ARTHAS: "Historia de un Heroe Caido" - Capítulo 86
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86: CAPITULO 86: El Crisol de la Arena: La Preparación del León 86: CAPITULO 86: El Crisol de la Arena: La Preparación del León La Ciudad Capital de Lordaeron vibraba con la energía del Gran Torneo.
El anuncio de los premios, especialmente la asombrosa suma de diez millones de monedas de oro por derrotar al Príncipe Heredero, había encendido una ambición feroz en los corazones de caballeros y mercenarios por igual.
La arena real, un coliseo majestuoso de piedra y adornos dorados, se había convertido en el epicentro de esta fiebre, preparándose para albergar un espectáculo de honor, fuerza y gloria.
La Forja de los Campeones: Entre Acero y Ambición Por todo el Imperio, y en los propios confines de la Ciudad Capital, la preparación para el torneo era febril.
Los caballeros y los campeones se entrenaban con una intensidad renovada, cada uno soñando con la victoria y la fortuna que les esperaba.
En los campos de entrenamiento del ejército, los sargentos de armas gritaban órdenes, mientras las espadas chocaban con estruendo metálico.
Caballeros de armaduras impecables y guerreros curtidos en mil batallas pulían sus técnicas.
Los preparativos eran meticulosos: los herreros forjaban nuevas hojas y reparaban armaduras abolladas; los entrenadores de caballos ponían a punto a los corceles más veloces y fuertes; los escuderos afilaban lanzas y pulían escudos.
La ambición era el combustible que impulsaba cada golpe, cada carrera, cada ejercicio de resistencia.
Algunos entrenaban en secreto, perfeccionando movimientos especiales o desarrollando nuevas estrategias.
Las apuestas en las tabernas se dispararon, con nombres de campeones locales y mercenarios de renombre en boca de todos.
Entre los contendientes más destacados se encontraban: Sir Kael Sunstrider, un caballero elfo de sangre, conocido por su gracia y velocidad con la espada, y por su dominio de la magia de la Luz, aunque ocultaba su verdadera maestría.
Representaba la nobleza élfica aliada y el orgullo de Quel’Thalas.
Comandante Mograine, un paladín veterano de la Mano de Plata, cuya fe inquebrantable en la Luz lo hacía un oponente formidable, más por su resiliencia espiritual que por su fuerza bruta.
Encarnaba la vieja guardia de Lordaeron.
La Dama Alonsa, una guerrera nómada del sur, misteriosa y letal con sus dagas y su agilidad felina, capaz de esquivar los golpes más pesados.
Representaba la promesa de las nuevas tierras.
Grainm Hellscream, un gladiador orco, una bestia de músculos y furia controlada, contratado por un acaudalado mercader.
Su hacha era una extensión de su voluntad de hierro.
Aunque no era un “caballero”, su ferocidad y experiencia en la arena lo convertían en un contendiente temido.
El Entrenamiento del Príncipe: Un Espectáculo Monstruoso Mientras tanto, el Príncipe Arthas II no se preparaba de la manera convencional.
Su rutina de entrenamiento era un secreto a voces que se había convertido en la comidilla de la corte y en un espectáculo para aquellos lo suficientemente afortunados como para presenciarlo.
Lejos de los campos de entrenamiento organizados, Arthas había elegido un patio de armas apartado, rodeado por muros altos, donde podía entrenar con la libertad que había disfrutado en Mulgore.
Su entrenamiento era monstruoso, una mezcla brutal de la disciplina marcial imperial y la cruda fuerza de la pradera.
La corte imperial, los consejeros, los generales, los soldados y los caballeros que lograban echar un vistazo, observaban con asombro y, a menudo, con una fascinación casi temerosa.
En lugar de las pesas de hierro, Arthas arrastraba enormes troncos que solo los caballos de tiro más fuertes podrían mover.
Se le veía levantar y lanzar pesadas rocas que los constructores usaban para los cimientos.
Su “ejercicio cardiovascular” consistía en correr largas distancias con una pesada armadura, luego trepar por las paredes del patio sin ayuda, utilizando solo la fuerza bruta de sus brazos y piernas.
Sus golpes con la espada, practicados contra maniquíes reforzados, resonaban con la fuerza de un ariete, destrozando el acero y la madera como si fueran papel.
No era la esgrima elegante, sino una serie de golpes devastadores, cada uno destinado a terminar el combate.
Anduin Lothar Jr., fiel a su estilo, entrenaba a su lado, aunque a menudo jadeaba y se quejaba.
Sin embargo, Anduin también se había adaptado a este régimen, y su propia fuerza había crecido enormemente.
Era el contraste perfecto: Arthas como el torbellino de poder, y Anduin como la roca firme y algo exasperada a su lado.
La reacción de la corte era de asombro.
“¡Es una bestia!” murmuró un consejero, su rostro pálido.
“¡Nadie podrá con él!” Los generales, que al principio lo vieron con escepticismo, ahora observaban con una mezcla de respeto y una pizca de alivio.
Este Príncipe, aunque poco ortodoxo, era una fuerza a tener en cuenta.
Los soldados y caballeros jóvenes lo veían como un ideal, un héroe forjado en un crisol épico.
El rumor de su fuerza se extendió como un incendio, intimidando a algunos competidores y galvanizando a otros.
El Comienzo del Torneo: Miradas Atentas y Lecciones Recobradas El Gran Torneo comenzó con una explosión de fanfarrias y el rugido de la multitud.
Las justas a caballo llenaron el aire con el estruendo de lanzas astilladas y el impacto de los contendientes.
Los duelos a pie eran una mezcla de habilidad con la espada, tácticas brutales y pura resistencia.
El Príncipe Arthas II se sentó en la tribuna real, junto a sus padres y la corte.
Su presencia era un ancla, su mirada atenta y analítica, observando a sus posibles oponentes.
No era la mirada de un simple espectador, sino la de un guerrero que evaluaba a cada contendiente con una precisión casi depredadora.
Mostraba su propia evaluación, no solo de la fuerza visible, sino de los matices.
Observó a Sir Kael’ Sunstrider moverse con una velocidad inhumana, pero notó una ligera falta de peso en sus golpes.
Recordó sus lecciones Tauren sobre la fuerza y la debilidad.
“La velocidad puede ser engañosa,” pensó.
“Si no hay masa detrás del golpe, el impacto se disipa.
Es como el viento contra una montaña: puede erosionar, pero no derribar de un solo golpe.” Cuando el Comandante Mograine entró en la arena, su armadura reluciente con los símbolos de la Mano de Plata, Arthas notó su inquebrantable defensa y la forma en que su fe parecía imbuir su acero.
“Su fuerza no viene solo de los músculos,” pensó el Príncipe, recordando al Gran Anciano Corazón de Piedra y los chamanes.
“Viene de su espíritu, de su convicción.
Esa es una fuerza difícil de romper, como la raíz de un roble milenario.” La Dama Alonsa, en su duelo con dos dagas contra una espada larga, bailaba y esquivaba con una agilidad asombrosa.
Arthas observó sus movimientos, el flujo de su cuerpo.
“Es como el viento en la pradera,” reflexionó.
“Difícil de atrapar, fácil de subestimar.
Pero el viento se rompe contra el árbol más fuerte si este se mantiene firme.” Su mente Tauren buscaba la vulnerabilidad, la forma de anclarla.
Pero fue Grainm Hellscream, el orco, quien captó la mayor parte de su atención.
La brutalidad de sus golpes, la ferocidad en sus ojos, la pura voluntad de destruir.
Era una fuerza imparable.
Arthas, lejos de sentirse intimidado, sintió una punzada de reconocimiento.
“Es la fuerza del depredador más puro,” pensó.
“No es refinada, pero es elemental.
Como un kodo salvaje en estampida.
Solo una fuerza igual o mayor, o una astucia insuperable, puede detenerla.” Recordó las cargas de los kodos, la forma en que los Tauren aprendían a respetarlos y a dirigirlos, no a enfrentarlos de frente sin plan.
Los primeros días de la primera semana del torneo fueron un torbellino de combates espectaculares.
El estruendo de los choques, el rugido de la multitud, las celebraciones de la victoria y los lamentos de la derrota.
Los caballeros más destacados lucharon con ferocidad.
Sir Kael mostró su gracia letal, La Dama Alonsa su elusiva agilidad, y Mograine su inquebrantable defensa.
Pero Grainm Hellscream, con su hacha, se destacaba por su brutalidad, eliminando oponentes con golpes decisivos que resonaban en toda la arena.
El Príncipe Arthas II observaba todo, sus ojos registrando cada detalle, su mente analizando cada fuerza y cada debilidad.
El Emperador Arthas I, a su lado, notaba la intensidad de su hijo.
Sylvanas, por su parte, se sentía ligeramente aliviada al ver que el Príncipe no había perdido su filo de guerrero.
Pero ambos se preguntaban qué tipo de rey se alzaría de la pradera y cómo sus nuevas lecciones se manifestarían cuando llegara el momento de su propio duelo en el crisol de la arena.
La intriga de la corte se mezclaba con la anticipación del combate, y el lector quedaba atrapado en la espera del enfrentamiento definitivo.
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