ADN DORADO - Capítulo 8
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8: EPISODIO 14 8: EPISODIO 14 EPISODIO 14 afuera.
Podía olerlo todo.
El detergente en los pisos recién trapeados.
El débil perfume que su madre siempre usaba a esta hora.
El cuero del abrigo de su padre colgado en la puerta.
Incluso el calor eléctrico que provenía de la lámpara del pasillo.
Se sintió mareado.
Desorientado.
Abrumado.
“¡Titus!” La voz de su madre atravesó la niebla en su mente como una cuchilla.
Corrió hacia él, su mano volando hacia su boca en un gesto de pánico puro.
Su padre no estaba lejos.
Controlado, frío, estricto, predecible…
hasta esa noche.
Su compostura se derrumbó en el momento en que vio el estado de su hijo.
Titus los observó reaccionar como si estuviera fuera de su cuerpo.
Flotando en algún lugar arriba, distante.
Mirando una versión de sí mismo que ya no reconocía.
Su uniforme empapado se aferraba a él como piel que se pela.
Su cabello goteaba agua al suelo.
Su respiración era desigual, demasiado superficial o demasiado profunda, no podía distinguirlo.
Todo se sentía mal.
“Hijo…
tu ropa”, susurró su padre, el horror deslizándose a través de las grietas de su voz.
“¿Qué pasó?
¿Por qué estás…
Dios, Titus, estás empapado.
¿Alguien te hizo daño?” Titus separó los labios, pero no salió ningún sonido.
Su garganta se cerró.
Las palabras se negaban a formarse.
Mil pensamientos chocaban dentro de él como esquirlas de vidrio.
Forzó una respiración.
Forzó otra.
Había practicado esta mentira.
La había repetido en su cabeza durante todo el viaje en tren.
Sabía exactamente lo que tenía que decir.
Pero en el momento en que se paró frente a ellos, goteando agua de lluvia sobre el piso pulido, todo dentro de él se fracturó.
¿Cómo les dices a tus padres que casi moriste?
¿Cómo les dices que cambiaste?
¿Cómo les dices que algún tipo de milagro dorado reparó tus huesos, tus pulmones, tus ojos, tus nervios, todo?
¿Cómo les dices que mataste a alguien?
No lo haces.
Así que Titus forzó la mentira hasta su garganta, ahogándose con ella como humo espeso.
“Papá…
mamá…” susurró, con la voz quebrada.
“La escuela fue un infierno.
El grupo de Ken me atacó.
En la azotea”.
Su madre lloró más fuerte, ahogándose con su propia respiración.
Su padre apretó los puños, temblando.
Por primera vez en años, Titus vio miedo —miedo real— grabado en sus rostros.
Lo odiaba.
Odiaba mentirles.
Odiaba ver su mundo derrumbarse sobre él.
Pero la verdad los destruiría.
Tragó saliva.
“Pero…
no estoy herido”, continuó Titus rápidamente, tropezando con las palabras.
“Algunos compañeros, Bruno y Cristal, intervinieron.
Lo detuvieron.
Me salvaron”.
Los ojos de su padre se entrecerraron.
No sospechosos, no enojados.
Solo confundidos.
Profunda, profundamente confundidos.
Porque Titus no tenía moretones.
Ni un rasguño.
Ni un labio hinchado, ni mejilla, ni párpado.
Sin embargo, su ropa parecía destrozada, destruida, rasgada como la secuela de un ataque de un animal salvaje.
“Titus”, dijo su padre en voz baja.
“Déjame ver tu cara”.
Titus se puso bajo la luz del pasillo.
La expresión de su padre cambió.
Por completo.
Su madre jadeó.
Su piel —una vez pálida y enfermiza— era suave.
Sin imperfecciones.
Sana.
Viva.
Y sus ojos…
Sus ojos eran demasiado afilados.
Demasiado claros.
Demasiado enfocados.
No eran los ojos de un chico que dependía de lentes gruesos desde la infancia.
Parecían nuevos.
Renacidos.
Casi brillando bajo la luz, reflejando una profundidad que nunca antes había poseído.
“Tus gafas”, murmuró su padre, con voz temblorosa.
“¿Dónde están?” El corazón de Titus se detuvo.
Solo por un segundo.
Solo el tiempo suficiente para sentir el pánico surgir dentro de él como una ola oscura.
“Las…
perdí en el caos”, mintió.
“Y estas…” dijo su padre lentamente, examinando las mangas rotas.
“Tus brazos…
Titus, ¿has estado…
haciendo ejercicio?” Titus tragó saliva con fuerza.
Sus músculos se sentían demasiado presentes, demasiado pesados, demasiado fuertes debajo de la tela arruinada.
No se sentía a sí mismo.
“Fue la adrenalina”, susurró.
“La caída.
El pánico.
Creo…
creo que algo encajó en su lugar.
Sentí dolor y luego…
un boom.
Como si la adrenalina me hubiera arreglado”.
La expresión de su padre parpadeó.
Su madre dejó de respirar.
La explicación era ridícula.
Biológicamente imposible.
Absurda.
Pero la aceptaron.
No porque tuviera sentido, sino porque necesitaban algo a lo que aferrarse.
Porque lo amaban.
Porque la alternativa era impensable.
Y Titus lo sabía.
Los observó aceptar la mentira, y algo se retorció dentro de él: culpa, alivio, agotamiento, miedo, todo enredado en un nudo asfixiante.
Su madre se secó las lágrimas.
Su padre enderezó la espalda, forzando su control a regresar.
“La escuela estará cerrada por dos meses”, susurró su madre.
“Acaban de enviar un mensaje”.
Dos meses.
Dos meses para descubrir sus poderes.
Dos meses para aprender en qué se había convertido.
Miró sus manos.
No parecían manos que pertenecieran a una víctima.
Parecían manos capaces de romper cosas.
De proteger.
De matar.
El beso de Cristal todavía ardía débilmente en su mejilla.
Su padre seguía mirándolo como si viera a un extraño.
Y Titus lo sintió de nuevo: esa nueva versión de sí mismo elevándose en su interior, la que ya no tenía miedo, la que no era débil, la que no era quebrantable.
No sabía si le gustaba.
No sabía qué lo aterraba más: el viejo Titus muriendo…
o el nuevo despertando.
Seguimos sin pausa, manteniendo el HOOK: Pero algo en la oscuridad ya se movía, listo para cambiarlo todo…
— EPISODIO 15 tono psicológico extremo, tu canon intacto y la expansión que pediste.
Aquí viene: LO NUEVO NORMAL Y EL SECRETO DE TITUS — PARTE II La casa se sentía demasiado silenciosa.
No pacífica, silenciosa.
Un silencio asfixiante.
Un silencio que presionaba los oídos de Titus como presión bajo el agua.
Sus padres caminaban delante de él por el pasillo, llevándolo hacia la sala de estar como si guiaran a un niño herido, pero Titus se quedó atrás.
Sus pies se movían lentamente, casi mecánicamente, su mente dividida entre la cálida luz doméstica que lo rodeaba y la fría y resonante pesadilla que aún se aferraba a su piel.
Cada paso que daba se sentía fuera de sincronía con la realidad.
Observaba las siluetas de sus padres, pequeñas y frágiles ante él.
Sus movimientos parecían distantes, como si fueran parte de un recuerdo al que no podía acceder completamente.
Parpadeó, y un destello de la azotea lo golpeó: la risa de Ken, el crujido repugnante de una patada encontrándose con sus costillas, el sabor metálico de la sangre.
El rugido de Bruno.
La silueta de Cristal cortando el caos.
El último aliento del mercenario.
El contraste lo mareó.
“Titus”, llamó su madre desde la sala de estar, con voz temblorosa.
“Ven aquí, cariño”.
Cariño.
La palabra lo golpeó extrañamente.
Ya no sentía que le perteneciera.
Dio un paso adelante, el agua goteando rítmicamente de su ropa al suelo.
La casa olía familiar: limpiador de lavanda, luces cálidas, el leve aroma del té de manzanilla, pero sus sentidos eran demasiado agudos ahora.
Todo era demasiado claro, demasiado intenso, demasiado cercano.
Su padre estaba cerca de la mesa de café, con los brazos cruzados, tratando desesperadamente de recuperar la compostura.
Su madre rondaba cerca del sofá, retorciéndose las manos.
Titus observó sus manos, sus rostros, sus patrones de respiración…
todo.
Era como verlos por primera vez.
“Titus”, dijo su padre con una voz que era firme, pero inestable por debajo.
“Necesitas decirnos exactamente qué pasó”.
Titus tragó saliva.
Su corazón latía fuerte en su pecho, podía oírlo.
Podía sentir la sangre corriendo detrás de sus oídos.
“Ya les dije”, dijo suavemente.
“Ken y su grupo me atacaron.
En la azotea”.
Su madre se mordió el labio.
Su padre apretó la mandíbula.
“Eso explica tu ropa”, dijo su padre, señalando la tela arruinada y empapada.
“Pero no esto”.
Señaló la cara de Titus, la claridad de sus ojos, la agudeza adulta en su expresión.
Titus se tensó.
Su padre dio un paso más cerca, y Titus sintió el instinto de retroceder, un nuevo instinto, un instinto defensivo, algo animal que se encrespó en su estómago antes de forzarlo a bajar.
“Dices que te atacaron”, continuó su padre.
“Dices que hubo pánico.
Pero Titus…
tu ropa parece destruida.
Tu cuerpo, tu cara, están perfectamente bien”.
Hizo una pausa.
“Y tus ojos.
Tus ojos son…
diferentes”.
El silencio después de esas palabras se hundió entre ellos como una piedra.
Titus bajó la mirada, sintiendo el peso de todo presionándolo.
La lluvia.
La azotea.
La sangre.
La Bestia.
El pulso dorado de la sangre de Bruno dentro de él.
El beso de Cristal.
El último suspiro del mercenario.
No sabía cómo hacer que nada de eso tuviera sentido.
Su padre extendió la mano lentamente, con cuidado, como si Titus pudiera romperse, pero Titus se estremeció.
Apenas perceptible, pero la reacción fue instintiva, aguda, involuntaria.
Su padre se quedó helado.
“Titus…” murmuró.
“Hijo…
¿qué pasó allí arriba?” El mundo se inclinó.
Titus sintió su respiración temblar, su pecho apretarse, las paredes doblarse hacia adentro.
Quería decirle.
Quería llorar.
Quería derrumbarse.
Quería gritar la verdad: Morí.
Morí, papá.
Me mataron.
Lo sentí todo.
Y entonces algo imposible me trajo de vuelta.
Pero la verdad era veneno.
Y él era el único que podía tragarlo.
Se obligó a levantar la vista.
“Fue la adrenalina”, susurró Titus.
“Sentí…
algo.
El dolor era tan fuerte que…
perdí el conocimiento por un segundo.
Y cuando desperté, solo…
me sentí mejor”.
El rostro de su padre se contrajo, no por incredulidad, sino por miedo.
Miedo a algo que no entendía.
Miedo a algo que no QUERÍA entender.
Su madre se adelantó, sosteniendo el rostro de Titus con manos temblorosas.
Su tacto era suave, nostálgico…
pero Titus lo sentía demasiado claro.
Sus dedos rozaron su mejilla, y sintió la fina textura de su piel, la calidez de sus yemas de los dedos, la pulsación de su sangre.
Era demasiado íntimo.
Demasiado.
“Estás a salvo ahora”, susurró.
“Estás en casa”.
Hogar.
La palabra dolió.
El hogar ya no se sentía como hogar.
El hogar se sentía como un lugar donde ya no encajaba.
Como una caja demasiado pequeña para la forma en la que se estaba convirtiendo.
Asintió, pero sus ojos se apartaron de los de ella, atraídos hacia el espejo en el pasillo.
Caminó hacia él lentamente, dejando a sus padres atrás.
El reflejo lo miraba con una intensidad desconocida: ropa arruinada, cabello goteando, piel sonrojada con vida, ojos brillantes como brasas.
No era el Titus que ellos conocían.
Tampoco era el Titus que él conocía.
Su reflejo se sentía…
separado.
Como un fantasma usando su piel.
Como un eco de quien solía ser.
Tocó el espejo.
El vidrio estaba frío.
Esperaba que su mano temblara, pero no lo hizo.
La voz de su padre resonó detrás de él.
“La HOOK: Y ese silencio escondía un peligro que pronto saldría a la luz…
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