ARTHAS: "Historia de un Heroe Caido" - Capítulo 2
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- Capítulo 2 - 2 Capítulo 2 El León en el Campo de Trigo
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2: Capítulo 2: El León en el Campo de Trigo 2: Capítulo 2: El León en el Campo de Trigo Tras la emboscada en el camino, la columna de suministros no volvió a detenerse.
Bajo las órdenes de un Arthas decidido, las tropas se formaron en columnas verticales cerradas, avanzando a paso ligero hacia Strahnbrad.
Cruzaron el puente principal con la urgencia de quien sabe que el tiempo es un lujo que no poseen, llegando finalmente a las puertas de la ciudad.
Allí, el Príncipe fue recibido por la milicia local.
Arthas era una visión imponente: vestía una armadura de mithril plateado cuya coraza gruesa relucía bajo el sol.
Un cinturón laminado con la hebilla de un león ajustaba su talle, mientras guanteletes y grevas de plata protegían sus extremidades.
Sobre su hombro, sostenida por la insignia del reino, caía una capa azul con bordados dorados y una “L” grabada en el extremo inferior.
En su mano, el fiel martillo de paladín, regalo de la Orden de la Mano de Plata, resplandecía con una luz dorada que parecía latir con vida propia.
En el ayuntamiento, la atmósfera era tensa pero, curiosamente, teñida de un humor familiar.
Falric y Marwyn, los capitanes y amigos de infancia de Arthas, discutían con tal fervor que los presentes no podían evitar sonreír.
—¡Entiende, Falric!
—exclamaba Marwyn con su energía habitual—.
¡Debemos esperar a Arthas para reforzar las defensas antes de que los orcos asalten los muros!
—Marwyn, ya no somos niños —respondió Falric con una calma glacial—.
No podemos depender siempre de él.
Lo mejor es formar a las tropas ahora mismo.
Arthas, observando desde la entrada con una gota de sudor en la frente, decidió intervenir antes de que la discusión pasara a mayores.
—Bueno, ya que los niños no paran de pelear, mi deber como “hermano mayor” es darles una zurra y mandarlos a callar, ¿no?
—soltó Arthas con tono bufón.
La sala estalló en carcajadas.
Falric y Marwyn se pusieron rojos como tomates, pasando de la autoridad militar a la vergüenza infantil en un segundo.
El intercambio de bromas continuó, tocando temas sensibles como la puntualidad de Arthas o su supuesta “diversión” con cierta campesina, lo que hizo que el Príncipe mencionara, entre risas y enojos fingidos, el recorte de salarios.
Una vez recuperada la compostura, analizaron la situación táctica.
Strahnbrad contaba con: 100 milicianos locales.
50 milicianos de Lordaeron.
100 soldados razos (infantería pesada de élite) cedidos por Uther.
20 veteranos que se unieron en el camino.
En total, 270 hombres para defender los altos y gruesos muros de la ciudad.
Arthas ordenó doblar las guardias y se dispuso a recorrer el mercado para comprar suministros para Alice y los aldeanos refugiados.
Nota del Cronista: En este Lordaeron alternativo, la sangre real de las casas Menethil, Proudmoore y Wrynn otorga una longevidad excepcional, permitiendo a los reyes gobernar por más de un siglo.
Un hombre común vive unos 170 años, pero la realeza supera los 190.
A sus 19 años, Arthas es apenas un joven paladín en la flor de su juventud.
Mientras inspeccionaba los campos de trigo dorados dentro de las murallas, Arthas divisó un bulto moviéndose entre las espigas.
Temiendo una infiltración orca, se puso en guardia.
—¡En nombre de mi padre, el Rey, deteneos!
—gritó con voz de trueno.
El “enemigo” resultó ser una chica de cabello anaranjado y ojos esmeralda que cayó de espaldas por el susto, soltando un chillido agudo.
—¡Hey!
¡¿Qué te pasa, maldito bruto?!
—protestó ella, sacudiéndose el trigo de la ropa—.
¡Casi me matas del susto!
¡Le diré a mi padre, el gobernador, que unos criminales me asaltaron!
Arthas, avergonzado y con una gota de sudor bajando por su sien, tuvo que soportar los regaños de la joven, quien no tenía idea de que estaba gritándole a su Príncipe.
Para sorpresa de sus escoltas, Arthas decidió seguirle el juego y ayudarla a cargar el trigo hacia la granja.
—Así que eres un “caballero de la capital”, ¿eh?
—dijo ella con ironía durante el camino—.
Te llamaré “Arth”, el bruto de los rizos de oro.
Arthas sonrió.
Hacía tiempo que nadie lo trataba como a un igual, sin títulos ni reverencias.
Se sintió extrañamente cómodo con la sinceridad de aquella mujer de 22 años que, a pesar de su apariencia frágil, tenía un carácter de hierro.
Justo cuando ella iba a revelar su nombre…
el desastre ocurrió.
¡BOOM!
Una explosión masiva sacudió la puerta sur.
El humo negro invadió el cielo.
—¡Vete a casa y dile a todos que se refugien en el ayuntamiento!
¡Rápido!
—ordenó Arthas, transformándose instantáneamente de “Arth” en el Paladín de Lordaeron.
Cien orcos del Clan Blackrock penetraron en la ciudad.
La milicia formó falanges de picas, mientras los soldados razos —auténticos tanques de mithril— se plantaban como un muro infranqueable.
—¡No pasaréis, bestias!
¡Este lugar será vuestra tumba!
—rugió Arthas, cargando hacia el frente.
La batalla fue encarnizada.
Los orcos enviaron jinetes de lobos y arqueros montados para hostigar la formación humana, pero la voluntad de Lordaeron no flaqueó.
Arthas, envuelto en un aura divina, blandía su martillo con una maestría aterradora.
Cada golpe agrietaba el suelo o aplastaba armaduras orcas como si fueran de papel.
Finalmente, el Príncipe se encontró cara a cara con el líder orco.
Fue un duelo de fuerza contra astucia.
Tras esquivar una maza masiva, Arthas vio la apertura.
Con una rapidez sobrehumana, golpeó el estómago, la espalda y finalmente la cabeza del jefe orco.
El martillo descendió una última vez, terminando con la amenaza y dejando los restos del enemigo esparcidos por el campo de batalla.
Los soldados razos rodearon a su líder, vitoreando el nombre del Príncipe, mientras el humo de la batalla comenzaba a disiparse sobre una Strahnbrad que, por hoy, seguía en pie.
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