ARTHAS: "Historia de un Heroe Caido" - Capítulo 76
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- Capítulo 76 - 76 CAPITULO 76 Elara y la Ciudad de la Tierra Un Puente de Curiosidad
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76: CAPITULO 76: Elara y la Ciudad de la Tierra: Un Puente de Curiosidad 76: CAPITULO 76: Elara y la Ciudad de la Tierra: Un Puente de Curiosidad La inquietud persistió en el corazón de la Centinela Elara y su comitiva mucho después de su primer encuentro en Mulgore.
La visión de esos humanos, tan atípicos y tan cómodamente asentados entre los Tauren, había encendido una llama de curiosidad que los llevó de vuelta.
No era la fría curiosidad estratégica de los generales, sino una sed de comprensión más profunda sobre estas criaturas que desafiaban sus prejuicios.
El Regreso Inesperado: Preguntas y Proteccionismo Tauren Una semana después de su primera visita, el ulular de los cuernos Tauren volvió a sonar en Colinas Centella, anunciando el regreso de la comitiva élfica.
Esta vez, su aproximación fue menos cautelosa, aunque sus ojos seguían vigilantes.
La Centinela, Elara, se adelantó, sus ojos esmeralda clavados en el Príncipe Arthas II y Anduin Lothar Jr., quienes, para su leve sorpresa (y el absoluto horror de Anduin), seguían con su vestimenta Tauren.
“Saludos, Hijos de la Tierra,” comenzó Elara, su voz firme pero con un matiz más suave que la vez anterior.
Su mirada se posó directamente en Arthas.
“Hemos regresado con más preguntas.
Vuestra presencia aquí es…
inusual.
Queremos entender.” Los Tauren, por su parte, se comportaron de manera muy sobreprotectora con el Príncipe y Anduin.
Varios guerreros Tauren, imponentes y silenciosos, se interpusieron sutilmente entre los humanos y los elfos, sus grandes tótem de guerra listos.
Los ancianos, con el Gran Anciano Corazón de Piedra a la cabeza, asintieron con solemnidad, su presencia irradiando una calma firme.
El Príncipe y Anduin eran sus “invitados”, y en la cultura Tauren, la protección del invitado era sagrada.
Elara notó el gesto protector, y una pequeña sonrisa casi imperceptible se dibujó en sus labios.
Esta conexión entre humanos y Tauren era más profunda de lo que había imaginado.
“No venimos con intenciones hostiles,” afirmó Elara, extendiendo una mano abierta en señal de paz.
“Mi nombre es Elara.
Soy una Centinela.
Y tengo curiosidad.” Sus ojos, jóvenes y perspicaces, buscaron la mirada de Arthas.
El Príncipe, con su característica franqueza, respondió: “Soy Arthas, y él es Anduin.
Hablad, Elara.
Responderemos a vuestras preguntas, si podemos.” Durante las horas siguientes, Elara y su grupo interrogaron a Arthas y Anduin, y a los ancianos Tauren.
Le preguntaron sobre su tierra, sus costumbres, sus motivos para estar en Mulgore.
Querían saber si representaban una amenaza.
“¿De dónde venís exactamente?” preguntó una druida, sus ojos fijos en la piel pálida de los humanos, tan diferente a la suya bronceada por el sol del bosque.
Arthas explicó, con la sencillez que había aprendido de los Tauren, sobre Lordaeron, sobre su padre el Emperador, y sobre cómo él había sido enviado a supervisar el desarrollo de los nuevos asentamientos.
Habló de Menethia, de las minas en Xylos, y de la Gran Carretera Imperial, aunque con menos énfasis en la “conquista” y más en la “construcción” y la “prosperidad”.
“¿Sois un pueblo guerrero?” inquirió un elfo explorador, observando los músculos bien definidos de Arthas.
“Somos un imperio,” respondió Arthas con honestidad, “y un imperio debe ser capaz de defenderse.
Pero mi propósito aquí es construir, no destruir.
Y he aprendido que hay muchas maneras de ser fuerte.” Su mirada se dirigió al Gran Anciano, quien asintió con una leve sonrisa.
Elara escuchaba atentamente, procesando cada palabra.
La candidez de Arthas era desarmante.
Era difícil conciliar al joven jovial ante ella con las descripciones de un imperio expansivo y militarista que a veces llegaban a sus oídos.
Su curiosidad por él, el Príncipe, era palpable, una mezcla de asombro y el deseo de comprender un enigma.
La Ostentosa Ciudad de la Tierra: Una Revelación para los Elfos Mientras las conversaciones se prolongaban, Elara y los otros Elfos de la Noche notaron algo que los dejó aún más asombrados que la presencia de los humanos: el desarrollo urbano de los Tauren.
Su primera visita había sido rápida, pero ahora, con más tiempo para observar, la transformación de Colinas Centella era innegable.
Lo que antes eran solo unas cuantas chozas de cuero y madera dispersas de manera orgánica, se había convertido en una ostentosa ciudad Tauren, grande, vibrante y sorprendentemente organizada.
No había murallas de piedra, la ciudad seguía abierta al viento y a la pradera, pero el crecimiento era evidente.
Vieron caminos bien asfaltados que conectaban las diferentes áreas del asentamiento, hechos de tierra batida y piedras lisas, diseñados para minimizar el impacto en el suelo y permitir un flujo eficiente de personas y recursos.
Las tipis, aunque aún tradicionales en su forma, eran más grandes, más resistentes, algunas con elaborados grabados y símbolos tribales.
Había estructuras comunales más grandes: un granero central donde se almacenaban las cosechas, un mercado donde los Tauren intercambiaban pieles, hierbas y carne, y una espaciosa Casa del Espíritu para ceremonias y reuniones.
Las viviendas estaban distribuidas de manera ordenada, respetando los árboles existentes y los accidentes del terreno.
Se habían construido canales de riego que traían agua de manantiales cercanos para los campos de cultivo que rodeaban la ciudad, un signo de una planificación agrícola avanzada.
Incluso había pequeños talleres donde los Tauren forjaban herramientas y objetos de arte, utilizando técnicas que el Imperio había compartido con ellos.
Elara y su comitiva reaccionaron con un asombro silencioso.
Los Elfos de la Noche creían conocer bien a los Tauren, su pueblo tranquilo y errante, más preocupado por el espíritu de la tierra que por las construcciones materiales.
Ver este nivel de desarrollo, esta mezcla de tradición y eficiencia, era chocante.
“¿Los Tauren han construido todo esto?” preguntó un elfo explorador, su voz teñida de incredulidad.
El Gran Anciano Corazón de Piedra asintió.
“El Pequeño Árbol, y los sabios que vinieron con él, nos han enseñado formas de construir que honran a la Madre Tierra y nos permiten prosperar.” Se refería a los ingenieros y arquitectos imperiales que, bajo la supervisión de Arthas, habían ayudado a los Tauren a mejorar sus técnicas de construcción, siempre con la directriz del Príncipe de respetar a la Madre Tierra y su esencia.
No se trataba de imponer el estilo imperial, sino de mejorar el suyo propio.
Elara se dio cuenta de la implicación.
No era solo la presencia de los humanos, sino la influencia que habían ejercido.
Una influencia que parecía ser, hasta ahora, beneficiosa.
Esto complicaba su percepción del Imperio y de sus verdaderas intenciones.
Historias Cruzadas: Un Intercambio de Culturas A medida que el día avanzaba, Elara y Arthas se encontraron hablando aparte, la joven Centinela, atraída por la franqueza del Príncipe, y él, fascinado por la sabiduría y la antigüedad de los Elfos de la Noche.
Elara comenzó a contarle a Arthas cómo era su sociedad de Elfos de la Noche.
Le habló de Teldrassil, el vasto Árbol del Mundo que era su hogar, un milagro de la naturaleza que se elevaba hacia el cielo.
Le describió la eterna vigilancia de las Centinelas, las sacerdotisas de Elune que velaban por su pueblo, y los druidas que dormían el Sueño Esmeralda para proteger la naturaleza.
Le habló de su conexión con la Luna, de sus largos ciclos de vida y de su profunda reverencia por la naturaleza que los Tauren compartían.
Le explicó la importancia del equilibrio, de vivir en armonía con el bosque y de su desconfianza hacia las razas que lo destruían por la codicia.
“Nuestra vida es lenta, Arthas,” dijo Elara, sus ojos brillando con la luz de viejas estrellas.
“Hemos visto imperios surgir y caer.
Sabemos que la ambición sin sabiduría es la mayor de las calamidades.
Protegemos lo que queda del mundo, pues somos sus Guardianes.” Mientras Elara hablaba, el Príncipe escuchaba con una atención que rara vez concedía a los discursos protocolarios en la corte.
Su mente, ya expandida por la cultura Tauren, absorbía la profundidad de la perspectiva élfica.
Luego, fue el turno del Príncipe.
Él, a su vez, intentó contarle a Elara cómo era su sociedad de humanos, la vastedad del Imperio de Lordaeron, la rapidez de sus avances tecnológicos, la diversidad de sus ciudades y la ambición que impulsaba a su pueblo.
Le habló de la Luz Sagrada, de los caballeros y de la búsqueda constante de orden y prosperidad.
Describió el ingenio humano para construir y crear, para dominar la tierra y sus recursos en aras del progreso.
“Nuestra vida es rápida, Elara,” explicó Arthas, su voz cargada de una pasión juvenil.
“Siempre estamos buscando más, explorando, construyendo.
Creemos que la prosperidad se encuentra en el control, en la eficiencia, en moldear el mundo a nuestra voluntad.
Mi padre, el Emperador, cree en un futuro donde todo Azeroth esté unido bajo una única bandera de paz y orden.” Elara escuchó, su expresión impasible, aunque internamente procesaba cada palabra.
La visión del Imperio de Arthas era vasta y, a su manera, seductora, pero también profundamente perturbadora para una Elfa de la Noche.
La “dominación de la tierra” contrastaba fuertemente con su “armonía con el bosque”.
Cuando se despidieron al anochecer, con la promesa de futuros encuentros para comerciar y, quizás, para seguir con su inusual intercambio cultural, un hilo invisible se había tejido entre la joven Centinela y el Príncipe.
Elara, la elfa joven y curiosa, veía en Arthas no solo al misterioso humano, sino a un individuo que, a pesar de su origen, mostraba una inusual apertura a otras formas de vida.
Y Arthas, el príncipe en formación, empezaba a comprender la complejidad de Kalimdor, un continente habitado por civilizaciones antiguas con valores que desafiaban la simple imposición imperial.
La intriga se cernía sobre el futuro: ¿sería esta curiosidad mutua un catalizador para una verdadera comprensión, o simplemente una breve tregua antes de que los destinos de sus pueblos chocaran inevitablemente?
El lector quedaba atrapado en la danza de culturas, consciente de que los destinos de Lordaeron y Teldrassil podían depender de las conversaciones bajo las estrellas en la pradera de Mulgore.
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