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1. Let's Play - Capítulo 9

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9: 7 9: 7 Mi talento para meterme donde no debo… Lo odio Ninguno de los dos estaba dispuesto a mostrar sus cartas primero —A ver, ¿qué tanto haces ahí parada?

¿Vas a entrar sí o no?

—preguntó una chica pelirroja con aire gótico después de expulsar una nube densa de humo de cigarrillo.

Al dar un paso dentro de la habitación y cerrar la puerta detrás de mí, lo primero que noté fue a la pelirroja sentada en una silla minúscula, rodeada por un cementerio de colillas de cigarro.

Ese detalle ya fue lo bastante inquietante para mantenerme quieta, tratando de entender por qué Zacharias habría entrado aquí por primera vez, pero lo que en realidad me descolocó fue la puerta que se encontraba justo detrás de ella.

Una puerta más.

Cerrada.

Y, por la forma en que ella la custodiaba, casi podía apostar que no conducía a un baño privado.

—Chica, no tengo toda la noche —gruñó con fastidio, soltando otra calada—.

¿Entras o no?

Tenía muchas ganas de colocarle un mote.

Muchas.

Ella se parecía a esos personajes sombríos de caricaturas que escuchaban rock deprimente y recitaban poesía maldita en su tiempo libre; ropa ajustada negra, botas de plataforma, piercings por todos lados y maquillaje demasiado blanco como para ser pasado por alto.

Pero ponerle un apodo iba a necesitar pensar, y pensar iba a requerir tiempo que, por como iban las cosas, no tenía.

Así que, en cambio, asentí sin pensarlo demasiado.

Mi primer error fue dejar a mi problema sin supervisión adecuada —Kendall no contaba.

No cuando lo que ella quería era emborracharse y actuar como la amiga universitaria soltera— y el segundo perderlo de vista.

Ahora me tocaba recuperar terreno, por ende…  —Contraseña —pidió con tono monocorde, sin molestarse en mirarme directamente.

¿Contraseña?

¿Pero qué mierda había del otro lado?

¿Una dimensión paralela?

¿La guarida secreta de un asesino en serie?

¿La fábrica de Willy Wonka versión drogadicta?

«¿En qué diablos andas metido, Anderson?».

Fruncí el ceño.

Mi mente giraba, buscaba algo coherente, pero lo único que salió, por reflejo estúpido, fue: —¿Marihuana?

La pelirroja me lanzó una mirada tan lenta y seca que me sentí idiota por completo.

Y con razón.

La palabra había salido disparada sin filtro, y no como el cigarro que ella estaba acabando.

—Te daré una pista —optó, soltando el cigarro en el suelo y aplastándolo con su bota—.

Es una frase.

Ah, fíjate, fantástico.

Una frase.

Como si no existieran millones de frases en este jodido planeta.

Respiré hondo y dejé que el caos en mi cerebro hiciera lo suyo.

A veces eso funcionaba.

Y entonces, ahí estaba.

Otro bombillo encendido.

La frase surgió sin aviso.

—Todo corre por mi cuenta, y si no, hago que corra —solté, y mi voz sonó más segura de lo que realmente estaba.

Ella sonrió, y no fue cualquier sonrisa.

Era amplia, perfecta, con unos, por sorprendente que parezca, dientes blancos que me hicieron cuestionarme si estaba usando carillas o si por casualidad tenía pacto con algún demonio dental, ya que por cómo fumaba… Era imposible tener los dientes así de bonitos.

Se levantó sin decir nada más, abrió la puerta trasera y comenzó a caminar por un pasillo largo, angosto y bañado en luces rojas que parecían sacadas de un burdel de película vieja.

No me hizo falta una segunda invitación.

Fui detrás de ella.

—Bienvenida a LP —dijo al llegar frente a una puerta mucho más elegante que el resto de toda la maldita hermandad que abrió de par en par—.

Disfruta —agregó, antes de girar sobre sus talones y perderse de nuevo en la penumbra.

Entonces, fue ahí cuando sin poder controlarlo, mi mandíbula cayó por la sorpresa.

Esto… esto era un club.

Estaba de pie en un club.

Un jodido club.

LP no era el nombre de una biblioteca secreta o de una sociedad de intelectuales como en las novelas de misterio.

No.

Era un maldito club clandestino en donde habían luces rojas, humo denso flotando en el aire, música decente que retumbaba con bajos profundos, e idiotas jugando a ser el infierno sabía qué.

Aún con el shock recorriéndome el cuerpo, deslicé la mirada por mesas con vasos de cristal, cigarros a medio consumir, risas fingidas y… ¿en serio alguien se estaba aspirando una línea sobre un tablero de Monopoly?

—Maldito imbécil suicida —murmuré para mí.

¿Zach había estado aquí?

¿Aquí, con Harris, en este desfile de degeneración absurda?

No podía terminar de involucrarse en algo sano, ¿verdad?

¿Dónde quedó la opción de meterse a un club de lectura, aprender ajedrez o siquiera tocar una jodida guitarra?

No.

Tenía que arrastrar su culo problemático al único lugar donde podías conseguir una sobredosis, un embarazo y una pelea a puñetazos, todo en la misma noche.

¿Por qué cada que tenía la oportunidad de cambiar su vida tenía que ir por el peor camino?

Sacudí la cabeza, intentando despejar la frustración que amenazaba con hacerme perder el foco.

Tenía que encontrar al grupo con el que había venido, luego encontrar a Zach y después, si me sobraba tiempo y energía, matarlo yo misma.

Pasé entre miradas lascivas de varios imbéciles que no sabían la diferencia entre una mujer y una advertencia, y me planté en uno de los taburetes de la barra, girando el asiento para analizar cada detalle del lugar.

—¿Algo de tomar?

—preguntó el bartender, un tal Max, según su chaleco.

—Long Island, por favor —pedí, girando el asiento para dedicarle mi atención.

Sí, al llegar le había dicho a Kendall que emborracharse no era inteligente, pero vamos.

Había tenido una noche de mierda, cargada de tensión sexual, frustración y adrenalina.

Entonces, ¿qué era un poco de alcohol para aliviar las ganas que tenía de prenderle fuego a todo el lugar, con Zacharias Anderson dentro?

Max me sonrió como si supiera qué tipo de noche estaba teniendo.

En cuestión de segundos, mi vaso estaba listo.

—¿Algo más?

—Cuestionó, señalándome con la cabeza.

Estuve a punto de preguntarle si había visto a un mocoso con complejo de suicida llamado Zacharias y a su incondicional hermano puesto que Kendall estaría con él, pero el desechable vibró justo antes, así que negué con mi cabeza.

Max se alejó.

Lo saqué con rapidez y contesté.

—¿Ebria?

—Oí la impecable voz de Harrison.

Resoplé con fastidio.

—Estoy todo menos eso —respondí.

—Dame un informe.

Tomé el vaso y le di un buen sorbo.

Sentí como la bebida se deslizaba por mi garganta.

El sabor era dulce, ligado a una dosis de alivio momentáneo.

«Um, té helado sabroso».

—Hay un club —dije, manteniendo la voz baja pero firme—.

Drogas, alcohol, juegos de mesa y decadencia juvenil en estado puro.

Zach está aquí —bueno…, técnicamente no lo había visto aún, pero… Harrison soltó una maldición ahogada al otro lado de la línea.

—¿Por qué ese chico no puede ser un maldito problema normal?

—refunfuñó.

—Dímelo a mí —repliqué.

—¿Lo has pillado en algo?

—No…

todavía —ni siquiera sabía si estaba por el lugar a ciencia cierta, pero conociéndolo, lo más probable es que apareciera como un bendito conejo mágico en cualquier momento—.

Estoy en eso.

—De acuerdo —respondió, y colgó.

Soltando un largo suspiro, guardé el teléfono.

Miré el vaso, lo giré entre mis dedos y luego me lo llevé a los labios otra vez.

Me bebí todo de un trago.

Que se jodiera la cautela.

Giré en el taburete otra vez, cruzando una pierna sobre la otra y escaneé el salón.

El lugar tenía mucha más clase que la orgía visual que se desarrollaba afuera.

Más luces tenues, más terciopelo, menos vómito emocional en las paredes.

Acogedor, si se podía llamar así a un club donde la mayoría fingía ser gángsters y la autoridad estudiantil fingía que no veían nada.

Quienes estaban aquí, la gran parte hombres, jugaban a parecer refinados: camisas abiertas, relojes falsos de lujo y miradas entrenadas para parecer indiferentes.

Todo eso hasta que llegabas a la mesa del rincón, donde tres imbéciles estaban metiéndose algo por la nariz como si no supieran que el infierno les aguardaba con una cuchara de plata.

Y ahí estaba yo, preguntándome qué carajos hacía Zacharias envuelto en eso.

¿Qué era lo que buscaba realmente?

¿Diversión?

¿Caos?

¿Un pase directo a la muerte?

Cuando tenías a los mafiosos más letales de Rusia e Italia con la mira puesta en tu nuca, la última idea racional sería meterte en un club clandestino con luces rojas y olor a sudor, coca y testosterona.

—¿A quién buscas?

—preguntó una voz excitante que me perforó la espalda baja como una descarga eléctrica.

Juro que me tensé.

Cada músculo, cada tendón, cada puta neurona.

No necesitaba girar para saber quién era.

Esa voz tenía dueño, y ese dueño sabía con exactitud lo que hacía con ella, así que no respondí.

Por su bien.

Por el mío.

Todavía quería guardarme esa carta blanca, ese pase sin culpa para follármelo hasta sacarme el alma por la boca, y si giraba en ese instante, si lo miraba, perdería todo control.

—Sé que me estás escuchando.

Incluso te pusiste tensa —insistió, y juro por Dios que mi taburete giró por voluntad propia.

No.

Por la suya.

Entonces, ahí estaba él.

Su camisa negra semiabierta.

Esos ojos grisáceos con los que podría matar y al mismo tiempo ponerme a suplicar.

El maldito era una contradicción vestida de deseo.

Perfecto.

Peligroso.

Maldito.

—Rush —solté su nombre como si fuera una droga, intentando que mi voz no traicionara todo lo que mi cuerpo ya gritaba.

Me sonrió y eso fue peor.

Su boca, sus malditos hoyuelos, esa expresión como si supiera lo que estaba haciendo en mi cabeza y estuviera disfrutando cada segundo de mi tortura silenciosa… «Hijo de perra».

—Sé que ese es mi nombre, pero no pregunté eso —dijo, señalando mi vaso vacío—.

¿Tomas?

Alcé una ceja y casi se me escapaba un bufido.

«No.

Claro que no.

Estoy acá con un vaso porque quiero parecer escenografía», pensé para mis adentros.

—Sí, Rush, tomo.

No tanto como me gustaría esta noche, pero lo hago —contesté con ironía—.

¿Por qué?

¿Vas a preguntarme también por qué tomo?

Su risa fue un golpe bajo.

Profunda, rasposa, como si cada nota estuviera diseñada para joderme los pensamientos y derretirme las bragas.

Lo peor: funcionó.

Sentí la humedad crecer entre mis piernas con una facilidad que me indignó.

—No sería cortés preguntar eso —murmuró con esa voz que debería estar prohibida después de las diez de la noche—, pero si quieres hablar de ello, estaré prestando toda la atención que quieras.

Él era una maldita caja de sorpresas.

Un enigma con sonrisa de pecado y modales que daban ganas de quitárselos a mordidas.

Era exasperante lo mucho que me gustaba su descaro.

—Me gusta tu intento de coquetear —dije, con una sonrisa ladeada, relajándome contra el borde del taburete, aunque por dentro quería aplaudirle de pie.

«De pie y sin ropa», si se me permitía añadir.

Su risa volvió a nacer en su garganta, áspera y deliciosa, y yo apreté las rodillas.

«Maldita sea».

Ni siquiera estaba haciendo demasiado.

Solo hablaba y me miraba como si ya me conociera desnuda.

—¿Qué haces por aquí?

Sacudió la cabeza como si la respuesta fuese demasiado cara para darla gratis.

—No, preciosa.

Si tú no me contestas, yo no tengo por qué hacerlo —se encogió de hombros y le hizo una seña a otro bartender.

Esta vez, fue uno mucho mayor que el que me atendió; a ese sí se le notaba la experiencia—.

Dos Old-Fashioned, Jack.

Por favor.

Le di una mirada escéptica.

¿Old qué?

—Como ordene, señor Massey —respondió el hombre, tan rápido que no me dio tiempo a disimular mi sorpresa.

Preparó los tragos como si lo hiciera dormido, los estrelló con destreza frente a Rush y desapareció como si fuera parte del decorado.

«Uh, ¿señor Massey?».

Rush me acercó uno de los vasos con toda la calma del mundo y esbozó una sonrisa pequeña.

—¿Quieres?

—preguntó como quién no quería la cosa.

Lo miré con la ceja arqueada, señalando el vaso.

—¿Apareceré en tu cama drogada y atada?

Su risa fue tan ronca, tan baja y tan jodidamente sexual que me recorrió la entrepierna como una corriente eléctrica.

—No necesito drogarte para que acabes en mi cama, princesa —dijo, guiñándome un ojo con ese descaro con el que se debería multar a la gente—.

Además, la somnofilia no es lo mío.

«Dios santo en calzoncillos».

Rodé los ojos, sonreí sin poder evitarlo y le arranqué el vaso de la mano.

Si iba a pecar, que fuera con estilo.

Le di un buen sorbo y… Jesucristo.

¿Qué diablos acababa de tomar?

¿Por qué se sentía como si estuviese bebiendo desde el maldito cielo?

Ese toque de dulzura… Ese punto medio que suavizaba el bourbon que se notaba que tenía…  Puede que haya soltado un gemido suave y del todo involuntario.

Tal vez.

A esas alturas no confirmaba ni negaba nada.

Pero el espécimen me miró como si acabara de hacer un striptease solo para él.

Me aclaré la garganta, intentando disimular el rubor que me trepaba por el cuello.

—Entonces… —empecé a decir, pero no pude seguir.

Alzó su mano y, con una confianza devastadora, deslizó su pulgar por la comisura izquierda de mi boca.

Un toque.

Un solo toque, y mi sistema nervioso se fue a la mierda.

—Tenías una gota ahí —dijo, como si eso explicara todo, bajando la mano, dejándome de regalo su palma cálida contra mi cuello.

Yo parpadeé, atontada por el calor, por la tensión, por las ganas de gritarle que dejara de mirarme así o me tendría que sentar en sus piernas ahí mismo y utilizar la carta que aún no quería usar.

La energía entre nosotros era tan densa que por un momento pensé que los demás en el club también la sentían.

Casi podía verla en el aire, vibrando.

—¿A quién buscas?

—repitió, suave, como si la pregunta no tuviera peso, inclinándose un poco hacía mí.

Pero no llegué a responder.

Una mano se cerró sobre mi antebrazo con un agarre asesino.

Firme.

Brutal.

Y jaloneó hasta desaparecer el calor que el espécimen me regalaba.

La tensión sexual que me rodeaba segundos antes se evaporó como humo, dejando en su lugar un chispazo de ira pura.

No tuve que girarme.

Sabía quién era.

Ese toque lo reconocería en cualquier lugar.

Frío, tosco, fuera de lugar.

Y solo por eso, a él le iba a costar una patada en las costillas cada moretón que sabía que iba a quedar en mí.

Mi mandíbula se apretó, mis músculos se tensaron y una tormenta silenciosa comenzó a agitarse en mi interior.

Juraba que ese mocoso iba a salir de aquí con un brazo roto y varios moretones.

Mínimo.

Lo siguiente que noté fue la mirada de Rush alzándose de mí hacia Zach, ladeando la cabeza con una sonrisa que no auguraba nada bueno.

—Zach —saludó, tranquilo.

Demasiado tranquilo.

El rubio idiota no solo no soltó, sino que apretó más.

Me sacó un siseo de dolor que intenté tragarme, pero que fue suficiente para que Rush me buscara con la mirada de nuevo.

Y bastó eso.

Solo una mirada y todo atisbo de amabilidad se extinguió en sus ojos.

—Massey —devolvió Zach, tenso.

Su voz sonó como si se le hubiese atorado una espina en la garganta.

Rush inclinó apenas la cabeza, sin dejar de observar.

Sus palabras fueron cuchillas envueltas en terciopelo.

—Por más que me guste ver tu cara…

y la de ella —hizo un leve gesto hacia mí—, debo decir que ella no está hecha para esto, y dudo que esté lista para el campo.

¿Disculpa?

Mi cabeza giró hacia él de golpe.

¿Qué carajo tenía yo de “no hecha”?

Rush no se inmutó por mi indignación silenciosa.

Solo sacudió la cabeza y siguió hablando.

—Justo al igual que tú no estás hecho para estar con ninguna mujer que se merezca tu maltrato, Anderson —señaló el lugar exacto donde Zach aún me aferraba—.

Suéltala.

La última palabra no fue una sugerencia.

Fue una orden.

Un disparo contenido en una sola palabra.

El ambiente se volvió tan denso que costaba respirar.

Nadie hablaba.

Nadie se movía.

Solo el pulso tembloroso en mi muñeca y la certeza de que si Zacharias no me soltaba, su brazo no iba a seguir entero por mucho más.

«Dios…

por favor.

Por el bien de todos, que sepa cuándo retroceder».

Y lo hizo.

Sentí cómo aflojaba los dedos, uno a uno, como si le costara aceptar la derrota.

Suspiré, apenas.

El alivio me sacudió los hombros, y con él, la sonrisa de Rush volvió a aparecer.

—Ella solo me estaba buscando, Rush —dijo Zach, con una voz más insegura de lo que habría querido.

Eso me hizo fruncir el ceño.

¿Por qué sonaba tan nervioso?—.

Ya nos íbamos.

Rush no contestó de inmediato.

Solo giró el rostro hacia una mesa de póker libre y alzó una ceja con una elegancia de otro mundo.

—¿Qué les parece jugar una partida?

Ah.

Capté la indirecta al instante.

Aquello no era una simple invitación, era ganas de obtener una revancha.

Él la quería.

Con estilo.

Con estrategia.

¿Y quién era yo para negarme a patearle el ego una vez más?

Mi sonrisa fue inmediata, casi instintiva.

—Tenemos clases en la mañana —esquivó Zacharias.

Un argumento ridículo viniendo de alguien que acababa de meterse en un club ilegal un día de semana—.

En otra ocasión será —cerró, y me tomó de la mano para arrastrarme fuera.

Literalmente.

Ni tiempo me dio de despedirme.

Me jaló hacia la puerta, y cuando giré un segundo para buscar la mirada de Rush, esperaba encontrar una mueca de fastidio o, al menos, una pizca de molestia por la huida abrupta.

Pero no.

Él solo mantenía una sonrisa.

Grande, amplia, maliciosa.

Y entonces la puerta se cerró en mis narices.

—¿Cuál es tu jodido problema?

—solté, sacudiendo mi brazo y quitándome su mano de encima de un tirón.

Estábamos en el pasillo de luces rojas y su atmósfera cargada.

La música de afuera ahora estaba filtrándose por las paredes, casi como una burla a todo lo que acababa de suceder.

Zach me miró como si yo fuera el problema y yo lo miré del mismo maldito modo.

—¿Qué mierda hacías allá adentro, Larissa?

¿Y con Rush Massey?

—espetó, como si fuera él quien tenía derecho a hacer preguntas.

Me reí.

Corta, filosa.

Un sonido seco que no tenía nada de gracia.

—Escucha, idiota, te juro que estoy tratando de controlarme —dije entre dientes—, pero te estás llevando todos los números de la rifa para que te dé la paliza de tu vida —di un paso hacia él—.

Lo que yo haga con Rush, con el portero de la esquina o con el resto del puto planeta no es tu problema, ¿sí lo entiendes?

—seguí—.

Vuelve a tocarme sin mi consentimiento y juro por Dios que no te quedarán ganas de volver a hacerlo, Zacharias —le apunté con el dedo, sintiendo cómo mi sangre hervía bajo la piel—.

No eres nadie para agarrarme como lo hiciste.

Así que guarda tus escenas de macho alfa reprimido y tus marcas de poder para otra, porque a mí no me temblaría la mano para devolvértelas.

La rabia entre nosotros era un incendio sin control.

Se podía sentir en el aire, espesa, punzante.

Si las miradas mataran, estaríamos los dos muertos.

Y felices por llevarnos al otro con nosotros.

«Recuerda tu trabajo, Bells», murmuró una voz en mi cabeza.

Y así mismo como apareció, con la misma rapidez me la pasé por el culo.

El imbécil fue el primero en parpadear.

Cerró los ojos, su mandíbula apretada como si estuviera conteniéndose con uñas y dientes.

Inhaló profundo.

Exhaló.

Repitió el proceso cuatro veces más.

Cuando los abrió, no era más tranquilo, solo más controlado.

—Vámonos.

Drake y tu amiga están esperándonos en la camioneta —gruñó, y se dio la vuelta sin esperarme.

Caminé tras él tan solo porque todo el ajetreo de la noche me había dejado sin energías y porque no quería que Kendall se preocupara.

Estaba segura de que estaba con los nervios por las nubes por no saber dónde estaba.

No por él.

Zacharias se encontraba ahora en el tope de la lista de individuos a los que le iba a destrozar algo si no dejaba de mirarlo un segundo más.

Pasamos frente a la puerta abierta y la misma pelirroja sentada en la entrada se burló: —¿Se van tan rápido?

Zacharias se giró como si su rabia estuviera esperando una excusa.

—No la dejes pasar de nuevo, Cassie —siseó, su dedo apuntándome con fuerza—.

No me importa si está con el mismísimo Dios, ¡no la dejes pasar!

Su voz tronó como un disparo.

Y sin más, desapareció, empujando la puerta de la gran sala con violencia, dejándome con la pelirroja que ahora tenía nombre y una indignación en llamas.

Cassie silbó bajo.

—Mierda, jamás lo había visto así —comentó con los ojos abiertos, todavía mirando el lugar por donde Zach se había ido—.

Ni siquiera cuando Drake pasó sin su permiso.

Fruncí el ceño.

¿“Sin su permiso”?

¿Drake?

¿Tenía que pedirle permiso su propio hermano mayor para cruzar una puerta?

¿Desde cuándo Zach tenía poder sobre eso?

—No te sigo —admití, confundida.

Demasiadas piezas que no encajaban.

Cassie se encogió de hombros y negó con la cabeza despacio, mientras encendía otro cigarro.

—Te aconsejo que te muevas.

No querrás que vuelva peor —murmuró, exhalando una nube de humo que se mezcló con las luces rojas como un mal presagio.

—Eso te va a matar, ¿sabías?

—le dije, señalando el cigarro con desdén.

Ella se encogió de hombros otra vez y, sin decir nada más, señaló la salida con dos dedos manchados de nicotina.

Resoplé, harta, y me largué de ahí.

Crucé entre cuerpos sudados, risas desubicadas y gente ebria que parecía vivir en un loop de inconsciencia.

No tuve que caminar mucho para encontrar a Zacharias esperándome con su ceño fruncido y mandíbula apretada.

Se acercó, tomó mi mano con posesión más que con afecto, y me sacó de ahí sin decir una palabra.

—Veo que encontraste al dulce bombón —dijo una voz familiar, sardónica, que venía desde la cerca del jardín de la entrada principal.

Era Harris.

Perfectamente lúcido y rodeado de chicas semidesnudas que reían como si estuvieran drogadas de ego.

En ese instante, mi mente se activó a toda velocidad y, esta vez, no me contuve; le lancé una mirada fulminante cuando comprendí la verdad.

Ese maldito había fingido estar drogado, ¡solo para fastidiar a mi estúpido problema andante!

—Eres un idiota —le espeté, deseando estamparle algo en la cara.

Zacharias se rió.

Así.

Sin más.

Soltó una risa ronca como si nada de lo que pasamos hace unos minutos atrás hubiese existido.

«¿Sufrirá de otra cosa aparte de ser suicida?», me encontré pensando, incrédula por su bipolaridad descubierta.

—No hay persona en la Tierra que diga lo contrario —respondió con una sonrisa torcida, y me jaló hacia la camioneta.

—¡Ambos son tal para cual!

—gritó Harris justo cuando Zach cerraba mi puerta de un portazo.

Perfecto.

Otra noche para recordar.

—¡¿Se puede saber en dónde mierda andabas?!

—chilló una Kendall algo pasada de copas, asomando su cabeza desde la parte de atrás como un demonio desatado.

—¿¡Pero qué…!?

—di un brinco, mi mano de manera instintiva fue a mi pecho.

Kendall iba a matarme.

—Dado a que la encontré muy entretenida con Rush Massey, no creo que le importe si casi te daba un infarto —soltó Zach al entrar en el auto y ponerse en marcha.

«No bastándote con ser bipolar, también te gusta ser soplón».

—¿¡Qué?!

—exclamó Drake desde el asiento trasero, con los ojos bien abiertos.

Kendall resopló y se dejó caer de nuevo al asiento, cruzándose de brazos al lado del rubio.

Su cerebro estaba lo bastante nublado por el alcohol como para darle importancia a las palabras de Zacharias, la conocía.

—¿Podemos jugar a “el primero que me diga qué carajo tiene de malo que hable con Rush gana un premio”?

—solté con sarcasmo—.

Venga, el que lo diga más rápido, se lleva una galleta.

Pero mis ojos estaban puestos en Zach.

En cada movimiento, cada expresión.

Él gruñó, sacó las llaves con tanta fuerza que pensé que las iba a romper, encendió la camioneta y salió disparado de ahí.

—No es gracioso, Larissa —siseó entre dientes, sin mirarme—.

¿Qué hacías con Massey justo ahí?

¿Ahí?

¿Se refería al club, no?

Si era así, ¿por qué mierda lo decía como si fuera Voldemort?

La palabra prohibida.

El lugar prohibido.

El tipo prohibido.

Rodé los ojos.

—¿Qué te hace pensar que eso sería de tu incumbencia?

—cuestioné con una sonrisa tan burlona como venenosa.

Zach frenó en seco, haciendo que mi cuerpo se lanzara hacia adelante antes de caer con brusquedad hacia atrás.

Todos en la camioneta gruñeron al unísono.

—¡Zach…!

—advirtió Drake, ya harto.

—¡Cállate, Drake!

—le gruñó de vuelta, y luego giró su rostro hacia mí, sus ojos azules convertidos en fuego puro—.

No te quiero cerca de Massey, ¿lo entiendes?

No.

Te.

Quiero.

Cerca.

Mantén una distancia de trescientos kilómetros si es necesario, pero por el jodido Dios, aléjate de él, Larissa.

La tensión se volvió plomo suspendido en el aire.

Los nudillos de Zach eran blancos, su mandíbula, pura furia contenida.

Y yo… Bueno, yo nunca fui buena manejando momentos serios, por ende, una risita se escapó sin permiso.

Una carcajada aguda, casi histérica, que rebotó en las paredes del auto como si estuviera poseída.

—¿Estás loca?

—espetó Kendall, horrorizada desde el asiento de atrás.

—Es que… —risa entrecortada—, él… —más risa—, joder.

Seguí riéndome como una desquiciada en pantaletas corriendo por la autopista.

Porque eso era lo que hacía cuando todo se volvía demasiado: me reía.

Y no era mi intención, lo prometo, pero Dios… Zach, mientras tanto, apretaba el volante como si su fuerza pudiera arrancarle respuestas a la vida.

—Que te jodan —masculló por lo bajo y arrancó de nuevo, sin mirarme.

Seguido de eso, el silencio que nos envolvió era tan denso que se podía cortar con un respiro mal dado.

Nadie decidió emitir una palabra, ni siquiera un movimiento.

Pero estaba bien.

Necesitaba un momento para asimilar todo, así que ese silencio repentino me vino de maravilla.

Dejé que mi cabeza trabajara en preguntas como: ¿qué hacía un club ilegal en medio de una prestigiosa universidad y por qué nadie se daba cuenta?

¿La autoridad educativa estaba comprada?

¿El silencio de los profesores igual?

¿Quién manejaba todo eso?

Necesitaba respuestas.

Y una hamburguesa.

Y dormir tres semanas seguidas.

No sabía en qué momento habíamos llegado a mi residencia, pero fue el sonido de una puerta abriéndose y cerrándose que me devolvió al presente.

Parpadeé justo para ver como Kendall ya caminaba rumbo al edificio, sin mirar atrás.

Suspirando abrí mi puerta y ni siquiera me molesté en cerrarla.

Zacharias podía hacer algo por su vida que no fuese hartar a todo el mundo y cerrar la maldita puerta por sí mismo.

Comencé a caminar detrás de Kends, pero una mano me agarró de la muñeca y me jaló hacia atrás.

Me giré, lista para otra ronda con el idiota alfa, pero no.

Era Drake.

Y en sus ojos no había rabia, sino una mezcla entre vergüenza y pesar.

—Lo siento —dijo, bajando la voz—.

Zach no siempre es así.

Me crucé de brazos, tamborileando los dedos sobre la piel con impaciencia.

—¿Ah, no?

¿Entonces cómo es?

¿Un idiota a medio tiempo?

¿Bipolar con horario?

¿Suicida de ocasión?

—solté, dejando que el sarcasmo se arrastrara por cada palabra—.

Mira, Drake, no quiero ni necesito que te disculpes por él.

Zacharias ya está grandecito, puede hacerlo por su cuenta… si alguna vez se le da por tener dos neuronas funcionando.

Drake se rió apenas, con resignación.

—Solo intenta protegerte, ya sabes.

Eres nueva.

Inocente.

Además, es tu primer día.

Zach solo… —No necesito de su maldita protección —corté, hastiada de ver cómo protegía las acciones sin sentido de su hermano.

Él suspiró y me clavó una mirada que mezclaba humor con complicidad.

—Estabas en LP, ¿no?

—preguntó, entrecerrando los ojos como si ya conociera la respuesta—.

Es la única forma en que tiene sentido el ataque de histeria de Zach.

Alcé una ceja, interesada.

Oh, bueno.

Si el idiota de Zach no iba a darme respuestas, bien podía intentarlo con su hermano mayor, ¿qué tenía a perder?

—¿Qué sabes de LP?

—pregunté, empapando mi voz con el mejor tono coqueto que tenía.

Drake soltó una carcajada y negó con la cabeza.

—No, muñeca.

Lo único que voy a decirte es que tienes que mantener tu lindo trasero lejos de ese club.

Lejos de ahí y lejos de los hermanos Massey.

Momento, momento.

¿Acaso es que habían más Rushes regados por ahí o cómo?

—Riden y Rise, cariño —aclaró, como si hubiera leído mi cara de confusión absoluta.

Abrí los ojos, sorprendida.

«Así que… ¿Los tres son hermanos?»—.

Por tu expresión, asumo que ya los conociste.

Mi pregunta es cómo.

Bien, eso no me lo esperaba.

Es decir, sí, pero a la misma vez no.

Sin embargo, era lo más lógico.

Aquellas tres bombas nucleares genéticas bajo un mismo apellido compartían una elegancia, sensualidad y un nivel de egocentrismo lo bastante parecido como para solo ser amigos.

—¿Cómo los conoces?

—repitió Drake, con genuina curiosidad.

Sacudí la cabeza y le sonreí con picardía.

—Tú me dices por qué tengo que mantenerme lejos de LP… y yo te digo cómo conocí al trío irresistible.

Negocio limpio.

Drake me escaneó de arriba abajo, tratando de no sonreír.

Sabía que no iba a conseguir mejor trato.

Yo también lo sabía.

Justo por eso, después de unos segundos, se rindió.

—Eres obstinada y terca, ¿no es así?

—dijo con un brillo divertido en los ojos.

Me limité a encogerme de hombros, fingiendo inocencia—.

Bien —cedió, alzando las cejas—.

Pero antes… ¿te apetece comer algo antes de empezar?

Pareces estar de mal humor por hambre.

Le di mi mejor cara de triunfo, con ojos brillando y todo.

«Cristo bendito, sí».

—¡Sí!

Drake soltó una carcajada genuina y tomó mi mano.

—Vamos, pequeña policía —cedió y me encaminó a la camioneta nuevamente.

Fue así, entre secretos que todavía no me querían contar y estómagos gruñendo, que me volví a subir a la camioneta.

Y aunque no lo sabía aún, ese “desayuno madrugador” iba a cambiar muchas cosas.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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