ARTHAS: "Historia de un Heroe Caido" - Capítulo 84
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- Capítulo 84 - 84 CAPITULO 84 El Llamado de la Capital Un Regreso Titánico
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84: CAPITULO 84: El Llamado de la Capital: Un Regreso Titánico 84: CAPITULO 84: El Llamado de la Capital: Un Regreso Titánico La popularidad y los innegables éxitos administrativos del Príncipe Arthas II en Kalimdor habían llegado a oídos del Emperador Arthas I con una fuerza que no podía ser ignorada.
No era solo el clamor del pueblo, sino los fríos y duros hechos: los asentamientos supervisados por el Príncipe prosperaban a un ritmo sin precedentes, la moral era alta y la asimilación de los recursos locales se realizaba con una eficiencia sostenible que superaba todas las expectativas.
Era hora de que el heredero regresara al corazón del Imperio, a la Ciudad Capital de Lordaeron, no solo para rendir cuentas, sino para ser presentado, de nuevo, a una corte que había cambiado tanto como él.
El Retorno Inevitable: Un Viaje Hacia el Deber La convocatoria imperial llegó a Feralas en forma de un edicto real, sellado con el emblema de la corona: el Príncipe Heredero Arthas II y su escolta debían presentarse en la Ciudad Capital en el plazo de dos semanas.
La orden era clara y concisa, sin margen para la objeción.
Para Arthas, era el fin de una era, el adiós a la libertad que había encontrado en las vastas tierras de Kalimdor.
Durante los tres años en Mulgore y su posterior gira por los asentamientos de Kalimdor, el Príncipe había demostrado avances excepcionales en la administración de los asentamientos.
En Xylos, la producción de mineral de hierro se había disparado, no por una explotación despiadada, sino por la implementación de sistemas de ventilación más seguros y un trato justo a los mineros, lo que había mejorado drásticamente la moral y reducido los accidentes.
En las tierras agrícolas, sus métodos sostenibles de rotación de cultivos y gestión del agua habían triplicado el rendimiento, asegurando una fuente de alimento estable para los colonos y la guarnición imperial.
En los puertos de Menethia y Theramore, había agilizado el comercio, erradicado la corrupción menor y establecido rutas marítimas más seguras, convirtiendo estos puestos avanzados en bulliciosos centros económicos.
Sus informes, aunque a menudo escritos con una prosa menos formal que la esperada de un Príncipe, estaban llenos de datos concretos y soluciones innovadoras.
Hablaba de la “salud de la tierra”, de la “voluntad del pueblo” y del “equilibrio con los espíritus elementales”, términos que hacían fruncir el ceño a algunos consejeros imperiales, pero que no podían refutar sus resultados.
Su éxito radicaba en su capacidad para aplicar la sabiduría de los Tauren –el respeto por el entorno y la comunidad– a la lógica imperial de la eficiencia y la expansión.
Había demostrado ser un administrador con un talento innato, un visionario práctico que veía más allá de los números, hacia el corazón mismo de lo que hacía prosperar una civilización.
El Problema del Vestuario: Un Príncipe Monstruosamente Musculoso La primera, y más hilarante, dificultad que enfrentó el Príncipe Arthas II al prepararse para su regreso a la Ciudad Capital fue el vestuario.
Sus ropas imperiales, guardadas cuidadosamente en baúles desde su partida, ahora eran una cruel burla a su figura transformada.
El otrora atlético joven de quince años era ahora un hombre musculoso y fornido, con un físico que rivalizaba con el de los más grandes guerreros.
“¡Por la Luz Sagrada, Alteza!” exclamó Anduin Lothar Jr., quien, aunque él mismo había ganado varias tallas de músculo y endurecimiento, estaba tratando de meter una pierna en un par de pantalones que antes le quedaban holgados.
“¡Esto es un desastre!
¡Parecemos salchichas embutidas en sus tripas!” Arthas, con una sonrisa resignada, intentó abrocharse una camisa de seda que antes le quedaba perfecta.
Sus vastos hombros y su pecho, endurecidos por años de trabajo físico, la estiraron hasta el punto de la ruptura.
Los botones amenazaban con salir disparados.
“Parece que la leche de kodo y la caza con lanza han tenido un efecto más…
sustancial de lo que recordaba,” comentó Arthas, sus cabellos rubios largos y sedosos cayendo sobre sus hombros, contrastando con la seda que apenas lo cubría.
Había subido varias tallas, y la ropa fina y ajustada de la corte no estaba diseñada para su cuerpo monstruosamente musculoso.
Los sastres imperiales en Feralas entraron en pánico.
Trabaron día y noche para confeccionar nuevas túnicas, camisas y, lo más importante, una armadura brillante que pudiera acomodar su imponente físico.
La armadura tuvo que ser diseñada a medida, sus placas y cota de malla expandidas para envolver su nuevo volumen.
Cuando finalmente se la probó, la armadura era un testimonio de su transformación: grande, reluciente, pero con una amplitud inusual que subrayaba la masa muscular que contenía.
Anduin Lothar Jr.
no se quedó atrás.
Aunque no tan masivo como Arthas, su cuerpo también había ganado una robustez considerable.
Sus trajes de caballero, antes impecables, ahora le quedaban ridículamente ajustados.
La ropa ya no le entraba, y el pobre Anduin se debatía entre la frustración y la hilaridad.
“¡Ni siquiera puedo respirar en este jubón, Alteza!” se quejaba, sus músculos pectorales a punto de reventar las costuras.
“¡Parece que vamos a la capital como dos embutidos andantes!” A pesar de los problemas con el vestuario, cuando ambos amigos salieron juntos, vestidos con sus recién ajustadas ropas o con sus brillantes armaduras, la imponencia y el porte de ambos eran innegables.
Arthas, con su melena leonina y su físico de titán, caminaba con una confianza tranquila, una mezcla de gracia Tauren y autoridad real.
A su lado, Anduin, aunque ligeramente más pequeño, irradiaba una lealtad inquebrantable y una fuerza forjada por la constante exasperación y el trabajo duro.
Eran una pareja formidable, un contraste fascinante entre el poder crudo y la dignidad refinada, ambos transformados por la pradera.
El Viaje a la Capital: Expectativas en Lordaeron El viaje hacia la Ciudad Capital de Lordaeron fue largo, atravesando vastos paisajes desde las tierras áridas de Kalimdor hasta los bosques familiares y las colinas de los Reinos del Este.
El Príncipe y Anduin viajaron con una escolta de honor, la distancia dándoles tiempo para reflexionar sobre lo que dejaban atrás y lo que les esperaba.
Mientras tanto, en la Ciudad Capital, la noticia de la inminente llegada del Príncipe Heredero había encendido la anticipación.
En el Ducado de Alterac, en su fortaleza ancestral, Calia Menethil y Aiden Perenolde, junto con su hijo Terenas III, esperaban con una mezcla de curiosidad y estrategia.
Calia y Aiden esperaban la llegada del Príncipe heredero con gran interés, esperando ver cuánto había cambiado el Príncipe.
Calia, con su corazón maternal y su profunda fe, anhelaba ver a su sobrino, preocupada por cómo la vida salvaje podría haberlo afectado, pero también esperanzada de que hubiera madurado de una manera positiva.
Aiden, el Duque, un estratega astuto, analizaba las implicaciones políticas de la transformación del Príncipe.
Un heredero fuerte y popular era beneficioso, pero ¿sería moldeable?
Terenas III, el hijo de Calia y Aiden, un año mayor que Arthas II, era el más impaciente.
Terenas era un joven apuesto, rubio como Arthas, pero de constitución más esbelta y de modales impecables, educado para ser un diplomático y un general de corte.
Había oído los rumores de la fuerza de su primo, de su “salvajismo” Tauren, y sentía una mezcla de fascinación y una pizca de desdén.
Le intrigaba el contraste entre su propia educación refinada y la “educación en la pradera” de Arthas.
La rivalidad, aunque no explícita, flotaba en el aire.
En el corazón de la Ciudad Capital, en los aposentos reales, la espera impaciente de Sylvanas por ver a su hijo era casi tangible.
La Emperatriz caminaba de un lado a otro, sus ojos escarlata fijos en el horizonte.
No era una simple impaciencia, sino una compleja mezcla de orgullo maternal (a pesar de sus críticas), preocupación por la “imagen” de su hijo, y una feroz determinación de moldearlo para el futuro que ella había planeado para él y para el Imperio.
“Ha tardado demasiado,” murmuró a un asistente, aunque el tiempo establecido en el edicto no había expirado.
Ella había visto el retrato, había escuchado los informes.
Sabía que su hijo había regresado, pero el hombre que se acercaba era un misterio, una fuerza que no comprendía del todo.
¿Sería el hijo que ella había enviado, o una criatura de Kalimdor, ajena a su propia sangre?
La anticipación crecía, el aire de la capital vibraba con la inminente llegada del Príncipe de la Pradera, un heredero transformado que prometía un futuro tan impredecible como intrigante.
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