ARTHAS: "Historia de un Heroe Caido" - Capítulo 83
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- Capítulo 83 - 83 CAPITULO 83 Retorno a Stratholme Ecos de un Pasado Heroico
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83: CAPITULO 83: Retorno a Stratholme: Ecos de un Pasado Heroico 83: CAPITULO 83: Retorno a Stratholme: Ecos de un Pasado Heroico La incesante marea de informes sobre el Príncipe Arthas II en Kalimdor, junto con las persistentes súplicas de Sylvanas sobre la necesidad de un “descanso imperial” lejos de las crecientes tensiones en la capital, convencieron al Emperador Arthas I de tomar una decisión inusual.
No sería un retiro en un palacio de veraneo, sino un viaje, un desvío hacia el pasado.
El Emperador decidió ir de paseo a la ciudad de Stratholme, no como una visita oficial, sino con la discreta intención de recordar, de reconectar con un tiempo en que su destino aún no estaba tan implacablemente ligado a la ambición.
Lo acompañarían Sylvanas y toda su escolta personal, una procesión que, aunque más reducida de lo habitual, seguía siendo imponente.
Un Emperador entre Recuerdos: La Vieja Stratholme Stratholme, la antaño vibrante metrópolis, cuna de los Paladines de la Mano de Plata y bastión de la fe en la Luz Sagrada, había cambiado.
Reconstruida después de la plaga que casi la consumió, se alzaba ahora como un símbolo de la resiliencia imperial.
Pero para el Emperador, cada calle, cada edificio, cada rostro, evocaba una época muy anterior a su ascenso al trono, cuando era simplemente el Príncipe Arthas, un joven paladín lleno de ideales y de una fe inquebrantable.
La comitiva imperial avanzó por las calles, las miradas curiosas de los ciudadanos se posaban en el Emperador.
Arthas I, a pesar de su porte majestuoso, permitió que su mirada se demorara en los detalles.
Pasaron por la que fue la Plaza del Festival, donde de niño había jugado.
Cerca, el Gran Horno de la panadería de Taren, donde el aroma a pan recién horneado le recordaba a los simples placeres.
Viejos recuerdos volvían a su mente, destellos de una vida menos complicada.
Fue cerca de la Capilla de la Luz que la procesión se detuvo.
Un anciano, de cabello canoso y ojos vivaces, trabajaba diligentemente reparando un banco de madera.
Su espalda, aunque encorvada por los años, mostraba la fuerza de una vida de trabajo.
El Emperador lo reconoció al instante.
Era Thomas, el carpintero del barrio, un hombre que, en su juventud, había sido de los primeros en acudir en su ayuda cuando el Príncipe Arthas había defendido la ciudad de una incursión de gnolls.
El Emperador desmontó, un gesto inusual.
Se encontró con antiguas amistades, o más bien, con los ecos de ellas.
Esta escena la narró con un detalle emotivo.
Se acercó a Thomas, su guardia personal tensa, Sylvanas observando con una ceja ligeramente alzada.
“Thomas,” la voz del Emperador, que solía resonar con la autoridad de un trueno, era ahora suave, casi un murmullo.
El anciano levantó la vista, sus ojos algo nublados por la edad.
Al principio, solo vio a un hombre imponente, un noble.
Luego, la mirada familiar, el matiz en la voz…
sus ojos se abrieron con asombro.
“¡Su Majestad!” exclamó Thomas, intentando levantarse con dificultad, su martillo cayendo al suelo.
El Emperador lo detuvo con una mano.
“No te molestes, viejo amigo.
Veo que los años te han tratado bien.” Thomas sonrió, una sonrisa genuina que arrugó su rostro.
“Y a vos, mi Príncipe…
Majestad.
Quién diría que el joven que nos salvó de los gnolls un día sería el Emperador de todo esto.” Su mirada abarcó la calle, las casas reconstruidas.
Arthas I interactuó con la gente de la ciudad, la gente que alguna vez salvó en su juventud.
Los ciudadanos, al ver la escena, se agolparon, pero mantuvieron una distancia respetuosa.
La Emperatriz Sylvanas observaba, fascinada y ligeramente perturbada por esta faceta inesperada de su esposo.
Él no era el Emperador implacable del presente, sino el héroe del pasado.
El Emperador se sentó en el banco que Thomas reparaba.
“Recuerdo este banco,” dijo, su voz cargada de nostalgia.
“Aquí solía sentarme a observar a los niños jugar, después de las lecciones con Uther.” Un brillo, casi imperceptible, de melancolía apareció en sus ojos.
“Los tiempos han cambiado, Thomas.
El mundo ha crecido.
El Imperio también.” “Ha crecido bien, mi Príncipe,” respondió Thomas con sinceridad.
“Gracias a vos y a la Luz.
Stratholme es fuerte de nuevo.” Arthas I asintió.
Se levantó y extendió una mano a Thomas.
“La fuerza de un imperio reside en su gente, Thomas.
Siempre lo he creído.” Le dio una bolsa de monedas de oro, no como una limosna, sino como un gesto de amistad y gratitud.
Ecos del Pasado, Destino del Presente El paseo continuó, y el Emperador se detuvo varias veces para interactuar con la gente de la ciudad.
Reconoció a una anciana que solía vender flores en el mercado, a un ex-guardia que había servido en la milicia local.
Cada interacción era una ventana a su pasado, a una vida en la que la gloria personal y la protección de su pueblo eran su única ambición.
Mientras Arthas I se permitía esta rara indulgencia en la nostalgia, la escolta personal observaba con una mezcla de respeto y curiosidad.
Algunos de los más jóvenes solo conocían al Emperador de hierro, no a este hombre que recordaba viejas amistades con una dulzura inesperada.
Sylvanas, aunque intentaba mantener su distancia emocional, no pudo evitar sentirse intrigada.
Este era el hombre que había amado, el héroe que había capturado su corazón antes de que el peso del imperio los transformara a ambos.
Veía el eco del joven paladín en el rostro de su esposo, y una punzada de algo parecido a la añoranza la recorrió.
Pero el momento emotivo no duró para siempre.
A medida que el sol comenzaba a descender, el Emperador retomó su porte imponente.
La nostalgia era un lujo, el Imperio una realidad.
Volvió a su montura, su expresión de nuevo la de un líder centrado en el presente y el futuro.
“Sylvanas,” dijo el Emperador, su voz volviendo a su tono habitual de mando.
“Este viaje ha sido…
instructivo.
El pueblo es la verdadera base de nuestra fortaleza.
Debemos asegurarnos de que la lealtad que sienten sea una constante.
Mi hijo, Arthas II, parece haber comprendido esto en Kalimdor.
Su popularidad es un activo valioso, aunque sus métodos sean…
poco convencionales.” Sylvanas asintió.
Comprendía el mensaje.
La popularidad del Príncipe era un arma de doble filo.
Era bueno que el pueblo lo amara, pero esa lealtad debía ser canalizada hacia el Imperio, no hacia una visión personal.
El viaje de regreso a la Ciudad Capital se sintió diferente.
El Emperador había recordado su juventud, sus motivaciones originales.
Había interactuado con las personas que una vez salvó, y eso, de alguna manera, reavivó una chispa en su alma que la ambición había cubierto.
Sin embargo, este reavivamiento no era un abandono de su visión, sino una reafirmación de que su Imperio, para ser verdaderamente fuerte, debía tener el corazón de su gente.
Y el Príncipe Arthas II, con sus métodos Tauren, parecía haber encontrado una forma de tocar ese corazón de una manera que ni siquiera el propio Emperador podía.
El escenario estaba listo para un reencuentro que prometía ser tan emotivo como potencialmente volátil.
El pasado de Arthas I se había encontrado con su presente, y el futuro de su hijo sería el punto de unión de ambos.
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