ARTHAS: "Historia de un Heroe Caido" - Capítulo 60
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- Capítulo 60 - 60 CAPITULO 60 Un Emperador entre Sombras y Susurros de Amor
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60: CAPITULO 60: Un Emperador entre Sombras y Susurros de Amor 60: CAPITULO 60: Un Emperador entre Sombras y Susurros de Amor Mientras el Príncipe Arthas II forjaba su propia leyenda de bondad en el Reino de Ventormenta, lejos de la mirada imperial, en el corazón del Imperio de Lordaeron, el Emperador Arthas I se movía en las sombras de su vasto palacio.
La ausencia de su hijo, las noticias de su creciente popularidad y el eco de un pasado que parecía resurgir, lo llevaron a un lugar que pocos se atrevían a visitar: el lecho de la Emperatriz Sylvanas.
La Visita al Lecho de Sylvanas: Una Rareza en la Corte La noche había caído sobre la Ciudad Capital, envolviéndola en un manto de estrellas y silencio.
Los pasillos del palacio estaban en penumbra, patrullados por las Sombras, la guardia personal de Sylvanas, y los caballeros imperiales, figuras silenciosas en la oscuridad.
Pocos se atrevían a perturbar la quietud de los aposentos de la Emperatriz después de la caída del sol, y menos aún se imaginaban que el Emperador Arthas I se aventuraría a pisar ese umbral.
Pero esa noche, una figura alta y sombría se deslizó por los corredores, su paso firme pero extrañamente silencioso.
Era el Emperador.
No llevaba armadura, solo una túnica de seda oscura que ocultaba su imponente figura.
Su rostro, generalmente una máscara de acero, parecía, en la penumbra, más pensativo, menos rígido.
Entró en los aposentos de Sylvanas sin anunciarse.
El aire estaba impregnado con el tenue aroma de lirios y algo más, algo sutilmente dulce y mortal, como la propia Emperatriz.
Sylvanas estaba recostada en su lecho, la luz de la luna filtrándose por las altas ventanas y bañando su figura con un resplandor plateado.
Sus ojos, generalmente afilados como cuchillos, estaban cerrados en un aparente sueño.
Arthas se acercó a la cama, su presencia llenando la habitación.
Se detuvo a un lado, observándola en silencio durante un largo momento.
Era una imagen que pocos, si acaso alguno, habían presenciado: el formidable Emperador, detenido por la quietud de una mujer.
Sylvanas abrió los ojos, lentamente.
No hubo sobresalto, solo una quietud fría y calculada.
Sus ojos carmesí se encontraron con los azules de Arthas.
Una ligera sorpresa, sin embargo, cruzó por su rostro.
Era una visita rara, casi sin precedentes en su relación.
Suavidad y Ternura: Un Atisbo Inesperado Arthas se sentó en el borde de la cama, el peso de su presencia casi haciendo que el colchón se hundiera.
La miró, sus ojos escrutando los suyos.
No había la fría distancia de sus reuniones de día, ni el peso de las decisiones imperiales.
Había algo más, algo que Sylvanas no había visto en mucho, mucho tiempo.
Lentamente, Arthas estiró una mano.
Sus dedos, que habían empuñado Frostmourne y aplastado imperios, se posaron con una suavidad inesperada en la mejilla de Sylvanas.
Su tacto era ligero, casi una caricia, una delicadeza que ella no había anticipado.
Fue suave, una rareza para el Emperador.
Sylvanas, siempre alerta, siempre en guardia, no se movió.
Permitió su toque.
Sus músculos, tensos por la sorpresa, comenzaron a relajarse bajo su caricia.
Había una extraña mezcla de poder y fragilidad en ese gesto, un recordatorio de la compleja red que los unía.
Arthas se inclinó, su aliento rozando sus labios.
Sus ojos se encontraron de nuevo, y en los de Arthas, Sylvanas vio un atisbo de algo que la dejó sin aliento: una vulnerabilidad casi olvidada, un resquicio del príncipe que había sido.
La besó.
El beso no fue un acto de posesión, sino un roce tierno, un susurro de labios que buscaba una conexión perdida.
Era un beso que transmitía una extraña melancolía, un anhelo que el Emperador rara vez mostraba.
Sylvanas sintió una punzada en su corazón .
Su odio, su obsesión, su retorcido “amor” por él…
todo se mezcló en un torbellino de emociones.
Este Arthas, tierno y vulnerable por un instante, era una versión que desestabilizaba sus defensas.
Ella, la fría estratega, se encontró aceptando sus caricias, inclinándose en su toque, sus propios labios respondiendo al beso con una dulzura que la sorprendió a ella misma.
Sus brazos se deslizaron alrededor de su cuello, abrazándolo con una fuerza desesperada, como si temiera que el momento se disipara en el aire.
Él la abrazó, acercándola, su cuerpo musculoso contra el suyo.
En ese abrazo, no había la fuerza del conquistador, sino la de un hombre que buscaba algo, un consuelo, una conexión.
Sylvanas sintió el calor de su piel, el ritmo de su corazón (o lo que quedaba de él), y una extraña sensación de pertenencia la invadió.
Era un momento íntimo, cargado de la historia no contada entre ellos.
Su amor por él, nacido de la más profunda traición y el odio, era una cadena que la ataba, pero en ese instante, se sintió menos como una atadura y más como un refugio.
La Pregunta Crucial: “¿Me Amas?” El abrazo duró lo que pareció una eternidad.
Cuando finalmente se separaron, sus rostros estaban cerca, sus alientos mezclados.
Los ojos azules de Arthas, ahora más intensos, miraron directamente a los carmesí de Sylvanas.
Una pregunta, simple pero cargada de un peso abrumador, escapó de sus labios.
Su voz era apenas un susurro, más suave que el crujido de las hojas secas.
“¿Me amas, Sylvanas?” La pregunta colgó en el aire, densa, pesada.
No era un interrogatorio, sino una súplica, un anhelo de confirmación.
Sylvanas sintió que su no-corazón se contraía.
La verdad de su “amor” era un abismo de odio y obsesión.
Pero en ese momento, con el recuerdo de su ternura aún fresco en su piel, y el anhelo en sus ojos, la respuesta no fue la que el mundo esperaría.
Miró a Arthas, su mirada fija, profunda.
Y en lugar de la fría verdad, se permitió un instante de fantasía, una mentira dulce que servía a sus propios propósitos y a la frágil conexión que se estaba formando.
“Sí, Arthas,” susurró Sylvanas, su voz cargada de una emoción que era real, aunque compleja.
“Te amo.
Te amé desde que te vi por primera vez, un príncipe joven y fuerte que llegó a mi tierra.
Te amo por la fuerza que posees, por la visión que has construido.
Y te amaré siempre, no importa lo que el destino nos depare.” Fue una mentira, sí, tejida con la maestría de una manipuladora.
Pero había un ápice de verdad en ella, una verdad retorcida por el odio y la adoración.
Ella lo amaba, a su manera.
Lo amaba por el poder que representaba, por el control que ejercía, por el papel que él había jugado en su propia transformación.
Arthas la miró por un momento más, una expresión indescifrable en su rostro.
Pareció aceptar sus palabras, o al menos, encontró en ellas el consuelo que buscaba.
Inclinó la cabeza, luego la besó una vez más, con la misma suavidad melancólica.
Después de un momento, el Emperador se puso de pie, la máscara de frialdad volviendo a posarse lentamente en su rostro.
“Descansa, Emperatriz,” dijo, su voz recuperando su tono habitual de mando, aunque con un eco de la intimidad recién compartida.
Se dio la vuelta y salió de la habitación tan silenciosamente como había entrado, dejando a Sylvanas sola en la penumbra.
Ella se tocó los labios, donde aún sentía el rastro de su beso.
La intriga se apoderó de ella.
¿Qué había motivado esa visita?
¿Qué anhelo oculto impulsaba al Emperador?
Y su propia respuesta, su propia mentira, ¿qué significaría para el frágil y peligroso lazo que compartían?
El lecho de Sylvanas se convirtió en un santuario de secretos, un lugar donde la frialdad del Emperador se había resquebrajado, dejando al lector atrapado en la complejidad de un amor tan oscuro como el poder que los unía.
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