ARTHAS: "Historia de un Heroe Caido" - Capítulo 50
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- Capítulo 50 - 50 CAPITULO 50 El Último Baluarte y las Sombras en la Corte
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50: CAPITULO 50: El Último Baluarte y las Sombras en la Corte 50: CAPITULO 50: El Último Baluarte y las Sombras en la Corte La orden del Emperador Arthas, fría y definitiva, resonó por todos los confines de su vasto dominio: la erradicación total de los centauros en Kalimdor.
No era solo una campaña militar; era un decreto de extinción.
Mientras la maquinaria de guerra imperial se ajustaba para la marcha final, las ondas de esta brutal decisión se propagaban, alcanzando los más altos salones del poder y los corazones más vulnerables del Imperio.
La Marcha Implacable hacia Phoros Con la Coalición de la Sangre destrozada y el desierto regado con la sangre centaura, el Mariscal Alexzandros Thorne no perdió tiempo.
La orden del Emperador era clara, y su cumplimiento, una cuestión de lealtad y eficiencia imperial.
El avance de las fuerzas del Imperio y Ventormenta hacia Phoros, la última gran ciudad fortaleza de los centauros, comenzó casi de inmediato.
La marcha no fue un paseo.
El territorio centauro era vasto y traicionero, lleno de gargantas rocosas, cañones profundos y cuevas ocultas que servían de escondite para los últimos focos de resistencia.
Los Acorazados de Viento sobrevolaban las columnas de avance, utilizando sus sistemas de reconocimiento arcanos para detectar a los rezagados y a las pequeñas bandas de centauros que intentaban emboscar los flancos.
Sus cañones de energía vaporizaban los nidos de resistencia, mientras los lanzallamas incineraban las cuevas donde se escondían los últimos de una raza condenada.
En tierra, los legionarios y los tanques de asalto formaban una vanguardia imparable.
La disciplina imperial era inquebrantable.
Cada centauro encontrado, fuera guerrero o civil, era aniquilado sin piedad.
Los ojos endurecidos de los veteranos de Lordaeron no mostraban emoción; solo cumplían órdenes.
Los soldados de Ventormenta, aunque la brutalidad de la campaña pesaba en algunos corazones, se mantenían firmes.
Habían visto la ferocidad de los centauros y la amenaza que representaban.
La supervivencia de sus asentamientos y la seguridad de sus rutas comerciales dependían de esta erradicación.
El Mariscal Grimfang y el General Marcus Jonathan coordinaban con Alexzandros Thorne con una sincronía forjada en la guerra.
La amistad entre ellos, aunque probada por la implacable brutalidad de la misión, se mantenía fuerte.
Compartían informes, estrategias y, a veces, una copa de algo fuerte en las noches para ahogar el sombrío silencio de la campaña.
Phoros no era una ciudad; era una montaña horadada.
Kilómetros de túneles, cámaras naturales y defensas talladas en la roca hacían de ella un bastión formidable.
Los centauros supervivientes, junto con sus líderes espirituales, se habían atrincherado allí, decididos a vender cara su existencia.
La montaña misma parecía un gigantesco hormiguero, con innumerables entradas, algunas evidentes, otras hábilmente camufladas.
Planificación del Asedio a Phoros: Ingenio y Destrucción La planificación para el asedio de Phoros fue un ejercicio de ingeniería militar sin precedentes.
Alexzandros Thorne, con el pragmatismo de Grimfang y la astucia de Jonathan, ideó un plan que no dejaría nada al azar.
“No podemos asaltar cada túnel individualmente,” explicó Alexzandros a sus comandantes, señalando un mapa topográfico detallado de Phoros.
“Sería un baño de sangre interminable.
Phoros será aplastada, no tomada pasivamente.” La estrategia se dividió en varias fases: Bloqueo Aéreo y Terrestre: Los Acorazados de Viento establecerían un bloqueo aéreo total sobre Phoros, bombardeando sistemáticamente cualquier entrada expuesta y evitando cualquier intento de escape o refuerzo.
En tierra, los tanques de asalto y la infantería rodearían la montaña, sellando cada posible salida.
Perforación y Saturación: Ingenieros especializados, incluidos los enanos cautivos, serían utilizados para perforar la montaña en puntos estratégicos.
Estas perforaciones no serían para la entrada de tropas, sino para la inserción de explosivos de alto poder y, crucialmente, para la inyección de gases tóxicos arcanos que sofocarían la resistencia interna.
Bombardeo Continuo: La artillería pesada se posicionaría alrededor de Phoros para someter la fortaleza a un bombardeo continuo y devastador, con proyectiles capaces de colapsar túneles y derrumbar formaciones rocosas.
La idea no era tanto penetrar, sino desmoralizar y desorientar a los defensores, convirtiendo su refugio en una tumba.
Asalto Final: Solo cuando la resistencia interna estuviera significativamente debilitada, las legiones de asalto penetrarían por las brechas abiertas por los explosivos, asegurando la fortaleza y eliminando cualquier resistencia restante.
El plan era brutal, pero eficiente.
No se trataba de una captura, sino de una desintegración controlada de la fortaleza.
Los ingenieros ya estaban trabajando en la fabricación de los taladros gigantes y las bombonas de gas, mientras los magos arcanos preparaban los conjuros para potenciar los explosivos y contener cualquier contramedida mágica de los chamanes centauros.
El Imperio Reacciona: Ecos de la Guerra en Casa Mientras la fatalidad se cernía sobre Phoros, la noticia de la brutal orden de exterminio del Emperador Arthas se extendía por todo el Imperio y los reinos aliados como una helada.
La victoria en Xylos había sido celebrada con euforia, pero la nueva directriz provocó reacciones mixtas, un reflejo de la compleja moralidad del dominio de Arthas.
En el pueblo imperial, la reacción fue variada.
Muchos plebeyos, acostumbrados a la mano de hierro de Arthas y a la propaganda de los centauros como “salvajes incorregibles”, aceptaron la orden con una resignación pragmática o incluso con un aplauso silencioso.
La prosperidad de Kalimdor era innegable, y la eliminación de la amenaza centaura aseguraría el flujo de oro y alimentos.
Para ellos, era el precio de la seguridad y la abundancia.
Sin embargo, en las tabernas más oscuras y en los hogares más humildes, se susurraban historias de la brutalidad, de los niños centauros y de la extinción de una raza.
La Luz, en esos rincones, parecía parpadear.
En el Consejo Imperial, las reacciones fueron más calculadas.
Los generales, como era de esperar, apoyaron unánimemente la decisión.
Era una medida lógica para asegurar el control total de Kalimdor.
Los consejeros de la corona, pragmáticos hasta la médula, vieron en ello una demostración inequívoca del poder de Arthas y una garantía de la estabilidad económica.
Sin embargo, hubo voces, pocas y susurradas, de preocupación por la imagen del Imperio y las implicaciones morales.
Pero nadie se atrevió a contradecir abiertamente al Emperador.
Su voluntad era la ley.
Reacciones en la Cúspide: Jaina, Sylvanas y el Joven Príncipe Las reacciones más profundas y complejas, sin embargo, se manifestaron en los pasillos dorados del palacio, entre aquellos más cercanos al Emperador.
Jaina Proudmoore, la Consejera Real, sintió un nudo helado en el estómago al escuchar la orden.
Su rostro, generalmente sereno, se tornó pálido.
La esperanza que había albergado de poder redimir a Arthas, de guiarlo hacia un camino más justo, se sentía ahora como un frágil sueño destrozado por la cruel realidad.
El Arthas que había amado, el Arthas que había jurado proteger a su pueblo, no podría haber emitido una orden de exterminio tan fría y absoluta.
Se enfrentó a él en la privacidad de su estudio, una noche.
“Arthas, ¿estás seguro de esto?
La erradicación total…
es una mancha que tu Imperio no podrá borrar fácilmente.
¿No hay otra forma?
¿Negociación, reasentamiento?” Arthas la miró, sus ojos azules como el hielo.
“Jaina, la negociación es para los débiles.
El reasentamiento es una fantasía sentimental.
Estos seres entienden solo la fuerza.
Lo he aprendido bien.
Para asegurar mi Imperio, para asegurar el futuro de mi hijo, debo eliminar toda amenaza de raíz.
No habrá un resurgimiento centauro.
Kalimdor será nuestro, sin reservas.” Su voz era final, sin un ápice de duda.
Jaina sintió un escalofrío que no era de frío.
Su corazón se encogió.
El Arthas que ella había amado estaba más allá de su alcance, sepultado bajo las capas de un conquistador implacable.
Sylvanas Windrunner, por otro lado, experimentó una compleja mezcla de emociones.
Al escuchar la orden, un escalofrío de reconocimiento la recorrió.
Era la misma lógica brutal que Arthas había aplicado a su propia gente.
Pero su odio, que había sido su única constante, ahora estaba entrelazado con su obsesión, su retorcido amor.
Ella vio en la implacabilidad de Arthas una fuerza que admiraba, un rasgo que garantizaba la seguridad del Príncipe Arthas II.
Para su hijo, Arthas I era una fuerza inexpugnable.
Se acercó al Emperador esa misma noche, no con súplicas, sino con una comprensión silenciosa.
“Una decisión dura, mi Emperador,” susurró, sus dedos rozando su brazo.
“Pero necesaria.
La debilidad en el liderazgo no construye imperios.” Sus palabras, cargadas de una doble intención, eran un eco de la brutalidad de Arthas, pero también una reafirmación de su propia conexión con él.
Ella entendía esa oscuridad, incluso la compartía, de una manera perversa.
Arthas la miró, una rara expresión de reconocimiento en sus ojos.
“Lo entiendes, Sylvanas.
Más que muchos en esta corte.” Su mano cubrió la suya, un gesto de complicidad que Jaina nunca recibiría.
En ese momento, Sylvanas sintió una victoria amarga.
Ella podía no amarlo de la misma manera que Jaina, pero lo entendía, y esa comprensión era una forma de poder.
Y luego estaba el joven Príncipe Arthas II.
La noticia de la orden de exterminio llegó a la Academia de Caballería a través de los murmullos de los instructores y las cartas filtradas de los padres.
Arthas II, con su mente aguda, comprendió la magnitud de la decisión.
Había visto la brutalidad de los centauros en los informes de batalla, la amenaza que representaban para las vidas de los soldados de su padre y para la prosperidad de su Imperio.
La noticia lo perturbó.
Había en él una compasión innata, fomentada por su madre.
Pero también una implacable lógica de supervivencia, inculcada por su padre.
Se retiró a la biblioteca de la academia, leyendo viejos tomos de historia sobre la guerra y la extinción de razas.
¿Era esta la única forma de asegurar un imperio?
¿Era la erradicación el destino de los débiles?
“Anduin,” preguntó el príncipe una tarde, su voz inusualmente grave.
“Si una criatura no puede coexistir, si su propia existencia amenaza la tuya…
¿debe ser erradicada?” Anduin, el honorable, dudó.
“Mi abuelo, Lothar, siempre buscó la paz cuando era posible, Príncipe.
Pero también entendió que algunos enemigos no pueden ser domesticados.
Es una línea delgada.
Espero que algún día, tú no tengas que tomar una decisión tan terrible.” Arthas II asintió lentamente.
La realidad del gobierno, la implacable necesidad de asegurar el poder, comenzaba a asimilarse en su joven mente.
Este no era el juego de estrategia de la academia; era la vida real, con consecuencias brutales.
La orden de su padre, aunque aterradora, también le mostraba la determinación necesaria para mantener un Imperio.
La marcha hacia Phoros no era solo una campaña militar; era una lección práctica para el heredero al trono, una inmersión en la fría realidad de lo que significaba empuñar el poder absoluto.
El destino de los centauros estaba sellado, y el joven príncipe, a la distancia, observaba y aprendía el costo de la corona.
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