ADN DORADO - Capítulo 9
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9: EPISODIO 16 9: EPISODIO 16 EPISODIO 16 escuela estará cerrada por dos meses”.
Titus no se dio la vuelta.
Siguió mirando fijamente el espejo, esos ojos nuevos y afilados que no pertenecían al chico asustado que solía ser.
Dos meses.
Dos meses para entender la sangre dorada.
Dos meses para entender a Bruno y Cristal.
Dos meses para entender a la Bestia.
Dos meses para entenderse a sí mismo.
Exhaló lentamente.
Sus padres lo observaban, viendo solo lo que querían ver: un hijo que sobrevivió.
Un hijo que finalmente era “fuerte”.
Un hijo que finalmente estaba “saludable”.
Pero Titus sabía más.
No era fuerte.
No estaba saludable.
No era normal.
Estaba cambiando.
Y el secreto dentro de él pulsaba, cálido y hermoso y aterrador.
Aquí viene PARTE 3, la última sección de la expansión psicológica extrema que pediste.
Mantengo el canon perfecto, tu estilo, tu tono, tu oscuridad, sin inventar hechos nuevos.
LO NUEVO NORMAL Y EL SECRETO DE TITUS — PARTE III Titus se alejó del espejo, pero el reflejo se aferró a él en su mente como una mancha que no podía borrar.
Sintió como si se hubiera dividido en dos: una versión de él de pie aquí en la cálida seguridad de su pasillo, y la otra aún sangrando en la azotea, aún jadeando por aire, aún viendo el borrón de la silueta de Bruno y el brillo frío en los ojos de Cristal.
Parpadeó, pero las imágenes no se desvanecieron.
Se arremolinaron detrás de sus párpados, fuertes, vívidas, crudas.
“Titus”, susurró su madre nuevamente, con voz temblorosa.
“Por favor…
siéntate.
Necesitas descansar”.
Descansar.
Ella quería que descansara.
¿Cómo podía descansar?
Su cuerpo no estaba cansado.
Ese era el problema.
Su cuerpo se sentía despierto.
Crepitante.
Vivo de una manera que nunca antes había experimentado.
Durante diecisiete años, Titus había vivido con limitaciones: huesos débiles, músculos débiles, pulmones débiles, ojos débiles.
Siempre se había movido con cuidado, siempre temiendo tropezar, siempre temiendo caer, siempre temiendo ser la cosa frágil que todos necesitaban proteger.
Ahora sentía que podía correr millas.
Romper madera con sus manos.
Escuchar conversaciones en la habitación de al lado.
Ver partículas de polvo en el aire.
Ya no era frágil.
Y eso lo aterraba más que nada.
“Titus”, dijo su padre con cuidado, “este…
este cambio…
te llevaremos a un especialista mañana.
Un neurólogo.
Un oftalmólogo.
Alguien que pueda evaluar lo que está sucediendo”.
“No”.
La palabra salió disparada de la boca de Titus con una fuerza que no había esperado.
Su padre se enderezó, sobresaltado.
Titus tragó saliva con fuerza.
“Quiero decir, no, papá.
Estoy bien.
No necesito médicos.
Es…” Forzó una respiración temblorosa.
“Es solo estrés.
Mi cuerpo…
reaccionó al ataque.
Eso es todo”.
Su padre no le creyó.
Titus podía verlo.
Los ojos del hombre se entrecerraron, estudiándolo como un espécimen bajo un vidrio.
Titus odiaba esa mirada.
Odiaba cómo lo hacía sentir expuesto, vulnerable, diseccionado.
Se apartó antes de poder derrumbarse, fingiendo ajustar su camisa mojada.
Sus dedos rozaron la tela rasgada, y un destello de instinto lo recorrió: un recuerdo primitivo de cuando la hoja del mercenario la había cortado.
Sintió el escozor fantasma en su piel, aunque ya no había ninguna herida allí.
“Hijo”, dijo su padre en voz baja, “estabas herido.
Te ves…
diferente.
Necesitamos—” “Necesitamos confiar en él”, interrumpió su madre suavemente.
Colocó una mano temblorosa en el brazo de su esposo, como si tratara de estabilizarlo.
“Dijo que está bien.
No lo abrumemos”.
Titus la miró.
Sus ojos estaban húmedos, brillando con alivio, miedo y esperanza ciega.
Sintió una punzada en lo profundo de su pecho.
No merecía su confianza.
No con las mentiras que cargaba.
No con la sangre en sus manos.
Quería decirles todo.
Confesar la verdad.
Derrumbarse y sollozar en los brazos de su madre y sentir la fuerte presencia de su padre anclándolo.
Pero no podía.
No era seguro decirles la verdad.
Y peor aún, ellos no estaban seguros de saberla.
Su padre miró su reloj, las manos aún temblorosas.
“Hablaremos más por la mañana.
Por ahora…
sube, Titus.
Cámbiate con algo seco.
Descansa”.
Descansar otra vez.
La palabra sonaba vacía en sus oídos.
Titus asintió débilmente y se dirigió hacia las escaleras.
Sus pies se sentían pesados, pero su corazón latía fuerte, demasiado fuerte.
Podía sentir cada vibración del piso bajo sus pasos, cada cambio en el aire, cada grieta en la madera.
Cuando llegó al último escalón, la casa debajo de él se sentía como una casa de muñecas: pequeña, quebrantable, frágil.
Su habitación era la misma que había dejado, excepto por él.
Los pósters en las paredes, la pequeña lámpara de escritorio, la suave colcha, la colección de libros, todo pertenecía al Titus que era débil, que tenía miedo, que era quebrantable.
Ya no era ese Titus.
Cerró la puerta en silencio.
El agua goteaba de su cabello sobre la alfombra, formando pequeños puntos oscuros que desaparecían lentamente a medida que las fibras los absorbían.
Volvió a mirar sus manos.
No temblaban.
Ni siquiera cuando lo deseaba.
Flexionó sus dedos lentamente, sintiendo la extraña y nueva fuerza en cada tendón, cada articulación.
Su piel brillaba débilmente en la tenue iluminación: suave, clara, perfecta.
HOOK: Pero algo en la oscuridad ya se movía, listo para cambiarlo todo…
— EPISODIO 17 Respiró hondo.
Y luego otra vez.
Pero cuanto más intentaba calmarse, más los recuerdos surgían: las manos de Cristal en su rostro.
La calidez de sus labios en su mejilla.
Bruno de pie como un guardián silencioso a su lado.
La gratitud aterrada de Walter.
La Bestia destrozando los pasillos.
El último grito del mercenario.
La sangre dorada, caliente, ardiente, viva, cargando a través de sus venas.
Titus se sentó al borde de su cama, enterrando su rostro en sus manos.
Su corazón retumbaba en sus oídos.
Su respiración se entrecortó.
Su pecho se apretó.
No estaba llorando.
No estaba en pánico.
Estaba recordando.
Recordando lo cerca que estuvo de la muerte.
Recordando el momento en que sintió que algo dentro de él se rompía.
Y el momento en que algo más despertó.
Su teléfono sonó.
Se sobresaltó.
La pantalla se iluminó con una notificación.
Un mensaje.
Cristal: “Mi señor, ¿estás despierto?” Un escalofrío lo recorrió.
Ni siquiera respondió.
Solo se quedó mirando el mensaje, sintiendo el peso de este presionándolo.
Ella lo llamó mi señor.
Las palabras llevaban calidez, tentación, peligro.
Su teléfono volvió a sonar.
Cristal: “No pienses demasiado.
Duerme.
Mañana comenzamos”.
Tragó saliva.
Mañana.
Mañana la volvería a ver.
Mañana aprendería en qué se había convertido.
Mañana se adentraría más en el mundo en el que había entrado accidentalmente, un mundo de sangre dorada, de poder ancestral, de sombras, de secretos.
Titus exhaló un suspiro tembloroso y se recostó boca arriba, mirando el techo.
La lluvia golpeaba contra la ventana.
Dentro de la casa, todo estaba quieto.
Y dentro de Titus…
nada estaba quieto.
Cerró los ojos, dejando que la oscuridad lo envolviera.
El mañana lo cambiaría todo.
Y por primera vez en su vida…
Titus no le temía al cambio.
Le temía a cuánto lo deseaba.
Había pasado una semana, una sola semana frágil envuelta en la ilusión de calma.
El hogar de los Grinen se había asentado en algo que se parecía a la paz, pero Titus sabía más.
No era paz.
Era anestesia.
Un sedante colocado sobre una herida demasiado profunda para ver.
Sus padres se aferraban a la idea de que las cosas estaban “volviendo a la normalidad”, aunque nada de él, su mente o su cuerpo se sintiera normal ya.
Lo observaban constantemente.
En silencio.
Con cuidado.
Como si pudiera romperse.
O explotar.
Pero para Titus, los días se difuminaron en un frenesí de conexión y creciente dependencia.
Vivía entre dos mundos ahora: la seguridad tranquila y asfixiante de su hogar…
y la atracción eléctrica del trío que lo había salvado: Cristal, Bruno y Walter.
A través de llamadas telefónicas, mensajes de texto que zumbaban pasada la medianoche, videollamadas que se prolongaban durante horas, su vínculo se profundizó en algo que se sentía a la vez reconfortante y peligroso.
Cada conversación añadía otro hilo entre ellos.
Hilo por hilo.
Vínculo por vínculo.
Hasta que Titus no supo si se estaba conectando a ellos…
o atándose a las personas que ahora lo definían.
Walter era la voz de la incredulidad, siempre haciendo preguntas, siempre tratando de dar sentido a lo que había sucedido.
Su miedo era un espejo del de Titus, pero Walter expresaba lo que Titus no podía: Estoy aterrorizado.
Estoy confundido.
No puedo explicar nada de esto.
Bruno era un trueno silencioso: callado, firme, controlado.
Rara vez ofrecía largas explicaciones, pero todo lo que decía parecía tener peso.
Como una advertencia.
Como una regla que Titus debía seguir aunque no la entendiera.
Y Cristal…
Cristal era la gravedad.
Todo en el mundo de Titus caía hacia ella.
Su voz, su presencia, su confianza, la forma en que decía su nombre…
la forma en que decía “mi señor”.
Se metía debajo de su piel de maneras que no sabía cómo combatir.
O si siquiera quería.
Algunas noches, Titus se quedaba despierto mirando el techo, reproduciendo el sonido de su voz en su cabeza: suave, melódica, peligrosa.
Se sentía estúpido por cuánto poder tenía sobre él, pero el sentimiento solo se hacía más fuerte.
No quería alejarse.
Quería más.
Una tarde tranquila, Titus estaba sentado en su cama, revisando su nuevo horario de estudio en casa.
Sus padres insistían en que lo siguiera perfectamente, como si lo académico pudiera pegar los pedazos de la persona que solía ser.
La casa estaba demasiado silenciosa.
Sus pensamientos eran demasiado ruidosos.
Su teléfono sonó.
El nombre de Cristal iluminó la pantalla.
Su estómago se hundió, y se elevó al mismo tiempo.
Contestó antes de que terminara el primer timbre.
“Titus”.
Su voz goteaba a través del altavoz, cálida y dulce e inquietantemente gentil.
“¿Has descansado, mi señor?” La forma en que decía “mi señor”…
No era una broma.
No era irritación.
Era posesión.
Una afirmación sutil y elegante.
Y lo emocionaba.
Y lo asustaba.
Y hacía que algo dentro de él se pusiera alerta.
“Yo…
he descansado”, dijo Titus, aunque era mentira.
No había dormido bien en días.
Cristal tarareó suavemente, y el sonido se sintió como una mano deslizándose por su columna vertebral.
“Es hora de tu entrenamiento”.
Titus inhaló bruscamente.
“¿Entrenamiento?
¿Te refieres…
al tipo que realmente necesito?” Odiaba lo esperanzada que sonaba su voz.
Odiaba lo ansioso que estaba por su aprobación.
Pero no podía evitarlo.
Cristal se había convertido en el ancla de su nueva realidad.
Su guía.
Su salvadora.
HOOK: Aunque todavía no lo sabía, nada volvería a ser igual después de esto…
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