ARTHAS: "Historia de un Heroe Caido" - Capítulo 61
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61: CAPITULO 61: La Llama de la Obsesión y la Sombra de los Celos 61: CAPITULO 61: La Llama de la Obsesión y la Sombra de los Celos Los Sentimientos de Sylvanas: Una Batalla Interna En los días posteriores a la visita de Arthas, Sylvanas vivía en un torbellino de emociones.
En la superficie, mantenía la fría compostura de la Emperatriz, su mente aguda y calculadora enfocada en los asuntos del Imperio.
Pero en la soledad de sus aposentos, sus pensamientos giraban incesantemente en torno a un solo hombre: el Emperador Arthas.
Ella sentía un deseo abrumador y un amor obsesivo por el emperador.
Era una fuerza que la consumía, una sed insaciable de su presencia, de su toque, de su atención.
Lo deseaba con cada fibra de su ser, un anhelo que era tanto físico como emocional.
No era el amor romántico y puro que se cantaba en las baladas, sino una pasión ardiente, posesiva, casi febril.
Quería tenerlo solo para ella, monopolizar cada faceta de su ser, ser la única mujer en su vida, en su mente.
La idea de compartirlo, de que su atención se desviara hacia otra, le resultaba insoportable.
Pero esta obsesión era un arma de doble filo, una fuente constante de agonía.
Una parte de ella, la que recordaba su orgullo Quel’dorei y la verdad de cómo había llegado a la corte de Lordaeron, se negaba a aceptar la profundidad de esos sentimientos.
Ella negaba aceptarlo, y eso le dolía.
Le dolía admitir que había caído tan profundamente por el hombre que había conquistado su reino, que había diezmado a su gente (o al menos, la versión oficial era que la guerra fue por culpa de los suyos).
Esta negación era una batalla interna constante, un conflicto entre su orgullo y la avasalladora fuerza de su pasión.
Sin embargo, cuando el Emperador la visitaba en las noches, cuando su fría fachada se resquebrajaba y le ofrecía un atisbo de ternura, Sylvanas experimentaba una felicidad y tranquilidad que pocas cosas en su vida podían proporcionarle.
Era un bálsamo para su alma atormentada.
Esos momentos íntimos eran oasis de calma en la tormenta de su obsesión.
En sus brazos, sentía que finalmente podía bajar la guardia, que podía ser simplemente Sylvanas, la mujer, y no la fría Emperatriz o la orgullosa princesa elfa.
Su corazón latía con una mezcla de alegría y una punzada de tristeza, sabiendo que esos momentos eran efímeros y raros.
Celos y Envidia: La Sombra de Jaina Pero la felicidad de Sylvanas era frágil, constantemente acechada por la sombra de otra mujer: Jaina Proudmoore.
La presencia de Jaina en la corte imperial era una espina constante en el costado de Sylvanas.
La hechicera de Kul Tiras representaba todo lo que Sylvanas no era, y todo lo que, en su retorcida mente, Arthas había perdido.
Jaina era la pureza, la bondad, el ideal de la Luz.
Ella había conocido al Arthas “bueno y sonriente”, al príncipe que Alice y Nana habían descrito, al hombre al que el propio Emperador había aludido con el reconocimiento de su antigua capa.
Los celos y la envidia carcomían a Sylvanas desde dentro.
No era solo celos por el pasado compartido de Arthas y Jaina; era celos por la conexión que Jaina aún parecía tener con esa parte “humana” del Emperador, una conexión que Sylvanas sentía que nunca podría alcanzar, a pesar de la intimidad física que compartían.
Jaina era la representación de un amor que Arthas había tenido antes de que la oscuridad lo consumiera, un amor que Sylvanas creía inferior al suyo, pero que, paradójicamente, envidiaba con una ferocidad inmensa.
Sylvanas odiaba la forma en que los ojos de Arthas a veces se detenían en Jaina, aunque fuera por un instante, con una expresión indescifrable que Sylvanas no podía descifrar.
Odiaba la reverencia silenciosa que la corte le profesaba a Jaina, una veneración que no estaba basada en el poder o el miedo, sino en la admiración.
Odiaba que el príncipe Arthas II, su propio hijo, pareciera buscar la sabiduría y los recuerdos de Jaina sobre los suyos.
Cada vez que Jaina interactuaba con el príncipe, contando historias del Arthas del pasado, Sylvanas sentía una punzada.
Era como si Jaina estuviera tratando de robarle el futuro de su hijo, de influir en él con una visión del Emperador que Sylvanas había intentado borrar meticulosamente con su propia narrativa.
La mentira que le había contado a su hijo sobre la guerra de Quel’Thalas era un intento de reafirmar su posición, de asegurar que su historia fuera la única aceptada.
En su mente, Jaina era la rival eterna, la personificación de un pasado que Arthas debería olvidar.
Los encuentros íntimos con el Emperador eran un bálsamo temporal, pero la presencia de Jaina en el palacio era una herida abierta, una fuente constante de amargura.
Sylvanas desearía poder eliminar a Jaina, no solo del palacio, sino de la memoria de Arthas, para que solo ella pudiera ocupar ese espacio en su corazón obsesivo.
Pero sabía que eso era imposible.
Así, Sylvanas vivía en un ciclo de anhelo y resentimiento.
Amaba (a su manera) al hombre que Arthas era, lo deseaba con una pasión consumidora.
Pero odiaba la sombra del hombre que había sido, y odiaba a la mujer que representaba ese pasado.
En cada beso robado, en cada caricia furtiva, buscaba la validación de un amor que sabía que era tan peligroso como las intrigas del palacio, pero tan adictivo como el poder que compartían.
El lector, atrapado en la psique de la Emperatriz, sentía la tensión de su batalla interna y la intriga de lo que sus obsesiones la llevarían a hacer.
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