ARTHAS: "Historia de un Heroe Caido" - Capítulo 35
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- Capítulo 35 - 35 CAPITULO 35 La Tormenta sobre las Montañas
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35: CAPITULO 35: La Tormenta sobre las Montañas 35: CAPITULO 35: La Tormenta sobre las Montañas El alba sobre Khaz Modan no llegó con la calidez del sol, sino con un frío presagio metálico.
No fue el lejano rugido de las bestias o el susurro del viento lo que despertó a los enanos en las guarniciones fronterizas, sino un nuevo sonido que erizó los pelos de sus barbas: el constante y creciente zumbido de mil enjambres mecánicos.
El aire mismo vibraba con una amenaza inminente.
Desde los picos más altos de las Tierras Altas de Arathi, un espectáculo aterrador se desplegó en el horizonte.
Una sombra colosal, un velo oscuro que se extendía de este a oeste, comenzaba a deslizarse sobre los valles.
No eran nubes, ni la niebla matutina.
Era la Armada Aérea del Imperio de Lordaeron, una flota de acorazados voladores que parecían montañas de metal con alas de tela y hélices rugientes, cada uno un presagio de destrucción.
Los Martillos Celestiales, como los llamaban los ingenieros de Arthas, eran los heraldos de la guerra total.
El Emperador Arthas, no en la seguridad de su palacio, sino en la cubierta de mando del buque insignia, el “Orgullo de Lordaeron”, observaba el avance.
Su rostro, frío y sereno, reflejaba la impaciencia de un depredador que finalmente acorrala a su presa.
A su lado, el Mariscal de Campo Theron Ashworth, el rostro endurecido por la anticipación de la batalla, y el Gran Maestre de Ingenieros, revisando los últimos ajustes de la artillería.
“Comiencen el bombardeo preliminar”, la voz de Arthas era tranquila, casi casual, pero la orden llevaba el peso de mil destinos.
“Que sientan el poder desde el cielo antes de que la bota imperial pise su tierra.” El Bombardeo Celestial El aire se desgarró con el primer trueno de los cañones de impacto de los acorazados.
Gigantescas orbes de metal, imbuidas con energía arcana robada de la Fuente del Sol, llovieron sobre las defensas exteriores enanas.
No eran simples proyectiles; detonaban al contacto con una furia explosiva que no solo demolía la piedra, sino que la pulverizaba, dejando cráteres humeantes y cicatrices en las laderas de las montañas.
El rugido del bombardeo era tan intenso que las cumbres vibraban, y los ecos reverberaban a través de los valles como los lamentos de una tierra herida.
En las líneas defensivas enanas, ubicadas en las afueras de la Brecha de Thandol y en los desfiladeros cercanos a Loch Modan, el impacto fue devastador.
Los soldados enanos, acostumbrados a la guerra terrestre, se vieron indefensos ante esta lluvia de fuego desde los cielos.
Sus ballestas y mosquetes apenas hacían mella en los blindajes de los buques voladores que flotaban más allá de su alcance efectivo.
Las torres de vigilancia se desmoronaban en segundos, las barricadas de piedra se convertían en grava y polvo.
El Rey Magni Barbabronce, en su puesto de mando subterráneo bajo la Forja, sentía las vibraciones de cada explosión como si el mismo corazón de la montaña estuviera siendo golpeado.
“¡Reportes!” su voz tronaba, intentando sobreponerse al estruendo que se filtraba incluso a través de metros de roca.
“¡Majestad, las fortificaciones del Paso del Trueno han cedido un flanco!” gritó un mensajero, su rostro cubierto de hollín.
“¡Los humanos están desplegando ingenieros aéreos que descienden en cuerdas para asegurar las posiciones bombardeadas!” “¡Nuestra artillería de montaña apenas les roza!” otro enano añadió, con frustración palpable.
“¡Vuelan demasiado alto!
¡Son como fantasmas en el cielo!” Magni sabía que Arthas había esperado su resistencia.
Esto no era una escaramuza, era la demostración de una supremacía tecnológica y táctica que los enanos no podían igualar en campo abierto.
El bombardeo aéreo no era solo para destruir fortificaciones; era para quebrar la moral, para sembrar el terror y la desesperación antes de que la infantería pusiera un pie en el suelo.
El Desembarco Implacable Tras horas de bombardeo incesante, el humo de las explosiones se mezclaba con las nubes, creando un crepúsculo artificial sobre Khaz Modan.
Fue entonces cuando los buques voladores descendieron a menor altitud.
Grandes compuertas se abrieron en sus vientres, y el segundo puñetazo del Imperio comenzó.
De las naves llovieron miles de soldados de infantería imperial, una cascada de acero y disciplina que descendía sobre las laderas.
Las primeras oleadas, equipadas con escudos pesados y corazas de placas, cargaron directamente contra las defensas enanas restantes, apoyadas por el fuego de los cañones de los buques voladores.
Detrás de ellos, los Tanques de Vapor Mark III aparecieron, monstruos de metal que se abrían paso por el terreno rocoso, sus orugas triturando la piedra, sus cañones escupiendo ráfagas que segaban vidas enanas como la hoz siega el trigo.
“¡Por la Montaña!
¡Por Forjaz!” El grito de guerra enano resonó.
Los clanes de Khaz Modan, a pesar de la sorpresa y el poder abrumador, lucharon con la ferocidad de la desesperación.
Los Mosqueteros enanos disparaban descargas cerradas, deteniendo momentáneamente el avance humano.
Los Guerreros Hachas, con sus barbas trenzadas y sus armas ancestrales, se lanzaron en cargas suicidas, buscando un enfrentamiento cuerpo a cuerpo donde su fuerza y furia pudieran compensar la desventaja numérica y tecnológica.
En los desfiladeros, donde el terreno estrecho anulaba parcialmente la superioridad numérica de Lordaeron, se libraron combates brutales.
Los ingenieros de guerra enanos desplegaron sus propias trampas, minas explosivas y torretas de autodefensa, cobrando un alto precio en las filas imperiales.
La sangre manchó la nieve y la roca, una mezcla sombría de rojo y gris que atestiguaba la ferocidad de la batalla.
Arthas observaba la carnicería desde su buque insignia, su rostro inmutable.
Los informes de bajas no le movían ni un ápice.
Cada vida perdida era un sacrificio necesario para la unificación, para el destino de Lordaeron.
“Avancen sobre los flancos débiles”, ordenó.
“Que la Segunda y Cuarta Legión presionen por el sur y el este.
Quiero que la Primera Legión, con los Tanques de Vapor, fije su atención en la entrada principal de la Brecha de Thandol.
Y activen las Unidades de Perforación Móviles.” Fue esta última orden la que sellaría el destino de las primeras líneas de defensa enanas.
Mientras la batalla campal rugía en la superficie, en las profundidades de la tierra, una amenaza silenciosa se movía.
Las máquinas de perforación, operadas por equipos de ingenieros bajo la protección de tropas de élite, se abrían paso a través de la piedra, evitando las defensas principales, buscando puntos ciegos.
La Cuchillada Subterránea Los enanos se concentraron en defender los pasos montañosos, las entradas a sus reinos.
No esperaban que el ataque viniera desde debajo de sus pies.
El primer signo fue un temblor inusual en las cavernas que servían de apoyo a sus líneas defensivas.
Luego, el estruendo de rocas que se desprendían, y finalmente, el sonido metálico de las brocas rompiendo la superficie.
De repente, de la tierra emergieron las unidades de infantería imperial, batallones de élite que habían viajado por túneles secretos, flanqueando por completo las posiciones enanas.
Los guerreros enanos, cogidos por sorpresa, se vieron atacados por la retaguardia, con sus formaciones rotas y sus líneas de suministro cortadas.
El pánico, por primera vez, comenzó a extenderse entre algunos de los defensores.
“¡Hemos sido flanqueados en la Grieta del Gigante!” “¡Los humanos están saliendo de debajo de nosotros!” Los gritos de desesperación llegaron a Magni.
El astuto plan de Arthas estaba funcionando a la perfección.
La combinación de la superioridad aérea, la fuerza blindada terrestre y la infiltración subterránea estaba desmantelando la resistencia enana pieza a pieza.
Muradin Barbabronce, en el frente, vio cómo sus valientes soldados eran rodeados y superados.
El suelo bajo sus pies parecía traidor.
“¡Retirada ordenada!
¡Retrocedan a las puertas de la Forja!
¡Debemos reagruparnos en las defensas interiores!” Su voz, aunque fuerte, llevaba la nota amarga de una derrota innegable.
La primera línea de defensa de Khaz Modan se desmoronó.
Los enanos retrocedieron en un repliegue caótico pero decidido, dejando tras de sí los cadáveres de sus hermanos y las ruinas humeantes de sus primeras fortificaciones.
El ejército imperial, un torrente ininterrumpido de acero y fuego, avanzó sin piedad, consolidando las posiciones capturadas, sus estandartes carmesí ondeando sobre las cumbres ensangrentadas.
El “Orgullo de Lordaeron” sobrevoló las defensas rotas, y Arthas observó el paisaje con una fría satisfacción.
La primera fase había sido un éxito rotundo.
La “negociación” con la terquedad enana había terminado.
Ahora, solo quedaba la conquista.
La inmensa mole de Ironforge, la capital enana, se alzaba a la distancia, una fortaleza aparentemente invulnerable.
Pero Arthas sabía que ya había introducido las grietas.
La primera capa de la cáscara enana se había desprendido.
El verdadero asedio, la guerra por el corazón de la montaña, apenas comenzaba.
La tormenta había llegado, y no se detendría hasta que Khaz Modan se arrodillara.
La Furia de un Semidiós A pesar del éxito inicial, el avance imperial se ralentizó a medida que se acercaban a las defensas más intrincadas de Ironforge.
Los enanos, replegados en sus fortificaciones laberínticas, luchaban con una desesperación renovada, convirtiendo cada túnel, cada cámara, en una trampa mortal.
Las ballestas enanas, los morteros de fuego y los yunques rodantes que enviaban cuesta abajo causaban estragos en las formaciones imperiales.
Las bajas empezaron a ser inaceptables, incluso para Arthas.
“Los informes indican una resistencia más encarnizada en el sector ‘Pico del Cuchillo’,” informó el Mariscal de Campo Theron, señalando un punto en el mapa.
“Los Tanques de Vapor se están empantanando en el terreno rocoso, y la infantería está sufriendo un desgaste considerable.
Los enanos están usando viejos túneles mineros para emboscadas.” Arthas escuchó, su mirada se endurecía.
La estrategia era buena, pero la obstinación enana era más profunda de lo esperado.
Ya había llegado el momento de la intervención directa.
El Emperador no era solo un estratega; era el arma definitiva de su imperio.
“Suficiente”, la voz de Arthas resonó en la sala de mando, cortando las deliberaciones.
“Esta obstinación enana ha durado demasiado.
Voy a la vanguardia.” Theron no se atrevió a discutir.
Había visto la furia de Arthas en Quel’Thalas, el poder inmenso que emanaba de él cuando se entregaba por completo a la batalla.
El Emperador se puso su armadura de combate, la misma que había usado para aplastar reinos.
El metal oscuro parecía absorber la luz, y sus ojos brillaban con una intensidad antinatural.
No era solo un hombre en armadura; era un avatar de la guerra, una fuerza de la naturaleza.
Descendió del “Orgullo de Lordaeron” en un transporte blindado, aterrizando en el corazón de la batalla.
El aire ya estaba denso con el humo y el olor a pólvora y sangre.
El sonido de los mosquetes enanos y el choque del acero llenaba el desfiladero.
Cuando Arthas pisó el suelo, un silencio momentáneo se extendió por el campo de batalla, un reconocimiento instintivo de una presencia sobrehumana.
“¡Por Lordaeron!
¡Por el Imperio!” El grito de Arthas no era el de un general, sino el de un dios de la guerra.
Desenvainó su espada, y al hacerlo, una onda de energía oscura y carmesí se extendió a su alrededor.
No era la espada de un hombre; era la hoja de la aniquilación.
Lo que siguió no fue una batalla, sino una masacre unilateral.
Arthas se lanzó contra las líneas enanas con una velocidad y una ferocidad sobrenaturales.
Cada golpe de su espada era una explosión de energía oscura que destrozaba armaduras y pulverizaba cuerpos.
Los enanos, por valientes que fueran, no eran rival para este torbellino de destrucción.
Un batallón de Guerreros Hacha enanos, los más feroces del Rey Magni, cargó contra él, sus martillos de guerra levantados.
Arthas simplemente extendió una mano enguantada.
Una ola de fuego infernal, alimentada por una energía mística, brotó de su palma, envolviendo a los enanos en una agonía ardiente.
Sus gritos fueron silenciados por el rugido de las llamas.
El metal de sus armaduras se fundió, y sus cuerpos se convirtieron en cenizas humeantes.
“¡Corred!
¡Es un demonio!” Un enano gritó, el terror en sus ojos.
Otros, presos del pánico, rompieron filas, huyendo del horror ante ellos.
Arthas no dio tregua.
Se movía con la gracia letal de un depredador perfecto, sus ojos brillando con una luz fría y despiadada.
Los enanos que intentaban flanquearlo se encontraron con ráfagas de energía que los lanzaban por los aires, sus huesos pulverizados antes de tocar el suelo.
Las defensas que habían costado semanas en construir se desintegraban bajo su poder.
Las torretas enanas explotaban cuando Arthas lanzaba proyectiles de energía concentrada contra ellas.
Los túneles que los enanos usaban para emboscadas se convertían en trampas mortales cuando Arthas desataba explosiones que colapsaban las galerías, sellando a los que estaban dentro.
Muradin Barbabronce, su hermano y amigo, estaba en la primera línea de la defensa.
Vio la aparición de Arthas, la monstruosidad que se había convertido.
Su corazón de enano se heló, no por miedo a la muerte, sino por la desesperación de la impotencia.
“¡No podemos detenerlo!” rugió a sus hombres, intentando reagruparlos.
“¡Es imparable!
¡Retirada a las puertas interiores!
¡Debemos ganar tiempo para Magni!” Las líneas enanas se quebraron por completo.
No era una retirada estratégica, sino una estampida.
La presencia de Arthas, envuelto en un aura de destrucción ardiente, era demasiado para soportar.
La moral se pulverizó bajo el peso de su poder.
Miles de vidas enanas fueron segadas en cuestión de minutos, sus cuerpos esparcidos como muñecos rotos por el desfiladero.
Cuando Arthas finalmente detuvo su furia, se paró en medio de un campo de batalla devastado, rodeado de cuerpos humeantes y las ruinas de las defensas enanas.
Su armadura estaba impecable, inmaculada.
La energía carmesí se disipó, pero el aura de poder que lo rodeaba seguía siendo palpable.
Levantó la vista hacia las imponentes puertas de Ironforge, que ahora parecían patéticamente insignificantes ante el poder que acababa de desplegar.
La primera gran barrera había caído.
Las puertas de la legendaria Ironforge estaban al alcance.
Arthas había demostrado que no era solo un emperador; era una fuerza a la que ni siquiera las montañas podían resistir.
El asedio no había hecho más que comenzar, pero el mensaje era claro: la voluntad de Arthas era absoluta, y nada, ni siquiera la indomable raza enana, se interpondría en su camino hacia la supremacía total.
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