ARTHAS: "Historia de un Heroe Caido" - Capítulo 71
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- Capítulo 71 - 71 CAPITULO 71 El Príncipe Descalzo de Mulgore
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71: CAPITULO 71: El Príncipe Descalzo de Mulgore 71: CAPITULO 71: El Príncipe Descalzo de Mulgore La estadía del Príncipe Arthas II en Mulgore, que en un principio estaba destinada a ser una breve escala en su tour de supervisión, se extendió más allá de lo previsto, transformándose en una peculiar aventura que lo alejaría de la etiqueta real y lo acercaría a la tierra de una manera que nadie, especialmente su padre, habría imaginado.
Un Príncipe en Alpargatas (o Mejor Dicho, Descalzo) Los días se convirtieron en semanas, y las semanas en un mes.
El Príncipe Arthas II, el heredero de un imperio de acero y mármol, había caído rendido ante el encanto rústico y la profunda sabiduría de los Tauren.
Lo que comenzó como una curiosidad intelectual rápidamente se transformó en un estilo de vida que abrazó con una entrega adolescente.
Para horror de su escolta y el deleite silencioso de los Tauren, el Príncipe se acostumbró a vivir con ellos de una manera que habría hecho desmayar a cualquier diplomático de la corte imperial.
La brillante y pulcra armadura de Lordaeron, símbolo de su estatus y poder, fue relegada a los cofres de la tipi que compartía con los ancianos Tauren.
En su lugar, el Príncipe adoptó la vestimenta sencilla de sus anfitriones: túnicas de los Tauren, que en su caso se traducían en poco más que un pantalón de cuero ceñido a la cintura, dejando su torso al descubierto.
Sus pies, antes calzados con las finas botas de montar, ahora estaban descalzos, curtidos por el contacto constante con la hierba y la tierra de Mulgore.
Su cabello rubio, ya no tan impecablemente peinado, solía estar revuelto por el viento, y su rostro, bronceado por el sol, estaba casi siempre enmarcado por una amplia sonrisa.
Arthas II pasaba sus días inmerso en las costumbres Tauren.
Aprendió a cazar con el arco y la lanza, no para matar sin sentido, sino para honrar a la bestia y tomar solo lo necesario.
Corría por los vastos campos de Mulgore, sintiendo el viento en su piel y la tierra bajo sus pies, una libertad que nunca había experimentado dentro de los muros de un palacio.
Estudiaba con los ancianos bajo la luz de la luna, escuchando sus mitos, aprendiendo sobre las constelaciones en el cielo y las hierbas medicinales de la pradera.
Se sentaba en silencio en las ceremonias chamánicas, sintiendo la energía de la Madre Tierra, aunque no pudiera entenderla por completo.
Los Tauren, con su característica paciencia y su profunda conexión con la naturaleza, lo habían adoptado con una calidez genuina.
Para ellos, no era el Príncipe imperial, sino simplemente “Pequeño Árbol”, un humano curioso y de buen corazón que deseaba vivir y respirar como ellos.
Veían en él una inocencia y una apertura que los reconciliaba con la memoria de la brutalidad imperial.
Arthas II, por su parte, se sentía como un pez en el agua.
La ausencia de intrigas palaciegas, la simplicidad de la vida, la conexión con el entorno, todo lo llenaba de una alegría y un sentido de pertenencia que nunca había conocido en la capital.
Estaba viviendo plenamente, siendo, en esencia, un Tauren más.
Su escolta de caballeros de élite, atrincherada en un campamento fortificado a poca distancia, observaba las excentricidades del Príncipe con una mezcla de respeto y absoluto desconcierto.
Se habían entrenado toda su vida para proteger a un heredero real, no a un adolescente correteando descalzo con los “Hombres Toro”.
Anduin Lothar Jr.: El Caballero Desconsolado De todos ellos, nadie sufría más que Anduin Lothar Jr.
El joven caballero, leal hasta la médula y consciente de sus deberes para con la corona, se había convertido en la sombra cómica del Príncipe.
Anduin, siempre impecable en su armadura, observaba a su amigo con una expresión de exasperación permanente, que a veces rozaba la desesperación.
“¡Por la Luz Sagrada, mi Príncipe!” exclamaba Anduin, a menudo para sí mismo, mientras veía a Arthas II regresar de una expedición de caza, cubierto de polvo y con una sonrisa radiante.
“¡Esto no haría un príncipe!
Un heredero al trono del Imperio más grande de Azeroth no debería estar oliendo a bisonte y a tierra mojada.
¡Su Majestad Imperial se va a infartar!” En otra ocasión, Anduin encontró a Arthas II intentando, con más entusiasmo que éxito, tocar un tambor ceremonial Tauren.
El sonido resultante era más parecido al de una estampida descontrolada.
“¡Príncipe!” suspiró Anduin, apoyándose en un poste de madera, “¡Con todo respeto, vuestra Alteza, vuestro dominio sobre un tambor es el mismo que vuestro dominio sobre el arte de la sastrería Tauren!
¡Hemos de volver a la civilización!
¡A las cortes, a los banquetes, a los salones con cubiertos de plata y no con estos…
estos palos chamánicos!” Arthas II simplemente se reía, una risa genuina y contagiosa.
“¡Oh, Anduin!
No sabes lo que te pierdes.
Aquí hay una libertad que las paredes del palacio nunca podrán ofrecer.
¡Ven, aprende a cazar una ardilla con las manos!
¡Es más emocionante que cualquier juego de mesa en la capital!” Anduin, con un gesto de resignación dramática, se negaba.
“Mi deber es protegeros, Alteza, no unirme a vuestros…
hobbies rurales.
¡Y si vuestro padre supiera que pasáis el tiempo así, en lugar de revisar informes económicos, mi cabeza rodaría antes de que podáis decir ‘Madre Tierra’!” Las cartas que Anduin enviaba a la capital eran un testimonio de su angustia.
Estaban llenas de eufemismos y diplomacia, intentando comunicar la “integración profunda” del Príncipe en la cultura Tauren sin alarmar demasiado al Emperador.
Describía la “apertura mental” del Príncipe, su “entendimiento de las poblaciones nativas”, pero en su corazón, sabía que el Emperador esperaría informes sobre la gestión de recursos y la planificación urbana, no sobre las habilidades de caza de su hijo o sus intentos fallidos de dominar la percusión Tauren.
La Noticia en la Capital: Indignación y Recuerdo Las noticias de la prolongada estadía del Príncipe en Mulgore, y los detalles cada vez más pintorescos de su “integración”, finalmente llegaron a la Ciudad Capital, primero, como era de esperar, a la Emperatriz Sylvanas Windrunner.
Un mensajero, con el rostro pálido y la voz temblorosa, entregó el informe a Sylvanas.
Al principio, la Emperatriz leyó con una ceja arqueada, su expresión, como siempre, enigmática.
Pero a medida que el relato se adentraba en los detalles –el abandono de la armadura, el torso desnudo, la vida “salvaje” con los Tauren–, el brillo glacial en sus ojos se intensificó.
“¿Qué?” siseó Sylvanas, su voz apenas un murmullo, pero cargada de hielo.
“Mi hijo, el Príncipe Heredero del Imperio de Lordaeron, ¿anda por esos campos, descalzo y sin camisa, como un…
como un salvaje?” Había una punzada de molestia, incluso de indignación, en su tono.
No era tanto por el bienestar físico del Príncipe, sino por la afrenta a su estatus.
“Mi hijo el Príncipe no debe andar así,” espetó.
La imagen de un heredero imperial cubierto de polvo y tierra, sin la dignidad de su rango, era inaceptable para ella.
Era una mancha en el prestigio que había trabajado tan duro por conseguir y mantener.
Esta “diversión” del Príncipe era una distracción de su verdadero propósito, y una debilidad en la imagen que Sylvanas proyectaba de la línea imperial.
Su orgullo de Emperatriz se sentía herido.
La nobleza requería decoro, no excursiones campestres con hombres-toro.
Poco después, el informe llegó al Emperador Arthas I.
Se lo entregó uno de sus más leales consejeros, quien, con una mezcla de aprensión y una pizca de curiosidad, observaba la reacción de su soberano.
El Emperador leyó el pergamino, sus ojos recorriendo las líneas, mientras los detalles de la “vida Tauren” de su hijo se revelaban.
Al principio, su rostro permaneció inexpresivo, como una máscara de piedra.
El consejero contuvo la respiración, esperando una explosión de ira, una reprimenda feroz.
Pero entonces, algo inesperado sucedió.
Una comisura de los labios del Emperador se curvó ligeramente.
Luego, la otra.
Y finalmente, una pequeña sonrisa se extendió por su rostro, una expresión que muy pocos habían visto en años, una sonrisa que no era de ira, sino de puro tono de gracia.
No estaba enojado.
Al contrario, el Emperador Arthas I estaba recordando un episodio del pasado, cuando él era un jovencito en su juventud.
Se vio a sí mismo, a la edad del Príncipe, quizá unos 15 años como ahora tenía su hijo, un adolescente lleno de espíritu e inquietud.
Recordó su propia rebeldía controlada, sus propias escapadas de la etiqueta real para explorar los bosques de Lordaeron, para probar sus límites, para ser “solo Arthas” por un tiempo.
Aquellos días en los que se escapaba de sus tutores para cazar jabalíes en los Cotos de Caza de Tirisfal, o para nadar en el lago, sintiendo la misma libertad que ahora disfrutaba su hijo.
La sonrisa se amplió, revelando un atisbo del joven príncipe que alguna vez fue, antes de que el peso del destino y el yugo de la Corona lo moldearan en el implacable Emperador que era ahora.
“Mi hijo,” murmuró Arthas I, más para sí mismo que para el consejero.
“Parece que el espíritu de su padre fluye con más fuerza de lo que pensaba.” Había un tono de orgullo, un reconocimiento de que, a pesar de sus diferencias, compartían una vena de independencia y una curiosidad que trascendía los protocolos.
La reacción del Emperador, tan inesperada y tan alejada de la ira anticipada, dejó al consejero perplejo, e intrigado.
¿Significaba esto una nueva era de comprensión entre padre e hijo?
¿O era simplemente una pausa momentánea en la implacable marcha del Emperador, un recordatorio fugaz de un pasado que él había enterrado bajo capas de poder y conquista?
La aventura del Príncipe en Mulgore no era solo una anécdota cómica, sino una pieza crucial en el rompecabezas de su identidad, y un catalizador para la compleja dinámica de una familia real en el centro del Imperio más poderoso que Azeroth jamás había visto.
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