ARTHAS: "Historia de un Heroe Caido" - Capítulo 39
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- Capítulo 39 - 39 CAPITULO 39 La Corona de la Discordia
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39: CAPITULO 39: La Corona de la Discordia 39: CAPITULO 39: La Corona de la Discordia El invierno cubría la Ciudad Capital de Lordaeron con un manto de nieve y una expectativa tensa.
El palacio imperial, siempre un hervidero de intriga y poder, ahora vibraba con un tipo de emoción diferente: la anticipación del nacimiento.
Todos los ojos estaban puestos en Sylvanas Windrunner, la elfa concubina que llevaba en su vientre al tan esperado heredero del Emperador Arthas Menethil.
Los últimos meses del embarazo fueron un crisol de emociones para Sylvanas.
El amor sobreprotector por su hijo crecía con cada patada, cada movimiento.
Se había convertido en el ancla que la mantenía cuerda en su jaula de oro, la razón de su supervivencia y de su creciente astucia.
Su cuerpo, aunque ahora pesado y a menudo incómodo, era un santuario, el único lugar en el vasto imperio donde su voluntad, su linaje, se entrelazaba irrevocablemente con el del conquistador, pero sin ser devorado por completo.
Hablaba con el niño en élfico, susurraba promesas de un futuro donde, de alguna manera, él conocería la luz y no solo la sombra de su padre.
Arthas, por su parte, se había transformado, sutilmente, pero de forma innegable.
Su preocupación por el embarazo de Sylvanas era palpable.
No era el amor de un esposo, sino la fría y posesiva ansiedad de un monarca ante la llegada de su legado definitivo.
Se aseguró de que los mejores médicos y sanadores estuvieran a su disposición, exigiendo informes diarios sobre la salud de la elfa y el crecimiento del feto.
Su presencia en la habitación de Sylvanas, aunque a menudo silenciosa, se volvió más frecuente.
La observaba con una intensidad que antes solo reservaba para mapas de guerra, como si la gestación de su hijo fuera la campaña más crucial de todas.
El Nacimiento del Príncipe: Arthas II Menethil La noche del parto fue larga y agotadora.
Sylvanas, acostumbrada al dolor físico de la batalla, se enfrentó a un tormento diferente, uno que la despojaba de su voluntad, reduciéndola a un instinto primordial.
A su lado, Arthas permaneció impasible, una figura imponente que observaba el proceso con una mezcla de fascinación clínica y rara ansiedad.
Sus ojos no abandonaron el rostro de Sylvanas, una fría determinación en su mirada mientras ella luchaba por traer a su hijo al mundo.
Cuando el primer llanto resonó en la habitación, un sonido débil pero milagroso, el tenso silencio se rompió.
Sylvanas sintió un alivio abrumador, seguido de una oleada de un amor tan puro y feroz que casi la ahoga.
Exhausta, miró al pequeño bulto envuelto en sábanas que la partera colocó en sus brazos.
Allí estaba.
Arthas II Menethil.
El heredero del Imperio de Lordaeron.
Su hijo.
El bebé era pequeño, con una mata de cabello rubio platinado, como su padre, pero con unos ojos que, incluso en su estado recién nacido, poseían un tono azul verdoso, un eco del color de los ojos de Sylvanas.
Era una mezcla de ambos, una prueba viviente de la unión forzada que había dado a luz al futuro.
Arthas se acercó lentamente, su rostro, por primera vez en años, mostraba una emoción que no era controlada: asombro.
Se inclinó, y con un dedo enguantado, rozó suavemente la mejilla del bebé.
El contacto fue casi reverente.
“Mi hijo,” susurró, una palabra que parecía extraña, casi ajena, en sus labios, pero que Sylvanas percibió con una punzada de algo que no pudo identificar.
En ese momento, en esa rara muestra de vulnerabilidad, una pequeña grieta apareció en el muro de odio de Sylvanas hacia él.
Una grieta por donde se filtró un matiz de…
¿ternura?
¿Aceptación?
No por el hombre, sino por el padre de su hijo.
La noticia del nacimiento del Príncipe Imperial se difundió por el Imperio como un rayo.
Campanas sonaron en todas las ciudades.
Las calles se llenaron de jubilosa gente.
El nacimiento de un heredero varón era una bendición, una señal de la continuidad y la prosperidad del Imperio de Lordaeron.
El “Príncipe de Sangre Imperial”, como fue rápidamente apodado, fue recibido con una euforia desmedida por el pueblo, que lo veía como la personificación de la grandeza de Arthas.
La Rabia de Jaina Proudmoore: El Corazón de un Reino en Ruinas Mientras el Imperio celebraba, en el palacio real de Kul Tiras, la noticia del nacimiento del Príncipe Imperial, y de quién era su madre, llegó como un mazazo demoledor para la Princesa Jaina Proudmoore.
Kul Tiras, un reino naval poderoso y aliado acérrimo del Imperio de Lordaeron, había mantenido una lealtad inquebrantable a Arthas.
El Almirante Daelin Proudmoore, padre de Jaina, había visto en Arthas al líder que unificaría a la humanidad, un faro de estabilidad en tiempos turbulentos.
Jaina, sin embargo, siempre había guardado un cariño profundo y complejo por Arthas.
Una vez, lo había amado.
Había creído en su bondad, en su destino como un paladín de la luz.
Su caída en la oscuridad, su transformación en el Emperador implacable que ahora era, la había destrozado.
Pero a pesar de todo, una chispa de ese amor persistía, mezclada con una inmensa tristeza y la esperanza irracional de que algún día, una parte del antiguo Arthas pudiera resurgir.
Cuando el mensajero real entregó la proclama del nacimiento del Príncipe Imperial, Jaina lo leyó, y su rostro se palideció.
Arthas Menethil había engendrado un heredero.
Eso, en sí mismo, era un golpe.
Pero cuando sus ojos cayeron en el nombre de la madre: Sylvanas Windrunner.
La Ranger General de Quel’Thalas.
La elfa que había sido capturada y, según los rumores que habían circulado en secreto, tomada por el Emperador.
Un torbellino de emociones la asaltó: indignación, incredulidad, y sobre todo, una ola abrumadora de celos.
No podía ser.
La elfa, la prisionera, la…
concubina…
había dado a Arthas lo que ella, en sus sueños más profundos, había deseado darle.
Un hijo.
Un heredero para el Imperio que él había construido sobre los escombros de sus propios ideales.
“¡Imposible!” Jaina estalló, golpeando la mesa de su estudio.
Su padre, el Almirante Daelin, entró, alertado por el grito.
“¿Qué sucede, hija?” “¡Arthas ha tenido un hijo!” Jaina espetó, su voz temblaba de furia.
“¡Y la madre es la elfa!
¡Sylvanas Windrunner!
¡La concubina de Quel’Thalas!” Daelin, un hombre pragmático, frunció el ceño.
“Un heredero para el Imperio es una buena noticia, Jaina.
Asegura la sucesión, la estabilidad…” “¡Estabilidad!” Jaina lo interrumpió, las lágrimas asomando a sus ojos azules.
“¡Un hijo nacido de la violencia!
¡De una elfa que él mismo esclavizó!
¿Es esta la ‘grandeza’ que tanto admiras, padre?
¿Un trono asegurado por la desgracia de otro?” Los celos de Jaina no eran solo por la pérdida de Arthas como amante, sino por la profunda herida a su propio sentido de la justicia y la decencia.
Ella, la maga poderosa, la princesa de Kul Tiras, la que siempre había buscado la paz y la luz, se sentía humillada, superada por una elfa que representaba todo lo que Arthas se había convertido.
La idea de que Arthas pudiera mostrar preocupación, o incluso un atisbo de ternura, por Sylvanas y su hijo, le resultaba insoportable.
En su mente, Sylvanas era una víctima, pero ahora, también la personificación de la caída de Arthas y, de alguna manera, de la traición a su propio amor.
La noticia del Príncipe Imperial, y su linaje, cimentó la aversión de Jaina hacia Sylvanas, transformándola en una rivalidad silenciosa pero intensa.
Cada vez que llegaban noticias del “Príncipe Arthas II” o de la creciente influencia de su madre, Jaina sentía una punzada de rabia.
La idea de que ese niño, ese vástago de la oscuridad, pudiera algún día sentarse en el trono imperial era una afrenta a todo lo que ella creía.
La Creciente Influencia de Sylvanas en la Corte Imperial Mientras tanto, en la Ciudad Capital, la influencia de Sylvanas crecía de manera exponencial, sutil al principio, pero cada vez más palpable.
El nacimiento del Príncipe Arthas II la elevó de concubina a Princesa Consorte, una posición de poder informal pero inmensa.
Arthas, aunque no le otorgó un título formal de Emperatriz (su mentalidad militar prefería mantenerla en una posición de “madre de su heredero” sin la autoridad política de una co-gobernante), le concedió un nivel de acceso e interacción que sorprendió a la corte.
Ahora, Sylvanas no era solo una figura decorativa; era una presencia constante en las alas del palacio donde se tomaban las decisiones.
Durante sus paseos por los jardines con el pequeño príncipe en brazos (siempre acompañada por guardias de élite, pero con una nueva libertad), los ministros y generales se acercaban a ella, no con simples saludos, sino con respetuosas solicitudes.
“Mi Señora, ¿cree que el Emperador podría considerar esta propuesta para la mina de hierro enano?” “Princesa Consorte, la General Kaelen busca vuestra opinión sobre la moral de las tropas elfas…” Sylvanas, con su intelecto agudo y su astucia natural, comenzó a absorber información.
Escuchaba atentamente, hacía preguntas perspicaces, y ocasionalmente, ofrecía una sugerencia sutil.
Al principio, sus intervenciones eran pocas y distantes, pero con el tiempo, su voz comenzó a tener peso.
Arthas, aunque no admitía abiertamente buscar su consejo, a menudo escuchaba sus comentarios con una atención inusual.
Para su sorpresa, a veces, las observaciones de Sylvanas, nacidas de su experiencia como líder militar y de su aguda percepción, resultaban valiosas.
Ella entendía la psicología de la resistencia, los matices de la moral, las debilidades ocultas en una fortaleza.
No eran consejos que él le pedía directamente, sino susurros en las noches, o comentarios casuales durante el día que él, sorprendentemente, retenía y a veces actuaba sobre ellos.
“Los enanos respetan la fuerza, sí,” comentó Sylvanas una noche, mientras el pequeño Arthas II dormía plácidamente en su cuna real, “pero también su lealtad se gana con el tiempo, con el respeto por sus costumbres.
Destruir su identidad solo generará un odio más profundo.
Si quieres que la mina sea productiva a largo plazo, no solo debes usar la fuerza.
Debes darles algo por lo que valga la pena vivir, aunque sea en tus términos.” Arthas la miró, sus ojos fríos, pero asintió lentamente.
Al día siguiente, los informes de Ironforge incluyeron directivas imperiales que, aunque seguían siendo autoritarias, mostraban un inesperado matiz de pragmatismo.
Se permitiría a los enanos celebrar algunas de sus festividades tradicionales, siempre bajo supervisión imperial, y se establecerían “cuotas de producción justas” que, aunque altas, daban un atisbo de estabilidad.
Los consejeros de Arthas se preguntaban de dónde venía esta nueva “sabiduría”.
Solo Sylvanas lo sabía.
La elfa había descubierto un nuevo juego.
Un juego de poder e influencia en el corazón del imperio que la había esclavizado.
No era el control total, pero era una forma de agencia.
A través de su hijo, ella había encontrado un propósito más allá de la venganza y la supervivencia.
Podía moldear el Imperio, influir en sus decisiones, y de alguna manera, tal vez, proteger a su hijo de la oscuridad total de su padre.
A medida que el príncipe crecía, Sylvanas observaba la rara, casi imperceptible, calidez que Arthas mostraba por el niño.
Cuando el Emperador lo sostenía, el bebé a menudo se reía, una risa clara que era un contraste chocante con la solemnidad del palacio.
Arthas, el conquistador despiadado, el semidiós de la guerra, se mostraba momentáneamente desarmado por la inocencia de su hijo.
Una noche, Sylvanas encontró a Arthas en la habitación del niño, solo, observando la cuna.
Su rostro, iluminado por la tenue luz de la lámpara, mostraba una melancolía que rara vez dejaba entrever.
Sin decir una palabra, Sylvanas se acercó y, por primera vez, colocó una mano sobre su hombro.
Él no se apartó.
En ese instante, en medio del horror de su situación, Sylvanas sintió una punzada de compasión, una comprensión de la soledad que habitaba incluso en el corazón del Emperador.
Era un sentimiento peligroso, un amor perverso que no podía negar.
La vida de Sylvanas, atada a su hijo y a su captor, se había vuelto una intrincada danza de supervivencia, influencia y un amor tan inesperado como perturbador.
El príncipe Arthas II, el heredero, era el centro de este nuevo universo.
Y Sylvanas, len su crisálida, estaba lista para moldear el futuro del Imperio, no con la espada, sino con la astucia, la paciencia y un amor que lo superaba todo.
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