ARTHAS: "Historia de un Heroe Caido" - Capítulo 54
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- Capítulo 54 - 54 CAPITULO 54 Ecos de la Horda y los Recuerdos de Stratholme
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54: CAPITULO 54: Ecos de la Horda y los Recuerdos de Stratholme 54: CAPITULO 54: Ecos de la Horda y los Recuerdos de Stratholme Stratholme vibraba con la presencia del joven Príncipe Arthas II.
La capa de lana azul, regalo de Alice, era un peso tangible sobre sus hombros, no solo por su tela, sino por la carga de las revelaciones.
La imagen de un padre jovial, bondadoso y, sorprendentemente, torpe, contrastaba con la fría majestuosidad del Emperador.
Esta nueva visión de Arthas I lo impulsaba a buscar más, a escarbar en los recuerdos de aquellos que habían conocido a su padre en una época diferente.
Historias de un Príncipe Olvidado: La Defensa de Stratholme Durante los días siguientes, el Príncipe Arthas II, acompañado por Anduin Lothar Jr.
y sus compañeros de la academia, se sumergió en la vida de Stratholme.
No se limitaba a las recepciones formales; buscaba el contacto con la gente común, aquellos cuyas vidas su padre había tocado.
Los ciudadanos, al principio, se mostraban cautelosos al hablar del Emperador, pero la genuina curiosidad del joven príncipe y su sorprendente parecido con el Arthas que una vez conocieron, abrieron las puertas de sus recuerdos.
Se encontró con un viejo panadero, Elara, cuya piel curtida y manos callosas daban testimonio de una vida de trabajo.
“Ah, Príncipe,” murmuró Elara, sus ojos brillando con nostalgia.
“Vuestro padre era un príncipe de verdad, entonces.
Un hombre bondadoso, de corazón puro.
Recuerdo cuando supo que mi hijo había enfermado gravemente.
Vino a la panadería, en persona, y nos ofreció ayuda.
Incluso trajo a un clérigo para que lo viera.
¿Qué príncipe haría tal cosa por un simple panadero?” Elara sonrió tristemente.
“Era un hombre de pueblo, a pesar de su corona.
Siempre con una palabra amable, un gesto que levantaba el ánimo.
Un príncipe alegre que iluminaba cualquier habitación.” Un curtidor, llamado Torvin, un hombre de hombros anchos y voz rasposa, le contó otra anécdota.
“Y carismático, ¿eh?
Podía levantar el ánimo de cualquier legionario con una sola palabra.
Tenía esa chispa, esa habilidad de hacerte creer en él, de hacerte querer seguirlo hasta el fin del mundo.
Y no solo en el campo de batalla.
En los festivales, bailaba con la gente, comía en las tabernas.
Era uno de nosotros, pero mejor.” Torvin suspiró.
“Es difícil verlo ahora como el Emperador.
Antes, sentías que lo conocías.” Pero la historia que más impactó al joven Arthas II fue la que le contó una anciana tejedora, Morwen, sus dedos nudos, su memoria, sin embargo, afilada como una aguja.
“Fue durante la Segunda Guerra, Príncipe,” comenzó Morwen, su voz tensa por el recuerdo.
“La Horda atacó la ciudad.
Sus bestias verdes, esas criaturas sedientas de sangre, llegaron a nuestras puertas.
El pánico se apoderó de Stratholme.
Nadie sabía qué hacer.
Éramos solo artesanos y comerciantes, no guerreros.” “Fue entonces cuando vuestro padre, el Príncipe Arthas, apenas un joven en aquel entonces, se puso de pie.
No esperó a las órdenes de los generales.
Él fue el propio Príncipe que mantuvo a raya a los orcos.
Con una armadura de placas plateadas y una espada tan brillante como el sol, se plantó sobre la muralla.
Recuerdo su voz, clara y potente, dando órdenes a los guardias.
No era un estratega experimentado, pero tenía el corazón de un león.” Morwen continuó, sus ojos fijos en la distancia, reviviendo el momento.
“Luchaba con una furia sagrada, una danza mortal de acero y voluntad.
Vimos cómo derribaba orco tras orco, su espada brillando con la Luz.
Nos inspiró.
Los guardias, los pocos que quedaban, se unieron a él.
Hombres y mujeres, incluso algunos de los plebeyos más jóvenes, tomaron lo que pudieron y lucharon junto a él.
Mantuvo a raya a los orcos, un solo hombre, con la fe de su pueblo detrás de él, hasta que llegaron los refuerzos.
Si no hubiera sido por él, Stratholme habría caído ese día.
Él nos salvó.
A todos nosotros.” Arthas II escuchó en silencio, la historia resonando profundamente en su interior.
La imagen de su padre, solo sobre la muralla, desafiando a la Horda, era heroica.
Era el Arthas que había soñado ser.
Estas historias no eran lecciones de estrategia o economía; eran narraciones de un hombre, de un héroe que el Emperador Arthas I había sido, o al menos, había prometido ser.
La brecha entre el pasado y el presente de su padre se hacía cada vez más ancha, y el joven príncipe sentía la necesidad de comprenderlo.
Un Encuentro con Nana: La Gobernadora y la Sombra del Pasado La culminación de su visita a Stratholme fue su encuentro con la Gobernadora Nana.
Una mujer de notable presencia, con ojos penetrantes que reflejaban una profunda sabiduría y, a veces, una melancolía que Arthas II no pudo descifrar de inmediato.
Nana había sido una figura importante en la corte de Lordaeron, y los rumores en los círculos de la nobleza insinuaban que había habido un tiempo en que su relación con el Príncipe Arthas había sido algo más que una simple consejera.
La reunión se llevó a cabo en la oficina privada de la gobernadora, una estancia austera pero elegante.
Nana recibió al príncipe con la formalidad y el respeto que su rango exigía, pero había una suavidad en su mirada que solo él, con sus nuevas percepciones, pudo notar.
“Príncipe Arthas,” comenzó Nana, su voz serena.
“Es un honor recibirte en Stratholme.
Eres el vivo retrato de tu padre, en sus mejores años.” La última frase la pronunció con un matiz apenas perceptible de tristeza.
Arthas II, sintiendo una conexión subyacente, decidió ser directo.
“Gobernadora Nana, he oído historias de mi padre.
Historias de un tiempo anterior a su reinado, antes de que fuera Emperador.
Me dicen que tú…
que le conocías bien.” Nana asintió lentamente, sus ojos fijos en un punto distante.
“Sí, Príncipe.
Lo conocí.
En aquellos días, él era…
la promesa.
La esperanza de nuestro reino.” Ella hizo una pausa, sus labios formándose en una leve sonrisa nostálgica.
“Fui, en efecto, algo íntima del Emperador cuando era Príncipe Arthas.” Entonces, Nana, con una solemnidad que envolvía la habitación, le contó al príncipe su propia versión de la defensa de Stratholme.
“Era el caos.
La Horda había irrumpido en las afueras, y la gente huía despavorida.
Yo era joven, una simple ciudadana, tratando de llevar a mi hermano menor a un lugar seguro.
Nos encontramos atrapados cerca de la muralla, justo donde los orcos estaban rompiendo las defensas.
El miedo nos paralizaba.” “Y entonces, apareció él.
Vuestro padre.
Un torbellino de acero y Luz.
Saltó a la muralla, justo donde la batalla era más encarnizada.
Su rostro, iluminado por el furor de la batalla y el fuego de la Luz, era una visión que nunca olvidaré.
Con su espada, blandía la justicia de un paladín.
Él no solo luchó; él nos guio.
Nos ordenó resguardarnos, mientras él se enfrentaba a una oleada tras otra de orcos.
Fue una exhibición de coraje y destreza sin igual.” “Recuerdo que en un momento, un orco gigantesco se lanzó hacia mi hermano.
No había tiempo para pensar.
Solo para rogar.
Y vuestro padre, con un rugido que hizo temblar la muralla, se interpuso.
Una sola estocada, certera, y el orco cayó.
Él me salvó a mí y al pueblo, Príncipe.
A todos nosotros.
No fue un acto de un rey, sino de un protector.
Era el tipo de hombre que te hacía sentir seguro, sin importar cuán desesperada fuera la situación.” Nana se detuvo, sus ojos volviendo al presente, encontrándose con los de Arthas II.
“Ese es el Arthas que yo recuerdo.
Un hombre que creía en la Luz, en la justicia, en la protección de su pueblo.
Ese es el Arthas que un día, espero, pueda ver reflejado en vos.” El príncipe se levantó, su corazón lleno de emociones contradictorias.
Las historias de Alice y Nana no solo confirmaban lo que había comenzado a sospechar; revelaban una profundidad en su padre que lo conmovía y lo confundía a partes iguales.
El Emperador Arthas, el conquistador despiadado que ordenaba el exterminio de razas enteras, había sido una vez un príncipe bondadoso, un héroe que ponía su vida en juego para proteger a un pueblo y a una joven extraña.
Mientras la comitiva del príncipe Arthas II se preparaba para regresar a la Ciudad Capital, la capa de lana azul se sentía más pesada sobre sus hombros.
Llevaba consigo no solo la experiencia de una comisión exitosa, sino la carga de un pasado revelado.
La figura de su padre, antes tan monolítica y fría, ahora estaba fragmentada, llena de contradicciones.
La luz que Alice y Nana habían descrito, ¿dónde había ido?
¿Podría haber desaparecido por completo?
Y lo más importante, ¿cuál de esos Arthas se convertiría en el Príncipe Heredero?
La intriga de su propio destino, entrelazada con el misterio del alma de su padre, se cernía sobre él.
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