Leer Novelas
  • Completado
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
Avanzado
Iniciar sesión Registrarse
  • Completado
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
  • Configuración de usuario
Iniciar sesión Registrarse
Siguiente

ARTHAS: "Historia de un Heroe Caido" - Capítulo 1

  1. Inicio
  2. ARTHAS: "Historia de un Heroe Caido"
  3. Capítulo 1 - 1 Capítulo 1 El Martillo y la Rosa Silvestre
Siguiente
Configuración
Tamaño de Fuente
A A 16px
Tipo de Fuente
Color de Fondo

1: Capítulo 1: El Martillo y la Rosa Silvestre 1: Capítulo 1: El Martillo y la Rosa Silvestre El Azote no era un simple rumor de taberna; era una herida purulenta que supuraba en el flanco norte del mundo.

En las tierras de Lordaeron, el aire, que antaño portaba el dulce aroma de los pinos y el polen de primavera, ahora apestaba a carne rancia y tierra removida.

Los muertos habían renunciado a su descanso eterno; se alzaban de sus túmulos como marionetas de una voluntad invisible, infectando el grano y devorando la esperanza de las aldeas fronterizas.

Ante el avance de la mancha negra, el Rey Terenas Menethil no tuvo más opción que invocar a la Orden de la Mano de Plata.

El legendario Uther el Iluminado, una montaña de fe y acero, partió hacia el frente.

A su lado cabalgaba el joven príncipe Arthas Menethil.

Su armadura brillaba con el sol de la mañana, pero bajo el metal, su corazón ardía con una impaciencia peligrosa, una necesidad febril de demostrar que podía proteger a su pueblo.

Se reunieron a las afueras de Strahnbrad, cerca de un bastión de la Orden.

El sonido de los cascos de los caballos contra el camino empedrado anunció la llegada de la comitiva real.

—Vuestra presencia nos honra, tanto a mis hombres como a mí, príncipe Arthas —saludó Uther.

Su voz no solo se escuchaba, se sentía; era la autoridad de un martillo golpeando el yunque de la justicia.

—Deja las formalidades, Uther.

Todavía no llevo la corona —respondió Arthas con una sonrisa que no llegaba a ocultar las sombras bajo sus ojos—.

Me alegro de verte, viejo amigo.

—Y yo a ti, muchacho.

¿Cómo está vuestro padre?

—preguntó el Paladín con genuina preocupación.

—Él está bien…

aunque sigue rezando para que se me contagie un poco de tu paciencia y tu legendaria prudencia —bromeó el príncipe, desmontando con agilidad.

Uther soltó una carcajada profunda que pareció disipar por un momento la niebla del camino.

—Un padre tiene derecho a soñar, ¿no crees?

Pero basta de cortesías.

Mis exploradores informan de una fuga masiva en los campos de internamiento orcos.

Se están agrupando cerca de Strahnbrad y preparan un asalto inminente.

Debemos dividirnos.

Uther puso una mano pesada sobre el hombro de Arthas, transmitiéndole un aura de confianza que por un segundo acalló las dudas del príncipe.

—Arthas, ¿podrías encargarte de defender la ciudad mientras yo rodeo el campamento orco para cortarles la retirada?

—Por supuesto, Uther.

Cuenta con ello.

—Excelente.

Confío en ti.

Sé que la Luz guiará tu brazo.

Uther partió con el grueso de la caballería pesada, dejando a Arthas al mando de un destacamento de infantería y milicia.

Junto a él, firmes como estatuas de hierro, estaban sus capitanes y amigos de la infancia: Falric y Marwyn.

—¿Cuáles son sus órdenes, príncipe?

—preguntó Falric, recuperando la rigidez militar en cuanto Uther desapareció de la vista.

—Por favor, Falric, Marwyn…

estamos solos.

Podéis dejar de fingir que soy un extraño —dijo Arthas, mirando a Marwyn con complicidad—.

¿No es así, “Mawy”?

Marwyn carraspeó, visiblemente incómodo bajo el yelmo, mientras una ligera humedad perlaba su frente por el calor y el nerviosismo.

—Solo intentamos no acabar en el calabozo por falta de respeto, príncipe —murmuró, aunque sus ojos brillaban con diversión contenida.

—¡Exacto!

Mawy tiene razón, las paredes tienen oídos —secundó Falric soltando una risita.

—¡Bah!

Agua-fiestas —rezongó Arthas con un gesto juguetón.

En ese momento, un soldado de la guardia se acercó con paso marcial.

Se arrodilló con estrépito, colocando el puño sobre el corazón.

—¡Mi príncipe!

¡Mis capitanes!

Las tropas están formadas.

¿Cuáles son vuestras órdenes?

El ambiente de camaradería se rompió al instante.

Los tres amigos se miraron entre sí, compartiendo un silencio cargado de una vergüenza sutil por haber sido sorprendidos en medio de sus bromas.

Arthas aclaró su garganta, compuso su expresión y asintió a sus capitanes.

Estos, comprendiendo la señal, se dirigieron a las cuadras para organizar la marcha.

—¡Escuchadme, hombres!

—rugió Arthas, su voz proyectándose sobre la plaza—.

Nos dirigimos a Strahnbrad.

No hace falta que os diga por qué.

¡Solo os diré que hoy vuestros brazos acabarán exhaustos de tanto blandir el acero contra esos salvajes!

¿Quién está conmigo?

—¡TODOS!

¡POR NUESTRO PRÍNCIPE!

—el grito unísono de los soldados hizo vibrar los estandartes.

—¡En marcha!

¡Vamos!

La columna avanzó rápidamente.

El paisaje de Lordaeron todavía conservaba su gloria: campos de trigo dorado que ondeaban con la brisa, bosques verdes y tierras fértiles listas para la cosecha.

Era la estampa de la paz que Arthas juró proteger.

Sin embargo, al llegar a una pequeña aldea antes del puente principal, Arthas levantó la mano para detener la marcha.

—Estamos cerca, príncipe —informó Falric.

—Bien.

Falric, Marwyn, tomad a los ciento cincuenta soldados de línea y avanzad hasta la entrada de la ciudad.

Esperadme allí.

Yo me quedaré con los cincuenta milicianos para asegurar esta aldea y buscar información.

¡Id!

Los capitanes intercambiaron una mirada de complicidad.

Sabían perfectamente que la “información” que buscaba el príncipe tenía nombre de mujer.

—Fue a verla, ¿verdad?

—susurró Marwyn mientras se alejaban con el grueso de la tropa.

—Ni lo dudes —respondió Falric con un suspiro—.

Solo espero que la señorita Jaina nunca se entere de estas…

distracciones rurales.

Mientras tanto, Arthas entraba en la pequeña aldea.

Los aldeanos se arrodillaban a su paso con una mezcla de reverencia y sonrisas pícaras.

No era la primera vez que el heredero al trono se desviaba de su ruta para visitar aquel rincón perdido.

Arthas ordenó a sus hombres montar guardia en el centro de la aldea y se dirigió a una casa de dos pisos, algo apartada, que lucía un jardín cuidado con esmero.

Llamó a la puerta de madera oscura.

El corazón le latía con más fuerza que ante un combate.

La puerta se abrió y un niño de unos siete años, de cabellos rubios revueltos, asomó la cabeza.

—¡HERMANITO ARTHAS!

—Hola, Timmy.

¿Cómo has estado, pequeño guerrero?

—Arthas se acuclilló para recibir el abrazo del niño, quien se aferró a su cuello llorando de alegría.

—Te extrañé mucho…

pensamos que los monstruos te habían atrapado —sollozó el pequeño.

—¿A mí?

Nadie puede atrapar al futuro rey, Timmy.

Además, te prometí que yo mismo sería tu maestro de armas cuando crezcas.

—¡Lo prometiste!

—dijo el niño limpiándose las lágrimas con el dorso de la mano.

En ese momento, una silueta cruzó el umbral.

Era una mujer de cabello castaño profundo y ojos azules que brillaban como el zafiro bajo el sol.

—¿Alice?

—susurró Arthas.

—¡ARTHAS!

Ella se lanzó a sus brazos con una desesperación que casi lo derriba.

Lo rodeó con una fuerza que hablaba de noches en vela y miedos silenciosos.

Arthas correspondió el abrazo, hundiendo el rostro en su cabello, aspirando el aroma a pan recién horneado y flores silvestres que ella siempre emanaba.

—Pensé que no volverías…

los rumores sobre la Plaga y los orcos…

yo…

—Alice no pudo terminar.

Arthas la silenció con un beso apasionado, un beso que sabía a alivio y a un hambre contenida por semanas de distancia.

Timmy, con una sonrisa de complicidad, se escabulló hacia la cocina, dejando a la pareja en su propio mundo.

Se separaron jadeando, y Arthas acarició la mejilla de Alice con su mano enguantada, maravillándose de su suavidad.

En ese momento, la deseaba más que a nada en el mundo, incluso más que a la propia Jaina, cuya relación siempre estaba teñida de política y deber.

Con Alice, él era simplemente Arthas.

—He traído suministros —dijo él, tratando de recuperar la compostura—.

Mañana llegará un heraldo con más cosas para la aldea.

Los orcos planean asaltar la ciudad cercana, debo ir allí ahora mismo, pero volveré.

Lo juro.

Alice se aferró a su capa, sus ojos llenos de lágrimas.

—¡No vayas!

Tengo miedo, Arthas…

quédate aquí, con nosotros.

Te amo, no soportaría perderte.

El corazón de Arthas dio un vuelco.

La conocía desde niños; la había visto quedar huérfana y hacerse cargo de su hermano con una valentía que envidiaría cualquier caballero.

Su relación era un secreto peligroso debido a sus estatus sociales, pero en ese instante, Arthas se prometió que cuando fuera Rey, nada de eso importaría.

—Yo también te amo, Alice —le dio un último beso en la frente—.

Despídeme de Timmy.

Volveré, lo prometo por mi honor.

De regreso en la aldea, Arthas se encontró con una sorpresa.

Veinte aldeanos, liderados por el anciano del pueblo, estaban formados con armaduras de cuero remendadas y viejos escudos de la milicia.

—Mi señor Arthas, lucharemos por Lordaeron a vuestro lado —dijo el anciano arrodillándose—.

Nuestras espadas son vuestras.

Arthas se sintió conmovido por la devoción de aquellos hombres.

—Sed bienvenidos.

Cada brazo cuenta hoy.

¡En marcha!

El grupo avanzaba hacia el puente de Strahnbrad cuando Arthas se detuvo en seco.

Sus sentidos, agudizados por el entrenamiento con Uther, captaron algo extraño en el viento.

Cerca de un claro, un hombre gritaba pidiendo auxilio de forma desesperada.

—¡Ayuda!

¡Por favor!

—el anciano parecía aterrorizado.

Arthas, impulsado por su sentido de la justicia, se acercó al llano.

Pero en cuanto estuvieron a tiro de piedra, el anciano cambió su expresión por una sonrisa malévola y echó a correr hacia la maleza.

—¡ATACAD!

—gritó el traidor.

—¡EMBOSCADA!

—rugió Arthas—.

¡Cerrad filas!

¡Formación de erizo!

Sus hombres reaccionaron con una disciplina envidiable.

Los setenta soldados formaron un círculo compacto, apuntando sus largas lanzas hacia afuera, creando una barrera de acero impenetrable.

Más de noventa bandidos salieron de entre los árboles, rodeándolos como lobos hambrientos.

—¡Manteneos firmes!

¡Por Lordaeron!

—gritaba Arthas desde el centro del círculo.

Los bandidos chocaron contra las lanzas.

El sonido del metal perforando carne y los gritos de agonía llenaron el aire.

La formación de erizo avanzaba lentamente, empujando los cadáveres y rematando a los heridos.

Los milicianos, inspirados por la presencia de su príncipe, luchaban con una ferocidad inaudita.

Sin embargo, en medio del caos, tras disolver la formación para perseguir a los últimos fugitivos, una sombra se deslizó tras Arthas.

—¡CUIDADO, PRÍNCIPE!

—gritó un soldado.

Fue tarde.

El jefe de los bandidos le propinó un golpe brutal en la nuca con una maza.

El mundo de Arthas se tiñó de blanco.

Sus rodillas fallaron y, durante unos segundos eternos, su mente fue arrastrada lejos de aquel campo de batalla.

(La Visión) El frío era absoluto.

Un frío que no congelaba la piel, sino el alma.

—Estaría encantado de cargar con cualquier maldición con tal de salvar a mi pueblo…

—se escuchó a sí mismo decir en el vacío.

—¡No lo hagas, Arthas!

¡Es una causa perdida!

—la voz de Muradin resonaba con desesperación.

—¡Mi conciencia quiere venganza!

¡ESTO ACABA AQUÍ Y AHORA!

Arthas vio su propia mano, pálida y temblorosa, cerrándose sobre la empuñadura de una espada rúnica clavada en un pedestal de hielo.

La Frostmourne.

Un brillo gélido y maligno envolvió su brazo, devorando su luz, transformando su determinación en algo oscuro y eterno.

—¡AGHHH!

Arthas recuperó la conciencia justo cuando el jefe bandido levantaba su arma para el golpe de gracia.

Con un reflejo sobrenatural, Arthas rodó por el suelo, esquivando el impacto, y en un movimiento fluido, alzó su martillo de luz.

El golpe impactó de lleno en la cabeza del bandido, reduciéndola a fragmentos de hueso y metal.

El príncipe se quedó de pie, jadeando, con la mano en la nuca.

El dolor físico no era nada comparado con la inquietud que le había dejado la visión.

¿Qué era ese lugar congelado?

¿Qué era esa espada que parecía llamarlo desde el futuro?

—¡Hombres!

Tomad lo que sea de valor y marchad a Strahnbrad —ordenó con una voz que sonaba más fría de lo habitual—.

Hemos perdido demasiado tiempo.

Mientras avanzaban, Arthas no podía dejar de pensar en el brillo de aquel pedestal de hielo.

Un presentimiento sombrío se instaló en su pecho, uno que ni siquiera el recuerdo de los besos de Alice podía disipar.

REFLEXIONES DE LOS CREADORES Vladysnovia Este fan fic es una obra que busca ver una realidad muy distante del guion original, de fans para fans.

creada bajo mi mano, con la intencion de unir al fandom en un grupo de lectores que aun siguen pensando en ” y si hubiera sido diferente?”.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

Siguiente
  • Acerca de
  • Inicio
  • Contacto
  • Política de privacidad

© 2025 LeerNovelas. Todos los derechos reservados

Iniciar sesión

¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

Registrarse

Regístrate en este sitio.

Iniciar sesión | ¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

¿Perdiste tu contraseña?

Por favor, introduce tu nombre de usuario o dirección de correo electrónico. Recibirás un enlace para crear una nueva contraseña por correo electrónico.

← Volver aLeer Novelas

Reportar capítulo