ARTHAS: "Historia de un Heroe Caido" - Capítulo 51
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- Capítulo 51 - 51 CAPITULO 51 La Última Fortaleza y un Encuentro con el Pasado
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51: CAPITULO 51: La Última Fortaleza y un Encuentro con el Pasado 51: CAPITULO 51: La Última Fortaleza y un Encuentro con el Pasado La orden de exterminio del Emperador Arthas pendía sobre Kalimdor como una sentencia de muerte.
Phoros, la última esperanza de los centauros, se alzaba como un desafío en el horizonte, una montaña de piedra y desesperación.
Mientras la implacable máquina de guerra imperial se preparaba para el golpe final, un joven príncipe iniciaba su propio viaje, sin saber que el pasado de su padre pronto se cruzaría con su presente.
El Asedio de Phoros: El Canto Fúnebre de una Raza La mañana del asedio de Phoros amaneció con un cielo plomizo, como si los elementos mismos lamentaran el destino que se avecinaba.
Las fuerzas combinadas del Imperio de Lordaeron y Ventormenta se posicionaron alrededor de la montaña, formando un cerco inquebrantable.
Los Acorazados de Viento ocuparon sus estaciones en el cielo, sus siluetas recortadas contra las nubes.
En tierra, los tanques de asalto y la artillería pesada apuntaban sus cañones hacia las inumerables entradas de la fortaleza.
La primera fase del asedio fue el bombardeo de saturación.
A una señal del Mariscal Alexzandros Thorne, el infierno se desató.
Cientos de cañones rugieron al unísono, lanzando proyectiles explosivos que golpearon la montaña con la fuerza de un terremoto.
El trueno de la artillería era ensordecedor, una sinfonía de destrucción que hacía temblar la tierra.
Las formaciones rocosas se desmoronaban, las entradas colapsaban, y el polvo y la roca pulverizada envolvían la fortaleza en una nube opaca.
Desde el aire, los Acorazados de Viento llovían fuego arcano y lanzallamas sobre cualquier signo de vida o defensa expuesto.
Mientras el bombardeo continuaba sin tregua, los equipos de ingenieros avanzaron con sus taladros gigantes, perforando metódicamente la piel de la montaña.
Eran taladros impulsados por vapor, con brocas de diamante capaces de penetrar la roca más dura.
Los enanos cautivos, bajo estricta vigilancia, trabajaban con una eficiencia sombría, sabiendo que su supervivencia dependía de su obediencia.
Una vez que las perforaciones alcanzaron la profundidad deseada, se inyectaron explosivos de alto poder y luego los gases tóxicos arcanos.
El gas, un agente sofocante desarrollado por los magos imperiales, se filtró por las galerías, silenciosa y letal.
Los gritos de agonía de los centauros atrapados en el interior eran ahogados por el constante estruendo de los cañones.
La batalla por Phoros no fue una contienda de honor, sino una operación de exterminio brutalmente eficiente.
Los centauros, atrapados en su propia fortaleza, se defendían con la desesperación de los condenados.
Sus guerreros, cubiertos de hollín y heridos, emergían de las cavernas para ser abatidos por la lluvia de proyectiles y el fuego arcano de los Acorazados de Viento.
Algunos, desesperados, intentaron cargas suicidas contra las líneas terrestres, solo para ser aplastados por los tanques de asalto o empalados por las lanzas de los legionarios.
K’tharr el Imperecedero, el anciano chamán, sabía que la derrota era inevitable.
Había invocado a los espíritus de la tierra, del viento y del fuego, pero su poder no podía competir con la maquinaria de guerra que los rodeaba.
Desde una cámara oculta en las profundidades de Phoros, observó cómo su gente era masacrada.
Sus últimos conjuros fueron susurros de venganza, maldiciones lanzadas al viento antes de que una explosión cercana sellara su refugio para siempre.
Cuando el último grito centauro se apagó, y el polvo se asentó, Phoros era un cementerio.
La fortaleza, antaño un bastión inexpugnable, era ahora un amasijo de roca y escombros, un testimonio sombrío de la implacable voluntad del Imperio.
La orden de Arthas se había cumplido.
Los centauros de Kalimdor habían sido erradicados de raíz.
La Liberación de los Prisioneros Tauren: Gigantes en un Nuevo Mundo Entre los escombros humeantes de Phoros, mientras las fuerzas de limpieza rastreaban los últimos focos de resistencia y los cuerpos, descubrieron algo inesperado.
En las cámaras más profundas, en prisiones rudimentarias, se encontraban prisioneros.
No eran centauros, sino criaturas gigantescas, con forma de toro, piel curtida y ojos sabios: Tauren.
Eran sobrevivientes de tribus que los centauros habían esclavizado y utilizado como mano de obra y carne de cañón en sus guerras internas.
Famélicos y heridos, pero aún con una dignidad imponente, fueron liberados por los sorprendidos soldados imperiales y de Ventormenta.
El General Marcus Jonathan, al verlos, sintió un asomo de la Luz.
“No son centauros,” dijo a Alexzandros Thorne.
“Son seres con sus propias culturas.
Han sido cautivos, como nosotros lo fuimos de los orcos.” Un chamán tauren, anciano y con una cicatriz de batalla en el ojo, se acercó a Jonathan.
Su voz, profunda como el trueno, resonó en la caverna.
“Agradecemos vuestra liberación, forasteros.
Mi pueblo, los Tauren, hemos sufrido la tiranía de los centauros por generaciones.
Pero Kalimdor es vasta, más de lo que vuestras mentes pueden concebir.
Hay tribus más allá de estas montañas, ocultas en las llanuras, los cañones y los bosques milenarios.
Y hay recursos, más allá de vuestra imaginación.” Las palabras del chamán abrieron los ojos de los comandantes.
Los Tauren no solo eran una nueva raza, sino una fuente de conocimiento incalculable sobre el continente.
Ofrecieron información sobre los vastos territorios inexplorados, los ríos subterráneos, las montañas ricas en minerales aún no descubiertos y las llanuras con una fertilidad asombrosa.
Hablaron de rutas comerciales con otras razas, de recursos naturales que harían palidecer las minas de Xylos.
El Mariscal Thorne, con su pragmatismo imperial, vio la oportunidad.
“Informad al Emperador.
Estos Tauren serán valiosos.
No para la erradicación, sino como aliados para el comercio.
Sus conocimientos de Kalimdor, lo gigantesco que es, y sus recursos, podrían duplicar nuestra prosperidad.” Los Tauren, a cambio de su libertad y la promesa de no ser subyugados, aceptaron compartir su conocimiento y comerciar con los reinos humanos.
Fue el inicio de una relación simbiótica.
Los Tauren se convertirían en futuros aliados de comercio, abriendo un nuevo capítulo en la explotación de los vastos recursos de Kalimdor, y asegurando que las minas de oro y diamantes no serían las únicas joyas de la corona del Emperador.
Ecos de la Victoria y un Viaje Emblemático La noticia de la caída de Phoros y la erradicación de los centauros se propagó con la velocidad de la luz por todo el Imperio.
Fue recibida con celebraciones masivas.
Las calles se llenaron de gente, los estandartes imperiales ondeaban en cada ventana, y las campanas de las iglesias tañían sin cesar.
Los ciudadanos, aliviados de la amenaza y orgullosos de su Emperador, vitoreaban el nombre de Arthas I.
La victoria en Kalimdor no solo era un triunfo militar; era una reafirmación del poder inquebrantable del Imperio.
En la Ciudad Capital, el Emperador Arthas recibió los informes con una fría, pero profunda, satisfacción.
Su orden había sido cumplida.
El futuro de Kalimdor estaba asegurado.
Sylvanas, al observar su expresión, sintió un nudo en el pecho, una mezcla de terror y una extraña admiración por la implacable voluntad del hombre al que ahora, de una forma perversa, sentía que amaba.
Jaina, sin embargo, se retiró a sus aposentos, el corazón pesado.
La noticia de la erradicación total de los centauros la había destrozado.
La victoria se sentía vacía, manchada de sangre inocente.
La esperanza de redimir a Arthas se alejaba cada vez más, reemplazada por una creciente desesperación.
Para celebrar la victoria en Kalimdor y para dar un respiro al joven heredero de la rigurosa rutina de la Academia de Caballería, el Emperador Arthas I tomó una decisión.
El Príncipe Arthas II iría de comisión a Stratholme, la icónica ciudad del norte, una joya arquitectónica del Imperio.
La visita sería una oportunidad para que el príncipe se familiarizara con sus futuros dominios y se presentara a sus futuros súbditos.
El viaje fue planeado con meticulosidad.
El príncipe no viajaría solo.
Su fiel amigo, Anduin Lothar Jr., lo acompañaría, una señal de la creciente amistad entre los dos jóvenes y la diplomacia tácita entre Lordaeron y Ventormenta.
Además, varios de sus compañeros de la academia, jóvenes nobles de las familias más influyentes, se unirían a la comitiva.
Su propia guardia imperial, quinientos caballeros de élite con armaduras brillantes y la insignia del Sol Naciente del Imperio, los escoltaría.
Varios profesores de la academia también formarían parte de la comitiva, para continuar la educación del príncipe durante el viaje.
El día de la partida, la comitiva del príncipe Arthas II era un espectáculo digno de un futuro monarca.
Los caballeros en sus caballos de guerra, las carrozas lujosas y los estandartes ondeando.
El joven príncipe, vestido con una túnica de seda azul y oro, montaba un majestuoso corcel blanco, su semblante serio pero con una chispa de emoción en sus ojos.
Se despidió de sus padres, con un abrazo para Sylvanas y un gesto de cabeza para Arthas I, quien lo miró con un orgullo silencioso.
Stratholme: Un Eco del Pasado y un Encuentro Inesperado El viaje a Stratholme fue largo pero revelador para el joven príncipe.
Observó los vastos campos cultivados, las ciudades bulliciosas, la lealtad de la gente a su padre.
La entrada a Stratholme fue recibida por los ciudadanos con gran entusiasmo.
Miles de personas se agolparon en las calles, vitoreando el nombre del príncipe.
Le lanzaban flores, intentaban tocar su mano.
Era una experiencia abrumadora para el joven, una muestra palpable del amor y la esperanza que la gente depositaba en el futuro heredero.
Mientras la comitiva real avanzaba lentamente por las calles adoquinadas, rodeada por la multitud, un rostro entre la muchedumbre capturó la atención de Arthas II.
Era una mujer, de mediana edad, con el cabello castaño con mechones plateados y unos ojos que parecían contener la sabiduría de los años.
Había una tristeza en su mirada, pero también una sorprendente familiaridad.
Era Alice, una antigua amante del Emperador cuando este aún era Príncipe Arthas.
Alice había sido una institutriz en la corte, una mujer de gran belleza y dulzura, con quien Arthas había compartido una conexión genuina en su juventud, antes de que su destino lo llevara por el camino oscuro.
Después de su ascensión al trono y su matrimonio con Sylvanas, Alice se había retirado discretamente a Stratholme, viviendo una vida tranquila, marcada por los recuerdos de un amor perdido.
Los ojos de Alice se encontraron con los del joven príncipe.
Ella lo vio.
Vio el eco de Arthas en él, pero también la chispa de bondad y curiosidad que Arthas I, en su juventud, había poseído.
Una lágrima solitaria se deslizó por su mejilla.
El príncipe, por alguna razón, se sintió atraído por la expresión de la mujer.
Ordenó a su guardia que se detuviera.
“Disculpadme, ¿os conozco?” preguntó Arthas II, bajando ligeramente de su montura.
Alice se inclinó, con una sonrisa triste.
“No, Príncipe.
Pero yo…
yo conocí a vuestro padre, hace mucho tiempo.
Cuando él era un príncipe, no un Emperador.” Su voz era suave, casi un susurro.
El príncipe, intrigado, invitó a Alice a la mansión donde se alojaría.
Esa noche, mientras Stratholme celebraba su llegada, Arthas II se sentó con Alice, escuchando sus historias.
Ella no habló de la oscuridad de Arthas I, sino del príncipe que había sido: su curiosidad, su deseo de justicia, su pasión por el conocimiento.
Recordó sus risas, sus conversaciones secretas en los jardines del palacio, sus sueños de un reino mejor.
“Recuerdo tiempos pasados,” dijo Alice, su voz melancólica.
“Vuestro padre, Príncipe, una vez soñó con un mundo diferente.
Con un reino de luz.
En aquel entonces, la compasión era su guía, y la justicia, su ideal.” El príncipe escuchó, absorto.
Era una visión de su padre que nunca había conocido, un Arthas I antes de la forja del Imperio, antes del Corruptor.
Era una escena de profundo encuentro sorpresivo que lo intrigó y lo dejó pensativo.
¿Era posible que su padre hubiera sido tan diferente?
¿Podría el Imperio, forjado con tanta fuerza, haber sido construido sobre la Luz que Alice describía?
El viaje a Stratholme no solo era una misión de diplomacia; era un encuentro con el fantasma de un pasado olvidado, un pasado que podría tener más que ver con el futuro del joven príncipe de lo que él jamás imaginó.
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