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ARTHAS: "Historia de un Heroe Caido" - Capítulo 21

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  3. Capítulo 21 - 21 CAPÍTULO 21 Pétalos Carmesí y Promesas de Cristal
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21: CAPÍTULO 21: Pétalos Carmesí y Promesas de Cristal 21: CAPÍTULO 21: Pétalos Carmesí y Promesas de Cristal El sol de primavera bañaba las agujas de Capital City, pero para Sasha, el aire se sentía extrañamente denso.

Caminaba por los pasillos de mármol del palacio, ignorando el ajetreo de los sirvientes que corrían de un lado a otro.

Sus pensamientos eran un torbellino donde solo un nombre resonaba con la fuerza de una campana de catedral: Arthas.

—¡Sasha!

No pensé que estarías en la capital —una voz firme rompió su ensimismamiento.

Era su hermano, Aurius.

Su porte, siempre confiable y recto, recordaba a su padre, quien junto a Lord Uther había terminado de limpiar los últimos focos de la plaga en las tierras del norte.

—Hermano…

—Sasha intentó disimular el rubor que trepaba por sus mejillas—.

Pensé que estarías en el frente.

—Lord Uther ha erradicado el mal de nuestras tierras por ahora —respondió Aurius, observando con una mezcla de sospecha y lástima el nerviosismo de su hermana—.

Pero llegas a tiempo.

El Príncipe Arthas y el Rey Terenas están por iniciar la Asamblea.

Incluso han venido diplomáticos de Quel’Thalas.

Sasha asintió, tratando de mantener la compostura.

Sabía que Aurius intuía lo que ella sentía por el heredero al trono, un sentimiento que ella misma consideraba una locura.

¿Cómo podría una noble de rango inferior siquiera soñar con el sol de Lordaeron?

Desde los balcones del gran auditorio, Sasha observó la escena.

Allí estaba él.

Arthas Menethil, rodeado de una luz que parecía emanar de su propia voluntad.

Su discurso no fue una petición, fue una sentencia.

—¡Nuestro pueblo no estará seguro hasta que este mal sea erradicado!

—rugió el Príncipe, y el auditorio estalló en vítores—.

¡Partiremos a Rasganorte!

¡Los exterminaremos en su propio hogar!

El pecho de Sasha ardió.

Verlo allí, tan noble y decidido, le provocaba un dolor punzante.

Mientras las banderas ondeaban y los estandartes se alzaban, ella se sintió pequeña.

Miles de hombres —padres, hijos, hermanos— se unían a la causa.

Lordaeron estaba despertando para la guerra, pero Sasha solo sentía que el mundo comenzaba a enfriarse.

Buscando refugio, Sasha caminó hacia los Jardines Reales.

La belleza de las rosas era inconmensurable; un mar carmesí que contrastaba con el verde perfecto de los prados.

Allí, el viento primaveral traía el aroma de la vida, pero Sasha solo podía pensar en su propia estupidez.

—¿Cómo podría él fijarse en mí?

—susurró, acariciando los pétalos de una rosa tan roja como su propio cabello—.

Él tiene a Lady Jaina…

yo solo soy una sombra en su ejército.

—¿Sasha?

La voz la hizo saltar.

Se giró para encontrar al culpable de su tormento.

Arthas estaba allí, de pie entre las flores, con una sonrisa dulce que desarmaba cualquier defensa.

—Majestad…

no pensé que estaría aquí —balbuceó ella, sintiendo que su corazón iba a escapar de su pecho.

—Me sorprende verte a ti aquí —dijo Arthas, acercándose.

Su aura era de una virtud absoluta, de una pureza que dolía mirar—.

Sasha…

¿participarás en la expedición?

Ella se enderezó, recuperando por un segundo su orgullo de guerrera.

—Príncipe Arthas, juré lealtad a la corona y a usted.

Pelearé a su lado hasta la muerte.

Arthas guardó silencio por un momento.

Su sonrisa desapareció, reemplazada por una sombra de preocupación que Sasha no supo interpretar.

—Sasha, solo lo diré una vez…

No participes en la expedición.

El tiempo se detuvo.

El viento dejó de soplar.

—¡¿Príncipe Arthas?!

¿Pero por qué?

—exclamó ella, dando un paso atrás por la sorpresa.

En su agitación, su bota se enredó con la raíz de un rosal.

—¡Ah!…

¡Kya!

—¡Sasha!

Arthas reaccionó con la velocidad de un paladín, rodeando su cintura con un brazo firme y atrayéndola hacia él para amortiguar el golpe.

Perdieron el equilibrio juntos y cayeron sobre el mullido césped, entre pétalos carmesíes que volaron por el aire.

Sasha abrió los ojos, encontrándose a escasos centímetros del rostro del hombre que amaba.

Podía sentir su respiración, ver el azul diamante de sus ojos y la preocupación genuina en su mirada.

En ese instante, bajo el sol de Lordaeron y rodeados de rosas, Rasganorte parecía un sueño lejano.

Pero la advertencia de Arthas seguía flotando en el aire, como una profecía oscura que ella, en su amor ciego, aún no podía comprender.

¿Por qué el Príncipe quería dejarla atrás?

¿Era protección…

o era que él ya presentía que el camino que iba a tomar no era apto para corazones puros?

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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