ARTHAS: "Historia de un Heroe Caido" - Capítulo 90
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- Capítulo 90 - 90 CAPITULO 90 El Despertar de los Puños Negros Una Sombra en Desolace
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90: CAPITULO 90: El Despertar de los Puños Negros: Una Sombra en Desolace 90: CAPITULO 90: El Despertar de los Puños Negros: Una Sombra en Desolace Mientras la Ciudad Capital de Lordaeron se bañaba en la opulencia y el estruendo de un torneo de caballeros, a leguas de distancia, en las inhóspitas y olvidadas tierras de Kalimdor, la brutal verdad de la expansión imperial se desataba.
El Fuerte Águila, un pequeño pero crucial centinela de piedra, estaba a punto de convertirse en un altar de sacrificio, un testimonio sangriento de la feroz resistencia que el nuevo continente oponía a sus conquistadores.
El Reino de ORKGRAMAR: Un Imperio de Piel Verde en Desolace Las Llanuras Desoladas, un páramo estéril y brutal, eran el hogar ancestral de los Orcos Mano Negra.
Antaño un clan feroz de la Horda Orca, habían optado por un camino diferente, forjando su propio destino y levantando un nuevo reino en la desolación: el Reino de ORKGRAMAR.
Liderado por el temible Orkgrar el Salvaje, un caudillo de astucia primordial y fuerza descomunal, los Orcos Mano Negra se habían asentado hace varios años en estas llanuras.
Habían domado sus tierras y conquistado sus bestias, imponiendo su voluntad sobre un paisaje que desterraba a los débiles.
No eran nómadas; eran constructores, forjadores de un imperio en la roca y la arena.
Bajo el férreo puño de Orkgrar, habían creado varias ciudades-fortaleza, cada una un testimonio de su ingenio brutal y su determinación.
Su capital, ORAGRAMAR, la Ciudad de las Mil Cavernas, era un laberinto subterráneo de túneles y salones excavados en las entrañas de las montañas, impenetrable e inexpugnable.
Entre otras ciudades menores pero formidablemente fortificadas se contaban: Kragmar, la Ciudad de la Roca: Un bastión tallado en un monolito gigante, sus muros tan antiguos como la propia montaña.
Pentos, Ciudad Marítima: Un puerto rústico pero funcional en la costa, que los Orcos Mano Negra usaban para comerciar, en secreto y a menudo con violencia, con otras razas menores y mercenarios sin escrúpulos.
Era su ventana al mundo exterior.
Y, por último, Uldazzar, la Ciudad Fortaleza más grande y con muros gruesos: Un coloso de piedra y hierro en el corazón del reino, con murallas tan vastas que podrían albergar a un ejército, un baluarte inquebrantable que protegía sus fronteras más vulnerables.
Estas ciudades y fortalezas, conectadas por rudimentarias pero efectivas rutas, formaban el imponente Reino de ORKGRAMAR.
Los Orcos Mano Negra habían dominado estos territorios con una eficiencia brutal, aplastando cualquier resistencia tribal y sometiendo a las criaturas salvajes de la región.
Y ahora, su hambre de expansión los había llevado más allá de sus límites, hacia las fronteras del Imperio de Lordaeron.
Su incursión en Feralas, y el choque directo con el puesto fronterizo del Fuerte Águila, no había sido un mero bandidaje.
Era un intento deliberado de uno de los lores menores orcos, Korgash Puño Sangriento, de reclamarla para el reino, una declaración de guerra no pronunciada contra los “nuevos” señores de Kalimdor.
El asalto al Fuerte Águila era el primer tentáculo de una ambición mucho mayor.
Ecos de Guerra: Lordaeron se Despierta La noticia del asalto al Fuerte Águila llegó a la Ciudad Capital como un rayo en un cielo despejado, destrozando la resaca de la celebración del torneo.
El Emperador Arthas I había escuchado el informe del mensajero en la arena, su rostro endurecido por la ira y la preocupación.
La magnitud de la pérdida de vidas y la audacia del ataque eran inaceptables.
La noticia provocó un aumento inmediato en los preparativos militares del Imperio para Kalimdor.
Las reuniones de guerra se sucedieron sin descanso en la Cámara del Consejo.
Los mapas de Kalimdor se extendían sobre grandes mesas, marcados con las posiciones del Fuerte Águila y las nuevas estimaciones de la fuerza orca.
Los generales, con sus rostros sombríos, discutían estrategias y logísticas.
“Esta no es una incursión de bandidos,” declaró el General Theron, un veterano de las campañas del Emperador.
“La ferocidad, la organización…
esto es obra de un reino, Su Majestad.
Un reino orco.
Han estado construyendo algo grande en Desolace.” El Emperador, sentado en su trono, escuchaba con atención, su mano sobre el pomo de la Frostmourne, que vibraba con una leve y fría energía.
“No podemos permitir que un reino orco se establezca tan cerca de nuestras tierras recién adquiridas,” sentenció el Emperador.
“Debemos aplastarlos antes de que se conviertan en una amenaza existencial.” El Príncipe en la Mesa de Guerra: Una Nueva Estrategia Aquí es donde la participación del Príncipe Arthas II se volvió crucial y sorprendente.
Su tiempo en Kalimdor le había dado una perspectiva que ningún general de Lordaeron poseía.
Arthas participó activamente en estos planes, no como un simple oyente, sino como un estratega con una visión única.
Los generales imperiales, al principio, lo miraban con escepticismo.
Su apariencia, su aura de “salvajismo” que lo rodeaba a pesar de sus ropas refinadas, contrastaba con su propio rigor marcial.
Pero pronto, su perspectiva cambió.
Cuando los generales proponían asaltos frontales o estrategias de desgaste, Arthas intervenía.
“General,” dijo, señalando un punto en el mapa.
“Las Llanuras Desoladas no son los Bosques de Tirisfal.
Una carga frontal aquí sería un suicidio.
Los orcos conocen este terreno, han ‘domado’ sus bestias, como escuchamos.
Utilizarán el terreno a su favor.” “¿Qué proponéis, Alteza?” preguntó el General Stonehand, con un tono de desafío velado.
“Los Tauren me enseñaron a leer la tierra,” respondió Arthas, su voz grave y resonante.
“La fuerza de los Orcos Mano Negra reside en sus fortalezas.
Pero también en sus rutas comerciales, su sustento.
Pentos, la ciudad marítima.
Es su debilidad.
Es la ventana por la que obtienen recursos que no tienen en Desolace.
Si cortamos esa línea de suministro, su reino, por más fuerte que sea, se marchitará.” Propuso una estrategia audaz: no un asalto directo a las fortalezas de los Orcos Mano Negra, sino una campaña de desgaste de guerrillas y asaltos rápidos a sus puntos vulnerables, enfocándose en sus caravanas, sus puestos de avanzada y, crucialmente, en Pentos.
Sugirió el uso de fuerzas combinadas de infantería ligera, ballesteros y caballería rápida para incursiones quirúrgicas, y el uso de los vastos paisajes de Kalimdor para flanquear y emboscar.
Los generales se miraron.
Era una estrategia arriesgada, poco ortodoxa para los estándares imperiales de Lordaeron, que preferían el choque directo y el asedio masivo.
Pero la lógica de Arthas era innegable.
Hablaba con una autoridad forjada por la experiencia, no por los libros.
El Emperador Arthas I observaba a su hijo.
Sentía una mezcla de orgullo y una creciente inquietud.
El Príncipe era brillante, un genio estratégico.
Pero sus métodos…
eran demasiado suyos, demasiado impregnados de Kalimdor.
“Esta es una estrategia audaz, hijo,” dijo el Emperador.
“Pero ¿quién liderará una campaña así?” Arthas se puso de pie, su figura imponente.
“Yo lo haré, Padre.
Con Anduin a mi lado.
Conozco esas tierras.
Conozco a esas bestias.
Y sé cómo luchar contra una fuerza que ha aprendido a dominar la pradera.” Intriga en las Sombras: La Partida del Ajedrez Mientras tanto, en las sombras de la corte, la noticia del asalto y la nueva estrategia de Arthas desataba un torbellino de discusiones privadas y agendas entrelazadas.
Sylvanas, en sus aposentos, se sintió una vez más en conflicto.
La audacia de su hijo la llenaba de orgullo.
“La fuerza de mi hijo es innegable,” dijo a una de sus damas de compañía.
“Su mente es tan aguda como su espada.” Pero la idea de que Arthas se sumergiera de nuevo en la “salvaje” Kalimdor la preocupaba.
“Necesito que demuestre su valía, sí, que aplaste a estos orcos.
Pero debe recordar su lugar.
Su lealtad es al Imperio, no a esa tierra maldita.
Debemos asegurar que esta guerra lo fortalezca, no lo aleje de Lordaeron.” Su agenda se cristalizaba: asegurar que la campaña en Kalimdor fuera una victoria decisiva para el Imperio y que Arthas regresara más poderoso, pero aún moldeable a la voluntad imperial y a los designios de su madre.
La idea de un nuevo hijo, de la pureza de la línea de sangre, era más fuerte que nunca.
Calia Menethil y Aiden Perenolde, en sus propios aposentos, discutieron el giro de los acontecimientos.
“Arthas está volviendo a Kalimdor,” dijo Calia con una mezcla de preocupación y esperanza.
“Si logra pacificar a estos Orcos Mano Negra, su posición será inexpugnable.
Pero si fracasa…
la guerra en Kalimdor podría ser una sangría interminable para el Imperio.” Aiden, con su mente de estratega político, asintió.
“Un fracaso, o incluso una victoria con un costo demasiado alto, debilitaría su posición, mi querida.
Terenas debe estar listo para asumir la carga, si la corona lo requiere.” Su agenda: monitorear de cerca la campaña de Arthas.
Si tenía éxito, afianzaría su estatus y el de su hijo.
Si fracasaba, o si su estilo “kalimdoriano” lo volvía demasiado “distinto” para el trono de Lordaeron, Terenas III sería la alternativa lógica.
Y Terenas III, el joven duque de Alterac, observaba el mapa con una intensidad febril.
La audacia de su primo lo sorprendía, pero también encendía una chispa de celos.
“Mi primo es valiente,” admitió a su consejero de confianza, “pero la guerra en Kalimdor es un pozo sin fondo.
Mientras él se adentra en esa locura, yo consolidaré mi influencia aquí, en el corazón del poder.
Me aseguraré de que el Emperador vea que la verdadera fuerza del Imperio reside en su capital, en su diplomacia, en su liderazgo civil, no solo en la conquista brutal.
El trono de Lordaeron merece un hombre de refinamiento, no un salvaje.” Su agenda: presentarse como la alternativa refinada y estratégica al “Príncipe de la Pradera”, capitalizando cualquier dificultad que Arthas pudiera enfrentar en la brutal campaña contra los Orcos Mano Negra.
El Emperador, con una mezcla de ambición y nostalgia, aceptó la propuesta de su hijo.
La decisión estaba tomada.
El Príncipe Arthas II, el León de la Pradera, regresaría a las llanuras, no para explorar, sino para luchar, liderando la carga contra el Reino de ORKGRAMAR.
La Ciudad Capital, con su torneo y sus intrigas, era ahora solo un preludio para la verdadera guerra que se avecinaba en el oeste, una guerra que definiría no solo el futuro de Kalimdor, sino el destino del propio Imperio de Lordaeron y de su linaje real.
La tabla de ajedrez se había reconfigurado, y las piezas se movían hacia un enfrentamiento inevitable.
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