ARTHAS: "Historia de un Heroe Caido" - Capítulo 79
- Inicio
- ARTHAS: "Historia de un Heroe Caido"
- Capítulo 79 - 79 CAPITULO 79 El Príncipe y el Palacio Un Guerrero enjaulado
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
79: CAPITULO 79: El Príncipe y el Palacio: Un Guerrero enjaulado 79: CAPITULO 79: El Príncipe y el Palacio: Un Guerrero enjaulado El viaje de regreso desde las vastas praderas de Mulgore hasta la bulliciosa costa de Kalimdor, y de allí a la recién establecida ciudad imperial de Feralas, fue una transición abrupta para el Príncipe Arthas II y Anduin Lothar Jr.
La brisa salada del océano, el chirrido de los engranajes imperiales y el estruendo de la construcción masiva eran un duro contraste con el viento silbante de la pradera y los sonidos apacibles de la vida Tauren.
Feralas: Un Choque de Mundos La ciudad de Feralas, una joya de la expansión imperial en Kalimdor, era un testimonio de la ambición y el poder de Lordaeron.
Se alzaba imponente, con sus murallas recién construidas, sus calles adoquinadas y sus edificios de piedra y acero que se elevaban hacia el cielo.
Había el incesante martilleo de los constructores, el grito de los capataces y el constante ir y venir de soldados y comerciantes.
Era el orden, la eficiencia y el control que el Emperador Arthas I había soñado para Kalimdor.
Para el Príncipe Arthas II, sin embargo, el regreso a esta ‘civilización’ fue como volver a ponerse una armadura demasiado apretada después de años de libertad.
Encontró dificultades para readaptarse a la vida imperial después de su experiencia en Mulgore.
Los pasillos del palacio temporal de Feralas, aunque lujosos, se sentían sofocantes.
El aire acondicionado, un lujo, le parecía frío y rancio en comparación con el aire fresco de la pradera.
Sus sentidos, afinados por la vida salvaje, estaban abrumados.
El olor a metal y carbón, el parloteo incesante de la corte y la constante necesidad de mantener la postura y el protocolo lo agotaban.
Los cubiertos de plata se sentían extraños en sus manos, acostumbradas a las toscas herramientas de madera y hueso.
La ropa imperial, fina y elaborada, le picaba en la piel, anhelando la simpleza del cuero.
A menudo, se sorprendía a sí mismo sintiendo el impulso de correr descalzo por los jardines, o de ulular como un Tauren al ver una bandada de aves.
Se sentía como un guerrero enjaulado, su espíritu salvaje chocando con las paredes pulidas de la civilización.
Anduin Lothar Jr., por otro lado, se readaptó con una mezcla de alivio y una familiaridad casi dolorosa.
Suspiró de contento al hundirse en una cama con colchón de plumas, saborear un buen vino tinto y escuchar el murmullo de la corte.
Sin embargo, no pudo evitar notar la inquietud en su Príncipe.
“¿Os encontráis bien, Alteza?” preguntaba a menudo, observando cómo Arthas se encogía levemente ante el ruido de la ciudad o buscaba el horizonte con una mirada melancólica.
“Parecéis un león de la pradera atrapado en una jaula dorada.” La Reacción de la Guardia Personal y los Ciudadanos: El Príncipe Transformado La guardia personal del Príncipe, acostumbrada a la figura más esbelta y refinada que recordaban, tuvo una reacción de asombro y, en algunos casos, de temor respetuoso.
El joven que había partido era un príncipe prometedor; el hombre que regresaba era un coloso.
Su enorme cambio físico era innegable.
Había pasado de ser un muchacho atlético a un hombre musculoso y fornido, con una presencia imponente que irradiaba una fuerza primordial.
Sus cabellos rubios, ahora largos y sedosos, fluían sobre sus anchos hombros, dándole un aspecto casi mítico, una mezcla de nobleza imperial y guerrero tribal.
“¿Ese es realmente el Príncipe Arthas?” murmuraban los guardias entre sí.
“¡Por la Luz!
Parece un gladiador.
¿Qué le habrán hecho esos Hombres Toro?” La reacción de los ciudadanos del Imperio y Ventormenta en la ciudad de Feralas fue igualmente dramática.
Los rumores del “Príncipe de la Pradera” ya habían llegado, pero ver la transformación en persona era algo completamente diferente.
Cuando Arthas y Anduin hicieron su primera aparición pública, una oleada de murmullos recorrió la multitud.
Las mujeres se ruborizaban y los hombres, soldados veteranos incluidos, asentían con aprobación ante la fuerza y el porte del joven Príncipe.
“¡Míralo!
¡El Príncipe Arthas!
Ha vuelto hecho un hombre de verdad,” exclamó un herrero, su voz llena de admiración.
“¡Se ve más fuerte que cualquier comandante que haya visto!” Sin embargo, también había un matiz de desconcierto.
El Príncipe no vestía con la opulencia habitual, prefiriendo túnicas sencillas de lino que apenas cubrían sus desarrollados músculos, y en varias ocasiones, sus pies descalzos se asomaron bajo el dobladillo de su túnica antes de que Anduin lo reprendiera discretamente.
Era un príncipe, sí, pero con un aire salvaje que no encajaba del todo en la imagen imperial que se les había enseñado.
Reencuentro con el Mariscal Thorne: La Prueba del Nuevo Arthas El primer gran deber de Arthas fue una reunión con el Gobernador Mariscal Alexandros Mograine, el líder supremo de las fuerzas imperiales en Kalimdor y gobernador de Feralas.
La reunión se llevó a cabo en la sala de guerra del palacio, un espacio imponente lleno de mapas, estrategias militares y el aroma a tinta y ambición.
El Mariscal Thorne, un hombre de acero y experiencia, conocido por su fría lógica y su incuestionable lealtad al Emperador, esperaba al Príncipe con la habitual solemnidad.
Había recibido los informes de Anduin, y el “retrato”, pero nada lo había preparado para la visión de Arthas que entró en la sala.
La reacción del Mariscal sobre el magistral cambio del Príncipe fue una de profunda, aunque contenida, sorpresa.
Sus ojos, acostumbrados a analizar la fuerza y el potencial de los hombres, recorrieron la figura imponente de Arthas.
La barba incipiente, el rostro endurecido, los músculos que se abultaban bajo la túnica sencilla, y esa mirada profunda y tranquila que contrastaba con la juventud de su rostro.
Era el mismo joven, pero forjado en un crisol diferente.
“Mi Príncipe,” dijo Thorne, su voz grave, ofreciendo una reverencia.
“Es un honor veros de nuevo.
Y debo decir, habéis…
prosperado en vuestra estancia en Mulgore.” Había un atisbo de algo parecido a una sonrisa en sus labios, una mezcla de admiración y un toque de perplejidad.
Arthas se inclinó con la misma solemnidad, pero con una naturalidad que Thorne no recordaba.
“Mariscal Thorne.
Es un placer regresar y ver el progreso de Feralas.” La reunión comenzó con la supervisión de los asentamientos y el estado de las minas.
Thorne presentó informes detallados sobre los avances en la extracción de recursos, la construcción de fortificaciones y la expansión de la infraestructura imperial.
Habló de rutas de suministro, de la moral de las tropas y de la pacificación de las tribus menores.
Arthas escuchaba atentamente, pero su mente no siempre seguía la fría lógica militar.
Donde Thorne veía cifras de producción de mineral, Arthas veía la tierra sangrando.
Donde Thorne hablaba de “pacificación”, Arthas recordaba las caras de los Tauren y su respeto por el equilibrio.
Aplicó lo aprendido con los Tauren a sus deberes, aunque no siempre de la manera que el Mariscal esperaba.
“Mariscal,” interrumpió Arthas en un momento dado, mientras Thorne señalaba una nueva mina de hierro.
“He notado que esta mina se adentra profundamente en la montaña.
¿Se ha considerado el impacto en el flujo de agua subterránea?
Los Tauren me enseñaron que si no se respeta el pulso de la tierra, esta puede responder con sequías o inundaciones.” Thorne parpadeó.
“Mi Príncipe, nuestros ingenieros son de primera categoría.
Calculan la extracción con la máxima eficiencia.
El flujo de agua es una preocupación menor comparada con la producción.” “Para nosotros quizás,” replicó Arthas, su voz tranquila pero firme.
“Pero para los que dependen de esa agua, es su sustento.
La Madre Tierra da, pero también quita si no se la honra.” En otra ocasión, cuando Thorne habló de reubicar una pequeña tribu de Trolls del bosque para una nueva línea de suministro, Arthas intervino.
“Mariscal, ¿se ha intentado negociar con ellos?
¿Ofrecerles un nuevo hogar o recursos?
Los Tauren me enseñaron que un acuerdo pacífico, aunque más lento, es a menudo más duradero que la fuerza.
Evita el resentimiento, que puede envenenar la tierra por generaciones.” Thorne observó al Príncipe con una mezcla de admiración y creciente preocupación.
El joven había ganado una presencia innegable, una fuerza y una sabiduría que iban más allá de sus años.
Pero esa sabiduría parecía ser de un tipo diferente al que el Imperio valoraba.
Era una sabiduría de la tierra, de la paciencia, de la coexistencia, no de la conquista y el dominio.
“Mi Príncipe,” dijo Thorne finalmente, una tarde, después de una larga jornada de inspección.
“Habéis cambiado.
Vuestra visión…
es diferente.” Arthas miró por la ventana, hacia los imponentes picos de Feralas, tan diferentes de las ondulantes praderas de Mulgore.
“Sí, Mariscal.
He visto otra forma de vivir, otra forma de relacionarse con esta tierra.
Los Tauren me han enseñado que la fuerza más grande no siempre reside en las armas, sino en el respeto y en la conexión con el mundo que nos rodea.” La reunión terminó con una sensación de tensión subyacente.
Thorne era leal al Emperador y a la visión de Lordaeron.
Arthas, aunque también leal, ahora tenía una segunda familia, un segundo hogar, y una perspectiva que desafiaba los cimientos mismos de la expansión imperial.
La cuestión no era si Arthas cumpliría con sus deberes, sino cómo lo haría, y si las lecciones de la pradera chocarían con las ambiciones de la corona que un día llevaría.
El Príncipe de la Pradera había regresado, pero el palacio ya no era el mismo para él, ni él sería el mismo para el palacio.
El lector, atrapado en este conflicto de identidades, anticipaba con intriga los próximos movimientos de este príncipe transformado.
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com