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ARTHAS: "Historia de un Heroe Caido" - Capítulo 85

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  3. Capítulo 85 - 85 CAPITULO 85 El Príncipe Regresa Un Torneo para el León de la Pradera
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85: CAPITULO 85: El Príncipe Regresa: Un Torneo para el León de la Pradera 85: CAPITULO 85: El Príncipe Regresa: Un Torneo para el León de la Pradera La noticia de la inminente llegada del Príncipe Arthas II a la Ciudad Capital había electrificado la metrópolis.

Después de tres años de rumores, de informes contradictorios y de un enigmático “retrato”, el heredero regresaba.

Las calles estaban engalanadas, las banderas del león de Lordaeron ondeaban al viento, y la expectación era casi palpable.

La Entrada del Príncipe de la Pradera: Asombro y Admiración El día de la llegada, una vasta multitud se agolpaba en las principales avenidas que conducían al palacio real.

Nobles en sus carruajes, comerciantes de los barrios bajos, y el pueblo llano se mezclaban, todos ansiosos por vislumbrar al misterioso Príncipe de la Pradera.

Finalmente, el sonido de los tambores de guerra y el relincho de los caballos anunciaron la aproximación de la comitiva.

Al frente, montados en poderosos corceles de guerra, iban el Príncipe Arthas II y Anduin Lothar Jr., rodeados por una guardia de honor.

La primera impresión de la corte y la gente al verlo en persona fue un aliento colectivo de asombro.

Los rumores no le hacían justicia.

Arthas, con su cabello rubio largo y sedoso ondeando al viento, parecía una fuerza de la naturaleza.

Su armadura, hecha a medida, brillaba bajo el sol, pero no podía ocultar la musculatura formidable que se abultaba debajo.

Su rostro, fino pero varonil, ahora endurecido por el sol y la experiencia, irradiaba una mezcla de autoridad y una calma salvaje.

No era el príncipe refinado que habían enviado, sino un león domesticado, pero cuyo espíritu indómito aún brillaba en sus ojos.

Su porte era imponente, una mezcla de la dignidad real y la fluidez natural de los Tauren.

A su lado, Anduin Lothar Jr.

montaba con la misma dignidad, aunque su propia armadura parecía estar al límite de su capacidad.

Su expresión, como de costumbre, era una mezcla de deber solemne y una ligera exasperación por todo el espectáculo.

Juntos, irradiaban una presencia que silenciaba a la multitud, no por miedo, sino por una fascinación hipnótica.

La gente de la capital, acostumbrada a la elegancia un tanto delicada de algunos nobles, se quedó boquiabierta.

Los hombres miraban con una admiración casi reverencial.

“¡Por la Luz!

¡Ese es un verdadero hijo de Lordaeron!” exclamó un soldado veterano, golpeando su pecho.

Las mujeres, jóvenes y viejas, se ruborizaban y susurraban entre sí sobre la figura imponente del Príncipe.

En los balcones engalanados del palacio, la corte observaba.

El Consejo Imperial intercambiaba miradas de asombro.

Los Generales leales al Emperador asintieron con aprobación, sus rostros marcados por la batalla.

“Tiene la presencia,” murmuró uno.

“La fuerza es innegable.

Podría ser el más grande de todos.” El Reencuentro Familiar: Tensión y Curiosidad La llegada al patio del palacio fue majestuosa.

El Príncipe y Anduin desmontaron con la agilidad que habían adquirido en la pradera.

La primera línea de recibimiento estaba conformada por el Emperador Arthas I, la Emperatriz Sylvanas Windrunner, Calia Menethil, Aiden Perenolde, y el joven Terenas III.

Las primeras interacciones entre Arthas II y sus padres, el Emperador Arthas I y la Emperatriz Sylvanas, estuvieron cargadas de una tensión sutil.

El Emperador Arthas I dio un paso al frente, sus ojos oscuros analizando cada detalle de su hijo.

Una leve sonrisa apareció en sus labios.

“Mi hijo,” dijo, su voz resonando con autoridad, pero con un matiz de satisfacción genuina.

Abrió los brazos, y el Príncipe Arthas II se inclinó en una profunda reverencia antes de que su padre lo atrajera en un abrazo sorprendentemente firme.

La fuerza del abrazo del Príncipe fue casi un desafío, una afirmación tácita de su propia nueva potencia.

“Has crecido, no solo en cuerpo, sino en espíritu,” murmuró el Emperador, una apreciación velada de lo que veía.

“Kalimdor te ha forjado.” La Emperatriz Sylvanas se acercó, sus ojos escarlata brillando con una intensidad crítica.

Su abrazo fue más formal, una mezcla de afecto maternal y una inspección casi militar.

“Mi hijo,” dijo, su voz con un tono que denotaba aprobación, pero también una punzada de desaprobación apenas disimulada.

“Te has vuelto…

imponente.

Aunque veo que has olvidado la delicadeza de la corte.” Su mirada se detuvo en el ligero desorden de su largo cabello.

Era una reprimenda velada, pero el orgullo también estaba allí, la ambición de un hijo formidable para su imperio.

Luego, el Príncipe se volvió hacia Calia Menethil.

La tía de Arthas, con un rostro de bondad, se acercó y lo abrazó con una calidez genuina que no había recibido de sus padres.

“¡Arthas, querido!

¡Qué grande te has puesto!

Me alegra tanto verte bien, y tan…

fuerte.” Sus ojos, llenos de cariño, reflejaban una preocupación sincera por su bienestar y su adaptación.

Finalmente, el encuentro con Terenas III, el hijo de Calia y Aiden.

Terenas, un año mayor que Arthas, se acercó con una sonrisa educada, aunque en sus ojos brillaba una mezcla de curiosidad y un apenas disimulado desafío.

Era el perfecto heredero de corte: elegante, pulcro, sus ropas impecables.

“Primo Arthas,” dijo Terenas, extendiendo una mano enguantada.

“Es un placer veros.

Los rumores de vuestra…

transformación eran ciertamente ciertos.” La ligera pausa antes de “transformación” no pasó desapercibida para Arthas, ni para Anduin, quien resopló discretamente.

Arthas tomó la mano de Terenas con una fuerza que hizo al duque de Alterac dudar por un instante.

“Primo Terenas,” respondió Arthas, su voz grave y resonante.

“Es bueno verte.

Parece que la corte te ha mantenido…

ocupado.” La mirada de Arthas era directa, una chispa de picardía en sus ojos, reconociendo la sutil competencia.

El Desafío del Torneo: Gloria y Riqueza El reencuentro familiar fue, como siempre, una danza de apariencias y verdades a medias.

Pero el Emperador, astuto como siempre, sabía que necesitaba un evento que canalizara la energía y el interés generados por el regreso de su hijo.

Así, el mismo día del regreso del Príncipe, el Emperador Arthas I hizo un anuncio que envió una oleada de emoción por toda la capital: “¡Por el regreso de mi hijo, el Príncipe Heredero Arthas II, y para celebrar la expansión y la fuerza de nuestro glorioso Imperio de Lordaeron, declaro un Gran Torneo de Caballería y Duelo Amistoso!” La multitud rugió de entusiasmo.

Pero lo que vino a continuación fue lo que hizo estallar la euforia: “Este torneo durará dos semanas completas.

Caballeros de todo el Imperio y más allá están invitados a probar su valía en justas, duelos a pie, y desafíos de habilidad.

El campeón de este Gran Torneo no solo ganará el reconocimiento de la corona, sino también un jugoso premio de más de 2,000,000 millones de monedas de oro!” El asombro se apoderó de la multitud.

Dos millones de monedas de oro era una fortuna, suficiente para construir una casa de nobles, o incluso fundar un pequeño ejército.

Era una cantidad inaudita.

Pero el Emperador no había terminado.

Con una sonrisa en su rostro, añadió: “Y el honor más grande.

El campeón del torneo tendrá el honor de luchar con el Príncipe, en un duelo amistoso, en el día final.” Un silencio de expectación cayó sobre la plaza.

La idea de luchar contra el Príncipe de la Pradera, cuya fuerza ya era legendaria, era un honor y un riesgo.

“Y para demostrar la generosidad de mi casa,” continuó el Emperador, su voz resonando con la promesa de grandeza, “ya sea que aquel que gane o pierda contra el Príncipe, igual ganará el premio de dos millones de monedas de oro.

Sin embargo,” aquí la voz del Emperador bajó a un susurro casi inaudible que, sin embargo, fue captado por la multitud, “si, hipotéticamente, alguien tuviera la audacia y la habilidad de ganarle al Príncipe en este duelo, el premio ascenderá a la asombrosa suma de 10 millones de monedas de oro!” El shock se transformó en un frenesí.

Diez millones de monedas de oro.

Era una suma tan astronómica que era difícil de concebir.

El anuncio del Emperador fue una jugada maestra.

No solo celebraba el regreso de su hijo, sino que también era una prueba pública de su fuerza, una exhibición para la nobleza y un incentivo para la ambición.

El torneo no solo era un evento, sino una declaración.

La Ciudad Capital vibraba con la emoción, los murmullos de la gente hablaban de la fortuna y el honor.

Todos sabían que este no sería un simple torneo; sería un espectáculo, una prueba de la era, con el Príncipe de la Pradera en su centro.

La intriga se cernía sobre quién se atrevería a desafiar al heredero transformado, y si la fuerza de la pradera sería suficiente contra la disciplina de la corte.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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