1. Let's Play - Capítulo 6
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Capítulo 6: 4
El error más amable y costoso del día
Algunas partidas no terminan. Solo escalan
En cuanto Zacharias…
«No. Basta. Se queda en Zach. Cristo».
…desapareció de mi vista, me quedé tirada sobre la grama como si el suelo fuera lo único que podía sostener el desastre que tenía por cabeza. Cerré los ojos, intentando calmar el dolor que me martilleaba las sienes y las muy legítimas ganas de renunciar a este trabajo antes de cumplir veinticuatro horas infiltrada.
Estaba a segundos de ensayar el discurso perfecto para Harrison —uno con manipulación, una pizca de odio y tal vez un balazo incluido para reforzar el efecto— cuando un carraspeo interrumpió mi momento de autocompasión silenciosa.
Levanté la cabeza, molesta, solo para encontrarme con una adolescente parada frente a mí, observándome como si fuera una especie de criatura rara.
«Fabuloso». Así que hoy era el día del Encuentro Sorpresa con los Anderson. Tan solo me faltaba la abuela y el perro de la familia y ¡bingo!, tendríamos una reunión familiar en curso.
—¿Eres nueva? —preguntó Jessamine Anderson, la menor del clan. Asentí con un mínimo movimiento de cabeza, sin ánimos de socializar—. Me llamo Jessamine, pero puedes decirme Jess —agregó con una sonrisa de comercial de pasta dental—. ¿Y tú?
—Larissa Sage —dije, sin disimular el fastidio. Para ser honesta, lo único que quería era que se largara y me dejara en paz con mi miseria mental.
Sonrió aún más y casi mis ojos se entrecerraban solos. La chica no solo no captó la indirecta, sino que decidió ignorarla, dándome ese brillo de la genética obstinada que sus dos primeros hermanos daban señales de tener.
Jessamine era idéntica a Drake, aunque con el cabello castaño y una versión más refinada de sus rasgos. Misma sonrisa de “todo está bien en mi mundo”, mismos ojos azul brillante, y el mismo hoyuelo en la mejilla izquierda que parecía gritar “confía en mí”… cosa que, si ella estuviera hablando con otra persona, lo haría a ciegas.
—¿Te molesta que te diga Issa? —preguntó con amabilidad.
Me forcé a sonreír.
—¿Por qué no? —suspiré con resignación.
«¿Por qué no tirarme también al lago, ya que estamos?».
Y antes de que pudiera buscar una excusa elegante para irme, se sentó a mi lado como si fuéramos viejas amigas de la secundaria, cosa que observé con recelo.
Según el archivo, Jess era modelo, como sus hermanas. Y sí, tenía todo el aspecto. Cuerpo perfecto, piel de revista, y una vibra de chica buena que daba urticaria si estabas demasiado cerca.
—Entonces… ¿eres de intercambio, cierto? —siguió ella.
—Ajá —asentí. Parece que el rumor de la “chica rusa nueva” se había esparcido más rápido que una foto filtrada.
—¿Eres de las que les gusta estar solitarias? —fruncí el ceño, haciendo que ella esbozara una corta sonrisa—. Es que no pareces. Aunque tienes un aura de “no te me acerques”, eres muy bonita para querer fluir con el viento y que éste te dejara aquí hasta tan tarde.
—¿Tarde? —cuestioné, sonando aún más confundida.
—¿Si te das cuenta que son pasadas las cinco, no?
¿Cinco? ¿Ella de verdad dijo cinco de la tarde?
Me atraganté con mi propio aire.
—¿Cinco?
¿En qué parte del multiverso había estado sentada tanto tiempo en ese árbol sin darme cuenta? ¡Harrison iba a matarme! Matarme literal. En cuanto tocara el suelo del piso nuevo y viera sus llamadas perdidas en el desechable que había dejado —por desesperada— en el cajón de la mesa de noche, iba a desaparecerme del mapa.
Me levanté de golpe, tomé mi bolso y empecé a sacudirme el trasero por si llevaba media grama pegada como recuerdo. Estaba lista para desaparecer, preparándome para el sermón que me esperaba cuando la voz de Jessamine volvió a interrumpirme:
—¿Tienes algo que hacer o quieres ir a mi casa por unas pizzas?
Me congelé. ¿Qué?
¿Ella me estaba invitando a su casa? ¿Así, sin más? ¿Sin siquiera revisar si no tenía cara de psicópata o antecedentes penales? ¿Dónde estaban sus instintos de supervivencia?
Le dediqué una mirada de desconfianza total.
—¿Por qué? —pregunté, con el tono exacto entre “no me interesa” y “explícate rápido”.
La chica bajó la mirada, suspiró con suavidad y después me enfrentó con una honestidad que no me esperaba.
—Sé lo que estás pensando. ¿Por qué proponerle a una desconocida, que bien podría ser una asesina serial, que vaya a mi casa sin conocerla antes? —Lo dijo como si tuviera la frase ensayada. Como si ya la hubiera repetido muchas veces, aunque dudaba que alguien la hubiese escuchado con la suficiente atención como para notarlo—. La verdad es que no tengo amigas por aquí. Todas las que se me acercan lo hacen para aprovecharse, para conseguir algún tipo de conexión con mis familiares —confesó, bajando un poco la voz.
Bueno, lo admitía. Me había dado justo en una parte blanda que creía tener extinta: la empatía.
No era tonta. Esa clase de sinceridad no se fingía. Y si por casualidad se hacía, entonces la maldita era buena. Demasiado buena.
—¿Tu apellido es famoso o qué? —pregunté con fingido interés, como si no supiera ya hasta el grupo sanguíneo de los malditos Anderson.
Jessamine me regaló una sonrisa tan grande que casi me encandila. Perfecta dentadura, hoyuelo a juego… de verdad que parecía salida de un catálogo de ropa cara.
—Tengo el presentimiento de que tú no eres como ellas —concluyó, como si supiera leer debajo de la piel.
Me encogí de hombros, negando con la cabeza, y antes de poder decirle algo más, me tomó del brazo y comenzó a caminar conmigo, parloteando sin parar. Yo asentía cada tanto, fingiendo atención mientras pensaba en lo irónica que era la vida. Apenas unas horas antes quería enterrarme bajo tierra, y ahora iba camino a casa de una adolescente hiperactiva, con comida incluida.
Nos detuvimos en el estacionamiento, justo frente a un A5 cabriolet blanco que brillaba como una maldita joya bajo el sol.
Jadeé.
¿Una chica de dieciocho años, parte de una familia suicida, tenía un coche así y yo, con veinticuatro, tenía que andar jugando al infiltrada con ropa prestada porque mi papel así lo requería?
Jessamine se rió al ver mi cara de absoluta envidia.
—¿Te gusta? —preguntó, sonriente.
¿Que si me gustaba? Era un maldito Audi. Me gustaba, me obsesionaba, me quería casar con él.
Solo asentí, incapaz de verbalizar mi emoción. Ella, sin previo aviso, sacó la llave del bolsillo y me la lanzó.
La atajé por puro instinto, todavía procesando lo que estaba pasando.
—¿Qué…? —alcancé a decir.
—Espero que sepas conducir —respondió con una sonrisa descarada mientras se metía al asiento del copiloto como si nada.
«¿Estoy soñando? ¿Estoy muerta? ¿Me atropelló un autobús y esto es el cielo?».
Más emocionada de lo que debería, abrí la puerta del conductor y me deslicé dentro del coche como si hubiera nacido para eso. Dejé caer el bolso en los asientos traseros y me tomé unos segundos para admirar el interior del Audi.
—Es una maravilla —murmuré, casi en trance.
Jess rió.
—¿Has estado en Miami antes?
Asentí. Seguía muda. El volante se sentía mejor que el abrazo de Kendall cuando no me estaba volviendo loca.
—Bien. ¿Y qué esperas? Mamá seguro ya está preparando la cena.
Reí, pero esta vez de verdad, y metí la llave en el encendido. El auto cobró vida con un ronroneo que me hizo sonreír como idiota.
Noté que había dicho “mamá” y no “mis compañeros de piso”. Así que, sí, la chica me acababa de confirmar que todavía vivía con sus padres. Bastante curioso para la pequeña aura de independencia que percibí en ella al instante de fijar mis ojos en su cara, pero ahora mismo tenía la atención de un mosquito atrapado en una lámpara de neón. Todo lo que me importaba era ese volante entre mis manos.
Está bien. En definitiva podría acostumbrarme a distintos… “lujos” si seguía rodeada de estúpidos Anderson. Podría pagar ese precio si él venía con de dos a cuatro ruedas y motores espectaculares.
—¿Vives lejos? —pregunté, al fin recuperando la voz.
—Como a unos veinte minutos de aquí —respondió con calma.
Sonreí, con confianza.
—Llegaremos en diez —dije, y arranqué.
El camino hasta su casa fue tan sencillo como peligroso. No por el tráfico ni la velocidad —aunque sí, lo admitiría, me tomé algunas curvas como si estuviera en una persecución policial—, sino porque mi atención estaba dividida entre la ruta y lo absurdamente bien que se sentía manejar un precioso Audi.
No lo dije en voz alta, pero no me hubiera molestado en absoluto quedarme con ese carro y desaparecer hacia el atardecer con una nueva identidad.
Cuando Jess señaló su casa, frené de golpe. No porque no la hubiera visto —era imposible no verla—, sino porque aquello no era una casa.
Era una maldita mansión.
Tres pisos, ventanales infinitos, jardines que parecían sacados de una revista de paisajismo y una fachada tan pulcra que me dieron ganas de quitarme los zapatos antes de siquiera poner un pie fuera del coche.
—¡Eso fue increíble! —exclamó Jess apenas llegamos.
Y sí, había sido una locura. Tal como le prometí, llegamos en tiempo récord, rompiendo todos los límites de velocidad no escritos —y tal vez también los escritos—. Conducir un A5 Cabriolet a toda velocidad por las avenidas de Miami ahora podría tacharse de mi lista de “cosas que quizás no debería hacer, pero igual hice”.
Aparqué justo frente a la entrada, con cuidado casi tonto. No pensaba rayar ese auto ni en broma. Sonreí, todavía con las mejillas enrojecidas por la emoción.
—Gracias por prestarme a tu bebé —dije, dándole una palmadita al Audi mientras me bajaba y sentía cómo me tragaba el contraste entre lo que era y lo que representaba ese lugar. Mármol blanco, columnas, puertas dobles… todo el paquete.
Jess rió y volvió a tomarme del brazo como si fuéramos amigas de toda la vida, arrastrándome hacia su palacio. Porque, de nuevo, no. Eso no era una casa. Era un ridículo museo con Wi-Fi y gente adentro.
Fue ahí que entendí por qué la señorita Anderson no vivía en una residencia universitaria como el resto de los mortales. ¿Quién cambiaría mármol italiano, escaleras con barandales de hierro forjado, y un jardín que parecía sacado de una película de Jane Austen por un cuarto compartido y baños con hongos?
—¿Vives aquí? —tuve que preguntar, arrastrando las palabras mientras la miraba de reojo.
Jess asintió, como si nada.
—Sí. Mis papás son algo tradicionales, les gusta que estemos todos juntos… mientras dure.
Tradicionales. Claro.
Me seguía pareciendo absurdo que alguien como ella, que parecía vivir en una cápsula de cristal, me hubiera invitado a entrar.
—¿Y tus hermanos viven todos aquí también? —pregunté como quien no quiere la cosa, aferrándome a una de las pequeñas conversaciones que habíamos tenido en el camino sobre sus hermanos, mientras la seguía por el camino de piedras alineadas a la perfección.
—No todos. Zach tiene su propio apartamento cerca de la universidad, aunque igual viene bastante. Lainey sigue aquí. Y Drake y Kira… bueno, ellos vienen cuando les da la gana —dijo, alzando los hombros como si no fuera un tema.
Era curioso que quien hubiese iniciado el plan suicida fuese quien viviera lejos. A este punto, el imbécil tenía que estar encerrado en una torre roja, debajo del mar si era posible, pero… ¿quién era yo para sugerir tal cosa?
Entramos a la casa y lo primero que me golpeó fue el olor. Ese tipo de fragancia que solo las casas con dinero verdadero tienen: cara, discreta, elegante, y con un toque a “si rompes algo, lo pagas con un riñón”.
Jess dejó su bolso en una repisa de cristal y me hizo una seña para que la siguiera hacia algún lugar de la casa. Caminé con cuidado, como si en cualquier momento me fueran a disparar por pisar una alfombra mal puesta.
—¡Mamá! —gritó, casi dejándome sin tímpano, al entrar directo a lo que parecía la cocina.
Su voz resonó por el espacio varias veces más, pero mi mente decidió enterrarla al ver tal espacio que, como era de esperarse, era una exposición del catálogo “hogar de ensueño clase multimillonaria”. Electrodomésticos empotrados, encimeras que reflejaban la luz como si fueran espejos, y ese aire a “no cocino, pero tengo cocina” que solo tenían las casas de su tipo de gente.
—¿Qué son todos esos gritos, Jessamine? —Inquirió una voz masculina que me hizo girar de inmediato.
Choqué contra unos ojos azules profundos el tiempo suficiente como para hacer mis conexiones. «Ah, sí». Era el mismo hombre con el que debía reunirme mañana por la noche en su empresa, como parte del estúpido plan de infiltración que todavía no terminaba de procesar sin ganas de arrancarme el alma.
Entró como si dominara el mundo —porque probablemente sí lo hacía—, con un porte elegante y una mirada que analizaba cómo bisturí. Me observó de arriba abajo, tal y como lo había hecho Zacharias la primera vez, aunque esta vez no había ni rastro de interés masculino. Solo cálculo. Y reconocimiento.
Cuando frunció el ceño al punto de fusionarse las cejas, supe que ya había hecho las conexiones mentales.
—¿Dónde está mamá? —preguntó Jess, colgándose de su padre como si no acabara de alterar la atmósfera con sus gritos.
Él la abrazó sin dejar de mirarme. Aprecié el esfuerzo de fingir normalidad.
—Abajo, con la ropa —respondió con voz tranquila. Jess se separó de él y se colocó a mi lado como si pudiera protegerme del interrogatorio que se venía—. ¿Quién es tu amiga, Jess? —preguntó por fin.
Ella se aclaró la garganta y lanzó la bomba con una sonrisa forzada.
—Ah, sí, lo siento. Papá, ella es Issa. Issa, él es mi papá —dijo con rapidez, tratando como que de quitar la curita de un solo golpe—. Issa es alumna de intercambio, viene de Rusia, estudia lo mismo que Zach… aunque no entiendo qué le ven a esa carrera de interesante —remató, encogiéndose de hombros.
Rusia. Bien. Al menos había retenido la poca información que le había dado al minuto que me había dejado hablar.
El señor Anderson me regaló una sonrisa diplomática, de esas que no decían mucho pero observaban todo. Asintió sin mucho entusiasmo y se sentó en uno de los banquillos disponibles frente a la isla de la cocina. Jess me lanzó una mirada de disculpa antes de acercarse.
—¿Puedes esperar aquí mientras busco a mamá? —suplicó con voz suave—. Puedes sentarte dónde quieras o asaltar la nevera si es lo que deseas. Deja el bolso por ahí.
Le di una sonrisa corta.
—No te preocupes, Jess —respondí.
Ella suspiró aliviada y salió disparada de la cocina. Apenas desapareció, el carraspeo grave y educado del señor Anderson me trajo de vuelta a la realidad.
—¿Sí? —respondí, girándome hacia él.
Se levantó en completo silencio, sin decir una sola palabra, y caminó hacia la entrada de la cocina. No necesitaba decir nada. La indirecta era clara como el agua: “sígueme”.
Y eso hice.
Atravesamos un par de escaleras de mármol, pasillos demasiado largos como para justificar su existencia, y finalmente se detuvo frente a una imponente puerta de madera. La abrió sin ceremonias y me indicó con un leve gesto que pasara.
Cuando crucé el umbral, me encontré con lo que claramente era su oficina personal. Y, cómo no, era igual de desmedida que el resto de la casa: estantes repletos de libros alineados con precisión cubrían las paredes, y un ventanal descomunal dejaba entrar la luz dorada del atardecer, regalando una vista panorámica del jardín, la piscina y lo que quizás era un mini zoológico privado. Los muebles eran de cuero blanco, y el escritorio parecía haber sido construido para un villano de película que toma whisky mientras planea controlar el mundo.
Algo así como la oficina de Harrison. Solo que sin el olor al Gurkha His Majesty’s que predominaba a su alrededor.
Daniel se sentó con calma tras el escritorio y me observó con atención.
—Veo que eres tal y como Harrison me dijo —empezó. Fruncí el ceño. Aquello no me gustó ni un poco, cosa que él notó y levantó las manos en señal de paz—. Tranquila, no fue nada malo. Al contrario —aseguró con una pequeña sonrisa—. Dijo que eras extraordinariamente buena en lo que haces. Y considerando que no llevas ni un día completo aquí y ya te ganaste a mi hija menor… bueno, eso es bastante admirable —me encogí de hombros sin saber si agradecer o resoplar—. Por cierto, debería darte las gracias.
Lo miré, arqueando una ceja.
—¿Por qué?
—Liverpool —respondió con un suspiro cargado de molestia—. Harrison me informó que ya estaba controlado… y me dio tu nombre.
Ah, parte de mi trabajo anterior.
Caminé hasta uno de los sofás laterales, me senté con tranquilidad y dejé el bolso a mi lado.
—Solo hacía mi trabajo.
Él asintió.
—Ya lo veo —dijo, dándonos dos minutos lleno de un silencio incómodo. Luego, se aclaró la garganta una vez más y pronunció las palabras que no esperaba escuchar, pero veía venir en algún momento dado—. Ahora dime… ¿vas a cuidar bien de mi hijo?
Molesta, fijé mi mirada en su rostro. Gracias a que Harrison no habló cómo debió en su debido tiempo, era mi turno de aclarar las cosas, dejando la amabilidad estúpida a un lado.
—Señor —empecé, mirándolo fijo—, sé que le pagó a Harrison para que encontrara una niñera que le hiciera de guardiana al suicida de su hijo, pero lamento informarle que yo no soy eso. Estoy segura de que usted esperaba que mis servicios requirieran que me convirtiera en Dios y encaminara a su hijo al sendero de la sensatez humana, pero no es así. Para fortuna de usted y desgracia mía, estoy aquí para asegurarme de que no le revienten la cabeza… al menos no de manera fácil. Pero si él decide hacerse el suicida que es, ignorar advertencias y seguir jugando con gente que no tiene el más mínimo sentido de la palabra “piedad”, entonces no espere que yo limpie los restos del desastre.
Me incliné apenas hacia adelante, el tono más cortante.
—Su hijo tiene veinticuatro años, señor Anderson. No es un niño. Sabe lo que está bien, lo que está mal y lo que lo puede matar. Así que si yo fuera usted, dejaría de pretender que mi trabajo es jugar a ser una presencia omnipotente, omnipresente y omnisciente que hace malabares para resguardarle el culo a su hijo y empezaría, mejor, a exigirle un mínimo de madurez. Los hombres con los que él se involucró no se caracterizan precisamente por dejar errores vivos, y para su completa desgracia, su hijo es el mayor de ellos.
Se quedó mirándome con fijeza.
Durante varios segundos, no dijo ni una sola palabra. Ni un gesto. Nada.
Hasta que en última instancia, cuando el silencio se volvió casi incómodo y empecé a removerme con ligereza en el sillón, él habló.
—Creo que serás una buena influencia para él —dijo con una media sonrisa.
Gruñí, fastidiada.
—No soy su niñera —repetí.
—Nunca dije que lo fueras —rió con suavidad—. Solo digo que a Zacharias le vendría bien tener a alguien responsable cerca… aunque sea para variar.
Solté una carcajada incrédula.
—También está la opción de golpearlo para que se le acomoden las ideas. Pero supongo que eso no le parecerá tan atractivo —comenté, encogiéndome de hombros.
Él me miró por un segundo… y luego soltó una carcajada mucho más sincera.
—Puede que ese pensamiento me haya cruzado por la cabeza unas que otras veces —bromeó, divertido.
Antes de que pudiera replicar algo, una nueva voz interrumpió la escena:
—¿Papá? —preguntó una voz masculina desde la puerta.
El señor Anderson despegó la mirada de mí y la dirigió hacia su primogénito. Drake entró con paso firme, una carpeta negra en mano y el ceño fruncido. Se sentó a mi lado sin siquiera notarme, tan metido en sus números que parecía vivir en su propia burbuja. Solté un bufido por debajo y, para mi sorpresa, su padre también.
—Sé que me pediste que revisara estas cuentas, pero honestamente son… —se interrumpió al escucharnos reír por lo bajo. Frunció aún más el ceño y giró hacia su padre—. ¿Qué pasa?
Carraspeé. Era mi turno de existir en su campo visual.
Drake parpadeó. Dos veces.
—¿Issa? ¿Pero qué…?
—Jess la invitó a cenar, hijo —intervino su padre, quitándole la sorpresa de la lengua—. ¿Qué querías preguntarme?
Drake aún me miraba como si tratara de cuadrar mi presencia con alguna ecuación de física cuántica. Lo encontré algo divertido, si me lo preguntan.
—Así que… ¿tú eres hermano de Jess? —pregunté, manteniendo mi fachada intacta. No pasé por alto la mirada fugaz que me lanzó Daniel Anderson, y esperé que él tampoco se perdiera la mía. Drake asintió y me regaló una sonrisa que no sabía si era casual o deliberada—. Ahora entiendo por qué algunas “amigas” se le acercan solo para hablarle —murmuré, en tono bajo, pero con suficiente malicia para que lo escuchara.
Drake ladeó la cabeza, desconcertado, como si no entendiera del todo a qué me refería.
—¿Hijo? —interrumpió Daniel antes de que soltara alguna tontería.
Drake sacudió la cabeza, volviendo a lo importante.
—Ah, sí. Estas cuentas no me cuadran. No me dan el resultado que aparece al final, y no me gusta nada lo que estoy viendo.
El ceño del señor Anderson se frunció en respuesta.
—¿Puedo verlo? —pregunté, antes de que él pudiera abrir la boca, más para conseguir información que para otra cosa.
—¿Está segura, señorita? —inquirió, evaluándome como si no supiera si debía confiarle sus números a una desconocida con botas y cara de saber más de lo que decía.
Le sonreí. Una de esas sonrisas que son mitad veneno, mitad promesa.
—Bastante.
Tan buena como era con las armas, era aún mejor con los números. Las cuentas eran solo otra forma de leer mentiras.
Drake soltó una carcajada entre incrédula y divertida, pero me tendió la carpeta de todas formas. La abrí, le di una mirada rápida y, en cuestión de segundos, mi ceja se alzó sola.
«Uh. Esto no le gustará al patriarca».
sin prisa y caminé hasta el escritorio.
—Malas noticias para usted, señor Anderson —dije con una voz serena pero cargada de certeza. Dejé la carpeta abierta frente a él—. Lamento informarle que ha sido robado.
—¿Cómo…?
—Aquí —señalé una de las hojas—. Esta cuenta debería haber generado un rendimiento del cincuenta y seis por ciento. Sin embargo, apenas alcanzó un triste treinta y dos. Lo cual solo deja dos opciones: o sus inversiones fueron tan mal gestionadas que ni siquiera lograron lo mínimo esperado, cosa improbable, o, y esta es la opción más lógica, alguien le metió mano de manera indirecta al dinero y no fue lo suficiente inteligente como para borrar del todo sus huellas. Es decir… Alguien le acaba de robar de la forma más estúpida algo más de sesenta millones de dólares sin que usted lo notara.
Silencio.
Y luego, una maldición baja y apretada escapó de sus labios.
—Muchísimas gracias, Larissa —dijo con los dientes apretados, marcando cada sílaba como si se estuviera tragando veneno—. Pueden retirarse ya. Drake, llama a tu hermano y dile que lo quiero aquí en veinte minutos. Y Larissa… estoy seguro de que Jess te debe estar buscando.
Tomó el teléfono sin esperar más palabras y comenzó a marcar con rapidez.
Drake me miró, levantando las cejas y haciéndome señas para que saliera con él. Suspiré, recogí mi bolso y le seguí el paso.
—Mierda, chica —dijo en cuanto estuvimos fuera de la oficina—. ¿Cómo pudiste deducir eso tan rápido?
—Por algo estudio lo que estudio, Drake.
Otra mentira bien envuelta.
La verdad era que ya estaba demasiado acostumbrada a detectar errores en las cuentas. Después de todo, Harrison no era de manera particular tolerante con ese tipo de “deslices”. Él los resolvía de forma rápida, meticulosa y, bueno… sin papeleo.
Drake rió mientras caminábamos por los mismos pasillos que había recorrido con su padre minutos antes. Cuando llegamos a la sala, la voz de Jess retumbó desde algún lugar de la planta baja, chillando mi nombre con entusiasmo.
—Creo que te buscan —bromeó Drake. Le propiné un codazo directo a las costillas—. ¡Oye! —se quejó, sobándose.
—Apuesto a que tú eres la que mi hija busca, ¿cierto? —dijo una voz femenina, encantadora y bien colocada, interrumpiendo justo cuando estaba por responderle algo a Drake.
Levanté la vista. Y ahí estaba.
La señora Anderson.
De acuerdo… ahora entendía mucho más de dónde Jess había sacado ese cabello castaño perfecto y esa sonrisa luminosa que parecía diseñada en un quirófano estético suizo. Lindsay Anderson era en esencia una versión adulta de su hija, aunque sus ojos eran marrones. Todos los demás habían heredado ese azul tan peculiar que parecía teñido con hielo y secretos, si observabas bien.
—Mamá, ella es…
—Arabella Ross —terminó su mamá por él, como si fuera lo más normal del mundo.
Sentí cómo se me iba el alma por la tráquea y, por un segundo, olvidé cómo respirar. Tosí, me atraganté con mi propia saliva y estuve a punto de golpearme a mí misma por no llevar una botella de agua cerca. Mierda. Al parecer, el señor Anderson había omitido el pequeño detalle de contarle a su esposa que yo estaba aquí de encubierto, ¿no?
Drake me miró, luego a su madre y después a mí una vez más.
—No, mamá. Ella es Larissa. Larissa Sage —corrigió con rapidez, recuperando el hilo—. Es una alumna de intercambio.
Lindsay abrió los ojos como si acabara de recordar que había dejado la plancha encendida en el 2005.
—Oh, lo siento muchísimo, Larissa —dijo, captando al vuelo el error—. Es que, lo siento, te pareces a la hija de una de mis amigas y bueno, creo que te confundí.
Mentía con la elegancia de alguien que había mentido antes en cenas benéficas y eso me llamó muchísimo más la atención. Sin embargo, Drake soltó una risa seca detrás de mí y tuve que ponerle atención a sus gestos solo para verificar si se había tragado la mentira de su madre.
Cosa que me pareció que sí, ya que su sonrisa estaba aún de oreja a oreja.
—No se preocupe, señora Anderson —respondí, con mi sonrisa más educada.
—Cariño, llámame Lindsay. Diciéndome “señora” me haces sentir más vieja de lo que realmente soy —añadió, con una risa suave.
—Entendido —respondí, manteniendo la sonrisa política.
—Ahora ve a la cocina —dijo con una palmada teatral en el aire—. Jess te está buscando como una loca a una cabra.
«¿De… acuerdo?».
Asentí, me despedí con un gesto y seguí caminando hacia la cocina con Drake pegado a mi costado como si no se fiara del todo en dejarme sola.
Al entrar, lo primero que vi fue a Zacharias sentado a la mesa, rodeado de libros, una calculadora y varias libretas. Todo muy serio, muy aplicado. Muy… normal. Pero ni rastro de Jess.
—Hermanito —saludó Drake, dejando que su voz lo sacara del trance académico.
Zach levantó la mirada. Primero me miró a mí. Luego a su hermano.
—¿Issa? —preguntó, con ese tono que usas cuando no sabes si te estaban jugando una broma o soñaste con alguien y de repente se te aparecía en la sala de tu casa… desnuda, al parecer.
Inhalé profundo.
—Sí, ese es mi nombre. Gracias por recordármelo —contesté, dejándome caer en uno de los taburetes de la barra.
Ambos rieron.
—Lo siento, nena. Es raro encontrarte aquí —dijo él, poniéndose de pie y dirigiéndose a la nevera.
Levanté una ceja.
«Buen trasero», pensé, sin culpa alguna. ¿Qué quieren que les diga? No soy de piedra. Y si el universo decidía que tenía que ver esa obra de arte de espaldas mientras sacaba una cerveza… pues yo sólo cumplía con mi papel de espectadora.
Se inclinó.
Los jeans hicieron su magia.
Y yo maldije en silencio.
Se incorporó con cerveza en mano, y se apoyó justo frente a mí, recargando los codos en la barra.
—A ver, amigo —dije, con la voz cargada de ironía mientras trataba de expulsar la imagen de su trasero de mi cerebro a patadas—. Aclaremos dos cosas. Primera: no soy tu nena —Drake intentó disimular una carcajada fingiendo toser. Falló de forma miserable—. Y segunda: no estoy aquí por ti —añadí con claridad—. De hecho, ni siquiera sabía que ustedes dos eran familia de Jess, quien por cierto está…
—Aquí —anunció Jess, apareciendo como si hubiese estado esperando su entrada teatral. Se sentó a mi lado y me sonrió para mirar a su hermano y luego a mí—. Ella es diferente —le dijo a Zach, con una mezcla de admiración y picardía.
Zach me sostuvo la mirada. Azul. Directa. Penetrante. Había algo en ella que no era del todo deseo, pero tampoco se alejaba demasiado. No era lujuria descontrolada, ni tampoco mera curiosidad. Era más como un “sé que no eres normal, y eso me jode y me atrae en partes iguales”.
Y eso… no me encantaba. Pero para seguir con la puesta en escena, sin desviar los ojos, le arrebaté la cerveza justo cuando estaba a punto de llegarle a los labios. Le di un sorbo largo y lento, sin romper el contacto visual.
—Puede que sí —admití, bajando la lata con una sonrisa peligrosa.
Zach apretó los labios, pero no apartó la mirada. Le regalé un guiño descarado por encima del borde de la lata y volví a sonreír. Era de esa clase de sonrisas que usabas justo antes de cortarle la yugular a alguien, y justo ahí, la atmósfera cambió. La tensión flotó entre los cuatro como humo denso y cargado de electricidad.
—La tensión sexual es ridícula —Jess murmuró, lo bastante alto como para que ambos la escucháramos.
Zach le lanzó una mirada divertida. Yo, en cambio, arrugué el ceño y negué con la cabeza como si me acabaran de insultar con una ofensa barata.
—No es mi tipo —aclaré, y me llevé otro sorbo de cerveza a los labios—. Aunque el trasero… bueno, ese intenta negociar.
Jess soltó una carcajada, Zach ladeó una ceja con una media sonrisa prepotente, y yo solo giré la cabeza para mirar hacia otro lado, como si no acabara de decir lo que dije. Y así, en ese mismo tono absurdo, pasamos la siguiente hora: entre indirectas, empujones verbales y carcajadas de Jess mientras Drake iba y venía con botanas o frases innecesarias.
Ya eran las siete y media cuando los Anderson restantes aparecieron en casa. Antes de eso, Lindsay tomó el control en la cocina, justo para cambiar el menú de la cena que Jess me había prometido.
El aroma de comida recién hecha nos golpeó como una cachetada: puré de papas, salsa casera, lasaña… Lindsay había ido con todo. Kira y Lainey entraron hechas un torbellino, sin siquiera intentar cambiarse de ropa ya que según ellas, sus estómagos estaban al borde del colapso.
—Mamá —lloriqueó Drake de pronto, arrastrando la palabra como si tuviera cinco años—, de verdad tengo hambre.
Desde que Lindsay nos encontró en la cocina, el resto de la tarde se volvió un desfile de tonterías, comentarios absurdos y una pequeña ronda de interrogatorios dirigidos a mí por los hermanos Anderson. Gracias al cielo, todas eran preguntas que podía responder sin activar ninguna alarma.
Poco después el señor Daniel Anderson apareció una vez más. Apenas pasó el umbral de la cocina, él se llevó a Zach a una “charla de negocios”. Por mi parte, me quedé en la cocina con el resto, ayudando a la señora Anderson a montar la cena.
—Saca tus manos de la salsa, Drake —le soltó su madre sin miramientos, con ese tono que viene con años de experiencia y cero paciencia.
Ya todo estaba servido: la lasaña, el puré de papas, el jugo, incluso había pan caliente sobre la mesa. Todo listo para ser devorado. Lo único que no entendía era por qué demonios nadie estaba comiendo todavía. Quiero decir, ¿había algún tipo de ritual que yo desconocía? ¿Esperaban una bendición divina, un eclipse, qué? Porque, con todo respeto, yo era una mujer, no un espíritu en ayuno. A ese punto, necesitaba que esa comida estuviera en mi sistema ya. ¿Qué mierda estábamos esperando?
—¡Mamá! —insistió Drake, con el mismo tono.
No pude evitar soltar una risa. Ya todos estaban sentados, colocados a la perfección como si fueran a grabar un comercial de detergente. Para mi desdicha, me tocó sentarme entre los hermanos Anderson. Sí, entre. Como el relleno de un sándwich de testosterona y sarcasmo. Jess (porque así Drake y Zacharias lo quisieron) fue colocada junto al señor Anderson. Me mandó una mirada de “lo siento” cuando vio que Zacharias ya estaba a mi lado y Drake ocupaba el otro. No me costó desestimar su mirada con una sonrisa amable y una negación de cabeza.
—Mamá, ¿puedes decirme qué demonios estamos esperando? —bufó Kira desde el otro extremo—. Estoy que me como la mesa.
Lindsay se rindió con un suspiro de esos que cargan años de batalla.
—Intentaba que nuestra invitada no pensara que mis hijos son una banda de salvajes —admitió, casi resignada.
Ahí sí que solté una buena carcajada. Lindsay me miró, divertida, pero yo ya tenía el comentario cargado y listo.
—¿De verdad esperaba eso? No se preocupe. Con tan solo escucharlos hablar ya sé que Zach y Drake son simios disfrazados de hombres.
La mesa estalló en risas. Sí, con los simios incluidos.
—Bueno, siendo así… buen provecho —anunció Daniel, más relajado.
Entre “gracias” y “por fin”, todas las manos se alzaron como si estuvieran en una subasta por el plato más grande. Los Anderson no conocían la frase “porciones pequeñas”. Observé cómo Kira y Lainey se llenaban los platos como si llevaran una semana ayunando y contuve otra risita. ¿No se suponía que las niñas bonitas de familia poderosa seguían dietas verdes a base de aire, insatisfacción, tristes y sin alma?
Kira me clavó una mirada como si hubiera escuchado mi pensamiento.
—Sé lo que estás pensando —dijo con media sonrisa y un pedazo de lasaña colgando de su tenedor—. Y sí, tienes razón. Pero no me importa. Es la lasaña de mamá, chica. No se cuestiona, se come.
Me tragué una carcajada. Conocerlas a ambas había sido una sorpresa en toda regla. Cuando Harrison me dio profundizó el informe sobre ellas, juré que eran el clásico par de mocosas malcriadas con complejo de princesa y la tarjeta de crédito como única personalidad. Pero bastó con que Jess me las presentara en la cocina para que todo el prejuicio se fuera a la basura. El abrazo de oso que me dieron me agarró fuera de base.
—Respetable decisión. Es lo más sensato que he oído en todo el día —dije, entretenida.
—¡Kira, traga antes de hablar! —la reprendió Lindsay, con su tono de madre profesional.
Vi cómo la modelo ponía los ojos en blanco con la maestría de quien lo había hecho desde la cuna e ignoraba el comentario con total descaro.
—¿Piensas comer o solo planeas torturarte viendo? —soltó Drake, y antes de que pudiera abrir la boca para responderle con un comentario afilado, ya me estaba sirviendo una montaña de puré y una porción ridícula, pero generosa de lasaña—. De nada —añadió con esa sonrisita de imbécil satisfecho.
Lo fulminé con la mirada. El idiota se carcajeó como si no le acabara de clavar una daga mental en el cuello, y volvió a devorar su plato como si no hubiera mañana.
Entonces, lo sentí.
Una mano se deslizó sobre mi pierna y subió con descaro hasta instalarse en mi muslo como si tuviera residencia permanente. Lento y con cuidado giré el rostro hacia el culpable, y cómo no, ahí estaba el suicida con esa sonrisa que intentaba ser encantadora, pero que en ese momento me parecía digna de una bala en toda su frente.
Le devolví la sonrisa. Fingida. Letal.
Con la misma sutileza con la que él se atrevió a tocarme, tomé su mano, localicé su dedo medio y lo doblé hacia atrás con la calma de quien sabía con exactitud cuánta presión aplicar sin hacer un escándalo… pero lo suficiente como para que sintiera que iba a perder la mano.
Zach soltó un jadeo ahogado y trató de zafarse.
—Con la presión adecuada, puedo romperte el dedo en tres segundos —siseé, tan bajo que solo él pudo oírme—. Vuelves a ponerme una mano encima sin mi permiso y lo del dedo va a ser el mínimo de tus problemas.
Tragó saliva. Asintió en silencio. Entonces lo solté.
El mensaje había sido claro.
Y lo mejor de todo… sin interrumpir la cena.
Después de que Zacharias pareció recuperar su dignidad tras el incidente con el dedo, la “post cena” empezó en la sala con tazas de café, risas dispersas y conversaciones cruzadas que iban desde el último desastre escolar de Lainey hasta un debate entre Drake y su padre sobre un partido de fútbol que, para ser honesta, me tuvo tan atenta como ver pasto crecer.
Me recliné en el sofá, cruzando una pierna sobre la otra mientras observaba a todos. Lindsay se reía con Lainey por algo que no alcancé a oír, pero la calidez de esa casa se sentía… genuina. Ruidosa, caótica, sí, pero real.
Zach intentó otra vez iniciar una conversación conmigo, pero lo silenció una sola mirada. No tenía tiempo ni energía para más tonterías de macho-alfa-en-entrenamiento. De vez en cuando me encontraba con los ojos de Jess, y ella solo sonreía, actuando como una casamentera en acción.
El reloj de la sala —una cosa enorme, de madera, estilo “herencia bochornosa”— marcaba las nueve y seis de la noche. Abrí los ojos de par en par porque mierda.
Mier-da.
Harrison iba a degollarme en cuanto pisara la residencia. No le había enviado ningún informe del día. Cero movimiento, cero datos, cero contacto. Y encima tenía una fiesta en de menos nada. Así que estaba sin peinarme, sin maquillarme y sin saber qué demonios ponerme.
¿Agente encubierta? Claro. Pero también una chica con un deber social en una fraternidad que me aseguraba una migraña infernal. Así que me excusé con todos, lista para irme.
Diez minutos después de insistencias, abrazos, más comida metida en lindos envases de vidrio “por si te da hambre más tarde, querida” y un regaño moderado a Kira por hacerme prometer que volvería, logré ponerme de pie con intenciones reales de escapar.
—De nuevo, ha sido un placer conocerte, cariño —dijo Lindsay, abrazándome con ese tipo de calidez que solo tienen las mujeres que saben cómo sostener una casa entera y aún tener energía para sonreír.
—Puedo decir lo mismo, Lindsay —le respondí cerca del oído.
—Por favor, cuida de mi muchacho —susurró, antes de separarse y regalarme una sonrisa que tenía una sombra enorme de súplica.
No respondí. Solo asentí con una media sonrisa. No tenía intención de cuidar a nadie, y menos a Zach, pero no le veía el caso de repetir eso una vez más. No cuando aquella señora estaba mirándome como si su mundo dependiera de mi respuesta.
—¡Te llevo! —gritó Jess desde la puerta.
—Alto, señorita —intervino el señor Anderson con voz de patriarca de película navideña—. ¿A dónde crees que vas a estas horas?
Jess se cruzó de brazos, rodando los ojos como toda adolescente reprimida en su derecho a ser útil.
—Es mi obligación llevarla, papá —bufó como si no fuera obvio.
—No irás a ningún lado, Jessamine. Drake la llevará. Tú te quedas aquí.
Jess no dijo más. Solo frunció el ceño, volvió y se dejó caer otra vez en el sofá, manteniendo los brazos cruzados, entablando una rabieta en su máximo esplendor.
—No hay problema, papá —dijo Drake, levantándose con tranquilidad, ignorando el humor de su hermana—. ¿Vamos, morena?
Asentí, colgándome el bolso al hombro.
—Te espero afuera —dijo antes de desaparecer por el pasillo.
Me giré hacia el resto del clan Anderson.
—Muchas gracias a todos. Lindsay, la cena ha estado fantástica —dije con sinceridad—. Adiós, chicas —me despedí de las tres hermanas menores, que me sonrieron como si fuera parte de la familia—. Zach —dije con voz plana, sin alma, sin intención.
Él me respondió alzando las cejas en un movimiento raro que, a decir verdad, parecía parte de un ritual de apareamiento fallido.
—Promete que vendrás más seguido, Issa —suplicó Lainey, apoyando la barbilla en sus manos.
—Si no me obligan a meterme en un vestido ridículamente ajustado de modelo, podré considerarlo —respondí con una sonrisa ladeada.
—No prometemos nada —intervino Kira con una carcajada.
Reí mientras me despedía con un gesto, saliendo de la sala y caminando hacia la entrada de la casa donde Drake ya me esperaba.
—¿Nos vamos? —inquirió.
—Vamos, rubio. Tengo menos de una hora para convertirme en la mejor versión presentable de mí misma para una fiesta organizada, al parecer, por una hermandad con nombre de arma.
Con una risa de su parte, nos adentramos a las afueras de la mansión, solo para dar un corto paseo por la acera hasta llegar a lo que parecía el portón de un garaje. Entonces, lo que pasó después casi me obliga a detenerme, babear y luego desmayarme.
Al segundo en que Drake apretó un botón del control que iba guindado en su llave, tuve la sensación de que escuché como el cielo se abría y los ángeles bajaban con sus arpas, tocando melodías acorde a la imagen que tenía enfrente.
La cosa está en que, para ser sincera, creí que al entrar lo único que iba a ver iban a ser un par de coches extravagantes y una limusina, quizás. Pero no. El lugar era un templo del lujo automotor. Autos y motos último modelo, alineados con total meticulosidad, tal cual como si esperaran su desfile de pasarela.
—Oh, Dios. Mi sueño húmedo tiene techo y ruedas —murmuré, boquiabierta frente a un Ferrari SF90 Stradale rojo brillante que parecía haber sido pulido por ángeles.
Drake soltó una risa grave, por lo visto bastante divertido con mi cara de devoción automotriz.
—¿Sabes de autos? —preguntó con tono curioso, deteniéndose junto a mí.
—No, para nada —musité con algo de sarcasmo y entrega, segura de que estaba babeando—. ¿Por qué alguien como yo sabría algo sobre una bestia que acelera de cero a cien en dos punto nueve segundos, alcanzando una velocidad máxima de trescientos cuarenta kilómetros por hora, que por cierto tiene un motor híbrido que combina un motor V8 turbo de noventa grados con tres motores eléctricos que básicamente ruge como un dios ofendido? Misterio total.
Drake se carcajeó.
—Si Zach te escuchara decir todo eso sobre su auto, te pediría matrimonio de rodillas —bromeó. Traté de resoplar, pero nada salió por mi boca, cosa que ignoré. Mi atención seguía puesta en mi cielo personal—. Por cierto, la próxima vez que intentes romperle un hueso a mi hermano, trata de hacerlo con un poco más de disimulo.
Ahí sí parpadeé. Una vez, quizás dos, solo para salir del trance que tenía encima, para luego observar al rubio algo asombrada.
—¿Lo notaste?
—Toda la familia lo notó, preciosa. Solo que ellos saben disimular. Cosa que tú… bueno, no tanto.
—Mierda —murmuré, sintiendo cómo la incomodidad me daba una palmadita burlona en la nuca.
—Buena palabra para este momento —respondió con una sonrisa, y tomó mi mano para guiarme hasta una Range Rover azul impecable.
Fruncí el ceño con una ceja arqueada.
—¿Este es tu auto?
Drake abrió la puerta del copiloto como todo un caballero, aunque su siguiente frase echó por tierra cualquier formalidad.
—Cállate y sube tu bonito y sexy trasero aquí —dijo, dándole una palmada al asiento.
Solté una risa, pero obedecí. No por él, sino porque el olor a nuevo del vehículo estaba gritando mi nombre.
Apenas cerré la puerta, Drake encendió el motor.
—¿Música? —preguntó, aunque no esperó respuesta. Un segundo después, “Nothing on You” de B.o.B con Bruno Mars estalló por las cornetas.
—¿Para qué preguntas si igual harás lo que te da la gana?
—Nothing on you, baby… —cantó, ignorándome como todo hombre que se cree adorable cuando desafina.
Le dediqué el dedo medio sin perder la sonrisa.
—¿Residencia?
—Malwere —respondí sin pensar.
No dijo nada más. El motor rugió con elegancia y salimos de su glorioso garaje, dejando atrás su mansión y todo ese derroche de poder, dinero y testosterona. El camino fue rápido, entre risas fáciles y comentarios mordaces de ambos lados, hasta que su camioneta se detuvo justo frente a la entrada de mi residencia.
—Nos vemos en una hora, morena —se despidió en cuanto salí del coche.
Claro que sí, porque Drake también estaría en la gran y estúpida sobrevalorada fiesta de la hermandad con nombre de arma, donde habría estudiantes con las hormonas fuera de control, pretendiendo que el alcohol los volvía interesantes; y pequeñas perras plásticas rondando como depredadoras glamorosas, esperando su oportunidad para quizás lanzarse sobre los dioses de estupidez y ego llamados hermanos Anderson.
«Mi sarcasmo era brillante. En serio, del todo brillante», pensé con ironía.
Pero… ya siendo honesta, de todos los Anderson, puede que quizás Drake fuera el único que me cayera algo bien. Hasta dónde había notado, el rubio era el menos fingido, menos cargante. Era el que menos me hablaba como si estuviera haciéndome un favor existiendo, se diera cuenta o no.
No digo que las hermanas Anderson hicieran eso, pero… ¿entre todos y si tuviera que elegir? Sesenta y cinco por ciento me quedaría con Drake.
—Nos vemos, rubio —reí mientras cerraba la puerta del copiloto.
No esperó más. Lo vi alejarse, su camioneta desapareciendo en la distancia, y por primera vez en todo el día, no sentí ganas de correr a mi habitación. Algo en mi pecho pesaba. Algo que no podía solo quitarme como el maquillaje o la ropa.
Suspiré y me alejé de la entrada. En lugar de subir, giré hacia la derecha y empecé a caminar. Mis pasos me llevaron, casi de forma automática, a esa plaza pequeña y escondida que quedaba a unas cuadras de ahí, y había visto al recorrer el perímetro de la residencia solo por protocolo.
El lugar estaba, por extraño que parezca, silencioso para ser jueves. Digo, entendía que todos tenían clases al día siguiente, pero eso nunca había detenido a un universitario promedio de hacer idioteces hasta la madrugada. Solo que quizás, tal vez esa noche todos estaban ahorrando energía para la tediosa fiesta.
Para bien o mal, yo nunca había sido ese tipo de adolescente; las tragedias me arrancaron la inocencia antes de que pudiera asimilarla. Como diría Kendall: “te saltaste la adolescencia para volverte peligrosa”.
Y sí. Aunque odiaba oír esa fastidiosa frase saliendo de su boca cada vez que me reclamaba por casi morir en situaciones nada normales, tenía razón. Pero no era como si no hubiera deseado tener una vida normal… sin armas, sin enemigos y sin personas que quisieran mi cabeza en una bandeja de plata. Claro que en algún punto deseé eso. Sin embargo, desear no sirve de mucho cuando la realidad te arrastra por el barro y te entrena para sobrevivir.
Me dejé caer en uno de los bancos metálicos, soltando un gruñido cuando el frío y la humedad se me metieron directo en el trasero.
—Carajo —maldije en ruso, frotándome las piernas—. ¿Tanto costaba que estas cosas fueran mínimamente decentes?
A mi alrededor, el silencio se mantenía. Solo se escuchaban murmullos lejanos y unos que otros pasos en la autovía cercana. Nadie le prestaría atención a la chica solitaria en el banquillo, con cara de pocos amigos y la mirada perdida en nada.
—Si me lo pienso bien, no hubiese querido que mi ingreso a una universidad fuera de este modo —murmuré para mí misma.
Y ahí estaba el problema. El suspiro que escapó de mí fue casi un reflejo. Porque de verdad no se suponía que nada de mi vida fuera así.
«¡Contrólate!», me ordené de inmediato. Me negaba a tener espacio para las debilidades, para las grietas.
Me obligué a tragar esa punzada de consternación justo en el momento en que un crujido detrás del arbusto más cercano me puso los sentidos en alerta. Giré la cabeza como un resorte y me puse de pie en cuestión de segundos. Mi mano ya había sacado la glock de mi bolso, el dedo ya estaba en el gatillo, el brazo firme y la mirada filosa, preparada para cualquier cosa.
Apunté hacia la maleza sin pensarlo.
—Increíblemente preparada como siempre —dijo una voz familiar, demasiado confiada para mi gusto.
Mi dedo no se movió. Mi pulso tampoco.
Pero por dentro, una sola pregunta reventó como una bomba: ¿qué mierda hacía él aquí?
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