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Capítulo 66: 63

Todo menos una explicación decente

Jugar hasta el final nunca es suficiente para prepararte para el dolor de la incredulidad que te sigue después

Arabella

Decir que el corazón me retumbaba en el pecho con una intensidad que no tenía nombre, que no había sentido nunca, era decir poco. Es decir, él cayó encima de mí, se desmayó encima de mí, y a raíz de eso, su cuerpo empezó a ceder. Lo sostuve como pude, pero aun así su cuerpo comenzó a deslizarse, cayendo al suelo. En ese instante quedé paralizada, congelada como idiota. El pánico me invadió, pero era como si no pudiera moverme, como si mis músculos no respondieran.

—¡Quítale eso! —demandó Rise, señalando el chaleco, mientras se movía tan rápido como podía, buscando su cuello, tratando de encontrar su pulso.

Le arranqué el chaleco en cuanto pude, con las manos temblando sin mi consentimiento.

Cuando por fin pude controlar el temblor y quitarle lo que le obstruía a Rise, el nudo de la garganta se me hizo tan grande, casi al punto de impedirme respirar, al volver a presenciar cada corte, rasguño, y hematoma en su cuerpo, dejándome tal y cómo la vista me había dejado antes de quitarle aquellos jodidos grilletes: fría. Y hubo varias diferencias que lograron mantenerme en ese estado: la luz, todo lo que venía guardando, los gritos.

La luz porque contribuía a que pudiera detallarlo mejor; resaltaban esos cortes profundos por todo su torso, su pecho, sus costillas, sus brazos y hasta en sus piernas. La carne mal cosida apenas contenía la sangre que se esparcía en el suelo, haciendo un pequeño charco bajo él. Era como si esa maldita luz se estuviera burlando de mí, obligándome a ver cada centímetro de su sufrimiento, cada signo de que lo habían destruido por dentro y por fuera.

Todo lo que me venía guardando porque, junto a los gritos, impidieron que me siguiera moviendo. Mi cuerpo no respondía. Lo único que pude hacer fue mirar. Incluso cuando Rise gritó que siguiera moviéndome, no pude. Por eso, Kendall me alejó de él, aunque no quería, aunque mi instinto era quedarme ahí, hacer algo, cualquier cosa. Pero me apartó, dejándome fuera de la escena, dejando que Rise y Riden se encargaran de su hermano. De mi espécimen.

Mi cuerpo no respondía ante mí, ante las cosas que quería hacer para ayudar. Mi cuerpo tan solo permitía que las lágrimas se deslizaran por mis mejillas y que los sollozos me rasgaran la garganta con un dolor aplastante, sin siquiera apartar la mirada de él. Por más que lo intentaba, no lo lograba. No podía hacer nada.

La voz de Kendall implorando que me calmara la oí lejana. Las manos de Mila, que llegaron minutos después, intentando apaciguarme, apretando las mías, lo sentí efímero. El sonido del helicóptero retumbando para mí era solo un vacío. No escuchaba nada más que el latido ensordecedor de mi propio corazón y los sollozos que se deslizaban sin control.

Quería moverme, hacer algo, pero mi cuerpo se encontraba tan roto como me sentía. Estaba paralizada, incapaz de procesar lo que estaba ocurriendo.

«Vas a perderlo».

«Llegaste tarde».

«¿Esto es todo lo que pudiste hacer? ¿Por él? ¿Es en serio?».

«Lo salvaste para que sus hermanos lo pudieran ver morir».

«Es tu culpa».

Habían más palabras que se dedicaron a atormentarme, y por como estaba, sin pensarlo les di la razón. Sin embargo, no me detuve a analizarlas. Mi cabeza no tuvo tiempo para eso, debido a que todo lo que intentaba hacer para llegar a mí no funcionaba. Todo empezó a desvanecerse en un eco distante, como si estuviera atrapada en una neblina interminable, incapaz de procesar el horror que tenía frente a mí.

Lo siguiente que recuerdo fue el silencio. El helicóptero, el jet, cómo saltamos de París a Escocia…

Todo aquel trayecto, para mí, fue un parpadeo.

De lo único de lo que llegué a estar consciente fue de cómo, al llegar al búnker, Rise y Riden metieron el cuerpo de Rush al estrecho ascensor como pudieron, bajando de primeros, mientras que a Kendall, Mila y a mí nos tocó esperar por el siguiente. Ese que nos dejó en el área médica. Además de cómo la gente pasaba ante mis ojos a la velocidad de la luz, mientras me sumía en desesperación, sentada en la bendita sala de espera, a la espera de algo, cualquier cosa que me asegurara que él estuviera bien.

Apenas reconocí que Mila se había ausentado, y que Kendall se había quedado a mi lado y que puede que nunca se hubiese ido porque en ningún momento sentí su mano dejar la mía, ni siquiera cuando Adalia Schröder, seguida de su hermana, Harrison y un par de personas más hicieron acto de presencia al, creía yo, haber escuchado la noticia de que habíamos llegado.

Las voces preguntándome qué diablos había pasado las oí lejanas, como un susurro nadando al fondo de mi cabeza.

No quería responder.

No podía responder.

Y se dieron cuenta porque dejaron de preguntarme cosas, pasando de mí a Kendall, exigiendo respuestas.

No me importó qué fue lo que dijo Kendall o cuáles fueron las respuestas de los demás. Lo único que me importaba era el hombre que se encontraba vivo a duras penas, encerrado en un quirófano, mientras que alguien trataba de mantenerlo consciente. Vivo. Conmigo. Aquí.

Los segundos se convirtieron en minutos, los minutos en horas, y las horas en una eternidad infinita. Pese a eso, jamás me levanté. Las necesidades que mi cuerpo me exigía las ignoré. Dormir, comer, bañarme… nada de eso me era importante justo en esos momentos. Lo único que quería era saber si estaba bien, si se encontraba bien. Lo demás, no. Eso podía esperar.

La gente que pisaba la sala de espera siguió moviéndose en cámara rápida, siendo un borrón cada vez que siquiera parpadeaba.

No sé cuánto tiempo estuve así, no sé por cuánto tiempo las voces siguieron mudas a mi alrededor, no sabía nada.

Mi vista estaba fija en aquel pasillo con puertas cerradas y luces blancas que se hacía cada vez más estrecho pasado el tiempo, el cual me impedía respirar bien.

Dejó de ser así en cuanto divisé a Rise salir de ahí, metido en un traje quirúrgico. Ahí el aire llegó a mis pulmones y la cámara paró de golpe, haciendo que la gente a mi alrededor tomara su velocidad normal. Su mera presencia estalló la burbuja en la que me había encapsulado sin quererlo, logrando que hasta las voces que se habían convertido en susurros distantes explotarán en mis oídos con fuerza.

Con apremio, me levanté de la silla y Kendall junto conmigo. Aunque sabía que estaba rodeada del mismo grupo, mi mirada nunca dejó a Rise. Mientras caminaba hacia mí, él sólo me sonrió y, por primera vez, esa sonrisa no le llegó a los ojos. Incluso su semblante se veía, pese a que era evidente que estaba más que exhausto, molesto.

Rise suspiró, atrapándome entre sus brazos en un abrazo asfixiante cuando me tuvo enfrente. Las comisuras de mis ojos empezaron a picar en cuanto mi cara se aplastó contra su pecho.

«¿Por qué tengo este presentimiento tan…?».

—¿Cómo está? —preguntó Adalia desde algún lugar a mi espalda.

Su fuerte acento alemán mezclado con el inglés me estresó en sobremanera, pero agradecí en silencio que alguien hubiera formulado la pregunta que tenía atorada en mi garganta.

Pero Rise no le respondió. En lugar de eso, se encargó de abrazarme por no sé cuánto tiempo, y aunque agradecí cada minuto de ello, sentía que el tiempo se estiraba mientra mis oídos exigían escuchar la respuesta a la pregunta que Adalia había hecho. Sin embargo, al momento en que sentí la presencia de sus hermanos, Rise me soltó, y atajó mi barbilla para clavar esos bonitos, preocupados y enojados ojos verdes en mí. Muchas preguntas y alarmas empezaron a explotar en mi cabeza, pero todas quedaron sepultadas en cuanto él abrió la boca.

—Está bien —musitó despacio, primero a mí y luego a los demás.

Esas dos simples palabras bastaron para que mi corazón dejara de pender de un horrible hilo, y que mis pulmones pudieran procesar el aire que estaba respirando sin que terminara convirtiéndose en dagas profundas que pinchaban mis costillas.

Dejé de mirar las esmeraldas de Rise, lista para abalanzarme a ese pasillo, sin importarme algo más, pero Rise leyó mis movimientos y me aplastó en su pecho otra vez.

—Quieta —murmuró contra mi cabello.

—Rise, suéltame —gruñí contra él, mi desesperación creciendo en cada removida que daba en su contra.

—Bells…

—¿Qué pasa? —suspiró Riden, sonando cansado—. ¿Qué no nos has dicho?

—¿Podemos verlo? —preguntó Mila, avanzando por encima de Riden—. Es decir, si él está bien, ¿podemos verlo?

Rise se quedó en silencio un momento. Lo sentí respirar hondo, lo sentí tensarse y luego lo escuché hablar.

—Los está esperando —le respondió a su hermana con voz dura—. Tienen un par de minutos antes de que lo pongan a dormir, así que vayan.

—Suéltala entonces —habló Kendall, colocando su mano en mi hombro—. Si los quiere ver, déjala que…

Rise se volvió de piedra, pero tomó otra respiración profunda.

—A Mila y a Riden —dijo entre dientes, como si cada palabra le costara la vida—. Solo a ellos.

Mis movimientos pararon de golpe y la mano de Kendall cayó de mi hombro con lentitud, tan sorprendida como yo.

«¿Solo a ellos? ¿Por qué…?».

Rise me soltó. Antes de que pudiera decir cualquier cosa, él me soltó e hizo que lo mirara, empapándome de cada onza de tensión en la que se sumió la sala.

—¿Cómo qué…?

—¿De qué hablas? —interrumpí a Riden, confusa, aún intentando procesar lo que acababa de escuchar.

Rise pasó su mirada de mí a su hermano, quien no dudó en posicionarse a mi lado. De reojo lo vi cruzarse de brazos y degollar a su hermano mayor con la mirada, tratando, como yo, de entender a qué diablos venía todo esto.

—Rush… —él torció el gesto y negó con la cabeza, visiblemente enojado—, él…

—Habla de una puta vez, Rise —espetó Riden.

—Maldita sea —Rise masculló entre dientes, mirando al techo antes de clavar su mirada en mí una vez más—. Rush pidió no verte, Bells.

La incredulidad me dejó pasmada, golpeándome como un mazo.

«¿Por qué diablos él no…?».

La pregunta retumbó en mi cabeza, sin hallar una respuesta. El aire se hizo espeso a mi alrededor, atrapando mi respiración en el pecho, mientras mi mente buscaba una razón lógica con desesperación.

«¿Había hecho algo mal? ¿Acaso fue el beso?». El pensamiento cruzó mi mente como un rayo. «¿Lo había confundido? ¿Estuvo mal haberle correspondido el beso? ¿Había sido muy rápido? ¿Le hice sentir algo que no quería?».

Mi mente daba vueltas en busca de respuestas, pero solo encontraba más preguntas. Mi corazón volvió a latir con fuerza, y cada golpe me hacía sentir más y más perdida, como si estuviera en una horrible pesadilla.

—Chico malditamente estúpido —creí haber escuchado a Harrison murmurar entre dientes, pero mi mente no indagó en eso.

Seguí paralizada, observando el rostro de Rise. Él intentaba mantener la compostura, pero no podía ocultar esa rabia de sus ojos, más la tensión que lo consumía. No era solo lo que había dicho, sino cómo lo había dicho. Algo me decía que había mucho más, pero que solo eso era lo que me iba a dar, no muy contento con eso tampoco. Aún así, no entendía nada. Las palabras de Rise se encargaron de golpearme como una bofetada en la cara.

—¿Cómo que no puedo verlo? —cuestioné en un susurro.

Mi voz aun así tembló a pesar de mis esfuerzos por tratar de mantenerla firme. Mi cuerpo se tensó, pero no por la rabia, sino por la confusión, una sensación de vacío que me estrujaba el pecho. No lo entendía. De verdad, no lo hacía.

—Bells… —Rise murmuró, sin embargo, el tono de su voz solo empeoró la situación. Había solo una sola cosa que aliviaría el nudo en mi pecho, pero sabía que él no lo diría.

—¿Por qué diablos no? —Riden tomó la palabra, escupiendo cada palabra con un enojo palpable—. ¿Es muy fuerte verla ahora después de que le comió la boca hace cuatro horas o qué?

—Necesita un tiempo —la voz de Justine llegó a duras penas a mis oídos. Ella aprovechó que Rise había dado otro paso hacia atrás para colocarse al lado del Massey mayor, con una mirada llena de disculpas grabada en sus ojos cansados—. Él solo está descolocado, Bells. Es normal que necesite un poco de tiempo con sus hermanos primero antes de verte y…

Intenté comprársela.

De verdad que intenté comprarle la miserable excusa que me estaba dando, pero no podía.

Sabía que no era verdad.

Lo sentía.

Porque él, por más perdido, molesto, “descolocado” o herido que estuviera, siempre tenía y tendría tiempo para mí.

Siempre.

Siempre me daría prioridad, mereciéndola o no, por más pequeño o tonto que fuese el asunto. No importaba el qué, no importaba el cuándo, no importaba el dónde. Nada de eso le importaba, ¿y eso? Eso cada una de las personas aquí lo sabían.

Riden chasqueó la lengua, mientras que me encogía más con cada segundo que pasaba, dejando que ese asqueroso sentimiento de que había hecho algo mal me corroyera el cuerpo.

—El que te aparezcas y sigas con la mentira del maldito idiota me hace ver lo bajo que has caído, Justine —Riden se la comió con la mirada—. ¿Tan estúpido me crees? Ella —me señaló por un corto segundo— es su vida. Todo el maldito mundo lo sabe. A mí no me importa quedar de segundo lugar ante ella porque sé con lo que puedo competir y con lo que no. Ella es la única que, por el primer lugar en su vida, no puedo competir. Ni yo, ni Rise, ni Mila, ni nadie. Él se ha encargado de demostrárselo a todo el puto mundo. ¿Y aún así esperas que alguien de aquí se trague tu sarta de estupideces?

Justine hizo una fina línea con sus labios y solo negó con la cabeza, negándose a seguir diciendo algo más. Pensé que nadie cuestionaría el punto de Riden, pero solo pasaron unos segundos antes de que Adalia se dirigiera hacia el pasillo, pasando por todos nosotros, sin dedicarnos una segunda mirada.

—A menos que te hayas dañado el cerebro y ahora te creas parte de su familia, ¿se puede saber a dónde diablos crees que vas? —espetó Kendall, reluciendo su molestia, haciendo que Adalia recalentara el paso, pero no lo suficiente para que no siguiera adentrándose al pasillo.

—No tengo por qué rendir cuentas a nadie aquí, pero por si acaso no te quedó claro, voy a ver a Rush —soltó con desdén, sin molestarse en girarse—. Que yo sepa, lo único a lo que le cerró la puerta fue a la inestable, no a los demás. Ah, y Riden —ladeó la cabeza con una sonrisa venenosa—, recuerda que los sentimientos son maleables, cariño. Se transforman y se desvanecen con la misma facilidad.

Dicho eso, se perdió al cruzar por esas puertas grises.

Justine y Mila fueron tras ella, luego de que Mila me hubiese articulado una disculpa, con aquellas esmeraldas chisporroteando en rabia en contra de la alemana.

Las palabras de Adalia fueron un golpe bajo que, aunque alcé escudos, chocaron contra mi pecho, hundiéndome hasta el punto en que las comisuras de mis ojos empezaron a picar.

—No —advirtió Riden, dejándome fría al clavarse frente a mí, inclinándose hasta encontrar mis ojos. Choqué contra esos bonitos ojos cafés bañados en una ira que no hacía más que crecer—. Ni una sola lágrima, ¿me entiendes? No lo vale. Ni ella ni el otro. El bastardo debe de estar rezando porque esto solo sea una broma de mal gusto, o tendré su culo en el piso para cuando termines de derramar esa lágrima, Arabella.

Traté de respirar hondo, de no quebrarme. Creí que no lo lograría, pero Riden me aplastó contra su pecho al no notar ni una sola lágrima cayendo por mis mejillas, respirando tan hondo como Rise. Me fundí en sus brazos hasta que Kendall habló.

—Vamos, Bells —sentí su apretón en mi hombro—. Es tarde, todos estamos cansados y tú tienes que darte una ducha, además de descansar. Mañana es otro día.

—Otro día en donde le sacaré la mierda si sigue de imbécil —oí murmurar a Rise, tan molesto como su hermano menor.

Quería creerle. A Kendall quería creerle, quería aferrarme a la esperanza de que todo se aclararía, pero el dolor seguía ahí, en mi pecho, recordándome que, por primera vez, no tenía a mi espécimen para intentar alejar la mierda que me consumía.

Ella volvió a hablar, instándome a dejarlo ir por ahora. Pero, ¿cómo podía cerrar los benditos ojos cuando todo en mí estaba hecho pedazos? Cuando el idiota que consideraba el amor de mi vida ahora me rechazaba, sin ofrecerse a darme una jodida explicación decente, luego de haber pasado meses sin él. Mi corazón se estaba fragmentando en pequeños pedazos, y aún así, para mi mayor desgracia, no podía sentir rabia. En mí solo había confusión. Pura y sincera confusión.

Ni siquiera energía me quedaba para salir de los brazos de Riden e ir a exigirle una explicación a Rush. Por eso, dejé que Kendall hiciera conmigo lo que le diera la gana cuando me tomó por el brazo por segunda vez, intentando separarme de Riden. Él, a regañadientes, me soltó cuando Kendall se lo volvió a pedir. Me guió fuera de la sala.

La dejé hacer, más por inercia que por voluntad, mientras el peso de la situación se asentaba en mi pecho como una losa. Me arrastró fuera del área médica, y aunque sus palabras fueron amables e intentaron animarme, no las sentía del todo. Todo era un borrón, una horrible neblina de pensamientos caóticos que no podía disipar.

No supe cómo bajé escaleras, no supe cómo diablos entré en un ascensor, no supe ni siquiera cómo llegué a la habitación a donde habían terminado de añadirle todas mis cosas que habían sido removidas por mi propia seguridad. Todo había vuelto a su sitio, brindándole, por fin, ese lindo y característico aire familiar que había echado de menos. Kendall abrió la puerta, rodeándome de lo que había extrañado, pero al cruzar el umbral, todo dentro de mí se desmoronó.

El simple hecho de ver las alfombras que habíamos elegido juntos, las pequeñas plantas que él me había regalado, bromeando con que quizás aprendería a cuidarlas tras contarle cómo ni siquiera podía mantener un pollito vivo…

Todo me golpeó con una fuerza aplastante.

Cada rincón de la jodida habitación hablaba de nosotros, de lo que habíamos sido. Pero lo que más me destrozó fue la cama. Esa maldita cama en la que habíamos dormido juntos, recordando tantas noches en las que habíamos compartido risas y silencios, infinitos “te amo”, infinitas muestras del amor que sentíamos el uno por el otro. Todo eso… Ahora parecía perdido.

No pude más.

Me desplomé en los brazos de Kendall, el dolor explotando en mi pecho como una bomba.

Lloré.

Las lágrimas brotaron sin control, cayendo por mi rostro sin que pudiera detenerlas, quemando mis mejillas. Lloré y lloré, aferrada a mi mejor amiga como si fuera lo único que me mantenía de pie. No supe cuanto tiempo estuve así, pero Kendall no me soltó ni una vez. Solo se dedicó a pasar sus manos por mi cabello una y otra vez, besando mi coronilla infinidades de veces, como si supiera que eso era lo único que podía hacer por mí hasta que, cuando mis sollozos se volvieron un susurro, con la voz rota y la garganta seca me digné a hablar.

—Quédate —susurré—. Por Dios, quédate. No puedo… No soporto tanto silencio, Kendall, y…

—No hace falta que nos quedemos aquí, Bells —musitó a la velocidad de la luz—. Podemos irnos a mi habitación para…

—No —sorbí por la nariz, aferrándose aún más a ella—. No quiero irme, Kends. Yo no puedo… Te juro que… Joder, no —las lagrimas volvieron, y la garganta se me volvió a cerrar.

—Tranquila —volvió a repartir besos por mi coronilla—. Nos quedaremos. Haremos una pijamada si es lo que quieres, cariño, pero primero irás a darte la mejor ducha de tu vida. Te prometo que te hará sentir mejor. Estaré aquí todo el tiempo, no me iré a ningún lado.

—¿Te bañas conmigo?

Atajé una de sus manos y la entrelacé con la mía, en un intento de distraerme de la vorágine de emociones que me ahogaba. Bromear era lo único que me quedaba, o si no, volvería a llorar, y no me quedaban fuerzas para más lágrimas.

—No —rió con suavidad—. Y ni se te ocurra usar la excusa de “así ahorramos agua”. No va a funcionar esta vez, así que ve.

Asentí, aunque la idea de moverme parecía una tarea imposible. Con un suspiro, me levanté del suelo —del que no tenía idea de cómo había terminado ahí— y a duras penas me arrastré al baño.

Despojarme de cada capa de ropa fue un martirio, pero una vez bajo el agua caliente, las lágrimas volvieron con más fuerza, haciendo que ese martirio se convirtiera en un infierno.

Y es que seguía sin entenderlo. ¿Por qué a mí? ¿Qué rayos era lo que había hecho para que me negara verlo? No había sido el beso. Ese beso había sido tan necesitado de mi parte como la de él, lo sabía, lo había sentido. Él había correspondido con la misma ferocidad, con la misma añoranza que mi cuerpo sentía, demostrándome que no había sido la única que lo había extrañado como enferma, porque él también lo había hecho, sino es que peor.

Las preguntas sin respuesta me estaban matando la cabeza con cada segundo que pasaba en la ducha mientras las lágrimas seguían fluyendo, mezclándose con el agua que me envolvía. No sé cuánto tiempo estuve allí, bajo el agua, permitiendo que el dolor fluyera sin tregua. Pero ni siquiera eso logró aliviar el vacío profundo que me comía por dentro.

Pasó un rato cuando me digné a salir de la ducha. Agradecí que Kendall me hubiese dejado una muda de ropa ligera encima del retrete.

Luego de secarme, me vestí con lentitud, sintiendo cada prenda como un peso añadido. No me atreví a mirarme al espejo; no necesitaba ver mi propio reflejo para saber lo destruida que estaba, por lo que me cepillé tanto los dientes como el cabello como pude.

Al salir del baño, me encontré con Rise, Riden, Mila y Kendall, todos en la cama enorme, esperándome.

—Te dije que íbamos a hacer una pijamada —dijo Kends, divertida al verme estática a metros de la cama—. Ven —palmeó el colchón.

Todos hicieron un espacio para mí, y aunque el gesto fue reconfortante, me quebró un poco más. Sorbí por la nariz otra vez, recordando las palabras del Massey menor, prometiéndome no dejar caer una sola lágrima más, y me acerqué. Les dediqué una pequeña sonrisa rota y cansada, antes de meterme bajo las sábanas con ellos.

Quedando entre Rise y Riden, respiré hondo, absorbiendo cada olor familiar que ellos emanaban por haberse dado una ducha… parecía que reciente.

Estando de costado, los brazos de Riden me rodearon sin dudarlo, tirándome contra su pecho, mientras que Rise se encargaba de pasar una mano por mi cabello mojado, ya que su otro brazo estaba ocupado por mi mejor amiga.

El toque familiar de las manos en mi cabello y la calidez que cada uno emanaba me trajeron un mínimo consuelo, aunque el dolor seguía latente.

—¿Cómo está? —pregunté en un susurro, intentando no dejar que el dolor volviera a arrastrarme.

—Déjalo estar, Bells —intervino Mila, alzando su cabeza, dejándome ver su maraña de cabello azabache, mientras su bonito rostro se contraía en una mueca.

—Perdió la sensibilidad en su mano izquierda —contestó Rise, ganándose un golpe por parte de su hermana y de Kendall. Él las ignoró y continuó con su informe—. Es parcial, apenas en los últimos tres dedos. Justine cree que también tiene pérdida de la motricidad en la mano derecha por los cortes que sufrió en algunos tendones y nervios tanto en los dedos como en la palma, pero aún no está segura. Él no tenía la fuerza suficiente como para siquiera moverse.

—Está hecho un desastre. Parece una momia con todo ese vendaje —suspiró Mila, dejándose caer al lado de Riden, uniéndose al informe—. Puede que tengamos visitas de Roelle pronto. Justine necesita, con él, toda la ayuda posible para dejarlo… Eh… Bueno, presentable.

La noticia de Roelle me dio un pequeño respiro, pero la felicidad fue momentánea. Procesar la información de Rush dolía, pero de alguna manera también me calmaba. Aquellas eran pequeñas cosas, diminutas victorias para todo el infierno que él había sufrido, por lo que me alegré y el alivio inundó cada parte de mi sistema. Esperé que Riden se uniera a sus hermanos, pero no habló. Me separé un poco de él para poder visualizarlo. Cuando choqué con su mirada, en ella aun seguía aquella ira creciente.

—¿Planeas unirte? —cuestioné cuando él frunció el ceño.

—Oh, no —Mila volvió a alzar la cabeza, apoyándose en el hombro de su hermano—. Riden no lo ha visto. No quiso.

—Mila, cierra el pico —removiendo a su hermana de su lugar.

—¿Por qué?

Él volvió a darme su atención.

—Porque es un maldito imbécil —respondió sin más.

—Pero es tu hermano —intenté suavizar el ambiente, tocándole la nariz, luego de sorber por la mía. Él se encogió de hombros, restándole importancia al asunto—. Riden…

—No lo presiones, preciosa —Rise me jaló un mechón de cabello con cariño—. Haciendo eso es la única manera para que Rush entienda lo estúpido que está siendo. La única que entró a verlo fue Mila y tan solo fue para sacar a Adalia de ahí, cosa que quedó como intento porque el imbécil le dejó quedarse.

—¡Rise! —el nombre del Massey mayor salió de la boca de los tres al unísono, sonando casi como un gruñido.

El dolor volvió a pinchar con fuerza, pero esta vez, por fin, sentí ese atisbo de ira que había esperado sentir antes. El enojo creció, denso y amargo, mientras volvía a meterme en los brazos de Riden, haciéndome bolita.

—Tienes razón —gruñí contra su pecho—. Es un maldito imbécil.

Una risa suave escapó de los labios de todos, incluso Riden.

Me acurruqué aún más contra el pecho de Riden, aferrándome a él como sus brazos pudieran contener la tormenta que empezaba a crecer dentro de mí. Pero no podían. El dolor seguía perforando cada rincón de mi cuerpo, y ahora, esa chispa de enojo que había empezado a arder en mi pecho parecía ganar fuerza con cada segundo que pesaba.

¿A ella sí le permitió quedarse? ¿Era en serio? ¿Cómo diablos, después de todo, me negó a mí, pero la dejó a ella? ¿Me estaba jodiendo? No lo entendía. No había lógica en nada de eso. No tenía sentido, y el solo pensarlo hacía que mi pecho se comprimiera aún más.

—Vas a reventarte una vena, Bells —riñó Kends, entrando en mi cabeza—. Él es un idiota. Pero, para mi desgracia, es un idiota que te ama. Solo por eso es que un tiro mío no ha perforado su cabeza. Ahora, cierra los ojos y termina de dormirte para que la tarde llegue a ti con prisa y así se terminen de ver, hablar y luego disculparse, para después besarse como los idiotas que son.

No respondí. Me removí entre los brazos de Riden, intentando calmarme, pero cada pregunta sin respuesta me golpeaba con más fuerza; ¿ahora él prefería a ella? ¿Prefería su presencia antes que la mía? ¿Por qué?

Apreté los dientes, mordiéndome el interior de las mejillas para no soltar un grito, para no explotar de la rabia que ya me quemaba por dentro.

Si seguía así iba a mandar a la mierda lo que sea que él no quisiera y me plantaría en aquella habitación para exigir respuestas… Y quizás terminar con el espectáculo que Adalia le estaba brindando a todo el mundo por el desplazo que Rush me había dado.

—Suerte —secundó Rise, también entrando en mi cabeza—. Estoy noventa por ciento seguro que nos dejaras a todos en el piso, pero no irás.

»Dignidad es algo que te sobra, y por eso no voy a dejar que te arrastres por él. Tienes cara de que nunca lo has hecho por un hombre, y no vas a empezar ahora por Rush. Está roto, Bells. No sabe qué hacer. Ha pasado meses en un encierro, ha llevado interminables torturas, creyó que estabas muerta por mucho tiempo, y ahora verte… —sentí como sacudió su cabeza ligeramente—. Es demasiado para él.

—Eso no quita…

—No lo estoy defendiendo, Mila —cortó a su hermana—. No contradigo el punto de que sea un imbécil, nunca lo haría. El cómo está intentando proteger a Bells de sí mismo es… Un método estúpido. Existen más, pero él no los ve justo ahora, y es por eso que la está hiriendo sin saberlo —volvieron las caricias en mi cabello—. Pero lo que sí defiendo es que él nunca haría algo para lastimarte a propósito. Estoy con Justine en esto, Bells. Vas a tener que darle tiempo para recomponerse, así como tú tuviste el tuyo.

—Ella no era ella —espetó Kendall—. Y en cuanto volvió en sí, lo primero que hizo fue movernos para buscarlo. Hay niveles.

—Los procesos para cada quien son diferentes, sol —una pequeña sonrisa se me escapó ante el apodo—. Rush…

—No me minimices lo que ella pasó —siseó mi mejor amiga.

Rise resopló, sonando indignado.

—Kendall, ¿acaso lo he hecho? ¿Lo estoy haciendo? No. Solo estoy tratando de que, pese a lo estúpido que está siendo Rush ahora, entiendan por lo que está pasando. Todo esto, justo ahora, justo como está, es demasiado para él. Y apuesto mi bola izquierda que este error que cometió con Bells no será el último que cometerá.

—Nadie dice que no siga cometiendo errores, puede hacerlos. Es humano, al fin y al cabo —Mila habló—. Sí, está roto como dices. Hay que ser ciegos para no darse cuenta de eso, pero, de todas las tonterías que pudo cometer… ¿Adalia? ¿En serio? Eso es…

—Fue un golpe bajo —murmuré finalmente, sintiendo cómo las lágrimas intentaban volver—. Y ese golpe bajo se siente como una jodida traición.

Kendall se acercó más, colocando una mano cálida en mi espalda, pero el consuelo ya no era suficiente. Ahora todo dentro de mí dolía y ardía, mezclando confusión, impotencia, y una rabia silenciosa que no sabía cómo controlar. No podía soportar más el peso de la realidad.

Él me había rechazado. A mí. Pero a ella… a ella le había permitido quedarse. Cada segundo que pasaba me hacía sentir más traicionada.

«¿Por qué?».

Las preguntas seguían sin respuesta, y me estaban ahogando poco a poco, sumiendo mi mente en un torbellino de pensamientos oscuros y emociones que no podía desentrañar.

Solo sabía una cosa: el dolor y la ira no iban a desaparecer. Ya no. No hasta que tuviera una explicación malditamente buena o la petulante cabeza de Adalia en mi mesa. Con cualquiera de las dos me conformaba.

Pasados unos momentos, me separé un poco de Riden, buscando con desesperación un respiro al sentir que me estaba ahogando, pero su mirada seguía fija en mí, preocupada y seria. Él entendía. Sabía lo que estaba sintiendo, pero ni siquiera su comprensión podía hacer desaparecer lo que me estaba comiendo viva.

—Es un maldito imbécil —repetí con más convicción, sintiendo cómo la rabia se aferraba más fuerte a mi corazón. Esta vez, no había risas.

La Massey menor, quien aún estaba acurrucada cerca, levantó la cabeza y soltó un suspiro pesado.

—Justo ahora hasta Dios te daría la razón, pero no vale la pena que te desgastes por eso, Bells —dijo en voz baja. Se levantó de la cama y apagó la luz para luego volver y dejarse caer en el colchón, exigiendo su parte de la sábana—. Rise… Tiene razón. Puede que él solo necesite un tiempo para sí mismo.

Puede que tuviese razón, lo sabía, pero eso no calmaba ni cambiaba una mierda. Sin embargo, no tenía más fuerzas para pensar en otra cosa más, por lo que me acurruqué más fuerte contra Riden, cerrando los ojos con fuerza. Permití que el silencio repentino de la habitación me envolviera, mientras la ira seguía creciendo, profunda, inescapable.

♦ ♦ ♦

El sentimiento de que las cosas iban a cambiar con el paso de los días floreció, arraigándose en mí con fiereza cuando vi a Rise entrar a mi habitación con una sonrisa ligera en su bonito rostro y con algo entre sus manos.

—Dime, por Dios, que esa sonrisa es porque estoy limpia —le señalé el sobre que sostenía, dejando la ropa que me quedaba por doblar a un lado de la cama—. Juro que no aguanto más estar sentada por horas en la oficina de Justine con esos pinchazos interminables, y mi vagina no soporta otra inspección más.

Rise se echó a reír con ganas, haciéndome sonreír a mí también.

Los días habían pasado volando, formando así una semana desde el evento en París. No obstante, pese a que ya había pasado una semana, las cosas con Rush no habían avanzado ni un milímetro, ni conmigo ni con sus hermanos.

Todo continuaba estancado.

Ninguno de ellos se había molestado en visitarlo desde que decidió dejar que Adalia se quedara con él. A pesar de que él les había insistido colocando a Justine de intermediaria, tanto como Mila, Riden y Rise habían ignorado por completo sus peticiones.

No fue sorpresa para nadie que, gracias a eso, Adalia hubiese tomado ventaja, creando un horario para estar cerca de Rush tanto como él se lo permitiera. Es decir, todos los días, de ocho de la mañana a nueve de la noche.

Decir que me encontraba furiosa por eso apenas rasgaba la superficie del sentimiento como tal, sin embargo, apenas tenía tiempo libre para sumirme en la intensidad de cada una de mis emociones.

El clan Massey junto a Kendall y Harrison se habían puesto de acuerdo en distraerme y ocuparme tanto que a duras penas contaba con el tiempo justo para los exámenes que requería hacerme con Justine, más la terapia en la que estaba trabajando con ella. Difícilmente tenía tiempo para sentarme en el comedor y entablar una conversación con dos bonitos rubios que había extrañado como loca, y me alegraba de ver.

Así que, estaba ocupada en la mañana con entrenamientos y reuniones, en la tarde con terapias, exámenes, y asistencia obligatoria con Levine pese a que las sombras de mi oscuridad la sentía lejos, por primera vez, con cada respiro que daba, y en la noche los chicos se encargaban en terminar de exprimirme con juegos de mesa, revisiones de documentos o con simples charlas en la cama hasta que me quedaba rendida en los brazos de Riden. No había espacio para el dolor ni la ira, aunque sabía que seguían ahí, esperando.

Sin embargo, entre todo eso, admitía que contaba con cosas graciosas.

Riden era una de ellas.

A pesar de que todo el clan Massey más mi mejor amiga se habían quedado a dormir conmigo la última semana, Riden se había negado a compartirme siquiera en los entrenamientos.

El pequeño Massey se había convertido en mi sombra. Él mandó al diablo a su hermano mayor y a su hermana menor cuando ambos le recriminaron por monopolizarme, y no se despegaba de mí.

Riden se encargó de acompañarme a todos lados, a pesar de que él también tuviese pendientes que realizar o una bonita y nerviosa rubia con quien hablar.

Él iba conmigo a los entrenamientos con Levine, a los entrenamientos con mis propios equipos, me acompañaba al comedor, me dejaba en la puerta de la oficina de Justine cuando me tocaba terapia o exámenes, y me llevaba con él a la sala de comandos cuando, por casualidad de la vida, tenía algún tiempo libre.

Para él, a este punto, yo era como su pequeño llavero que no le molestaba cargar para arriba o para abajo. Era bastante lindo y me llenaba el corazón de maneras imaginables tener a ese pequeño gruñón riéndose, a veces, de las desgracias que me ocurrían a carcajadas, así que no me molestaba en absoluto.

—¿Quieres que te diga los resultados o prefieres leerlos tú misma? —Rise me sacó de mis pensamientos, levantando el sobre.

De inmediato arqueé una ceja.

—¿Ya lo leíste?

—Por primera vez en mi vida decidí ir dos pasos por delante del otro pequeño bastardo que no te comparte —dijo con una sonrisa, dejándolo sobre la cama.

No aparté la vista de la pequeña cosa. Venía esperando sus resultados desde ayer, pero venía esperando quedar sin un puto rastro de los bastardos que se atrevieron a colocarme un dedo encima desde hacía semanas. Puede que no hubiese entendido mucho de lo que Justine me hacía cuando estaba fuera de mis cinco sentidos, pero mi oscuridad sabía que tenía que dejarla actuar si eso significaba que iba a borrar, por más pequeño que fuera, algún rastro que me quedara de esos hijos de perra.

Ahora, una vez yo siendo yo, agradecí lo mucho que ella lo intentó, a pesar de los nulos intentos de cooperación de mi oscuridad, logrando colocarme en dónde estaba ahora: esperando mis resultados.

No había sido fácil. Fue un trabajo arduo tanto para ella como para mí, pero aquí estábamos. Entendía que las marcas internas que ellos habían dejado en mí no las podía borrar, que tenía que aprender a vivir con ellas, ¿pero las externas? ¿Las físicas? Esas con gusto las arrancaría yo misma.

—¿Entonces?

Parpadeé y respiré hondo, soltando un resoplido antes de hablar.

—Deja a Riden en paz —dije mientras tomaba el sobre y lo abría con un solo movimiento. Saqué la hoja que estaba doblada en su interior y, sin detenerme, empecé a leer. Mi corazón latía más fuerte con cada línea que recorrían mis ojos, por lo que tuve que levantarme de la cama—. Paciente Arabella Ross…

Mi boca dejó de moverse al instante en que mis ojos se movieron por las letras negritas del informe, pasando de mi nombre hasta los resultados que me interesaban.

Resultados de las Pruebas:

Sífilis:

Prueba de Detección Rápida (RPR) para Sífilis: NEGATIVA.

Método: Prueba rápida de aglutinación de partículas.

Rango de Referencia: NEGATIVO. (Valores < 1:1)

Prueba de Confirmatoria de Anticuerpos Treponémicos (FTA-ABS): NEGATIVA.

Método: Inmunofluorescencia indirecta.

Rango de Referencia: NEGATIVO. (Valores < 1:10)

Clamidia:

Prueba de Amplificación de Ácidos Nucleicos (NAAT) para Clamidia: NEGATIVA.

Método: Reacción en cadena de la polimerasa. (PCR)

Rango de Referencia: NEGATIVO. (Ausencia de ADN de Chlamydia Trachomatis)

Cultivo de Clamidia (si aplicable): NEGATIVA.

Método: Cultivo en medio especializado para Chlamydia Trachomatis.

Rango de Referencia: NEGATIVO. (Ausencia de crecimiento)

Diagnóstico:

Los resultados de las pruebas realizadas el 19 de diciembre de 2023 indican que la paciente Arabella Ross no presenta evidencia de infección por Sífilis ni por Clamidia. Las pruebas serológicas y microbiológicas han sido negativas.

No pude leer lo siguiente. Las gruesas lágrimas nublaron mi visión, desenfocando las palabras en la página. De repente, los brazos de Rise me rodearon, sus labios presionando mi coronilla repetidas veces mientras me permitía liberar todo lo que llevaba acumulado.

«Estoy limpia, de verdad estoy limpia».

—Felicidades, preciosa —murmuró contra mi cabello.

Me aferré a su orgullo, a su calidez, y dejé que la felicidad me envolviera.

¡Estaba limpia! ¡De verdad lo estaba! ¡Joder, sí!

La euforia pura me recorrió de pies a cabeza, iluminando todo dentro de mí. Rise se separó de mí solo para encontrar mis ojos y regalarme una de sus preciosas sonrisas cuando me terminó de escudriñar.

—¿Qué más tengo que traerte para que me sigas sonriendo así, joder? —resopló, acariciando mi mejilla, limpiando mis lágrimas.

—Huevos revueltos —respondí de manera inmediata, sacándole otra risa estrambótica—. No perdono a mi mierda por no apreciar cada plato de comida que Drake se esforzó en hacerme. Lo siento. Ahora los apreciaré mucho mejor, lo prometo.

Y así como se lo estaba prometiendo a él, también se lo prometí al precioso rubio que me regaló el abrazo de oso más grande de mi vida cuando, después de meses, le dirigí la palabra sin soltar gruñido alguno.

Está de más decir que lloré mucho cuando él también lloró y me llevó a la cocina para prepararme un delicioso mousse de chocolate que explotó mis papilas gustativas cuando tuve el honor de llevármelo a la boca.

El recuerdo me hizo sonreír, pero mi estómago gruñó en ese preciso instante al recordar tal maravilla. Me sonrojé en automático cuando Rise alzó una ceja y se echó a reír otra vez al escuchar a mi estómago regañarme por no haber bajado a comer cuando tuve la oportunidad.

—Agradece que el pequeño bastardo esté enterrado en demasiado trabajo ahora mismo —bromeó mientras apretaba mis mejillas con cariño—. Si no, estaría regañándote por saltarte el almuerzo tan solo porque decidiste ser ama de casa.

Fingí un bufido indignado.

—La habitación olía a mierda, el baño estaba saturado por cabello de todo el mundo, ropa limpia no me quedaba y si seguía postergando doblar la ropa, la montaña iba a tragarme.

—Cómo digas, preciosa —rió, besando mi coronilla por última vez antes de dirigirse a la puerta—. Espero que de verdad me recibas con esa misma sonrisa cuando te traiga esos huevos, mujer —se despidió con una sonrisa antes de desaparecer por la salida.

Rebosante de felicidad, me reí entre dientes y volví a mi última tarea pendiente. Había lavado el baño, había barrido y trapeado el piso de la habitación, les había echado agua a las plantas, cambiado las sábanas de la cama, y ya había metido la montaña de ropa sucia que tenía en la lavadora para después meterla en la secadora. Me quedaba poca ropa por doblar como resultado de un día productivo, así que me senté de nuevo en la cama y continué.

Me encontraba doblando varias camisas cuando pequeños y casi inaudibles golpes resonaron en la puerta.

Fruncí el ceño.

Según el reloj en mi mesa de noche, solo habían pasado cinco minutos desde que Rise se había ido. Sabía que Drake en la cocina era un rayo veloz y que hacer huevos no requería de tanta ciencia, ¿pero estaban listos tan rápido? Imposible.

Tarareando, dejé mi tarea a medias y me acerqué a la puerta.

—¿Tan rápido? ¿O pillaste al rubio sin nada que hacer? —dije sonriendo mientras abría la puerta.

Pero la sonrisa se desvaneció al segundo en que mis fosas nasales se llenaron con ese característico aroma varonil y mi cuerpo se paralizó cuando mis ojos chocaron con las tormentosas pupilas grises que conocía mucho mejor que a mí misma.

—Princesa.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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