ARTHAS: "Historia de un Heroe Caido" - Capítulo 20
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- Capítulo 20 - 20 CAPÍTULO 20 El Matadero de la Fe y el Cáliz de la Agonía
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20: CAPÍTULO 20: El Matadero de la Fe y el Cáliz de la Agonía 20: CAPÍTULO 20: El Matadero de la Fe y el Cáliz de la Agonía En la Zona de Desembarco, el aire sabía a óxido y desesperanza.
El Gran Mariscal Parras, un hombre que había sobrevivido a tres guerras, sentía por primera vez que el mapa frente a él no era una estrategia, sino una esquela.
—Los bastiones han caído, Lord Parras —informó el teniente, con la voz rota—.
No hubo sobrevivientes en IronFrost.
Los informes de IceStorm terminan en gritos.
Parras apretó el puño hasta que sus nudillos sangraron.
—No es momento de cobardía —dijo, aunque sus ojos traicionaban su decreto—.
El Príncipe confía en nosotros.
Si este es el fin de la expedición, que sea el inicio de nuestra leyenda.
Afuera, el puerto se convirtió en un matadero.
Parras salió al encuentro de la horda, imbuido en una Luz que palidecía ante la negrura del cielo.
—¡LUCHEN!
—rugió a sus hombres, cuya piel se erizaba ante el hedor a muerte—.
¡Nuestras almas se quebrarán, pero Lordaeron es eterno!
Las murallas estallaron.
El fuego verde del averno llovió sobre los defensores, fundiendo el metal con el hueso.
Parras cargó, su martillo dorado brillando por última vez antes de ser engullido por una marea de carne pútrida.
Pero mientras él moría como un héroe, su Príncipe, en lo más profundo de Rasganorte, moría como algo mucho peor.
Arthas Menethil ya no era un guerrero; era una ruina.
Rodeado por los cadáveres de su Guardia Real, el Príncipe se arrastraba por el hielo, dejando un rastro de sangre roja que se volvía negra al contacto con el aire maldito.
El Espectro, el Guardián del Pedestal, se alzaba sobre él como una montaña de granito y odio.
Su maza espectral descendió, aplastando el hombro de Arthas con un crujido seco de huesos pulverizados.
—¡AGHHH!
—el grito de Arthas fue un desgarro—.
¡Jaina…
Uther…
ayúdenme!
Pero no hubo respuesta.
Solo el viento gélido burlándose de su agonía.
El Espectro volvió a golpear, rompiendo sus costillas, hundiendo su pecho.
Arthas miró a su alrededor.
Vio el rostro inerte del Capitán Valerius, cuyos ojos, fijos en la nada, parecían culparlo por su sacrificio inútil.
Vio a Muradin, una masa de carne y armadura abollada en la esquina.
—¿Por qué?
—sollozó Arthas, escupiendo sangre sobre la nieve—.
¡Lo di todo por Ti!
¡Serví a la Luz!
¡Sacrifiqué a mi gente!
¡¿DÓNDE ESTÁS?!
El Espectro lo tomó por el cuello, alzándolo.
Las garras de la criatura se hundieron en su garganta, cortando el paso del aire.
Arthas pataleó, sus ojos azules volviéndose blancos mientras la asfixia lo reclamaba.
En ese limbo entre la vida y la nada, los recuerdos lo asaltaron como cuchillos: El aroma a pan fresco en Capital City…
La calidez de la mano de Jaina en los jardines…
La voz de su padre: “Algún día, tú serás el Rey”.
—Solo me queda el frío…
—pensó Arthas, mientras su corazón latía por última vez.
En el silencio absoluto de su muerte inminente, una voz no escuchada, sino sentida en el tuétano, comenzó a devorar sus pensamientos.
(Úsame) La voz era una caricia de hielo seco.
(La Luz te ha traicionado, Arthas.
Te prometió salvación y te dio cenizas.
Te prometió justicia y te entregó este abismo).
—No…
la Luz…
—intentó articular su alma.
(¡MIRA A TU ALREDEDOR!) —rugió la voz, proyectando en su mente la imagen de Lordaeron ardiendo, de su padre siendo degollado por demonios—.
(Si no me tomas, todos morirán por tu debilidad.
Sé un hombre de poder, o sé un cadáver de fe).
Arthas sintió un odio volcánico emerger de su desesperación.
Odiaba al Espectro.
Odiaba a Mal’Ganis.
Odiaba a Uther por no estar allí.
Odiaba a la Luz por ser silenciosa.
—Dame…
el poder —suplicó Arthas en la oscuridad de su mente.
(¿Estás dispuesto a entregarlo TODO?
Tu corona, tu honor, el amor de esa mujer, tu propia alma?) —¡SÍ!
¡DAME EL PODER PARA MATARLOS A TODOS!
El Espectro sintió que la vida abandonaba el cuerpo del Príncipe y aflojó su agarre, preparándose para arrojar el cadáver a la fosa.
De repente, una mano gélida y con una fuerza que no pertenecía al mundo de los vivos se cerró sobre su muñeca.
Los ojos de Arthas se abrieron.
Ya no eran azules; eran dos pozos de un fuego azul espectral, gélidos y vacíos de humanidad.
Un aura de escarcha negra comenzó a emanar de sus poros, congelando el aire a su alrededor.
El pedestal de diamante estalló en un trueno que sacudió los cimientos de Rasganorte.
La espada Frostmourne voló hacia la mano de Arthas.
Al cerrarse su puño sobre la empuñadura de cuero y hueso, un grito de un millón de almas torturadas resonó en la gruta.
—¡POR MIS COMPAÑEROS!
¡POR MI REINO!
¡POR MI VENGANZA!— rugió Arthas, pero su voz ya no era humana; era un coro de sombras.
El Espectro intentó defenderse con su maza agrietada, pero la Frostmourne atravesó el metal como si fuera humo.
Con un movimiento circular, Arthas desató una ráfaga de escarcha que paralizó al guardián.
El Príncipe se acercó, cada paso haciendo crujir el suelo de cristal, y hundió la hoja rúnica en el pecho de la criatura.
La espada comenzó a beber.
La esencia del Espectro fue succionada hacia la hoja en un torrente de luces negras.
—Esa espada…
te llevará a la locura…
—siseó el Guardián mientras su armadura se desvanecía.
—Yo ya estoy loco de dolor —respondió Arthas, hundiendo más la hoja—.
Ahora, dame tu alma.
Con un tajo final, Arthas decapitó al espectro.
El cuerpo de la criatura se deshizo en cenizas que fueron absorbidas por la espada.
El silencio regresó, pero era un silencio pesado, preñado de maldad.
Arthas se quedó de pie, solo, entre los cuerpos de aquellos que juró proteger.
Miró a Muradin, que comenzaba a despertar, y luego miró su propia mano.
Estaba pálida, casi translúcida.
Ya no sentía el latido de su propio corazón, solo el pulso constante y sediento de la espada.
La Frostmourne le habló una última vez, con una dulzura venenosa: (Bienvenido a casa, mi Caballero).
Arthas no lloró.
No podía.
Sus lágrimas se habían congelado para siempre.
Envuelto en su nueva capa de sombras, el Príncipe de Lordaeron comenzó su caminata hacia el exterior.
No iba a salvar a su pueblo.
Iba a reclamar su herencia de muerte.
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