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ARTHAS: "Historia de un Heroe Caido" - Capítulo 34

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  3. Capítulo 34 - 34 CAPITULO 34 El Yunque de la Guerra
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34: CAPITULO 34: El Yunque de la Guerra 34: CAPITULO 34: El Yunque de la Guerra El mensaje del Rey Magni Barbabronce llegó al palacio imperial en la Ciudad Capital como un puñetazo en el rostro de la invencible voluntad de Arthas.

El Consejero Balthazar entregó el informe con su habitual compostura, pero incluso su máscara de inexpresividad no pudo ocultar la leve tensión en el aire mientras Arthas lo escuchaba.

El Emperador, sentado en su trono de granito oscuro, permaneció inmóvil, sus ojos de hielo fijos en el diplomático.

Cuando Balthazar terminó de relatar la insolencia enana, un silencio mortal descendió sobre la sala del trono.

No hubo gritos, no hubo golpes sobre la mesa.

Solo la fría, inquebrantable quietud de una tormenta a punto de estallar.

“Así que Magni Barbabronce elige el camino de la necedad”, la voz de Arthas era un susurro helado, más peligroso que cualquier rugido.

“Cree que su piedra es más fuerte que mi acero.

Que su orgullo puede detener la marea del progreso.” Se levantó lentamente, su figura imponente proyectando una sombra ominosa sobre el mármol pulido.

“Su gente sufrirá.

Y su reino, que tanto valora, se convertirá en un testimonio de la futilidad de la resistencia.” La decisión estaba tomada.

No era una sorpresa para sus consejeros más cercanos; solo era la confirmación de lo inevitable.

Arthas no permitiría que un último bastión de independencia mancillara la perfección de su imperio unificado.

Khaz Modan caería, pero no sería una victoria fácil, lo sabía.

Los enanos eran guerreros feroces, sus fortalezas, nidos inexpugnables.

Esto requeriría más que simple fuerza bruta.

Requeriría la totalidad del ingenio y el poderío industrial del Imperio de Lordaeron.

La Forja de la Guerra La Ciudad Capital de Lordaeron, el corazón latente del imperio, se transformó en un vasto taller de guerra.

Las campanas de las forjas resonaron día y noche, un canto incesante al acero y al vapor.

Los ingenieros, antes dedicados a la construcción de puentes y acueductos, ahora trabajaban sin descanso en los diseños de máquinas de asedio de proporciones nunca antes vistas.

Los astilleros de Gilneas, recién anexados, dejaron de construir buques mercantes para concentrarse en la forja de una Armada Aérea, una flota de buques voladores que prometía un dominio sin precedentes sobre los cielos.

Los reportes que llegaban a la mesa de guerra de Arthas eran sobrecogedores.

Miles de ingenieros humanos, goblins y, sorprendentemente, incluso algunos gnomos prisioneros “reeducados” de las tierras cercanas a Loch Modan, trabajaban en turnos implacables.

Los esquemas detallados de los acorazados aéreos, colosos de metal y madera reforzada propulsados por enormes hélices y calderas de vapor, se alineaban en sus cámaras de planificación.

Cada uno estaba diseñado para llevar cañones de artillería pesada capaces de reducir murallas a escombros, y compartimentos para el despliegue de tropas de choque.

“Mi Emperador,” informó el Gran Maestre de Ingenieros, un hombre de rostro pálido y gafas empañadas, con mapas y planos desparramados frente a él, “la producción de los Martillos Celestiales –nuestros acorazados clase ‘Destructor’– avanza según lo previsto.

Cada uno equipa tres cañones de impacto frontal y dos baterías laterales.

Tendremos una flota inicial de diez unidades listas en tres ciclos lunares, con planes para doblar la producción para la fase dos.” Arthas asintió, su mirada escrutando los planos con una intensidad clínica.

“Necesito que esos cañones puedan perforar la roca de Khaz Modan.

¿Qué hay de los proyectiles explosivos?

No solo el impacto cinético, quiero que la detonación fracture la piedra.” “Estamos desarrollando una nueva composición, mi Emperador,” respondió el ingeniero con entusiasmo febril, “utilizando las propiedades de la Fuente del Sol canalizadas en una carga explosiva concentrada.

La energía arcana intensificará la detonación.” El uso de la Fuente del Sol, el corazón mágico de Quel’Thalas, para fines bélicos era una de las innovaciones más oscuras y poderosas del imperio.

Sylvanas, atrapada en su jaula de oro, sentía el pulso distante de esa energía, distorsionada y profanada, y una parte de ella se retorcía.

El Ejército Imperial: Una Marea de Acero y Hombres Mientras los cielos se preparaban para ser conquistados, las tierras se llenaban de una marea incesante de acero y hombres.

Las Legiones Imperiales, ya vastas y bien entrenadas, se reforzaban con nuevas levas de reclutas de los reinos recién anexionados.

La disciplina era férrea, la propaganda imperial constante.

Los nuevos soldados, ya fueran agricultores de Gilneas o guardias de Stromgarde, eran adoctrinados sin piedad sobre la gloria del Imperio y la necesidad de su expansión.

El Mariscal de Campo Theron Ashworth estaba en su elemento.

Pasaba sus días y noches en los campos de entrenamiento, su voz ronca por las órdenes, supervisando simulacros y la movilización.

Los campamentos se extendían por kilómetros en las llanuras cercanas a la Brecha de Thandol, una ciudad de tiendas y perfiles militares donde el sonido de las botas, las órdenes y el claxon de los vehículos de asedio resonaban sin cesar.

“¡La Primera Legión, vanguardia de choque!

¡La Segunda Legión, flanco sur, asegurará los pasos montañosos!

¡La Tercera Legión, nuestro martillo principal, liderará el asalto aéreo y terrestre!

¡La Cuarta Legión, reserva estratégica, lista para asegurar la retaguardia y sofocar cualquier conato de rebelión en los territorios anexados!” La voz de Theron tronaba en las reuniones diarias con sus generales.

La lista de armamento era igualmente impresionante: Tanques de Vapor Mark III: Máquinas de guerra blindadas, movidas por calderas de vapor, equipadas con cañones de repetición y capaces de romper líneas enemigas con su peso.

Docenas de estas bestias de metal estaban siendo ensambladas en talleres secretos.

Artillería de Asedio Pesada: Cañones Goliath, arrastrados por equipos de bueyes y máquinas a vapor, capaces de lanzar proyectiles explosivos a kilómetros de distancia, diseñados específicamente para las defensas enanas.

Unidades de Perforación Móviles: Inventos de ingeniería gnomos adaptados y mejorados por los humanos, capaces de crear túneles tácticos para la infiltración de tropas o para socavar fortificaciones.

Infantería de Élite: Las fuerzas de choque imperiales, veteranos endurecidos, armados con armaduras completas y alabardas pesadas, entrenados para el combate en entornos rocosos y subterráneos.

Zapadores y Demoliciones: Batallones enteros de ingenieros y especialistas en explosivos, listos para volar compuertas y barreras enanas.

El ejército que Arthas preparaba no era una simple fuerza de invasión; era una máquina de asedio móvil, diseñada para desmantelar una montaña.

El plan de campaña era meticuloso, concebido para explotar la previsibilidad enana de atrincherarse.

“Los enanos son resistentes,” Arthas explicó una tarde a su consejo de guerra, señalando un diagrama de Ironforge, “pero también son predecibles.

Se defenderán en sus túneles, en sus fortalezas de piedra.

Nosotros no atacaremos donde ellos esperan resistir.

Los Martillos Celestiales bombardearán sus defensas exteriores desde alturas inalcanzables.

Los Tanques de Vapor y la infantería pesada crearán brechas en sus muros.

Y mientras tanto, nuestras unidades de perforación abrirán nuevas vías, flanqueándolos, emergiendo detrás de sus líneas defensivas, negándoles el terreno que tanto valoran.” La guerra sería total, no solo para destruir, sino para quebrar el espíritu de Khaz Modan.

Arthas quería que cada enano que sobreviviera comprendiera que su resistencia había sido inútil, que el Imperio de Lordaeron era la única vía, la única verdad.

El Tormento de Sylvanas: Un Deseo Enfermizo se Fusiona con el Poder En medio de todo este frenesí bélico, la existencia de Sylvanas era un tormento exquisito.

Las noticias de la inminente campaña contra Khaz Modan le llegaban en fragmentos, en los ecos de las conversaciones en los pasillos, en la solemnidad de los preparativos militares que se percibían incluso desde la lejanía de su habitación.

Su mente, la parte de ella que aún era la Ranger General, sentía la punzada de la traición y la repulsión.

Los enanos eran aliados históricos de los altos elfos, compañeros en las guerras contra la Horda.

Verlos ahora en la mira de Arthas, destinados a ser aplastados con la misma eficiencia implacable con la que Quel’Thalas había caído, despertaba un dolor profundo.

Era un recuerdo de lo que ella había perdido, de lo que su pueblo había perdido, de la libertad que ahora no poseía.

Sin embargo, era imposible ignorar el otro sentimiento que crecía en ella, un parásito que se alimentaba de su tormento.

La magnitud de la fuerza que Arthas estaba movilizando era algo nunca antes visto.

La imaginación de esa flota de buques voladores oscureciendo el cielo, de los tanques de vapor arrollando todo a su paso, de un ejército tan vasta que podía engullir reinos enteros…

era sobrecogedor.

Y Arthas, el hombre que la mantenía prisionera, que la subyugaba cada noche, era el arquitecto de todo aquello.

Cuando él la visitaba, la tensión en la habitación era casi insoportable.

El aire crepitaba con el poder que irradiaba, un poder que ahora se sentía más tangible que nunca.

Sylvanas notaba la fatiga en sus ojos, las líneas de cansancio por las largas horas de estrategia, pero también la chispa de una ambición ilimitada.

Él era el centro de todo, el ojo del huracán que estaba a punto de desatarse sobre Khaz Modan.

Una noche, mientras yacían en la cama, el cuerpo de Sylvanas ardía con el deseo que la carcomía.

Él la sostenía con una posesividad tranquila, su aliento frío rozando su cuello.

“La montaña resistirá, Sylvanas,” susurró Arthas, su voz grave, sin emoción, “pero la piedra, por dura que sea, cede ante un martillo lo suficientemente grande y un plan lo suficientemente astuto.” No la miraba, sus ojos fijos en el techo, como si ya estuviera visualizando la batalla.

Sylvanas se estremeció, y no solo por el contacto.

Era la comprensión de su mente, la visión fría y calculadora que desmenuzaba la resistencia como si fuera un rompecabezas.

Una parte de ella sentía repulsión por la brutalidad de su intelecto, por la forma en que veía vidas y reinos como meros obstáculos.

Pero otra parte, la que ahora estaba irrevocablemente unida a él por un lazo oscuro, sentía una punzada de admiración perversa.

Su propio cuerpo traidor se movió más cerca de él, buscando el calor que paradójicamente la enfriaba y la encendía a la vez.

El odio seguía siendo una brasa, pero la obsesión era un fuego incontrolable que la consumía, forzándola a reconocer el poder del hombre que la reclamaba.

Él era la tormenta, y ella, la hoja arrastrada por el viento, impotente, pero extrañamente, deseosa de sentir la fuerza de esa tempestad.

El tiempo se agotaba para Khaz Modan.

El sonido del acero forjándose, de las máquinas de vapor zumbando y de las Legiones marchando, era la banda sonora del inminente choque.

La paciencia de Arthas había terminado.

Ahora, solo quedaba la fuerza.

Y Sylvanas, desde su prisión de oro, sería testigo del aplastamiento de otro reino, y de cómo su propio espíritu se entrelazaba más profundamente con el de su conquistador.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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