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ARTHAS: "Historia de un Heroe Caido" - Capítulo 53

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  3. Capítulo 53 - 53 CAPITULO 53 El Manto de la Memoria y la Generosidad del Conquistador
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53: CAPITULO 53: El Manto de la Memoria y la Generosidad del Conquistador 53: CAPITULO 53: El Manto de la Memoria y la Generosidad del Conquistador La victoria en Kalimdor, cimentada con la erradicación centaura y el florecimiento de la alianza Tauren, no solo había traído vastas riquezas al Imperio; también había reforzado la posición del Emperador Arthas.

Ahora, en un movimiento sorprendente de calculado pragmatismo y astucia política, Arthas se preparaba para consolidar su poder no solo con la espada, sino con la promesa de una prosperidad sin precedentes para sus súbditos más leales.

La Generosidad Imperial: Una Ola de Oro La noticia de la victoria definitiva en Kalimdor llegó a la Ciudad Capital, desatando una euforia que se extendió desde los salones más opulentos del palacio hasta las calles más humildes del Imperio.

Con los cofres imperiales rebosantes de oro y diamantes de Kalimdor, el Emperador Arthas I, en un acto que fue publicitado como una muestra de su magnanimidad, y respaldado por el Consejo Imperial, emitió una serie de decretos que asombraron y deleitaron a sus fuerzas armadas y a la burocracia.

La orden más impactante fue la que afectaba directamente a los corazones y bolsillos de sus valientes combatientes.

Se anunció que todos los legionarios, soldados y fuerzas aliadas (incluidas las de Ventormenta que servían bajo el mando imperial en Kalimdor) recibirían un asombroso aumento de sueldo: de 2,000 monedas de oro a 5,000 monedas de oro mensuales.

Esta suma, antes inimaginable para la mayoría de los soldados rasos, los elevaba a un nivel de riqueza personal que superaba con creces las expectativas.

Las familias de aquellos que servían al Imperio, tanto en vida como aquellos que habían caído en batalla, también fueron objeto de esta repentina generosidad.

Las pensiones vitalicias para las familias de todos los soldados y caballeros caídos se duplicarían, pasando de 1,500 monedas a 3,000 monedas mensuales.

Esto aseguraba un futuro de relativa comodidad para aquellos que habían pagado el precio más alto.

La ola de aumentos no se detuvo allí.

Todos los oficiales y personal técnico y suboficial, desde los sargentos de las legiones hasta los ingenieros arcanos y los maestros de las máquinas de guerra, recibieron incrementos sustanciales, acordes a sus rangos y especialidades.

Los ramos médicos, que habían soportado la brutalidad de la guerra en Kalimdor con una dedicación incansable, también vieron sus salarios y pensiones drásticamente aumentados.

Era una política generalizada para todas las fuerzas de la alianza e imperio, una señal clara de que el Emperador valoraba la lealtad y el servicio por encima de todo.

Las reacciones fueron abrumadoras.

En los cuarteles, los soldados rugieron de júbilo.

Las noticias de los aumentos viajaron como el viento, transformando la moral de las tropas.

Ahora, luchar por el Emperador significaba asegurar no solo la gloria, sino también un futuro próspero para ellos y sus familias.

La lealtad a Arthas I, ya férrea, se cimentó aún más, convirtiéndolo en un líder casi deífico para sus fuerzas armadas.

La riqueza de Kalimdor no se guardaba solo en los cofres imperiales; se compartía, de forma calculada, con aquellos que la habían asegurado.

Era una inversión en la lealtad y la eficiencia de su máquina de guerra.

El Consejo Imperial, aunque algunos con una ligera aprehensión por la magnitud del gasto, aprobó los decretos.

Comprendían la astucia detrás de la “generosidad” del Emperador.

Era un golpe maestro.

Los soldados, felices y ricos, serían aún más devotos a su causa.

La estabilidad interna del Imperio se fortalecía, y cualquier posible disensión se acallaba con el tintineo del oro.

El Manto de la Memoria: Un Regalo del Pasado Mientras el Imperio se regocijaba en su nueva prosperidad, el Príncipe Arthas II continuaba su comisión en Stratholme.

El encuentro con Alice había dejado una marca indeleble en su joven mente.

Pasó los días siguientes revisando pergaminos antiguos y hablando con los eruditos de la ciudad, buscando cualquier mención del “príncipe bueno y sonriente” que Alice había descrito.

La imagen de un padre diferente, un Arthas lleno de luz, era una fascinación que lo consumía.

Una tarde, Alice se presentó en la mansión real de Stratholme, no como una invitada, sino con la solemnidad de quien trae un tesoro.

En sus manos, cuidadosamente envuelto en un paño de lino fino, llevaba algo.

“Príncipe,” dijo, su voz suave pero firme, “os he traído algo.

Un recuerdo de vuestro padre, de antes de que fuera Emperador.

De antes de que la corona lo cambiara.” Con delicadeza, Alice desenvolvió el lino, revelando una capa.

No era una capa de batalla, ni una de ceremonias imperiales.

Era una capa de viaje, de lana fina, en un tono de azul profundo, forrada con un seda plateada.

La tela, aunque antigua, conservaba su nobleza.

Se veía usada, pero bien cuidada, con algunas marcas de zurcidos discretos.

Era la antigua capa del Emperador, aquella que Arthas había usado durante sus días de príncipe, en sus viajes por el reino, en sus aventuras con Jaina, antes de que el peso del destino y la ambición lo transformaran.

“Esta capa,” dijo Alice, extendiéndola cuidadosamente, “la tejió su madre, la Reina Lianne.

Él la usaba en sus viajes.

Decía que le recordaba la calidez de su hogar y la promesa de un futuro brillante.

Estaba con él en sus primeros actos de heroísmo, en sus momentos de duda, en sus risas más sinceras.” Alice pasó sus dedos por la tela.

“Me la confió antes de…

antes de los cambios.

Me pidió que la guardara, quizás esperando que algún día, recordara al hombre que fue.” Arthas II extendió una mano y tocó la capa.

La tela era suave bajo sus dedos, y sintió una extraña conexión con ella.

Podía casi imaginar a su padre, joven y sonriente, vistiendo este mismo manto, su figura vibrante con la promesa de un héroe.

Era una reliquia, no de guerra o de poder, sino de un pasado humano, de una inocencia perdida.

“Él la usaba cuando era un príncipe bueno, y sonriente, y alegre, ¿verdad, Alice?” preguntó el joven príncipe, sus ojos fijos en la capa.

Alice asintió, una lágrima brillando en la esquina de sus ojos.

“Sí, Príncipe.

Este es el manto de aquel Arthas.

Guárdalo.

Quizás, al llevarlo, podáis recordar que incluso los más grandes conquistadores fueron alguna vez jóvenes idealistas.

Y quizás, esa luz…

esa luz pueda volver a brillar a través de vos.” El príncipe tomó la capa.

Era más grande para él, pero la envolvió alrededor de sus hombros.

Sintió el peso de la historia, el peso de las palabras de Alice.

No era solo un trozo de tela; era un vínculo tangible con la humanidad de su padre, un recordatorio de un camino diferente.

El contraste entre el Arthas que Alice describía y el Emperador que gobernaba con mano de hierro era ahora más vívido que nunca.

La generosidad de su padre, los miles de monedas de oro para los soldados, la erradicación de los centauros, el poder implacable del Imperio…

todo eso era el presente.

Pero la capa de lana azul, el eco de una risa y una promesa de bondad, era un susurro del pasado.

Un susurro que, para el joven príncipe Arthas II, comenzaba a resonar más fuerte que el rugido de los cañones de Kalimdor, y que sin duda, moldearía el tipo de emperador en el que se convertiría.

El capítulo de la conquista se cerraba, pero el capítulo de la identidad y el legado de Arthas II, apenas comenzaba.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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