ARTHAS: "Historia de un Heroe Caido" - Capítulo 72
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72: CAPITULO 72: La Vida al Aire Libre 72: CAPITULO 72: La Vida al Aire Libre El Príncipe, la Pradera y el Caballero Reacio La pequeña ciudad Tauren de Colinas Centella, si es que podía llamarse “ciudad” a un conjunto de grandes tipis y estructuras de madera construidas en armonía con el paisaje, era un mundo en sí misma.
Con una población de unos 2.000 Tauren, era un vibrante centro de vida tribal, un lugar sin murallas, completamente al aire libre, donde el viento silbaba libremente por la pradera y la noción de “orden” era muy diferente a la impuesta por el Imperio.
Para el Príncipe Arthas II, este era el epítome de la libertad, un contraste fascinante con el Palacio Imperial y sus rígidos protocolos.
Un Día en la Vida del Príncipe Descalzo El amanecer en Mulgore era un espectáculo que Arthas II nunca había experimentado en la Ciudad Capital.
No había el clamor de los guardias, ni el tintineo de las armaduras, ni el bullicio de los mercados imperiales.
En su lugar, el día comenzaba con el suave ulular de los cuernos Tauren, el crepitar de las hogueras y el dulce aroma del rocío en la hierba.
Arthas se despertaba con el sol, el torso desnudo y la piel curtida por el aire fresco.
Ya no dependía de sirvientes para vestirlo; simplemente se ataba su pantalón de cuero.
Su desayuno consistía en bayas silvestres, carne ahumada y pan de maíz, muy diferente a los banquetes opulentos del palacio.
Después del desayuno, sus días eran una mezcla de aprendizaje y aventura.
Podía unirse a las partidas de caza con los jóvenes Tauren, acechando bisontes en las llanuras, aprendiendo a moverse en silencio y a respetar a la presa.
No había la presión de las expectativas reales, solo el desafío de la supervivencia y la camaradería.
A menudo, terminaba cubierto de barro o polvo, pero con una sonrisa genuina.
Por las tardes, se sentaba con los ancianos bajo la sombra de un Gran Árbol, escuchando sus historias de la Madre Tierra, sus leyendas de héroes Tauren y sus intrincados conocimientos sobre el equilibrio de la naturaleza.
Aprendía sobre el ciclo del agua, el crecimiento de las plantas, las migraciones de los animales.
Era un tipo de sabiduría muy diferente a la estrategia militar o la economía imperial, una que apelaba a su espíritu.
En ocasiones, participaba en los sencillos pero profundos rituales chamánicos, observando cómo los Tauren se conectaban con los espíritus elementales.
Aunque él no podía ver o sentir lo mismo, la paz y la reverencia en sus rostros eran contagiosas.
Las noches en Colinas Centella eran mágicas.
Bajo un cielo estrellado sin la contaminación lumínica de las ciudades, Arthas escuchaba las flautas Tauren y los cantos tribales, sintiendo una conexión profunda con este mundo distinto al Imperio, un mundo distinto al palacio.
Aquí no había guardias que lo vigilaran a cada paso, ni reglas y protocolos que lo encadenaran.
Podía reír a carcajadas, ensuciarse las manos y simplemente ser libre.
La libertad era el aire que respiraba, el sol que lo calentaba y la tierra que pisaba.
La Batalla por la Dignidad: Anduin Lothar Jr.
vs.
la Naturaleza Mientras Arthas II florecía en su nueva vida rústica, su fiel compañero, Anduin Lothar Jr., libraba su propia batalla personal.
Para Anduin, la idea de despojarse de su armadura, o incluso de sus finas túnicas de lino, era una afrenta a su propia existencia.
Había sido entrenado desde niño en la etiqueta de la corte, en la importancia del atuendo adecuado, en el decoro que correspondía a su rango y a su función.
Cada mañana, Arthas intentaba convencer a Anduin de unirse a él en sus correrías por la pradera.
“¡Anduin!
¡El sol ya está alto!
¡La pradera nos llama!
¡Siente el viento en tu piel, el rocío en tus pies!” Anduin, impecablemente ataviado con su uniforme de viaje, a menudo con una expresión de dolor existencial, respondía: “¡Mi Príncipe!
Os recuerdo que soy el jefe de vuestra escolta.
Mi deber es protegeros, no ir a tropezar descalzo por los pastos con los…
con los Hijos de la Tierra.” “¡Pero Anduin, te sentirías tan libre!” insistía Arthas, con un brillo travieso en los ojos.
“¡Imagina, sin el peso del metal, sin los cordones apretados, solo tú y la naturaleza!” “La única naturaleza que me interesa, Alteza, es la de un buen vino tinto y una cama con sábanas limpias,” replicaba Anduin con un suspiro dramático.
“Y el peso del metal es lo que me protege de las criaturas salvajes y de vuestro padre, que me decapitaría si algo os pasara mientras andáis corriendo como un…
como un…
¡un gnu!” Un día, después de una particularmente larga sesión de insistencia por parte del Príncipe, Arthas decidió tomar cartas en el asunto.
Acompañado por unos jóvenes Tauren, con quienes ya había forjado una cómplice amistad, Arthas tendió una pequeña “emboscada” a Anduin.
Mientras Anduin realizaba su inspección matutina de la guardia, Arthas y los Tauren lo rodearon con cuerdas de hierba trenzada (no muy fuertes, pero suficientes para el propósito cómico).
“¡Ríndete, caballero!” gritó Arthas, riendo.
“¡La libertad te espera!” Anduin, en su armadura, parecía una estatua torpe.
“¡Príncipe!
¡Esto es indigno!
¡Suéltame de inmediato!
¡La dignidad de Lordaeron está en juego!” Los Tauren, aunque silenciosos y respetuosos en su mayoría, no pudieron contener sus risas profundas, resonando como un eco de la tierra.
Despojaron a Anduin de su armadura pieza por pieza, no sin antes un forcejeo que dejó a Anduin sonrojado y exhausto.
Finalmente, lo dejaron con solo sus calzoncillos de lino y su expresión de pura consternación.
“¡Ahora, Anduin!” exclamó Arthas, ofreciéndole un par de pantalones de cuero.
“¡Despójate de la vergüenza!
¡Corre!
¡Siente la tierra!” Anduin, con los brazos cruzados sobre su torso inusualmente expuesto, murmuraba con una voz apenas audible: “Esto no haría un príncipe.
¡Esto es una afrenta a todo lo que representa la nobleza!
¿Cómo voy a protegeros, desarmado y con el viento dándome en mis…
en mis rodillas?” A pesar de sus quejas, Arthas lo arrastró, y por primera vez en su vida, Anduin Lothar Jr.
corrió por la pradera de Mulgore con el torso descubierto y el viento en el pelo, su rostro una mezcla de horror y, quizás, una punzada de algo parecido a la libertad.
Duró poco, por supuesto, antes de que exigiera volver a su armadura, pero el momento quedó grabado en la memoria de todos los Tauren y del Príncipe.
El Informe Inesperado y las Reacciones Reales Las cartas de Anduin, cada vez más desesperadas y cómicas en sus eufemismos, llegaron primero a la Emperatriz Sylvanas.
El mensajero, esta vez, era un joven recluta que apenas pudo contener una risa nerviosa al describir las “actividades culturales” del Príncipe.
Sylvanas leyó el informe, su rostro inexpresivo, pero un músculo en su mandíbula se tensó.
El detalle sobre el pantalón de cuero y el torso desnudo hizo que sus ojos brillaran con un frío desagrado.
“¿Descalzo?
¿Sin armadura?
¿Corriendo por los campos como un animal de carga?” preguntó, su voz con un deje de veneno.
“Mi hijo el Príncipe no debe andar así.
¡Es el heredero de Lordaeron, no un granjero!
Su lugar está en el palacio, aprendiendo a gobernar, no a bailar con…
con los animales.” La idea de que su hijo, su heredero, el futuro de su linaje a través de Arthas, se estuviera “revolcando” con los Tauren, sin la dignidad de su rango, era insoportable para ella.
Era una afrenta a la imagen que ella cultivaba de la realeza.
La molestia era palpable, aunque cuidadosamente contenida.
Más tarde, el informe llegó al Emperador Arthas I.
Su consejero de confianza, consciente de la hilaridad implícita, se lo entregó con una reverencia más profunda de lo habitual, preparado para cualquier reacción.
El Emperador leyó, sus ojos moviéndose rápidamente por el pergamino.
Los primeros detalles sobre la gestión de los asentamientos fueron recibidos con sus habituales asentimientos fríos.
Pero a medida que la narración de Anduin se tornaba más personal, describiendo el “abandono de las prendas de lujo”, la “preferencia por la vestimenta nativa” y los intentos de “integración física con el entorno”, una pequeña sonrisa apareció en el rostro del Emperador.
Esta no era una sonrisa de ira.
Era una pequeña sonrisa con tono de gracia, una que pocas veces se veía en el rostro del monarca.
El consejero, sorprendido, contuvo el aliento.
El Emperador estaba recordando un estilo del pasado, cuando él era un jovencito en su juventud.
Podía verse a sí mismo, a la edad del Príncipe, quizá unos 15 años –un adolescente–, evadiendo sus tutores, escapando de las tediosas lecciones de la corte para correr por los bosques de Tirisfal, para cazar con sus amigos, para sentir el viento en su propio rostro sin el yugo de la corona.
Recordó la libertad, la imprudencia, la pura alegría de la juventud sin responsabilidades.
Vio en la actitud de su hijo un eco de su propio espíritu indomable que, con el tiempo, había sido templado por el deber y el poder.
“Parece que mi hijo ha encontrado su propia forma de entender Kalimdor,” murmuró Arthas I, su voz con un matiz casi nostálgico.
No había reprimenda en sus ojos, solo un reconocimiento tácito de que el Príncipe estaba forjando su propio camino, incluso si ese camino implicaba despojarse de la armadura imperial por un tiempo.
La intriga se intensificaba: ¿era este un signo de una profunda conexión entre padre e hijo, o simplemente la indulgencia momentánea de un Emperador que veía en su heredero un recuerdo de su propia juventud perdida?
El lector, divertido por las desventuras de Anduin y conmovido por la inusual reacción del Emperador, quedaba expectante de las futuras implicaciones de la “vida Tauren” del Príncipe.
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