. Dudo mucho que tú hayas tenido votación en lo que sea que tratas de decirme —me dio una mala mirada—. Voy a hacértelo sencillo: la respuesta es no.

Iba a aceptar su propuesta, pero observarla colocar un puchero y que me rogara en el proceso era más divertido.

—¡Ni siquiera me has dejado…!

—Me insulta que creas que soy estúpido —volví a interrumpirla con una sonrisa irónica—. Por más que me encante creer que te vestiste así para mí, Anderson estaba solo con Nathaniel cuando pasé a echarte un ojo hace un par de horas. Además, estaba bastante comunicativo.

Mi mujer arrugó la nariz y suspiró en rendición.

–Bien, bien —entrelazó sus preciosas piscinas oscuras con mi mirada—. La idea era pedirte permiso, pero estoy cambiando las cosas de último minuto. Has estado aquí encerrado por días, mi amor. Necesitas salir, despejarte. Todos vamos a ir y quiero que tú también vengas. Si vas, te prometo que nos iremos a la hora que quieras si te aburres, pero por favor…

No dije nada. Mis acciones cortaron su balbuceo. Fue cuando agarré mi chaqueta del perchero junto a la puerta, que empezó a hablar de nuevo.

—¿Qué…?

—Desde que soltaste ese jodido “mi amor” el placer que tenía por verte rogar se fue a la mierda, princesa —dije, dando dos zancadas, quedando frente a ella—. Vamos.

—Rush, no tienes que hacerlo si no quieres… —empezó, pero la interrumpí con un leve beso en los labios.

—Princesa, si quieres salir, vamos a salir —le susurré al oído. Esbocé una corta sonrisa al sentir cómo se estremeció. Me separé para verla—. A éste punto, espero que entiendas que cualquier cosa que salga por esa preciosa boca, la cumpliré sin importarme qué extravagante o irresponsable sea.

Arabella me regaló su sonrisa más grande y juguetona, mirándome con burla.

—Quiero la luna, el collar con más diamantes conocido por el hombre y la paz mundial. ¿Puedes conseguirlo?

Reí suavemente y la miré con complicidad.

—Dos de tres, princesa.

Ella rió también, sacudiendo la cabeza.

—No quiero saber cuáles son esas dos de tres.

La besé con suavidad de nuevo, disfrutando del momento de calma que me brindaba su presencia. Luego, ambos salimos de la oficina. En el pasillo, encontramos al imbécil, quien se encogió de hombros al vernos.

—Ni siquiera intentaste hacerlo entrar en razón, ¿verdad? —le soltó mi mujer, fulminando a Rise con la mirada.

—Lo intenté. Pero primero, me mandó al diablo, y segundo, no tengo un coño para convencerlo —respondió, con una media sonrisa.

Arabella resopló y rodó los ojos, pero esa sonrisa juguetona que se había dibujado antes seguía presente en sus labios. Y se hizo aún más grande cuando resoplé al notar a todos bien vestidos, esperando en la sala.

Por un segundo me encontré preguntándome por qué Mila había decidido salir sin la compañía de su habitual garrapata. Pero sacudí la cabeza al instante. Primero, no era mi puto problema, y segundo, cualquier cosa que me librara de otra demostración de amor entre esos dos me servía bastante.

—Me estaba preguntando si ibas a salir de ese caparazón que tienes como oficina —se burló mi hermana, contagiándose de la sonrisa de mi mujer.

—Por muy hermosa que te veas metida en ese vestido, puedo negarle la salida a todo el maldito mundo y devolverme a mi caparazón, Mila —dije con un tono serio.

Los ojos verdes que compartía con Rise brillaron con escepticismo… por un momento, antes de cambiar a una mirada sabionda.

—Le acabas de decir que sí a ella —señaló a mi novia—. No vas a cambiar de opinión ni porque yo te fastidie la existencia.

Arqueé una ceja en su dirección. ¿De verdad quería probarme?

—¡Vámonos! —soltó Arabella con rapidez, acallándome con un beso fugaz en los labios.

Las risas de todos se hicieron presentes y Rise aprovechó la distracción para introducir el código en el panel del ascensor. Las puertas plateadas se abrieron antes de que pudiera decir algo, y la multitud empezó a empujarme hacia el interior sin esperar algún discurso por mi parte. Al cerrarse, la bajada al estacionamiento fue rápida, pero no lo suficiente como para que mi cabeza no volviera a darle vueltas a todo lo que tenía encima, cargándome de mal humor.

—¿A dónde? —le pregunté a Rise con un suspiro, saliendo del ascensor y encaminándome a mi espacio particular.

—Tú solo sígueme y ya —respondió, sacando las llaves del Lexus y desactivando la alarma.

No tuve que preguntar si los demás irían con él. Los vi dividirse en la camioneta, cerrando las respectivas puertas al entrar.

Estaba a punto de hacer lo mismo con el auto menos llamativo que tenía en mi colección, el cual venía usando desde el martes para diligencias cortas, pero me detuve al escuchar otro tintineo. Me volteé para encarar a Arabella, quien sacudía unas llaves con una sonrisa enorme, apoyada en el extremo de la idea que tenía en mente.

—¿Hace cuánto tenías planeado todo esto? —reí, rascándome una ceja con el pulgar.

—Trece minutos antes, para ser exacta —me lanzó las llaves, luego de desactivar la alarma—. Mientras que Rise hacía su “trabajo” para convencerte, estaba aquí, admirando cada bendito auto de exhibición mientras elegía en cuál ir. Este fue el que ganó.

No le resalté que quien me había terminado de convencer fue ella.

No le veía el punto.

Además, me concentré en contemplar cómo no esperó para introducirse al McLaren descapotable negro. Muy feliz, de hecho.

—Vas a dañar tu peinado —le dije, deslizándome en el asiento conductor.

Arabella soltó entre un resoplido y un chillido de excitación al encender el coche.

—Me importa tanto como me importaba salir de aquí hoy —chilló, alzando los brazos cuando la brisa al salir del estacionamiento golpeó con fuerza.

Su energía era contagiosa y ella lo sabía. Me guiñó un ojo mientras se disponía a encender el estéreo del coche, conectarse desde su celular y poner, a mi parecer, la discografía completa de un tal Alex Morgan.

Veinte minutos de viaje pasaron volando entre seguir a Rise, escuchar a mi mujer cantar cada canción que sonaba a todo pulmón —llegando a las notas a duras penas—, y reírme al observar ese nivel de felicidad que me encantaba darle.

Por lo general, veía esa expresión cuando tenía cualquier tipo de arma potente en sus manos, así que verla de ese modo, por solo cantar unas cuantas canciones, era embriagador.

Al aparcar en el estacionamiento del lugar, situado en un bullicioso rincón, iluminado apenas por faroles modernos que proyectaban sombras alargadas sobre los demás coches, la primera persona que se bajó de la camioneta fue Mila. Luego, una muy sensual cuñada maldita, guindándose del brazo de mi hermana cuando tuvo la oportunidad. Mi mujer decidió seguirles el juego a ambas cuando abrieron la puerta y, entre las tres, se encaminaron a la entrada del club.

Las dos filas larguísimas que decoraban las puertas eran abrumadoras. Pero ese pensamiento quedó en el olvido cuando observé la fachada externa del lugar. Era moderna y elegante, con luces brillantes que contrastaban con la oscuridad de la noche. Desde aquí, el sonido lejano de la música comenzaba a filtrarse, un pulso vibrante que prometía un severo dolor de cabeza a la mañana siguiente.

Esperé a los demás sentado en mi capó, dejando que las chicas vivieran en su propia nube, llegando a los dos tipos de seguridad detrás de un cordón rojo de terciopelo, controlando quién entraba y quién no.

—Está insoportablemente feliz —gruñó Riden, llegando a mi lado.

Verlo vestido con otra cosa que no fuesen las vendas en su pecho y un pantalón de chándal, me hacía tanto ruido visual, como me aliviaba de gran manera.

—Ya mátala.

—Yo estoy a punto —siguió Rise de mala gana, llegando con un Anderson muy contento—. Tanto parloteo chillón en la camioneta iba a volverme loco.

—No sean tan duros. Las cosas entre ella y Nathaniel dieron un vuelco hoy y… —se calló al instante en que mis hermanos y yo lo miramos—. ¿Por qué me ven así?

—Porque los temas entre mi hermana y su garrapata son de lo mínimo que quiero saber hoy —resoplé, dirigiéndome hacia una muy saltarina Mila, quien nos hacía señas, ya estando a nada de entrar al club.

—Para ser hermanos… —rió Drake entre dientes.

—Que agradezca que la deje dormir con él en su habitación más bien.

—Me parece estúpido que aun piense que no lo hayas notado —señaló Rise, burlón—. Si tú no quieres tanto drama, puedo intervenir por ti. Sería divertido.

Anderson bufó.

—La última vez que tú y Riden intervinieron en algo, les regalaron a ambos una gripe infernal al dejarles caer una cantidad estúpida de agua por estar paseando por el jardín en Chovert —rebatió.

Sacudí la cabeza.

«Por supuesto».

Me había enterado de eso por Justine, quien también quería arrancarles la cabeza a ambos idiotas cuando Mila no pudo levantarse de esa camilla por dos días seguidos.

Riden y Rise soltaron un par de risas y los tres siguieron hablando sin parar de como Mila y su garrapata los tenían hartos desde que ella le puso los ojos encima, hasta llegar a la altura de las chicas.

Mi mujer al instante en que le di un ligero beso en su cuello se echó hacia atrás, dejando caer su espalda en mi pecho. Disfrutando de esa sensación, entrelacé los brazos en su pequeña figura, apretándola más hacia mí, embriagándome de ese olor exquisito que tenía encima.

—La próxima vez, vayan y tárdense otros diez minutos hablando sobre lo muy larga que tienen la polla —siseó Mila, impregnándole todo el sarcasmo que pudo antes de dirigirse a uno de los hombres en la puerta y sonreírle sin decoro—. Listo, Mitchell. Ahora sí estamos completos.

El hombre nos dio una mirada a todos y solo le asintió a mi hermana.

—Que tenga una buena noche, señorita Massey —dijo, quitando el cordón rojo de la entrada.

Seguido de unos chillidos muy agudos por parte de ella y Kendall, seguí al trío femenino al interior del lugar. Una vez dentro, la entrada se extendió a un vestíbulo minimalista con un toque futurista, donde el mármol negro relucía bajo la iluminación suave y estratégicamente colocada.

El pasillo principal conducía a la sala principal, un vasto espacio de techos altos que parecía respirar energía. Las luces danzaban en sincronía con la música, proyectando aros de color que atravesaban la neblina artificial.

No era mi primera vez en clubes nocturnos, pero sí era mi primera vez en un club del que Mila era la principal inversionista. Ver cada rincón diseñado para impresionar, desde los sofás de cuero negro hasta las mesas de cristal iluminadas desde abajo, era bastante formidable.

Mila lideró el camino hacia una mesa reservada en una esquina privada, lejos del bullicio principal, pero aún lo bastante cerca como para sentir la energía del lugar. Mi mujer se deslizó en el asiento junto a mí, mientras el resto del grupo tomaba sus posiciones alrededor de la mesa.

—¿Y bien? —sonrió mi hermana, alzando un poco la voz—. ¿Qué opinas?

Alcé una ceja a su rostro iluminado por las luces rojas y azules del club.

—Que te dejaron mucho tiempo sin supervisión cuando tenías tus quince —respondí, ganándome una risita—. Avísame cuando necesites un socio.

Sus ojos se expandieron con sorpresa.

—¿En serio? —balbuceó—. Pero dijiste…

—Dije que lo iba a ver con el tiempo, preciosa. Y para ser tu primera inversión grande, el club está en su punto. Formaré parte. Solo quería ver qué tanto crecías por tu cuenta.

Mi hermana, aunque estaba empezando a cursar su carrera de psicología en la APU de Alaska, se había interesado en los negocios de clubes nocturnos desde que cumplió los quince años. No me entrometí en su decisión cuando me lo comentó, pero tampoco la ayudé con eso. El apellido que tenía de por sí la ayudaba en lo que se estaba planteando, por lo que no le vi el punto. Lo que sí le dejé en claro es que dependiendo de cómo le fuese en su primera inversión, la ayudaría en lo que viera viable.

No le gustó mi respuesta, sin embargo, mi negativa fue lo que la incentivó a secundar otra carrera en negocios, contratar tutores privados y fajarse en conseguir un local factible para su inversión.

No le fue mal, para ser honesto.

Hideaway ya tenía dos años abierto y la gente seguía adorándolo. Su inauguración fue televisada por varias cadenas nacionales y desde ese momento su fama no había hecho más que subir.

—¿Eres dueña del club? —cuestionó mi novia, tan sorprendida como mi hermana—. ¡Pero me dijiste que solo eras miembro!

—Soy miembro, tonta —rió, saliendo de su asombro—. Es solo que…

—Es un miembro activo que invirtió todo su fideicomiso, sacando el triple de lo que invirtió —comentó Riden, aburrido como de costumbre—. Eres básicamente la dueña, ridícula. La principal inversora de todo esto.

—¿Puedo invertir también? —preguntó la cuñada maldita emocionada, al lado de Anderson—. He estado buscando un lugar así desde que salí de Londres. ¡Esto es perfecto!

Mi novia ladeó la cabeza con rapidez, viendo a su amiga como si le hubiese crecido una segunda y tercera cabeza. Antes de que mi hermana dijera algo, ella habló demostrando estar bastante consternada.

—¿Tienes dinero?

Kendall mostró su blanca dentadura con una sonrisa completa.

—Dejarte pagar por mis cosas era más divertido. Además, gracias a eso, ahorré lo suficiente como para invertirlo en un club increíble. ¿Qué tan genial es eso?

Mi novia resopló indignada.

—¡“Genial” será cuando te pase la cuenta de todo lo que me hiciste gastar en tu trasero tacaño! —exclamó, haciéndonos reír a todos.

—Por mucho que me encante toda la atención que el club está recibiendo, no los traje a ninguno para hablar de negocios —empezó a decir mi hermana emocionada, justo en el momento que dos meseros entraron a nuestro espacio, listos para recibir pedidos—. Se puede decir que la casa invita, así que… ¿qué quieren?

Anterior
Siguiente
  • Inicio
  • Acerca de
  • Contacto
  • Política de privacidad

© 2025 LeerNovelas. Todos los derechos reservados

Iniciar sesión

¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

Registrarse

Regístrate en este sitio.

Iniciar sesión | ¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

¿Perdiste tu contraseña?

Por favor, introduce tu nombre de usuario o dirección de correo electrónico. Recibirás un enlace para crear una nueva contraseña por correo electrónico.

← Volver aLeer Novelas