1. Let's Play - Capítulo 84
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Capítulo 84: 80.1
La jugada final
Rush
Me tragué las ganas de ahorcarla.
Me tragué las ganas de encerrarla en el búnker de por vida.
Me tragué las ganas de reclamarle la insensatez que había cometido.
Mierda, me tragué todo.
Tan solo al verla caminar con paso decidido hacia mí, luego de bajar de ese jodido helicóptero, se silenciaron todas las cosas que tenía para decirle. Unas coloridas, otras no tanto.
Su mirada no paró en mí primero como quería que hiciera. Paró en Alexey y Katherina. Ambos ya estaban escoltados y apresados por el equipo que ella misma manejó y se encargó de dividir, haciendo del operativo un puto éxito.
Debía de sentirse orgullosa. Maldita sea, yo me sentía orgulloso. Y con buenas razones en mi bolsillo; la espera había terminado, el esfuerzo había dado sus frutos. El martirio en que todos nos habíamos ahogado por meses estaba llegando a su fin.
Sí, había otros problemas más grandes que la cabeza del bastardo que tenía capturado y bajo mi poder para hacer con él lo que me entrara en gana.
Sí, había mucho trabajo que hacer, ya teniendo la pirámide como mía.
Y sí, joder, estabamos lejos de terminar si lo que seguía era la Bratva Rusa.
Pero todo eso lo pasé a segundo plano. Primero porque me gustaba estar enfocado en un dolor de cabeza a la vez y, segundo, porque celebrar la captura del hijo de perra con la mujer que caminaba hacia mí con esa seguridad que escalaba hasta el cielo sin problema alguno, era mi prioridad.
El problema estuvo en que, cuando sentí la presencia de Rise a mi lado, todo en ella tambaleó: su seguridad, su sonrisa, su caminar… Podría seguir detallándola, pero las alarmas en mi cabeza, gritando que algo no estaba bien, impidieron el proceso.
Casi me dejaban sordo cuando de su rostro se drenó cualquier rastro de color.
Al instante que llegó a nuestra posición, tuve su espalda chocando contra mi pecho, listo para preguntarle qué carajo estaba mal, pero Rise se adelantó, colocándose frente a ella, listo para hacer y decir todo lo que yo me había tragado al momento de verla bajar como si nada de ese maldito helicóptero.
—¿Estás demente? —siseó él, furioso como la mierda.
Verla tan pálida y sentirla tan tensa no era algo que tenía el placer de ver. Menos aún si, quizá, el que había provocado el cambio era mi hermano. Sin embargo, mantuve la boca cerrada. Si bien yo no servía en estos momentos para darle su bien merecido escarmiento, aprovecharía que Rise sí. Mientras tanto, yo seguiría nadando en las aguas del alivio por verla de una sola maldita pieza y entre mis brazos, si podía añadir.
—¿Qué diablos estaba pasando por tu cabeza al hacer tal…?
—Rise, yo… Te juro que yo…
—¡Nada! —rugió, haciendo que levantara mis defensas automáticas cuando de ella se trataba. Le di una mirada comunicativa al bastardo cuando me miró, pero se la pasó por los huevos—. Tú, nada. ¿Qué diablos está mal contigo? Había un equipo listo para interceptar el helicóptero y dejarlo en pedazos si era lo que se requería.
—Estaban lejos, y no…
—¡Estaban a dos metros de ti, maldita desquiciada! —volvió a cortarla—. Qué tú te quisiste pasar ese pequeño dato por el culo es distinto, Arabella. Estúpidamente distinto.
—No vi…
—¡Por supuesto que no ibas a ver ni mierda! Estabas tan ensimismada en colocar tu vida por encima de las cosas una maldita vez más que era obvio que no ibas a percibir nada más.
Fue ahí cuando, tal vez, decidió que sus palabras habían sido bastante castigo para mi mujer. Me regaló su atención. Atención que hizo despertar mi curiosidad. Mucho más cuando Arabella se tensó peor de lo que ya estaba.
—Rise. —La voz urgida de mi mujer me pareció peculiar. Abrí la boca para indagar, pero Rise volvió a hablar.
—Te dije lo que pasaría si hacías mínimamente lo que hiciste hoy, Arabella. —Sus ojos volvieron a mí, pero regresaron a ella cuando emitió un gruñido molesto—. Te pasaste lo que te dije por el coño, ¿por qué yo no puedo hacer lo mismo?
Arabella salió de mis brazos tan solo para fundirse en una batalla de miradas que, para cuando conté hasta diez, había colmado mi paciencia.
—¿Podrían dejarse de ridiculeces y hablar de una maldita buena vez? —repliqué, más harto de idioteces que de otra cosa.
Que me quisieran ver la cara de estúpido no iba conmigo. Sabía que había algo que Rise quería decirme. Desde que estuvo libre de Arabella en la mañana, revoloteaba a mi alrededor del mismo modo en que yo lo había hecho cuando apagó su humanidad. Me estuvo sacando de quicio, pero tenía tantas cosas frente a mí en ese instante que su presencia y estupidez no me importaron en lo más mínimo.
La cuestión era que bien lo había dejado pasar en su momento, pero ¿ahora? Si lo que quería decirme tenía que ver con mi mujer, no había chance alguna de que lo dejara pasar. No si eso explicaba los últimos comportamientos de dicha suicida con piernas largas.
—Signore!
La voz de Erdem me hizo maldecir por lo bajo. Mucho más cuando, al girarme para mandarlo a la mierda, estaba acompañado del maldito bastardo que quería quemándose en el noveno círculo del infierno, junto a la otra.
Mi humor volvió a nublarse y todo lo que veía quedó teñido de rojo. Estaba seguro de que eso, al reflejarse en mi rostro, fue lo que hizo que mi equipo élite se encargara de la basura, enviándolos al lugar que disfrutaría pisar en cuanto tuviera un momento libre. Sin embargo, la manera en que ambos miraron a mi mujer y sonrieron con desprecio hizo que mi curiosidad sobre el tema se calcinara.
—Rush —me llamó Rise.
—Más tarde —fue lo único que pude decir entre dientes antes de dejarlos ahí y tomar, por mi propia mano, la justicia que había esperado durante años.
Me encaminé hacia la mansión. Apenas crucé el umbral, avancé en zancadas por vestíbulos, pasillos y escaleras hasta llegar al sitio donde se pudrieron fragmentos de mi juventud. Nada había cambiado: las paredes hinchadas por la humedad, las cadenas colgando como recordatorios mudos, el espacio reducido —asfixiante—, el aire cargado de moho, degradación y malicia.
Todo seguía igual.
Pero yo no.
Y menos aún respirando el mismo aire que ellos.
No esperé. La ira que me nublaba el juicio decidió desbordarse y, esta vez, no le opuse resistencia. En un abrir y cerrar de ojos fui por él primero.
Vi algo parecido a la gloria cuando la sangre brotó de su boca tras el primer puñetazo. Lo que siguió fue una pelea en la que nadie intervino. Ni siquiera cuando intentó hablar, sin dejar de buscar una grieta inexistente en mi defensa.
—Si lo que esperas es que me arrodille y…
Solté a reír.
—De ti lo único que espero es que ardas en el infierno, hijo de perra. El resto me sigue dando igual —le escupí, hundiéndole el puño en el estómago.
—¡Yo te creé! ¡Yo te hice lo que eres! ¡Te di…!
—¡Mierda fue lo que me diste! —otro golpe. Esta vez en su ojo derecho, escapando de las manos en mi cuello—. ¡Hiciste de mi vida un maldito infierno! Te encargaste de que mi odio por ti se arraigara, creciera y floreciera. Decidiste joder conmigo, con mis hermanos, con la mujer de mi vida…
Quedé encima de él, repartiendo golpe tras golpe.
—¡Esa maldita cagna va a ser tu perdición! —jadeó a duras penas—. Todo lo que siquiera llegues a hacer va a caer por la única razón de que crees que cuando construyes imperios con amor, permanecen. ¡No sabes nada de la vida, Rush! Nada del mundo en que estás y ese no fue mi error. Yo te preparé, te…
—¡Jodiste conmigo! —mis golpes pararon en cada parte de su miserable cuerpo. Gocé el ruido, los jadeos, la puta sangre brotando de él. Incluso su mirada de odio—. Y justo por eso, justo porque creíste que por tambalear mi mundo ibas a salir indemne, es que te tengo, maldito imbécil. Y te aseguro, con todo lo que tengo, que disfrutaré desquitarme cada mierda que me has hecho con creces.
Lo dejé casi inerte en el suelo y ordené, sin palabras, que lo colocaran donde correspondía. Cuando quedó colgado a pocos metros de mí, expulsé a todo el mundo del lugar. A solas, me acerqué y me incliné hasta quedar a su altura, nuestras frentes casi tocándose.
—No voy a matarte hoy. Ni mañana. Voy a desarmarte pieza por pieza: ideas, orgullo, nombre. Haré que tu apellido pese tanto que nadie quiera pronunciarlo. Y cuando no quede nada… ni siquiera odio…
Me enderecé.
—Entonces te dejaré morir.
Me giré para irme. El chirrido de las cadenas y sus respiraciones rotas llenaron el espacio.
—Rush… —intentó decir.
Me detuve solo un segundo.
—Perdiste —dije, sin mirarlo—. Ahora es mi turno, ¿y quieres saber algo? Yo no pierdo.
Salí.
La puerta se cerró y solo la sombra quedó con ellos.
Podría decir que me regordeé en el odio que nadaba en su mirada, pero eso estaba más que claro. También podría decir que lo dejé ahí. Que, contra todo pronóstico, fui el adulto y me alejé, que no cumplí con mi palabra. Que enterré mis mierdas y lo dejé ahí, ordenando acabar con su miseria al salir del lugar.
Pero sería mentira.
Porque ni era el adulto, ni quería terminar las cosas así.
Quería justicia. Dolor. Agonía. Sufrimiento. Gritos. Por clemencia, por piedad. Quería la sangre rodando por sus caras, el impacto de mis golpes contra sus cuerpos. Quería más odio, más rabia por parte de ambos.
Por eso los días siguientes fueron aún más gratificantes. Bajar cada vez que quería, que la mente me lo gritara y pasar horas oyendo su suplicio se sintió… agradable.
Cuatro días.
Ese era el tiempo que los había tenido para mí. En dónde me había encargado de romperlos y construirlos a mi maldito antojo.
Sin interrupciones ni personal de más.
Solo yo, ellos y cada cosa que me pasaba por la cabeza para desquitarme.
Fueron noventa y seis horas sin comida suficiente, sin agua limpia, sin prestarle la atención debida a sus necesidades y exigencias que me podía pasar por las pelotas.
Noventa y seis horas sin descanso real.
Escuché cada maldición saliendo de sus bocas, cada grito que exigía mi muerte, cada ridícula amenaza vacía que me daban al adentrarme en las cuatro paredes. ¿Pero qué fue lo que ellos recibieron de mi parte? Una, el trato inhumano que merecía. ¿El otro? El otro recibió todo el maldito odio que había fundado en mí.
Todo.
Nada quedó guardado.
Cada golpe estuvo calculado para no matarlo, para no dejarlo escapar por la vía fácil. Cada palabra estuvo estudiada para provocarlo, para que me diera más razones de romperlo.
El cuerpo humano era resistente si sabías hasta dónde empujarlo; yo lo sabía mejor que nadie. Por eso seguí empujando hasta que estuve mínimamente conforme con el resultado.
—Mírate —murmuré, sujetándolo del cabello para obligarlo a alzar la cabeza—. Todo un capobastone reducido a carne temblorosa.
Respondió con saliva ensangrentada que me cayó en la muñeca.
Sonreí.
—¿Qué se siente haber acabado tal cual cómo los malditos perros que entrenabas?
El siguiente golpe en las costillas fue porque me dio la puta gana. Ya estaban fisuradas. Me había tomado el trabajo en serio y, debido a eso, el grito que soltó fue casi musical, aunque no tan satisfactorio como el silencio que le siguió, cuando el aire se le negó durante segundos eternos.
—No te atrevas a comprarme con ellos… Soy tu padre, Rush —jadeó.
Ahora, eso sí me hizo reír con ganas.
—De todas las cosas que eres, eso nunca estuvo en la lista —incliné la cabeza—. Lo que tú eres es un maldito hijo de perra que quiso jugar a ser Dios, reproduciéndose con una sirvienta para fabricar monstruos que le limpiaran el camino porque solo no podía.
»No eres padre. Nunca lo fuiste. El bastardo de Beniamino puede que merezca más ese título que tú. Con Milanna, con Riden. Mierda, hasta con Rise. ¿Pero tú? —reí despacio—. Tú no.
—Maledetto ingrato moccioso —siseó, seguido de una retahíla de palabras vacías.
Cuando comprendió que no iba a provocarme, caminé alrededor de él. Lento. Medido. Disfrutando cómo sus ojos me seguían con rabia y pánico mezclados.
Me deleité con lo último que me dejó ver. Aquello me había asegurado de sembrarlo, de dejar que se arraigara en él cuando comprendió que no tenía escapatoria de esto. De mí. Me gustó verlo florecer sin impedimento alguno. Porque ahora él entendía que su charla de tenerle más miedo a la muerte, como tantas veces había dicho, era pura mierda. Ahora captaba que tenía que temerme a mí.
Porque me tocó los huevos. Jodió conmigo más de la cuenta. Quiso pasarse de listo, creyendo que yo nunca respondería a sus ataques desde que tengo uso de raciocinio.
Había dejado de contar cuántas veces, en esos ojos que casi compartía con dos de mis hermanos, trató de ocultar el miedo que sentía cuando sabía que pasar por encima de mis deseos no era algo que tenía que hacer. Por ese motivo, ahora me encontraba disfrutando que, pese a que siguiera tratando con todas sus fuerzas ocultarlo, no había nada que pudiera hacer para borrarlo.
Y eso… eso para mí era poder real.
—Hiciste que te dedicara mi mejor etapa —continué, casi con aburrimiento—. Cada idioma que hablo. Cada estrategia que pensé. Cada cabeza que cayó.
»Gracias a Dios que Riden me paró a tiempo. Porque no lo valías. No valiste mi tiempo, no valiste mi esfuerzo.
—Deja que salga de aquí —gruñó, rabioso—. Deja que llegue a ponerte una mano encima, figlio.
Me detuve frente a él.
—¿Para qué? —sonreí con gusto—. ¿Para que vuelvas a terminar así?
El puño en la mandíbula fue limpio. Sentí el hueso ceder otra vez. Dientes rotos. Sangre espesa.
—Deberías estar culpándote a ti mismo —dije tras cada golpe—. Todo esto se debió a tu mierda de crianza. ¿Y sabes lo gracioso? —me concentré en terminar de romperle los brazos—. Que nada de esto lo viste venir —él gritó—. Creíste que, porque decidiste tenerme de tu lado, no iba a cobrar ninguna de las mierdas que me hiciste —los huesos de la pierna derecha crujieron—. Y perdiste, hijo de perra. A lo grande. Ahora puedo nadar en tu maldito dolor y no inmutarme por cada puta palabra que salga de tu asquerosa boca.
Su cuerpo tembló. No por dolor —eso ya era rutina—, sino por la certeza. La comprensión tardía de que no había negociación, ni final rápido, ni misericordia esperando a la vuelta de la esquina. Solo yo. Y tiempo.
Lo solté.
Literalmente.
Su cuerpo cayó hacia adelante, sostenido apenas por las cadenas que crujieron con el impacto. Tosió. Vomitó sangre. El sonido fue feo. Húmedo. Real.
Me agaché frente a él con calma insultante.
Levanté su barbilla con dos dedos. Ni siquiera tuve que hacer fuerza. Eso fue nuevo. Eso me gustó.
—¿Sabes qué es lo más patético? —ladeé la cabeza—. Que todavía crees que esto es venganza.
Reí por lo bajo. Una risa breve. Sin humor.
—Esto es higiene.
El golpe que siguió no fue impulsivo. Fue técnico. Preciso. En el diafragma. Lo suficiente para robarle el aire y dejarlo boqueando como pez fuera del agua. Me quedé mirándolo mientras luchaba por respirar. Conté mentalmente.
Cinco.
Seis.
Siete segundos.
—Respira, bastardo. Respira —gruñí sin tocarlo. Jadeó cuando logró encontrar aire—. Te dejo respirar porque quiero que entiendas cada palabra, ¿lo entiendes? Cada puta palabra.
No aprendió. Volvió a soltar otra letanía de palabras que no quería escuchar. Así que me levanté y caminé detrás de él. Apoyé una mano en su hombro destrozado, cargando el peso con lentitud hasta que el gemido se convirtió en un grito ahogado.
—Toda mi vida fue una ecuación que tú escribiste mal —susurré cerca de su oído con asco—. Debes detestar que no me jodiste lo suficiente como para que tomara el mando y corrigiera tu mierda, ¿no es así?
No habló. Cosa que me irritó. Entonces, tiré.
El alarido fue animal. Crudo. Uno de esos sonidos que no se olvidan jamás. El brazo quedó colgando en un ángulo imposible.
—Aprendí de ti —seguí, indiferente—. A no detenerme cuando alguien suplica. A no dudar cuando hay que terminar algo.
Volví a enfrentarlo. Mis ojos buscaron los suyos. Los encontré rotos. Vidriosos. Llenos de algo nuevo.
Miedo.
—¿Lo sientes? —pregunté con curiosidad genuina—. Eso que te aprieta el pecho… no es dolor.
Le di un rodillazo seco en el rostro. Nariz destrozada. Cartílago cediendo. Sangre caliente salpicándome la camisa.
—Es irrelevancia.
Di un paso atrás. Lo observé. Ya no era una amenaza. Ya no era una figura. Era un error prolongado.
—Durante años creí que quería verte morir —admití, como quien admitía una tontería—. Pero no —me limpié la sangre de los nudillos con calma—. Quiero que vivas sabiendo que todo lo que tocaste lo deshice. Que todo lo que construiste ahora me pertenece. Que incluso tu dolor… lo administro yo —me incliné una vez más. Mi voz bajó. Fría. Final—. Esto no es el final, Alexey. Esto es tu rutina ahora. Y yo… —sonreí apenas— yo nunca pierdo interés por mis proyectos.
Su respiración era un desastre. Un sonido húmedo, irregular, indigno del hombre que había construido un imperio a base de gritos y cadáveres ajenos. Me quedé observándolo unos segundos más de lo necesario, no porque me importara, sino porque quería que entendiera que ya no era una amenaza. Ni siquiera un rival. Solo un residuo que aún no había decidido cuándo sacar de la escena.
Me incorporé despacio. Me tomé el tiempo de sacudir las manos, de flexionar los dedos manchados de sangre vieja y nueva. Cada movimiento era deliberado. Calculado. Él había gobernado desde el exceso; yo desde la exactitud.
—¿Sabes cuándo perdiste de verdad? —pregunté, sin esperar respuesta—. No fue hoy. No fue cuando decidiste joder conmigo. Fue cuando confundiste obediencia con miedo.
Me agaché otra vez. Esta vez no lo miré a los ojos. No lo merecía. Le hablé como se le habla a algo que ya está condenado.
—El miedo se gasta. Se vuelve costumbre. Yo… —dejé caer la mano sobre su pecho con un empujón seco— yo no necesito que me teman para que me sigan —otro golpe. Menos fuerte. Más humillante—. Necesito que sepan que no voy a perder. Tú necesitabas dolor para mandar. Yo no —murmuré—. A mí no se me rebelaran porque ya van entendiendo que, en efecto, no perderé.
El silencio volvió a pesar. No era ausencia de ruido; era expectativa. Incluso él lo sintió.
Fue entonces cuando un ruido seco llamó mi atención.
Katherina.
El leve tintinear de las cadenas al moverse, el roce de su cuerpo contra el metal. Ella siempre había tenido un talento especial para hacerse notar sin pedir permiso. Giré la cabeza con lentitud y ahí seguía. Colgada, rota, apenas entera por puro orgullo. Viva porque así lo había decidido yo. Sus ojos aún afilados. Todavía convencida de que formaba parte del tablero.
Me enderecé del todo y me giré hacia ella.
—Y tú… —exhalé por la nariz—. Siempre tan elegante en tu crueldad. Nunca levantabas la mano. Solo mirabas y dejabas que pasara.
Ella sonrió. Una mueca rota, pero sonrisa al fin.
—Te volví débil —escupió—. Amar te hizo débil.
Reí. De verdad. Otra vez.
—Si amar fuera debilidad, estarías muerta —respondí—. Sigues respirando porque quiero que veas con exactitud qué pasa cuando jodes conmigo.
Me acerqué a Alexey otra vez. Lo tomé del cuello.
—Tú creías que yo era tu legado —le dije, apretando—. No. El infierno está harto de que sigas evitándolo, por lo que me envió como castigo.
Lo solté solo para hundirle la bota en el estómago una vez más. Vomitó más bilis y aún más sangre.
—Te di un imperio… —balbuceó. Realmente balbuceó.
—No —corregí, sin dejarme impresionar por una mierda—. Me diste un problema. Y los problemas se eliminan.
Sin más, para mi maldita desgracia, salí de ahí.
Quería más. Más tiempo, más gritos, más. Pero ya no contaba con nada de eso. El consejo quería respuestas y la gente estaba desesperada, haciendo jugadas estúpidas en contra de lo que se construyó los últimos meses. No podía perderlo. Por más que quisiera jugar con la vida de ambas escorias, se me había acabado el tiempo.
Pero no se los iba a dejar saber. Dejarlos a ambos en la deriva era mi placer personal. Por eso, seguí subiendo las escaleras de dos en dos hasta llegar a la estancia que daba con el vestíbulo principal. Ninguno de mis soldatos dijo nada al segundo de verme, mucho menos cuando crucé el lugar. La tensión en el aire iba a hacer que mi humor estallara, pero tenía trabajo que hacer, y para mi mala suerte, no podía matar a nadie. Hasta ahora, ninguna de las personas aquí me era indispensable, por lo que me tragué todo de mala gana y me puse manos a la obra.
♦ ♦ ♦
Arabella
¿Era normal sentir que el corazón se me iba a salir del pecho cada vez que él aparecía en mi visión periférica? ¿O eran las hormonas jodiendo conmigo una vez más? Habían sido días largos, ocupados y sin nada de sexo. Creía que eso también influía en algo. Más cuando el único tipo de afecto por parte del padre de la criatura había sido un roce de labios en mi coronilla cada vez que me veía… Lo cual eran veinte minutos. Diario.
Decir que estaba bien cuando decidió dejarme al cuidado de su hermano mayor, sería mentir con todos y cada uno de mis dientes.
Después de mi “gran hazaña”, como él la llamaba, al muy hijo de perra lo quería a cien kilómetros de distancia. Y se lo dejé saber. Múltiples veces. Pero cada vez parecía ignorarlo con mayor facilidad. Entonces decidí pasar mis días y mis momentos a solas con Riden. Si le gustaba o no, a esas alturas no me importaba. Prefería soportar su mala cara y sus ganas constantes de tenerme lejos cuando yo era demasiado, antes que al fastidio andante en el que se había convertido Rise.
Claro que eso no quiso entenderlo, por lo que también lo tuve a él dieciocho horas al día encima de mí y de Riden. De más está decir que el pequeño Massey odió cada segundo de aquello y no dudó en dejarme plantada en el vestíbulo cuando tuvo la oportunidad. Es decir, cuando Noam y Emilia quisieron hablar sobre algunos pendientes sin resolver.
Justo estaba hablando con ellos cuando entró mi especimen.
Perdí el hilo de la conversación al verlo. No me dio vergüenza reconocerlo, mucho menos las risitas que escuché de fondo, seguidas de despedidas rápidas por parte de ambos.
Al observarlo con atención, estuve a nada de decir algo. Lo que fuera, con tal de consolarlo. Sin embargo, la mirada con la que barrió toda la estancia me hizo cerrar la boca. Él no necesitaba consuelo. No necesitaba palabras bonitas. Lo que requería —lo que ansiaba— era mucha más sangre. Rush quería gritos, súplicas, incluso llanto. Con el pasar de los días quizá esos dos se lo dieron, pero no le fue suficiente.
No hubo dolor, sufrimiento ni tortura que bastaran.
Se le notaba.
En cómo caminaba. En cómo respiraba por la nariz. En cómo volvía a vendarse los nudillos, destrozados por tantos golpes dados… No le alcanzó. Y él lo sabía. Por eso, cuando entre dientes le pidió a Riden que comenzara con los preparativos de la transmisión, no me sorprendió verlo lidiar con todos los demás con un humor de mierda durante lo que restó de la tarde.
Eso, hasta que llegó su turno de hablar conmigo.
Seguía en el vestíbulo de la mansión, ahora ayudando a Rise con ciertos fallos en las conexiones de las cámaras, cuando él decidió volver a hacer acto de presencia. Su hermano mayor, al verlo, solo me regaló un guiño rápido antes de dejarnos solos.
—Lo siento —fue lo primero que dijo al tenerme entre sus brazos.
—Es más que entendible —mascullé contra su pecho.
Respiró hondo antes de soltarme y encararme.
—Eso no quita que…
—Quita —lo interrumpí, pasando mis manos por su barbilla bien afeitada—. Por lo que estás pasando no es algo ligero, mucho menos lo que estás haciendo. Entiendo tu humor. Entiendo cómo te sientes. No tienes ni hace falta que te disculpes por no querer descargar parte de esa explosión de emociones conmigo, mi amor. Lo entiendo.
Sus ojos brillaron con emociones contenidas que no supe interpretar del todo y, enseguida, depositó un beso en mi coronilla. Esbocé una sonrisa ante el gesto.
—Definitivamente no te merezco —murmuró contra mi pelo, sin apartarse.
Estuve a nada de decirle que dejara de ser estúpido, pero su hermano menor se me adelantó.
—Está todo listo —oí su voz a mi espalda.
Rush volvió a respirar hondo, esta vez por más tiempo, y luego se separó de mí. No demasiado. Lo justo para poder hablarme sin alzar la voz.
—Erdem los dejará cerca, pero quiero que seas tú quien, al final, tenga los honores.
No tuve que ser demasiado lista para leer entre líneas y, aun así, me quedé rígida. Rush lo notó.
—No tuviste el privilegio de acabar con la miserable existencia de ese maldito perro, princesa. Su vida me la cobré yo. No tan lento como quería, pero murió por mi mano. Quiero darte la misma satisfacción que sentí al depositarle cada tiro que recibió, pero con ellos. No es mucho. En realidad, no es nada. Quizá no mitigue del todo cada grito de dolor que se te rasgó en la garganta ese día. Quizá no alivie el peso del ajuste de cuentas que tienes contra ambos… contra él, específicamente. Pero confío en que, cuando la vida abandone sus asquerosos ojos, tú puedas descansar. Relajarte, aunque sea un ápice.
—Rush… yo…
—Puedes negarte —dijo tras mi silencio, porque seguir balbuceando me parecía penoso. Incluso me acarició la mejilla con lentitud antes de seguir hablando—. Estás en todo tu derecho. No voy a obligarte a nada, princesa. Mucho menos voy a arrastrarte conmigo al foso sin fondo del odio. Puedo hacerlo yo. No me costaría. Pero quería que supieras que tienes la opción… por si decides tomarla.
Estaba dividida. Una parte de mí quería estar lejos de ellos: tanto de la horrible persona que era su progenitora como del repugnante intento de padre que tuvo. No quería seguir teniendo algo que ver con ellos. Lo había comprobado en aquel helicóptero. Sin embargo, la otra parte de mí, la que compartía mi oscuridad… esa aún quería venganza. Quería escuchar los mismos gritos que él sacó de mí, quería las mismas lágrimas, el mismo dolor. Quería el mismo infierno.
Con demasiada intensidad, si se me permitía añadirlo. Tanta que le hacía a mi oscuridad saborearlos.
¿Esa intensidad me asustaba? Un poco. Más cuando esa parte enferma de mí necesitaba tener sus cuellos. Porque, pese a que no quería seguir llenándome de odio, a quien no quería zambullir más en eso era a cherv’. Tener a algo tan inocente en mí, solo para que sintiera emociones tan oscuras, me resultaba difícil de aceptar.
No obstante…
—Lo haré.
Lo había dicho en voz baja. Con demasiada seguridad emanando de mi voz, pese a todo lo que sentía.
Mi respuesta hizo que mi espécimen esbozara una sonrisa fantasma, que mi oscuridad babeara por la oportunidad presentada y que yo saboreara un escenario distinto al que me había imaginado. ¿Estaba mal? Quizás. Pero si las muertes de ambos engendros del infierno me iban a ayudar a dormir mejor por las noches, dejaría mis idealismos fuera de la ecuación, solo por esta vez.
Más tarde le pediría perdón a cherv’ por tanta mierda absorbida en los últimos días.
Sin más, Rush me dejó con Riden después de darme un pico en los labios. Estuve con la pequeña mierdecilla detrás de las cámaras hasta que volvió a encontrar la oportunidad de dejarme con Rise cuando apareció.
—Creí que Rush lo haría —le dijo a su hermano, frunciendo el ceño.
—Todos creímos eso, pero bien tiene lógica lo que quiere hacer —respondió, sin despegar la mirada de la laptop.
Rise me dio una larga mirada antes de suspirar y encogerse de hombros.
—Escalaste un helicóptero, esquivaste balas, te metiste de lleno en una pelea que no tenías que haberte metido… —enumeró, haciéndome sentir cada vez más pequeña por la seriedad con la que hablaba—. Para serte sincero, que termines cobrando deudas antiguas no será lo peor del día.
Fruncí la nariz, pero me mordí la lengua.
De por sí era un milagro que él no le hubiese podido soltar nada a Rush el día en que me pasé sus peticiones por el culo, mucho menos cuando, al momento de quedarnos solos, le rogué por todo lo que era sagrado que no le dijera nada. Funcionó después del vigésimo intento, con todo y lágrimas, promesas y manipulación incluida. No iba a ser estúpida y fundirme en una pelea con el idiota solo para darle más motivos de abrir la boca de una buena vez.
Eso él lo notó. Su enorme sonrisa lo delató. Cuestión que me hizo morderme aún más la lengua y dejarlo con su hermano de mala gana.
Su risa fue lo que me hizo cuestionarme si de verdad Rush lo extrañaría. Me replanteé las formas de matarlo con un tenedor de postre unas cuarenta veces, la verdad, e iba a seguir imaginando escenarios ficticios con el muy hijo de perra si no hubiese sido porque el equipo de Rush llegó con dos cuerpos atados, ensangrentados, magullados y furiosos como el infierno.
Me quedé inmóvil al verlos.
Habían pasado días, pero el impacto —iba a negarlo si alguna vez me lo preguntaban— era el mismo.
Lo único que pude hacer fue seguirlos con la mirada mientras la élite de Rush los empujaba al centro de la sala, justo en el punto donde estaban las cámaras. Se sintió el cambio de ambiente; eso era obvio. Mucho más cuando las voces de Riden y Rise eran las únicas que se escuchaban, ladrando órdenes y exigiendo movimiento.
Estaban sucios. Tanto Katherina como Alexey. Asquerosamente sucios. Incluso podría decir que habían perdido peso. Sangre. Ropa. Extremidades, si te ponías a detallarlos bien; a Alexey le faltaban dedos y Katherina cojeaba por Dios sabría qué.
Rush se había desahogado. Esos dos eran sus obras. El resultado de lo que años de odio, venganza y ganas de cobrar cada emoción negativa podía hacer. De lo que ellos provocaron.
Y estaba bien.
Me gustó el resultado.
—Rush te quiere allá —la voz de Rise me sacó del trance.
Parpadeé un par de veces. Primero miré a Rise, quien estaba a mi lado, luego alrededor y después a su hermano.
No supe en qué momento la sala se había llenado de gente: mis soldatos, parte del equipo con el que trabajé —si no era que todo—, Kaela, Liam, su esposa… Todos estaban de pie, detrás de las cámaras colocadas en puntos estratégicos para emitir el deceso más esperado del año.
Cada respiración concordaba con el tenso ambiente, cargado de emociones difíciles de procesar. Incluyendo las mías. Pero fue con esas mismas sensaciones que decidí mover los pies hasta el espécimen, posicionándome a su lado. Él me tomó de la mano y, momentos antes de que Riden gritara que estábamos en cada pantalla del circuito cerrado para cada líder de los eslabones de la pirámide, depositó dos cosas: un beso en mi mejilla, seguido de un “aquí vamos”, y una pequeña navaja.
Empezó a hablar antes de que pudiera decirle algo.
—Hacer discursos cortos es algo a lo que estoy acostumbrado, por lo que eso no cambiará hoy —comenzó, la intensidad formando parte de su voz. Sin perder el ritmo, señaló a los dos cuerpos detrás—. Era lo que estaban esperando, ¿no? Lo que querían hacer ustedes mismos, si no me equivoco. La cuestión es que yo lo conseguí primero. ¿Fue un arduo trabajo? Sí. ¿Se perdió más de lo que se ganó? También. ¿Me arrepiento? No. Eso —sus ojos se deslizaron sobre mí y me apuntó el lugar de Erdem; entendí a la primera, por lo que me moví hacia allá—, esto es lo que pasa cuando me tocan las malditas pelotas. Esto es lo que pasa cuando me subestiman, cuando creen que por joder conmigo, con mi familia, con mi maldito entorno, van a salir indemnes.
Apagué su voz un poco con cada paso que daba hacia Erdem. No porque quisiera, sino porque al cruzar miradas con ambos cuerpos, el choque provocó exactamente eso.
La mano en donde el espécimen había depositado la navaja empezó a picar, haciendo reír a mi oscuridad. Por eso tuve que sacudir la cabeza. Fue algo leve. Quizás hasta imperceptible. O eso creí, hasta que la atención de Erdem se centró en mí en un solo parpadeo.
Creí que él se iría al llegar a su posición, pero lo único que hizo fue moverse a un lado, cediéndome su lugar.
Aún así, ninguno de los dos dejó de mirarme. Ni siquiera porque estuve detrás de ellos.
Katherina era quien más me mataba con la mirada. Lo sabía. Lo sentía. Los ojos que Rush compartía con ella denotaban eso y mucho más.
Puedo decir que colisionar miradas con ella se sintió igual que la primera vez que la vi: desagradable. Noté que ella lo sintió también, porque su mirada irradió más odio aún y cada músculo del rostro se tensó a tal punto que pensé que se rompería. Sin embargo, fue Alexey quien habló primero, interrumpiendo el veneno que Katherina estaba por soltar, silenciando a Rush en el acto y llamando la atención de todos.
—Debí dejarme de estupideces y matarte cuando tuve la oportunidad —su voz sonaba rasposa, hundida en rabia.
Pensé que volverlo a escuchar reviviría los traumas que me esforzaba en bloquear, del mismo modo que ocurrió cuando lo tuve frente a frente hacía días. Pero no. Para mi sorpresa, no fue así.
Lo disfruté.
Cada segundo de ello, lo disfruté.
Su tonalidad, el cómo se veía tan miserable como su esposa, la rabia que transpiraba, la indignación e incluso su atisbo de vergüenza.
Todo.
Y aunque quería más, aunque deseaba verlo restregarse en su propia mierda un par de días más, aunque quería que sufriera mucho peor de lo que Rush y yo sufrimos en sus manos, sabía que ni aunque el infierno se abriera y lo tragara, pagaría por todo lo que nos hizo.
Entonces, justo ahí entendí aún más al espécimen. Entendí su desquite, entendí las ganas que tuvo de mantenerlos encerrados por días, entendí sus nudillos magullados, entendí las noches en vela solo para ir y escuchar sus gritos. Entendí el porqué de sus acciones. Entendí por qué infundirles tanto dolor no le bastó.
Porque nada sería suficiente.
¿Para saldar cuentas? ¿Para aliviar el dolor? ¿Para borrar todo por lo que tuvimos que pasar? ¿Para sanar el trauma que su maldito progenitor había dejado en mí? ¿En él? ¿En los demás? No.
Nada sería suficiente para borrar todas las marcas que se encargaron de dejar en todos.
Nada.
Y no sabía qué era lo que me tocaba más el nervio: si darles la salida fácil y que la muerte los alcanzara por fin, o que se quemaran en el infierno y aún así no tuvieran remordimiento alguno por todo lo que ambos nos hicieron pasar.
El golpe limpio en la cara de Alexey fue lo que me hizo reaccionar. Porque no había sido Rush. Ni Erdem. Mucho menos Rise o Riden. Quien había decidido cerrar su patética boca había sido yo. Y quizás eso fue lo que le jodió más. Porque no llegó a darle en la espinita a Rush, no pudo provocarlo lo suficiente como para que él perdiera el control de nuevo, como de seguro había hecho desde hacía días.
—Debiste —musité en un hilo de voz, alzando su cabeza por su cuero cabelludo, mientras que el espécimen continuaba con su discurso. Me deleité con su expresión rabiosa—. Lástima que no pudiste.
Justo en ese momento, sentí la mirada de Rush. Sonreí. Al colocarme detrás de su progenitor, sonreí. No miré a nadie más que no fuese Alexey, pero supe que había llegado el momento y sin una sola palabra más, lo hice.
Entonces… satisfacción.
Eso fue lo que sentí cuando por fin pude deslizar el filo de la navaja por el cuello del hijo de puta. Eso fue lo que yo sentí, lo que sintió Rush y lo que sintió —estaba segura— cada bendita persona que mantenía los ojos en la transmisión, incluyendo a los de la sala.
—¡Esto es solo un recordatorio! —la voz del espécimen volvió a llenar el lugar, apaciguando los gritos de euforia de los soldatos y personas reunidas—. ¡¡Esto es para recordarle a cada clan, cabeza de la pirámide o cualquier maldita rata que el nombre de la ‘Ndrangheta nunca desapareció y por más que el bastardo que ustedes ven con la garganta abierta intentó enterrarlo, sus esfuerzos no fueron suficientes!!
»Agarren esto de ejemplo. Entiendan que quien sea que ose perpetrar contra mi familia o contra quien esté bajo mi protección, va a terminar igual o peor que el líder de la maldita pirámide.
»Ahora están bajo mi mandato. Todo lo que Alexey Montalbano dejó luego de morir es mío porque soy su heredero. ¿Buscan a un líder para la pirámide? Soy yo. ¿Buscan un nuevo objetivo para apuntar todas sus mierdas? Aquí estoy. ¿Quieren matarme en venganza? Saben dónde me ubico. Todos y cada uno de ustedes, jodidos bastardos, me pertenecen y será así hasta que alguien tenga los cojones necesarios para deshacerse de mí.
Erdem no perdió tiempo. Me señaló a una Katherina Montalbano, lista para unírsele a su jodido esposo. Me moví hacía ella. Sonreí aún más al ver el miedo brillando en sus ojos.
Me tomé mi ritmo. Con lentitud y disfrute, tomé sus brazos y la puse de rodillas.
—Ni una pizca de miedo, ¿no? —le susurré—. De verdad espero que sigas así cuando toques las puertas del infierno —tomé su cuello y posicioné la punta de la navaja en su asquerosa y pegajosa garganta—. ¿Hay algo más que quieras decir?
Los ojos grises de Katherina volvieron a chocar con los míos y su rostro se transformó en una fea mueca de rabia.
—Sé tú secreto —dijo, como pudo, en otro susurro.
Aquello… Mierda.
En ese maldito segundo sentí como el corazón se me paralizó para luego subirme por la garganta. El agarre de la navaja me flaqueó un milímetro. Eso a ella le hizo esbozar una sonrisa enorme. Endemoniada.
Traté de calmarme. De respirar profundo. De matarla de una buena vez porque ella no podía estar hablando de eso. Ella no podía saber que…
—Ni tú, ni él, ni lo que tienes creciendo en tu vientre vivirán lo suficiente para ser felices. Me aseguré de ello y, aunque esté muerta, pagaría lo suficiente para ver cómo se te es arrancada la felicidad de tus ojos, cagna.
«Maldita hija de perra», grité en mi subconsciente, furiosa.
—No sé de lo que estás hablando —siseé entre dientes.
Antes de que ella siquiera dijera algo más, el filo de la navaja se deslizó con rabia por su garganta de la misma manera en la que se deslizó por la garganta de su maldito esposo.
Rush siguió hablando. Lo supe porque mantenía la mirada fija en las cámaras. La cuestión era que yo ya no lo oía. Mis oídos estaban cerrados a voces exteriores porque estaba a nada de darme un jodido ataque. “Cómo, cuándo y quién” eran las preguntas que me atosigaban la cabeza.
Sabía que había un topo. Se sabía que era inteligente. Se entendía que quisiera dejarnos a mil metros bajo tierra si estaba trabajando para Alexey o el Boss. Y se esperaba poder suprimir la amenaza antes de que abriera la boca de más.
Harrison estaba en ello.
Rush estaba en ello.
Riden estaba en ello.
Rise estaba en ello.
Maldita sea, yo estaba en ello.
¿Pero cherv’? ¿Cómo diablos había dado con esa información? Tenía contado con los dedos de una sola puta mano quienes sabían de cherv’. Cada uno de ellos estaban vivos y con mi confianza puesta sobre sus cabezas con los ojos cerrados.
«Me cago en todo lo que…».
—¿Princesa?
Me llegó su voz. Aún estaba lejos. Como si yo estuviera bajo el agua y él intentara hablarme desde la superficie.
Sabía que tenía que nadar hacia arriba. Pero no podía. El miedo, la rabia y las ganas de acabar con todo lo que tuviera que ver con el topo me mantenían hundida.
Ahora bien, eso no significaba que el mundo no siguiera girando. Claro que lo hizo. Y al seguir haciéndolo, no le importó que estuviera hundida, paralizada de miedo y preocupación. El universo utilizó a un hombre de ojos verdes para sacarme a la fuerza del fondo acuático, solo para mirarme con un atisbo de la misma preocupación que me estaba carcomiendo.
Hubiese querido que fuese solo él quien me miró así, pero no. El precioso hombre de ojos grises como el plomo también compartía el sentimiento. Entonces, para mi mala suerte, tuve que parpadear un poco, soltar el aire que no sabía que estaba reteniendo en mis pulmones y volver a mirar a su hermano, esperando que entendiera mi mensaje.
—¿Qué es? —masculló Rise, muy bajito, pasando del oído místico de Rush.
«Mierda».
Solo logré articular un “después” antes de que Rush apartara a su hermano de mi cara y me envolviera en un abrazo que no sabía que necesitaba… pero me hacía sentir peor.
—Sé que fue mucho —comenzó a decir contra mi oído—, pero terminó. Todo terminó.
Quise decir algo. Felicitarnos. Compartir el sentimiento de alivio que él emanaba. Sin embargo, todo lo que salió de mí fue abrazarlo de vuelta y llorar en su pecho.
No se alarmó. Él estaba ya tan acostumbrado a mis vuelcos de humor que solo me apretó más contra su pecho y dejó que me vaciara en él. Sé que duré un buen rato porque cuando por fin pude separarme, solo estábamos él y yo en la sala.
—Yo… —hipé, miré al techo, gemí de frustración, sacudí la cabeza y volví a encararlo—. Lo siento, espécimen.
La sombra de una sonrisa, de mi sonrisa, apareció momentáneamente en su rostro antes de negar con la cabeza.
—No tienes nada por qué disculparte, princesa. Todo ha sido demasiado. Incluso para ti. Sobre todo para ti. Si llorar es la mejor manera que encontraste para desahogarte, no me importa ser tu pañuelo de lágrimas, cariño.
«No lo merezco, bendito Jesús, no lo merezco», pensé al tiempo en que él volvió a aplastarme entre brazos. Mi puesto en el infierno estaba asegurado desde hacía tiempo, ¿pero la vacante al lado de Satanás? Esa me la había ganado a pulso. Mucho más cuando disfrutaba de la sensación de sus brazos alrededor de mí todo el maldito tiempo, joder.
—La pirámide es tuya —dije, alejándome de él por mi propia salud mental, luego de sorber por la nariz. Estaba a nada de caer en un jodido hueco por mi bendito cinismo. No estaba segura si podría salir de él si me hundía—. ¿Qué se siente?
Al regalarle una sonrisa minúscula, Rush entrecerró los ojos en mi dirección y el corazón me dio un vuelco, tal y como lo había hecho hacía cuatro días atrás cuando me observó de la misma manera al terminar de bajar de ese helicóptero. Porque entendí que ya no había distracción que le comiera los sentidos. Ya no podía ocultarme en los quehaceres que la cabeza de Alexey requería.
Y yo necesitaba su distracción.
Pero ahora estaba jodida.
Porque si lo que quería era que él siguiera ignorándome de la manera en que lo venía haciendo nada más porque así me facilitaba la existencia, necesitaba crear otro problema del tamaño de Alexey. Quizás uno más enor…
«¡No!», me gritó mi otra yo de inmediato al dar con el hilo de mis pensamientos. Pero era tarde. Al segundo en que Rush abrió la boca, yo también estaba abriendo la mía solo para soltar:
—¿Crees qué, después de todos los cambios que tienes por hacer, el Boss pueda terminar igual?
El tono de voz que utilicé fue lamentable. Deprimente. Incluso diría que hasta preocupado. Pero fue justo por eso que casi suspiré de alivio al ver como los ojos del espécimen volvían a nublarse al tener otro problema monumental danzando frente a sus narices.
«Eres una maldita perra cínica», siseó esa otra yo. Y si bien tenía razón, enterré esa maldita voz en las profundidades del inframundo.
No necesitaba más culpa de la que tenía encima. Ya tenía el contenedor lleno. Tanto así que sabía que en el momento que me quedara sola en la noche, lloraría, maldeciria y me castigaría la cabeza por haber extendido mi “suerte” un poco más porque no tenía los ovarios bien puestos para soltarle todo al padre de lo que crecía dentro de mí.
—Esperemos que sí —suspiró él, tomándome de la mano. Lo miré, algo confundida—. Surgieron cosas en el búnker. Hay que resolverlas. No me agrada, pero tenemos que hacerlo —solté un gemido lastimoso—. Si lo que quieres es quedarte aquí hasta que yo vuelva, princesa, puedo…
Negué con la cabeza. Eso de estar lejos de él, por mucho que yo no quisiera enfrentarme a otra cosa que no fuese mi cama, no me gustaba del todo. Él debió saber por dónde iban mis pensamientos ya que solo soltó una risilla entre dientes antes de depositar un beso leve en mis labios, provocando caos entre mis piernas.
Fue mi turno de soltar un suspiro de resignación, y así, sin decir nada más, nos encaminamos a las afueras de la mansión. El helicóptero estaba listo, por lo que no tardamos en despegar e iniciar el viaje de nuevo al búnker.
Para mi martirio interno, al colocar un pie dentro de la baticueva, no se tardaron en atosigarnos. Era de esperarse, lo sabía; sin embargo, estar de nuevo dentro de cuatro paredes, viendo con fijeza a personas que conformaban el consejo detrás de una pantalla, no era lo mío. Traté de aguantar lo más que pude; volví a escuchar más felicitaciones, el curso que tomaría la pirámide de ahora en adelante, los consejos, las sugerencias e incluso los problemas nuevos a los que nos enfrentaríamos por desafiar el “orden natural de las cosas” según Farid. Pero estaba a punto de lanzarme de un puente si continuaban enfrascándose en tonterías que pudimos haber discutido en otra bendita ocasión.
Para ser honesta, tenía hambre, sueño y prefería estar en cualquier lugar menos en el que me encontraba. Y creí que pasaría la tarde escuchando palabrería absurda, no obstante, la vida sugirió que ya había pagado mis males cuando alguien —no sé quién fue, no me pregunten— requirió la presencia del mayor de los Massey.
Rush estaba a nada de presionar el botón del comunicador que decoraba la mesa redonda de la sala de reuniones, pero no lo dejé. Con rapidez me levanté de la silla que colocó a su lado y aparté su mano de un manotazo.
—Yo voy —dije, ganándome la sonrisa más grande que pudo darme, ignorando la pantalla con personas adentro.
—Por supuesto —replicó, bastante divertido con la situación—. Aprovecha de traer también a Riden. Necesito que…
—¡Anotado! —exclamé, ya con un pie fuera del lugar, lista para correr por los pasillos.
Lo último que escuché antes de lanzarme de cabeza por ellos fue la contagiosa risa del espécimen. Aquello me generó una sonrisa lo bastante grande como para que, a pesar del día, los soldatos con los que me crucé en mi búsqueda personal me saludaran como de costumbre.
Estaba correspondiendo más felicitaciones por parte de un par de chicas para cuando llegué a la guarida de los Massey. Al adentrarme, iba a gritar que Rush necesitaba sus culos ridículos, pero toparme con una Mila muy bonita, lectora y solitaria hizo que me mordiera la lengua.
Desde que capturamos a Alexey, no la había visto. El caos que surgió después de eso me había mantenido de aquí para allá, tanto en la mansión como en la baticueva, por lo que no me cohibí en acercarme cuando me saludó con una sonrisa muy propia de ella. Le correspondí la sonrisa con otra, pero entrecerré los ojos cuando los suyos brillaron con otro sentimiento.
—Hola, Bells. ¿Buscando al par de dos? —cuestionó antes de que yo pudiera decir algo.
—Sí —suspiré, dejándome caer en la silla contigua a ella—. Y me lo estan colocando difícil si no están aquí.
Su bonita risa cantarina inundó mis oídos.
—Debiste llegar diez minutos antes. No tienen mucho que se largaron a yo no sé dónde —se encogió de hombros, evitando mi mirada con ganas mientras jugaba con las hojas de su revista de decoración.
Fue al segundo en que atrapé su barbilla entre manos que lo que estaba reteniendo salió a la luz.
—Ay, cariño —fue todo lo que dije antes de atraparla en mis brazos.
—¿Terminó? —me preguntó con cautela, con la voz de alguien que de verdad no podía creerlo—. ¿En serio todo terminó?
La apreté en brazos antes de soltar un sencillo:
—Sí.
Mila me correspondió el abrazo, soltando, por fin, a llorar. Su dolor se palpaba. Ella amaba, pese a todo lo que pasó, a sus intentos de padres. Le dolió todo lo que nos hicieron, sí, pero para ella seguían siendo sus figuras paternas.
No lo entendía, para ser honesta. Tampoco quería meterme de lleno en ese territorio. Era zona roja tanto para mí como para sus hermanos mayores, por lo que solo cerré el pico y la consolé hasta que ella decidió que era suficiente luto. Sabía que estaba tardando con mi tarea encomendada, pero Rush lo entendería.
Percibí el segundo en donde sus emociones pasaron del dolor a la rabia. Sus ojos también me dieron el indicio del cambio, pero aun así esperé que hablara. Yo no pisaría esa raya si ella no estaba segura de pasarla.
—Espero que se estén quemando en el infierno —su voz sonó lo bastante convincente como para que yo soltara una risa entre dientes y asintiera.
Mila aprovechó para limpiarse las lágrimas, tomar una respiración profunda y entrelazar su brazo derecho con el mío.
—Vamos. Tenemos personas que encontrar.
Guardándome un suspiro, dejé que me arrastrara, aun cuando lo que quería era cerrar los ojos por más de cinco horas seguidas y que toda la pesadilla terminara conmigo y el espécimen en una cama, listos para tomar la hibernación más larga de toda nuestras vidas.
«Mínimo merezco eso», pensé sin dejar de caminar. «Eso y un buen plato de yogurt con arándanos. Y una follada. Sí. Eso nunca está de más».
♦ ♦ ♦
Para cuando terminó la reunión después de volver a ese tedioso espacio con personas que me habían mandado a buscar y una más, el trabajo seguía llamándonos. Por eso estábamos de vuelta en la mansión. Había más cosas aquí que requerían nuestra atención, así que no pudimos posponerlo por mucho que mi cuerpo gritara por un descanso digno. Incluso Rise lo entendía. No le gustó y se pegó a mí como una garrapata todo el viaje, ordenándome entre susurros hidratarme y tragar arándanos, ganándose la mirada divertida de Rush, pero mantuvo sus objeciones a raya.
—Ten en cuenta que si, por casualidad de la vida, mañana te veo haciendo cualquier mierda que no sea estar amarrada a una puta cama, seré tu jodida pesadilla personal, ¿me entiendes? —continuó susurrando al segundo en que puse un pie fuera del helicóptero—. Justine te dijo que necesitas descansar, y yo soy más que capaz de seguir sus indicaciones al pie de la letra y encerrarte en cualquiera de las habitaciones de aquí si te veo pasándote lo que se te ordena por el culo.
Gemí, contrariada.
—¿Puedes dejar de hablar tan bajo? No tenemos a nadie alrededor, imbécil —le señalé el espacio vacío.
Rise me retuvo en el interior de la nave hasta que dejé el tercer plato de waffles de arándanos limpio. Por mucho que mi espécimen y su hermano menor quisieran quedarse para verme y reírse de las estupideces a las que me obligaba su hermano mayor, tuvieron que bajarse para atender pendientes.
De más está decir que ambos mandaron al infierno dichos pendientes, pero con varias personas rondando a tu alrededor, repitiéndote lo mismo una y otra vez, mandar aquellas cuestiones al inframundo era una tarea difícil. Así que no tuvieron de otra que perderse mi fastidio personal con patas y atender dichos asuntos de muy mala gana.
—Estoy tomando precauciones —su voz bajó otra octava, cosa que me hizo estremecer porque sabía a qué se refería—. Después de lo que me dijiste… bueno. No me tomaré nada a la ligera hasta que todo con respecto a ese tema termine.
Debí, jodidamente debí haberme tragado lo que Katherina me había dicho. Pero no. La niña quería desahogarse y le contó todo al imbécil que tenía enfrente al instante en que pudieron conversar solos y a gusto. Ahora contaba con más vigilancia de la que podía soportar y cómo me arrepentía de eso.
Volví a gemir en voz alta, negando con la cabeza. Rise estuvo a nada de decirme algo, pero el llamado a lo lejos lo hizo desistir… por unos segundos antes de negar con la cabeza.
—Vete —le apunté, para mi sorpresa, a un Gael muy serio que caminaba hacia nosotros—. Tienes que, al igual que yo, trabajo que hacer. Deja de ser mi bendito halcón por un par de horas y lárgate de una buena vez, Rise.
—No…
—Sí —tajé su inútil intento de pasar por sobre mí—. No voy a meterme en balaceras espontáneas, no me caerá un meteorito del cielo, no comenzará la tercera guerra mundial. Estoy bien, de una pieza, mejor alimentada que muchos y cabreada con el universo por tantas cosas que no tenían que haber pasado, pero que de igual manera pasaron. Si no quieres que pague mi mierda contigo, vete al infierno y quédate ahí un par de horas, maldita sea.
No esperé respuesta alguna de su parte. Lo dejé ahí, plantado detrás de mí, y troté hacia el interior de la estúpida mansión. Quise pasar de largo e ir a un lugar lejos de todo el maldito mundo, pero me sorprendió ver que la casa estaba inmaculada, cosa que me tomó en guardia baja.
Se habían tomado la tarea de limpieza muy en serio con el pasar de los días, pero hoy era otro cuento. Ya no había nada de vidrios por doquier, nada de sangre, nada de cuerpos. Se encontraba pulcra. Y quizás con una energía completamente diferente. Tranquila, incluso.
Al escuchar a lo lejos el otro helicóptero aterrizar afuera, sabía que tenía que ponerme en marcha, todo para ayudar a los demás a descargar las cosas que Rush había ordenado traer, pero… fue la curiosidad que me picó primero. No quería, pero en un abrir y cerrar de ojos, me encontraba moviéndome por todo el interior, tan solo para observar cuartos, admirar cuadros y disfrutar la vista al mar cuando entré a lo que parecía la oficina principal de alguien. En los cuatro días que había estado aquí, había estado tan ocupada que curiosear era lo menos que había hecho.
Respiré profundo cuando el salitre del mar me rozó la nariz al salir al balcón desolado —gracias al cielo— y los rayos suaves del atardecer me saludaron.
¿Qué hora era ya? ¿Pasadas las cinco?
Apoyé las manos en parapeto de piedra y me dediqué a observar el movimiento continuo de las olas.
—Estamos bastante lejos de poder relajarnos, pero debes admitir que es una bonita vista, Kends —mascullé, luego de unos minutos de silencio. No quería, sin embargo, las lágrimas me empañaron los ojos. De inmediato, mi mano paró sobre mi vientre—. Sería tan estúpidamente agradable que estuvieras aquí. Así me ahorrarías una culpa hija de puta y todos estaríamos contentos con la noticia.
Seguí jugando con las manos sobre mi vientre mientras trataba de contener la avalancha de hormonas.
—Te extraño —miré el sol que se iba escondiendo por detrás del mar—. Te juro que te extraño. De todas las cosas que pensé que iba a perder, tú no eras una de ellas. Pero no estás. Te perdí. Mi culpa o no, lo hice. Ahora… —sorbí por la nariz cuando las lágrimas no las aguanté—. No estoy sola, lo sé. Tengo mucho más de lo que creí que tendría en la vida, ¿pero podemos volver el tiempo atrás, dónde te tenía a ti también?
»Todo es mucho. Demasiado para mí. Hay tantos problemas ahora que… Joder. Estoy tan… perdida, Kends. Todo lo que estoy tratando de no sentir es culpa, bastante rabia, odio y preocupación. Jesucristo, ni siquiera entiendo como estoy aquí sin desmoronarme en el camino. Te juro que no sé qué hacer y estoy muy segura de que si estuvieras aquí ya me hubieses resuelto la vida.
A este punto no era más que lagrimas silenciosas y un puto dolor en el pecho que me deshacia poco a poco, pero tuve que contenerme. Tuve que recomponerme, parpadear y limpiarme la nariz porque no iba a derrumbar cada bloque que logré alzar para taponar la represa de depresión que me hundía cada vez que tenía la oportunidad.
Y que Dios me ayudara si llegaba a caer ahí de nuevo. No estaba segura de que pudiera salir del hueco por más que tuviera gente para ayudarme.
—Estarías exigiéndome ahora que lo dejara salir —traté de esbozar la mejor sonrisa que pude—. Y yo te estaría diciendo que llorar es para maricas. Me abrazarías, lloraría porque eso es lo que me haces hacer cuando me abrumo, y todo quedaría en una anécdota más que nadie sabría porque así funcionábamos. Pero tengo una excusa viable para ti esta vez —toqueteé a cherv’. Creo que le di una sonrisa cero fingida—. Así que llorar no está a mi alcance justo por leer esas cosas en donde “no se puede llorar porque le afecta a cherv’”.
Esta vez sí me eché a reír un poco cuando la sensación de amor extraña me invadió el cuerpo y solté un suspiro largo.
—Te prometo que estarías disfrutando de verme tan estúpida —miré al cielo momentáneamente—. Si es que no lo estás haciendo ya, y te estés riendo de mí mientras lloras por saber que tienes un sobrino en camino —entrecerré los ojos—. Por cierto, aprovechando que andas saltando por las nubes, ¿me podrías mandar en un sueño qué es cherv’? Sé que lo sabes. Dudo que haya impedimentos allá arriba —fruncí la nariz—. Bueno, sé que decir malas palabras y todo lo coherente está prohibido, pero… ¿una revelación de sexo mediante un sueño? No creo. Digo, ¿no fue así como Diosito se lo dijo a Maria? Es decir, Él mandó a un ángel a decirle que tendría un bonito niño varón que sería la salvación del mundo, ¿no?
»Pero, bueno, mientras mueves las influencias que sé que ya hiciste por allá, por acá te prometo que mantendré un ojo en el maldito fastidio andante que tenías como tuyo —no era necesario decirlo en voz alta. Ella ya lo sabía. Pero me entró la necesidad de decirlo. Si seguía con el tema de cherv’, iba a romperme de nuevo y buena suerte de mí para mí tratando de volver a recomponerme—. No podré evitar que sea un hombre promiscuo si es que decide que ya es tiempo de hundirse en algún coño alguna vez en su vida, pero evitaré que se pierda tanto como yo. También lo haré con tu nueva mascota —sacudí la cabeza y rodé los ojos al recordar a Jim—. Lo conocí. Tenías razón con él, pero me hubiese gustado mucho que se lo hubieses dejado a Aaron. El imbécil tiene más cara de ser niñera que yo. Sin embargo, facilitarme las cosas a veces no era lo tuyo, ¿cierto?
Sonreí.
Me quedé observando un rato más las nubes pasar y acoplarse en figuras que creí que formaban cuando el silencio me envolvió el cuerpo y los tonos naranjas más oscuros surgieron. Tan perdida estaba por los bonitos colores que pegué un ligero brinco al sentir unos brazos rodearme la cintura. Me aplasté contra su pecho y respiré profundo cuando supe quién era.
—Por mucho que me agrade el silencio, estaba preguntándome dónde estabas.
—¿Extrañando mi parloteo incluso en un día tan movido? —reí, disfrutando mucho su toque.
—Extrañándote a ti todo el maldito tiempo, en realidad —rozó sus labios contra mi cabello—. Mucho silencio, desde que te conocí, dejó ser de mi agrado. Me gusta escucharte, verte, abrazarte —sus brazos se cernieron aún más en mi cintura—, besarte, escuchar tus…
—¡Lo entiendo! —corté con una sonrisa más grande lo subido de tono que de seguro iba a soltar—. Soy lo mejor que te ha pasado en tu vida y el silencio dejó de estar en tu agenda desde que disfrutas el hecho de hacerme perder la cabeza. Entendido.
Su pecho se sacudió en una risa silenciosa.
—Exacto.
De nuevo, el silencio nos envolvió. Nos quedamos así; él abrazándome y yo pegada a su pecho, con la vista perdida en el precioso atardecer por unos cuantos minutos más, hasta que él decidió romper el sonido relajante del vaivén de las olas.
—Es muy extraño no escuchar eso de “bien hecho, bastardo inservible” con mucho veneno cargado cuando las cosas salen bien —dijo contra mi cabeza, tomándome por sorpresa.
Tuve que abrir y cerrar la boca varias veces antes de responder algo medianamente decente.
—Te diría más que eso, pero si es lo que extrañas… —sacudí la cabeza, incrédula, volviendo a sentir esa calidez extraña cubrirme el cuerpo entero.
Rush no había hablado mucho de Kendall. La verdad era que rara vez la mencionaba. Sabía que era por evitarme cualquier tipo de incomodidad, pero el que lo hiciera ahora daba en el punto más emocional y hormonal que tenía disponible.
—Extraño también ver al otro bastardo celoso hasta la médula —sus labios me rozaron la mejilla derecha—. Seguro como el infierno que ella también disfrutaba colocarlo así. Quiero creer que en dónde sea que esté, disfrutará ver eso cuando le vuelva a tocar.
Volví a reír, dejando caer las lágrimas que me eran imposibles controlar.
—Estoy muy segura que en el momento en que Kendall le ponga una mujer en el camino a Rise, gozará cada minuto de hacerlo sufrir.
Rush también se echó a reír. Luego, se propuso a besar cada lágrima que rodaba por mis mejillas. Era lindo. Adorable incluso. Tanto que la culpa se instaló como una perra rabiosa en mi estómago por los cinco minutos más largos de mi vida, hasta que el ambiente cambió a algo más… húmedo, cuando los besos que dejó en mis labios se hicieron más pronunciados. Largos. Excitantes.
Ahí, la culpa fue inmediatamente reemplazada por agua entre mis piernas. Y no me enojé. Dios sabía que yo no me colocaba difícil cuando del espécimen se trataba. Habían pasado días desde nuestro último encuentro sexual y necesitaba a ese maldito hombre follándome como el creador del infierno mandaba.
—Rush.
Mi tono fue de advertencia. No gemido, no de necesidad. ¿Por qué? Porque, en definitiva, tocarle los huevos a ese hombre siempre sería algo que disfrutaría más que cualquier otra cosa. De nuevo, ¿por qué? Porque joderlo cuando él se notaba tan necesitado como yo…
—Demasiado tiempo, princesa —gruñó, ya de malas, alzándome de golpe. Enredé las piernas en su cadera por inercia, tragándome una sonrisa. El suave sonido de las olas rompiendo seguía escuchándose cuando mi espalda tocó la dura superficie del escritorio, y él decidió tirar todo al suelo—. Demasiado maldito tiempo —repitió, comiéndome la boca con desesperación.
… Era tentar a Satanás en persona.
Rush interpretó mi silencio, la falta de resistencia verbal o el menor gemido de protesta, como una innegable victoria. Una sonrisa lenta y depredadora se extendió por su rostro, iluminando sus ojos con un brillo oscuro y posesivo que me hizo trizas las piernas. Mis músculos estaban tensos, pero la fatiga y una extraña resignación me anclaban a la inmovilidad.
Sus manos se movieron con una prisa calculada sobre mi camisa. No hubo titubeos ni delicadeza, solo una necesidad abrasadora de despojarme de la última barrera de tela. Sentí el tirón al ser alzada con brusquedad, y en cuestión de segundos, la prenda fue deslizada por mi cabeza y arrojada sin miramientos a algún rincón del lugar.
La brisa que venía desde el balcón, aunque cálida, logró erizarme la piel. Su mirada se centró entonces en la hebilla de mis pantalones. Con un movimiento rápido y eficiente, se deshizo también de mi pantalón. Un siseo involuntario escapó de mis labios cuando mi piel desnuda hizo contacto una vez más con la fría madera.
Creí que lo primero que sentiría sería su lengua contra mi clítoris. Pero no. Y por eso mismo, el chillido que rasgó de mi garganta estuvo a la par con la fuerza que el muy hijo de perra ejerció al partirme en dos.
Tres.
Seis.
Once malditas veces.
Y la cuenta seguía subiendo tanto como mis gemidos.
Rush arremetía sin decoro y, jodánme, me encantaba. Con cada embestida borró el cansancio, las horas distanciados, la tensión y el estrés. Todo se disipó en un abrir y cerrar de ojos, dándole paso al salvajismo en su estado más natural.
—¡Dios mío! —jadeé… o medio grité… no estaba segura de qué hice, pero sí estaba consciente de que quería más. Jodidamente mucho más.
Y lo captó. Sin decir nada más, lo entendió. Porque así funcionamos. Así que me lo dio. Con cada respiro que daba, sus arremetidas se hacían más profundas, más rápidas, más violentas. No hubo pausas, no hubo palabras bonitas. Solo gemidos, jadeos, sudor y brutalidad en el mejor de los putos sentidos.
Su mano se movió a mi clítoris cuando lo único que salía de mí eran balbuceos inentendibles. Hizo círculos tan bien trabajados que casi tocaba las puertas del cielo. Solo faltaba…
—Mia principessa —musitó en mi oído, con voz ronca.
Oh.
Dios.
Mío.
Mi cerebro se tardó segundos en traducir lo que dijo, sí, pero mi cuerpo reaccionó al instante: me corrí. Con fuerza. Tanta que estuve a nada de dejar el plano en el que habitaba para irme al cielo, porque la sensación de escucharlo decir cosas sucias en su propio idioma mientras me embestía con intensidad no debía ser malditamente legal, Dios mío.
Estaba desconectada. Casi que satisfecha. Lo sentía en cada parte del cuerpo, pero aún así, no sabía qué clase de pacto satánico había hecho, porque sentí como salió de mí sin miramientos y se instaló entre mis piernas, pasando el primer lengüetazo que me hizo ver la bendita galaxia entera.
No sabía de dónde saqué la energía necesaria para conseguir más. Pero la conseguí. Porque estaba frotándome contra su cara. Cabalgándola. Dado que las sensaciones que despertó las quería de nuevo. Demasiado.
—La mia principessa bisognosa —rió contra mi coño más que empapado.
—Rush… maldita sea…. —mi voz salió rota, mojada de necesidad y urgencia. No era una súplica; era una provocación descarada, una invitación a que terminara lo que había empezado… o a que me castigara por querer más. Con cualquiera de las dos estaría más que bien.
Sus manos se afirmaron en mis muslos, firmes, posesivas. No dijo nada. No lo necesitaba. Al alzar la cabeza, el brillo oscuro en su mirada prometía exceso, y eso me hizo arquearme aún más sin pudor, buscando más presión, buscando más fricción, buscando más de él.
Era ridículo cómo mi cuerpo reaccionaba a cada mínimo gesto suyo, cómo una caricia lenta podía ser peor que cualquier golpe. Me tenía exactamente donde quería y jugó con eso: dejó mi coño mojado y no dudó en voltearme para dejar mi culo al aire.
Las piernas las tenía tan dormidas que fue un milagro que no cediera contra el piso.
—Tenerte así es… adictivo —murmuró.
No tuve que voltear la cabeza para saber que tenía una media sonrisa peligrosa plasmada en la cara. Su voz me lo decía todo.
Empezó a subir las manos. Pasó por mis piernas, mis rodillas, la cara interna de mis muslos. Hizo todo un recorrido hasta llegar a mi culo con tal lentitud que mis gemidos se hicieron más necesitados.
—Días —susurró contra mi piel al inclinarse, lento, casi pensativo—. Días sin tocarte así, sin tenerte… así.
Quería que empezara a moverse. Quería de nuevo el dolor asombroso de quebrarme por la mitad. Pero no. Sus manos seguían ahí, firmes en mis nalgas, sin avanzar. No tomaban. No concedían. Solo sostenían, como si me recordara —cruel, delicioso— que el control aún era suyo.
Mi respiración se volvió irregular, desordenada. Sentía el latido en todos lados, un pulso desbordado que me nublaba la cabeza y me encendía la piel.
—Tan receptiva… tan despierta —sus dedos recorrieron mi espalda con una lentitud desesperante.
Y él lo notó.
Por supuesto que lo notó.
Porque entonces, sus labios estuvieron contra mi cuello mientras que la punta de su nariz subía y bajaba con apenas un roce.
Me estremecí. No porque me lo dijera, sino porque era verdad. Mi cuerpo estaba reaccionando con una intensidad que no recordaba, amplificando cada sensación, cada roce, cada maldita pausa que él se tomaba solo para verme perder el control.
Y, maldita sea, gemí. Gemí con ganas, desesperada por detener cada latido en mi coño que se hacía más insoportable con la espera.
—Rush, o te vas a la mierda, o dejas de provocarme —le exigí, restregándome contra él sin vergüenza.
Su risa fue un golpe directo al pecho.
—No —respondió, simple, dominante—. Te extrañé demasiado como para no disfrutar esto.
Dicho eso, decidió recorrerme con lentitud aún más deliberada, como si quisiera memorizarme otra vez, como si cada centímetro de piel fuera una confirmación de que seguía siendo suya. Yo me movía contra él sin pensar, empujada por una ansiedad deliciosa que me nublaba el juicio y me volvía descaradamente hambrienta.
No lo pensé.
Tomé el mando.
Ejerciendo la fuerza justa, lo empujé, haciendo que cayera en la silla detrás de él. Eso lo tomó desprevenido. Pero le gustó. Por la sonrisa que se le dibujó en el rostro, y el cómo sus pupilas se dilataron, tomé la pista.
Estaba segura de que soltaría palabras, pero cualquier cosa que pensaba o iba a decir murió en su boca; tomé su falo erecto con ambas manos y sin darle tiempo de nada, lo monté de un delicioso sentón.
Cualquier atisbo de raciocinio, de control que tenía desapareció de mi sistema al volver a tener la maravillosa sensación de partirme en cinco si era posible. Lo cabalgué. Subí y bajé de él tantas veces como me fue posible, construyendo, armando para mí misma el orgasmo que el muy hijo de puta se negaba a darme.
—Printsessa —siseó, aprisionando mis caderas con ambas manos, tratando de controlar mis movimientos.
No lo dejé.
Soltando un gruñido, seguí. Creé un ritmo con el vaivén de mis clavadas desenfrenadas y lo ignoré. Con toda la intención. Porque el placer que me daba cabalgarlo mientras escuchaba maldiciones salir de su bonita boca y de cómo su cuerpo se tensaba bajo el mío, era magistral. Eché la cabeza hacia atrás y disfruté de mi propio deleite, sintiéndome ir.
Él, al entender que no iba a poder contenerme, decidió unirseme. Comió mis tetas, chupó mi cuello, mordisqueó mis clavículas y se encargó de dejar marchas en mi pecho que me costarían tapar al tiempo en que yo apreté sus hombros, rasguñé su pecho y gemí incoherencias. Estaba a nada de soltarme por completo, de reclamar mi recompensa por haber aguantado tanto los últimos días, pero la vida era una maldita.
Me descuidé.
Fue por eso que no sentí su insistencia, que logró inmovilizarme. Logró cesar mis movimientos cuando estuve a punto de ver el bendito cielo una vez más.
Mi garganta dejó escapar una especie de sonido exasperante al dejar caer la cabeza en su pecho.
Eso solo lo hizo reír entre jadeos.
—Estás distinta —murmuró contra mi cuello, aspirando despacio, tratando de apaciguar tanto su respiración como la mía—. Más sensible. Más… necesitada.
La forma en que lo dijo me hizo gemir sin permiso. No de vergüenza. De puro reconocimiento. Incluso hasta de frustración.
No estaba para sus estúpideces. Necesitaba correrme, maldita sea.
—O te vas a la mierda —gruñí sin decoro, pero mi voz tembló cuando nuestras miradas chocaron—. O me follas. Elige una.
Soltando otra risa entre dientes, eligió la segunda.
Cortando los juegos, tomó mis caderas con rudeza y plasmó mi pecho de vuelta en el escritorio, dejando mi culo al aire para hacerlo resonar con una nalgada intensa. No me dio tiempo de mandarlo al infierno cuando decidió que era hora de volver a romperme. A deslizar su verga por mis pliegues adoloridos sin un atisbo de delicadeza.
Mentalmente le agradecí al cielo, mientras que por mi boca escapaban palabras vagas, jadeos y gemidos. Escuché sus maldiciones, escuché el choque de nuestros cuerpos, saboreé su boca y grité cuando me lo pidió.
Cerré los ojos, disfrutando cada jodida sensación que me recorrió de la cabeza a los pies. Todo se intensificó cuando tomó un buen puñado de mi cabello y tiró mi cabeza hacia arriba.
—Si te vas a correr, quiero que sea con los ojos abiertos y en mí, printsessa. Siempre en mí —el gris de sus ojos cobró tal fuerza que casi ahogó la negrura de sus pupilas.
Y así lo hice. No tuve elección. Su mirada me atravesó, me desarmó y me reconstruyó en el mismo instante. El tirón de mi cabello fue el detonante final, el filo que cortó la última cuerda de mi control. Un grito ronco, desgarrador, escapó de mi garganta mientras el orgasmo me arrasó como una ola de fuego y hielo. Fue violento. Abrumador. Total. Mi cuerpo se contrajo, se retorció, aferrándose al filo de la madera como única ancla en medio de la tormenta que él mismo había desatado, y sentí cómo se vaciaba dentro de mí con un rugido sordo que vibró hasta los huesos.
Por un momento, no hubo nada más. Solo el sonido de nuestras respiraciones rotas y el peso de su cuerpo sobre el mío, que me mantenía clavada al escritorio como un trofeo de su conquista. El sudor nos pegaba la piel, y el olor a sexo y a Rush me inundaba los pulmones, embriagándome más que cualquier aroma.
Pero el descanso fue una ilusión. Antes de que mi corazón siquiera dejara de martillearme en el pecho, él se movió. Su verga, todavía dentro de mí, se endureció con una nueva vida que me hizo gemir contra la madera. Sentí su risa baja y vibrante en mi espalda.
—¿Ya, printsessa? —murmuró, su voz un gruñido cargado de promesas obscenas—. Te hacía más… resiliente.
Se retiró de mí con una lentitud intencionada, dejándome sentir cada centímetro de su vacío. La pérdida volvió a ser tan brusca que un gemido de protesta se me escapó. Me agarró de la cintura y me giró, sentándome con brusquedad en el borde del escritorio. Se separó un paso, solo para admirarme, con los ojos oscuros recorriéndome de arriba abajo como si fuera un banquete y él, un hombre hambriento.
—Aún así, creo que aguantas más —dijo, y su mirada se detuvo en mis pechos, que se sentían más hinchados, más sensibles bajo su escrutinio. Una sonrisa pícara se dibujó en sus labios—. Parece que me extrañaste más de lo que pensaba. Estás radiante.
Se inclinó y, en lugar de besarme, pasó la lengua por uno de mis pezones, ya duro. El chillido que escapó de mi garganta fue agudo, casi doloroso. El placer fue tan intenso que se convirtió en una punzada directa en mi clítoris, que latía con mucha más fuerza, despierto y exigiendo más de su atención.
—Rush, por favor… —suplicé, y esta vez sí fue una súplica. Una necesidad desesperada de que me volviera a romper, a llenarme, a acabar con esa tensión que me estaba volviendo loca.
—¿Por favor qué, printsessa? —susurró contra mi piel, mordiéndome con suavidad el pezón—. ¿Quieres qué? —su mano bajó, sus dedos abriéndose paso entre mis pliegues, ya húmedos otra vez. Me introdujo un dedo, luego dos, con una lentitud tortuosa que me hizo arquear la espalda, empujando mi pecho hacia su boca—. Enuncia, mi amor. Gánate que te haga olvidar tu propio nombre y solo recuerdes el mío.
«Jesucristo bendito», pensé, haciéndome papilla.
A estas alturas ya estaba lista para arrodillarme y rogar si eso era lo que quería, pero él no esperó nada y, en lugar de tomarme de nuevo allí, me agarró por las caderas y me bajó del escritorio. Mis piernas volvían a temblar tanto que esta vez sí hubiera caído al suelo si no fuera porque me sostuvo. Me giró y me empujó hacia la silla detrás de él. Caí en ella con un golpe sordo, las piernas abiertas por la inercia, completamente a su merced.
Se arrodilló frente a mí, la altura perfecta para que su boca estuviera a la altura de mi coño… Una vez más. Me miró desde abajo, una imagen tan poderosamente erótica que otro estremecimiento me recorrió. Nadie iba a negarme el maldito placer de tenerlo así. Para mí. Y ojalá que fuera para toda la vida, Dios mío.
—Mi maldito pedazo de cielo —dijo, y sin más advertencia, pasó su lengua por cada milímetro de mí.
Un grito ahogado se atascó en mi garganta. Sus manos se afirmaron en mis muslos, abriéndome más, impidiéndome cerrar las piernas. Se dejó de juegos previos. Solo había una voracidad absoluta. Lamía, chupaba, mordía mi clítoris con una urgencia que me tenía al borde de la locura. Mis manos se enredaron en su pelo, tirando, empujándolo más contra mí mientras mis caderas se movían solas, cabalgando su cara.
—Así, printsessa, jódeme así —gruñó contra mí, y las vibraciones de su voz fueron el empujón final.
Me corrí en su boca con una violencia que me dejó sin aliento, arqueándome en la silla mientras un torrente de palabrotas y gemidos incoherentes caían de mis labios. Él se bebió todo, lamiéndome hasta la última gota, hasta que mis temblores se convirtieron en espasmos suaves.
Levantó la cabeza, su brillo y mi bruma en su barbilla. Se limpió con el dorso de la mano, sonriendo como el hijo de perra satisfecho que era. Se levantó, se desabrochó los pantalones que aún llevaba puestos y los dejó caer. Su verga se alzaba imponente, dura y lista para mí.
—No has terminado —dijo, no como una pregunta, sino como una sentencia. Se acercó, se colocó entre mis piernas y, sin darme tiempo a recuperarme, se hundió dentro de mí de una sola estocada, hasta el fondo.
El grito que solté fue de puro shock, de pura y absoluta plenitud. La silla se balanceó con la fuerza de su primera embestida. Empezó a moverse, y cada embestida volvía a ser más profunda, más fuerte que la anterior. No había ritmo, no había mesura. Solo una fuerza nueva y animal, una necesidad de poseer, de marcar, de reafirmar que yo era suya. La silla crujía bajo nosotros, un ritmo percusivo que se sumaba al de nuestros jadeos y al sonido de nuestros cuerpos chocando.
Sus manos estaban en todas partes. Una sujetaba mi cadera con firmeza; la otra se entrelazó con la mía, presionándola contra el reposabrazos de la silla. Era una posesión total. Y yo me rendí a ella. Me rendí a él. Con cada golpe, con cada mordisco en mi cuello, con cada palabra sucia que susurraba en su idioma contra mi oído, sentía cómo me elevaba, cómo me perdía en un torbellino de sensaciones que no podía controlar ni quería controlar.
—Mía —gruñó contra mi boca, devorándome un beso—. Eres solo mía.
—Tuya —logré balbucear, y esa simple admisión me llevó al borde otra vez, con él acompañándome.
No sé cuánto estuve en el cielo. Juro que no. Pero cuando bajé, estaba en la silla, a horcajadas de él. Casi dejé escapar un gemido ahogado cuando, al moverme, sentí su verga aún dentro de mí.
—¿Estás aquí ya? —cuestionó, burlón, cuando solté un suspiro satisfecha. Él se rió entre dientes—. Extrañé cada segundo todo esto —dijo, pasando la punta de sus dedos con lentitud por mi espalda.
—¿Sí? ¿Qué tanto? —pregunté, dejándome caer en su pecho.
—Podría enseñarte la respuesta, pero primero, estoy curioso sobre algo —dijo como quien no quiere la cosa. Intrigada, levanté la cabeza de inmediato. Sus ojos chocaron con los míos. Arqueé una ceja, a la expectativa—. Sé que he estado disperso los últimos días.
—Es entendible —respondí con una sonrisa, pasando una de mis manos sobre su barbilla.
Me correspondió la mía… hasta que volvió a hablar, y lo que dijo me tomó tan desprevenida que incluso mis movimientos en su rostro cesaron.
—Sin embargo, el que ambos me vean la cara de estúpido no es algo que me guste —¿sí adivinan cuando se me borró la sonrisa y choqué contra una maldita pared de concreto, no?—. Entonces, ¿qué es, princesa? ¿Qué es lo que Rise y tú han tratado con todas sus fuerzas de mantener lejos de mi alcance? —levantó una ceja cuando, después de un rato, seguí sin contestarle nada—. ¿El gato te comió la lengua o desde cuando eres tan callada?
El cielo me estaba dando la entrada perfecta para soltarlo todo. Me constó al segundo de ver la estúpida sonrisa sabionda que el hijo de puta cargaba en su cara. Era el momento de hablar, de confesarme, de dejar de sentirme —por fin— como una perra cínica y manipuladora. Esa que, para ser honesta, se había sorprendido de lo lejos que había llegado con el secreto por su cuenta.
No obstante… ¿por qué diablos tenía aún ese presentimiento de mantener la boca cerrada? ¿Por qué aún se sentía pesado sostenerle la mirada y decirle todo?
«Porque eres una estúpida que todo lo quiere hacer a su manera y, lamentándolo mucho, decirle al padre de tu criatura que es padre no está en tus planes todavía. Ahora, ¿por qué? Ahí tú sabrás», habló mi subconsciente, bañando cada palabra con sarcasmo.
Tenía razón, sin embargo.
Estaba complicando las cosas solo porque quería. Me estaba ahogando en un vaso de agua solo porque sí.
Es decir, sabía que habría gritos. Incluso una pelea monumental por mantener a cherv’ oculto tanto tiempo. Bueno, por eso y por más cosillas que estaba segura que iba a recibir un regaño.
Entonces, sí ya sabía todo lo que iba a caerme encima, ¿por qué diablos no hablaba antes de que todo se destapara de mala manera, y así quizás me salvaba el culo de un destino peor?
No tenía respuestas para ello. Y justo porque no lo sabía, empecé a colocar palabras sin sentido en mi boca, cosa que a él le causó gracia.
—Princesa, ¿qué es? —se rió, bastante inconsciente de mi aturdimiento interno—. Tengo contadas con los dedos de una sola mano las veces que te he escuchado balbucear por algo.
Sus manos acariciaron mis caderas y solté un pequeño gemido. Él volvió a reírse.
—Yo… Bueno… Es… ¡Ugh!
Frustrada con la vida al verlo sonreír con burla por mi estúpido tartamudeo, gemí y torcí el gesto.
Quería que la tierra se abriera y me tragara de una puta vez. ¿Por qué diablos se me hacía tan difícil decirle: “estoy embarazada de ti, me alegra, por eso tengo un cambio de menú enorme, ya que vomito como desgracia cada que huelo algo que antes me gustaba. Lo sabe Rise, Jus y Harrison. Por favor, no me mates”? Él merecía saberlo, maldita sea. ¡Era el jodido papá de la criatura! ¿Qué demonios pasaba conmigo? ¿Por qué…?
«¡Solo díselo y ya!», me gritó mi subconsciente, harta de mis vueltas sin sentidos. Ella misma tomó el control de mi boca y estuvo a nada de decírselo por su cuenta, pero…
Toc, toc.
Sí, la vida estaba de acuerdo conmigo.
—Señor, lamento interrumpirlo, pero el equipo lo solicita con urgencia —escuché la voz de Erdem al otro lado de la puerta.
—¡Estoy ocupado! —soltó Rush, sin pensarlo por un segundo.
Abrí la boca para refutar, pero Erdem se me adelantó:
—Lamento insistir, pero es urgente, señor.
Rush maldijo entre dientes. Estaba segura de que lo iba a mandar a comer mierda, así que aproveché.
—Solo ve —enseguida sus ojos estuvieron en mí—. Erdem no es tan suicida como para poner su cabeza en bandeja de plata por alguna estupidez. Ya bastante lo hizo al insinuárseme —sonreí cuando bufó—. Se nota que es importante.
—Me importa más saber el porqué de tu balbuceo —me acarició la mejilla. Su tono fue lo que me hizo reír.
—Deja tus dramas —sacudí la cabeza—. Podemos hablar en otro momento. Anda a atender tus pendientes, capobastone.
Su mirada se oscureció tanto, de la misma forma en la que me dejaba saber que me quería comer de pies a cabeza, que mi coño se derritió. El cómo su verga en mi interior hizo estragos me hizo soltar un gemido por lo bajo.
—Estás tan lista para una segunda ronda que… —volvió a maldecir entre dientes—. ¡Desaparece de aquí, Erdem!
—¡Quieto, Erdem! —grité, cuando empecé a escuchar los pasos alejándose con rapidez.
Entonces, Rush se movió. Sin delicadeza alguna, volvió a pegar mi espalda sobre el escritorio, abriéndome las piernas tan solo para salir y enterrarse sin decoro. Me mordí la lengua para no dejar escapar ni un solo puto sonido.
—Me encanta cuando piensas que puedes hacer lo que te dé la maldita gana y pasar sobre mí cuando te tengo así, toda lista para mí, princesa —gruñó en mi oído, embistiendo con más fuerza—. ¡Vete de una maldita vez, Erdem! —tronó, masacrando a la puerta con la mirada, al notar que de mí no iba a sacar ni un gemido.
—Señor, lo que pasa es que…
Atajé su rostro y entrelacé la mirada con la de él antes de que de verdad le pegara un tiro al pobre hombre.
—Dile que se vaya una vez más y te juro por lo más sagrado que tengo que en tu vida vas a volver a escuchar un jadeo de mi parte —solté, decidida a jugar su juego tan solo por un momento. Su mirada se bañó en incredulidad por un instante, luego en burla. Abrió la boca para demostrarme que mis amenazas se las pasaba por los huevos, pero entonces volví a atajarle el rostro—. Lo digo en serio, Rush —dije, sonando lo más decidida que pude.
Me sostuvo la mirada por un buen rato, hasta que de mala gana se dió por vencido. Con una última arremetida brusca, salió de mí. Malhumorado, se colocó la camisa y cada una de sus prendas que estaban regadas por la oficina hasta quedar de nuevo posado en la silla.
Impidió que yo hiciera lo mismo; me atajó por las caderas y me sentó encima de él.
—Voy en cinco minutos —le gruñó a Erdem antes de colocar su atención en mí. Solo hasta que escuchamos el “sí, señor”, Rush volvió a hablar, tomándome la barbilla para fijar sus ojos en los míos—. Vete preparándote para el infierno que te vendrá más tarde, ¿me entiendes? Si en Roma tus gritos se escucharon por todo el penthouse, aquí van a resonar en cada maldito espacio disponible, y me sabe a mierda que tanto no quieras, printsessa.
Me estremecí y eso le gustó.
—Pero a ti…
—Ahora, ¿estás segura? —cortó mi vago intento de defensa, sin inmutarse, volviendo al tema anterior. Pese a que sus ojos me estaban devorando el alma, no sé cómo diablos le hice para volver a morderme la lengua, calmar mis jodidas ganas de volverlo a cabalgar y asentir—. Arabella, de verdad no me importa quedarme. Puedo mandar a Rise para que se encargue de lo que sea que quiera Erdem, si lo quieres. Solo di la palabra.
«Jesucristo, yo no merezco a este hombre», repetí en mi cabeza por sexagésima vez, ahora más que lúcida, con la culpa revolviéndome el estómago. Volví a asentir, esta vez regalándole mi mejor sonrisa.
—Ve —dije—. Estoy segura de que Rise está hasta el tope con Riden y te odiará cada segundo al colocarle más trabajo.
—Pero…
—Prometo que no es tan importante. Podemos hablarlo más tarde.
Rush me observó por tanto tiempo que me sentí orgullosa por no abrir la boca y mantenerme serena. Sin embargo, casi me lanzo a las puertas del cielo mismo cuando entrecerró los ojos. Sentí que me miró hasta el alma y descubrió cada uno de mis secretos, eligiendo el que más le conviniera desenterrar para luego matarme con alguno de ellos.
—De acuerdo —me besó la boca con un beso apremiante—. Pero ten por seguro que lo discutiremos en la noche.
Evitando soltar un suspiro de alivio, sonreí más y asentí con la cabeza.
—Sí, señor.
Con eso, Rush me permitió vestirme después de limpiar el desastre entre mis piernas. Resoplé ante eso, solo para luego derretirme por otro beso en la boca. Esta vez, más suave.
Me coloqué todo como lo tenía con anterioridad y lo observé salir de la oficina como si nada hubiese pasado. Sin embargo, antes de dejar las cuatro paredes inauguradas, me dedicó una mirada reacia.
—Princesa, ¿estás segura? De verdad no me importa…
—Muy segura —reí, dejándome caer en la silla que él no ocupó… la mayoría del tiempo en que me estuve restregando contra su cara—. Vete ya. Estoy segura de que si Erdem vuelve a tocar la puerta, no dudarás en dejarle una bala en su entrecejo, y cargar con su muerte no es algo que quiera.
Frunció los labios en una fina línea, pero el hambre le decoraba los ojos. Volví a reír al tiempo que él suspiraba y salía de una vez por todas, no sin antes devolverse para darme un beso hambriento que me dejaría en ascuas hasta la noche.
—¡No soy tu maldito calentador! —resoplé, removiéndome contra la silla, algo malhumorada.
Logré escuchar su risa ronca y su “lástima” cuando puso un pie afuera.
Lo que restó de día pasó volando. Entre tomar mi turno para salir de la oficina, movilizar tropas para continuar con los arreglos de la mansión, las videollamadas cortas con ciertas personas que querían formar parte del cuidado del nuevo líder de la pirámide y una larga reunión con…
¿Sí adivinan?
Les doy una pista: tiene cabello blanco, porta trajes que valen más que mis riñones y carga con una cara de aversión por la humanidad todo el tiempo.
¿Adivinaron?
Bueno, sí.
Luego de, en efecto, una llamada extensa con mi jefe favorito —cosa que me alegró en sobremanera— que terminó en cortas felicitaciones y miradas intensas hacia mi persona, de más estaba decir que el día fue movido.
Por eso, cuando el espécimen, ya llegados a altas horas de la noche, me preguntó si quería descansar aquí o en en la baticueva, mi boca se movió sola, dejándole saber que una noche fuera de las paredes de concreto no me disgustaba en lo absoluto.
Sé que debí sospechar que él lo tomara con una facilidad cuestionable, pero mi cerebro se encontraba en mi culo, por lo que no opuse resistencia cuando me arrastró escaleras arriba, con una de mis sonrisas favoritas plasmadas en su cara.
—Rush —reí al, luego de ver una puerta de roble preciosa, tener sus manos en la cara, tapándome los ojos.
—Dame el gusto, princesa —murmuró en mi oído, con toda la intención de hacer desastre en mis bragas.
Estremeciéndome un poco, lo dejé. Eso le hizo reír y caminar conmigo con lentitud. Cuando conté hasta el siete, las manos desaparecieron y una bonita habitación, decorada con cosas que reconocería hasta debajo del agua, me recibió.
—¿Cuándo tú…?
—Tengo mis métodos —cortó mi balbuceo tonto, pasando las manos por mi cintura.
—Solo te dejé por tu cuenta unas tres horas. Máximo —dije, disfrutando demasiado de su cercanía—. No pudiste hacerlo solo. Mínimo se te hubiese olvidado algo. O incluso hubieses roto una que otra maceta en el proceso.
Salí de sus brazos solo para explorar la habitación después de ver mi colección de plantas intactas en una esquina del cuarto. Había un baño enorme, un closet con toda nuestra ropa, el escritorio estaba repleto de mis cosas, ¡incluso había otro balcón, solo que este era más grande que el de la oficina y estaba adornado con luces preciosas, tumbonas que combinaban con el ambiente y más plantas! Era demasiado, inclusive para él.
Volví a adentrarme al cuarto y alcé una ceja en su dirección.
—Mila ayudó —admitió, dejándose caer en la cama gigante, idéntica a la que teníamos en la baticueva.
Riendo, sacudí la cabeza. Era de esperarse.
Entonces, feliz de terminar el día con una bonita sorpresa, hice de las mías. El cuerpo ya me pedía cama, sin embargo, retrasé la sensación de querer hibernar lo más que pude mientras tomaba una ducha caliente. Hice todo lo que debía hacer una chica cansada en el baño y, luego de colocarme mi pijama favorito —camisa de Rush y bragas cómodas—, salté a la cama que gritaba mi nombre.
Esperé ser abrazada por el amor de mi vida, pero a él le dio por tomar una ducha casi más larga que la mía, por lo que cuando sentí su presencia en la cama, ya me estaba yendo al cielo.
No quería hacerlo.
De verdad, no quería.
Teníamos una conversación importante pendiente, una de esas que no podía seguir prolongando, pero…
—¿Qué era eso tan importante qué querías comentarme? —musitó al colocarme en su pecho para después tirar de una sábana sobre nosotros.
El pequeño jugueteo con mi cabello que empezó después me llevó lo bastante lejos como para escuchar su voz en un murmullo.
Tarareé. O balbuceé. Nunca lo supe. Y quizás eso lo hizo sonreír. O reír. No estaba del todo conectada a la tierra cuando Morfeo me abría los brazos.
—Olvídalo. Podemos discutirlo mañana —el matiz burlón aún se hallaba en su voz, solo que… lejano—. Buenas noches, princesa.
Sentí el beso contra mis labios. Sentí otra sábana sobre mí. Sentí sus brazos apretarme más contra su pecho. Sentí su suspiro feliz y fue justo con eso que me dejé ir, segura de que mañana sería un nuevo día.
Le contaría la verdad.
Ya no tenía excusas para eso, y para ser honesta, no sabía qué tanto más podía hacer para ocultar a cherv’. No cuando, a pesar de que él tenía ahora el Boss entre ceja y ceja y muchos más pendientes en su cabeza, seguía descifrándome como siempre. Además, él merecía saberlo. Después de tanto, él merecía una buena noticia; ¿qué otra mejor que saber que sería papá?
Entonces, sí. Se lo contaría. Solo que no hoy. Hoy ni mi cabeza ni mi cuerpo estaban de acuerdo con mi boca.
¿Pero mañana?
Mañana sí que afrontaría mis regaños. Los gritos, incluso. Así como también afrontaría las lágrimas, sonrisas que me desarmaban en alma y sexo caliente de compensación. Y quizás, conociéndolo, un jodido anuncio a cada rincón del universo de su parte.
«Sí. Mañana».
Fin.
Y… acá finalizamos todo.
Gracias, de todo corazón, por estar acá, por acompañarme en este viaje un tantito complicado, por seguir al pendiente de absolutamente todo que tuviera que ver conmigo y Let’s Play. No saben lo feliz que me hicieron con sus comentarios, con sus mensajes por Instagram… Los jamón con quesito, Dios mío.
Espero que así como yo me divertí escribiendo cada cosa acá, ustedes hayan disfrutado de leerlas. Los celos, las peleas, las reconciliaciones… ¡Todo! Y así como cada uno de los personajes creció (a su modo), ustedes también lo hayan hecho.
Graaaaaaaaaaaacias infinitas por permitirme ser parte de sus horas libres, ocupadas, trabajosas y más. No saben, en serio no tienen idea, de lo mucho que adoré (y lo seguiré haciendo) ser parte de sus rutinas semanales.
No puedo esperar a leer sus comentarios con el capitulo final, y no puedo esperar a que me maten por dejarlas así… ¿o no?
¿Quizás habrá más? ¿Quizás habrá otro libro? ¿Quizás habrán más extras, dado a que el tiempo que me perdí se los quiero recompensar de alguna manera? Hmm… No lo sé. ¿Quieren averiguarlo? Y, mientras lo haceen, ¿ya se dieron cuenta de ese algo sorpresa? ¿O les doy una pista?
Si quieren la pista, tendrán que volver a leer todo LP. Si se preguntan por qué, yo les diría que… ¡ESTÁ CORREGIDO Y HAY MÁS COSILLAS NUEVAS EN CIERTOS CAPÍTULOS! De verdad amé reescribir Let’s Play y dejarles una versión bastante decente de todo lo que pasaba por mi cabeza cuando tenía menos edad, ajsjas. Así que, háganme el favor y vuelvan a leerlo. Quiero sus comentarios y sus mensajitos en Instagram diciendo qué tanto les gustó y qué dudas pude resolverles.
Ahora sí, me despido y quizás… ¿Nos leemos pronto?
P.D. Les juro que pensé que se había subido el capítulo a las cuatro de la tarde. Fue cuando llegué a mi casa que me di cuenta que, en efecto, hubo un problemilla con la conexión al internet y nunca se programó una mondá. Peeeero, mejor tarde que nunca, ¿no? JSAJJS, ¡disfruten el capítulo, corazones de melones!
P.D2. Espero que el capítulo les haga justicia por tanto tiempo de espera.
P.D3. Me pueden ubicar en Instagram como: alas_book15 si lo que quieren es ver spoilers, dinamicas y cosillas sobre los proximos libros antes que nadie.
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com