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Capítulo 10: 8

Había suicidas de suicidas, luego estaba Zacharias Anderson

Si esto era un juego, alguien había decidido que yo fuera la ficha

—¿Por qué ella sigue aún aquí? —preguntó Zach, con ese tono suyo tan ridículamente amargado, en cuanto subí al asiento trasero de la camioneta. Me miró por el retrovisor como si su día no pudiera ir peor que tenerme a bordo.

El motor aún estaba apagado. Parecía estar considerando con seriedad lanzarme por la ventana en vez de girar la llave.

—¿Pueden intentar llevarse bien aunque sea por dos minutos? Solo dos. De aquí a Jones —rogó Drake desde el asiento del copiloto. Zacharias y yo resoplamos al mismo tiempo—. Lo supuse —suspiró en voz baja.

—¿Te quedarás en Jones? —soltó Zach al fin, mientras arrancaba el auto y nos alejábamos de la acera de mi edificio.

—Sí. No necesito ni quiero que Lainey me despierte al amanecer solo porque su estómago exige panqueques —respondió él.

Una pequeña sonrisa se escapó de mis labios al imaginar a Lainey golpeando la puerta de Drake a las seis de la mañana como si la casa estuviera en llamas… cuando en realidad solo tenía hambre.

—¿Tienes las llaves del auto? —preguntó Zach.

¿Otro auto? ¿Qué seguía? ¿Un McLaren Spider con luces LED y lanzallamas? Drake soltó una carcajada.

—Tranquilo, hermanito. Tengo todo bajo control.

Pasaron algunos minutos en relativo silencio —el tipo de silencio incómodo que solo un auto lleno de tensión y sarcasmo contenido puede ofrecer— antes de que decidiera hablar.

—Drake, ¿me prestas tu celular?

Tenía que avisarle a Kends de que lo más probable era que no pisaría el apartamento lo que restaba de madrugada, al menos no hasta que sacara toda la información que pudiera del rubio cabezón. Mi celular estaba con ella y el desechable que cargaba servía tan solo para recibir y hacer llamadas a solo una línea, así que…

—Cuidado y lo dañas —murmuró el imbécil desde el asiento del conductor.

Lo ignoré con el doctorado que obtuve por haber hecho la maestría en desestimar idiotas mientras que Drake, mucho más colaborativo, se removió y me tendió su celular. Apreté el botón de inicio. No tenía contraseña, lo cual me pareció raro dado el historial de su familia, pero no hice preguntas. No todavía.

Marqué el número de Kendall, esperando que estuviera demasiado dormida como para quejarse… pero conociéndola, era más probable que estuviera desahogando su estrés y mala copa de la noche en mi habitación.

—¿Sí? —contestó al segundo timbrazo, con la voz arrastrada por el sueño y el enojo.

Pequeños milagros.

—Llegaré tarde —fui directa—. No me esperes despierta, y por el amor a las manzanas rojas, ni se te ocurra ordenar mi desorden en mi habitación, Kendall.

—No sé de qué me hablas —dijo, justo antes de que un portazo retumbara en el fondo. Sonreí—. ¿A dónde vas?

—Claro que sabes. Cada vez que estás furiosa conmigo, reorganizas mi cuarto como castigo pasivo-agresivo. Y lo detesto, Kends —ignoré su pregunta con la elegancia de una espía entrenada en evasión. Ella suspiró—. Estaré en casa pronto, cariño.

—Te odio justo ahora —siseó.

—¿Cómo te soporta? —interrumpió Zach, tentando con ambas manos mi última hebra de paciencia.

«Voy a terminar matando a este hijo de puta», pensé con disgusto. «Y cuando Harrison me suelte el discurso sobre autocontrol, lo ignoraré tal cual anuncio publicitario de veinte minutos».

—Está bien —cedió Kendall, con resignación—. Nos vemos luego.

—Duerme —murmuré antes de colgar.

Le devolví el celular a Drake, y el rubio me regaló una sonrisa despreocupada.

—Cuidado y te llenas de gérmenes, Drake —espetó el otro, sin perder la oportunidad de decir algo innecesario.

Suficiente.

—A ver, ridículo, cállate antes de que mi puño finalmente conozca tu cara, ¿de acuerdo? —siseé con una dulzura venenosa.

Drake suspiró, haciendo notar esa especialidad de mediar entre dos volcanes activos.

—¿Ustedes no pueden comportarse como gente civilizada ni siquiera en un espacio cerrado?

—Cuando tenga una persona civilizada enfrente, quizás, y solo quizás, me comporte —respondí, irritada.

—¿Siquiera sabes qué es una persona civilizada? —espetó Zach, lanzándome una mirada por el retrovisor que podría haber derretido acero.

—Cualquier persona que no seas tú calificaría como civilizada —le respondí sin perder el ritmo, arqueando una ceja.

Y aunque apartó la vista del retrovisor como si no le interesara seguir discutiendo, capté un atisbo de sonrisa curvándose en sus labios. ¿Lo peor? También sonreí un poco.

Ni idea por qué. Tal vez era la emoción de casi matarlo. Tal vez era el calor de la batalla dialéctica. Tal vez estaba volviéndome loca.

El resto del viaje transcurrió en un silencio, por extraño que parezca,… acogedor. No cómodo, pero tampoco hostil. Como si ambos hubiéramos decidido, de manera temporal, no apuñalarnos verbalmente.

Hasta que llegamos.

Resultó que “Jones” no era un restaurante, ni un local de comida rápida con luces de neón y olor a grasa. No. Era una residencia. Una enorme, carísima y jodidamente hermosa residencia. Estaba entrando a un edificio moderno de unos veinte pisos, apartado del campus, apartado de todo, con vista al mundo y presupuesto para comprarlo entero.

¿Quién demonios vivía ahí? Mejor aún, ¿qué carajos hacíamos ahí? Pensé que iríamos a comer, no a tener una pijamada en un penthouse digno de una estrella de cine.

Zach frenó frente al edificio y, sin decir una palabra, dejó que Drake saliera para abrirme la puerta. Apenas el rubio cerró, Zach arrancó el coche y se largó sin siquiera un adiós.

«Imbécil».

Drake empezó a caminar y lo seguí, todavía confundida, pero sin detenerme. Cruzamos la entrada y pasamos por la recepción —porque por supuesto que había una recepción—, deseando buenas noches al vigilante con uniforme elegante que estaba sentado detrás. Luego, sin cruzar palabra, Drake pulsó el botón del ascensor y entramos en la caja de metal como si fuera algo habitual.

Cuando lo vi marcar una serie de dígitos en un panel discreto, decidí que ya era hora de romper el bendito silencio.

—¿En dónde mierda estamos? —pregunté con toda la sutileza que me caracterizaba.

Drake soltó una media sonrisa.

—Me preguntaba cuándo volvería a escucharte hablar —murmuró divertido.

Las puertas se abrieron antes de que respondiera. Y lo que vi me quitó las palabras por unos segundos; no era un apartamento… Era una jodida postal.

Una sala elegante tan enorme con paredes que parecían haber sido diseñadas por algún arquitecto obsesionado con la perfección que mi primer pensamiento fue: “¿cuántas personas viven aquí?”. Le siguió otro: “¿y si me pierdo?”. Y un tercero: “¿cuánto cuesta respirar este aire?”.

Había lámparas colgantes de cristal, muebles de cuero negro que gritaban “intimídame”, dignos de una revista. Una pantalla plana que sin problemas podría tapar el sol, un ventanal de película que dejaba ver el campus a lo lejos, todo envuelto en un cielo nocturno con estrellitas brillando como si alguien hubiese activado un filtro de Instagram en la vida real y un aroma suave a madera pulida y cítricos.

Todo… muy poco Drake, a mi parecer. Pero cien por ciento todo muy clásico del apellido Anderson, por lo que había visto ya.

—Mi apartamento —dijo por fin, como si fuese lo más normal del mundo.

Dicho eso, él caminó como si no fuera gran cosa, como si no estuviésemos en la versión moderna de una mansión en las nubes, se dejó caer en uno de los sofás frente a la pantalla y encendió la televisión con una calma que me irritó.

Me lanzó una mirada burlona.

—Muñeca, puedes pasar, sentarte, correr, rociar tu sarcasmo en las plantas. Mierda, incluso puedes asaltar mi nevera y comerte todo lo que encuentres si es lo que gustas, pero relájate, cariño. Es solo un apartamento. No te va a comer viva.

«Ay, por favor».

Salté mentalmente sobre los apodos como quien salta sobre cáscaras de plátano en una pista de Mario Kart, decidiendo dejarlos pasar por esta vez y bajé los tres escalones frente a mí, preparada para internarme en otro universo, recordándome con severidad que eso no era más que un apartamento. Uno muy grande. Uno increíblemente caro. Uno que sin lugar a dudas tenía su propio código postal. Pero un apartamento, al fin y al cabo.

Eso me dije. Mentí, claro está, pero pude creérmelo a medias.

Entonces, en honor a mi instinto curioso —e incontrolable—, me puse a recorrer todo. Su cuarto: impecable, iluminado, elegante. Las cuatro habitaciones de invitados —sí, cuatro. Porque uno nunca sabía cuándo iba a necesitar alojar a una banda de rock—: blanquecinas. Los tres baños adicionales: innecesarios, pero glamurosos. La cocina: tan grande que juraba que ahí cabía un auto. Un cuarto de juegos que activó mi ansiedad de tocar la Xbox como una adicta en rehabilitación: envidiable. Y la joya de la corona: la terraza. Una terraza hermosa, privada, con plantas vivas —¡vivas!— y un jacuzzi. Un jodido jacuzzi.

¿Quién demonios tenía un jacuzzi en la terraza? Un rubio rico, por lo visto.

La verdad, me odié un poco por enamorarme de ese lugar, ¿pero qué más se le iba a hacer?

Cuando mi fase de exploradora compulsiva terminó, volví a la sala, y casi me arrodillo de la emoción al ver la caja de pizza de pepperoni sobre la mesa y latas de Coca-Cola frías.

Dios santo. Estaba empezando a amar a ese hombre.

Drake me sonrió y se corrió un poco hacia un lado para que pudiera sentarme junto a él.

—Dado que terminaste tu orden de cateo, me pareció una buena idea traer algo de comer —dijo, señalando la caja de pizza—. ¿Pizza está bien, o quieres ensalada?

Lo miré como si acabara de sugerir que comiéramos piedras.

—¿Qué clase de persona crees que soy? —pregunté, haciéndome la ofendida.

Tomé una rebanada, bien caliente, y le di una gran mordida.

Gemí.

—Oh, Dios… —murmuré con la boca llena—. De esto es de lo que estaba hablando.

—Eres increíble —soltó, y le permití, sin restricción alguna, verme sonreír.

—Gracias, gracias —dije con tono teatral, y luego añadí, volviendo a mi modo operativo—: Ahora, respuestas.

Eso le borró la sonrisita que traía y lo hizo sentarse más recto que un militar en inspección.

«Ay, rubio. Si pensaste que ibas a distraerme con comida, techos altos y un jacuzzi en la terraza, estás bien tonto».

—¿No lo vas a dejar pasar, cierto? —preguntó, como si existiera siquiera la posibilidad.

Negué con la cabeza, dándole otra mordida a mi rebanada.

—Aunque la pizza está muy buena —admití.

Drake se removió en su lugar y soltó un suspiro que me preparó para la mierda.

—Bien —dijo despacio—. Como ya debes saber, LP es un club. Clandestino. Ilegal. Que no debería estar funcionando ni en la universidad… Y para serte sincero, pienso que en ningún lugar deberían existir clubes así.

Respiré hondo. ¿Estaba hablando en serio? Gracias por nada, rubio dramático.

—¿Y? —presioné.

—No debías estar ahí —añadió, como si eso fuera la gran revelación.

—Necesito más que eso, Drake —le solté—. Estás soltando mierda obvia y dramática.

—Bien, hay algo más —se removió de nuevo. Más incómodo que un niño atrapado con un tarro de galletas entre manos. Hice un gesto con las manos como diciendo: “déjate de estupideces y suéltalo, por el amor al Señor de las Galletas”—. Larissa —amonestó.

—Ya, ya, de acuerdo —masqué otro pedazo de pizza—. ¿Qué es la otra cosa? —se produjo un silencio que me empezó a quemar los nervios—. ¿Qué es? Vamos, Drake. No puede ser tan malo. ¿Hay otro club? ¿Uno nudista? ¿De natación? —bromeé, buscando aligerar el aire.

¿Un adelanto?: no sirvió de nada.

Drake me miró, tragó saliva y soltó un murmullo que me bajó la temperatura corporal de golpe.

—El club… El club no es solo clandestino, Larissa. Ahí… También es el centro de un negocio de tráfico de drogas.

Maldita sea.

Congelé la mordida a medio camino, cerré los ojos y solté varias maldiciones más.

¿Por qué? ¿Por qué no solo hacer un club donde universitarios cansados beban, escuchen música decente a todo volumen y se droguen de vez en cuando? ¿Por qué no podían hacer solo un club con los gustos de Eric Zimmerman o de Christian Grey? ¿Por qué siempre imbéciles idiotas con solo dos neuronas funcionales tenían que terminar haciendo algo suicida, mucho más grande de lo que se imaginaban? ¿Por qué diablos siempre tenían que malditamente complicarlo todo?

—Y eso no es todo —agregó uno de esos idiotas, dándome aún más motivos para entregárselos en bandeja de plata a sus ejecutores personales.

Abrí los ojos, alerta. Dejé lo que quedaba de mi rebanada sobre la mesa, junto a mi apetito. La sensación de hambre había desaparecido.

—Fantástico —farfullé.

—La droga…

—¿Qué con eso? —pregunté con los dientes apretados, esforzándome, en serio, por no dejarlo en coma yo misma, joder.

Drake se dejó caer contra el respaldo del sofá, puso un brazo sobre su cara como si fuera a protegerse del mundo… O de mí.

—La droga que se trafica… es robada —soltó, por fin, la razón por la que se me había asignado cuidarles sus malditos traseros y no me gustó ni mierda.

Es decir, porque sabía eso. Lo último que soltó era algo de lo que ya estaba más que enterada. Sin embargo, todo eso no era algo que quisiera escuchar. Porque sería aceptarlo. Y aceptarlo significaría que las cosas eran mucho más peligrosas de las que había tratado de ignorar.

No quería esa mierda.

Mucho menos cuando eso implicaba tener que cuidar a más personas, ya que, al parecer, ser idiotas suicidas era genético.

Pero entonces, como si todo no fuera lo bastante caótico ya, ahora tenía que confirmar más partes de la historia contada.

—¿Y a quién le robaron la droga, Drake? —pregunté entre dientes.

—No… —a estás alturas, la expresión que tenía grabada en el rostro debió ser lo suficientemente oscura como para que él se quedara a mitad de negación, tragara en seco e intentara volver a maquinar una excusa decente para no compartir ese pedazo de información conmigo—. Es un mundo diferente, Larissa. No estoy seguro de que tú… —torció el gesto cuando alcé una ceja—. A decir verdad, yo no quiero involucrar a más…

—¿A quiénes, Drake? —corté de muy mala gana su intento de “caballerosidad” al no querer incluirme en una vida en la que ya tenía hundida hasta la garganta.

Él soltó un suspiro lo bastante largo como para que yo contara diez segundos completos antes de ahorcarlo con mis propias manos.

—Mafiosos —masculló por fin, el brillo de sus ojos azules apagándose en un parpadeo—. Gente peligrosa, Larissa. Muy peligrosa. De verdad no quiero que te involucres más de lo que…

«Jesús bendito, solo confírmame lo que ya sé y cierra el maldito pico».

—¿Quienes? —repetí, ya carente de paciencia.

—Nikolay Nóvikov y Alexey ‘Ndrangheta —soltó lo que no quería confirmar, luego del silencio más largo de su maldita existencia.

Ah.

Perfecto.

¡Maravilloso!

Maldije. En todos los idiomas que conocía y en algunos que me inventé ahí mismo.

En definitiva no quería que esa parte de la historia fuese cierta. Pero lo era. Para mi maldita desgracia, lo era.

—Y ambos nos están buscando por eso —añadió con ese tono apagado que solo usa alguien que sabe que está a punto de morir. Y luego remató con—: No, corrijo… Ambos hicieron un trato luego de encontrarnos por eso.

De inmediato mi mirada se posó en él mientras podía sentir cómo se me congelaba la sangre.

¿Qué mierda había dicho?

Iba a matarlo. Justo ahí en ese instante. Sin embargo, el corazón me latía con tal fuerza que un zumbido ensordecedor me impedía pensar, y el peso de lo que había dicho no me permitía moverme.

Un trato.

Zacharias y Drake.

¿Con Nóvikov y el ‘Ndrangheta?

«¡¿Me estás jodiendo?!», fue lo que se me vino a la mente, completamente incrédula.

¿Cómo, en la tierra verde de Dios, el suicida número uno y el estúpido número dos habían salido vivos de las manos de mafiosos experimentados y sin un solo puto rasguño? ¿Qué hicieron, les llevaron cupcakes y flores? Porque no me explicaba cómo demonios seguían respirando y sin que nadie les hubiera volado una mano, al menos.

—Muñeca, ¿estás bien? Te ves pálida —dijo Drake, sacudiendo mi brazo con cautela, como si temiera que le mordiera la mano.

Sacudí la cabeza, intentando volver a ubicarme en el jodido planeta Tierra.

—¿Qué diablos? —pregunté, pero mi voz salió más como un susurro que como el rugido que merecía.

Estaba estúpidamente anonadada.

El hijo de perra con el que compartía sangre y su peor enemigo haciendo un trato. Después de que los pillaron robando. ¿Qué clase de multiverso era ese? ¿Dónde quedó el viejo código de que si robas, mueres? ¿Y por qué demonios nadie sangró en el proceso?

—Sip —murmuró el rubio, con una mueca que no ayudó en nada.

Espera…

Lo miré entornando los ojos. Algo no encajaba. Aparte del hecho de que ambos Anderson estuviesen respirando, algo se sentía…

—Tuviste tus renuencias. Luego ya no. Querer hablar se te hizo fácil. Soltarme todo tu mierdero se te hizo aún más fácil. ¿Por qué? —pregunté, bajando la voz pero alzando todas mis alarmas.

Tarde, lo sabía. Pero mi cerebro estaba haciendo cortocircuito. De forma literal. Como si alguien hubiese metido un tenedor en mis pensamientos y me hubiese cegado de golpe. Y no me estaba gustando para nada.

Drake me miró… y sonrió. Una sonrisa de satisfacción. Una que se daba cuando acababas de ganar una partida de ajedrez después de miles intentos fallidos.

—¿Tú qué crees? —preguntó, y sentí cómo el piso se me hundía bajo los pies. Me quedé helada por segunda vez en la noche. No podía ser posible que… —. Sé que no eres Larissa Sage, cariño. Eres Arabella Ross —continuó con esa maldita arrogancia heredada—. Mi padre te contrató para proteger el culo de mi hermano y, por ende, el mío… aunque él no lo sepa.

Respiré hondo, suspiré y me froté la cara como si eso fuera a quitarme el peso del fracaso encima.

Perfecto.

¡Perfecto!

Llevaba un día y medio en la maldita universidad. Un día y medio. Y ya se había revelado mi identidad.

—¿Cómo? —inquirí, luego de un largo silencio. No había manera de negarlo, eso era más que evidente. No a estas alturas, así que mi mejor opción era esa pregunta. Además, estaba demasiado interesada en saber dónde había fallado. ¿Me había movido como soldado? ¿Miré con cara de CIA infiltrada? ¿O tan solo estaba tan fuera de práctica que no engañé ni a una ardilla?

Drake se rió por lo bajo.

—No fue tu culpa, cielo. A mamá se le da terrible mentir, y mi papá es un desastre andando —se encogió de hombros—. Cuando mamá mencionó “Arabella Ross” y luego intentó taparlo de esa manera tan patética, fue todo lo que necesité para meterme en lo que no me incumbía. Investigué tu nombre más por sospechas que por otra cosa. Papá tenía tus papeles mezclados con unos documentos de la empresa esa misma noche. Fue fácil.

Me dejé caer contra el respaldar del sofá con la gracia de un cadáver.

—Claro. Fácil —bufé, sarcástica.

Y la peor parte no era eso. La peor parte era que pude ver a Harrison justo en ese mismo instante en mi mente, en HD. Aletas nasales expandiéndose, mandíbula apretada, una vena a punto de explotar en la frente. Su mano cubriendo el puente de su nariz mientras se cuestionaba todas sus decisiones de vida y se preguntaba por qué demonios no mejor me dejó en casa.

El hombre iba a matarme al segundo de enterarse. Literalmente. Si sus manos pudieran pasar por la bocina del desechable y apretarme el cuello, lo haría sin pestañear.

—¿Entonces por qué, si sabes mi nombre y de seguro conoces mis habilidades, sigues hablándome como si nada… teniendo en cuenta que puedo matarte antes de que cuentes hasta dos? —pregunté, inclinándome hacia él con toda la intención de intimidar, con la voz baja y la mirada afilada como cuchillo.

Por dos gloriosos segundos, funcionó.

Solo dos.

Drake retrocedió un poco, pestañeó, tragó saliva.

Después… Entrecerró los ojos y sonrió como si fuera Navidad y yo su maldito regalo.

—Porque sé que no desafiarías una orden directa —contestó.

—¿En serio? —solté, entre burla e incredulidad.

—Cariño, puedes ser insubordinada, grosera, sarcástica el noventa y ocho por ciento del tiempo, e incluso contestona… pero ¿desobediente? Nah —se encogió de hombros—. No eres esa clase de chica que rompe ese tipo de reglas.

Me eché hacia atrás y me quedé en silencio un segundo porque el muy imbécil tenía razón. Y eso me irritaba más que todo lo anterior junto.

No me gustaba admitirlo, pero la tenía. Yo no era una mujer rebelde cualquiera con complejo de mártir. Si Harrison decía salta, yo ni preguntaba qué tan alto. Lo hacía. Fin.

No por sumisión, sino por respeto. Por lealtad. Porque él había puesto su cuerpo delante del mío demasiadas veces como para que yo me planteara siquiera fallarle. Él protegía mi espalda todo el jodido tiempo. Lealtad era lo mínimo que le podía ofrecer.

—Pero sí puedo echar por tierra mi identidad, ¿verdad? —mascullé, cruzándome de brazos como si eso compensara algo. Como si ese murmullo le quitara el peso a la cagada que acababa de cometer.

—Preciosa, de verdad, no hiciste nada mal —Drake tomó mis manos con una suavidad que no me esperaba. «Error táctico, Anderson, demasiado contacto humano»—. Realmente me tenías atado a tus ovarios —eso me sacó una risilla silenciosa—, bueno, a mis hermanos y a mí. Siendo honesto, tienes a tu merced a toda mi familia —arqueé una ceja y sacudí la cabeza, algo divertida por el asunto—. Maldición, chica, eres una jodida espía, y si mamá no hubiese metido la pata, jamás me habría enterado que tú eres una… Bueno… Una niñera.

Fruncí el ceño.

Esa palabra.

Niñera.

Otra vez ese jodido escalofrío que producía la palabra sin siquiera intentarlo.

—No soy niñera —reproché, arrastrando las palabras como si masticara grava.

Drake rodó los ojos y soltó una carcajada.

—Si eso te hace dormir mejor por las noches…

Justo cuando iba a devolverle una frase lo bastante ingeniosa como para dejarle la sonrisa colgando, el infierno vibró en mi bolsillo.

Oh, mierda.

Gemí. Porque claro que sí. ¿Qué mejor manera de cerrar el maravilloso día que con una llamada del jefe favorito? Saqué el aparato con la lentitud con la que uno se saca una bala incrustada y contesté.

—Sabes lo que quiero —soltó él, seco como una piedra.

—Caracoles y salchichas —respondí, tan seria como un funeral.

El rubio soltó una risita confundida.

Aquello era un pequeño código de emergencia —inexistente, por cierto. La verdad era que teníamos códigos de emergencias más serios que ese— usado por primera vez en la historia. Y si Harrison no lo reconocía, entonces yo no sabía para qué demonios teníamos códigos —repito, código inexistente—.

Un siseo respondió al otro lado.

—Jodida mierda, Ekaterina, ¿qué pasó?

—¡No fue mi culpa! —chillé de manera automática. La culpa era un reflejo condicionado a su voz.

—¿Y esperas que te crea? —se bufó. Lo visualicé llevándose la mano al puente de la nariz. Aquello significaba: “me estás haciendo perder años de vida”.

—Jamás había pasado —le recriminé—. Qué poca confianza tienes en mí.

—Ekaterina, harías todo lo humanamente posible para salirte de esa misión. Arriesgar tu identidad entra perfecto en la categoría de “posible” y “descabellado”, así que sí: lo harías.

Resoplé por lo bajo como buena universitaria encubierta.

—¿Recuerdas que te dije que había resuelto lo de la señora Anderson?

—Sí —cortó, con voz que podía romper cemento.

—Bueno, resulta que Drake Anderson estaba ahí. En vivo y directo. Y… no es tan idiota como parece —miré al rubio, quien me devolvió la mirada con ese brillo de “sí, soy más listo de lo que pensabas”—. Ató cabos.

—Asumo que él está contigo.

—Sí, señor.

—Ponme en altavoz —ordenó, cortante.

Una pequeña sonrisa se me dibujó. Ay, lo que se venía.

—Sí, jefe.

Mientras alejaba el celular de mi oreja, escuché una serie de maldiciones en alemán. «Ah, el idioma del cariño».

Le pasé el celular a Drake con una sonrisa maliciosa.

—Es para ti.

Él alzó las cejas, seguro preguntándose en su interior si le estaba entregando un detonador, dejando el desechable en la mesa de vidrio que tenía enfrente. Pobrecito. No tenía idea al dragón que iba a enfrentarse.

—¿Sí? —respondió al instante.

—Drake Anderson —empezó Harrison, directo al grano como siempre—. Por lo que he oído de tu padre, él es una maldita basura charlatana —boom, sin anestesia—. Y resulta que no tengo, ni quiero tener, tiempo para lidiar con las basuras de la familia Anderson. Para ser más claro, quiero que mires a la pequeña chica que tienes al frente.

Drake me miró.

Y por primera vez, en esos ojos juguetones y algo arrogantes, vi miedo. Real.

—Ya, señor —respondió, firme.

Fue impresionante que no le temblara la voz. Yo, en su lugar, estaría meándome encima. Porque ese tono de Harrison… ese tono helado, mordaz… no era solo una amenaza. Era una maldita sentencia con fecha incierta y ejecución garantizada.

—Arabella es un arma mortal, señor Anderson —continuó Harrison, con la suavidad de un verdugo afilando la guillotina—. Si yo quiero que lo mate, lo hará sin refutar, porque ella me obedece. ¿Entiende?

Drake desvió su mirada de mí como si le ardiera. La clavó en el teléfono, estático en la mesa, como si allí pudiera encontrar un manual para escapar con vida de esa conversación.

—Sí, señor —murmuró.

—Entonces —continuó él—, dado que he dejado en claro lo que le pasará si llegara a abrir la boca acerca de su identidad con otra persona… ¿qué me tienes, Arabella?

Me reí. Porque, claro, ¿qué otra reacción es la adecuada cuando tienes a tu jefe favorito usando tu vida como argumento de disuasión?

—No puedes estar haciendo eso todo el tiempo, jefe —dije, dándole un par de palmadas en el hombro al pobre rubio para compensar el hecho de que en teoría acababa de ser amenazado de muerte.

—Puedo —tajó—. ¿Qué me tienes?

—Espero que estés sentado —él siseó al otro lado de la línea. Reí bajito—. Ya, vale. Ya te dije que hay un club, ¿cierto? —soltó un ruido no identificable. Asumí que era su forma elegante de decir: “sí, pero si no vas al grano te vuelo la cabeza”—. Pues resulta que, además de eso, los dos idiotas son dueños del club —Drake no había confirmado eso verbalmente, pero su cara fue un poema. Labios fruncidos. Mirada esquiva. Lo típico de alguien que acaba de ser atrapado sin decir una palabra.

«Gracias por colaborar, rubio».

—¿Por qué siento que tiene que haber algo más? —preguntó Harrison con ese tono que indicaba que ya lo sabía. Lo de siempre.

—Porque no eres idiota —respondí, feliz de no decepcionarlo.

—Dime.

—El club no es solo un club clandestino, sino que también es una base de tráfico de drogas. Es un negocio —solté sin anestesia—. Ah, ¿y recuerdas que Nóvikov y el otro querían sus cabezas?

Silencio.

El tipo de silencio que corta el aire en cubos perfectos. El tipo de silencio que hace que hasta el viento aguante la respiración.

Yo, mientras tanto, tamborileaba los dedos en mi pierna, como si no estuviera esperando que Harrison estallara como una granada activada con nombre propio.

—Pues sus cabezas siguen del todo unidas a sus cuellos después de que ambos los encontrasen e hiciesen un trato con ellos —añadí.

Treinta completos segundos de silencio.

Drake me observó con una mirada que delataba la inminente explosión de una bomba nuclear que yo misma había encendido. Yo, en cambio, solo podía mirar de manera fija el celular, ajena a la magnitud de la situación, más que todo insegura de la reacción del jefe.

Y entonces, explosión.

—¡¿Cómo?!

¡Boom!

—Sí —respondí, sin más.

Otra maldición se coló por la línea. Una de esas largas, feas, con múltiples consonantes alemanas entrelazadas.

—Muchacho, ¿qué acabas de hacer? —le espetó a Drake con esa furia contenida que siempre precedía a las decisiones de alto voltaje.

El rubio tragó saliva.

—Era eso o terminar muertos, señor —murmuró, y por un segundo me pareció ver una sombra de horror real en sus ojos—. Y, con todo respeto, no quiero volver a repetir la ocasión con ninguno de los dos en mi vida.

Hice una mueca.

Sí. Por el historial de Nóvikov y Alexey se podía asegurar que ninguno de los dos era con exactitud el comité de bienvenida que uno quisiera tener después de robarles mercancía. Lo que les pasó a esos dos idiotas fue culpa de Zacharias, sí, pero aún así… me sorprendía que no tuvieran cicatrices en la frente con la palabra “estúpido” tatuada con hierro caliente.

Se oyó un suspiro en la línea. Un sonido irritado. Malhumorado. Como si estuviera contando hasta diez en un idioma que aún no se inventaba, tan solo para no venir matando a ambos imbéciles él mismo.

—¿Qué clase de trato hicieron, muchacho?

—Doscientos kilos de cocaína de Nóvikov para Alexey y cuatrocientos kilos de la droga del ‘Ndrangheta para Nóvikov —respondió el rubio con una frustración que no me cuadró—. Tenemos un mes para entregar la mercancía.

Arqueé una ceja.

Eso explicaba parte de la desesperación. Pero no toda.

—¿Cuál es el problema? —inquirí.

Me miró. Ese tipo de mirada que uno lanza cuando sabe que está a punto de confesar una estupidez aún más épica.

—El maldito problema es que solo disponemos de ciento veinte kilos de la droga de Nóvikov para Alexey —dijo—. Zach, los chicos y yo estamos jodidos. No sabemos qué hacer para encontrar más, y eso nos está volviendo locos. Además hicimos un trato con Jhonaster Cloud y…

Mi cerebro se apagó y ahí dejé de escuchar.

El nombre rebotó en mis tímpanos del mismo modo que una campana vieja y oxidada, chillando con rencor.

Jhonaster Cloud.

El mismo nombre que había tachado de mi lista mental de “seres humanos con los que jamás volver a cruzarme”.

No, no, no.

¿Era serio?

Cerré los ojos. Cerré los puños. Cerré todo. Sentí que mi alma hacía las maletas para mudarse.

¿Por qué él? ¿Por qué el puto anciano psicópata que me la tenía jurada desde hace años? ¿Por qué ese mismo que casi me arrancaba un ojo en ese maldito túnel en Serbia? ¿Por qué mierdas tenía que ser el que me juró que, si volvía a verme, me haría tragar mis propios dedos?

¿Por qué ese?

¿Por qué no habría de tocarme una misión normal por una vez en la vida? ¿Un rescate sencillo? ¿Un contrabando sin amenazas personales? Nah. Eso no era para mí. A mí me tocaban las misiones suicidas. De rutina, pero con riesgo de ejecución personalizada.

—¿Dijiste Jhonaster Cloud? —siseó Harrison desde el otro lado del teléfono, y su tono hizo que el ambiente bajara a cero grados en un segundo una vez más.

—Sí, señor —respondió el rubio, más inseguro que nunca—. Acabamos de cerrar un trato con Jonathan justo ayer.

Ah, genial. Premio doble con la cereza sobre el pastel podrido: el hijo.

Otro maniático. Más joven. Más impredecible. Y aunque no tenía la cruz tan marcada contra mí como su padre… digamos que nuestra última reunión no terminó con abrazos y agradecimientos.

Estaba, viera por dónde lo viera, en una maldita misión suicida. Y eso… Harrison lo sabía.

—¡¡Te sales de la jodida misión, Arabella!! —bramó él de golpe, haciendo que me encogiera un poco, lo justo para no perder el orgullo.

—¿Pero… qué? —tartamudeé, sintiendo cómo la rabia subía por mi pecho como una maldita marea—. ¿Por qué? —solté con la voz cargada de furia e incredulidad.

—¿Te recuerdo la última vez que estuviste con ambos Cloud en una misión? —escupió con una furia que igualaba la mía—. Te. Sales. De. La. Misión.

Nunca lo había escuchado así. Nunca tan tajante. Tan decidido.

Y nunca, jamás, le había respondido. Pero esa palabra salió antes de que pudiera frenarla.

—No —un monosílabo. Un incendio.

—¿Qué quieres decir con “no”? —preguntó Harrison con un deje de asombro, como si no entendiera el idioma que acababa de escuchar—. ¿Es que acaso pedí tu opinión? ¿De por sí estás loca?

Era posible. Sin embargo, era muy tarde para retractar mi palabra, así que…

—He dicho que no, Harrison —repetí, y esta vez mi voz no titubeó—. ¿Querías que protegiera el culo de Zacharias? Perfecto. Aquí me tienes. Y yo nunca, nunca en mi vida, he renunciado a una misión. Deberías saberlo.

—No permitiré que te arriesgues de tal manera…

—Córtalo —lo interrumpí sin temblar—. No doy vueltas, Harrison. Lo sabes.

Y entonces hice algo que jamás había hecho: colgué.

Cerré la llamada sin permiso, sin despedida, sin “con el debido respeto”. Solo… clic.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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