1. Let's Play - Capítulo 83
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Capítulo 83: 80
La jugada final
Hoy era todo o nada… y yo nunca apostaba a perder
Era hoy.
Después de tanta mierda, era hoy.
Me costó dormir, no iba a negarlo. Rush deshizo e hizo conmigo lo que le dio la gana durante media noche, pero cuando por fin llegó el momento de cerrar los ojos, no pude.
La incertidumbre me carcomía —qué pasaría cuando saliéramos del búnker en cuestión de horas— y el peso de las mentiras, la culpa y el secreto me aplastaba el pecho.
Mi cabeza era un caos nauseabundo y siguió siéndolo hasta que el reloj marcó las siete de la mañana.
No había pegado el ojo en toda la noche. Nada. Ni una mísera siesta.
Por eso, cuando Rush se levantó, yo ya estaba bañada, vestida y sentada frente a la laptop —desde las cinco de la mañana, si íbamos a ser precisos— revisando los planos otra vez.
Intentaba que las “sugerencias” de último minuto de Kaela se me incrustaran en el cerebro cuando sentí unas manos cálidas posarse sobre mis hombros, apretándome con cariño.
—¿Debo preocuparme? —masculló con esa voz ronca recién despertada, cerca de mi oído, haciéndome cosquillas.
Deslicé una sonrisa pequeña y negué con la cabeza sin apartar la vista de mi incipiente dolor de cabeza. Sonreí más cuando apoyó la cabeza junto a la mía, intentando descifrar lo que tenía abierto en la pantalla.
—Maldita mujer y su jodida manía de tener la última palabra en todo —murmuró, sonando algo irritado. Sus labios rozaron mi mejilla cuando solté una risita—. Riden casi que coloca en mayúsculas que no es necesario que cambies nada, princesa.
—Y no pienso hacerlo —me recosté contra el respaldo de la silla, estirando las piernas—. No a estas alturas, por lo menos. Pero nunca está de más contar con un segundo plan de respaldo.
Resopló y se apartó de la laptop.
—Llámalo “plan de respaldo” cuando dé sugerencias que sirvan para algo —su dedo índice señaló la formación que llevaba más de una hora intentando entender—. Cada una de estas mierdas está tan mal planteada que me sorprende que el pequeño bastardo haya accedido siquiera a implementarlas.
Ladeé la cabeza, frunciendo el ceño.
«Ah. Así que es por eso que no entiendo ni mierdas», pensé, saltando de una formación a otra.
Observé el desastre unos segundos más antes de que Rush cerrara la laptop y me arrastrara de vuelta a la cama.
Reí cuando aterricé entre las almohadas y suspiré, cómoda, cuando me atrajo a su pecho.
—Rush —lo advertí en tono juguetón cuando su mano empezó a deslizarse bajo mi camisa.
—Podemos darnos el lujo de quedarnos aquí una hora más —susurró, tentador, jugando con el borde de mi legging cuando me giró de lado—. Prometo que…
Los toques en la puerta cortaron en seco lo que sea que iba a decir y solté la carcajada más ruidosa de mi vida cuando lo oí maldecir entre dientes.
Con rapidez, por curiosidad y porque tocarle los huevos era un privilegio que me permitía de vez en cuando, me levanté antes que él y abrí la puerta.
Un par de esmeraldas verdes me observaron con evidente renuencia, segundos después de que Rush dejara escapar un quejido de disgusto puro.
—¿Rush te pateó de la cama o cómo por qué tengo el placer de verte despierta antes de las nueve? —su tono burlón me hizo resoplar.
—Muy temprano para tus mierdas, precioso —respondí, cruzándome de brazos.
—Madrugadora y, por lo que veo, sin una pizca de comida en tu sistema —chasqueó la lengua—. No creo que te estén atendiendo bien, cariño. Te mereces algo mejor.
Arqueé una ceja, divertida, y decidí tocarle los cojones a alguien más.
—¿Quieres verle la verga a tu hermano y así reconsiderar tus conclusiones, o esperas acá para que mis gritos te demuestren lo contrario?
Rush fue el primero en reír. Yo lo seguí cuando el rostro de su hermano mayor se convirtió en una obra de arte matutina.
Rise parpadeó un par de veces antes de recomponerse.
—Ya que estás tan ingeniosa hoy, vamos a aprovecharte —masculló irritado, alzando una ceja—. Si no tienes nada más que ponerte encima, mueve tu culo. Hay mucha mierda que revisar en la sala de control y varias cosas que necesitan tu visto bueno final antes de salir de aquí.
—Rise…
—Tú vete a la mierda —le soltó a su hermano mientras prácticamente me sacaba al pasillo—. Además, Kaela ya anda buscando tu odioso culo por todos lados. Te doy cinco minutos antes de que utilice el par de neuronas que se carga y termine aquí, tumbándote la puerta —terminó de decirle antes de cerrar la puerta sin esperar respuesta alguna.
El hermano mayor de los Massey me arrastró por los pasillos del búnker mientras yo negaba con la cabeza, mordiéndome el labio para no reír. Le lancé una mirada de reojo cuando nos adentramos al área de servicio médico.
—Justine lleva rato dando vueltas por el comedor a ver si por casualidad de la vida te consigue primero que alguien —dijo antes de que pudiera formular la pregunta—. Así que, como buen cuñado que soy, te ofrezco como regalo ante ella. Más que todo por curiosidad, si me preguntas. Aprovecharé mucho la distracción del otro bastardo tanto como me lo permitas, preciosa —me regaló un guiño y una sonrisa bonita.
—Claro —suspiré, riéndome por lo bajo.
No tardamos en llegar a la oficina de Jus. Golpeé dos veces la puerta y la abrí apenas lo suficiente para que solo me viera a mí.
—Es demasiado temprano para ti —comentó, mirando el reloj de su escritorio—. Es decir, te estaba buscando, pero no pensé que ya estarías fuera de cama. Repito: demasiado temprano para ver tu linda cara, cariño. ¿Algo va…?
Cerró la boca de golpe cuando otra cabeza apareció sobre la mía. Su sonrisa bonita se mantuvo, pero su postura tomó ese aire profesional que se cargaba de vez en cuando.
—Rise, qué…
—Ni te molestes —murmuré, entrando del todo y dejándome caer en la silla cuando él cerró la puerta. Ella levantó la ceja, curiosa—. Lo sabe.
Mi doctora no tardó en unir los puntos y solo sacudió la cabeza, entretenida; juraría que incluso vi un destello de alivio fugaz en sus ojos, pero fue lo bastante rápido en desaparecer como para darles esa certeza.
—Por supuesto que lo sabe —dijo, colocando mis pastillas matutinas junto a un cuenco de yogur con arándanos—. Entonces, ¿algo que el tío quiera preguntar o me puedo enfocar en mi paciente?
—De hecho, sí —respondió él, tomando asiento a mi lado. «Aquí vamos», pensé, llevándome la primera cucharada a la boca—. ¿Me explicas cómo diablos ella me hizo tío si sus citas con las inyecciones eran prácticamente cronométricas?
Jus suspiró.
—No es tan simple. En ese momento Bells estaba bajo tratamiento por sífilis y clamidia, y su caso no fue precisamente estándar: alergia a la penicilina, desensibilización, antibióticos alternativos de amplio espectro… —enumeró con calma—. Su cuerpo no estaba funcionando en condiciones normales. Las inyecciones anticonceptivas dependen de una absorción hormonal estable, y eso fue justo lo que ella no tenía durante ese periodo. El estrés extremo, el trauma físico, la respuesta inmunológica alterada y los antibióticos terminaron afectando su eje hormonal.
Rise tarareó despacio, procesando.
—Entonces su…
—Sí —lo interrumpió Jus—. Su ovulación se adelantó o se activó fuera de calendario. Sin aviso. Sin sangrado previo. Sin señales claras. Para ella, todo encajaba con efectos secundarios… porque eso fue exactamente lo que yo misma le advertí.
Fue ahí cuando torcí el gesto.
No había nada que pudiera hacer a esas alturas —y mucho menos algo que quisiera, porque estaba más que feliz con lo que crecía dentro de mí—, pero no voy a mentir: hubo varios momentos en el día en los que me pregunté si pude haber hecho algo diferente en algún punto.
—Sé que debí… —empecé, pero Justine levantó la mano.
—Debiste, pero no fue del todo tu culpa —dijo con firmeza—. También fue mía. Tú, por otro lado, fuiste constante, cumpliste cada cita y cada dosis. Esto fue una ventana biológica mínima, pero real.
Rise pasó una mano por su nuca, incrédulo.
—O sea que el cuerpo decidió… —murmuró.
—Sobrevivir —Jus se encogió de hombros—. Y a veces, cuando todo está en caos, la biología hace lo que mejor sabe hacer… incluso cuando no debería.
—Tienes un temporizador para las cosas inesperadas tan exacto que a veces hasta das miedo —dijo Rise, revolviéndome el cabello con suavidad antes de regalarme una sonrisa corta y bonita.
—¿Me lo dices o me lo preguntas? —respondí, sarcástica, sin apartar la vista del plato.
El mayor de los Massey se rió entre dientes y Justine lo acompañó por unos segundos. Mientras me concentraba en llenar el estómago, ambos se sumergieron en una conversación larga sobre vitaminas, citas y próximos exámenes prenatales, conscientes de que de mi boca no iba a salir nada más.
Fueron unos largos veinte minutos en los que mi doctora habló, aclaró y respondió dudas que Rise tenía —y que yo compartía sin saberlo— hasta que finalmente quedó conforme. Presté atención, escuché y procesé información nueva mientras dejaba el plato limpio.
Jus, al terminar de contestar preguntas, me miró esperando que sacara las dudas que tenía en mi cabeza. No eran muchas, pero las respondió con calma.
Asentí por última vez cuando me repitió si había entendido todo.
—¿Segura? —insistió.
—Todo —le aseguré, levantándome de golpe al ver la hora. Tenía pendientes y, por mucho que disfrutara estar encerrada en su oficina tragando yogur, las responsabilidades ya me estaban zumbando en la cabeza—. Igual vas a estar respirándome en la nuca para cualquier cosa, así que…
Rodó los ojos, bastante divertida con todo el asunto.
—Por supuesto.
Rise también se puso de pie.
—Va a tener que escuchar todo otra vez en cuanto Rush se entere —se encogió de hombros cuando resoplé—. No importa si entendió o no. —Señaló la puerta—. Hay que dejar que la gente te vea. Vámonos.
Me despedí de mi doctora antes de salir de su oficina. Luego, caminé por los pasillos del búnker junto a mi halcón personal, saludando a los soldatos que me cruzaba pese al aire tenso que flotaba en el ambiente.
—Trata de no cruzarte con Kaela hoy —soltó Rise al plantarse frente a una de las computadoras cuando entramos a la sala de control.
—¿Por? —pregunté, curiosa.
No es que fuera a cruzarme con ella porque quisiera, la verdad. Intercambiar palabras con esa mujer era lo último que tenía en mente el día de hoy, pero por el tono de Rise…
—Está más irritable de lo normal desde que puso un pie aquí, y demasiado estrés para ti no es buena idea —sus ojos verdes se quedaron en mí cuando tomé asiento frente a los planos esparcidos en la mesa enorme del lugar—. Además, me causa ciertas ganas de torcerle el cuello cada que quiere estar encima tuyo, buscando cómo hacerte explotar tan sólo porque puede y le gusta. Desde el golpe bajo en el puerto de Londres, verla contigo no me gusta.
No discrepé. Asentí y me puse a trabajar, dándole toda la razón.
El resto de la mañana se fue entre revisar mapas, esquivar a la israelí cuando tuve que salir a revisar armamento correspondiente al operativo, y ser absurdamente feliz picoteando frutas y yogur cada vez que Rise me los ofrecía al volver a su guarida que él compartía con Riden.
Quisiera decir que el muy tonto se relajó un poco con el tema de ser mi halcón personal luego de la charla con Justine, pero fue todo lo contrario: lo tuve pegado como garrapata, incluso cuando Rush apareció horas después en la sala de control… con Kaela a su lado.
«Lindo».
—¿Cómo estás? —fue lo primero que me preguntó, dándome un beso en la mejilla antes de sentarse a mi derecha. Miró divertido mi plato medio vacío de waffles de arándanos—. ¿Rise ya aceptó tu nueva dieta?
—Prefiero que trague lo que sea antes de tenerla de mal humor todo el día —respondió su hermano desde dónde había pasado toda mañana, sin despegar la vista de los monitores.
Reí por lo bajo, Rush también. Quién no le vio el lado divertido a la situación fue Kaela, quién se sentó frente a mí, observando los mapas que llevaba rato afinando, pese a que ya me los sabía de memoria.
—¿Por qué las formaciones no están corregidas? —preguntó, con un matiz de enojo en su voz. Se enfocó en mí—. Riden te mandó todo, ¿no?
—Sí, pero malgastar mi tiempo en correcciones de mierda a último minuto no es lo mío —repliqué, dándole mi mejor sonrisa.
Disfruté recibir su mirada de muerte. Esa que intentó perforarme la cabeza, tan solo para no volver a abrir la boca y largarse en un abrir y cerrar de ojos.
Sin embargo, respiré mejor cuando el portazo que dio antes de salir resonó por toda la sala, por lo que seguí dejando notas al pie de los mapas por un rato hasta que las caricias de Rush en mi espalda me sacaron de foco.
Dejé el bolígrafo a un lado y me acomodé contra su costado, haciéndome bolita. Aún tenía pendientes, pero implicaban tratar con el equipo bajo mi mando… y prefería evitarlos por el momento. No tenía ánimos.
Bien la mayoría había sido un amor conmigo después del pequeño espectáculo con el líder de La Hueste, sí, pero todavía quedaba una minoría que me daba dolor de cabeza cada que decidían abrir la boca mientras trabajaban.
No me importaba que hablaran mierda si hacían bien su trabajo —y lo hacían—, pero el machismo heredado de las pendejadas que había escupido Lahsen seguía siendo agotador. Y aunque mi mañana había empezado algo tediosa, no quería terminar de arruinar mi humor con comentarios estúpidos y miradas mordaces.
No aún, al menos.
—Te ves como si necesitaras una siesta —bromeó mi espécimen, sacándome de la silla para acomodarme entre sus piernas.
Quedé en posición de bebé y reí, apoyando la mejilla en su pecho.
—Dormir es uno de mis pasatiempos favoritos, cariño. ¿Cuándo no quiero una siesta?
—Cuando duermes bien —me dio un pico y luego se alejó lo suficiente para regalarme una de mis sonrisas favoritas—. Sabía que debía mandar al hijo de perra a la mierda para que pudieras descansar un poco más. Eso de que pasaras la noche en vela…
—De todas las cosas que íbamos a hacer en la habitación, dormir no estaba en la lista, Rush —corté su intento de regaño.
—¿No durmió? —intervino Rise, metiéndose en la conversación.
—Estoy seguro de que no.
Rise dejó de hacer lo que fuera que estaba haciendo en su área de trabajo, me miró y arqueó una ceja. Rodé los ojos.
—Insomnio previo antes de un gran operativo me da de vez en cuando —me encogí de hombros—. Él exagera porque quería follarme en veinte posiciones distintas y tú interrumpiste su intento.
Rush se rió.
Rise negó con la cabeza.
—Eso era algo que no quería escuchar tan temprano —la voz del menor de los Massey me sacó de golpe de la escena.
Me incorporé en las piernas de Rush justo a tiempo para ver al otro malhumorado entrar en la sala con su habitual desprecio por la humanidad.
—Buenos días para ti también —saludé a la pequeña mierdecilla. Él pasó de todos y se encaminó a una esquina, solo para cargar un par de maletines negros entre manos—. ¿Qué es eso?
—Equipo táctico de sobra —me dio una mirada rápida de arriba abajo—. Te ves de la mierda.
Le lancé un beso, cosa que lo hizo colocar los ojos en blanco.
—Si no tienes nada que hacer aquí, sería maravilloso que movieras tu culo al aeródromo —continuó—. Tu grupo de mierda está ahí desde las nueve de la mañana y me pica la mano por volarles la cabeza de un tiro de lo jodidamente insoportables que están.
Solté un gemido largo en involuntario de fastidio, provocando risas bajas por parte de los Massey mayores.
—Si quieres evitar muertes innecesarias antes de siquiera pisar Calabria, te recomiendo muy seriamente que empieces a caminar y hagas algo productivo con ellos.
Sabía que tenía que lidiar con eso tarde o temprano. Había estado cruzando los dedos para que fuera más tarde, pero ni la hora ni la suerte estaban de mi lado. Con otro gemido largo salí de las piernas de Rush, más reacia que nunca.
Recogí los mapas desparramados sobre la mesa, los acomodé como pude y miré a Riden.
—¿Me llevas? —miré a Rush—. ¿Me puede llevar?
Rush sonrió y asintió.
—Si quiere y no considera el hecho de que respires cerca de él como un fastidio, no veo por qué no. Te llevaría yo mismo, pero tengo que terminar unas cosas aquí.
Observé a Riden otra vez. Se encogió de hombros y se fue sin decir palabra.
Tomé una respiración profunda, me despedí de Rise y del espécimen como pude, y salí detrás del idiota que ahora parecía contar con un cohete metido entre las nalgas.
Lo alcancé antes de que se cerraran las puertas del ascensor.
Ninguno habló. Ni siquiera cuando salimos del búnker y nos adentramos al estacionamiento del edificio superior. Me tomé un segundo para absorber el cáncer de piel cortesía del sol antes de que la camioneta negra se detuviera frente a mí. Riden abrió el copiloto desde adentro y salté al interior.
—¿Los trajes están listos? —pregunté cuando la camioneta arrancó.
—La mitad ya está en los jets. La otra nos espera en Calabria.
Asentí. El silencio volvió a envolvernos. No era pesado… pero sí incómodo. Al menos para mí. Justo por eso no abrí la boca hasta llegar al aeródromo.
Al llegar me di cuenta de que, en efecto, Riden no exageraba. Apenas bajé de la camioneta vi al equipo entero desparramado por todas partes, haciendo de todo menos ayudar a cargar las cajas que necesitaban ir dentro de los jets.
Los únicos que se movían de aquí para allá con las manos llenas eran los equipos de Situ, Noam, Emilia y Durance. El resto hacían mierda.
Estuve a nada de perder la poca paciencia que me quedaba con esa partida de imbéciles, pero ver a tanta gente con el nuevo uniforme —ese que solo usaríamos hoy— me descolocó más de lo que esperaba. Sobre todo porque lo único que quería era que esos trajes se calcinaran en el infierno junto con el trauma que representaban.
—Gracias —le dije a Riden antes de que se alejara, retomando mi mierda antes de perderme en un espiral de dolor que no necesitaba ni quería en estos momentos—. ¿En qué necesitas ayuda?
—Armamento en el jet de la esquina, equipo táctico en el del centro —respondió mientras abría el maletero, luego de lanzarme la mirada más escrutadora de la vida—. Y necesito que redistribuyas equipos otra vez, ya que al parecer la mayoría son inservibles. Ayudaría mucho que hicieras tu trabajo y pusieras a todo el mundo en línea —añadió, burlón, antes de desaparecer de mi campo de visión con más cajas.
—Imbécil —mascullé en su dirección.
Me guardé la sonrisa para mí misma cuando un atisbo de la suya relampagueó en esa cara agría.
—Ah, y también tienes a alguien por ahí esperándote —añadió sin girarse—. Siéndote sincero, lo has ignorado la mayoría de los días, cosa que no es muy propia de ti. Y justo hoy no necesito melodramas sin sentido, así que sé una mujer con ovarios y termina con el martirio del chico, ¿quieres?
Dicho eso, desapareció por completo, salvándose de recibir un lindo puñetazo en la boca del estómago.
Entonces, como si la vida quisiera algo más de mí, un leve carraspeo detrás me hizo cerrar los ojos con fuerza y atragantarme con un par de excusas sin sentido, justo como llevaba días haciendo.
«Es demasiado temprano para estas mierdas», gemí para mí misma antes de darle la cara de una buena vez.
—Jim —suspiré, haciendo contacto con esos ojos azules tan característicos de él.
—¿Necesitas una mano extra por aquí? —preguntó con ese aire inocente y cargado de amabilidad que había logrado que Kendall apagara su estúpido cerebro.
—La verdad…
—Empieza a mover esas cajas al jet del centro —interrumpió la voz de Riden detrás de mí. Quise ahorcarlo. Me volteé justo para hacerlo, pero el hijo de perra siguió hablando mientras caminaba lejos de mi alcance—. Corten con las conversaciones estúpidas. No los traje por eso.
»Necesito terminar de recoger, pero las “manos extra” que están aquí prefieren seguir besando sus medallas y hablar de lo mucho que detestan levantarse temprano antes que mover un solo puto dedo.
Y se alejó. Sin más.
El muy imbécil terminó de alejarse, dejándome ahora con una tarea que tenía que compartir, cosa que no quería.
Tuve que respirar hondo varias veces antes de volver a mirar al regalo que Kendall me había dejado con Aaron cuando tuvo oportunidad. El chico solo sonrió y se puso a trabajar. Lo imité… aunque me perdí en mis pensamientos al observarlo más de la cuenta.
Jim había querido hablar conmigo desde que tuvo la oportunidad de conocerme. Sin embargo, cuando Rise y Aaron me contaron quién era, todas mis ganas de socializar se fueron directo al caño.
No porque fuera la primera vez que Kendall hacía de superheroína con alguien que lo necesitara —para nada—, sino porque él había sido su último acto. El último regalo que dejó atrás, pese a que nadie lo quisiera.
Eso era lo que me acuchillaba el pecho cada vez que veía a Jim, y justo por eso me mantenía lo más lejos posible dentro de lo que la baticueva me permitía.
Los Massey lo entendieron y me dieron espacio.
Harrison, en cambio… Bueno, Harrison era imbécil.
Nada de esto era culpa de Jim, eso estaba más que claro. La forma en la que regalaba atisbos de sonrisas cálidas lo confirmaba una y otra vez, pero no podía enfrentarlo. No todavía. Y mucho menos hoy.
Así que trabajamos en silencio, llevando y dejando maletines, hasta que el griterío dentro del hangar disminuyó de forma notable cuando puse un bendito pie adentro tras terminar las asignaciones de Riden.
Jim sacudió la cabeza cuando todos los ojos se posaron en mí y, con una risita baja, se despidió antes de volver junto al pequeño Massey.
Con el lado izquierdo vacío, inspiré por un corto segundo antes de asesinar al grupo que quería con la mirada y encaminarme hacia ellos.
—¿Algo de vergüenza les pasará por la cabeza, quizás? —mantuve la mirada fija en los líderes que me interesaban. Ninguno habló—. Sé que para ustedes ya es bastante indignante que les patee el culo cada vez que pisamos una sala de entrenamiento, pero ¿no les da pena que me llamen solo para aguantarme un regaño porque ninguno estaba haciendo lo que se le ordenó?
Mi mal humor ya no intentaba esconderse.
—¿Por qué diablos tienen que citarme aquí como si fuera su maldita niñera para avisarme que no están cumpliendo con el trabajo que se les encomendó ayer?
»¿Por qué tuve que venir y comprobar con mis propios ojos que lo único que han hecho ha sido echarse aire en los huevos mientras una minoría se ha estado moviendo para dejar todo listo?
Detuve la mirada en Lahsen.
—¿Estamos jugando a qué, ahora? ¿A ver quién tiene el ego más herido y los cojones más pequeños?
El líder de La Hueste tensó la mandíbula.
Dejé que el silencio se estirara. Lo quería hablando. Necesitaba que abriera esa boca estúpida para empezar la mañana con un lindo charco de carmín decorando el jodido piso.
Pero fue inteligente.
No dijo una sola palabra.
Tuve que tragarme una maldición y seguir.
«En algún momento me darás lo que quiero, y créeme que lo disfrutaré como nunca, hijo de perra», pensé mientras comenzaba a repartir gritos a diestra y siniestra.
♦ ♦ ♦
Estuve a nada de quedarme afónica por puro maldito gusto, pero las cosas se movieron a punta de gritos, así que no me quejé. Seguí ladrando órdenes hasta que todo lo que Riden necesitaba quedó despejado y guardado donde debía ir desde un puto principio.
Después de eso, repasé posiciones con todo el mundo, repasé mapas y repasé planes hasta que el universo entero se hartó de oír mi voz.
Quienes se dignaron a interrumpirme fueron las dos camionetas negras que irrumpieron en el hangar. El bullicio descendió de inmediato y el ambiente se endureció cuando los hermanos mayores Massey bajaron de una de ellas, seguidos de Kaela y Liam.
Esparcí a mi equipo por el lugar y, de reojo, observé cómo mi espécimen avanzaba hacia mí, luciendo ese horrible uniforme mejor que muchos.
Odiaba el logo que se acomodaba en la parte superior izquierda del pecho, el color que aún me regalaba pesadillas y los detalles que lo decoraban, sí. Pero no podía negar que Rush lo portaba con una facilidad ridícula: transmitía ferocidad, letalidad y la seriedad justa para confundirte, para hacerte creer que él era la cabeza de aquel grupo infernal. El tipo al que mirarías hasta que el mundo colapsara… y aun así seguiría ahí.
«Para nunca haber formado parte de los Cani… Jesucristo», pensé, sacudiendo la cabeza y obligándome a enfocar en otra cosa. Por mi salud mental.
Detrás de él iba mi halcón personal, que apenas se detuvo unos segundos a preguntarle Dios sabría qué a su hermano menor antes de continuar tras Rush, con una mirada jocosa que no terminaba de entender.
No tuve tiempo de preguntarle nada. Los brazos de Rush se cerraron sobre mi cintura y me distrajeron lo justo. Solté una risita involuntaria cuando mi espalda chocó contra su pecho.
—¿Cómo va todo? —preguntó. En voz baja. Que se deslizó por mi oído. Como puta miel.
«Jesús bendito», pensé tragándome un gemido, una maldición y un jadeo.
No era ni el lugar ni el día para permitir que todo eso se me escapara, así que solo sonreí, negué apenas con la cabeza y me giré para encararlo, intentando salir de su jaula mortal.
Claro que no me dejó ir tan fácil.
Me atrapó otra vez por la cintura y me robó un beso corto, lento, suficiente para volverme agua por dentro.
—Den espectáculos así cuando estén dentro de una habitación —bufó Kaela, logrando que colocara los ojos en blanco y que me volteara para encararla.
Me lanzó un megáfono al segundo de chocar miradas.
—Detesto cuando se alza la voz por nada —fue todo lo que dijo antes de darse media vuelta y marcharse hacia su equipo élite.
—Maldita mujer exasperante —oí a Rise mascullar entre dientes.
El resoplido que Rush soltó me confirmó que pensaba lo mismo. Aparté la vista de la espalda de la israelí y me giré para volver a mirarlo.
—¿Qué tan malo sería si, repentinamente, ella llevara un disparo en la pierna como resultado de una conversación… amigable? —le pregunté, con el humor cayendo directo al noveno círculo del infierno.
Rush negó con la cabeza, divertido, y estuvo a punto de responder cuando la voz de su hermano menor volvió a entonar mi nombre.
Me giré con rapidez, lo enfoqué y suspiré con resignación al ver a Noam y Kaela junto a la mesa improvisada. Ella tenía el ceño fruncido y los ojos clavados en mis mapas; él escuchaba serio cada palabra que salía de esa boca inagotable, y el último tenía toda la pinta de extinguir a media humanidad si dicha mujer seguía hablando.
Odiando la vida, dejé atrás al par de idiotas —después de lanzarle el estúpido megáfono a Rise, que respondió con risas ahogadas— y fui a ver qué diablos quería el otro Massey.
¿Quieren una actualización rápida? No tardé tanto.
Gracias al cielo, la enviada al infierno que le regalé a Kaela fue lo bastante seria como para que me fulminara con la mirada, dejara de exigir cambios inútiles, se guardara opiniones que nadie le pidió y cerrara el puto hocico.
Sin embargo, aunque no tardé mucho en controlar ridiculeces de último minuto, las estupideces de Kaela me consumieron lo suficiente como para que diera la hora de embarcar a todo el mundo en los jets.
Tras una parada rápida en el baño para cambiarme el uniforme, agradecí que cada integrante del equipo estuvieran formados en la pista para cuando salí del hangar.
Los Massey se encontraban en las escaleras de uno de los jets, junto a los dos integrantes del consejo. Cada rostro estaba más serio que el anterior, por lo que asumí que era hora de la “charla motivacional”.
Troté hacia ellos.
Rush fue quién me recibió con una sonrisa y un beso en la frente.
—Tienes los honores de infundirles aún más miedo, princesa —murmuró en mi oído antes de apartarse.
Le devolví una sonrisa mínima y me giré para encarar al pequeño pero preparado ejército bajo mi mando.
—Saben lo que tienen que hacer. Saben que ninguno de nosotros tolera errores —comencé, caminando entre las filas—. De más está decir que esta es nuestra única oportunidad para terminar con este maldito dolor de cabeza, así como también está de más decir que si no conseguimos el objetivo, tengan por seguro que ninguno de ustedes respirará al día siguiente.
Me detuve frente a Lahsen. Me sacaba altura, pero no bajé la mirada.
—No dejarán de existir por mano de sus dueños. Ni por la ‘Ndrangheta. Será por mí. Solo por mí.
»Cometan un solo jodido error hoy y les juro que mi pasatiempo favorito del último año será cazar sus machistas e impertinentes culos por todo el maldito hemisferio. ¿Quedó claro?
—Sí, caporegime —las voces de ellos retumbaron al unísono.
Guardándome la sonrisa, alcé una ceja, expectante, cuando nada salió de la boca de Lahsen.
El silencio se estiró un par de segundos.
Luego, su boca se abrió.
Y empezó a soltar palabras suicidas.
—No sigo órdenes de putas —terminó diciendo, soltando un escupitajo furioso al piso.
«Estúpido».
El disparo salió casi antes de que terminara de pensar la palabra. Una preciosa bala grisácea se incrustó —por fin— en su entrecejo con un movimiento limpio, veloz, sin titubeos.
Hacía tiempo que me había prometido que, si volvía a escuchar una sola mierda más saliendo de su boca, iba a tomar cartas en el asunto. No obstante, a decir verdad, nunca imaginé que sería tan imbécil como para dejar claros sus pensamientos en un día tan importante.
Justo por eso disfruté ver cómo su cuerpo cedía ante la gravedad y caía sin gloria al suelo. Y disfruté todavía más cómo el ambiente se volvía denso, pesado. Más de lo que había estado en horas.
Miré al equipo que acababa de dejar sin líder y me señalé.
—Estarán conmigo —dije. Sin más.
Esperé protestas. Alguna objeción. Un amague de rebeldía.
No llegó nada.
Solo miradas tensas clavándose en mi frente antes de que, con suficiente inteligencia para seguir respirando, soltaran otro:
—Sí, caporegime.
Entonces me giré y volví al centro de la cuestión.
No hubo más palabras. Ni de mi parte ni de los demás. El ambiente estaba a nada de reventar y con esa sensación exacta fue que todos abordaron los jets.
Los Massey y yo fuimos los últimos en subir. Riden acompañó a Nathaniel, mientras Rush y Rise se sentaron a ambos lados de mí, los dos con esas sonrisitas de suficiencia que ni siquiera intentaron ocultar.
Reprimí un suspiro y miré a Rush.
—Me haré cargo de avisarle a Farid que…
—Una mierda, princesa —me interrumpió con otro beso corto en la frente antes de mirar a su hermano mayor con una sonrisa triunfal—. Encantado de ver eso decorando mi escritorio.
Fruncí el ceño y deslicé la mirada entre ambos. Cuando Rise resopló y me observó como si quisiera arrancarme la cabeza, lo entendí todo.
—¿Cuántos días le dieron? —suspiré, dejándome caer contra el asiento.
—No los suficientes —masculló Rise.
—Los suficientes —replicó su hermano, dejando un beso fugaz en mi mejilla.
Negué con la cabeza.
—Me encanta que apuesten a costillas mías. Muchísimo más en un día importante.
Rush se rió entre dientes. Rise volvió a resoplar.
Los ignoré como pude mientras ahogaba mi curiosidad por saber cuál era el premio por hacer desaparecer a un imbécil misógino y me dejaba tragar —muy a mi pesar— por la ansiedad.
El día que teníamos por delante era nuestra única oportunidad para acabar con Alexey.
De hacerlo pagar.
De hacerlo sufrir.
De ver cómo su maldita cabeza terminaba decorando una pica.
Quería mi venganza tanto como Rush babeaba por la suya. Necesitaba que todo el sufrimiento que tuvimos a manos de él quedara cobrado. Y, para mi sorpresa, el universo estaba de mi lado. Por primera vez, el viaje pasó rápido. En un abrir y cerrar de ojos estábamos en el aeródromo de Calabria, con las defensas de la provincia reducidas a nada cuando Riden tuvo la oportunidad —tensa y precisa— de bajarlas.
Tras unas indicaciones rápidas de Rush, todo el mundo comenzó a descender de los jets, moviéndose con la rapidez que Riden y yo exigíamos a gritos. No tardaron. Cuando conté los cinco minutos ya estaban abordando los helicópteros.
Quedábamos unos pocos abajo: Rise y yo incluidos. Riden nos había enviado a buscar unos maletines adicionales que Aaron tenía.
—¿Qué tal tu nueva mascota? —cuestionó el idiota al tenderme lo que había ido a buscar, señalando la espalda de Jim, apoyado en la camioneta del imbécil que se quedaría con él un tiempo.
—Vete a la mierda, Aaron —mascullé, dejándolo con la palabra en la boca.
No hizo ni el intento de ocultar la risa cuando ya iba a mitad de camino hacia la nave.
Fue Rise quien decidió cortarme el paso.
Su mano se cerró alrededor de mi antebrazo antes de que diera otra pisada más. Al girarme, me encontré con sus esmeraldas, serias de verdad, y tragué en seco porque sabía con exactitud lo que venía.
—No quiero nada suicida hoy, Arabella —su voz era dura, sin burla ni diversión—. El infierno bien podrá saber que tu trabajo es encargarte de todo lo que resta del día, pero me importa una mierda. Un solo intento de ponerte en riesgo, un solo salto a la situación sin pensar primero, un simple roce de bala por estar siendo insensata y le diré todo a Rush, aunque me odies después. ¿Me entiendes? Ya no es solo tu bienestar el que está en riesgo.
Sus ojos bajaron a mi vientre durante un nanosegundo antes de volver a los míos.
—Dilo.
Fue un resoplido que abandonó mi garganta primero. Rise entrecerró los ojos.
—¿Quieres que te firme algo también? —repliqué en voz baja.
—Como si fuera así de fácil suprimir ese maldito síndrome de héroe que te cargas —refutó de mala gana—. Dilo, Arabella. O bien podemos quedarnos aquí hasta que Rush decida bajar y preguntar por qué diablos nos estamos tardando tanto en recoger unos simples maletines.
Solté un bufido, pero no diferí. Él estaba hablando en serio y estaba dejando en claro sus límites. Ya yo era bien ridícula si decidía cruzarlos o ser buena chica y hacer lo que me pedía.
—No me lanzaré de cabeza ante cosas que no lo requieran ya que no es solo mi bienestar el que estará en riesgo —dije, tragándome un centenar de palabras coloridas hacia su ridícula cara—. ¿Feliz?
—Te diría que lo repitieras hasta que sonara decentemente convincente, pero…
—¿Pueden mover esas malditas manos? ¡Contamos con el tiempo justo! —la voz irritada de Riden resonó por todo el aeródromo.
—Siempre salvada por la campana —masculló entre dientes, dándome una sonrisa nada amigable.
Me tomó de la mano antes de que pudiera mandarlo al infierno y, básicamente, me arrastró hasta el interior del helicóptero.
Al volver al lado de Rush, las cosas siguieron moviéndose a la velocidad de la luz. Nadie necesitaba instrucciones adicionales al pisar la provincia, por lo que el silencio se mantuvo incluso al llegar a la mansión.
Sonreí cuando la mitad del equipo logró infiltrarse sin problemas.
Sonreí más aún cuando, cinco largos minutos después, todo comenzó a ir como debía.
Gracias a la sugerencia de Liam, haber renovado los helicópteros y robado el uniforme de los Cani Da Caccia había sido una jugada perfecta. Nos permitió sobrevolar la mansión sin levantar alarmas y adentrarnos en ella sin sospechas. Su idea nos regaló el tiempo justo. El suficiente para actuar, de todos modos.
—Todo en su lugar —la voz de Riden a través del comunicador en mi oído me tensó lo suficiente para que Rush lo notara y entrelazara su mano con la mía—. Es tu turno, caporegime.
Miré a mi espécimen.
Sus ojos grises me escudriñaban con intensidad. Había arrepentimiento, rabia y muchos sentimientos más encontrados nadando ahí. Pero ya no había tiempo de retractarse. Así que, con un último asentimiento de mi parte, dejé todo de lado y me enfoqué en una cosa: conseguir la maldita cabeza del hijo de puta que él tenía como progenitor.
—Durance, ¿todo listo? —agradecí que la voz me saliera con la misma confianza que le estaba fingiendo al espécimen.
La línea se mantuvo muda un rato. El silencio fue tan largo que, aun desde mi posición, tomé el pequeño aparato que Rise había dejado para mí y lo encendí. Estuve a nada de soltar una maldición entre dientes al encontrarme con la negrura absoluta de la pantalla.
La cámara del traje de Durance estaba apagada.
—Mierda —musité, con ganas de golpear mi cabeza contra algo.
Rush no perdió tiempo. Se dispuso a pasar con rapidez sus dedos por el teclado que decoraba el mesón del espacio improvisado en el helicóptero, tratando de darme la imagen que necesitaba.
—Si él no… —Riden cerró el pico cuando voces irreconocibles se filtraron en la línea.
—Perché? —habló alguien. Era masculino. También estaba irritado.
«¿Por qué?».
—Il capobastone lo ha ordinato —respondió Durance, imitando la actitud del otro hombre—. Te ne vai o no? l’elicottero deve atterrare.
«El capobastone así lo ordenó. ¿Vas a quitarte o no? El helicóptero necesita aterrizar».
—Non sono stato informato di un tale bisogno di rinforzi e…
«A mí no se me informó tal necesidad de refuerzos y…»
—Parla con lui —siguió Durance con un italiano impecable—. Dammi la soddisfazione di non vedere il tuo viso per non aver seguito gli ordini e, nel frattempo, muoviti. Questo atterrerà con o senza di te lì.
«Háblalo con él. Dame la satisfacción de no ver tu cara por no seguir órdenes y, mientras tanto, muévete. Esto aterrizará contigo o sin ti ahí».
Solté un suspiro de alivio cuando nadie rebatió nada y volví a hablar:
—Aterrízalo, Riden —luego cambié de línea—. Equipo Alfa, salen primero. Equipo Delta, empiecen a darme información sobre cuántos malditos perros hay ahí abajo y equipo Beta, despliénguence; los quiero en sus posiciones en cuanto confirmen cuántos cani hay.
El helicóptero comenzó a descender y, con ello, los latidos de mi corazón se aceleraron.
—Quanti ce ne sono?! —«¡¿Cuántos son?!», creí escuchar al mismo hombre, alzando la voz por encima del ruido de las hélices.
—I necessari —respondió mi soldato, sin inmutarse, quizás al observar cómo el helicóptero donde yo estaba hacía acto de presencia.
Esbocé una pequeña sonrisa al ver, por fin, el rostro del hombre con quien Durance hablaba, reflejado en la pantalla que se encendió cuando Rush concluyó su tarea. Su expresión enojada y reacia me daba mil años de vida, pero la satisfacción la dejaría para otro momento.
Ahora tenía que…
—Por más que me gustaría decir que permanezcas detrás de mí en todo lo que resta de éste maldito operativo, tengo que salir detrás de ti, princesa —la mirada de mi espécimen chocó con la mía cuando se plantó frente a mí—. Bien podría disfrutar esa mirada dentro de cuatro paredes toda mi vida y jamás me cansaría de ello —musitó en mi oído, luego de acomodar la balaclava que me cubría todo el rostro.
Bueno. El mío y el de todo mi equipo. Incluyendo a cada uno de los Massey.
Iba a responderle, pero su hermano se me adelantó.
—Dejen sus cursilerías estúpidas para otro momento y terminen de aterrizar el maldito helicóptero —masculló Riden por la línea principal—. Bastante recelo tenemos encima como para que se demoren más de lo debido en el cielo diciendo palabras que bien pueden enunciar dentro de una puta habitación.
Damiano debió escuchar lo que soltó el pequeño Massey, dado a que aceleró el aterrizaje. Con un beso rápido en la mejilla del espécimen, luego de apagar cada equipo y formarnos con el tumulto de soldatos que ya estaban en fila cerca de la puerta abierta del helicóptero, en dos respiraciones mías estábamos pisando suelo enemigo.
Al aterrizar, nadie esperó una orden. No había por qué. Se había estudiado el plan con todos. Por ende, se movieron. Y yo con ellos.
Dando respiraciones largas y pausadas para calmar la adrenalina, un nombre me llegó a la cabeza: Lorenzo Marino.
Ese era el nombre del hombre con quien había hablado Durance. El mismo que aún estaba a su lado, con un semblante cargado de odio. Había repasado su cara una y otra vez en las reuniones de los últimos días solo porque se suponía que era el nuevo líder de los Cani. La cuestión era que dejó de ser de mi interés en el momento en que la vacante para el puesto se cerró y quedó en manos de Alexey.
Pero… por más que ya no era de mi importancia, no quitaba que se diera aires de cabeza del equipo cada que Alexey no estaba. Justo como hoy. Por eso aparté la mirada de él y seguí mi camino hasta que…
—Fermo.
Durance lo ignoró de manera olímpica. Continuó caminando por delante de todos, empezando a “distribuir” al equipo.
—Ho detto fermo —«dije que alto», repitió el otro, de muy mal humor, posicionándose frente a mi soldato por lo que restaba del día—. Chi ti credi di essere per scavalcare un ordine diretto?
«¿Quién te crees que eres para pasar por encima de una orden directa?».
—Qualcuno che il capobastone ha mandato perché era insoddisfatto del tuo lavoro —«alguien que el capobastone envió porque estaba inconforme con tu trabajo», dijo Durance, sin una mota de sarcasmo.
Volvió a pasar frente a Lorenzo, dejándolo peor de lo que estaba.
Debo decir que me sorprendió verlo morderse la lengua de esa manera. Por sus antecedentes, él era cualquier cosa menos manso. Respiré hondo e hice de todo por tragarme la risa que amenazaba con escaparse cuando me moví en cuanto Durance retomó su “trabajo”.
—Ahora, eso… fue divertido —dije, a través del comunicador en nuestro circuito cerrado cuando llegué a mi posición.
—Un placer hacer de su día menos estresante, caporegime —contestó él, con la misma diversión marcada en su tono.
Con una minúscula sonrisa, negué con la cabeza. Me tomé unos segundos para recomponerme y devolverle a la situación la seriedad que ameritaba. Cuando estuve lista, saqué de mis bolsillos todo lo necesario: el aparato que Rise me había dado y un pequeño control que cambiaba de líneas cada vez que quería.
Apoyé la espalda contra el tronco, subí las piernas hasta acomodarlas en una rama gruesa y empecé a hablar.
—¿Posiciones listas?
—Equipo Gamma listo —la voz del líder del equipo élite de la preciosa Hannelore se deslizó por mi oído.
—Equipo Beta en posición —anunció Noam.
—Equipo Theta en su lugar —siguió Riden.
—El equipo Épsilon a nada de completar la orden —soltó Emilia.
Los demás no tardaron en confirmar que estaban donde debían. El único que faltaba era Rush. Pero su confirmación llegó enseguida.
—¿Tuviste dificultades? —pregunté, cambiando al canal privado entre el trío Massey y yo, presionando la pantalla hasta llegar a la cámara de su uniforme.
—Malditos perros —fue todo lo que contestó, de malas maneras.
Esta vez me permití soltar una carcajada… que corté en seco cuando Rise habló.
—¿Qué tal la vista desde ahí arriba, Bells? —preguntó, burlón.
Fruncí la nariz, pegando aún más la espalda al tronco. Porque sí. Estaba en un árbol. En el más grande de toda la mansión, si puedo añadir. Sentada. Lo bastante oculta para mi propio bien. Y solo había aceptado la sugerencia porque el plan lo requería; de lo contrario, estaría pateando traseros ahí abajo.
—Pareces un mono ahí guindada —espetó Riden—. Un mono que más vale que se agarre bien, porque no pienso recoger cadáveres por muertes estúpidas que se pudieron prevenir con un poco de sensatez.
Rodé los ojos.
—Tú tienes aires de Red Skull y todo el mundo parece estar bien con eso —repliqué, de malas—. ¿Por qué me jodes solo a mí, hijo de perra?
Las risas explotaron en mis oídos. Estuve a nada de quedarme sorda por culpa del trío de imbéciles. E iba a hacérselo saber, pero el sonido estridente del motor de un jet me atascó las palabras en la garganta.
El ambiente cambió en el segundo exacto en que el motor se apagó.
Sin perder tiempo, presioné la pantalla hasta la cámara que quería, solo para asegurarme de que…
—Objetivo múltiple a la vista, caporegime —comunicó Situ en un murmullo.
—¿Cuántos cani? —cuestioné de inmediato, sin apartar la vista del bendito aparato.
—Más de cien, por lo que he podido contar —respondió, con el mismo tono.
«Oh, diablos, no».
Gemí para mis adentros, saltando de plan alternativo en plan alternativo por si las cosas se complicaban más de la cuenta. Contar con más de cien perros no estaba en nuestros cálculos.
—Perché tutti fanno quello che cazzo vogliono? —rugió Alexey a los cuatro vientos, congelando mis pensamientos de golpe, recordándome por qué diablos lo quería a setenta metros bajo tierra.
«¿¡Por qué todo el maldito mundo hace lo que se le da la puta gana!?».
—Signore! —Lorenzo alzó la voz, llegando a su posición—. È solo che…
La mirada de Alexey y la de su esposa lo silenciaron de inmediato.
—Risparmia le tue scuse —escupió Katherina, de mal genio, antes de seguir de largo hacia el interior de la mansión.
—Rise, empieza a moverte —ordené, sin perder tiempo.
No cambié de cámara. Me quedé con Situ hasta que Alexey salió de su campo visual. Ahí, siguiendo con lo que estaba estipulado, pasé a Noam, luego a Konrad y, por último, a Rush justo cuando su progenitor se instaló en su oficina, con Lorenzo quieto en el umbral.
—Non sapevo che lei avesse richiesto rinforzi, signore. per questo…
«No sabía que usted había solicitado refuerzos, señor. Por eso no…».
No me preocupé por lo que dijo Lorenzo. De hecho, Alexey sí había solicitado un buen arsenal de cani hacía días atrás para su llegada a Calabria. El detalle era que interceptamos ese pedido gracias a Riden y… bueno. Digamos que ocupamos esos lugares.
—Non è una scusa per i ritardi, Lorenzo! —escupió el bastardo, pasando de él—. L’unica cosa per cui li lascio respirare è per fargli fare il loro dannato lavoro. con rinforzi o senza. Inoltre, non devo informarti di ogni richiesta che faccio, stronzo.
«¡Eso no es excusa para retrasos, Lorenzo! Para lo único que les dejo seguir respirando es para que hagan su maldito trabajo. Con refuerzos o sin ellos. Además, no tengo que informarte cada solicitud que haga, imbécil».
Alexey le cerró la puerta de laoficina de un portazo.
Fue cuando estuve segura de que no iba a salir de esas cuatro paredes que accioné todo.
—Rush.
No hizo falta añadir nada más.
Desde la pantalla, vi cómo él y su equipo se movían al instante, fundiéndose con las sombras que proyectaban los árboles y los arbustos contra la fachada de la mansión. Eran espectros. Silenciosos. Precisos. A nada de interceptar la oficina.
Todo iba bien. Perfecto. Demasiado perfecto.
Entonces, la vida decidió joder con mi paciencia.
El teléfono de la oficina sonó. Una vez. Dos. Cinco. Hasta que Alexey atendió después de soltar varias maldiciones entre dientes.
—Signore —la voz de Lorenzo irrumpió en mis oídos con un matiz urgido antes de que Alexey dijera algo—. Ho bisogno che esca dal suo ufficio. all’eliporto, se non è troppo disturbo. è… un po’ urgente.
«Señor. Necesito que salga de su oficina. Al helipuerto, si no es mucha molestia. Es… algo urgente».
—Che diavolo è adesso? —gruñó el otro imbécil.
«¿Qué diablos es ahora?»
El silencio que siguió duró menos de un segundo. Pero fue suficiente. Leí entre líneas antes de que nadie dijera nada.
—¡Bloquea la comunicación, Riden! —casi que grité—. ¡Ya!
No hizo falta explicarlo. Estaba segura que de más estaría señalar que nuestra infiltración silenciosa había llegado a su fin, ¿no?
Pero me sabía a mierda. Para eso también nos habíamos preparado. Pese a que el juego nos había durado mucho, a mí no me iban a joder hoy. No más.
En la pantalla vi cómo la línea se cortaba de golpe, dejando a Alexey confundido. Las cámaras en el cuarto de seguridad de la casa comenzaron a parpadear una a una hasta quedar en negro, haciendo que Lorenzo perdiera el control por un momento… hasta que recordó que tenía alarmas…
Alarmas que nunca sonaron. Porque actuamos primero.
Aquello me arrancó una sonrisa peligrosa. Sonrisa que se hizo más grande cuando Lorenzo lo entendió al mismo tiempo. Así que hizo lo único que podía hacer: mandó a más cani.
El primer estallido sacudió el interior de la mansión.
Vidrios rompiéndose.
Gritos.
Órdenes superpuestas.
La respuesta enemiga fue inmediata.
Disparos cruzados atravesaron paredes y pasillos como cuchillas invisibles. Vi cómo uno de los cani embistió a uno de mis soldatos por las afueras del patio, estrellándolo contra la pared antes de hundirle un cuchillo en el abdomen y girarlo con rabia. La sangre brotó a borbotones, manchando arbustos y mármol. Otro rodó por las escaleras exteriores con un grito ahogado, abatido por fuego de cobertura mal calculado.
—Equipo Delta en ala este —avisó Situ—. Son muchos.
—No retrocedan —ordené—. Cierren por flancos. Háganlos gastar munición.
La mansión dejó de ser una casa.
Se convirtió en un jodido matadero.
Explosiones controladas abrieron accesos improvisados. El humo cegaba, quemaba los pulmones, hacía arder los ojos. Aun así, desde mi posición, veía suficiente: cuerpos chocando, manos arrancando armas, uñas clavándose en gargantas, culatas rompiendo mandíbulas, disparos a quemarropa cuando ya no quedaba distancia ni paciencia.
Observé a uno de los nuestros usar la cabeza de un cani contra una baranda hasta que dejó de gritar. Otro recibió una bala en el muslo y, aun así, siguió avanzando arrastrando la pierna, disparando desde el suelo como un animal rabioso.
El estrés me latía en la sien.
El margen de error era cero.
Y aún así…
—Movimiento en el flanco norte —dije, girando mapas, activando canales y empezando a moverme—. Ya nos descubrieron.
—Habían tardado mucho —rió Durance a mi lado. El hombre había decidido cuidar mi trasero, quedándose cerca del árbol por si algo pasaba.
Chico listo.
Él me ayudó a terminar de bajar del jodido tronco y nos lanzamos a correr sin pensarlo dos veces.
—Se sabía que iba a pasar —jadeé, compartiendo por un instante su sonrisa—. Ahora, todos a ejecución C.
No necesité confirmación de nadie. Estaban conscientes que, en cuanto más perros comenzaron a llegar desde distintos puntos de la propiedad, nuestro problema iba a crecer.
Los habíamos jodido. Eso era más que evidente. Entre los pasos correteando el lugar y los gritos de órdenes mal ordenadas, no sabía qué agarrar para reírme un rato. ¿Tan en guarda baja los habíamos tomado?
—El bastardo dejó la oficina —la voz de Rush transmitía su mal humor—. Pero se lograron neutralizar catorce malditos perros.
—Veinte —corrigió Rise, desde otro canal—. Dejaste atrás algunos desastres demasiado ruidosos para mi gusto.
Me tragué una risilla mientras seguía corriendo, disparándole a cualquier cosa que se me apareciera.
—Búsquenlo y terminen de enterrar a cada cani a la redonda. No les den tiempo de organizarse. Lorenzo no es estúpido: está jugando a barrer la casa —mis dedos presionaban el gatillo de la ametralladora una y otra vez—. Alexey está confundido. Ver a perros disparándose entre sí lo tiene desconcertado. Aún no sabe dónde está el problema, por lo que no va a correr mucho. Aprovéchenlo.
Tenía el presentimiento de que sabía en donde iba a establecerse el muy hijo de perra, así que pasé por el interior de la mansión y volví a salir cuando encontré la entrada que buscaba, junto a parte del equipo que tenía como mío luego de limpiar el mundo de un ególatra con serios problemas machistas.
En el exterior, vi cuerpos caer entre los jardines: uno con el cráneo abierto contra una fuente de piedra; otro desplomándose con medio cuello colgándole por un disparo mal alineado. Sombras que se desplomaban sin siquiera entender de dónde vino el disparo. Los cani comenzaron a desplegarse como animales heridos: agresivos, desordenados, desesperados.
—¡Lo veo! —anunció Konrad, también entre jadeos—. Quiere evacuar. Helipuerto. Ya.
—Claro que sí —murmuré, harta de que tuviera más vidas que una jodida cucaracha. Miré lo que me quedaba de equipo por encima del hombro y grité—: ¡despliéguense! ¡Necesito que lo mantengan en el maldito piso! ¡Ahora! —troné, sin dejar de correr.
Captaron la orden, pero tardaron demasiado.
Ocurrió lo que no quería.
—¡Helicóptero encendido! ¡También los veo, a ambos! ¡A cincuenta metros en dirección oeste! ¡Se fugan! —gritó alguien en mi oído.
No tuve tiempo de reconocer la voz.
Mi cabeza ya estaba rompiendo planes y creando otros nuevos.
«No. Como el infierno que no».
Dejé mis mierdas a un lado; dejé el cansancio, dejé mi caos, apagué las voces. Era ahora o nunca y, pese a que prometí cosas, como pude las arrimé hacia donde mi subconsciente no le diera por restregármelas en la cara en el peor momento.
Lo único que no aparté de mi sistema nervioso fue la rabia.
La quería viva.
Aferrada a mí.
Quería que me consumiera para seguir corriendo hacia la ubicación exacta.
Dejé de pensar en qué era ético y qué no cuando llegué al lugar y los vi a ambos posar otro pie en esa maldita nave como las putas cucarachas que eran.
Disparé.
Y con esa ráfaga, un rugido coordinado de disparos rompió cualquier intento de repliegue enemigo. No había líneas limpias ni coberturas elegantes: había cuerpos moviéndose por puro instinto, maniobras evasivas hechas a la mala, retrocesos estratégicos que se confundían con huidas y avances que se pagaban con sangre.
El suelo vibraba bajo mis pies y las balas zumbaban demasiado cerca. Sentí el impacto de una rozándome el hombro y ni siquiera bajé el ritmo. Me deslicé entre coberturas, salté restos de metal retorcido mientras uno de mis soldatos ejecutaba a uno de los tantos cani que intentó rendirse demasiado tarde.
No volteé para ver quién se estaba encargando de cubrirme el culo. No me importaba. Tenía una sola misión en mente justo en ese momento: terminar con todo el maldito circo.
Así que, con parte de la cuerda —que logré tomar antes de que el helicóptero desapareciera— guindándome en el pecho, aceleré el movimiento de mis piernas y, anticipándome a que la nave se dignara a despegar decentemente, comencé a subir por la cuerda con el puto helicóptero sobrevolando el suelo a varios metros.
El corazón casi se me salía del pecho, pero obvié la sensación de estar a nada de quedar hecha papilla en el piso si fallaba y me enfoqué en adentrarme con éxito al interior de esa mierda.
—¡Eres una maldita perra! —chilló esa maldita mujer, sin darme tiempo a nada.
Saltó encima de mí, dándole ventaja al otro hijo de perra de tomarme por los tobillos y arrastrarme aún más al interior.
Sonreía.
Ambos lo hacían.
Y aunque se me heló el aire en los pulmones, recuerdos que no quería inundaron mi cabeza y mi pulso se disparó, apreté los dientes e ignoré todo.
Mi cuerpo reaccionó, y eso fue lo que necesité para rodar con Katherina por la tapicería de la nave, apartando sus manos de mi cara con varios golpes de por medio. Sentí una satisfacción enorme cuando, de un impulso de piernas, logré que saliera volando del helicóptero.
El rugido que soltó Alexey al ver cómo su esposa era lanzada del interior de un helicóptero que sobrevolaba a varios metros, tratando de esquivar la balacera de afuera, me revolvió el estómago. Pero aún así no cedí. Y él, mucho menos.
Sus manos estaban en mi cuello antes de que pudiera parpadear dos veces.
Jadeé por aire. Al segundo de tenerlo enfrente, no me cohibí en hacerlo, y él lo disfrutó. Así como disfrutó ver el miedo que sabía que estaba impregnado en mí. Por eso sonrió de manera maligna y empezó a hablar.
—Nada se igualará al placer que tendré de por vida al matarte, maldita cagna —escupió, rabioso, cortándome muchísimo más la respiración—. Pero esta vez, me aseguraré de que de verdad te quedes así.
Por la fuerza que ejercía sobre mi garganta, empecé a ver puntos negros en las comisuras de los ojos. Sin embargo, como pude, mi rodilla conectó con su entrepierna tras dos intentos fallidos y, antes de que pudiera encogerse por completo del dolor, giré lo suficiente para tenerlo de espaldas y, con otra patada, su culo salió volando del helicóptero también.
Quería relajarme. Necesitaba relajarme. Pero entre que jadeaba por bocanadas de aire y que toda esa pesadilla aún no había terminado, no podía darme el lujo de bajar la guardia.
En cambio, tomé la ametralladora y, sin delicadeza alguna, la punta ya rozaba la cabeza del piloto asustado en la cabina.
—Baja. Ahora. Y lento. Pero haz que la maldita máquina bese el piso —ordené con una voz mucho más grave de lo que pretendía.
Fue cuando estuve segura de que habíamos aterrizado bien que todo explotó.
Las voces.
El ruido.
Los gritos.
Todo.
De nuevo, dividí el último capítulo. Esta vez sí lo entiendo, hay casi que 26.000 palabras, así que ajá.
Nos leemos en el siguieeeenteee. <3
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