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1. Let's Play - Capítulo 7

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Capítulo 7: 5

De ficha de intercambio a estúpida hay un solo paso

Con él ahí pude entender que hay mesas de las que no te levantas caminando

—Harrison —dije bajando el arma, aunque con cero prisa—. ¿Qué demonios estás haciendo aquí?

La figura alta, vestida de sombra y autoridad, se había revelado al fin de entre los arbustos. Mi jefe caminó hacia mí con su clásico rostro de piedra, tan incapaz de demostrar una emoción que no fuera desaprobación profesional.

Se detuvo a escasos metros. Yo ni parpadeé.

—Siete años trabajando conmigo y nunca —remarcó—, nunca, Ekaterina, me has ignorado una llamada —su voz era el equivalente verbal de un azote de vara seca—. ¿Se puede saber dónde y qué carajo estabas haciendo?

Resoplé, cruzándome de brazos.

—Haciendo mi trabajo.

Él arqueó una ceja con la lentitud de un juez a punto de dictar sentencia.

—¿Y desde cuándo tu “trabajo” es sentarte en bancos húmedos de una plaza universitaria, sola y a estas horas de la noche? —espetó con sarcasmo—. Deberías estar con Zacharias Anderson. Deberías estar cumpliendo tu misión.

Me tensé, empezando a irritarme.

—Alto ahí, amigo —lo corté con un tono envenenado—. He estado todo el maldito día rodeada de la familia Anderson y de su suicida hijo imbécil. Me infiltré tan bien que ya tengo a Jessamine, Drake y a toda esa familia de revista en la palma de mi mano. Así que te agradecería que dejaras de dictarme cómo debería hacer mi puto trabajo, Harrison.

Sus ojos se entrecerraron, evaluándome como si decidiera en qué parte del mapa enterrarme.

—¿Entonces por qué estás aquí?

—¡Porque necesitaba aire! —exploté, perdiendo la contención—. Acepté una misión que ni siquiera quería, una que tú me empujaste a tomar —lo señalé con el dedo como si pudiera apuñalarlo con él—. Perdón por tomarme cinco minutos para maldecirte en todos los idiomas que domino —añadí con una sonrisa sarcástica que no me llegó a los ojos.

Era la primera vez en siete años que le levantaba la voz. Y sí, la culpa me cayó encima como un ladrillo… pero no lo suficiente para retroceder. Harrison me había salvado la vida esa vez. Me dio una segunda oportunidad cuando el mundo ya me había descartado, lo sabía. Pero eso no lo hacía dueño de cada segundo de mi existencia.

A veces, el jefe podía ser desesperantemente mezquino.

—No te excedas, Arabella —siseó, afilado.

Rodé los ojos con exageración.

—¿Ya te vas o vas a seguir con la función de “tutor emocional ausente”? —dije, señalando la vía libre del otro lado de la plaza.

—Dame tu informe de misión —gruñó como si eso fuera a desarmarme.

Solté un suspiro cargado de veneno.

—Jesucristo, bien. Después de que me mandaras aquí con el entusiasmo de una ejecución pública, llegué y arreglé mi habitación con Kendall —comencé, como quien recita la lista del supermercado—. Me bañé, hice mis necesidades básicas, salí corriendo porque Kendall me gritó que iba tarde a clase, choqué con Drake Anderson… Bueno, no, caí de culo frente a él —me corregí de inmediato—, me presentó a su hermano, hablamos, salí huyendo, llegué tarde a clase, no entré, maldije, me escondí bajo la sombra de un árbol, el suicida apareció, charlamos, me invitó a la bendita fiesta de la hermandad con nombre de arma, se fue, llegó Jessamine, me arrastró a su casa, me puso a conducir su precioso Audi blanco, llegamos en tiempo récord, el señor Anderson me reconoció, tuvimos una conversación algo tensa en su oficina, Drake apareció con unos papeles del trabajo de su papá, eché un vistazo, descubrí que le habían robado más de sesenta millones de dólares al señor Anderson, él me agradeció, me echó de su oficina junto con su hijo no tan insoportable, bajamos a la cocina, hablé con sus hermanas, comimos, volví al baño unas cuatro veces más, hablamos otro rato, Drake me trajo de vuelta a la residencia, y ahora, aquí estoy, en el frío banco de una plaza desierta… ¿Contento? —concluí con una sonrisa sarcástica tan forzada como mi paciencia.

Harrison me observó por unos segundos eternos, ese tic invisible en la mandíbula indicándome que estaba haciendo un esfuerzo por no arrancarme la lengua.

—Tu carácter va a volverme loco, Arabella —resopló con dificultad.

—En ningún momento dije lo contrario —repliqué, de malas. Entonces, recordé algo más—. Ah, cierto… Por culpa de la esposa del señor Anderson, casi me descubren.

Harrison inhaló profundo, luego exhaló por la nariz en ese ritmo controlado que usaba para no estallar. Era su último intento de mantener la compostura antes de maldecir o lanzarme un teléfono a la cabeza. Yo solía provocarle eso. A veces por gusto. A veces sin querer.

—¿Y qué pasó con exactitud, Ekaterina? —preguntó con voz neutra, casi quirúrgica.

—Nada —me encogí de hombros con aire desinteresado—. Me salvé a tiempo, como siempre.

Lo vi pellizcarse el puente de la nariz, una de sus señales de derrota emocional. Sin querer, se me salió una risa por lo bajo.

—Está bien tu informe de misión —gruñó—, aunque para la próxima, ahórrame las partes innecesarias.

—Anotado, jefe —murmuré con sorna.

—Vas a ir a esa fiesta. Algo me dice que Zacharias hará alguna estupidez esta noche —y aunque su rostro no se movió ni un milímetro, su tono era ácido—. Y por el amor de Dios, lleva contigo el maldito teléfono que te di. No es decorativo.

Dicho eso, se dio la vuelta y desapareció en la oscuridad como un fantasma con agenda.

—Bueno, adiós jefe —susurré mientras lo veía alejarse.

Guardé el arma con el seguro puesto, volví a meterla en mi bolso y emprendí el camino de regreso a la residencia. O al menos lo intenté. Porque mientras más me alejaba, más insistentes se volvían los recuerdos que me provocaba ver su rostro.

Por supuesto, fallé.

Sí, Harrison me encontró cuando estaba en bancarrota emocional, sin un centavo, sin una identidad, con la muerte respirándome en la nuca. Pero la historia… esa historia era mucho más retorcida que un simple “me salvó la vida”.

Y es que para ese entonces, luego de haber sido desechada por mi supuesto progenitor a la edad de horas de nacida, mi vida se basó en no morir a manos de la adicta perdida que era mi madre. ¿Funcionó? No como quise. Nunca como hubiese querido. Sin embargo, a la edad de catorce años ya me encontraba sola. Completamente sola. ¿Y saben qué? El mundo no se detuvo. No se condolió. El mundo me volvió a escupir y siguió girando como si nada.

Durante los siguientes tres años trabajé como pude hasta que encontré un trabajo mínimamente decente y “estable” cómo mesera en un casino, tratando de sobrevivir día a día, sin saber nada del cabrón ausente del que mi madre se encargó de dejarme saber de quien era hija antes de que ella muriera. De ese a quién, para mi maldita desgracia, le debía la mitad de mi sangre.

Pero verlo cara a cara, conocerlo, no fue hasta que empecé a apostar y descubrí que tenía un don.

Yo era buena.

«Nah», pensé, reprimiendo un resoplido. «En realidad, era brillante».

Apostar era como respirar, como mover los dedos. La estadística, la lectura de rostros, la intuición… todo eso era natural para mí. Y claro, al enterarse, el jodido bastardo decidió aparecer. Porque si había algo que hacía latir su negro corazón eran los negocios.

Y para Nikolay Nóvikov, yo era, en ese momento, su mejor negocio.

Nóvikov, cabeza de la única mafia más sangrienta, peligrosa, brutal y mortal: la Bratva Rusa, también era dueño de rutas de tráfico de todo Moscú, que del mismo modo se extendían por toda Ucrania y media América.

Era bastante curioso que un hombre, líder de una organización criminal conocida mundialmente por su violencia extrema y la mentalidad despiadada de sus miembros, teniendo una presencia influyente en el ámbito político y económico, con conexiones sólidas con altos funcionarios gubernamentales y empresarios, infiltrándose en sectores legales, como la banca y la industria energética, para lavar dinero y expandir su influencia, la cual también utilizaban su amplio conocimiento en temas de ciberseguridad y tecnología para llevar a cabo estafas, hackeos y extorsiones en el ámbito digital, necesitara y buscara a su única hija para un “trabajo” cuando supo que ella sabía mover las cartas mejor que cualquier otro.

Para mi mala suerte, para ese entonces yo no era más que una niña estúpida que moría por la atención del único pariente vivo a su disposición. Por ende, le había dejado la puerta abierta por primera vez en mi vida.

Nóvikov me ofreció un trato: si lograba quitarle a Alexey ‘Ndrangheta algunas de sus bases más importantes ya apostadas en su juego conmigo, me haría heredera de su organización entera.

Acepté sin pensarlo.

Repito, tenía diecisiete años. Era estúpida, desesperada y estaba anhelando algo tan simple como ser “vista” por él. Para ese momento, mi único pensamiento era que nada podría salir mal.

Claro, estuvo más que claro que me había equivocado. Esa noche, el partido de póker fue un desastre. Perdí. Y no solo el dinero. Perdí la “confianza” de mi padre, perdí mi empleo, y casi perdí la vida.

‘Ndrangheta resultó no ser un idiota. Era brillante, cuidadoso, peligroso. Fue todo eso hasta que “dedujo” que si yo era hija de Nikolay, podía intercambiarme por territorio, laboratorios, rutas. Lo que no se esperó fue que mi padre no iba a mover un solo dedo por mí.

Fue bastante tarde para darme cuenta que nunca le importé. Que nunca fui más que una ficha para él.

Así que me quedé encerrada en un almacén sucio, esperando un intercambio que nunca iba a llegar. Y cuando finalmente un grupo de Nóvikov irrumpió en medio de un tiroteo para sacarme, me creí salvada y lloré. Incluso hasta abracé al hombre que me rescató. Todo eso hasta que sus acciones me dejaron claro que él solo me rescató con órdenes de matarme.

Fue entonces cuando apareció Harrison.

En aquel entonces, él era el sovetnik de Nóvikov. Era su consejero, su mano derecha, y algunos dirían que era el cerebro detrás de las operaciones más exitosas de Nikolay. Además Harrison también ocupaba uno de los puestos como brigadler más respetado en la organización gracias a su temple de acero y resultados vistosos.

Sin embargo, pese a todo el poder que tenía entre manos, ese día, se rebeló. Mató al hombre que iba a ejecutarme, me sacó de ese almacén en llamas y, por razones que aún no conozco, me llevó a su casa.

Recuerdo que no confiaba en él. Ni un poco. Pensé que tal vez también iba a matarme, pero que prefería hacerlo en un lugar tranquilo. Fue una sorpresa enterarme de que ese no era su plan en absoluto. En su lugar, él me sentó en su comedor y, con su voz seca, me dijo:

«—Para tu padre estoy muerto, Ekaterina. Igual que tú. Eso nos deja en ventaja.

—¿Qué? —solté, nerviosa, con el corazón latiendo tan fuerte que me dolía.

—¿Quieres destruir a tu padre? —me preguntó sin rodeos».

La respuesta no tardó ni un segundo.

Me entrenó. Me convirtió en su pupila, en su proyecto más ambicioso. Me rompió y me reconstruyó. Me enseñó a sobrevivir, a matar, a mentir, a desaparecer. Apenas me tuvo bajo su control, me borró. Me quitó el apellido, me cambió el nombre. Ekaterina Nóvikov había muerto el día que se suponía, y en su lugar nació Arabella Ross. O cualquier otro nombre que decidiera darme, según la misión.

Y cuando estuve lista, me mandó a cazar.

Harrison me salvó la vida. Y no sólo en sentido literal.

Cuando me preguntó si estaba lista para mi nueva vida en las sombras, no dudé. Ni por un milisegundo.

Porque ya no tenía nada que perder.

Sin embargo, con el tiempo, sus planes se torcieron. Sí, Harrison aún quería tumbar a Nóvikov, arrebatarle el poder que nunca debió tener, pero lo habían descubierto. Supieron que seguía vivo. La mafia no perdona fantasmas que regresan, así que me delegó su guerra.

Mi trabajo en ese momento había sido uno solo: eliminar a todos quienes sabían la verdad. Cada rastro, cada amenaza. Sicarios, contactos, aliados, familias enteras. Pero sin hacer ruido. Sin existir.

Y lo hice. Porque ese había sido el precio de seguir viva.

Todo eso continuó hasta que extinguí las amenazas. A todas y cada una de ellas. Después, mis trabajos apuntaron a direcciones diferentes: infiltración, extracción de información y cualquier otra cosa que al jefe le diera la gana de darme. A veces era rica, otras veces pobre. A veces era rusa, otras italiana, otras americana. Cambiaba de nombre tanto como un tipo cambiaba de camisa. Era lo que requería el trabajo. Era lo que requería él.

Nunca me atreví a decir que era una asesina. Eso no lo cubría todo. A este punto, yo era cualquier cosa que Harrison necesitara que fuera: estudiante, diplomática, espía, prostituta de fachada, vagabunda, sombra.

Y si matar servía para pagar la deuda de mi vida, entonces lo haría. Lo seguiría haciendo. Sin pedir explicaciones. Sin mirar atrás.

Porque se lo debía.

—¿Eres nueva por aquí? —la voz me arrancó de golpe de ese rincón de recuerdos donde no quería estar, pero me había quedado estancada.

Me giré. Una chica menuda, de no más de metro cincuenta y algo, me observaba con curiosidad frente al ascensor. Castaña, ojos miel, rostro tan angelical que por un segundo me dio pena que tuviera que cruzarse conmigo.

—Sí —respondí con simplicidad.

—Mucho gusto —dijo, extendiendo su mano con una sonrisa cálida—. Soy Emma Mitchell, una de tus vecinas.

Apreté su mano con suavidad justo cuando las puertas del ascensor se abrieron.

—Larissa Sage —solté, devolviéndole una sonrisa vaga antes de entrar al interior de la caja de metal y que éste cerrara sus puertas en un rápido movimiento.

«Nombre nuevo. Vida nueva. Repetir», pensé, tragándome un suspiro.

Al abrirse las puertas del ascensor unos minutos después, salí y caminé por el pasillo hasta que me topé con mi puerta. Mis botas apenas hacían ruido sobre el suelo pulido, pero en mi cabeza todo retumbaba. Era como si cada paso me recordara todo lo que tenía que controlar esta noche. Busqué en mi bolso hasta dar con las llaves.

—Bingo —murmuré al encontrarlas.

Abrí la puerta y lo primero que vi fue el desastre al que me tenía que volver a acostumbrar de ahora en adelante: Kendall desparramada en el sofá de la pequeña sala como si la vida no le debiera nada. Dormida, con una pierna colgando y la boca entreabierta. Rodé los ojos, negando con la cabeza, y fui directo a mi cuarto, no sin antes guardar los envases con comida que la señora Anderson me había insistido en que me llevará en la nevera vacía.

Saqué una cobija del armario y volví para cubrir a mi nuevo dolor de cabeza personal.

—¿Bells? —farfulló con la voz rasposa del sueño mientras se removía incómoda bajo la manta—. ¿Tan tarde llegas?

—Duerme, Kends —le susurré.

Sus párpados se levantaron con esfuerzo. Me enfocó como si estuviera tratando de descifrar si era yo o una aparición espectral.

—¿Harrison ya te mató? —dijo entre risas, aún medio dormida—. ¿Eres tú de verdad o solo tu fantasma viniendo a despedirse?

La fulminé con la mirada.

—Muy graciosa —murmuré, girándome hacia mi habitación.

—¡¿A dónde vas?! —gritó desde la sala.

—¡Fiesta! —grité de vuelta, abriendo el cajón y sacando mi celular junto con el teléfono desechable.

Encendí el segundo con desgano. En la pantalla, cuatro llamadas perdidas de Harrison.

—Eres tan… impredecible —murmuré al ver su nombre en la pantalla.

Ni tres segundos pasaron antes de que Kendall apareciera en la puerta de mi habitación, despeinada, con la adrenalina ya reemplazando al sueño. Estaba descalza, con el cabello revuelto, y una sonrisa de esas que sabía significaban problemas.

—¿A qué hora? —preguntó con los ojos brillando como si acabaran de decirle que íbamos a Las Vegas con billetes falsos y permiso para causar caos.

—Once —respondí sin emoción, mientras dejaba ambos teléfonos en la cama.

Ella miró su muñeca derecha, donde tenía uno de esos relojes digitales caros y bonitos.

—Bien amiga —dijo con voz entusiasta—, tenemos treinta minutos para quedar fantásticas.

Sacudí la cabeza y suspiré. Sí, esa era Kendall: convertía una misión tediosa en una oportunidad para deslumbrar.

Lo cierto es que no me molestaba tanto que viniera conmigo. Haría que las cosas fueran menos sospechosas, menos… aburridas. Y también sabía que, si intentaba dejarla fuera, tendría una discusión monumental que ni las almohadas podrían detener.

La verdad, no estaba para eso.

—Fantástico —dije con sarcasmo, pero en el fondo, una parte de mí se sentía algo aliviada.

Si iba a fingir que esta noche no se me podía ir todo al carajo, al menos podía hacerlo con Kendall al lado… Con risas de fondo.

La habitación se convirtió en un campo de guerra pasado unos cinco minutos después. Ropa por todas partes, maquillaje sobre la cama, zapatos tirados como si tuvieran voluntad propia. Kendall se movía como una profesional: precisa, veloz y con una seguridad en sí misma que me habría parecido envidiable si no la conociera tan bien.

—Si sigues haciendo esa cara te va a quedar marcada para siempre —dijo mientras sacaba una plancha del bolso como si fuera un arma secreta. Yo solo gruñí y me dejé caer en la silla frente a la peinadora—. No me mires así. Esta fiesta no va a matarte.

—Estoy pensando en lo fácil que sería infiltrarme como francotiradora en vez de vestirme como una muñeca de vitrina —le solté sin filtro, dejando caer mi cabeza hacia atrás.

—Calla y déjame hacer mi magia. No arruines mi arte con tus traumas emocionales.

Me di la tarea de resoplar, pero no discutí. No tenía caso alguno.

Kendall trabajaba rápido. En menos de veinte minutos, mi cabello estaba peinado, mis ojos delineados con la precisión de un cirujano, y mis labios pintados con un tono que no sabía si seducía o amenazaba.

—¡Listo! —exclamó, girando el espejo hacia mí con el orgullo de una artista mostrando su obra.

Sonreí. Lo que vi no era con exactitud yo, pero el disfraz funcionaba. Kendall había hecho un trabajo impecable. Oficialmente me veía como una universitaria de veintitantos años lista para jugar a que el mundo no importaba.

—Eres un genio, Kends —le agradecí.

Ella rió y sacudió su cabeza.

—Cariño, yo no hice nada. Tu cuerpo y tu cara hicieron todo por mí. Bells, te ves ardiente.

Y tenía razón. Llevaba un pantalón de cuero negro que me abrazaba las piernas como una segunda piel, botas altas que me daban ese aire letal que tanto me gustaba proyectar, y una camisa azul ajustada que hacía maravillas con mis senos. Mi cabello negro caía libre por mi espalda, suelto y brillante.

—Tú no quedas atrás, preciosa. Estás hermosa.

Porque era verdad. Su cabello más largo que el mío, color chocolate oscuro, más su increíble don para saber vestirse le habían hecho parecer una modelo de revista codiciada.

Se veía increíble.

Mi amiga se sonrojó. El famoso efecto colateral, como le decía. Se sonrojaba cada vez que alguien la halagaba, y eso la molestaba. Pensaba que la hacía parecer fácil. Pero no lo era. Kendall era todo lo contrario. Pese a que a veces se dejaba persuadir por hombres ricos, de sonrisa bonita y vida hecha un desastre, la mujer tenía sus momentos. Y justo por eso —y más— era mi mejor amiga. Por eso estaba en mi vida.

—Bueno, ya. Hora de irnos —dijo con una palmada en los muslos.

Salté del asiento frente al espejo y me di un último vistazo frente al espejo de cuerpo entero. Todo en su lugar. Todo perfecto. Hasta que mi celular sonó. Su tono melódico rompió la burbuja de fiesta en un segundo.

—¿Puedes ver de quién es? —le pedí, sin moverme. Ella estaba más cerca de la cama.

Frunció el ceño antes de alcanzarme el celular.

—Número desconocido.

Mi estómago se tensó. Dudé un segundo, pero aún así contesté.

—¿Sí?

—¿Estás lista? —preguntó la voz inconfundible de Zacharias al otro lado de la línea.

—¿Cómo rayos conseguiste mi número telefónico? —inquirí, molesta.

—Un hombre nunca revela sus secretos —replicó con esa sonrisa audible que me daba ganas de meterle un tiro y hacerle un favor a todos.

—Eso es lo que no debe hacer un mago, idiota —repliqué.

—¿Estás lista o tengo que pasar por ti más tarde?

—Voy bajando —dije y colgué sin despedirme.

—¿El trabajo? —preguntó Kendall, arqueando una ceja.

—Por desgracia —murmuré.

Ella soltó una carcajada y yo la miré mal.

—Deja de mirarme así y vámonos de una buena vez —dijo, arrastrándome hasta la puerta del piso.

Esperó a que cerrara con llave, y en cuanto giré la cerradura, volvió a tomarme por la muñeca.

—¡No te soporto! —grité mientras me arrastraba escaleras abajo.

Ella rió, y yo maldije su manía absurda de no usar ascensores.

—Me amas —canturreó.

Bajamos cinco pisos a toda velocidad, el eco de nuestros pasos resonando por la escalera como una sirena de guerra. Kendall se detuvo al salir de la residencia y ahí estaba él, apoyado en la reluciente camioneta de su hermano como si estuviera en una maldita pasarela.

Me miró de arriba abajo y soltó un silbido lento.

—¿Ves? Eres ardiente —susurró mi mejor amiga antes de adelantarse a saludarlo y presentarse como si fuera la embajadora del caos.

Esbocé una sonrisa fugaz, negando con la cabeza. Kendall era un caso.

Corté la poca distancia que me separaba de Zach y le di una mirada fría. Porque por más inocente que se viera, y por más útil que quizás fuera la salida… él no dejaba de ser un caso de suicidio con patas.

—Nena, estás hermosa.

Fruncí el ceño sin molestarme en disimularlo.

—¿Qué habíamos aclarado en tu casa?

Zach se rió, como si yo fuera una especie de chiste privado que sólo él entendía.

—Bien, lo siento —se excusó con rapidez—. Kendall, ¿vienes con nosotros?

Ella asintió con tanta emoción que parecía estar por entrar a una alfombra roja. Abrió la puerta trasera de un tirón y se lanzó al asiento con la gracia que la definía.

En cuanto cerró la puerta, Zach volvió su atención hacia mí con esa mirada molesta que intentaba ser encantadora.

—Tendrás que decir que estás conmigo, cariño —declaró con ese aire juguetón disfrazado de caballerosidad barata—. No pienso dejarte sola con los malditos bastardos que tengo por amigos.

Solté una carcajada seca, sin rastro de ternura.

—Puedo cuidar mi espalda, la tuya y la de Kendall con una sola mano, gracias —le respondí, arqueando una ceja—. Y, por tercera vez, no soy tu cariño, ni tu nena, ni nada de eso.

—Lo sé, pero me encanta molestarte —contestó con esa risa suya que no sabía si me sacaba una sonrisa o una úlcera.

Rodé los ojos, me escabullí a su lado y subí a la camioneta, cerrando la puerta de un portazo con toda la delicadeza que no tenía.

—Es sexy —comentó Kendall desde su asiento con una sonrisa de “te voy a dar problemas si no me cuidas” mientras Zach rodeaba el vehículo. Casi me iba en vómito.

—Es un dolor en el culo —espeté.

—Cielo, por favor… es un trabajo sexy —insistió ella, y juro que sentí cómo mis ojos hacían el giro completo dentro de la cabeza.

Zach entró antes de que pudiera continuar con la defensa de mi cordura.

—¿Listas para una bienvenida tradicional? —preguntó con entusiasmo exagerado.

Levanté una ceja en su dirección, mientras Kendall chillaba un “¡sí!” tan fuerte que pensé que iba a reventar los cristales. Él se rió, conectó su iPod al sonido del coche y puso la música a todo volumen. Wild Life empezó a sonar y sacó una carcajada de mi garganta tan solo porque…

—¡Esa es mi canción! —gritó Kendall, moviendo la cabeza como si estuviéramos en pleno concierto de rock.

«Sí, por eso».

Para mi pequeña fortuna, así pasó el viaje hasta que llegamos a una casa enorme con música electrónica que retumbaba desde las paredes como una advertencia sonora.

—Bienvenidas a la tradición —anunció con aire triunfal, estacionando frente a la acera.

—Vaya tradición —solté irónica, abriendo la puerta.

Él me lanzó una mirada entre divertida y resignada antes de bajarse.

—¿Crees que de verdad se merece todo tu mal humor tan solo por respirar, Bells? —Escuché a Kendall decir desde el asiento trasero.

—Es mi humor de mierda o una bala en la cabeza —repliqué, saliendo del auto.

Al bajar, el olor a marihuana me golpeó de frente. Un par de idiotas estaban fumando en la entrada inferior de la casa, riendo como si hubieran inventado el fuego.

«Jesús Bendito».

—¡Entremos ya! —Gritó Kendall al aparecer a mi lado, con la emoción escrita en la cara.

Le tomé el codo antes de que se despegara más de la cuenta y la obligué a mirarme.

—Este es un trabajo serio, Kendall —le solté en voz baja, firme, sin adornos. Ella sabía una parte, un mísero porcentaje de lo que en realidad se trataba el trabajo. Y no era porque yo no se lo hubiese querido contar, sino porque ella misma había elegido no saber. No quería involucrarse… pero igual vino. Y ahora necesitaba que entendiera—. Entiende que hoy tengo ojos solo para el chico suicida, no para lidiar con tu culo ebrio, ¿sí? Viniste conmigo para ayudarme. Recuerda eso.

Solté su brazo justo a tiempo para que Zacharias apareciera por un costado.

—¿Interrumpo algo? —preguntó con esa sonrisa que no le creía ni un poquito.

Kendall y yo negamos al mismo tiempo, sincronizadas como si ensayáramos eso cada semana.

—Entonces, andando —dijo él.

Y así, los tres caminamos hacia el interior de la hermandad, directo a esa música atorrante que vibraba desde las paredes como si el edificio entero tuviera un maldito ataque epiléptico. Al entrar lo que nos recibió fueron las luces, el humo y los cuerpos moviéndose con más alcohol que sangre en las venas. El lugar era un hervidero de posibles problemas que estaba segura de que tenía que evitar a toda costa.

«Sí, justo mi ambiente».

—¡Anderson, hermano! —gritó una voz masculina, empapada en cerveza y entusiasmo. Zach reaccionó de inmediato, tomando mi mano con la suya. Por inercia intenté soltarme, hasta que me cruzó la mirada. No fue una advertencia, ni un “te lo pido”. Fue una decisión. Así que dejé mi mano donde estaba, sin perderle los ojos—. ¿Y esta delicia? —dijo el sujeto cuando llegó a nosotros, escaneándome sin sutileza alguna.

—Es mía, Harris. Aléjate. —La voz de Zach fue cortante, clara, con ese tono afilado que no dejaba espacio a malentendidos.

El tal Harris —un castaño con cara de idiota— alzó las manos como si eso lo eximiera de lo baboso que era, y sonrió. Luego su atención se desvió a Kendall, que había apoyado una mano sobre mi hombro.

—¿También es tuya?

—Quita tu asquerosa mirada lasciva de ella antes de que te quedes ciego, Harris —la voz de Drake llegó desde atrás como una sentencia.

Perfecto. Ahora teníamos el paquete Anderson completo.

—Veo que los hermanos Anderson tienen a todas las nuevas enganchadas —se burló Harris.

Volteé a ver a Kendall justo en el momento en que Drake la rodeaba por la cintura con una naturalidad que no me gustó nada. Y no porque me importara, sino porque aquel gesto me lo complicaría todo.

Ella me sonrió.

Yo quise sacudirla por los hombros y mandarla a casa enseguida.

Lo último que me faltaba era que mi mejor amiga cayera de cabeza en el campo minado que estaba tratando de esquivar.

—Piérdete, amigo —ordenó Drake, sin soltarla.

Harris rió por última vez y se alejó entre la multitud de universitarios drogados, borrachos o ambas cosas a la vez. Apenas se perdió de vista, zafé mi mano de la de Zach y lo fulminé con la mirada.

—¿Tragos? —preguntó Drake, mirando a ambas, interrumpiendo el discurso no tan político que tenía preparado para su hermano suicida.

Respirando hondo, negué con la cabeza al instante. Kendall, en cambio, asintió con entusiasmo. Gemí por dentro. ¿Qué diablos a ella no le había quedado claro, joder?

—Tengo que hacer algo —dijo Zach, negándose a emborracharse, alzando la voz por encima de la música—. Recuerda que todo corre por mi cuenta —se inclinó hacia mí, logrando que me estremeciera de asco por lo siguiente que dijo—. Y si no, haré que corra —masculló en mi oído, antes de volverse a su hermano. «Ew»—. Cuídalas.

Y se perdió entre la gente.

Intenté contener las arcadas, de verdad. Intenté.

Gracias a lo sagrado, Drake no tardó en tomar las riendas, cortando de tajo la bilis que empezaba a subir por mi garganta. Nos hizo una seña hacia una entrada lateral, que parecía llevar a la cocina o a un pasillo menos concurrido. Sin embargo, para su mala suerte, mi objetivo se estaba moviendo en un lugar que me aseguraba problemas.

«Lo siento, rubio. Si mi instinto se enciende, mi cuerpo se mueve».

—¿Dónde está el baño? —grité al segundo de empezar a movernos, alzando la voz para que me escuchara entre la música y el griterío.

—¿No tuviste oportunidad de ir en tu casa? No te recomiendo los baños de aquí, cariño —me gritó en respuesta. Esbozó una sonrisa breve cuando notó que me encontraba con los brazos cruzados y una expresión de “me importa una mierda”—. Piso de arriba, muñeca —dijo después.

Asentí, pero en lugar de agradecerle y seguir mi camino, me acerqué hasta él con toda la intención. Pasé de largo a la Kendall bailarina y me incliné hacia su oído, sin que nadie más pudiera escuchar.

—Me da igual si la tocas tú o alguien más. Pero si le aparece un rasguño, uno solo, te juro que te corto las pelotas. Desde ahora, eres responsable de su integridad física, ¿estamos claros? —murmuré tan amable como un cuchillo en la garganta.

Me alejé sin esperar respuesta, aunque por el rabillo del ojo noté su sonrisa burlona.

—Considérame advertido —se rió.

—¿Qué? ¿Qué dijo? —preguntó Kendall al segundo después, molesta por no haber escuchado.

—Voy al baño —solté con desinterés, alejándome de ambos sin mirar atrás.

—¡Hija de perra! —escuché a Kendall insultarme unos momentos después. Sonreí. Supuse que Drake ya le había contado mi pequeña amenaza. Bien por él. A veces hay que marcar territorio sin tocar una sola baldosa.

Pero yo tenía otra prioridad.

«Bien, pequeño imbécil… ¿en dónde te metiste?».

La pregunta me cruzó la mente mientras empezaba a moverme por la casa atestada con dificultad. Me abrí paso entre cuerpos sudorosos, olores pegajosos a cigarro barato, perfume de fiesta y decisiones pésimas. Había demasiada gente bebiendo, bailando, tropezando con las emociones del momento, pero aún así logré dar varias vueltas por el gran salón sin abandonar la planta baja.

Mis ojos no paraban. Buscaba. Hasta que vi lo que necesitaba ver: Harris. Y junto a él, un chico rubio al que habría apostado todo lo que tenía que era Zacharias. No me bastó más que una mirada rápida para identificar su andar.

Ambos se perdieron tras una puerta roja, una que parecía más una salida de emergencia que un cuarto cualquiera.

Mis pasos ya iban en esa dirección cuando la vida decidió ponerme otro estorbo.

—¿Perdida? —preguntó una voz ronca, desconocida y con la clase de tono que me daba más asco que miedo, bloqueando mi visión.

El tipo apareció frente a mí como una pared. Alto, al menos dos cabezas más que yo. Musculoso, si te gustaban los idiotas de gimnasio con complejo de seguridad privada.

Tuve que alzar la mirada como si estuviera inspeccionando un mal presagio.

—No —respondí, tajante, sin detenerme. Lo esquivé. Pero ya era tarde. Había perdido de vista la puerta y al idiota que estaba siguiendo.

Fantástico. Otro punto para los obstáculos innecesarios de la noche.

—Yo creo que sí —susurró detrás de mí, tan pegado que sentí su respiración en la nuca.

Por puro instinto, mi codo impactó su pecho y mi mano fue directa a sus pelotas. El grito ahogado que soltó fue una melodía que sin duda repetiría mientras dormía, al igual que repetiría la escena de haberlo visto caer al suelo como un trapo.

Me agaché, con calma, ignorando el hecho de que estaba en una fiesta rodeada de posibles personas sobrias, y le hablé al oído con la misma frialdad con la que afilas un bonito bisturí.

—Vuelve a siquiera rozarme, y te juro que tu aparato reproductor no va a ser lo que más sufra en tu cuerpo.

El idiota asintió, sin aire y me levanté sin más. No era mi problema si le costaba pararse otra vez.

Mi atención volvió a la puerta roja que para mi sorpresa, se encontraba abierta de par en par. ¿Me agarró fuera de base? Algo. Pero ahora contaba con dos opciones: uno, Zach y su amiguito ya se habían esfumado, o dos, esa puerta abierta era una jodida invitación. Una trampa con moño rojo para idiotas curiosas como yo.

¿Estaría de más señalar por cual opción me fui? ¿No? Bueno, pero por si no les había quedado claro, estaba a un abrir y cerrar de ojos de dar un solo paso hacia el umbral, sin embargo, su voz me atravesó como un disparo.

—¿Dónde carajos has estado? —espetó Zach, apareciendo de la nada. Me giró con brusquedad hasta dejarme cara a cara con él. Y, por primera vez en las veces que me había cruzado con él, no supe si estaba más furioso, aliviado o asustado—. Drake me llamó del todo cagado —continuó, sin darme espacio—. Dijo que no te había visto en más de media hora y temía que los bastardos que están aquí te hubiesen… te hubiesen…

Se calló. Se tragó las palabras como si quemaran y solo las reemplazó por una mirada furibunda. Alarmas e interés mezclados comenzaron a competir por un hueco en mis gestos.

—¿Qué, Zacharías? ¿Me hubiesen qué? —pregunté, sin quitarle los ojos de encima.

Zach no respondió. Solo soltó un suspiro iracundo y zanjó el tema con una orden:

—Nos vamos.

Se giró de inmediato, sujetando mi muñeca, ejerciendo un derecho que no tenía y caminó sin esperar aprobación, como si yo fuera un maldito accesorio que podía arrastrar a gusto.

Error.

Zafé mi muñeca de su agarre con un tirón seco, haciendo que se detuviera y me lanzara otra mirada cargada de furia y desconcierto.

—Vete al infierno —solté, mirándolo a los ojos antes de darme media vuelta y perderme entre la multitud.

¿Acaso aquella decisión había sido estúpida e impulsiva? Por supuesto.

¿Me arrepentí? Bueno… Para ser honesta, si no lo hubiese hecho, nunca habría conocido a Rush. Y si algo aprendí después de esa noche, fue que todo lo que vino luego habría sido inevitable de igual forma, quitando, claro, de la ecuación una que otra cosa.

Así que digamos que, en algún punto de mi vida, sí me arrepentí por completo, pero luego, solo un diez por ciento de mí se arrepintió por haber mandado a Zach a la mierda.

¿El resto? Agradeció cada maldito paso.

Entonces, entre el impulso de desaparecer de la vista de Zach antes de que me armara otra una escena en plena fiesta como si fuera mi maldito esposo, y las ganas intensas de salir del infierno de sudor, luces y música basura, terminé subiendo las escaleras.

Segunda planta: nada útil. Solo un pasillo largo, ambientado con tonadas sexuales y más de diez puertas evidentemente cerradas que no prometían más que un trauma seguro si llegabas a abrirlas, además de lámparas parpadeando como si me advirtieran que tenía que salir de ese jodido lugar.

Ignorando el aviso, suspiré y subí otro tramo de escaleras, rogando que arriba hubiera algo más interesante que el aroma a alcohol y sexo rápido. Esas me dejaron frente a un pasillo más corto con una única puerta y luz tenue amarilla.

Tuve que afinar el oído para asegurarme que no hubiesen más gemidos provenientes del interior de esa puerta. Cuando estuve segura de que no iba a ganarme un trauma de gratis, me desplacé por el corredor.

Un par de pasos después, seguido de quizás una mala decisión tomada a último minuto y cero ganas de volver a ver al niño rico, ahora me encontraba envuelta en un ambiente más serio, más… llamativo.

Estando en un rincón de una amplia terraza decorada por la misma tonalidad tenue y cálida del pasillo anterior, rodeada por una multitud pequeña de personas con mucho mejor semblante que en la fiesta de abajo y buena música, solté un suspiro largo de alivio.

Claro que eso fue hasta que noté una elegante mesa de póker en todo el centro del lugar y, por supuesto, a él.

Obvié las decoraciones del sitio, el ambiente tranquilo, el respiro repentino de haber escapado del incompetente de Zacharias Anderson. Incluso olvidé cómo diablos me llamaba y en dónde estaba.

Juro por todo lo que me corría por las venas en ese momento que no respiré durante los primeros tres segundos que mantuve la mirada en él. Me quedé quieta. Congelada. Atónita.

Mi primer pensamiento fue: ¿qué diablos es eso?

No era un hombre.

No.

Era un maldito pecado materializado. Una amenaza vestida de carne, tatuajes y arrogancia pura. Todo su cuerpo parecía estar diseñado para provocarte un cortocircuito hormonal sin posibilidad de reinicio.

Era la puta definición de peligro. Y aun así, no podía dejar de mirar.

Porque no era solo su cuerpo, era la manera en que ocupaba el espacio, el… aura que emanaba. Sentado en esa silla como si la terraza fuera suya, como si no necesitara decir una sola palabra para que todos giraran a verlo. Y lo peor era que él sabía que lo sabías.

Sus ojos se clavaron en mí como un disparo seco. Primer impacto: iris de un gris oscuro, como si me estuviera enfrentando a una tormenta a punto de estallar. Segundo impacto: ese jodido y adictivo brillo mortal que te escaneaba el alma y le arrancaba la ropa a tu dignidad.

Todo en mí se tensó. No podía moverme. No podía pensar. No podía ni tragar saliva.

Él no sonrió. No aún. Solo me miró, pero esa mirada fue más efectiva que cualquier caricia. Mis muslos reaccionaron antes que mi cerebro; apreté las piernas sin querer y sentí una descarga caliente, viva, ardiente.

Entonces se levantó.

Una barbie perfecta estaba sentada entre sus piernas, jugueteando como si tuviera derecho a estar ahí, pero él… él tan sólo la apartó. Como quien se quita una chaqueta molesta. Ni un gesto amable. Solo fuera de su espacio.

La dejó ahí parada como una idiota mientras se alejaba de la mesa y caminaba directo hacia mí.

Estaba segura de que aún había música saliendo por los altavoces que yo no recordaba haber visto, pero juré que aún así podía escuchar el eco de sus pasos mientras que todo en mí gritaba: «corre. Corre, carajo. Corre ya».

No obstante, no lo hice.

¿Cómo hacerlo? Si cada centímetro de mi piel se había vuelto sensible, alerta, caliente. Incluso mi entrepierna… bueno, ella ya estaba teniendo una conversación privada con el infierno mismo.

Él se detuvo frente a mí. Tan alto que me sacaba casi que dos cabezas de altura y tan malditamente cerca que pude olerlo.

Y santísimo infierno.

Olía a sexo.

A cuero.

A humo y pecado.

—¿Sabías que estás en un juego privado? —preguntó con una voz baja, rasposa, que me bajó por la columna como si fuera una lengua mojada.

«Jesús, no», casi que gemí para mis adentros. Porque no era una voz cualquiera. Debí haberlo previsto, pero mi cabeza no dejaba de dar vueltas, por lo que su tono me agarró muy fuera de base. Aquello era una orden para mojar bragas. Un susurro que, si seguía escuchando, me abriría las piernas sin tocarme.

Cargaba el cabello negro azabache como un puto agujero negro, revuelto, como si acabara de follarse a alguien contra una pared, que hacia juego con su piel oliva.

Tatuajes oscuros cubriéndole los brazos hasta donde su camisa de vestir remangada hasta los bíceps… ¿negra? ¿Gris oscuro? Me dejaba ver.

Un piercing discreto en la ceja.

Labios gruesos y perfectamente formados junto a esa mandíbula que… joder, esa mandíbula.

Quería tocarlo.

Bueno, no.

En realidad quería morderlo luego y antes de que mi vista bajara por reflejo hasta su cuello, pasando por su pecho descubierto por la abertura que la camisa le daba, deteniéndose un momento en las venas de sus brazos, imaginándome si ese lugar escondido estaría igual que lo que estaba comiéndome con los ojos.

Tenía el cuerpo de un hombre que sabía con exactitud cómo usarlo.

Y eso me jodía el cerebro.

—¿Sigues por ahí? —volvió a decir, un poco más cerca.

Tragué saliva una vez más. No contesté. Solo lo miré como idiota, con la respiración contenida y los pezones duros debajo de la blusa.

Sacudí apenas la cabeza, como si eso fuera suficiente para quitarme el vértigo de encima, intentando que la sangre volviera a mis neuronas, pero fue inútil. Ese… hombre seguía ahí. Y yo… yo acababa de soltar un jadeo. Bajo, casi inaudible.

O eso pensé. Porque entonces él sonrió. No fue una sonrisa normal. Era la sonrisa curvada y llena de suficiencia de un demonio que acaba de encontrarse con su próxima víctima.

Y quizás yo era una de sus tantas.

—Sí, suelo causar eso —dijo, y estoy segura de que enseguida lo odiaste… pero solo porque el cabrón hablaba con tanta seguridad que hacía con exactitud dos cosas: o que lo odiaras con todas tus fuerzas por imbécil egocéntrico, o que tus bragas se empaparan aún más. No tenía que resaltar por dónde me había ido yo, ¿cierto?—. Ahora, ¿quién eres y qué se supone que haces en mi espacio privado? ¿Te perdiste? Porque si es así, bajas las mismas escaleras por donde subiste, regresas a tu maldita fiesta y finges que no viste este piso. No me gustan los intrusos, mucho menos los que tienen el hedor a universitarios borrachos.

El sarcasmo salía de sus labios como veneno dulce. El muy arrogante frunció el ceño y, antes de que mi cerebro armara una respuesta, se dio el tiempo de escanearme de arriba abajo. Para mi absoluta vergüenza, me tragué un gemido. Mis piernas, que ya venían flaqueando desde hace rato, temblaron apenas. Lo odié por eso. Lo odié por verme así.

—Aunque admito que no pareces una universitaria llena de lamentos etílicos —añadió con esa voz grave y asquerosamente deliciosa—, no quita que a lo mejor seas como todas esas jodidas chicas que se descontrolan si uno les da una segunda mirada.

Y fue esa la bofetada perfecta. Su ego, su sarcasmo y su maldita manera de hablar como si pudiera definirme en una frase mal estructurada me sacó del trance.

Mi expresión cambió tan rápido que hasta el aire a nuestro alrededor pareció enfriarse.

—¿Y tú te crees…? —dejé la frase en el aire, afilada, venenosa, con toda la intención de dejarle claro que también sabía jugar con fuego.

Satanás alzó una ceja. Su sonrisa se volvió más ladina, más oscura. Más deliciosa.

Maldita sea. Se decía que Satanás, el fuego, el pecado y la lujuria se deslizaban uno dentro del otro como amantes antiguos, y yo había entendido por qué cuando el muy bastardo me sonrió así.

—¿Y a ti te interesa por qué…? —contestó con una arrogancia tan exquisita que me dieron ganas de golpearlo… o de empujarlo contra la pared y arrancarle la ropa a mordidas. Lo segundo estaba tomando la delantera.

—¡Rush! —gritó alguien, desde lo que pude ver por encima de su hombro, la mesa de póker—. Deja de estar coqueteando con la chica sexy y pon de nuevo tu culo aquí, hombre.

Oh. Así que ese era su nombre.

«Rush», repetí con cuidado en mi cabeza mientras saboreaba la pronunciación. «Por supuesto que se llama así. ¿Cómo no? Tiene nombre de orgasmo. De esos que podrían dejarme temblando y sin aire».

Él giró la cabeza, asintió sin mucho apuro, y cuando volvió a mirarme, sus ojos brillaban con ese maldito deje de fastidio impaciente que me dio ganas nocivas de provocarlo más.

—Piérdete —espetó sin más, dándome la espalda como si ya no valiera su tiempo.

«¿Perdón?».

Me reí. De verdad me reí. El muy imbécil acababa de sellar su sentencia.

—Lamento decepcionarte —le dije con voz clara, lo bastante fuerte para que se detuviera a mitad de camino. Y lo hizo. Se giró. Me miró como si yo fuera una puta anomalía. Me encantó—, pero de ninguna manera me verás irme… A no ser que me ganes.

Le sonreí. Una sonrisa de esas que sabías que podían acabar en desastre… o, en el mejor de los casos, en sexo sucio contra la pared.

Luego, le señalé la mesa de póker.

Rush me estudió como si acabara de retarlo a un duelo. Cosa que, en líneas generales, era cierta. Él volvió a plantarse frente a mí, y por un instante, su mirada bajó a mi boca. Solo por un instante, pero bastó para que mi entrepierna hiciera una fiesta.

—¿Sabes jugar? —preguntó.

Me encogí de hombros con total descaro. «De hecho, cariño, estoy a punto de hacerte tragar tus cartas una por una».

—Eso tendrás que averiguarlo —le solté con inocente malicia, y su sonrisa respondió con una promesa oscura.

No dijo nada. Tan solo me tomó de la mano. Su palma era grande, caliente, áspera. Me electrificó. Sentí el roce hasta entre las piernas. Y entonces caminó, llevándome con él.

La mesa de póker volvió a entrar en mi campo visual. Los dos jugadores que estaban ahí sentados me observaron. Uno con evidente fastidio, otro con cierta chispa divertida nadando en sus hipnotizantes ojos verdes.

—¿Y ella es…? —preguntó un chico con cara de irritación crónica y expresión de culo.

Rush no respondió. Solo hizo un gesto burlón con la mano, como si me estuviera invitando a sentarme en un trono. De manera literal. Fue uno de esos movimientos exagerados, teatrales, como los que se les hace a una reina caprichosa. Por supuesto, lo acompañó con esa sonrisita torcida suya.

Bufé y rodé los ojos mientras me dejaba caer en la silla.

«Tranquilízate, Arabella. Ya le patearás el culo».

Eso tuve que repetírmelo. Varias veces. En mi cabeza. Casi que gritando. Como un mantra. Porque la idea de estamparle la silla en la cabeza estaba peligrosamente empatada con la de pasarle la punta de mi lengua por sus ridículos y calientes labios.

—Córtalo, Riden. Nadie tiene la culpa de tu mal humor —saltó el mismo tipo que antes le había gritado a Rush. Su voz era más amable, más relajada, más… sucia de otro modo—. Un placer, preciosa. Soy Rise, y si no quieres pasar la noche con ellos, me ofrezco como voluntario —me guiñó un ojo como si acabara de regalarme una opción de menú.

De acuerdo. Por la poca información que mi cerebro había procesado, aquello era un jodido trío de imbéciles con nombres de entre cuatro a cinco letras, todos comenzando con R. Rush. Rise. Riden. Ahora, la pregunta era: ¿quién diablos los había fabricado y luego soltado en tierra de mortales? ¿El dios del erotismo o qué? Y, ¿por qué mierda se parecían tanto? ¿Acaso eran hermanos, primos? Aunque parecían muy buenos amigos, sus rasgos eran demasiado similares. No podían ser solo amigos.

Por una parte estaba Rush. Rush era peligro. El tipo único que te follaba hasta hacerte olvidar tu propio nombre y después te dejaba en ruinas.

Luego, quizás, se encontraba Rise, y ese era otra historia. Él tenía ojos tan verdes como esmeraldas que no sabían pedir permiso. Te miraban como si ya te hubieran desnudado mentalmente y estuvieran tomando nota de tus posiciones favoritas. De tez un poco más clara que los otros dos, cabello rubio oscuro, casi llegando a castaño con luces doradas, sonrisa de las que te mojan las bragas con una sola curva. La cuestión aquí era que si eras lesbiana, dudabas, y si eras virgen, pues luego de haberle dado una sola mirada, se te acababa la inocencia.

Y por último estaba Riden. A él mi cerebro lo guardó con el alias de “Cara de Culo” luego de notar que mantenía el ceño fruncido como si la vida le debiera un polvo decente. Sin embargo, ¿eso le quitaba lo sexy? No. ¿Lo misterioso? Tampoco. Mucho menos el cuerpo que se cargaba; estaba para lamerlo en penitencia: ojos marrones oscuros, cabello muy oscuro, casi rozando al negro, y el color de su tez estaba entre la de Rush y Rise. No obstante, su mirada tenía filo, y ese filo cortaba. No sabías si querías follarlo o salir corriendo. Lo más probable era ambas, y por esa misma respuesta, te quedabas ahí.

No fue hasta mucho después que entendí su actitud. Pero en ese momento, solo su energía me erizaba. Atraía y repelía con la misma fuerza.

—No soy tan fácil, amigo —le respondí a Rise, cruzando una pierna sobre la otra con lentitud, volviendo al presente.

Sabía lo que estaba haciendo. Cada movimiento estaba medido. Si ellos iban a jugar, yo también. Rise me miró con ese mismo brillo curioso que me había encontrado en los ojos de Rush minutos antes.

Lo odié.

Porque también logró hacer del tsunami que había levantado Rush hace no mucho, una pequeña pero peligrosa ola.

—Ronda nueva —dijo Rush, tomando asiento frente a mí.

Su voz era como una orden militar: directa, inevitable, seductora.

—Déjate de complacencias, Rush —resopló Riden—. Tenemos una buena partida aquí que no pienso solo desechar por una nueva curiosidad tuya.

—Ronda. Nueva. —repitió Rush con la misma frialdad elegante. Como quien avisa que va a empezar la cacería—. Todo al estilo Texas Hold’em —añadió con un tono tan amenazador que me erizó la espalda. No gritó. No hizo un gesto dramático. Solo lo dijo. Y eso bastó.

Un frío me recorrió la columna. Me senté más recta, mis dedos tensos sobre el borde de la mesa.

«¡Te dije que corrieras, maldita enferma!», gritó mi subconsciente.

«Tarde. Muy tarde», pensé. Y no era que no supiera jugar. Sabía. Era buena. Pero Rush tenía esa capacidad de decir “Texas Hold’em” como si dijera “voy a desnudarte con los ojos y hacerte gemir mientras pierdes todo el control”.

Riden gruñó como si tuviera un dolor en el alma y, luego de lanzar sus cartas al centro, Rise comenzó a barajarlas todas. Mis sentidos estaban afilados. Podía sentir las miradas de Rise y Rush en mi piel como vampiros a nada de dejarme sin sangre.

La gente empezó a arremolinarse alrededor de la mesa. Un círculo se formó, como si la escena fuera un jodido espectáculo. Cosa que para ellos, lo más probable era que lo fuera. Quizás para ellos yo era la desconocida que osó sentarse en la mesa del trío-todo-poderoso-de-imbéciles. Era posible que todos quisieran saber quién era yo, qué era lo que tenía que me había ganado la atención del imbécil egocéntrico y peligroso, y por qué carajos seguía aquí sentada sin salir corriendo con las bragas en la mano.

Rise comenzó a repartir las cartas. Dos para cada uno. Finalmente, Rush y Riden dejaron de mirarme y se enfocaron en lo que tenían enfrente.

«Empieza el juego, Bells», me dije. No obstante, de un momento a otro me entró una revelación preocupante: no era solo póker lo que estaba en juego.

Podía estar equivocada, pero no dejaba de creer que quizás lo que estaba en juego era mucho más grande que solo una partida de cartas. Además de la tensión, del orgullo, el deseo contenido y las miradas peligrosas, la cuestión era que Rush me había elegido como objetivo. Y yo no sabía si eso significaba que quería sacarme de la mesa o matarme en ella.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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