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ARTHAS: "Historia de un Heroe Caido" - Capítulo 80

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  3. Capítulo 80 - 80 CAPITULO 80 Ecos de la Pradera en el Corazón del Imperio
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80: CAPITULO 80: Ecos de la Pradera en el Corazón del Imperio 80: CAPITULO 80: Ecos de la Pradera en el Corazón del Imperio El regreso del Príncipe Arthas II a los dominios imperiales no pasó desapercibido, pero fue su primera aparición pública en Feralas, y más aún, el posterior informe del Mariscal Alexandros Thorne, lo que hizo que la transformación del heredero resonara hasta los confines de la Ciudad Capital.

Thorne, un hombre de pocas palabras y mucha acción, sabía que el Emperador Arthas I y la Emperatriz Sylvanas preferían los hechos a los rumores.

Así, un detallado informe, acompañado de un discreto retrato pintado por un artista imperial en Feralas, fue enviado con la mayor celeridad.

El retrato mostraba al Príncipe en una de sus túnicas sencillas, su melena rubia al viento, con la misma mirada profunda y esa innegable aura de poder forjada en la pradera.

La Reacción Real: Desconcierto y Ambición El informe y el retrato llegaron al Emperador Arthas I.

El monarca, sentado en su trono de obsidiana, leyó las palabras de Thorne, sus ojos oscuros recorriendo cada descripción del nuevo Príncipe: “musculoso y fornido”, “cabellos rubios largos y sedosos”, “una fuerza descomunal”.

Cuando sus ojos se posaron en el retrato, una arruga se formó en su frente.

No era una arruga de disgusto, sino de un profundo desconcierto mezclado con una extraña fascinación.

“Ha crecido,” murmuró Arthas I, la voz apenas audible.

Reconocía en esa mirada la misma determinación que él poseía, pero también una libertad, una conexión con la tierra, que él mismo había suprimido hacía mucho tiempo en aras del poder.

Recordó la última vez que había visto a su hijo, un joven prometedor pero aún moldeable.

Ahora veía a un hombre que había sido forjado por un fuego diferente al de su propio imperio.

La transformación era innegable y, para el Emperador, planteaba una pregunta: ¿podría este nuevo Arthas II seguir siendo la herramienta perfecta para sus ambiciones, o se había vuelto demasiado…

salvaje?

La Emperatriz Sylvanas Windrunner, al ver el retrato, experimentó una oleada de emociones más complejas.

Inicialmente, su reacción fue de profunda consternación.

La visión de su hijo, el heredero de su linaje, tan “indómito”, era una afrenta a la dignidad real.

“¡Parece un bárbaro!” siseó, sus ojos rojos fulgurando.

“¿Dónde está el decoro?

¡Cómo espera reinar si parece un…

un troglodita de la pradera!” Sin embargo, a medida que su mirada se detenía en la innegable fuerza y el magnetismo del Príncipe, su ambición se encendió.

No podía negar el poder latente en esa figura.

El Príncipe se había vuelto fuerte, formidable.

Una fuerza bruta, sí, pero controlable, si se le encauzaba correctamente.

Quizás esta “educación” salvaje, aunque impropia, lo había hecho más resiliente, más capaz de soportar el peso de la corona.

La dinámica familiar se volvería ahora un tira y afloja entre la visión de Sylvanas de un heredero refinado y la realidad de un guerrero de la pradera que debía ser moldeado para el Imperio.

La Ciudad Capital en Efervescencia: Comedia y Asombro El retrato, replicado en copias para los miembros del Consejo Imperial y los Generales leales al Emperador, causó un revuelo sin precedentes en la Ciudad Capital.

La imagen del Príncipe “transformado” se convirtió en el tema de conversación en cada salón, cada cuartel y cada taberna.

El Consejo Imperial, compuesto por ancianos burócratas y estrategas, reaccionó con una mezcla de shock y preocupación.

“¡Por la Luz Sagrada!

¿Es este el joven que debemos guiar en los asuntos de estado?” exclamó un consejero, ajustándose sus gafas.

“Parece más apto para romper rocas que para firmar tratados.” Otro, más pragmático, observó: “Si su fuerza física se corresponde con su intelecto, podría ser un activo formidable.

Pero su…

vestimenta es un problema de imagen.” La comedia residía en sus intentos de encajar al “Príncipe de la Pradera” en los rígidos moldes de la realeza.

Los Generales leales al Emperador, hombres de guerra endurecidos, tuvieron una reacción más matizada.

Muchos asintieron con aprobación.

“¡Ese es un hombre de verdad!” rugió un general veterano, golpeando la mesa.

“¡Ha aprendido a luchar, no solo a posar!

¡Un líder digno de seguir en el campo de batalla!” Sin embargo, otros generales, más preocupados por la disciplina y la cadena de mando, fruncían el ceño.

“¿Un guerrero, quizás.

¿Pero un estratega?

¿Un gobernante?” La imagen del Príncipe descalzo era a la vez inspiradora y perturbadora para ellos.

En la Academia de Caballería, el retrato del Príncipe Arthas II se convirtió en un objeto de veneración y, a su vez, de burla amistosa.

Los compañeros de la academia de caballería que se habían quedado en la capital no podían creer lo que veían.

Las apuestas sobre quién podría derribar al “Príncipe Fornido” en un duelo simulado se dispararon.

“¡Mírenlo!” exclamó un joven cadete, señalando el retrato con asombro.

“¡Es como si lo hubieran bañado en la misma roca!

¡Ahora sí que no podremos ni acercarnos a él en el campo de entrenamiento!” “¿Y Anduin Lothar Jr.?” preguntó otro, riendo al ver la expresión de resignación cómica del caballero.

“¡Pobre Anduin!

Seguro que sigue lamentándose por cada gota de barro.” La dinámica entre los compañeros se volvió aún más divertida, con chistes sobre “lecciones de kodo” y “baños de lodo imperial”.

Había una mezcla de asombro por la fuerza de Arthas y una genuina simpatía por Anduin, que era la personificación de la dignidad en apuros.

Jaina y el Corazón Emotivo: Un Atisbo de Esperanza Finalmente, el retrato llegó a manos de Jaina Proudmoore.

A diferencia de los demás, Jaina no reaccionó con sorpresa o desconcierto, sino con una profunda emoción.

Sus ojos azules se suavizaron al ver el rostro maduro y musculoso de Arthas.

El cabello largo y suelto, la mirada profunda, la fuerza evidente.

Para ella, este no era el “Príncipe de la Pradera”, sino la culminación de un potencial que siempre había intuido en él.

“Ha encontrado su lugar,” susurró Jaina, una lágrima solitaria deslizándose por su mejilla.

Había visto la frustración en él, el peso del deber.

Ahora, en el retrato, veía a un hombre que había abrazado una parte de sí mismo que la corte había intentado suprimir.

Era una imagen de libertad y autenticidad.

Jaina comprendió que la transformación de Arthas era más que física.

Había madurado, había conectado con algo más grande que el poder imperial.

Esto afectaba su percepción del futuro del Príncipe.

Si Arthas podía equilibrar la fuerza y la ambición de Lordaeron con la sabiduría y la reverencia por la naturaleza que había aprendido en Mulgore, quizás no todo estaba perdido.

Quizás él podría ser el puente, no la espada, entre los mundos.

El futuro del Imperio, y de Kalimdor, dependía de si este Príncipe transformado podría encontrar su propio camino, o si el Imperio lo doblegaría a su voluntad.

La incertidumbre era un velo emocionante sobre el destino del joven heredero, manteniendo al lector cautivado por el drama que se desplegaba en los más altos niveles de poder.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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