1. Let's Play - Capítulo 67
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
Capítulo 67: 64
Dignidad: sigo teniéndola
Nada descoloca más que una jugada inesperada en el momento preciso
Tenía que ser una broma de mal gusto. Una maldita broma de mal gusto, porque definitivamente esto no estaba pasando.
Él no podía estar frente a mí, de pie en el jodido umbral, luciendo… ¿cómo siempre?
Sexy como el infierno, con ese aire de peligro que me hacía doblar las rodillas y… bien.
Quitando aquellos cortes en la cara, que habían disminuido su tamaño de manera notoria, el labio magullado, la férula en su mano derecha, más el vendaje que cubría sus brazos tatuados… parecía el mismo de siempre.
Jeans oscuros, una camisa negra de mangas cortas que dejaba a la vista las vendas que cubrían esos tatuajes que tanto me gustaban y que habían intrigado a la Arabella del pasado, la cual pasó horas preguntando sobre cada dibujo, cada línea marcada en su piel.
Pero… ¿cuándo le habían dado el alta? ¿Por qué estaba aquí? ¿Qué era lo que quería? Y lo más importante, ¿por qué diablos…?
—¿Puedo pasar?
Su voz volvió a golpearme con fuerza.
Tuve que agarrar el marco de la puerta con vehemencia para no caer al suelo y hacer acopio de todas las fuerzas que me quedaban para intentar asentir con la cabeza, moviéndome lo suficiente para darle el acceso que necesitaba.
En cuanto lo hizo, su aroma, ese jodido olor suyo, me envolvió, encendiendo ese fuego que arrasaba con mi cordura, quemando partes que solo él encendía en segundos y a las que no le había puesto tanta atención desde que su boca chocó con la mía hacía días.
Cerré la puerta con lentitud, respirando hondo entre dientes. Él carraspeó y me obligó a girarme, atrapándome una vez más en su presencia. Era casi ridículo cómo el imbécil iluminaba la habitación, estando ahí de pie en todo el centro, intensificando ese aire hogareño de una manera que me impedía respirar con normalidad.
Sus labios se movían. Estaba hablando y apostaba que lo estaba diciendo debía ser importante, pero mi cerebro decidió apagarse en ese preciso momento. Solo estaba ahí, observándolo como si fuese un maldito extraterrestre, incapaz de procesar nada.
Juré que mi reacción sería diferente. Pensé que al verlo, mi mano volaría directo a su cara, volteándola de una cachetada, o que un golpe en sus bolas sería lo mínimo que recibiría por haber sido un maldito idiota que me había rechazado sin habérselo pensárselo dos veces.
Pero no.
No había rabia. No había tristeza. Solo… confusión. Alivio por verlo bien, pero una extraña sensación de desconcierto al verlo aquí, frente a mí. Sabía que su lugar era conmigo y mi lugar con él, de eso no cabía duda, sin embargo, se sentía extraño. Forzado, incluso. La tensión en el ambiente no encajaba en absoluto.
—¿Te parece bien?
Su voz me sacó de mi ensimismamiento. Parpadeé con rapidez, intentando enfocarme, y sentí cómo mis mejillas se calentaban cuando sus ojos brillaron con esa chispa de diversión por mi increíble nivel de disociación. Pero tan rápido como apareció, desapareció, y su expresión se volvió fría, casi impasible. Fruncí el ceño ante el cambio repentino.
—¿Qué? ¿Ahora no se te permite tener emociones a mi alrededor?
Las palabras salieron de mi boca antes de que pudiera detenerlas, con un tono ácido que ni siquiera había planeado. Vi cómo la sorpresa lo golpeó, seguida de una pizca enorme de ira contenida que hizo que el aire en la habitación se volviera pesado.
—Princesa —advirtió, su voz bajando una octava.
«Oh, joder, no».
Y ahí estaba, al fin.
Esa bonita ira que había estado esperando desde el momento en que apareció sin previo aviso, con aires de que no había pasado una semana en constante rechazo, llegó.
Llegó con tanta fuerza, que incluso despertó a mi oscuridad, la cual se alzó, observando todo con curiosidad. Dejé que se quedara ahí, en una esquina del lugar. Crucé los brazos, fulminando al idiota con la mirada mientras él hacía lo posible por evitarla.
—No tienes ni un ápice de decencia humana, ¿verdad? ¿Algo de vergüenza, quizás? —mi tono afilado cortó el aire—. Tienes que tener rastro alguno de eso, por lo menos. O eso, o de verdad eres un maldito imbécil que se aparece aquí, usando un tono de advertencia conmigo porque cree que tiene el maldito derecho de hacerlo luego de que me rechazó y lo continuó haciendo hasta que se aburrió —vi cómo sus manos se cerraban en puños, pero me importaba una mierda—. A mí no me adviertes una mierda, Rush. ¿¡Quien demonios te crees que eres!? —solté sin piedad—. Llegas como si nada, me hablas como si nada, ¡y tienes el maldito descaro de regañarme como si nada! Eres…
—Arabella, solo vengo a hablar —me interrumpió, sin mirarme siquiera.
Parpadeé, incrédula.
—¿Hablar? —repetí, incapaz de procesarlo—. ¿Me estás jodiendo?
—¿Por qué debería…?
—¿¡Acaso estás sordo o qué mierda pasa contigo!? —exploté, incapaz de seguir conteniendo algo más—. ¿Qué te hace creer que tienes el derecho de venir a hablar conmigo, de siquiera hablar conmigo cuando lo único que has hecho ha sido ignorarme, desplazarme como si fuera un puto jugo que no te gusta?
»¡Una semana, Rush! ¡Pasó una semana en la que decidiste aceptar que conmigo no, pero con Adalia sí! ¡Una puta semana! ¡Mientras que a ella se le informaba hasta cuando cagabas, yo tenía que estar preguntándole a Justine por tu recuperación, por como te encontrabas ya que ni tus hermanos querían estar en la misma habitación que esa mujer! ¿¡Y ahora vienes aquí, como si nada, queriendo hablar!?
—Sí —respondió sin más.
Me miró. Apenas por unos diez segundos, pero fue suficiente. Sus ojos por fin chocaron con los míos, y lo que vi no fue remotamente agradable. En ese instante, toda mi rabia se desvaneció como si jamás hubiera existido junto a mis ganas de mandarlo a la mierda. Todo el fuego que ardía dentro de mí se apagó al instante. El dolor que vi en sus ojos era tan profundo, tan devastador, que cerré la boca con un nudo en la garganta. Mordí el interior de mis mejillas, forzándome a respirar hondo para no perder el control.
Exhalé despacio, sentándome en la cama con una lentitud calculada, cuidando de no tirar la montaña de ropa doblada a mi lado. Mis manos temblaban ligeramente mientras me masajeaba las sienes al tiempo que cruzaba las piernas. Lo miré de nuevo, luchando por encontrar mi voz entre la confusión y la ira que seguía palpitando en el fondo, como un eco lejano.
Tenía mucho que decirle, mucho por lo que reclamarle, pero ese dolor que brilló en sus ojos…
—Escúpelo —dije al fin, a regañadientes. Mi tono era áspero, pero no tan afilado como pretendía.
Pasó como un rayo, pero pude ver la sorpresa reflejarse en sus ojos grises por un instante. Estaba malditamente segura de que en sus planes no esperaba llegar tan lejos conmigo. Eso casi me hizo sonreír. Casi. Sin embargo, el nombre de Adalia flotó en mi cabeza, y el pequeño atisbo de humor que se había asomado se evaporó al instante, dejando solo las ganas de darle una patada en huevos al hombre que amaba por haber sido un completo imbécil.
—Gracias —murmuró, luego de unos segundos en silencio. Fruncí el ceño, a punto de soltarle una respuesta sarcástica, pero me cortó antes de que pudiera decir nada—. Gracias por aparecerte como la maldita princesa guerrera que eres y sacarme de ese infierno. Gracias por tomarte el tiempo de siquiera intentarlo, por lograrlo, y joder, gracias por siquiera existir. Sé que soy un imbécil, princesa. Sé que soy todas esas palabras coloridas que tienes recorriendo tu cabeza. Lo sé. Tienes toda la razón. No podría discutirlo ni aunque quisiera, pero lo que sí puedo hacer es disculparme. Por haberte hecho sentir inferior desde que puse un pie aquí, por no haber estado ahí cuando más lo necesitabas. Eres toda mi jodida vida, y aun así, te fallé.
Su voz bajó, quebrándose, y sentí que algo dentro de mí se rompía también.
—Sin embargo, necesitaba un momento. Mi cabeza está jodida, princesa. Tengo demasiada mierda encima justo ahora, y… —pasó su mano buena por su cabello, exhalando como si el simple acto de hablar fuera un esfuerzo titánico—. No quería que me vieras así. No podía. Por eso no pude… No me sentí capaz de volver a verte, pese a que eso era lo único que he querido hacer desde que abrí los putos ojos. Pero no podía permitírmelo. Necesitaba arreglarme, ser el hombre que tú mereces, ser fuerte otra vez —su voz se tembló, y con ella, mi corazón—. Estoy furioso conmigo mismo, princesa. A tal punto que me odio por no haberte protegido cuando más lo necesitabas. Porque fue mi culpa. Si yo no hubiese dicho que sí a esa salida, si yo no te hubiese arrastrado a ese operativo en Chicago… Joder, incluso si yo no hubiese aparecido en tu vida, tú no hubieses pasado por todo ese maldito infierno y ni una sola hebra de tu cabello hubiese sido tocada.
—Rush… —intenté detenerlo, pero su mirada me congeló.
—No. No acepto que discutas conmigo en esto. Sabes que tengo razón, aunque no me la vas a dar. Y eso me mata. Porque, incluso ahora, después de todo lo que te he hecho pasar, a pesar de que lo único que he hecho ha sido lastimarte, ni siquiera se te cruza por la cabeza herirme de vuelta, aunque me lo merezco. Me merezco tu odio, tu furia, tus ganas de arrancarme la cabeza, todo lo que quieras arrojarme. Lo merezco. No te protegí cuando más debía hacerlo, Arabella. Me quedé ahí, viendo como el maldito perro… —sacudió la cabeza—. Y luego… luego moriste.
Su mandíbula se tensó, y pude ver el brillo húmedo en sus ojos. Sentí un frío recorriéndome la espina dorsal. Solo dos veces lo había visto llorar y…
—Fui tan malditamente inútil que no impedí que esa jodida bala, que tenía que haberse dirigido a mí, pasara por tu cuerpo, haciéndote caer de espaldas, dejando un río de sangre debajo. Esa bala tuvo que haber sido para mí, pero te alcanzó a ti.
»Te vi caer, joder. Vi la sangre y… Maldita sea. No sé como explicarte las mil y un maneras de lo jodido que fue para mí el creer que estabas muerta, Arabella. Porque lo creí, princesa. Lo creí con cada parte de mi ser, porque no había ninguna manera en el infierno en que, de todos los ángulos recorridos en mi cabeza, quedaras viva. Ninguna. Y me destrozó. Tu muerte me jodió de formas que ni siquiera puedo describir, porque me habían arrebatado al puto oxígeno que necesitaba para seguir viviendo, ¿y lo peor? Fue sin mi maldito consentimiento. Te apartaron de mi lado porque lo quisieron, te tocaron un puto cabello porque ellos así lo quisieron, te hicieron pasar por un jodido abismo porque les dio la gana mientras que yo me quedaba sin hacer nada. No pude evitar cada maldita parte de tu dolor y no sabes lo malditamente doloroso que es. Porque sigue siéndolo.
Cada palabra que salía de su boca era como un golpe directo a mi pecho. Quería gritarle que estaba equivocado, que yo no culpaba, pero no podía. El nudo en mi garganta se hacía más y más grande.
—Aunque te tengo aquí, viva, reluciente, hermosa, jodidamente conmigo, frente a mí, sigue siendo insoportable. Es un puto dolor que no puedo sacarme del pecho. Verte me resulta horrible, sentirte me resulta irreal. Olerte, besarte… siquiera colocar mis brazos alrededor de ti es… desgarrador, princesa. No puedo hacerlo. No puedo mirarte sin volver a ese lugar, a escuchar tus gritos desgarradores pidiéndome ayuda, suplicando que por favor hiciera algo.
»Mi cabeza me arrastra de nuevo a todo lo que pasaste, a cómo lo pasaste. Lo quiera o no, me estrella de nuevo en ese escenario, rompiéndome, haciéndome creer que tú, que nada de esto es real. Que tu risa, tus pequeños gestos, tus caricias… que todo esto lo estoy imaginando, lo estoy soñando. Y eso me está destrozando, princesa. Me está matando por dentro. Estoy tan jodido que no puedo darme el gusto de disfrutarlo porque siento que en cualquier momento voy a despertar y todo esto va a desaparecer. Y estaré de vuelta a ese maldito hoyo en donde estoy… en donde estuve pudriéndome desde hace meses.
Pese a que se corrigió con rapidez, su voz se quebró por completo, y yo solo podía observarlo, atrapada entre la rabia, el dolor, y ese amor incondicional que sentía por él, el mismo que me ataba a este hombre roto frente a mí. Era como si estuviera delante de una grieta abierta, y cada palabra que decía me arrastraba más profundamente, pero no en el abismo oscuro que él creía, sino hacia el lugar donde yo sabía que podía rescatarlo.
—Yo… Estoy jodido, princesa. Y sé que una disculpa no es suficiente, pero es todo lo que tengo.
A este punto estaba de más decir que estaba hecha un manojo de lágrimas, pero eso no me detuvo. Me levanté, mis pasos eran ligeros, silenciosos pero decididos, y en un instante me acerqué a él, dejando apenas unos centímetros entre nosotros. Aunque me sacaba una cabeza de altura, su mirada no se apartó de la mía ni por un segundo. No dejaría que volviera a alejarme esta vez, no después de todo lo que se dedicó a contarme.
—Dame tu mano —pedí en un susurro.
Hubo una pequeña pausa, como si no estuviera seguro de lo que estaba pidiéndole, pero, despacio, levantó su mano izquierda hasta encontrarse con la mía. Tomé su palma, guiándola hasta mi rostro. Al sentir el contacto de su piel contra la mía, su cuerpo se tensó, como si mi toque fuera un recordatorio doloroso de la realidad que tanto intentaba negar. Sentí un pinchazo en el pecho al notar su reacción, pero seguí adelante.
—Me sientes, ¿no es cierto? —mi voz era suave, pero firme. No estaba preguntando, estaba exigiendo una respuesta.
Él asintió despacio, sus ojos brillando con una mezcla de emociones que apenas podía controlar y yo apenas podía leer.
—¿De verdad crees que aún estás en un sueño? —murmuré, presionando su mano más firmemente contra mi mejilla, como si pudiera anclarlo a la realidad a través de ese simple gesto.
Había tantas cosas que quería decirle, pero, al mismo tiempo, ninguna palabra parecía suficiente. Lo que él creía que era una disculpa vacía, para mí lo era todo. No necesitaba más. No necesitaba explicaciones elaboradas, ni promesas de que nunca volvería a fallar. Todo lo que necesitaba, todo lo que necesité fue a él. Antes, ahora. Aquí, en este momento. Necesitaba que entendiera que su amor, incluso roto y maltratado, era lo que me mantenía en pie.
—Estoy aquí, Rush. Soy real. No es un sueño. —Mis palabras eran casi un susurro, pero había una determinación detrás de ellas que me sorprendió—. Estoy aquí. Y lo que tú piensas que me estas ofreciendo es tonto, para mí lo es todo. No perdonarte después de que tuvieras los huevos que te faltaron hace una semana sería una tontería, mi amor. Es decir, ¿cómo no hacerlo?
Sus ojos se encontraron con los míos, y en ellos había una confusión tan desgarradora, que casi me rompió en dos. Parecería no poder entender cómo, después de todo lo que habíamos pasado, yo seguía aquí, de pie, a su lado. Pero la verdad era tan simple como respirar: lo amaba. Podía ser un idiota, podía ser terco como la mierda, podía cometer errores, pero lo amaba. Más allá de todo. Más allá del dolor, de los errores, de la culpa. Lo amaba con una intensidad que me dejaba sin aliento.
—No importa cuán jodido creas que estás —continué—. No importa lo roto que te sientas. Yo estoy aquí. Siempre he estado aquí. No necesito que seas perfecto, Rush. Solo te necesito a ti, tal y como eres. Te amo, imbécil. No me importa si no lo aceptas, si no puedes creerlo porque piensas que estás en un sueño, no me interesa. Te amo. Y aunque allá afuera haya millones de cosas que estén cambiando diariamente, mi amor por ti no. Nunca lo haría.
Hubo un silencio pesado entre nosotros, y por un momento pensé que no iba a responder. Pero entonces sentí cómo su mano, aún contra mi mejilla, se relajaba, como si finalmente permitiera que la realidad lo alcanzara.
—No estás solo en esto, cariño —le recordé, con la voz temblorosa—. Nunca lo estuviste.
Rush cerró los ojos, su frente se apoyó contra la mía, y en ese pequeño espacio, en ese instante que compartíamos, supe que, aunque no podía borrar el dolor de todo el infierno que vivió, podía ayudarlo a cargar con él.
Porque eso era lo que hacíamos el uno por el otro.
Nos salvábamos, una y otra vez. Y lo seguiríamos haciendo, sin importar cuántas veces cayéramos.
Estaba rota también, pero eso no nos hacía menos reales. Nos hacía humanos. Nos hacía nosotros.
—No puedo prometerte que no volveré a fallar, princesa —masculló, su voz cargada de una sinceridad brutal—. Justo ahora, como estoy, no puedo. Sé que no seré capaz de cumplirlo, y romper promesas, sobre todo a ti, no es algo con lo que pueda volver a vivir.
—Rush, no…
Me calló con una mirada intensa, silenciándome antes de que pudiera protestar.
—Pero lo que sí puedo prometerte es que, no importa qué, amarte y cuidarte serán mis propósitos en esta vida. Eres el puto aire que necesito para respirar, princesa. Eres mi vida, y eso es algo que nunca soltaré. En esta, en la siguiente, en cualquiera de las vidas, buscarte, encontrarte y tenerte a mi lado será mi misión —sus labios rozaron los míos, un toque apenas perceptible, pero hizo que todo su cuerpo se tensara de nuevo—. Sin embargo, necesito tiempo. Mi cabeza es un jodido desastre, y necesito tiempo para tratar de desaparecer toda la mierda con la que estoy luchando.
Quise inclinarme hacia él, dejar que mis labios cerraran esa distancia tan mínima, pero me contuve. No quería presionarlo.
—Podemos ir despacio —dije, luchando por mantener mi voz estable—. Marca las condiciones, Rush. Las aceptaré todas, con tal de que en tu maldita vida vuelvas a alejarme como lo hiciste toda la semana. No puedo con eso. Fue demasiado…
—Lo sé, y lo siento —murmuró, sacando su frente de la mía para dejar un suave beso en mi coronilla—. De verdad lo siento, princesa.
Dejé que me apretara contra su pecho, disfrutando esos segundos que me permitía estar cerca de él, antes de que se apartara con suavidad. Pero luego, sus siguientes palabras me golpearon como un balde de agua jodidamente fría.
—Necesito otra cama.
Fruncí el ceño.
—¿Qué?
Lo miré, intentando entender lo que acababa de salir por su boca. ¿Para qué rayos quería…?
—Dormir contigo… —dijo con cuidado, como si cada palabra fuera una bomba que podría explotar en cualquier momento—. Mirarte es… difícil. Irreal. Pero dormir contigo… eso es demasiado para mí en este momento.
Sentí que otro pedazo dentro de mí se rompía.
«Dios mío, ¿ya cuántas piezas sin romper me quedan? No puedo seguir así».
La punzada de dolor fue casi física, un latido sordo en mi pecho que no podía ignorar. Pero intenté no mostrarlo. Ya había aceptado ir despacio. Ya había aceptado sus condiciones, su ritmo. Y si eso era lo que necesitaba para sanar, entonces lo aceptaría también, aunque doliera.
Sin embargo, volví a repasar sus palabras, y aunque todavía dolía como la mierda, no pude evitar sentir un atisbo de felicidad.
—¿Eso quiere decir que te vas a quedar? —una pequeña sonrisa, pequeña pero genuina, se formó en mis labios sin que lo quisiera—. ¿No más encerrarte en esa espantosa habitación con esa horrible, horrible mujer?
Rush respondió mi sonrisa con una de sus clásicas sonrisas que me revolvían partes que no tenían que estar revolviéndome en estos momentos.
«Jodidos y sexys hoyuelos como el infierno».
—Justine se hartó de mí desde esta mañana, por lo que me envió para acá a ser un hombre y arreglar mi mierda —dijo, su sonrisa haciéndose más grande—. Más razón no le podía dar, pero tuve que dar varias vueltas primero para poder acercarme a siquiera el pasillo de afuera.
Quise reírme, pero no estaba segura de cómo reaccionaría a eso, así que solo sacudí la cabeza, intentando disimular mi emoción.
—Así que estaré aquí tanto tiempo cómo quieras, princesa.
Quería saltar sobre él. En serio. Quería enredar mis brazos alrededor de su cuello y mis piernas en su cintura, pero quizás eso para él sería…
—Lo piensas demasiado —dijo, abriendo los brazos y dibujando otra sonrisa en sus labios—. Creo que podré soportarlo. Ven acá, mi amor.
Eso fue todo. Si con su repentina acción me derritió, con lo último que dijo me mató. Sentí mis ojos picar con lágrimas no derramadas, pero aun así salté sobre él, envolviéndolo con todo lo que tenía. Sus brazos me rodearon al instante, respondiendo con la misma fuerza que yo estaba ejerciendo.
—Te extrañé —mascullé entre lágrimas, enterrando mi rostro en su cuello. Por fin, me sentía completa. En casa—. Te extrañé mucho. Cómo no tienes idea.
—Triplica el sentimiento, mi amor —respondió, besando ligeramente mi hombro.
El mundo se desvaneció a nuestro alrededor. Todo el dolor, el estrés, la rabia y la distancia de la última semana parecían desaparecer mientras más tiempo pasaba entre sus brazos. Finalmente mi jodido martirio parecía llegar a su fin. Estábamos juntos. Después de meses, mierdas horribles y demasiado dolor, por fin estábamos juntos, y para mí todo lo que me importaba era eso.
Pero entonces, justo cuando creía que podía relajarme por completo, sentí como su cuerpo se tensaba bajo mis brazos. Su cambio fue tan sutil al principio que casi no lo percibí, pero al momento en que llamaron a la puerta, supe que algo no estaba bien. Intenté procesar con rapidez lo que ocurría, y asumí que quizás el tiempo que pasamos abrazados había sido suficiente para él.
Suspiré, soltándolo con suavidad mientras me bajaba de él. En cuanto volvieron a tocar la puerta, los gestos de Rush cambiaron pero no entendía el porqué si quien estaba tocando era Rise, seguramente con el plato de huevos que había pedido no hace mucho.
«Gracias a Dios. Mi estómago pide comida».
—Está abierto, Rise —dije con tranquilidad, pero esa calma se evaporó al instante cuando la puerta se abrió, y en lugar de Rise, vi a Adalia.
Entró con una sonrisa demasiado grande, demasiado arrogante, que hizo que la sangre me hirviera.
«Dios, ¿me estás jodiendo? Todo estaba tan bien, y justo ahora, ¿tenías que arruinarlo? ¿Es algún tipo de prueba divina para poner a prueba mi paciencia? ¿No te basta que la ejerza con todos los equipos que tengo a mi cargo que le quieres añadir al epítome del estrés? ¿Tanto me odias?».
Dejé que la rabia creciera en mi pecho con una velocidad increíble. Dejé que me recorriera, dejé que me empapara por completo.
Pero no se lo demostré.
En vez de eso, le regalé mi mejor sonrisa falsa. Fue lo bastante convincente como para que Adalia parpadeara varias veces, luciendo insegura de qué diablos estaba haciendo.
Eso me sacó una sonrisa interior.
La detestaba, no cabía duda, pero aún no se lo iba a dejar saber. Jugaría con su cabeza hasta que explotara primero y me deleitaría con eso. Sin embargo, estaba segura de que si ella hacía un movimiento en falso, la primera que iba a explotar sería yo… y también disfrutaría eso.
—Rush, el consejo te está esperando —dijo ella, recuperando su compostura, ignorando por completo mi presencia—. Dijiste diez minutos, no treinta. No podemos hacerlos esperar, lo sabes.
«¿“Dijiste”? ¿“Podemos”?»
A ver, Una cosa era que hubiera pasado una semana con mi espécimen, pero esa mujer estaba empezando a actuar como si fuera parte de su vida, como si fuera ella quien le daba órdenes o se consideraba importante en su mundo. Cosa que ni se le acercaba porque la mujer de su vida era yo. Ese era mi papel, no el suyo.
Y como si Dios no hubiera jugado con mis botones lo suficiente, Adalia, con esa maldita sonrisa aún en su rostro, se permitió el atrevimiento de tomarlo del brazo, tironeándolo hacia la puerta como si él le perteneciera. Las ganas de arrancarle las manos se dispararon aún más al verla tan… necesitada.
Sin embargo, antes de que pudiera decir o hacer algo, Rush se soltó de su agarre. No con suavidad, sino con firmeza, como deshaciéndose de algo molesto. Se giró hacia mí, me dedicó un guiño que hizo que mi rabia se disipara un poco, y luego, con total deliberación, me dio un beso en la frente. Lo bastante largo como para escuchar el resoplido frustrado de Adalia. Y eso lo hizo todo mucho más placentero.
—Vuelvo en un par de horas —me susurró, sus labios rozando mi piel con ternura.
Intenté respirar, mantenerme tranquila mientras lo veía salir de la habitación, siguiendo a Adalia.
Quería arrancarle la cabeza a esa mujer, desplomarla de un puto tiro, pero me contuve.
Primero, los celos no eran lo mío, nunca los había sentido en mi vida ni sabía cómo lidiar con ellos. Nunca los había necesitado, porque nadie había sido tan importante para mí como lo era Rush. Segundo, entendía que él tenía millones de responsabilidades, y aunque odiaba admitirlo, tenía que cumplirlas. Y esas responsabilidades se habían triplicado desde que llegó, aun estando en cama. Por ende, ahora no se podía dar el gusto de solo ignorar cada cosa que requiriera su atención solo porque sí.
Pero eso no quitaba el hecho de que ver a Adalia tan jodidamente cerca, tironeándolo como si tuviera algún derecho sobre él, encendía una chispa extraña de celos en mí que no sabía cómo manejar.
La rabia, esa sí era conocida, familiar, y con ella sabía lidiar. Pero los celos… Eran un campo minado nuevo y estresante que me estaba costando navegar.
Podía ofrecerme a acompañarlo. Lo sabía. Pero prefería quedarme aquí que hacer eso. Las reuniones en espacios cerrados no eran lo mío y menos si Adalia estaba ahí para exprimir el poco control que tenía sobre mí a la hora de ponerle los ojos encima. Así que gracias, pero no, gracias.
Me dejé caer en la cama una vez que la puerta se cerró detrás de Rush, cerrando los ojos con fuerza, intentando controlar la oleada de emociones que me recorrían.
Demasiado para un solo día.
Traté de calmarme con respiraciones, pero no debí haberlo hecho. El cansancio acumulado por todo el trayecto de la mañana me venció, y sin quererlo, caí en los brazos de Morfeo en cuestión de segundos.
♦ ♦ ♦
Si por un segundo creí que las cosas entre Rush y yo iban mantenerse color de rosas, quedé como una auténtica pendeja. Pero no una pendeja cualquiera, sino con todas las letras de la palabra en mayúsculas.
Es decir, entendía que iríamos despacio, que las cosas poco a poco tomarían su curso con el tiempo… pero a la mierda con todo eso. Desde que Adalia tocó nuestra puerta hace, exactamente, cinco días, la convivencia con Rush se volvió casi que inexistente.
Las conversaciones, las miradas, joder, incluso los efímeros besos que hacia el esfuerzo por darme… todo eso se fue yendo a la mierda con el pasar de los días, logrando que terminara llorando en mi propia cama —porque sí, ahora disponía de una cama enorme para mi sola, pero ni con todas las almohadas a mi alrededor podía llenar el horrible vacío que sentía— en silencio, hasta quedarme dormida.
¿Dolía? Cómo el infierno que lo hacía. Pero ¿le decía algo a Rush? No. ¿Para qué? ¿O cómo siquiera? A duras penas lo veía en las noches, y eso solo cuando entreabría los ojos porque sentía movimiento en la habitación, sin embargo, mi cuerpo estaba tan cansado de todo el trayecto del día para quedarme despierta, así que volvía a dormirme y cuando despertaba, él ya no estaba.
Tampoco lo veía en el día, ni en el comedor, ni en los entrenamientos, ni en la sala de comandos, ni en ningún maldito lado que no fuera en la habitación entre dormida y despierta.
No era idiota, sabía que me estaba evitando con todo lo que podía otra vez, y aunque entendía el porqué, no dejaba de doler. Ni siquiera con Rise, asegurándome que Rush estaba ocupado hasta no más poder con la pirámide, resolviendo varios desastres a raíz de su secuestro, aliviaban ese nudo en el pecho.
Por eso, verlo ahora sentarse a comer muy a gusto con Adalia en una de las mesas de la esquina del comedor, riendo y hablando como si nada, era tanto shockeante como jodidamente insoportable de ver.
—¿Preciosa? —la voz de Rise me sacó del trance, apartando mis ojos de la maldita mesa. Cuando reparé en sus preciosas gemas verdes, el cambio en su semblante fue instantáneo. De la diversión a la preocupación en un segundo—. ¿Estás bien? Parece que has visto un fantasma.
Ni siquiera podía hablar. Si abría la boca, temía lo que saldría de ella. Solo pude volver a mirar más allá de su hombro. Rise frunció el ceño y ladeó la cabeza, siguiendo mi mirada. Se volvió de piedra e incluso emitió varias maldiciones entre dientes cuando chocó con su encantador hermano sonriendo como si fuese el día más feliz de su existencia mientras tenía la mano de la alemana en su jodido hombro. Y cuando pensé que no podía empeorar, Adalia traspasó los límites de lo que yo consideraba el espacio personal de cualquier persona, respirando muy malditamente cerca de mi novio.
Empecé a rezar.
Sí.
A rezar.
Por ella, por mi paciencia y por el imbécil que se separó de ella lo suficiente para que pudiera ver el ceño fruncido de Adalia, pero que no dejó de sonreír en ningún momento y no retiró la mano de esa mujer de cualquier parte de su cuerpo.
—Si no quita la jodida mano de él en lo que yo cuente tres, voy a arrancársela, Rise —siseé, furiosa.
Rise apartó la mirada del par y se enfocó en mí, pero no pudo ocultar la sonrisa que floreció en sus labios.
—No sabía que eras celosa, Bells.
—Rise —advertí. Sus juegos ahora no eran lo que necesitaba.
—¿Sería con ella o con todas en general? —insistió burlándose.
Antes de que pudiera responderle, el magnetismo al que Rush y yo nos habíamos acostumbrado se encendió, haciendo que ambos chocáramos miradas.
El ambiente cambió en cuanto colisionamos. La tensión se disparó, y todo el mundo debió sentir el repentino frío en el lugar porque de un momento a otro el comedor quedó en un silencio aplastante y las miradas curiosas se enfocaron en nosotros.
Sabía que Adalia también lo había sentido, pero aun así no quitó su jodida mano de mi espécimen, ni se atrevió a seguirle la mirada a Rush. Cualquiera pensaría que no se había dado cuenta, pero su sonrisa coqueta se congeló en su cara y su cuerpo estaba tan tenso como lo estuvo el de Rise, por ende, la muy necesitaba ya estaba jugando con los límites de mi paciencia. Y, a diferencia de Rush, yo no era conocida por mi autocontrol.
—Bells, no —Rise atrapó mi mano justo cuando la recogía de la mesa—. No vale la pena.
—Tuve suficiente de esta mierda —mascullé, más allá de rabiosa.
—Arabella…
Zafé mi mano del agarre de Rise con un tirón brusco, mis uñas clavándose en mi propia palma mientras intentaba contener el remolino de emociones que me quemaba desde adentro. La rabia, la frustración, la impotencia… todo se mezclaba, formando un nudo que me presionaba el pecho y amenazaba con explotar.
—Bells, déjalo estar —insistió Rise, su voz ahora más seria, pero para su decepción yo ya no lo estaba escuchando.
No podía seguir así. No podía seguir tragándome todo mientras veía a esa mujer invadir el espacio que, jodidamente, era mío. Sentía cómo mis latidos retumbaban en mis oídos, sordos, y cada paso que daba hacia esa mesa me acercaba más al borde. Rush había decidido apartar la mirada de mí para seguir hablando con esa mujer, haciendo que mi autocontrol se fuera a la mierda.
Cuando llegué lo suficientemente cerca, lo sentí: la energía se volvió aún más asfixiante. La tensión en el aire se volvió casi palpable, y fue Rush el primero en levantar la vista, sus ojos encontrándose con los míos de nuevo. Pero esta vez, no había complicidad ni dulzura. Solo una barrera impenetrable, y eso me dolió más de lo que me esperaba.
—Princesa… —murmuró, su voz apagada, como si quisiera detenerme antes de que cruzara una línea, pero ya era demasiado tarde.
«Princesa una mierda».
—¿Te diviertes? —escupí, con una sonrisa tan falsa que hasta dolía. La mano de Adalia seguía en su maldito hombro, y mi mirada se posó en ese punto específico como si fuera un objetivo a destruir.
Cuánto quería tener en ese momento rayos láser para desintegrarle la jodida mano.
Rush frunció el ceño, pero no dijo nada. Ni una sola palabra. Solo me observó, como si estuviera intentando procesar lo que estaba ocurriendo, mientras Adalia, por primera vez, levantaba la mano con una lentitud exasperante, como si por fin entendiera que la quería lejos. En el maldito Ártico si era posible.
—Oh, hola, Arabella. No te había visto —dijo, su tono condescendiente y falso como siempre.
La muy maldita se atrevió a sonreírme como si yo fuera una niña caprichosa a la que había que tranquilizar.
Esa fue la gota que colmó el vaso.
Mi respiración se volvió irregular, y por un segundo, estuve a punto de cruzar esa pequeña distancia que nos separaba para arrancarle la sonrisa de la cara.
La imagen de mis manos sobre su cuello, apretando hasta que no pudiera emitir ni un solo sonido más, cruzó por mi mente como una visión fugaz. Pero me detuve. No porque no quisiera hacerlo, sino porque sabía que si lo hacía, iba a causar muchos más problemas de los que necesitábamos ahora.
—Vete a la mierda —mi voz salió baja, amenazante.
Todo mi cuerpo temblaba, y Adalia dio un paso atrás, por primera vez viéndome con cautela, aunque intentaba mantener su postura arrogante.
Rush finalmente se levantó de la mesa, colocándose entre nosotras, su expresión tensa. Sentía la urgencia en sus ojos, pero no tenía las palabras que esperaba. No sabía qué demonios decirme.
—Princesa, no es lo que piensas —empezó, pero lo corté antes de que pudiera seguir.
—¿Y qué es lo que pienso, Rush? ¿Que has estado tan ocupado que no puedes ni mirarme? ¿Que Adalia tiene más derecho a tu tiempo que yo? —las palabras salieron antes de poder detenerlas, y el dolor que las acompañaba era casi insoportable—. Porque si eso es lo que piensas, entonces no tienes ni puta idea de lo que estoy sintiendo.
Se hizo un silencio pesado, en el que todos en el comedor parecían contener la respiración. Ni siquiera podía mirar a Adalia en ese momento, toda mi atención estaba en Rush, y la ausencia de respuesta de su parte solo hacía que el vacío en mi pecho se hiciera más profundo.
—Te dije que iba a ser complicado… —susurró, y esas palabras fueron como un cuchillo que se clavaba más y más hondo.
—Lo sé, imbécil. ¡Lo sé! —levanté la voz, incapaz de controlar más el dolor—. Pero una cosa es que sea complicado y otra es que me ignores, como si no existiera. Como si no te importara. ¡Otra vez!
—Arabella, no es…
—¡Una mierda, Rush! —estaba a nada de partirme a llorar, pero de reojo vi la sonrisa burlona de Adalia. Esa sonrisa mandó cualquier indicio de debilidad al octavo círculo del infierno.
—Estás haciendo una escena por nada —musitó ella, ganándose mi peor mirada junto, para mi sorpresa, la de Rush. Ella se encogió de hombros—. No lo digo por decir. Mira —señaló por encima de mi cabeza.
A este punto, me sabía a mierda lo que me sea que señalara. Lo único que podía pensar era en cómo Rush me estaba dejando atrás y en cómo Adalia había escalado tan rápido en su cabeza, ocupando el lugar que yo debía llenar. El dolor y los insufribles celos me consumían y sabía que si no salía de ahí en ese mismo instante, todo se desbordaría. Y no estaba segura de que pudiera contener todo el desastre que seguiría.
—Princesa… —Rush intentó acercarse, pero yo ya estaba demasiado lejos emocionalmente. Mi corazón latía desbocado, y todo era demasiado.
—¡Ni se te ocurra! —lo corté, levantando la mano para detenerlo, aunque sabía que no iba a decir nada que cambiara lo que estaba sintiendo.
Clavé los ojos en los suyos, y pude ver la duda en su mirada, el miedo de no saber qué hacer o qué mierdas decir para arreglar esto.
Y ese miedo me enfureció aún más
—No te atrevas a decir que lo entiendes, porque no lo haces. ¡No tienes ni idea de lo que siento, Rush! —mi voz temblaba, cargada de todo el dolor que había acumulado en estos días, todo lo que había intentado ignorar—. Me he tragado mi orgullo, he hecho lo que está en mis manos para ir despacio, he intentado darte espacio, entenderte… pero ¿para qué? ¿Para que me ignores y pases tu tiempo con ella? ¿Después de todo lo que hablamos?
La alemana estaba parada a un costado, fingiendo una indiferencia que me provocaba ganas de arrancarle la máscara de la cara. Sabía que ella estaba disfrutando esto, viendo cómo me quebraba frente a Rush, saboreando cada segundo de mi mierda.
—Princesa, no es así… —Rush comenzó, pero su tono apagado y su intento de suavizar la situación solo lograron empeorar las cosas.
—¡Claro que es así! —grité, ya sin importarme quién pudiera escucharme. El comedor seguía en completo silencio, y todos los ojos estaban sobre nosotros. Sentía las miradas, los murmullos que empezaban a formarse en los rincones, pero no me importaba—. ¿Crees que no me doy cuenta? ¿Que soy idiota? Cada vez que ella está cerca, te vuelves alguien diferente. Te alejas de mí, me dejas de lado como si no importara. ¡Y no puedo más con esto!
Rush tragó saliva, sin saber cómo reaccionar. Sus ojos se desviaron por un segundo hacia Adalia, y ese simple gesto fue como una puñalada más. Me sentí traicionada, como si todo lo que habíamos construido se estuviera desmoronando frente a mí, ladrillo por ladrillo.
Adalia suspiró, entrecerrando los ojos como si estuviera harta de nuestra escena. Y, con ese gesto, terminé de perder cualquier tipo de control que me quedaba. Ahora me parecía mucho más que bien dejarle saber todo lo que pensaba de ella.
—¿Te molesto? —avancé un paso hacia ella, sin apartar la mirada de su rostro, mi voz baja pero afilada como una navaja—. ¿Algo de aquí te incomoda? Porque, honestamente, no podría importarme menos. Estoy harta de tu patética necesidad de atención, de ese aire de superioridad que solo tú te crees y, sobre todo, hastiada de que sigas metiéndote en lo que no te corresponde como si tuvieras algún jodido derecho, cuando sabes perfectamente que él está en una relación —la interrumpí antes de que pudiera abrir la boca—. Es casi gracioso que sigas metiéndote donde no te llaman, como si el hecho de que él no te haya usado como el último recurso entre sus piernas te diera algún tipo de derecho —mi voz se volvió más fría—. ¿De verdad crees que tiene algún mérito seguir arrastrándote por un hombre que te rechazó? Es casi patético que no te haya quedado claro la primera vez: no te quiso entonces, y mucho menos ahora.
Rush volvió a colocarse entre nosotras, e intenté ignorarlo, gozando cada color restregado en la cara de esa jodida mujer.
—Basta, Arabella. Esto no es lo que crees.
—¿No es lo que creo? —solté una risa amarga, una que no tenía nada de humor, fallando en mi intento de ignorancia—. ¡A mí no me vengas con esas mierdas, Rush! Mejor mírate. ¿De verdad piensas que soy tan ciega? —sentía mis emociones a flor de piel, todo lo que había reprimido durante esos días de silencios incómodos y miradas evitadas explotando en una tormenta imparable—. ¿Cómo puedes fingir que todo está bien? ¿Cómo pudiste hacerme creer que todo iba a estar bien, para solo momentos después ignorarme una vez más? ¡Estoy lejos de ser ese objeto que desechas cuando te aburres, Rush! ¡No soy una distracción pasajera para que pruebes y descartes a tu antojo! Pero claro que a ti no te importa. ¿Por qué debería? No lo entiendes, no valoras. Pero que te quede claro: ni soy reemplazable, ni soy el capricho que puedes ignorar cuando te da la gana. Juega eso con Adalia, pero conmigo no.
—¡Arabella! —tronó, casi que igualando mi rabia.
—¡Ahórrate el discurso! Estoy harta de todo esto —mi voz salió rasgada, llena de veneno y rabia contenida, mientras me costaba respirar por el nudo en mi garganta. Estaba tan agotada, tan dolida, que todo lo que quería hacer era desaparecer, dejar de sentir por un momento—. Estoy hasta el cuello con toda esta mierda, agotada de tus jodidas excusas y de tu capacidad infinita para pisotear a quien te importa. ¿Quieres seguir jugando a ser una persona de mierda? ¡Fantástico! Ve y sigue siendo una maldita basura con quien te dé la gana. Con quien sea. Pero no conmigo. No con la única persona que sacrificó todo por ti sin siquiera tener la necesidad de hacerlo.
El silencio volvió a reinar, y la única respuesta que obtuve fue el brillo de culpa en sus ojos.
Ya no podía más. Había alcanzado mi límite.
Me giré sobre mis talones, sintiendo que las lágrimas amenazaban con caer, pero me negaba a llorar frente a ellos. Frente a nadie u otra cosa que no fuese mi jodida almohada.
—Princesa, por favor… —la voz de Rush sonaba desesperada, pero no era suficiente.
—No —caminé hacia la salida, mis pasos pesados y decididos—. No soy una opción secundaria ni para mí misma, y definitivamente no voy a empezar a serlo para ti.
Y con eso, dejé el comedor, sintiendo como si el mundo se hubiera vuelto insoportablemente pequeño, aplastándome con su peso.
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com