1. Let's Play - Capítulo 59
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Capítulo 59: 57
Los ocho caminos del infierno
Las lágrimas derramadas en el juego ya no me sirven. Lo que me sirve es cobrar
Pisando el pedal del acelerador, volamos por las calles de Londres. Aunque aún no era tan tarde, estaban inquietantemente vacías, iluminadas de punta a punta, pero desprovistas de vida.
«Demasiado vacías para ser Londres por la noche».
Con mis sospechas recayendo en Harrison por el misterioso milagro, miré por el retrovisor, encontrándome con Isabella todavía mirando hacia adelante, apenada, mientras Rory y Andrew compartían una incomodidad palpable. La atmósfera en el vehículo era espesa gracias a la alemana, pero no podía permitirme distracciones. Necesitaba estar enfocada, así que mantuve la vista fuera del retrovisor.
Luego de varios kilómetros recorridos, Viveka habló.
—Nos dirigimos al punto de encuentro, caporegime —anunció por el auricular, con voz firme y baja.
Apreté el volante con tanta fuerza que los nudillos me pasaron de blancos a rojos.
Esto tenía que salir bien.
Ella dependía de esto.
—Mantengan la formación hasta el punto —respondí, el corazón latiéndome a mil por segundo.
Una serie de afirmaciones rápidas y disciplinadas de cada equipo me tranquilizó un poco. Me concentré en la carretera, dejando que la familiaridad de la misión me diera fuerzas. No era la primera vez que lideraba una operación de este calibre, y sabía que podía hacerlo.
El viaje fue un poco largo, pero transcurrió en silencio, roto sólo por las comunicaciones esporádicas entre los equipos. Cada minuto que pasaba sentía que la ansiedad se aliviaba un poco más, transformándose en una determinación férrea. Miré a mi alrededor, notando cómo el paisaje urbano daba paso a un entorno más desolado y forestal.
Estábamos cerca.
—El equipo seis ha llegado al punto de encuentro —informó Viveka después, rompiendo el silencio.
Reduje la velocidad y, pasando la caravana de camionetas, miré hacia adelante, divisando a duras penas las torres del viejo castillo que servía como nuestro objetivo. La oscuridad de la noche nos envolvió como una mortaja, ayudándonos a camuflarnos con el imponente bosque que se erguía ante nosotros.
Una respiración profunda fue todo lo que tomé antes de estacionar delante del equipo seis y apagar la camioneta. Al bajar no hizo falta mirar hacia atrás para asegurarme de que mi equipo me seguía, los sentía respirándome en el cuello.
Saltando la desgastada barrera de contención, caminé unos cuantos metros más, quedando al ras del comienzo del bosque. Acomodando la ametralladora que me colgaba del pecho, me apoyé en uno de los árboles y esperé a que el escuadrón completo terminara de estacionar las camionetas y llegaran. Mientras esperaba, repasé el plan una vez más en mi mente.
Sabíamos que La Fosa era un lugar que caminaba por todo Londres, saltando de punto en punto cuando lo requería. Para nuestra suerte, esos saltos que daba a veces podían tardar hasta cuatro años en hacerse. Mover tal cantidad de gente de un lado a otro, no era algo que a Foster le gustaba. Podías llamar mucho la atención si no sabías cómo hacerlo, y Foster era muy cuidadoso con eso. Era, al fin y al cabo, el negocio quien lo mantenía a flote.
Gracias a eso, dar con la ubicación de La Fosa no nos tomó mucho trabajo. Unas preguntas por aquí y por allá por parte de Harrison y estábamos listos.
Ahora, lo difícil de esto no era tanto entrar. Aquí, la verdadera dificultad era salir sin llamar la atención de medio gobierno inglés ya que, para mi desgracia, al idiota de Foster se le había ocurrido la gran idea de meter a más de quinientas personas a “vivir” debajo de un patrimonio histórico nacional tal y como lo eran las ruinas del castillo de Goodrich.
Antes, me hubiese preocupado mucho más por la ubicación, pero justo en estos momentos, no me importaba. Recuperar a Arabella era lo más importante para mí, por ende, volar en pedazos cada parte de las ruinas del castillo, alertando a todo el gobierno inglés, me importaba muy, muy poco.
Era por eso que el plan contaba con dos fases: la primera consistía en ingresar al interior de La Fosa, y la segunda, como medida de prevención, consistía en tener refuerzos aéreos externos.
Foster era inteligente. Además, en el momento en el que pisáramos el primer piso de La Fosa, estaba un noventa y tres por ciento segura de que todo el maldito mundo se iba a dar cuenta de nuestra presencia.
Las noticias viajaban rápido, mucho más si eran para Foster. Harrison sabía que él no dudaría en enviar refuerzos si se trataba de una verdadera extracción de alguno de sus prisioneros. Debido a eso, Aaron fue llamado de imprevisto. Los tres trazamos un plan no tan tradicional, pero para accionar dicho plan, una sola persona no era suficiente. He ahí el porqué de que ni Mila, ni Nathaniel, ni Collin formarían parte de la extracción en tierra.
Ellos se encargarían de sobrellevar todo lo que pasara en el exterior desde las alturas, comprándonos tiempo si las cosas se complicaban. Aaron también añadió un sistema de comunicación inusual: granadas. Tanto para volar a los refuerzos en pedazos como para avisarme cuando las cosas estuvieran bastante feas arriba, las granadas, para él, serían esenciales. Sin embargo, el pequeño detalle se encontraba en qué tantas granadas podría soportar el lugar sin que terminara colapsando sobre nosotros.
—Kendall —la voz de Zach exigiendo mi atención, cortó el hilo de mis pensamientos.
Parpadeé para despejarme y lo busqué. Me despegué del árbol al notar que no solo estaba él, sino todo el escuadrón ordenados en cuatro filas, esperando por mí.
Si hubiésemos planeado esto con más tiempo, dudaba que nos hubiese salido así de bien: la noche nos arropaba, el bosque estaba despejado, y solo el sonido de los grillos y el río cercano rompía el silencio.
—Se saben el plan, se saben el mapa —comencé con voz firme, sin perder el tiempo—. De aquí a allá se mantendrán los equipos y las formaciones formadas en el aeródromo. Una vez dentro del lugar, sí tomaremos las formaciones habladas con anterioridad —reparé en cada uno de ellos, esperando que mis palabras se incrustaran en sus cabezas—. Lo dije una vez y lo volveré a repetir: no quiero ni permito errores. Pisaremos territorio enemigo en menos de quince minutos. Me niego a aceptar margen alguno de error. Si por alguna de sus estupideces el rescate falla, lo mínimo que les va a preocupar será Harrison —moví mis piernas. Pasé por cada fila, erguida y manteniendo el mentón en alto—. Háganme fallar aquí y les aseguro… les prometo que Grant Harrison se quedará diminuto a mi lado.
El no escuchar palabra alguna salir por la boca de Adalia Schröder al pasar por su lado, me hizo entender que de verdad comprendía la gravedad del asunto.
Puede que no le gustara gastar sus “energías” en un rescate “caprichoso” como ella le decía. Pero sabía que, si fallábamos esto, su culo tendría que olvidarse de encontrar pista alguna de Rush ‘Ndrangheta.
—De aquí a las ruinas del castillo tenemos varios metros que recorrer. Espero observar ahí el fruto de todo el entrenamiento que tuvieron en los últimos meses. No quiero que nadie se quede atrás, exceptuando a mi equipo, ¿sí soy clara?
Recibí una afirmación al unísono mientras volvía a mi posición inicial. Con una leve inclinación de cabeza, señalé el camino.
—Viveka —la mirada de la alemana chocó con la mía—, corre.
Al momento en el que la alemana echó a correr, las filas se rompieron y cada equipo se lanzó a correr tras ella.
Asegurándome de que no quedara nadie atrás, seguí el ejemplo y eché a correr también.
Los metros que recorrimos fueron un borrón de ramas crujientes bajo nuestros pies y el rugido constante de nuestros pasos sincronizados. Los árboles se alzaban como sombras amenazantes mientras Viveka lideraba con rapidez, moviéndose con la precisión de un reloj suizo. El resto del equipo mantenía el ritmo, sus miradas enfocadas en el objetivo. La adrenalina me bombeaba por las venas, pero no permitía que me abrumara. Cada músculo en mi cuerpo se tensaba con la anticipación, pero mantuve la mente fría y calculadora.
—Tengo una pregunta —dijo Adalia, sin aminorar el paso, estando unos metros delante de mí.
Torcí el gesto. ¿Qué rayos quería ahora?
—¿No pudiste hacerla antes de partir? —contesté a regañadientes.
—No —respondió, utilizando un tono jocoso, raro en ella—. Sé que estoy encargada de que nadie entre o salga sin que lo sepas, pero en La Fosa, ¿qué se supone que tengo que hacer si hay solo una salida y esa salida también es la entrada?
Contagiándome de su repentina diversión, reí entre dientes.
—Viveka te encargó las escaleras, ¿no?
—Sí.
—Entonces, desde ahí, asegúrate de dispararle a todo lo que se mueva. Literalmente tu trasero depende de qué tantas personas dejes escapar por tu ineptitud, Adi.
—Graciosa —siseó, molesta.
—Siempre —dije, soltando una risotada, sin dejar de correr.
Lo último que escuché de su parte fue su resoplido antes de que su hermana tomara la palabra.
—Objetivo a la vista —anunció la otra alemana.
Nos detuvimos al borde del claro que rodeaba las ruinas del castillo de Goodrich. La estructura se alzaba imponente y sombría contra el cielo nocturno, sus muros desgastados por el tiempo. Pese a lo impresionante que era, aun no entendía cómo diablos Foster había hecho para que este lugar terminara siendo el corazón de La Fosa.
Todo seguía en silencio.
Observando las ruinas, en las torres que se encontraban medio decentes se podía entrever algo de luz saliendo de sus ventanas. Dudaba que alguien estuviera ahí. Además, si todo esto estaba a un paso de caerse, no me quería imaginar cómo estaba el interior subterráneo.
Miré a la alemana esperando sus indicaciones, pero ella solo frunció el ceño.
—Viveka —insté al no obtener respuesta.
—Yo…
—Los sensores indican que sí hay movimiento —salió Riden por ella, sosteniendo en alto una pequeña pantalla negra—. Decenas de movimientos. Pero por cómo se mueven, diría que es desde abajo.
Resoplando, miré el castillo.
—Vamos a averiguarlo —mascullé más para mí misma que para los demás—. Equipos en posición. Viveka, vas tú —ordené, yendo tras ella en cuanto volvió a correr.
El escuadrón se dispersó, moviéndose como sombras en la oscuridad. El equipo de Viveka junto al equipo cinco tomaron el flanco izquierdo, avanzando con sigilo entre los árboles. Los equipos de Rise e Isaac se posicionaron en el lado derecho, listos para cubrir cualquier contingencia y los equipos restantes avanzaron en conjunto a ellos.
La mirada la tenía fija en el enorme hueco en donde debería estar la puerta principal del castillo, por lo que, sacando la pequeña linterna que mantenía en mi cinturón, alumbré el camino mientras avanzaba con mi equipo.
Nos movimos como un solo ente, nuestras armas listas. El silencio era casi absoluto, roto solo por el crujido ocasional de una rama bajo nuestros pies. Nos acercamos a la entrada del castillo, nuestras sombras fusionándose con las paredes de piedra. Al entrar de una vez al castillo, cada uno se movió con una mezcla de cautela y determinación. Las paredes de piedra estaban frías y húmedas al tacto, y el aire estaba cargado de un olor rancio.
Los corredores se alargaban ante nosotros, cada esquina un posible escondite para los hombres de Foster. Mantuve la ametralladora lista, mis ojos escaneando cada sombra.
—Equipo siete a la izquierda, equipo dos lo respalda —empecé a susurrar las órdenes—. Equipo cuatro y tres conmigo al centro, y equipo siete y ocho con Viveka, a la derecha. Manténgase alerta, pero empiecen la búsqueda por la puerta hacia la fosa.
Todos acataron con rapidez y comenzaron a moverse. La tensión en el aire era palpable, cada paso resonando en el silencio opresivo. Cada equipo barrió de arriba abajo sus lados correspondientes, pero no encontraron nada, ni siquiera algún hombre que trabajara para Foster. Según Isaac, las luces de las torres se habían fijado hace años, así que no había de qué preocuparse.
Seguimos buscando. El tiempo pasaba y la ansiedad se acumulaba. Sabía que cada segundo contaba, así que volvimos a recorrer corredores vacíos, revisamos más puertas desvencijadas y nos adentramos a más cámaras que solo contenían muebles empolvados y telarañas.
—Para ser considerado un patrimonio nacional, a esto le falta una limpieza profunda —protestó Adalia a mi lado, sacudiéndose las telarañas que le habían caído encima.
Mi frustración estaba comenzando a aflorar.
—¿Qué más falta? —mascullé para mí misma mientras barríamos otra sala vacía.
—Caporegime, no hay nada —suspiró Anna—. En el ala este no hay nada.
—Tampoco en el ala oeste —siguió Durance.
—Aquí solo hay polvo y cosas viejas —dijo Zach, fastidiado—. Nada que indique algo más.
«Mierda».
—Sigan buscando —ordené, aunque la tensión en mi voz era más que notable—. Esa puerta tiene que estar en algún lugar.
El tiempo corrió mientras salía de otra sala, pero para mí se detuvo en cuanto Riden habló.
—Encontré algo —el pulso se me aceleró al detectar esa mota de urgencia en su voz—. Torre B. Hay una puerta robusta, de madera. No parece tan vieja.
No perdí tiempo en contestarle. Mi equipo se movió de manera rápida hacia la torre indicada. Las sombras y el silencio sólo incrementaban la tensión. Al llegar, Riden nos esperaba, su linterna iluminando la dichosa puerta. Dándole un vistazo, era más que evidente que no encajaba con el resto de la estructura.
Pegada al piso, la puerta estaba cubierta de polvo. Con toda la calma que pude fingir, me coloqué de cuclillas y jalé el aro de metal hacia arriba con fuerza. No se abrió. Estaba cerrada desde adentro, pero aquí no me quedaba. Si se encontraba cerrada era porque algo ocultaba.
—¡Dante! —llamé al levantarme.
El castaño líder del equipo Gamma se abrió paso en mi escuadrón y sin esperar algún tipo de orden de mi parte, se puso a trabajar. Pasaron unos cuantos segundos hasta que oí ese magnífico “click” que estaba buscando escuchar.
Dante se echó para atrás, dándome espacio para abrir la puerta. Volviendo a tomar el aro, jalé la puerta con fuerza, y esta, para mi alivio personal, se abrió con un crujido ominoso. El aire rancio y húmedo del interior subterráneo nos golpeó de inmediato, junto a una hilera extraña de escaleras irregulares.
Tratando de acostumbrarme al hedor asqueroso que emanaba ese lugar, intenté ver más allá del camino que Riden alumbraba, pero no había otra cosa que no fuese peldaños encharcados de agua sucia y moho corroyendo las paredes. Sin embargo, había que empezar a actuar.
—Cambio de formaciones. El equipo Delta va conmigo —señalé a Viveka—. La única iluminación que quiero allá adentro será la mía. Los demás, con los ojos abiertos, en fila y en silencio hasta que sepamos a dónde lleva esto, ¿me entienden?
Todos me dieron una afirmación silenciosa. Con eso claro, lideré el camino.
La humedad del aire se hacía más densa con cada peldaño que descendíamos, y el sonido de nuestras pisadas resonaban en el estrecho pasillo. Pese a que la oscuridad nos rodeaba, la tenue haz de luz de mi linterna hacía el mejor trabajo que podía. Cada paso que daba aumentaba el ritmo frenético de mi corazón, pero traté de ignorarlo.
Finalmente, llegamos al final de las escaleras. Otro pasillo estrecho, oscuro, largo y aún más húmedo nos recibió con los brazos abiertos, extendiéndose ante nosotros. Aquí el moho cubría mucho más cada pared y, si intentabas tomar una respiración profunda, era posible que te fueras en vómito debido a que el hedor era mucho más intenso.
—Va…
Unas voces apagadas cortaron mi orden, haciéndonos retroceder con rapidez hacia los peldaños irregulares que acabábamos de bajar. Viveka tomó la linterna de mi mano y la apagó justo al oír los pasos que acompañaban a las voces.
Articulando un “gracias”, pegué la espalda a la pared y esperé. Las voces se escuchaban cada vez más cerca.
—No, no, colega. No fue para esto que…
—¿Y qué esperabas? —rió el otro—. ¿Tomar el té con ella? No seas un marica.
—¡Hal, esa mujer ha matado a once guardias que nada más hacían su trabajo! —exclamó él—. ¡Once! En un puto abrir y cerrar de ojos. ¡Los masacró! Yo no quiero ser parte de esa cuenta. Menos si es para llevarla a la Sala Roja. Eso es pasar aún mucho más tiempo del estimado con… eso.
Abrí los ojos de golpe.
Era ella. Tenía que ser ella, tenían que estar hablando de ella.
Sin embargo, sí estaban hablando de ella así, eso significaba qué…
Joder, no. Eso no.
Sacudiendo la cabeza ligeramente, volví a enfocarme en lo que tenía enfrente. «Una cosa a la vez, una cosa a la vez, Kendall». Repetí aquello en mi cabeza hasta cansarme, observando que solo eran dos. Con sus linternas alumbrando el piso, pude notar sus uniformes y, para mi sorpresa, sonreí. Ante el hecho de que habíamos iniciado con la primera fase del plan, sonreí.
—Equipos Alfa, Beta, Delta y Gamma infiltrados con éxito —susurré por el comunicador—. Fase uno iniciada y en proceso.
—Estaba a punto de caer dormido, pero felicidades, sirena —respondió Aaron, irónico—. Equipo Epsilon en camino, procediendo con la fase dos.
Los ignorantes pasaron a cortos metros de mí, haciendo que me tragara unas cuantas palabras coloridas que iban dirigidas a Aaron. Ambos siguieron por su camino, pasando por alto el hecho de que estaban a nada de ser derribados.
«Pero aún no».
Dejé que continuaran su camino. Si era de ella que hablaban, entonces necesitaba más información. Saqué la cabeza un poco para continuar viéndolos.
—Jim…
—¡Lleva tan solo cuatro días aquí y tiene aterrorizado hasta a los veteranos que se enfrentaran con ella! ¡Maxwell incluso! —tronó Jim, asustado, frenando en seco—. Aún me pregunto cómo diablos el líder de los Cani no ha huido de ella.
La ira me atravesó como un rayo.
¿Qué?
«¿El muy hijo de perra aún está…?».
El bufido torpe de Hal interrumpió mis pensamientos.
—Hay muy pocas cosas a las que Skënder Dardan le tiene miedo. Dudo que, luego de exigir a gritos tiempo a solas con ella, la supuesta hija de Nikolay Nóvikov sea una de ellas —escuché como soltó a reír con cinismo.
—¿Supuesta hija? ¿Sí te estás escuchando? Hasta el jefe…
—Sí. Supuesta. Eso fue lo que dije —cortó Hal, impaciente—. Se sabe que su hija murió, Jim. La que está allá abajo bien puede ser una maldita bestia, bien puede cortar las extremidades a todos los que se les acerca, pero no es hija del Boss. Ni siquiera se parecen en nada.
—¿Entonces por qué el Boss vendrá a verla hoy, eh? ¿Por qué se tomaría la molestia si ni siquiera cree que es su hija?
«Oh, mierda».
—A que eres imbécil, ¿verdad? —suspiró Hal con amargura—. Es sábado, Jim. Las reuniones semanales con el jefe siempre se hacen los sábados.
Un silencio corto se produjo luego de que Hal soltara aquello. Suponía que era de aceptación por parte de Jim, pero volvió a hablar.
—Pero, Cris…
—Cris está obsesionado con esa mujer desde que ella estuvo a nada de dejarlo sin cabeza por tocarle el culo. Él solo quiere que te asustes lo suficiente para que le cedas el lugar de la vigilancia de hoy. Así como Dardan la ha reclamado todos estos días, Cris también quiere su oportunidad.
El estómago se me revolvió tanto y la bilis me subió por la garganta tan rápido que tuve que colocarme de cuclillas para tratar de calmarme.
No.
De todas las cosas que ella pudo sufrir, eso no.
«¡Eso no, joder!».
Me negaba a creer que…
—¿Capore…?
—Pero eso sería en contra de su voluntad —jadeó Jim, sonando incrédulo, interrumpiendo a Viveka—. Él no…
—Chico, ¿crees que eso aquí importa? ¿Has siquiera escuchado esos gritos que ella entona cuando Dardan entra ahí? ¿De qué crees que son, Jim? ¿De placer? —la sangre me hirvió cuando el maldito se echó a reír como si nada.
—Yo… Pe-ro… Creí que…
—Si al líder de los Cani no le importa tirársela en contra de su “voluntad”, ¿qué te hace creer que a Cris sí? Para los que están encerrados aquí, chico, no existe ese tipo de poder. Ellos no deciden, nosotros por ellos sí. Esas basuras no tienen voz propia, no tienen pensamientos propios. Nosotros hablamos por ellos, pensamos por ellos.
Fue rápido.
Pasó rápido.
No era de dejarme llevar por los sentimientos, pero de un momento a otro lo único que podía ver era rojo.
Me imaginaba que fue por eso que me despegué de la pared de un brinco y caminé con paso decidido, sin importarme una mierda las advertencias de mi escuadrón y mucho menos que la maldita escoria se diera cuenta de mi presencia.
Los ojos de un adolescente fueron con los que choqué primero.
«Jim, supongo».
Pero el otro, Hal, era un tipo alto, barrigudo y robusto que estaba de espaldas, encarando al adolescente mientras meneaba la cabeza con aire de decepción.
—Hal… —intentó avisarle Jim, asustado en cuanto me vio.
—Así funcionan las cosas aquí, Jim —lo dijo con orgullo, como si estuviese ganando un premio por recitar esa mierda, y como si no fuese poco, palmeó el hombro del adolescente con energía—. Tienes mucho que aprender, pero ya verás que te acostumbras. Captas todo muy rápido, eres un aprendiz nato.
Me lamenté que la pistola que cargaba en el cinturón tuviera el silenciador puesto cuando el tipo cayó de frente por el tiro en su cabeza, salpicando al chico de sangre. En este momento quería disfrutar el sonido del tiro, quería deleitarme con el sonido de la bala entrando y saliendo de su cabeza por ser un maldito cerdo cínico.
Frío, el chico dio varios pasos hacia atrás, dejando caer el cuerpo del cerdo en cuanto le apunté con el arma. Él incluso alzó las manos, perdiendo cualquier rastro de color cuando mi escuadrón se hizo presente. De reojo pude ver como Viveka bajaba el dedo al gatillo de su ametralladora. La iba a dejar, terminar con la vida del chico de manera rápida iba a ser el mejor regalo que él podía esperar en esta vida, sin embargo…
—No —le ordené.
Viveka sacó el dedo del gatillo de inmediato, pero no bajó el arma.
—Sol —escuché la voz de Rise a través del comunicador, advirtiéndome.
Por mi bien, lo ignoré.
Fijando la vista en Jim, me acerqué, pero se encontraba tan asustado que cada paso que daba en su dirección, él daba dos hacia atrás. Su intento de correr quedó nulo cuando su espalda chocó con la pared de concreto, a escasos metros de una puerta de hierro entreabierta.
—¿Hace cuánto estás aquí y por qué? —le pregunté, autoritaria, cuando vio que ya no tenía a donde correr.
—Yo… Yo, no… Digo… —empezó a balbucear.
—Jim, en este instante carezco de paciencia. Estoy apelando a mi lado bueno, así que no me hagas repetirlo otra vez.
El chico parpadeó un par de veces para luego tomar una respiración corta y nerviosa.
—Unas pocas semanas, dos a lo mucho —su voz aun temblaba, pero podía entenderlo—. Yo… No tengo familia, ya no me queda ninguna. Encontré refugio en un gimnasio un día y se convirtió en mi casa. Ahí era en donde dormía gracias al entrenador, pero el entrenador murió. Su familia se hizo cargo del negocio y me echó, entonces…
—Bien —interrumpí, soltando un suspiro al notar que cada palabra que salía por su boca era sincera—. Si adivino el resto de la historia, me harás el favor de irte. Correrás de aquí hasta la parte exterior del castillo y te quedarás escondido hasta que una voz masculina te llame por… —traté de detallarlo lo mejor que pude, pero ni aun así encontré algo—. Joder, ten —con rapidez me saqué la pulsera que Mila me había obsequiado días atrás de manera adelantada por mi cumpleaños y se la extendí. Jim, con cierto recelo, la aceptó—. Cambio de planes. En cuanto tengas la oportunidad, saldrás de tu escondite, gritarás tu nombre a todo pulmón al segundo en que escuches a un helicóptero y mostraras eso, ¿de acuerdo?
—No creo que…
—Eres bueno en el boxeo. Tu entrenador notó eso. Por eso te entrenó hasta que estuviste listo para las estatales en Londres. Peleaste ahí, llamaste la atención de varios cazatalentos y pese a que unos cuantos te dieron su tarjeta, Daniel Atlas fue quien más te llamó la atención. Te armó una cita en su gimnasio, te pareció interesante, tu entrenador estaba feliz por ti por lo que te animó a ir antes de morir de maneras misteriosas. Te presentaste a la cita, Atlas te planteó un contrato, te cegaste por lo que te prometió, firmaste el contrato y eso te trajo hasta aquí —solté lo más rápido que pude.
Esperé una negación por su parte, sin embargo, ese brillo en sus ojos me dejó saber que no estaba equivocada.
Conocía el modus operandi de Foster, además se encariñaba rápido con los niños que mostraban ciertos rasgos corporales. Para su mala suerte, Jim era uno. Ojos azules, cabello castaño, alto, ligeramente corpulento para su edad, de seguro. ¿Pero lo más importante? Sin gente que pregunte por él cuando decidieran desaparecerlo.
—¿Cómo…?
Negué con la cabeza.
—No tengo tiempo para explicarlo y tú no tienes tiempo que perder —señalé la pulsera—. Tienes que correr.
El chico se quedó mudo por unos cuantos segundos, sacándome de quicio.
—Yo…
—Jim, lo digo en serio —gruñí, apremiándolo—. No tenemos tiempo para esto. Te lo explicaré más tarde si quieres, pero tenemos que movernos.
Con eso, asintió sin más.
Mi escuadrón le abrió paso cuando empezó a mover los pies, pero frenó en seco unos cuantos pasos más adelante y se volteó a verme.
—¿Cómo entraras ahí? —oí que masculló—. Más importante, ¿cómo saldrás? Acabas de salvarme la vida, ¿vas a perder la tuya por eso?
Para calmarlo, le di mi mejor sonrisa.
—Me enteré de que la mitad de mi vida está allá abajo, Jim. No he podido vivir bien sin ella y es por eso que voy a recuperarla.
Los ojos del chico se abrieron de par en par cuando algo pasó por su cabeza. Mi sonrisa se hizo más grande al entender que lo había captado. El maldito cerdo tuvo razón en algo: el chico sí captaba todo rápido.
—¿Es…? —enarqué una ceja. No hacía falta responderle a eso, por lo que él asintió—. En ese caso, ten cuidado con los de los últimos dos pisos. Sus celdas siempre están abiertas; nunca se las pasan adentro. ¡Y aléjate lo más que puedas de Maxwell! —gritó antes de echarse a correr por el pasillo.
Mi escuadrón cerró el paso al Jim desaparecer y cada uno de ellos me miró como si me hubiese vuelto loca.
Exceptuando a Rise.
El muy tonto solo sonreía de oreja a oreja.
Ignoré a cada uno de ellos, me giré sobre mis talones y de una patada terminé de abrir la puerta del infierno.
El barandal de las escaleras demasiado empinadas se hizo visible, junto a la opaca iluminación blanca, seguido por las voces encajonadas de cada uno de los pisos de abajo.
—¡Ahora sí! —gruñí, instándolos a que empezaran a moverse—. ¡Equipo Delta adelante, equipo Beta conmigo, equipo Gamma cubriendo todo desde atrás! ¡¡Colapsará todo, pero de aquí no nos vamos sin el objetivo!!
—¡Sí, caporegime! —soltaron todos sin titubear.
Viveka no esperó más para entrar. Con su equipo, se lanzó por las escaleras, resaltando su presencia. Los restantes seguimos su dirección. Cambié la pistola por la ametralladora guindando en el pecho, preparándome para la sangre que decoraría el piso.
Segundos fueron los que logramos pasar desapercibidos.
Ni siquiera habíamos terminado de llegar al primer piso cuando las luces cambiaron a rojas opacas e irritantes sirenas alertaron a toda la maldita fosa. Como cucarachas, de los pasillos empezaron a salir grupos gigantes uniformados de guardias con todo menos con armas de fuego, sin protección alguna.
Sonreí de soslayo. Habíamos acertado con lo de las armas.
Así como salían, el equipo Delta se encargó de barrerlos a cada uno con tiros exactos. Los gritos de los reclusos de Foster, encerrados en sus celdas, fueron alzándose cada vez más cuando algún guardia caía, alegrándose por ello.
No nos detuvimos. Seguimos limpiando el maldito infierno, manteniendo las cucarachas a raya, abriéndonos paso hasta llegar a dos pasillos oscuros.
—¡Viveka! —grité, esperando a que su jodido mapa mental empezara a funcionar bien esta vez.
No podíamos detenernos. Cesar la lluvia de disparos no era una opción ahora. Los malditos guardias se triplicaban más tan solo con los pocos segundos en que tardábamos en recargar.
—¡Derecha! —respondió por el comunicador—. ¡Por el de la derecha!
No había terminado de confirmarlo cuando todos cruzamos a la derecha, corriendo por el pasillo, encontrándonos con una horda de guardias protegiendo la entrada al segundo piso.
Los disparos resonaban ensordecedores. Las balas perforando carne y hueso, y los cuerpos cayendo al suelo dejaban un caos sangriento.
Llegamos al segundo piso, donde los guardias, por el tiempo, empezaban a formarse en grupos más organizados. Nos superaban en número, sí. Pero carecían de armas de fuego y esa era su condena, por lo que sus números me los podía pasar por el culo.
El equipo Delta avanzaba con precisión envidiable, eliminando cualquier resistencia. Aquí, esto era un juego de rapidez y brutalidad, y cada uno de nosotros nos habíamos preparado para esto. Mis piernas estaban cansadas de saltar objetos que tanto los reclusos de Foster como los guardias muy hijos de perra lanzaban para protegerse y fastidiar, de zigzaguear por los pasillos, pero seguí gritando órdenes y repartiendo balas.
Al llegar al sexto piso, el entorno cambió. La decoración tétrica había sido elegantemente siniestra, pero ahora era un desastre: vidrios rotos, sangre, demasiada sangre en los azulejos blancos, camas volcadas en los pasillos, cuadros rotos… Todo estaba hecho un caos. Las sirenas masacraban mis tímpanos y la luz roja, encendiéndose y apagándose como si estuviéramos en una maldita discoteca estaba secando mis córneas.
Eso me distrajo. Por eso fue que el secuestro de un tipo monstruoso y calvo hacia un soldato en mi flanco izquierdo no me lo esperé.
«Veteranos».
Pude leer el nombre bordado en su uniforme vinotinto antes de que el tipo tomara la cabeza de la chica que había logrado capturar y la aplastara con sus propias manos.
Maxwell.
La sangre salpicó por todos lados. Los gritos de Rise, ordenando que no se separaran y siguieran moviéndose, resonaron junto a los alaridos de cada maldito veterano y guardia que se encontraba alrededor de nosotros.
De un momento a otro, las bajas comenzaron a aumentar gracias al psicópata de Maxwell y unos cuantos veteranos más. El escuadrón se hacía cada vez más pequeño con cada paso, tratando de llegar al séptimo piso. Pese a que los guardias seguían cayendo como moscas, con los veteranos se nos complicaban aún más la cosas. Bien podría ser que ellos no contaran con armas de fuego, pero eran rápidos, letales y estaban armados con objetos filosos.
—¡Abajo! —grité, empujando a Rory, lejos del hacha gigante que estuvo a nada de rebanarla a la mitad, saliendo de la formación.
—¡Cuidado! —exclamó ella horrorizada, apuntando al inmenso veterano con su arma.
Actué por instinto. Solté la ametralladora, saqué una de las dagas de mi chaleco, y me lancé hacia el monstruo de Maxwell. El ardor de la punta de su hacha deslizándose por mi hombro derecho lo ignoré y de un solo movimiento hundí la daga en su garganta, abriéndola de un tajo horizontal.
El veterano cayó y caí con él, quedando encima del cuerpo sin vida. Rory enseguida fue a mi rescate, levantándome en el acto. La chica tenía un gesto de vergüenza, pero no podía lidiar con eso ahora. El escuadrón se había movido y nosotras nos habíamos quedado atrás.
Cada guardia y veterano lo notó, y sus sonrisas lobunas no tardaron en aparecer.
«¡Joder!».
—¡Sigue moviéndote, Rory! ¡Sigue moviéndote! —ordené, empujándola hacia adelante.
El escuadrón había limpiado el camino un poco. Ahora estaba atestado de cuerpos sin vida, los cuales decoraban el piso, haciéndome un poco más fácil las cosas. Sin embargo, empecé a disparar, mandando más moscas al suelo. Nadie podía salir de aquí, ni subir ni bajar.
Al descender por la escalera en espiral al séptimo piso de volada, me di cuenta que aunque nos habían dado problemas, en realidad los veteranos no estaban peleando contra nosotros. Ellos se estaban masacrando a golpes uno con los otros. Nosotros solo estábamos en el medio, estorbando. Por eso era que habían reaccionado contra nosotros.
No obstante, no eran idiotas.
Si ir contra nosotros les proporcionaría una salida, todos cooperarían y eso no era algo que queríamos. Si unos cuantos de ellos redujeron mi escuadrón en un abrir y cerrar de ojos, no me quería imaginar si todos se unían como la gran familia disfuncional que eran y decidían atacar.
El olor a pólvora y sangre se filtró por mi nariz al llegar al penúltimo piso, y el sonido de cada arma arremetiendo con los enemigos se volvió aún más intenso. Ni a mí ni a Rory nos dio tiempo de hablar gracias a la horda de guardias que detectó nuestra presencia, abalanzándose sobre nosotras.
—¡Kendall! —tronó Riden en mi oído—. ¿Dónde…?
—¡En camino! —le respondí en un gruñido, disparando como podía.
Rory se mantuvo detrás de mí, cubriéndome la espalda a medida que avanzábamos. Aquí el número de guardias parecía infinito. Los casquillos volaban de un lado a otro, repiqueteando en el piso, pero sencillamente no dejaban de salir más y más. No sabía diferenciar si mandé veteranos al piso. A este punto, los guardias se movían igual e iban vestidos iguales a ellos. Estaban mejor entrenados que todos los de arriba y, para mi sorpresa, también contaban con objetos filosos.
Estos habían renovado su resistencia, pero eso no quitaba que veía cómo sus cuerpos caían, apilándose en las esquinas y en los pasillos.
—¿¡Cómo mierdas se te ocurre hacer tal maldito acto de caridad aquí!? ¡¡Maldita sea, Kendall!! —estalló la voz de Aaron en mi oído, dándome un susto de muerte—. ¡¿Estás loca?!
«Maldito hijo de perra».
—¡Pensé que te habías acostumbrado a eso, acto de caridad número cinco! —respondí, repartiendo balas a cada guardia que veía.
—¡Perder la maldita costumbre fue lo más fácil que logré hacer desde que te retiraste, hija de perra! —una sonrisa se deslizó por mi cara a pesar del desastre que estaba dejando con cada paso que se daba—. ¡Borra esa maldita sonrisa que sé que tienes! ¡Vas a llevarlo contigo a Escocia! ¡A mí no me lo vas a encasquetar como con cada acto de caridad que has hecho, y ojalá que el jodido anciano, cuando lo vea, te arrastre a las profundidades del retiro una vez más para que esta vez te quedes ahí, maldita!
Una nueva avalancha de guardias me hizo imposible contestarle. La preocupación empezó a escalar a niveles estratosféricos cuando, al buscar más cartuchos para recargar, solo me quedaba uno.
«Mierda, mierda».
Aun así, me mantuve disparando. Cada bala era un enemigo menos, pero el que siguieran apareciendo más y más, me era un martirio. De repente, un guardia se abalanzó sobre mí desde una puerta lateral, afincándose en mi hombro herido. Un gruñido rasgó mi garganta junto a un grito de parte de Rory, pidiendo refuerzos.
Perdiendo la paciencia, derribé al maldito de una patada, disparándole en la cabeza antes de que pudiera levantarse. Su sangre me salpicó la cara, pero no me detuve. El tiempo corría en nuestra contra. Necesitábamos llegar al último piso antes de que la primera explosión de Aaron hiciera acto de presen…
«Uno».
Mi corazón se congeló por un segundo, para luego latir con fuerza. Los refuerzos de Foster habían llegado.
«Mierda».
Rory seguía disparando, cubriéndome. Ahora más que nunca los segundos contaban y cada bala era vital. La ametralladora en mis manos se calentaba, pero no podía soltarla. No ahora.
Al momento en el que escuché el cargador de la Negev quedar vacío, quise morirme. Sin embargo, nanosegundos después, el alivio recorrió todo mi cuerpo, al punto de casi doblarme las rodillas.
Mis refuerzos habían llegado.
Riden, Isaac, Anna, Rise y Durance repartieron tiros por todos lados, controlando la situación a su antojo. Limpiaron el desastre que dos personas no podían, en un abrir y cerrar de ojos.
—¡Sol!
A la velocidad de la luz mis ojos chocaron con los de él.
Rise, todo sudado y con varios rasguños en su cara, solo me regaló un guiño antes de lanzarme varios cartuchos que atajé para recargar y guardar. Con la energía renovada, apoyé a mi equipo, soltando disparos a las cucarachas que no dejaban de multiplicarse.
—¡Vas a tener que adelantarte y bajar primero! —Riden gruñó—. Son demasiados hijos de perra. No iremos a ninguna parte si seguimos así. La Fosa entera colapsaría sobre nosotros primero antes de que nosotros llegáramos a Bells, Kendall.
Me encontraba negando con la cabeza mucho antes de que él terminara de hablar.
No.
Habíamos perdido a muchos en el piso anterior. Me negaba a irme por mi cuenta y dejarlos solos.
—Tiene razón, caporegime —terció Isaac a duras penas—. Si alguien puede llegar hasta allá abajo es usted. Estaremos bien aquí e intentaremos comprarle el mayor tiempo que necesite.
—¡No! —negué, traspasándole la cabeza al imbécil que se quería pasar de listo, acercándose más de la cuenta.
—Kendall —apreté los labios al oírlo y volví a negar con la cabeza—. Kendall, tienen razón.
—Pero…
—¡Ve! —tronó al segundo que seguía disparando a diestra y siniestra.
No me moví.
Tenía que ayudarlos, eran demasiados incluso para todos nosotros.
Irme sería un suicidio para ellos.
Necesitábamos toda la ayuda posible para hacerle frente a este desastre y el restarle más gente no nos ayudaba en nada
—¡Vete, Kendall! ¡Iremos en cuanto terminemos, pero empieza a moverte, maldita sea!
Las palmas me sudaban, el corazón me latía de forma desenfrenada, pero avancé a regañadientes.
Con una última mirada en su dirección, los dejé atrás y me abalancé hacia el barandal de las escaleras que daban al último piso, corriendo como si mi vida dependiera de ello, ignorando la mirada confundida que Adalia me dio.
Las alarmas seguían atormentándome los tímpanos, mientras bajaba los escalones de dos en dos. No obstante, el sonido pasó a segundo plano cuando empecé a notar la diferencia en el ambiente con cada paso rápido que daba.
Ya no eran azulejos blancos manchados los que decoraban las paredes. Ahora era solo concreto de un extraño color oscuro y opaco que, al llegar al punto, combinaba con todas y cada una de las jaulas enormes y plateadas que se mantenían suspendidas en las alturas con apenas la luz suficiente para divisarlas.
Las voces no se quedaron atrás.
Para mi sorpresa, no solo había jaulas colgando de los peldaños rocosos, también divisé cientos de pequeños cubículos encajados a las paredes con mucha más escoria adentro que gritaban obscenidades y golpeaban los barrotes, exigiendo salir.
Pese a los incesantes gritos, pude escuchar pisadas pesadas corriendo por la misma escalera interminable que había bajado. El alivio que fluía por mis venas quedó congelado al voltearme.
Eran doce personas.
Doce mortales máquinas masculinas que me miraban con hambre y un ligero atisbo de diversión marcada en cada uno de esos ojos.
«La Amenaza».
Por ese uniforme azul, su pesado armamento y esa maldita insignia que portaban con orgullo en todo el centro de sus trajes, eran ellos.
Esos doce hombres conformaban el sangriento escuadrón élite de Foster y, si ellos estaban aquí, significaba que su líder no tardaba en llegar.
La Amenaza se encargaba de varias cosas, pero su tarea inicial era sacar la basura. Para ellos, en estos momentos, yo era la basura.
«Maldita sea la suerte que me cargo encima».