ARTHAS: "Historia de un Heroe Caido" - Capítulo 38
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- Capítulo 38 - 38 CAPITULO 38 Un Amanecer Inesperado
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38: CAPITULO 38: Un Amanecer Inesperado 38: CAPITULO 38: Un Amanecer Inesperado Los días se fundieron en semanas, y las semanas en meses, marcados no por las campañas militares, sino por el silencioso y milagroso cambio que se gestaba en el vientre de Sylvanas Windrunner.
La Ciudad Capital continuó su bullicioso ritmo, ajena a la transformación que ocurría en la suite real.
Ironforge, ahora un yunque más en la vasta forja del Imperio, trabajaba bajo la férrea bota de Lordaeron, pero en el corazón de la elfa, una nueva, compleja y aterradora vida florecía.
El amor sobreprotector que había nacido de la desesperación por su hijo crecía con cada día.
Sylvanas se encontraba, para su horror y fascinación, cada vez más conectada a la pequeña vida que latía dentro de ella.
Hablaba en susurros a su vientre, le cantaba viejas canciones de Quel’Thalas, historias de bosques y estrellas que esperaba, de alguna manera, pudieran borrar la sombra oscura de su concepción.
Su cuerpo, antes un templo profanado, se había convertido en un santuario para esta nueva existencia, y cada dolor, cada malestar del embarazo, era recibido con una extraña aceptación.
La elfa, con su aguda inteligencia y su instinto de supervivencia, comenzó a adaptar su rutina.
Prestaba más atención a las comidas que le servían, asegurándose de que la nutrieran adecuadamente.
Se forzó a sí misma a caminar por los jardines del palacio, buscando la poca luz solar que filtraba a través de las nubes perpetuas de Lordaeron, convencida de que sería beneficiosa para el ser que llevaba dentro.
Observaba a los niños que jugaban en la distancia, las sonrisas en sus rostros, y una punzada de anhelo y miedo la atravesaba.
Su hijo no crecería con esa inocencia despreocupada.
Sería el hijo de Arthas, el heredero de un imperio forjado en sangre.
La Revelación al Imperio Arthas, inmerso en la consolidación de Khaz Modan y la planificación de futuras expansiones, tardó en notar los cambios en Sylvanas.
Su mente, un laberinto de estrategias y conquistas, no estaba sintonizada con los sutiles matices del cuerpo de una mujer.
Cuando la visitaba, su atención seguía fija en el control, en la posesión, en el oscuro deseo que sentía por ella.
Sin embargo, los cambios se hicieron demasiado evidentes para ignorarlos.
Su figura, esbelta por naturaleza, comenzó a redondearse.
Su rostro, antes pálido, a veces mostraba un rubor inusual.
Una mañana, mientras la envolvía en sus brazos, Arthas notó el ligero abultamiento en su vientre.
Sus ojos fríos, acostumbrados a analizar mapas de batalla y formaciones militares, se posaron en ella con una mezcla de sorpresa y curiosidad.
“¿Qué es esto?” Su voz no denotaba ni ira ni preocupación, solo una perplejidad distante.
Sylvanas contuvo la respiración.
Había ensayado este momento mil veces en su mente.
Sabía que la verdad no podía ocultarse por más tiempo.
“Estoy embarazada, Arthas,” susurró, su voz casi inaudible, pero cargada con el peso de la revelación.
“Llevo a tu hijo.” La reacción de Arthas no fue lo que ella esperaba.
No hubo ira.
No hubo negación.
Solo un silencio denso y profundo.
Sus ojos se clavaron en ella, una intensidad que Sylvanas nunca había visto.
Era como si una nueva ecuación se hubiera presentado en su mente, una variable inesperada en su cálculo perfecto de poder.
Lentamente, Arthas colocó una mano sobre su vientre.
Sylvanas se tensó, esperando el horror, la repulsión, el castigo.
Pero su toque fue extrañamente suave, casi reverente.
Sintió el leve temblor de sus dedos.
Una chispa, minúscula pero perceptible, se encendió en los ojos gélidos del Emperador.
Una chispa de algo que se parecía a…
¿orgullo?
¿O quizás posesión en su forma más fundamental?
“Un heredero,” Arthas musitó, su voz cargada con un nuevo matiz de poder.
“Un hijo.
Mío.” La noticia, una vez confirmada por los médicos de la corte, que fueron convocados de inmediato y bajo el más estricto secreto, se extendió por el palacio como un susurro cargado de electricidad.
No llegó a los oídos del pueblo de inmediato, pero entre la élite imperial, la noticia del embarazo de Sylvanas, la concubina elfa, con el hijo del Emperador, fue recibida con una mezcla de sorpresa, cálculo y, en algunos casos, una nueva adulación.
El Consejo Imperial fue convocado.
Arthas, con Sylvanas a su lado (una posición de honor y una muestra de su nueva importancia), anunció el embarazo con la fría autoridad que lo caracterizaba.
“El Imperio de Lordaeron tendrá un heredero,” declaró, su voz resonando por la sala de mármol.
“Mi sangre, la próxima generación de liderazgo.
Esta es una bendición de los cielos, un testamento de nuestro destino.” Los consejeros, aunque inicialmente aturdidos por la revelación de que el futuro Emperador nacería de una elfa, rápidamente ajustaron sus semblantes.
Las sonrisas falsas y los saludos obsequiosos se dirigieron a Sylvanas.
De repente, la prisionera se había convertido en un recipiente sagrado, la madre del futuro.
Su estatus cambió radicalmente.
Las sirvientas eran más atentas, los guardias, más deferentes.
Los ministros que antes la ignoraban, ahora buscaban su mirada, tratando de congraciarse con la futura emperatriz.
Sylvanas observaba todo esto con una fría astucia.
Sabía que su poder era vicario, dependiente de la vida que llevaba dentro.
Pero era poder al fin y al cabo.
Podía sentir las ondas de respeto (o al menos, de un temor cauteloso) que la rodeaban.
Y una parte de ella, la que aún conservaba su orgullo y su intelecto, comenzó a ver las posibilidades.
Este niño, su hijo, le había dado una palanca, una razón para existir y una herramienta para manipular.
La Preocupación del Conquistador: Un Vistazo al Corazón de Hielo A medida que el embarazo avanzaba, la transformación más sorprendente no fue solo en Sylvanas, sino en el propio Arthas.
El Emperador, cuya vida estaba consumida por la guerra y la expansión, comenzó a mostrar signos de una emoción que Sylvanas apenas creía posible: preocupación.
No era una preocupación abierta y cálida, no como la de un marido cariñoso.
Era una preocupación fría, calculadora, una extensión de su sentido de posesión y su visión de un legado duradero.
Pero era preocupación al fin y al cabo.
Acompañaba a Sylvanas a sus chequeos con los médicos imperiales.
Sus preguntas eran precisas, directas, exigiendo informes detallados sobre la salud de “su heredero” y la de Sylvanas.
No toleraba ninguna sombra de duda o cualquier indicio de complicación.
Las órdenes a los cocineros del palacio se volvieron más específicas, exigiendo las comidas más nutritivas para Sylvanas.
Se trajeron tapices más suaves para su habitación, sedas más finas para su ropa, todo para asegurar su comodidad y la del niño.
Una tarde, Sylvanas sufrió un mareo repentino.
Cayó, y antes de que pudiera tocar el suelo, la mano firme de Arthas la sostuvo.
Él no la soltó.
La sostuvo con una fuerza que no era solo física, sino también protectora.
Sus ojos, antes tan gélidos, la miraron con una intensidad que Sylvanas interpretó como una rara, y perturbadora, ansiedad.
“Estás bien,” no fue una pregunta, sino una afirmación, casi una orden.
La llevó de vuelta a la cama y se quedó a su lado, algo inusual para él.
No dijo mucho, solo observaba, como si la mera presencia de una vida tan frágil lo desconcertara.
Sylvanas sintió una extraña oleada de emoción.
¿Era esta la preocupación de un esposo, o la inquietud de un propietario sobre su posesión más valiosa?
En ese momento, la distinción se volvió borrosa.
Otra vez, durante una inspección de sus aposentos, Arthas notó que Sylvanas había estado tosiendo.
No era una tos grave, pero persistente.
Su rostro se oscureció.
Al día siguiente, el Médico Imperial Principal, un hombre tembloroso y de mediana edad, fue convocado al palacio.
Arthas lo interrogó con una frialdad que helaba la sangre, exigiendo saber si había algún riesgo para “la madre o el niño”.
El doctor, aterrorizado, aseguró que era una tos menor, sin complicaciones.
Aun así, Arthas ordenó que se prepararan ungüentos especiales y que Sylvanas fuera supervisada de cerca las 24 horas del día.
Esta atención, esta inesperada muestra de cuidado, comenzó a obrar una transformación aún más profunda en Sylvanas.
Su odio por Arthas no desapareció por completo, era una brasa persistente bajo las cenizas.
Pero se veía envuelto en una capa compleja de otras emociones.
Cuando él mostraba esa rara preocupación, Sylvanas sentía un atisbo de la humanidad que una vez conoció en él, antes de que el poder y la ambición lo corrompieran por completo.
Era un sentimiento confuso, casi nauseabundo, pero innegable.
Parte de ella anhelaba esa atención, esa rareza de la calidez en el frío abrazo de su captor.
Era una muestra de su valor, no como un ser humano libre, sino como la madre de su heredero.
Y para la vida que llevaba dentro, Sylvanas estaba dispuesta a aceptar esa ambigua forma de amor, esa retorcida faceta de protección.
Los susurros en el palacio cambiaron.
Los guardias hablaban de la “Reina Elfa”, de la “futura Emperatriz”.
Algunos, con una mezcla de fascinación y temor, se preguntaban qué tipo de hijo nacería de la unión de un ser humano que se había convertido en un dios de la guerra y una elfa que había sido la princesa de Quel’Thalas.
Las profecías más antiguas de Lordaeron hablaban de un líder de sangre pura que unificaría el mundo.
Y ahora, esa profecía parecía estar tomando una forma inquietante.
Sylvanas, con su creciente vientre, ya no era una simple prisionera.
Se había convertido en el centro de un nuevo tipo de poder en el Imperio de Lordaeron, una figura de influencia pasiva pero inmensa.
Su supervivencia ya no era solo por ella misma, ni siquiera solo por venganza.
Era por la pequeña vida que latía dentro de ella, el futuro Emperador.
Y por él, Sylvanas estaba dispuesta a convertirse en cualquier cosa, incluso en la mujer de su captor, si eso significaba asegurar su futuro.
El amanecer de un nuevo imperio estaba cerca, y con él, el nacimiento de un heredero que cambiaría el destino de Azeroth para siempre.
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