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ARTHAS: "Historia de un Heroe Caido" - Capítulo 55

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  3. Capítulo 55 - 55 CAPITULO 55 Sombras del Pasado y Verdades Alteradas
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55: CAPITULO 55: Sombras del Pasado y Verdades Alteradas 55: CAPITULO 55: Sombras del Pasado y Verdades Alteradas El retorno del Príncipe Arthas II a la Ciudad Capital fue un evento de celebración.

Las calles se adornaron con estandartes imperiales y la gente vitoreó al joven heredero, quien había regresado de su comisión en Stratholme con una nueva madurez en sus ojos.

Sin embargo, detrás de la fachada de regocijo, la mente del príncipe hervía con las revelaciones de Alice y Nana, y la capa de su padre, ahora guardada en sus aposentos, era un constante recordatorio de un pasado que necesitaba desentrañar.

El Retorno a la Ciudad Capital y la Búsqueda de la Verdad El séquito del Príncipe Arthas II, incluyendo a Anduin Lothar Jr.

y su guardia imperial, desfiló por las majestuosas avenidas de la capital, mientras las campanas de las iglesias resonaban en su honor.

La solemnidad de la ocasión no pudo ocultar la inquietud en el corazón del joven príncipe.

Las historias de un Emperador bondadoso, alegre y carismático, un héroe que había salvado Stratholme, contrastaban brutalmente con el implacable conquistador que conocía.

Su primera acción, una vez cumplidas las formalidades del recibimiento, fue buscar a Jaina Proudmoore.

Había una familiaridad en su mirada, una tristeza que ahora, con las historias de Alice y Nana resonando en su mente, él podía comenzar a comprender.

La encontró en la biblioteca real, sumergida en antiguos tomos, la luz de las velas proyectando sombras danzantes en su rostro.

“Mi Señora Jaina,” dijo el príncipe, su voz más suave de lo habitual.

Jaina levantó la vista, una sonrisa gentil iluminando su rostro.

“Príncipe Arthas.

Me alegro de verte de regreso y a salvo.

Tu viaje fue un éxito, por lo que escuché.” “Sí, lo fue,” respondió Arthas II, acercándose.

Tomó asiento frente a ella.

“Pero también fue…

revelador.

En Stratholme, conocí a algunas personas que recordaban a mi padre cuando era príncipe.” Hizo una pausa, observando la expresión de Jaina.

Sus ojos se abrieron ligeramente, una chispa de dolor apenas perceptible en ellos.

“Me contaron historias de un hombre diferente al Emperador que conozco.

Hablaban de un Arthas bondadoso, alegre, incluso…

carismático.

Un héroe que salvó la ciudad de la Horda.

Un hombre de la Luz.” Los ojos de Jaina se velaron con un matiz de nostalgia profunda.

“Esas historias son verdaderas, Príncipe,” dijo, su voz apenas un susurro.

“Tu padre era todo eso y más.

Era mi amigo más querido, mi compañero de estudios, mi…

mi todo, en aquel entonces.” Arthas II sintió una punzada de algo que no comprendía del todo.

“Me contaron de una conexión especial entre ustedes,” dijo, con un tono de curiosidad inocente.

“¿Cómo era mi padre en el pasado, Jaina?

¿Cómo era él antes?” Jaina cerró el libro que tenía en las manos, sus dedos trazando la cubierta de cuero.

“Tu padre era la encarnación de la promesa, Príncipe.

Un hombre que creía en la justicia por encima de todo.

Un protector innato.

Le encantaba reír, y su sonrisa era capaz de disipar cualquier sombra.

Era impulsivo, sí, a veces imprudente, pero siempre con el corazón en el lugar correcto.

Quería un reino donde la gente viviera sin miedo, donde la magia y la fe coexistieran en armonía.

Hablábamos horas sobre el futuro, sobre cómo haríamos de Lordaeron un faro de esperanza para el mundo.

Compartíamos sueños de paz, de un reino donde la crueldad no tuviera cabida.” Una lágrima solitaria se deslizó por su mejilla.

“Era el Arthas que creí que amaría para siempre.

Un Arthas lleno de Luz.” La descripción de Jaina no era menos vívida que la de Alice o Nana.

El príncipe se dio cuenta de que no había una sola versión de su padre, sino capas de su ser.

Pero ¿qué había ocurrido con ese hombre lleno de luz?

La pregunta pesaba en su mente.

La Mentira de Sylvanas: Una Versión Conveniente Más tarde, ese mismo día, el Príncipe Arthas II buscó a su madre, la Emperatriz Sylvanas.

La encontró en sus aposentos, observando el vasto horizonte desde la ventana.

Ella se giró, su mirada felina suavizándose al verlo.

“Mi pequeño león,” dijo Sylvanas, una sonrisa rara en sus labios.

“Me alegra que tu viaje te haya traído nuevas perspectivas.” Su tono era el de una madre orgullosa, pero había una frialdad subyacente que el príncipe no podía ignorar.

Arthas II se sentó en un diván cercano, buscando las palabras adecuadas.

“Madre,” comenzó, “he estado pensando mucho en padre.

Y en ti.

Me preguntaba…

¿cómo fue que te enamoraste del Emperador?

¿Cómo empezó todo entre ustedes?” Sylvanas se sentó a su lado, sus ojos posándose en él con una intensidad que, para un observador casual, parecería amor maternal.

Su mano se posó delicadamente en la de él.

La mente de Sylvanas era un laberinto de estrategias y verdades ocultas.

Ella sabía que la verdad de su “amor” por Arthas, su compleja relación forjada en la conquista y la obsesión, era demasiado brutal y retorcida para su inocente hijo.

Necesitaba una historia que consolidara la imagen del Imperio y de su padre, sin fisuras.

Y tenía la historia perfecta, una que pondría la culpa en el lugar correcto.

“Ah, mi dulce Arthas,” comenzó Sylvanas, su voz adoptando un tono suave y casi etéreo, como si estuviera reviviendo un hermoso sueño.

“Fue mucho antes de la guerra.

En una época de supuesta paz, cuando vuestro padre era aún príncipe y visitaba Quel’Thalas por primera vez, como embajador de Lordaeron.” “Él llegó a la Ciudad de la Luz, a la mismísima Silvermoon, con una comitiva impresionante.

Y yo…

yo era una simple Guardabosques General, encargada de la seguridad de la ciudad.

Recuerdo el día que lo vi por primera vez, Príncipe.

Su cabello dorado, sus ojos azules como el cielo de Lordaeron, y esa sonrisa…

Esa sonrisa que iluminaba cualquier habitación.

Era carismático, sí, y tan bondadoso con nuestra gente.

Se interesó por nuestra cultura, por nuestros bosques, por la magia que nos rodeaba.” Sylvanas continuó, tejiendo su engaño con hilos de verdad y conveniencia.

“Pasamos semanas juntos, él como embajador y yo como su protectora.

Y poco a poco, entre las visitas a la Fuente del Sol y las patrullas por los senderos de Eversong, me di cuenta de que me estaba enamorando de él.

De su fuerza, de su visión, de su pasión por la justicia.

Él no veía barreras entre nuestras razas.

Creíamos que juntos podríamos construir un futuro de paz entre Lordaeron y Quel’Thalas.” Aquí, Sylvanas infundió la parte crucial de su mentira, la que exculparía a Arthas de la masacre de su propio pueblo.

“Pero entonces…

la tensión comenzó a crecer.

No fue por culpa de vuestro padre, no.

Los Altos Elfos…

éramos orgullosos.

Había facciones que no confiaban en los humanos, que veían su presencia como una intrusión, a pesar de los esfuerzos de vuestro padre por la diplomacia.

Había intrigas, susurros de traición de nuestro propio lado.

Algunos de nuestros líderes más influyentes, cegados por la arrogancia, despreciaron sus ofertas de alianza verdadera, sintiendo que Lordaeron era inferior.” “Y entonces estalló la guerra, inevitablemente.

No fue por la ambición de vuestro padre, sino por la obstinación y la desconfianza de los Altos Elfos que rechazaron la mano que se les ofrecía.

Fue una tragedia, sí.

Pero cuando la batalla se desató, y mi pueblo comenzó a caer, y vi la furia que se apoderó de vuestro padre por la traición, supe que no podía abandonarlo.

Mi corazón ya le pertenecía.

Decidí quedar con el Emperador, no como su prisionera, sino como su esposa, porque vi la verdad: que fue culpa de los Quel’Thalas lo que causó la guerra por su arrogancia y desconfianza, no la suya.

Él solo reaccionó para proteger su visión, y al final, mi propio destino estaba sellado con el suyo.” Sylvanas terminó su relato, su mirada fija en los ojos de su hijo, buscando cualquier indicio de duda.

Pero Arthas II, aunque intrigado por la historia de amor que se le presentaba, no pudo evitar sentir una punzada de incomodidad.

La narrativa era demasiado perfecta, demasiado exoneradora para su padre.

La versión de Jaina y los aldeanos hablaba de un Arthas que buscaba la paz, pero el relato de Sylvanas convertía a los Altos Elfos en los culpables de la guerra.

¿Era realmente posible que su propia gente hubiera sido tan imprudente?

Las preguntas se acumulaban en la mente del joven príncipe.

La capa de su padre, ahora, parecía hablarle con dos voces: la de la bondad de antaño, y la de la sombra que se cernía sobre las verdades de su pasado.

El Emperador Arthas había construido un imperio sobre cimientos complejos, y su hijo, el heredero, estaba ahora en el umbral de desentrañar los secretos que lo habían forjado.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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