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ARTHAS: "Historia de un Heroe Caido" - Capítulo 91

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  3. Capítulo 91 - 91 CAPITULO 91 Orkgrar el Salvaje El Señor de la Guerra y la Sombra Creciente
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91: CAPITULO 91: Orkgrar el Salvaje: El Señor de la Guerra y la Sombra Creciente 91: CAPITULO 91: Orkgrar el Salvaje: El Señor de la Guerra y la Sombra Creciente Mientras el Imperio de Lordaeron movilizaba sus fuerzas para la guerra en Kalimdor, la mente maestra detrás de la embestida orca no permanecía ociosa.

En las profundidades de Orkgramar, la Ciudad de las Mil Cavernas, el Rey Orkgrar el Salvaje, líder indiscutible de los Orcos Mano Negra, sopesaba sus ambiciones, su mirada fija en la vastedad de Kalimdor.

El Sueño de Conquista: La Ambición de Orkgrar Orkgrar no era un caudillo común.

Era un estratega brutal, un visionario con el corazón de un depredador.

Su trono, tallado en la roca viva, se alzaba sobre un salón cavernosos iluminado por la luz de hogueras y el resplandor de armas forjadas.

La ambición de conquistar toda Kalimdor para sí mismo y su pueblo ardía en sus ojos.

No quería simplemente saquear; quería construir un imperio orco, un reino que se extendiera desde las costas occidentales hasta las cumbres más altas de los picos de las Rocas Negras.

“Kalimdor,” gruñó Orkgrar a sus chamanes y lugartenientes más leales, “es nuestra por derecho de sangre y conquista.

Los clanes errantes son débiles.

Las bestias, nuestras.

Y la tierra…

¡la tierra es para el que la tome con puño de hierro!” Su interés en hacerse con Feralas era primordial.

Feralas no era solo un bosque; era una tierra rica, vital para sus planes.

“Los humanos han encontrado oro y hierro en sus colinas,” explicó, señalando un mapa rudimentario tallado en piedra.

“Y los bosques de Feralas son vastos, llenos de presas y madera.

Es una puerta de entrada a los valles fértiles del norte.

Y, crucialmente, sus tierras de minerales son una vena que alimentará la forja de nuestro verdadero poder.” Orkgrar entendía que para construir un imperio duradero, necesitaba recursos, y Lordaeron se había asentado directamente sobre ellos.

El rey orco desestimaba por completo la presencia del Imperio de Lordaeron en Kalimdor.

Su menosprecio total sobre los humanos, a los cuales consideraba inferiores, era un pilar de su ideología.

“Son criaturas débiles,” rugía, su voz cavernosa resonando en la sala.

“Sus ciudades están hechas de ladrillo y sueños.

Sus armas, finas como agujas.

Su fuerza, un espejismo.” Había escuchado los informes del Fuerte Águila, del “caballero de la Luz”, y aunque la tenacidad le provocaba una mínima chispa de respeto, no era suficiente para cambiar su opinión fundamental.

“Una pequeña herida, una escaramuza.

Hemos enviado a un tonto a subestimar su resistencia.

Pero ahora, iremos con la verdadera furia de los Mano Negra.” Orkgrar imaginaba un Kalimdor donde las tribus orcas se unieran bajo su estandarte, donde los Tauren fueran sometidos o exterminados por su renuencia a doblar la rodilla, y donde los elfos nocturnos, los guardianes del bosque, fueran despojados de sus tierras ancestrales.

El Fuerte Águila no era el objetivo final; era solo el primer diente que mordería la carne del “Imperio” humano.

El Despertar de los Viejos Poderes: La Reacción de Kalimdor Pero la ambición de Orkgrar no pasaba desapercibida.

La creciente presencia imperial de Lordaeron y la guerra declarada por los Orcos Mano Negra enviaron ondas de choque por todo el continente, despertando a los viejos poderes de Kalimdor.

Los Tauren y otros aliados de Kalimdor reaccionaron con una mezcla de preocupación y un resentimiento creciente.

En Mulgore, el Gran Anciano Corazón de Piedra y los líderes de las tribus Tauren observaban la situación con una sabiduría milenaria.

“Los Pieles Verdes se han vuelto locos,” murmuró el Gran Anciano, sus ojos sabios mirando hacia el este.

“Buscan dominar, no coexistir.

Es el mismo espíritu que llevó a los Ancestros a la guerra hace incontables eras.” Su reacción ante la expansión de Orkgramar era de profunda preocupación.

Los Orcos Mano Negra eran brutales, expansionistas, y su dominio de las bestias y la tierra era un reflejo oscuro de la propia filosofía Tauren, pero sin el equilibrio espiritual.

La creciente presencia imperial también los inquietaba.

Aunque el Príncipe Arthas II había forjado lazos de respeto con ellos, la bandera de Lordaeron ondeaba ahora en más y más asentamientos.

“Los pieles pálidas también buscan dominar,” dijo un anciano guerrero.

“Aportan nuevas formas, sí, pero también traen su guerra y su sed de posesión.

El hijo del Sol y la Luna, Arthas, es un corazón valiente.

Pero su pueblo es una marejada.” Esto podría afectar a Arthas de maneras profundas.

Los Tauren, que lo habían acogido y enseñado, ahora lo verían como un puente entre dos mundos que chocaban.

Si Arthas era demasiado “humano” en su guerra contra los Orcos Mano Negra, alienaría a sus aliados Tauren.

Si era demasiado “Tauren” en sus métodos, podría perder el apoyo de su propio imperio.

El Gran Anciano Corazón de Piedra sabía que el Príncipe estaría en una encrucijada, obligado a elegir entre su herencia y su nueva sabiduría.

Algunos jóvenes guerreros Tauren, más impulsivos, veían a los humanos como invasores, no como aliados contra una amenaza mayor, y sus voces comenzaban a alzarse, exigiendo que los Tauren permanecieran neutrales o incluso actuaran contra ambos bandos.

Los elfos de la noche, los más antiguos y reclusos guardianes de Kalimdor, también sentían la marea de la guerra.

En lo profundo de sus bosques sagrados, las Centinelas reportaban un aumento alarmante en la actividad de los orcos y el avance de los humanos.

Tyrande Susurravientos, la Suma Sacerdotisa de Elune, y Maiev Cantosombrío, la celosa guardiana, discutían en privado.

“Los orcos de Orkgramar son una plaga,” declaró Maiev, su voz dura.

“Deben ser purgados.

Los humanos…

son ruidosos y perturbadores, pero quizás pueden ser un arma útil contra los pieles verdes.” Tyrande, sin embargo, era más cautelosa.

“El equilibrio de Kalimdor está en peligro.

Ni los orcos ni los humanos comprenden la armonía de la naturaleza.

El Príncipe Arthas es diferente, sí, pero ¿puede su pueblo ser diferente?” La ambición de Orkgrar el Salvaje y la reacción de los antiguos poderes de Kalimdor creaban un tablero de ajedrez complejo.

Arthas, al regresar a estas tierras, no solo se enfrentaría a un enemigo formidable, sino también a una red de alianzas y desconfianzas que pondrían a prueba su liderazgo y su comprensión de Kalimdor más allá de las estrategias militares.

La guerra no sería solo por el territorio, sino por el alma de un continente y por el lugar de Arthas en él.

El lector era arrastrado a la inminencia de un conflicto épico, donde las lealtades se pondrían a prueba y los destinos se forjarían.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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