1. Let's Play - Capítulo 58
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Capítulo 58: 56
Tengo que salvarla sin perderla
Jugar por obligación, ganar por necesidad
Kendall
Estaba lista.
Me encontraba vestida y equipada, yendo hacia el aeródromo en donde todo mi escuadrón debería estar tan preparado como yo. Aun con la mirada fija en la ventanilla de la camioneta, observando las casas pintorescas pasar para luego convertirse en un borrón, el estrés lo tenía de punta.
Intenté distraerme por el gran operativo que tenía entre manos, pero las mariposas en mi estómago convertían ese sentimiento en simples nervios que revoloteaban en mi sistema sanguíneo, desconcentrándome por completo.
Se sentía extraño.
Salir con él de la sala de comandos, para luego ir a prepararme y cambiarme, saltando de ahí al exterior del búnker, montándonos y movilizándonos en su camioneta hacia el aeródromo, compartiendo en un espacio cerrado sin tensión asesina alguna, era bastante peculiar.
Ahora lo que se palpaba en el aire era la tensión sexual.
Tanta era la sensación de querer montarme encima y cabalgarlo hasta exprimir todo su semen en mi interior, que tan solo un roce de manos avivaba un incendio que exigía ser apagado antes de que me consumiera hasta la médula.
No solo yo me sentía así.
Él también.
El bulto marcado en sus pantalones a punto de reventarlos me lo confirmaba, haciendo que la humedad entre mis piernas se extendiera más. Podía sentir mis bragas empapadas y eso estaba empezando a incomodarme.
Por suerte, entre que el trayecto fuese corto —logrando que el viaje fuese tolerable— y que ninguno de los dos articulara palabra alguna, me ayudó lo suficiente para evitar que le saltara encima y me lo follara hasta conseguir la liberación que ambos necesitábamos.
Salté de la camioneta milésimas de segundos después de que Rise entrara en el estacionamiento privado y apagara el coche, corriendo hacia mi escuadrón. Para la emoción de las mariposas en mi estómago, solo di cuatro pasos antes de que él me agarrara, entrelazando su mano con la mía. Después me giró, chocando con esas gemas verdes en las que visualizaba las ganas que tenía de comerme de pies a cabeza.
—Por razones que no puedo entender aún, no pude follarte tanto como quería en la camioneta. Sin embargo, puedo hacerle saber a todo el maldito mundo que por fin eres mía —dulcemente empezó a susurrar en mi oído, con ese tono burlón tan característico suyo—. Empezando por cada jodido soldato con los que te acostaste para intentar olvidarme y piensan que tienen una segunda oportunidad contigo, tan solo porque miras en su dirección. Así que caminaras hacia tu escuadrón, claro está, pero lo harás conmigo a tu lado y me sabe a mierda que no te guste, Kendall —se alejó con cuidado y enarcó una ceja, rompiendo en una sonrisa descarada mientras su pulgar intentaba aliviar las arrugas de mi frente—. Borra esa expresión de disgusto de tu bonito rostro y dame el gusto, preciosa. Camina.
La cuestión estaba así: primero, podían encenderme en fuego si en algún momento le decía a ese pedazo de hombre que toda posesividad tóxica no me derretía de maneras sobrenaturales y cuestionables, haciendo mi vagina un pozo rebosante de agua. Y segundo, ¿de qué manera yo le podía decir a ese pedazo de hombre que no cuando me hablaba de esa manera? Con mi cabeza muerta por el esfuerzo inmenso que tuve al negármele tantas veces en los últimos meses, no quedaba ningún atisbo de renuencia en mi sistema para seguir negando el hecho de que estaba enamorada hasta la médula del hombre más mujeriego de la historia, que me había impedido el uso correcto de mis piernas por la follada que me había dado no hace mucho.
«¡Y para colmo tenía que ser un ‘Ndrangheta!».
Estaba atrapada entre la excitación y las ganas de rodar los ojos y mandarlo a la mierda.
La segunda acción era un reflejo que me quedaba por haberla accionado tantas veces en los últimos meses. No obstante, la voz suave, casi dulce de Rise, contrastaba con el contenido de todo lo que me dijo.
Rise era carismático, un poco sarcástico. A él todo le provocaba gracia y prefería llevar las cosas cosas con calma, observando todo desde atrás, despegándose de la pared para enfrentar las cosas solo si la situación lo ameritaba, con esa calma tan suya que transmitía cuando todo se salía de control.
Al estar con él, notabas de inmediato lo mucho que se diferenciaba de sus hermanos. Cada uno de ellos tenían una personalidad extremadamente diferente, pero al mismo tiempo se complementaban tan bien que, quizás, era por eso que se me hacía a mí y a todos tan adictivo verlos trabajar juntos. En conjunto. Cada que se tenía la oportunidad.
Verlos trabajar en el búnker, en sus respectivas áreas, era una bendición, ¿pero juntos? ¿Tenerlos a todos en una sala, mirándote como un insecto que pisarían si tuvieran la oportunidad? ¿Sentir esa vibra altiva que no solo relucían por tener el apellido ‘Ndrangheta? Bueno, eso era interesante de presenciar, lo admitiría.
Por eso, tener a Rise así: posesivo, dominante, controlador tan solo conmigo, me estaba llevando al límite.
Por esa faceta tan extrema de él fue que quedé enganchada desde un principio.
¿Cómo era esa frase? ¿De día uno, de noche otro? ¿Shrek estaría orgulloso de él? ¿O era Fiona?
La cosa estaba en que lo disfrutaba. Su posesividad, su control. Su personalidad camaleónica era adictiva, única. Él, eso hacía que las mariposas en mi estómago fueran un torbellino de emociones, saturando el poco control que tenía sobre mí misma.
Así que no discutí. Sabía que iba a perder la pelea en el momento que abriera la boca para indicarle que yo no era de nadie cuando hace no mucho le gemí lo contrario. Me limité a fulminarlo con la mirada un par de segundos más para luego darme media vuelta, encaminándome hacia mi equipo con su mano en la mía. Con cada paso que daba, su pequeña demostración posesiva atraía mucha más atención indebida de la que me creí capaz de soportar, pero eso no le importó. Su mano nunca me dejó. Ni siquiera cuando Riden lo interceptó al llegar al centro de la pista para algo que Nathaniel y el otro piloto necesitaban, ignorando nuestro gesto.
—Deja de ser un enfermo posesivo y suéltala —gruñó Riden cuando su hermano le dijo que él podía solucionar lo que sea que los pilotos necesitaran—. Ya measte alrededor del territorio, ya la marcaste. No hay persona alguna que no se haya dado cuenta de eso, Rise. Ella necesita preparar al equipo y por mucho que no te guste, tú necesitas atender otras cosas, así que mueve tu maldito trasero que no tenemos toda la tarde.
—Eres un jodido fastidio —resopló Rise, dejando caer mi mano de su agarre de mala gana.
Antes de que su hermano rebatiera algo, Rise se giró. Plantó un beso largo en mis labios y luego se fue. Me dejó atolondrada, asombrada y con mis mariposas golpeando tanto el interior de mi estómago que estaba a punto de vomitar.
«No necesito esto. ¡No puedo vomitar aquí! ¡Contrólate!».
Tomando una bocanada de aire, me limité a contar hasta diez. En cuanto sentí la bilis bajar por completo, ignoré la mirada asesina que Zach me lanzaba desde un extremo de la pista mientras su hermano intentaba hablar con él.
Tiempo para sus mierdas no tenía.
Las tuve el último mes, al sacarme toda la frustración que iba dirigida a Rise con él, y aunque sirvió mucho más de lo que esperaba, el que creyera que tenía algún tipo de autoridad sobre mí no me gustaba.
Se lo había dejado pasar por mi paz mental, cansada por no conseguir a nadie que me sacara al ‘Ndrangheta de la cabeza el tiempo suficiente para hundirme en la búsqueda de mi mejor amiga sin tener que gruñir a cada dos minutos, pero tenía mis límites. Y justo ahora él estaba pisando esa línea al mirarme como si quisiera reclamarme.
¿Por qué? No lo sabía. Desde un principio se lo había dejado en claro. Estaba con él por diversión, por follar. No había nada más ahí. Las cosas que hacía con él no albergaban sentimientos algunos por mi parte. ¿Por qué diablos era tan difícil de entender?
Un hombre podía pedirle eso a una mujer y ella feliz cumplía eso al pie de la letra, ¿pero por qué cuando una mujer pedía el mismo trato, se era tan difícil de obtener? Celos, posesividad y toxicidad no era algo que quisiera tener por parte de Zacharias Anderson.
De él, en su momento, solo quería su verga, su manera de follar y su manera de hacerme olvidar las cosas por el tiempo necesario. Por eso me había enredado con él desde un principio, mucho antes de chocar de cara con el cuarteto egocéntrico, y él lo sabía.
Aparentemente, aunque lo sabía, no le importaba.
Porque ahí venía.
Esos ojos brillaban en indignación con cada paso que daba en mi dirección. No tenía tiempo para soportar eso. Ni a su falsa indignación, ni sus reclamos fuera de lugar, ni nada que viniera de él justo ahora.
«Esto me pasa por imbécil».
Para mi suerte, Zach quedó congelado en su lugar cuando el silbido de Rise se oyó hasta en las profundidades del infierno. Pese a que el sol ya se estaba ocultando, regalándonos un atardecer bastante impresionante, tuve que ajustar mi vista y enfocar bien en su dirección cuando giré la cabeza para encontrarlo de pie en las escaleras de uno de los jets, alzando el pulgar.
Aliviada, solté un suspiro y empecé a moverme.
—¡Empiecen a dividirse en dos grupos de dieciocho personas! —alcé mi voz por encima del parloteo, exigiendo silencio. El escuadrón volteó a verme y antes de que repitiera mi orden, todos empezaron a moverse—. ¡Las filas las quiero frente a los transportes aéreos! ¡Andando!
Me moví junto con ellos, llegando a la altura de Rise. Riden estaba apoyado en el barandal de las escaleras del otro jet, junto a Nathaniel, esperando indicaciones. Subí dos escalones, necesitando altura para visualizarlos a todos. El notarlos con sus uniformes puestos, equipados, esperando a poner sus manos en cada arma que los esperaba en Londres, me subió la ansiedad.
A todos los conocía. Con todos había compartido. Y a pesar que con algunos no me llevaba bien, verlos caer al piso formando un charco de sangre en cuanto pusieran un pie en La Fosa, no era algo para lo que estaba preparada de presenciar.
Era mi equipo.
Yo era responsable de ellos.
Sus vidas estaban pendiendo de un hilo en mis manos.
Sabía que era imposible salir sin pérdidas de un operativo de tal calibre. Lo entendía. No era la primera vez que me ocurría, pero acarrear con eso, vivir con la culpa de que por tus acciones algunos no sobrevivirían a lo que se avecinaba…
Eso era lo difícil de digerir.
Observar a cada miembro de mi escuadrón tomar sus posiciones era una tortura. Intenté calmarme, pero la preocupación y la ansiedad seguían subiendo, agolpándose en mi pecho como una tormenta arrolladora. No podía evitar pensar en lo que se avecinaba, en cada uno de los posibles escenarios que podían salir mal.
Estaba a nada de sufrir un colapso nervioso en frente de todo el mundo de no ser por el pequeño y casi inaudible carraspeo de Rise. Eso, más su toque consolador en mi hombro fue lo que arrimó toda mi mierda hacia atrás, dándome la fuerza para estabilizarme, y poder respirar hondo.
Este era mi equipo. Estaba conformado por los mejores individuos de cada grupo élite que teníamos a nuestra disposición. Sí, alguno de ellos no iban a poder volver, pero ellos lo sabían. Y aun así, tuvieron la fuerza para anotarse en esto con tan solo pedirlo una sola vez. Les debía el mismo coraje, la misma fuerza. Así que dejando mis miedos en el fondo de mi cabeza, tomé la valentía para hablar de una buena vez.
—Grupo A —señalé el grupo donde Viveka estaba a la cabeza—, grupo B —como pude le sonreí a Mila, quien encabezaba el otro grupo—. Del grupo B Riden tomará la responsabilidad y el grupo A es mío hasta llegar a Londres. Una vez allá, los quiero a todos justo así: ordenados y a la espera de mis órdenes. Hoy, para mí, todos ustedes son soldatos. No élite, no los mejores de su grupo. Soldatos. Si quiero que disparen, lo hacen. Si quiero que den un paso atrás, lo hacen. Si quiero que esperen, lo hacen. De ahora en adelante nada ni nadie pasa por encima de mí y así lo quiero hasta regresar al búnker con el objetivo en nuestras manos, ¿me entienden?
—¡Sí, caporegime! —dijeron casi todos al unísono.
Enarcando una ceja, salté los escalones, caminé por las cuatro filas y me coloqué delante del dolor de culo más grande y atorrante posible que trataba, por primera vez en toda su vida, pasar desapercibida.
Justo ahora le agradecía a Dios por tal oportunidad para despejarme la cabeza.
Me tragué una sonrisa cuando ella implantó todo su odio al verme. Sabía que no iba a quedarse al margen de la acción, pero aún así…
—¿Me entienden? —repetí despacio. A propósito. Deleitándome con todo ese odio que emanaba hacia mí.
—Sí —musitó ella con desprecio.
—¿Sí qué?
La vi luchar.
La noté con ganas de querer morderse la lengua y nunca más hablar.
La vi con ganas de meterme un tiro.
Pero para mi satisfacción, al final la vi rendirse.
—Sí, caporegime.
—Muy bien, Adi —era la felicitación más falsa y sarcástica que tuve el placer de entonar—. Ahora trata de mantener esa actitud hasta que estemos de vuelta, ¿puedes con eso o tengo que dejarte aquí para evitar cualquier cosa que puedas emplear para joder la misión?
El que sus ojos se convirtieran en rendijas diminutas cargadas de desprecio solo me hizo sonreír un poco.
—No se preocupe por mí, caporegime —masculló furiosa—. Puede estar tranquila.
La mirada azulada de otro hombre fue lo que me hizo desistir de seguir apretándole los botones a Adalia, por lo que dejé que respirara aire fresco y me giré a los demás que tenían sus miradas clavadas hacia adelante. Los únicos que se atrevieron a mirarme con una pizca de burla en sus ojos, fueron todos los hermanos ‘Ndrangheta. Riden incluso me mostró un atisbo de su sonrisa, sacudiendo su cabeza, bastante divertido con la situación.
Aun cuando me había deleitado con el odio de esa horrible mujer, la preocupación y la ansiedad no se habían ido. Sin embargo, tenía que seguir adelante. El operativo estaba en marcha y cada segundo contaba. No contaba con las herramientas para flaquear, no cuando todos dependían de mí.
—¡Todos dentro de los jets! ¡Nos vamos una vez que todos estén ocupando sus asientos! —enuncié, rompiendo filas, pasando de todos ellos hasta llegar al hombre con la mirada afilada junto a Liam Cote en la entrada del hangar privado—. No te esperaba aquí —dije con la respiración agitada por la carrera que me eché.
—Solo queríamos desearles buena suerte —dijo Liam, con esa sonrisa amigable que era agradable de ver.
Harrison resopló, rodando los ojos.
—Ve y verifica las llantas de la camioneta o qué sé yo, Liam —gruñó de mal humor.
Liam solo se echó a reír y salió de nuestro círculo mal hecho.
La mirada afilada volvió a mí, así que enarqué una ceja
—Está en La Fosa —soltó, despacio.
Mi corazón empezó a palpitar con fuerza.
Habíamos tenido una corazonada de que pudiera estar ahí, pero ahora con la confirmación certera… Se me hacía difícil respirar.
—No hace mucho me lo confirmaron, por lo que necesito que la traigas de vuelta, Kendall. Arrasa con todo, me importa una mierda. Haré pasar todo por un golpe de estado si es necesario, pero tráela de vuelta. Nikolay no puede ponerle las manos encima.
Antes de que pudiera hablar, la presencia de Rise se hizo sentir. Él estaba ahí, rozando mi brazo con el suyo, calmando de manera inconsciente mi agitado corazón.
—Está todo listo —anunció, sin importarle la mirada de perros que Harrison le estaba lanzando—. Vámonos.
Despegué la mirada de Harrison para enfocarla en él y asentir.
Sin decir más, dejé a Harrison ahí, dándole la espalda y me encaminé hacia ambos jets Gulfstream, listos para partir.
Pese que la noticia del jefe de mi mejor amiga me dejó estupefacta, aun me preguntaba en qué tanto dinero nadaba cada ‘Ndrangheta para conseguir no uno, sino dos Gulfstream G550 en menos de un mes, después de que Harrison les mandó a cambiar cada automóvil que tenían a su merced por su propia seguridad.
Sabía la valoración del jet, por ende, la curiosidad picaba y ardía como un salpullido. Además de obtener dos de tales bestias que podían almacenar dieciocho pasajeros sin problema alguno, aun así tenían el descaro para remodelarlo a su antojo, convirtiéndolo en algo más que complementaba esa gama que enamoró a Arabella, siendo esa toda oscura, misteriosa y elegante.
Sí. Lo elegante, oscuro y misterioso también describía a la perfección a los cuatro hermanos. Lástima que por eso nadie se imaginaba lo fastidiosos, posesivos, inflexibles y tóxicos que podían ser cuando les salía del culo.
Antes de subir por completo las escaleras del jet, el silbido peculiar que había escuchado desde que tenía uso de razón me hizo girar la cabeza, deteniendo a Rise en el escalón de abajo.
Lo que Harrison articuló sin voz, lo que yo le dije en respuesta tal y como él lo hizo, y cómo por eso Rise abrió los ojos, sorprendido, me hizo sentir esa sensación de calidez que sólo experimentaba con Arabella y su jefe.
Divisé como a Harrison se le formó esa corta sonrisa, para luego desaparecer dentro del hangar sin mirar atrás, dejándome con muchas más cosas de las que no quería hacerme cargo justo ahora.
—¿Ambos son…?
—Lo quiero bajo el radar de todo el mundo, Rise —dije, fijándome en él con voz firme—. Hay pocas cosas que guardo para mí y esta es una de esas cosas. Lo sabes tú porque a él se le zafó un tornillo y le gusta divertirse provocando peleas tontas entre Bells y yo, ya que ni siquiera ella lo sabe y…
—¿Le escondes secretos a Bells? —su voz se escuchaba más sorprendida por eso que por lo que Harrison decidió articular.
Desesperada por escapar del interrogatorio que no me llevaría a ningún lado, me rasqué el cuello y suspiré.
—Es lo único que mantengo fuera de su alcance, pero no creo que no lo sepa. Ella solo espera a que me sienta cómoda para hablarlo. No es idiota —mascullé—. Aun así, son cosas que mantengo privadas por razones mías y quiero que siga así.
Él subió un escalón más, quedando al ras de mi boca que besó sin apuro.
—Gracias por confiar en mí —musitó contra mis labios.
Riendo, me separé de él.
—Yo no confié en ti para una mierda. Harrison solo tiene ganas de joder —solté, pisando de una buena vez el interior del jet con rapidez.
Las voces de mi grupo se hicieron más notables en cuanto entré y no bajaron el volumen aun cuando todos me divisaron. Me alegré por eso. Portaba el título de caporegime, más era feliz por cortos segundos cuando no me trataban como tal. Me tenían respeto, sí, pero en cortos momentos era una más de ellos y estaba bien con eso.
Sintiendo a Rise detrás de mí, me escabullí a la punta del jet, sentándome casi al lado de la cabina donde Damiano se preparaba para despegar. El mueble largo y blanco estaba vacío, siendo eso algo que no esperaba, por lo que tragué en seco cuando Rise se detuvo frente a mí con esa mirada divertida y hambrienta que empapaba mis bragas.
Su vistazo fue momentáneo. Lo suficiente para hacerme cruzar las piernas y que las ganas de cabalgarlo fueran de subida. Él sabía lo que estaba provocando, por lo que, con otra sonrisa más grande, pasó de mí, introduciéndose en la cabina sin dirigirme la palabra.
«Maldito».
Ignorando la sensación de mis bragas mojadas, dejé caer mi cabeza en el respaldo del mueble y cerré los ojos, intentando descansar por unos cuantos segundos.
Error número uno.
Mi ansiedad bateó con fuerza lo cachonda que me encontraba, dejándome justo donde debía estar desde un principio: preocupándome por mi mejor amiga.
Había pasado tiempo, demasiado tiempo sin escuchar su risa, sin mirar esas caras que me hacía cada vez que quería arrancarme la cabeza, sin escuchar su voz bajando dos octavas cuando me reclamaba por algo.
Sabía que ella era fuerte, una mujer demasiado fuerte para su bien, pero resistía aún más si no había nadie que a ella le importara que pudieran utilizar en su contra. Ahí, lo fuerte que era se convertía en impulsividad. Ella era capaz de arriesgarse, de saltar primero antes de que el barco se hundiera únicamente para salvar a quienes les importaba, y para mi desgracia Rush también.
Ambos se amaban de una manera que desafiaba cualquier lógica. Era salvaje, pasional y envidiable. Ellos podían incendiar el mundo solo para barrer sus cenizas con tal de asegurarse de que el otro estuviera bien, a salvo. El amor entre ambos era como un huracán imparable, destruyendo todo a su paso si era necesario. La intensidad de su relación no solo era apasionada, era una necesidad vital, una dependencia feroz y desesperada. Su amor era una llama que ardía tan brillante que podía cegar a quienes se atrevían a mirarla de cerca. La profundidad de su conexión, pese a que solo tenían meses juntos, era algo que pocas personas podían entender, y mucho menos igualar.
Era seductor verlo, presenciarlo. Tanto así que quería estar en primera fila para ver crecer tal conexión, tal ferocidad, con el pasar de los años.
Porque durarían.
No había lugar para las dudas en eso.
Terminar, que cada uno siguiera su camino luego de experimentar tal sentimiento salvaje no era una opción para ambos. Si eso llegara a pasar, se buscarían. No sobrevivirían el uno sin el otro, por muchas distracciones que llegaran a tener entre sus piernas. No eran capaces. Ambos se atraían como imanes. No había manera en el infierno que si, por cosas de la vida se separaran, al verse de nuevo no colisionarían como estrellas.
Estaban hechos el uno para el otro y era por eso que el mundo tenía que tenerles miedo. Porque no era normal lo mucho que ambos sacrificarían para mantenerse bien el uno al otro. En su universo, no existía nada más importante que la seguridad y el bienestar del otro. Incluso si eso significaba desatar el caos y la destrucción. Si alguien los separaba, no entendían la magnitud del error que estaban cometiendo. No sabían que estaban despertando a dos bestias que harían lo imposible por reencontrarse.
Arabella lucharía con uñas y dientes para recuperar a Rush. No importaba lo que tuviera que hacer, cuántas vidas tuviera que tomar o cuántos obstáculos tuviera que destruir. Ella era un torbellino de determinación y fuerza, y nada podría detenerla.
Rush, por su parte, desmembraría a cualquiera, a cualquier cosa que intentara mantenerlo alejado de la mujer que consideraba su princesa. Su amor por Arabella era su mayor fortaleza, así como su mayor debilidad. Él haría todo, cualquier cosa por ella, sin detenerse a pensarlo dos veces.
Y si los separaron se debía a que Alexey no comprendía.
No entendía que el amor entre esos dos no tenía límites. No sabía que estaban dispuestos a incendiar al mundo solo para estar juntos. No contaba con que se amaban lo suficiente para enfrentarse a cualquier cosa que se interpusiera entre ellos, incluso al caos más absoluto.
Ellos desatarían una guerra con quien sea, causarían estragos en cualquier parte del mundo con tal de tenerse, de conseguirse, de estar juntos. Para ellos, no había sacrificio demasiado grande, no había precio demasiado alto. Su amor era absoluto, inquebrantable, feroz y posesivo.
Era una ferocidad que me aterraba y me fascinaba a la vez. Verlos juntos era como observar a una tormenta perfecta: poderosa, hermosa y destructiva. Eran como dos fuerzas de la naturaleza, destinadas a estar juntos. Y si esas fuerzas llegaran a separarse, estaban destinadas a encontrarse una y otra vez, sin importar las circunstancias.
Sin embargo, había otra cosa aparte del desastre que provocarían en la tierra por estar separados que me preocupaba: la asquerosa herencia genética que Arabella tenía en su sistema.
Su oscuridad era peligrosa aun cuando permanecía oculta dentro de ella, pero que Arabella tuviese la maravillosa idea de hacerla salir para evitar que cualquier cosa le pasara a Rush…
Esa era una perspectiva aterradora.
Arabella era impulsiva, estaría dispuesta a hacer cualquier cosa por los pocos seres que significaban algo para ella. Y si eso significaba hacer un trato con su oscuridad para mantenerse a flote, luego de que todas sus fuerzas fueran drenadas…
Eso sería algo que aceptaría hacer con gusto. ¿Por proteger a Rush? ¿A las escasas personas con las que había formado un fuerte lazo familiar?
Sí. Lo haría.
Y como sabía eso, también sabía que se pasaría por el culo las consecuencias que eso acarrearía. Ese acto tan benevolente e impulsivo de su parte, ese intento desesperado por salvar a Rush, por pelear, no sería sin un costo.
Arabella se perdería.
Su oscuridad la dominaría y ella se perdería, porque la maldad de esa cosa era tan mortal que, a pesar que Arabella no lo admitiría de manera abierta, la disfrutaba.
La sangre, el poder que le otorgaba un arma, el control absoluto sobre la vida y la muerte de otros, verlos suplicar por perdón… Todo eso le atraía de una forma que me aterrorizaba, y sabía que a ella también, aunque de igual manera le fascinaba.
Era, al fin y al cabo, algo que compartía con su padre.
No obstante, su oscuridad era peor. A esa cosa no le bastaba con ver la sangre. No le bastaba con desmembrar un solo cuerpo. No le bastaba escuchar los gritos de auxilio de sus víctimas. Eso siempre quería más y si no lo obtenía en el momento que lo quería, lo conseguía por su cuenta, armando una matanza grotesca hasta que quedara satisfecha.
¿El otro problema?
Esa cosa nunca quedaba satisfecha.
La oscuridad dentro de Arabella no se contentaba con simples actos de violencia. No. Esa cosa siempre quería más: más sangre, más control, más gritos, más poder. Era insaciable. Una sola vez había tenido la oportunidad de haber visto su oscuridad actuar en todo su esplendor, y el recuerdo aún me perseguía en mis pesadillas.
Más de la mitad de los enemigos de Harrison en esa reunión dejaron de respirar. Arabella había desatado su oscuridad en toda su brutalidad: decapitaciones, cuerpos despedazados, un baño de sangre que había dejado a todos atónitos. Eran sesenta personas metidas en una sala, armando sus próximos pasos contra el hombre que antes trabajaba para Nóvikov. Hombre que saboteaba sus entregas, trancaba sus rutas y mataba a sus informantes cuando el trabajo lo requería.
La escena fue tan horrenda que incluso a Harrison, con toda su experiencia, le aterrorizó que una adolescente de apenas dieciocho años pudiera causar tal desastre grotesco de sangre. De ahí, él redobló los entrenamientos de ella con Levine, luego de que Arabella volviera en sí.
Fue una semana tortuosa para todos, pero fue aún más difícil tratar de atraparla sin que te volara la cabeza de un tiro en ese operativo.
Los entrenamientos con Levine habían sido un intento desesperado por mantenerla bajo control, pero incluso entonces, la sombra de su herencia era tan fuerte que solo lograba mantenerla a raya por cortos periodos.
Fue un momento. Una hora como mucho con ella sumida en su herencia. Sin embargo, eso acarreó mucha más mierda de la que quiero recordar.
La había visto en el borde del abismo, luchando por no ser consumida por esa oscuridad y, para su frustración, era una batalla que no podía ganar por completo. Su dependencia de un saco de boxeo para canalizar su oscuridad era un recordatorio que ella definía como “fragilidad”.
Ahora había pasado poco más de un mes.
El miedo de que mi mejor amiga le hubiese dejado a su oscuridad tomar el control para salvarse a sí misma o a Rush, fue lo que me mantuvo encerrada en la sala de comando o en la sala de control, buscando mucho más allá que simples pistas falsas.
Me aterrorizaba imaginar la magnitud de la oscuridad con la que tendríamos que enfrentarnos.
Esa vez, se tuvo a veinte personas tratando de controlar su apetito de sangre para llevarla de vuelta a Moscú, más se hizo uso de un sedante con el potencial de derribar a un elefante.
Entonces, ¿cuántas personas se necesitarían ahora? ¿Treinta? ¿Más de cuarenta? ¿Sería tan imparable que ni el mejor sedante que se tuviera a la mano la podría derribar?
No estaba preparada para esto.
La quería de vuelta, sí.
Pero estaba cruzando todo lo que tenía encima para que no le hubiese dado paso a su herencia. Porque si lo había hecho y dependía de mí derribarla con lo que sea que tuviera en las manos, moriría a manos de ella.
Yo nunca, nunca podría hacerle daño.
Podía ser racional, podía impedir que los sentimientos me nublaran la cabeza, podía matar a quien sea en un abrir y cerrar de ojos, pero no a ella.
«Nunca a mi alma gemela».
La simple idea de hacerlo era devastadora. ¿Y eso? Esa realidad, esa preocupación aterradora era lo que me carcomía por dentro.
—Caporegime —una voz masculina hizo que abriera los ojos. Con todo el estrés acumulado, una sonrisa falsa se me coló por las facciones, respondiéndole la suya—. ¿Echándose una siesta?
—Si eso ayuda a que el viaje sea más rápido, entonces sí —contesté, tratando de mantener una pizca de humor en mi voz.
—¿Sabes qué podría ayudarla más? —cuestionó, con una chispa de travesura en su tono. Alcé una ceja—. Hablar —admito que me eché a reír por eso—. Vamos, habla conmigo, caporegime. Verás que el tiempo se irá volando.
Durance Faith era un tipo demasiado amable, risueño y conversador para ser líder de uno de los equipos de élite sanguinarios del tercer eslabón de la pirámide. Sin embargo, evitar a toda costa quedarme a solas con él era una de mis prioridades. Especialmente por…
—¿De qué quieres hablar? —suspiré entre divertida y derrotada.
Sabía que no se iría sin antes iniciar una conversación, y no tenía el corazón para mandarlo a la mierda sin sonar como una perra desalmada.
En casos así necesitaba a mi otra mitad.
—¿Es verdad que a la bestia del Grant Harrison la tienen en el piso más custodiado de La Fosa? —sus ojos chisporroteaban con entusiasmo, ansiosos por la respuesta.
Era justo por su naturaleza directa e imprudente que prefería evitar estar sola con él.
A veces sus preguntas no eran inoportunas, pero hoy… Hoy mi paciencia estaba al límite. La ansiedad por el rescate me había consumido hasta el alma, y no deseaba añadir más peso a mi carga emocional.
Aunque su curiosidad era sincera, no pude evitar que su emoción me irritara en este momento. Si fuera cualquier otra persona, era posible que me hubiese levantado y sentado en otro lugar, sin decir una sola palabra. Las preguntas de ese tipo siempre solían tener segundas intenciones, con el fin de obtener el chisme más jugoso.
Pero no con Durance.
Quienes lo conocían bien, sabían que sus preguntas eran genuinas, impulsadas por una curiosidad infantil sobre cómo funcionaban las cosas. Era como tratar con un niño que siempre quería saber qué había más allá de lo que se veía.
En la mayoría de las ocasiones, encontraba su actitud refrescante y me era hasta divertido contestarle. Pero hoy no era uno de esos días. En este momento, lo único que deseaba era silencio, paz. Tiempo para sumergirme en mis pensamientos, para ahogarme en la ansiedad y planear millones de estrategias alternas por segundo, por si el plan que teníamos no funcionaba por cualquier obra del destino que quisiera joderme.
Porque entrar a La Fosa no era una tarea fácil.
En Las Sombras, La Fosa se le conocía como “los ocho caminos del infierno”, un nombre que reflejaba su verdadera naturaleza.
Fuera de Las Sombras, sin embargo, ese maldito lugar se presentaba como un paraíso para los aspirantes al boxeo profesional. Prometía fama y fortuna a quienes se atrevieran a desafiar sus límites.
Atlas Foster gestionaba su industria criminal y profesional mucho mejor que cualquier peldaño de la pirámide. Su éxito en el mundo exterior era tan notable como el brillo de su nombre en las carteleras y periódicos, pero eso no significaba que su negocio no estuviera lleno de mierda.
Atlas tenía múltiples locales alrededor del mundo, cada uno vendiendo el sueño de alcanzar las grandes ligas del boxeo con una sonrisa y excelentes campañas publicitarias. Era un hombre de negocios consumado, así como cada líder que conformaba la pirámide.
La cuestión aquí era que, detrás del esplendor de su falso nombre y la apariencia reluciente de sus establecimientos, el negocio de Atlas era turbio y estaba de más decirlo.
No todo lo que brillaba era oro, y La Fosa era una prueba viviente de esa realidad.
Él se aprovechaba de las esperanzas y sueños de los jóvenes boxeadores, prometiéndoles las nubes y las estrellas. A los que mostraban un verdadero compromiso, que querían alcanzar mucho más, empezaba con su trayecto. Se los llevaba a La Fosa. Allí los hacía firmar un acuerdo de confidencialidad, los amenazaba con sus vidas y luego, una vez asegurado su silencio, los arrastraba a las profundidades del abismo. Los transformaba en máquinas asesinas o, si la suerte no estaba de su lado, en esclavos del lugar.
Mientras que los establecimientos de Atlas fuera de Las Sombras eran pulcros y llamativos, su fosa era todo lo contrario. Su localidad era secreta, la cambiaban cada tanto tiempo. No obstante, siempre se encontraba dentro de los perímetros del país inglés. No importaba donde, siempre tenía una localidad asegurada.
La Fosa era un lugar amplio, subterráneo y maldito, con más de mil personas enterradas bajo los escombros de sus sueños rotos o crímenes cometidos, con tan solo una salida y entrada, la cual verían una sola vez en su vida. La mayoría de los internos se ganaban la vida peleando contra otros contrincantes, siendo algún hombre o mujer que había traicionado a la cabeza de la mafia a la que servían. La minoría restante, encerrada por diversas razones, se encontraba atrapada en ese infernal círculo, condenada a vivir una vida de brutalidad y desesperanza.
Hace años, Atlas Foster quiso darle otro uso a su Fosa, no contentándose sólo con las peleas sangrientas que le proporcionaban más dinero del que podía contar. Por eso, los primeros tres pisos estaban habitados por personas que los demás líderes de las mafias necesitaban vivos, tanto para situaciones personales como para cuestionarlos, para sacarles información de la manera más sádica posible. Si no servían, si no había nada más que sacarles, se los dejaban a Foster. Una vez en su poder, sacaba ganancia de las escorias, preparándolos para peleas sádicas y clandestinas, preparándolos para nunca más ver el sol.
Claro, él no era imbécil.
Mantenía todo en secreto para no morir de un disparo en la cabeza por cometer traición con cada contrato que firmaba para servirles a diferentes líderes de la pirámide. Nóvikov era muy celoso con cada peldaño que tenía de los eslabones de la pirámide que trabajaban para él. Foster era uno de ellos, y desde hacía años. Por ende, si Nóvikov se enteraba de su sucio negocio, no terminaría bien para él.
Pese a todo eso, solo unos pocos allegados a Foster sabían cómo funcionaba el interior de su fosa.
Gracias a Dios, Harrison era uno de ellos.
Contábamos con ocho pisos; los tres primeros eran las escorias, los siguientes cuatro se dividían entre dos: dos para los jóvenes principiantes que Foster había arrastrado para empezar con su esclavitud, y los otros dos para los veteranos, para esos quienes tenían su vida hecha en ese lugar. Luego quedaba el último piso. Después de descender por todo ese laberinto, se encontraba ese piso, reservado únicamente para los peores, para aquellos que no podían controlar.
Los rebeldes, los llamaban.
Ahí, encerrados en jaulas que pendían en el aire, se encontraban lo peor de lo peor. Algunos de ellos eran sacados de vez en cuando, cuando la pelea lo requería o querían ver algo más de acción. Sin embargo, eso era raro de ver. Todos los que estaban en ese último piso terminaban las peleas rápido, no dejaban que el público las gozara, y ellos tampoco se saciaban con un solo cuerpo. Siempre querían más. Eran bestias insaciables por la sangre, bestias temidas.
Y ahí, ahí se encontraba mi mitad.
—También he escuchado que nuestro objetivo es peligroso, ¿lo sabías? —siguió parloteando Durance.
Creí que ya se había cansado de seguir conmigo por la escasa comunicación que le estaba ofreciendo, pero al parecer no. Estaba tan ensimismada en mi propia mierda que ni siquiera me había dado cuenta cuando habíamos despegado. A través de las ventanillas sin cubrir, notaba cómo las nubes se oscurecían más y más con el paso del tiempo.
Tarareando una respuesta afirmativa al pobre hombre, repasé el interior del jet. ¿Cuánto tiempo había estado metida en mis pensamientos? ¿Minutos, horas? No. No podían ser horas. El viaje solo duraba unas pocas. Una y media, para ser exacta.
—Por eso se encuentra en el último piso. Ya quiero ver como será poder pasar por esa fosa, ¿tú no? Solo he escuchado cuentos de ella, pero siento que exageran. ¿Tú qué crees? ¿Has entrado? ¿Sabes cómo es?
Listo.
No iba a soportarlo más.
Abrí la boca para pedirle que me dejara en paz de una vez por todas, pero lo único que salió fue un:
—Solo he escuchado rumores.
Lo dije entre dientes. ¡Entre dientes! No podía mandarlo a la mierda. No podía. No me salía.
Durance tampoco notó mi renuencia.
Siguió hablando, colocando una sonrisa gigante en su rostro cada vez que conseguía una corta respuesta de mi parte. Si seguía así, yo…
—¿Todo bien? —preguntó el hombre que creí que no iba a ver de nuevo hasta llegar a Londres.
Se dejó caer en medio del líder de La Niebla Siniestra y yo, pasando un brazo por mis hombros y entrelazando mi mano con la suya.
Su acción no fue forzada.
Lo que hizo se vio tan natural que ni siquiera Durence se dio cuenta de lo que Rise había hecho, hasta que mi mirada hizo que lo notara.
—Durence, ¿qué tal? —saludó Rise, haciendo que sus ojos volvieran a subir—. Oí por ahí que tu viaje a México fue bastante interesante.
Y así, como por arte de magia, la atención total de Durence se enfocó en describir los detalles de lo que sea que había vivido en México. Tal era la magnitud de la historia que hasta Andrew y un par de soldatos más se hicieron presentes, sentándose en el pasillo para escuchar con atención.
Sin seguir siendo el centro de atención, eso fue lo que necesitó mi ansiedad para encerrarme en sus garras de nuevo, hundiéndome en una desesperación atosigadora. Mi pierna empezó a moverse de arriba abajo y mi corazón comenzó a bombear con fuerza.
La ansiedad no era lo mío.
No la había sufrido hasta después de lo que había pasado con Cox y no la había sentido hasta ahora, que le había dado la gana de aparecer, siendo peor de lo que recordaba.
Fue su toque que me sacó de mi espiral ansioso. Parpadeé varias veces, tratando de encontrar la fuente, y una sonrisa casi se me escapó al ver su pulgar haciendo pequeños círculos en mi mano.
—Te vas a reventar la cabeza —masculló. No le importó que Durance tuviera, otra vez, la vista clavada en nosotros, pese a que Andrew ahora había tomado la palabra, parloteando sobre lo emocionado que estaba por al fin salir del búnker… o eso creía yo—. Todo va a salir bien. Será pan comido, sol. Entramos, la encontramos, salimos y damos media vuelta a la base. Es fácil.
Ehh…
Espera.
¿Había escuchado bien?
¿Me había llamado “sol”?
¿Él a mí?
—¿Sol? —cuestioné, extrañada, en un susurro mientras la sonrisa vencía a mi renuencia inicial, deslizándose por mis labios con lentitud—. ¿En serio? ¿Dónde quedó eso de que “los apodos pegajosos no van conmigo”, Rise?
Sus labios rozaron con deliberada lentitud mi oreja, bajando hasta llegar a mi lóbulo. Lo mordió con suavidad y luego, cuando se dio cuenta que me estaba haciendo gelatina en sus brazos, susurró impregnando todo el sarcasmo que podía:
—Al lado de tus “será la última vez”, “solo por esta noche” y “me iré en la mañana” que me dabas cada vez cuando tocabas a mi puerta, sol —se tomó una pausa para seguir haciendo círculos en mi mano con el pulgar y luego continuó, burlón—. En la basura.
Me reí entre dientes, pero no diferí.
Dejé que sus círculos apacibles siguieran aplastando mi ansiedad, conectándome con los soldatos con los que hablé sin renuencia hasta que la hora de viaje pasó en varios parpadeos.
Una vez que el jet aterrizó en el aeródromo, dejándonos frente al hangar privado que Harrison disponía, las cosas dieron un giro tenso para mí, alzando en vela esa maldita ansiedad de nuevo.
Rise intentó volver a calmarme, pero sus intentos se fueron al caño cuando dieciocho pares de ojos se enfocaron en mí, esperando órdenes. Una sola mirada de regreso bastó para que Viveka empezara a moverse hasta la salida del jet, comenzando con la movilización del grupo. Cada soldato salió con la cabeza en alto, dejándonos a Rise y a mí de últimos.
Con un casto beso en mis labios, Rise me señaló la salida. Fue su aire de seguridad el que me terminó de convencer para tomar una respiración profunda y terminar saliendo del jet.
El frío de la noche inglesa me arropó al poner mis pies en el suelo de concreto, pero lo ignoré. Fijé la mirada en el segundo jet del que bajaban más soldatos, en el hangar que mantenía sus puertas abiertas de par en par y en las filas de camionetas negras con sus luces blancas encendidas, iluminando aún más la pista de aterrizaje, listas para ser usadas.
El rostro de Aaron fue el que me distrajo unos segundos antes de que me montara encima del capó de una de los vehículos para reclamar atención. Fue él mismo quien se me acercó con una sonrisa corta entre los labios.
—En el momento en que Harrison me dijo que tú encabezabas esto… —sacudió su cabeza, haciendo que esos rizos dorados cayeran en su frente. Golpeé su brazo de manera juguetona y esa mirada chispeante resaltando en esos ojos azules me abrazaron con calidez—. Nunca en mi vida pensé volverte a ver, sirena. Te ves exactamente igual que cuando te fuiste.
—Me tomaré eso como que sigo igual de preciosa —le regalé un guiño, para luego señalarle la camioneta—. ¿Sigues igual de caballeroso?
Él se rió entre dientes, ayudándome a montarme en el capó.
Historia era lo que Aaron y yo teníamos en común, pero tiempo no tenía para recordarla.
Tenía en frente cosas más importantes.
Los dos grupos se volvieron uno en cuanto me divisaron encima de una de las camionetas. Los repasé a todos y me di cuenta que en esas filas no se encontraban ni Rise, ni Riden. Aaron me señaló con disimulo el hangar cuando paré en él y casi volteaba los ojos.
«Imbéciles desesperados».
—¡Equipos de cinco en cada camioneta! —ordené en cuanto estaba segura de que contaba con su atención—. Los que estarán al volante de cada una de ellas serán: Rise, Riden, Zacharias, Viveka, Durance, Isaac, Anna e Isabella. ¡Los demás se van ordenando a partir de ahí! ¡Armas dentro del hangar, por lo cual Aaron se encargará de guiarlos! ¡A moverse!
Dicho eso, el grupo desplegó. Pasaron unos cuantos minutos con soldatos y yo corriendo de aquí para allá, hasta que por fin todos se subieron a sus respectivos vehículos con sus respectivos líderes, armados hasta los dientes.
Mi misión era montarme en la camioneta con Rise, pero surgió el problema con Isabella y su nulo conocimiento sobre camionetas sincrónicas. Tuve que ocupar su lugar luego de silenciarla unas tres veces por sus repetidos discursos de disculpas. Maldije entre dientes cuando por el retrovisor me tocó ver a esa desagradable mujer con su cara reflejando todo el odio que tenía hacia mí.
—El placer tampoco es mío, Adi —mascullé con sarcasmo.
Ella resopló en respuesta, añadiendo una capa de tensión en el interior del vehículo. Isabella, Rory e incluso Andrew tuvieron que mirar hacia otro lado por la incomodidad brindada por la alemana.
—Equipo tres listo —la voz de Riden me llegó por el auricular.
—Equipo cinco listo —siguió Zacharias.
—Equipo ocho listo —habló Isaac.
—Equipo dos listo, preciosa —que Rise saliera con eso me lo debía de esperar, pero aun así casi me ahogaba con mi propia saliva por el mote que soltó.
—Equipo cuatro a la espera de sus órdenes, caporegime —gracias a Dios por Durance que decidió seguir en el acto.
—Equipo seis dejando a Mila Massey, Nathaniel Wright y Collin Harper en el hangar, pero listos para sus órdenes, caporegime —soltó Viveka sin humor.
—El equipo siete también está listo, caporegime —Anna fue la última, logrando que cayera en cuenta de lo que estábamos a punto de hacer.
—Equipo seis en la punta. Me quedo de última —hablé, encendiendo el motor—. Los quiero a todos en una línea hasta llegar al lugar. Empiecen a desplazarse.
Tomó un momento para que Viveka comenzara a moverse, colocándose en la punta de la caravana. El rugido de los motores restantes llenó el aire mientras las camionetas comenzaban a moverse, una tras otra. Observé cómo cada una tomaba su lugar, formando una línea perfecta que se extendía por la pista de aterrizaje.
Los seguí, saliendo por fin del aeródromo.
Las luces de los vehículos iluminaban el camino por delante, creando un sendero brillante en la oscuridad de la noche. Tome una respiración profunda, dejando que el aire frío me llenara los pulmones, calmando mis nervios, borrando de mi cabeza esa sensación de incomodidad que Adalia se había tomado el tiempo de surtir.
Era hora de alejar todo de mi cabeza.
Sabía que no podía mostrar ninguna debilidad frente a mi equipo; ellos necesitaban ver en mí una líder fuerte, decidida.
Tenía en cuenta que lo era, por lo que creérmelo no fue difícil. Había llorado el tiempo suficiente. Ya no más.
No más sentimentalismo, ni más lágrimas.
Sufrí lo que tenía que sufrir, y ahora era tiempo de cobrar.
Me iba a ir de aquí con mi mejor amiga en mis brazos, así tuviese que matar a cada escoria que Foster tuviera trabajando para él, uno a uno.
Bells en estos momentos era mía. Contaba conmigo. No la iba a defraudar. No más de lo que ya había hecho.
—Kendall, necesitas organizar un equipo de rastreo que se dirija inmediatamente a Londres. —Le ordené—. Riden, tú te encargarás de coordinar el seguimiento de las cámaras de seguridad en los alrededores del lugar donde fueron vistos por última vez. No podemos permitir que se nos escapen otra vez.
—Harrison, no será fácil —intervino uno de los presentes, tratando de mantener la calma—. Si Nikolay está tan cerca, tendremos que ser más astutos que nunca.
—Lo sé —respondí con dureza—. Pero no tengo intención de fallar. No cuando estamos tan cerca. —Me acerqué a la pantalla, repasando mentalmente cada detalle del video—. Usaremos todos los recursos disponibles. Si hay que derribar puertas, se derriban. Si hay que hackear sistemas, se hackean. No dejaré que ese bastardo nos gane.
Me volví hacia el grupo, encontrando sus miradas con una determinación inquebrantable.
—Esto es más que una misión de rescate. Es una cuestión de honor y de supervivencia. Si Nikolay consigue a Ekaterina, será nuestro fin. No solo perderemos a una valiosa aliada, sino que perderemos nuestra posición de poder. Y eso es algo que no estoy dispuesto a permitir.
Me acerqué a Riden, que seguía con el semblante tenso.
—Riden, sé que esto ha sido duro para ti. Pero necesito que te concentres. Esta es nuestra última oportunidad. Si fallamos, no habrá vuelta atrás.
Él asintió, tragando con dificultad, pero con una chispa de resolución en sus ojos.
—Entendido, Harrison. No fallaré.
—Bien —dije, dirigiéndome hacia la puerta—. Kendall, moviliza al equipo. Los quiero listos en una hora. Nos dirigimos a Londres.
Mientras salía de la sala, sentí cómo la adrenalina comenzaba a fluir por mis venas. Habíamos pasado semanas en una carrera contra el tiempo, y ahora, finalmente, teníamos una ventaja. No importaba lo que costara, estaba decidido a ganar esta batalla.
La guerra por el liderazgo de la Bratva Rusa había comenzado, y no me detendría hasta asegurarme de que cada traidor y enemigo pagara por su traición. El krovovlastiye llegaría a su fin, y yo estaría al mando cuando eso sucediera.
—La operación será liderada por Kendall —continué, apuntando a ella—. Estará a cargo del rescate junto a un equipo de treinta y ocho personas de la élite. Lo mejor de lo mejor. Milanna, Rise, Riden, Adalia y Viveka, todos ustedes estarán en ese equipo. No podemos permitirnos errores.
Miré a Kendall directamente a los ojos.
—Quiero que entiendas la seriedad de esta misión. No habrá segundas oportunidades. La Fosa es un laberinto de peligros y necesitamos ser precisos y rápidos. ¿Estás lista para esto?
—Lo estoy —respondió Kendall con determinación.
—Bien. El objetivo es claro: entrar, sacar a Arabella y neutralizar cualquier amenaza en el proceso. Si Foster se interpone, lo eliminamos sin dudar. No podemos arriesgarnos a que el Boss llegue antes que nosotros.Me volví hacia los demás.
—Milanna, tu conocimiento del terreno será crucial. Necesitamos un mapa detallado de La Fosa, con cada punto de entrada y salida identificado. Riden, asegurarás las comunicaciones. No quiero sorpresas. Cada equipo debe estar en contacto constante. Rise, coordinarás la logística. Quiero que cada hombre y mujer esté equipado con lo mejor. Adalia y Viveka, os encargaréis de la seguridad perimetral. Nada entra ni sale sin que nosotros lo sepamos.Hice una pausa, dejando que la estrategia se asentara en sus mentes.
—Sabemos que el Boss está cerca, demasiado cerca. Si queremos tener una oportunidad, debemos golpear primero y golpear con fuerza. La información es clara, la preparación es clave. Este es nuestro momento.
Me acerqué a la pantalla, señalando el mapa de La Fosa.
—Kendall, tu equipo entrará por el oeste. Es el punto menos vigilado según nuestros informes. Desde ahí, avanzaréis hacia la sección norte donde mantienen a Arabella. Riden, asegúrate de que nuestras distracciones en el este y sur sean efectivas. Necesitamos desviar la mayor cantidad de guardias posible.
La tensión en la sala era palpable, pero necesaria. Sabían que no había margen para errores, no esta vez. El destino de la Bratva y la vida de Arabella dependían de nuestras acciones en las próximas horas.
—Estamos en una carrera contra el tiempo. No podemos permitir que Nikolay nos gane. Ya hemos perdido demasiado. Ahora es el momento de recuperar lo que es nuestro y asegurarnos de que nuestros enemigos paguen por cada ofensa.
Me alejé de la mesa, dando por concluida la reunión.
—Tenemos nuestras órdenes. Movilizaos y no dejéis nada al azar. Nos reuniremos en una hora para coordinar los próximos pasos. La guerra ha comenzado y no pienso detenerme hasta que ganemos.
Mientras salía de la sala, la adrenalina corría por mis venas. Habíamos estado a la deriva durante veintisiete días, pero ahora teníamos una dirección, un propósito claro. No importaba lo que costara, estaba decidido a llevar esta misión a buen término. No solo por Arabella, sino por el futuro de la Bratva y mi propio legado.