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ARTHAS: "Historia de un Heroe Caido" - Capítulo 97

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  3. Capítulo 97 - 97 CAPITULO 97 El Acero de Mithril El Juramento del Legionario
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97: CAPITULO 97: El Acero de Mithril: El Juramento del Legionario 97: CAPITULO 97: El Acero de Mithril: El Juramento del Legionario Los meses se habían arrastrado como años en los cuarteles, cada día una prueba, cada noche un breve respiro.

El infierno del entrenamiento había pasado factura, pero también había forjado algo nuevo en Darius, Balak y Leto.

Ya no eran los jóvenes de antaño; el largo proceso los había convertido en hombres fuertes y duros, sus cuerpos cincelados por el esfuerzo, sus mentes templadas por la disciplina.

La Forja del Espíritu: Dificultades y Templanza La vida del recluta era una lección constante en la superación del dolor y la adversidad.

Las dificultades de los soldados eran innumerables, desde las heridas y magulladuras crónicas hasta el agotamiento que se instalaba en los huesos, un cansancio tan profundo que ni el sueño más reparador lograba desterrarlo por completo.

La nostalgia de sus hogares, la soledad lejos de sus familias, y el miedo a lo desconocido, a la guerra que les esperaba en Kalimdor, eran constantes compañeros.

Se enfrentaron a marchas forzadas bajo el sol abrasador o la lluvia helada, con los pesados petates cargados a la espalda, sus pies ampollados y sus músculos ardiendo.

Aprendieron a combatir la sed, a subsistir con raciones miserables que apenas calmaban el hambre constante.

La disciplina era brutal: un error en formación, una debilidad mostrada, se castigaban con ejercicios extenuantes o privaciones.

El sueño era un lujo.

Las noches, cuando no había simulacros de alarma, se usaban para limpiar el equipo, afilar las armas, o simplemente caer rendidos.

Pero en cada desafío, en cada momento de debilidad, la amistad de Darius, Balak y Leto se fortalecía.

Se levantaban mutuamente cuando uno caía, compartían sus últimas raciones, y se daban aliento en los momentos de mayor flaqueza.

Leto, con su ingenio, a menudo encontraba formas de aligerar el ánimo con un chiste o una observación astuta.

Balak, el más callado, ofrecía su fuerza para ayudar a cargar equipo extra o para defender a un compañero en las peleas de práctica.

Darius, con su determinación silenciosa, era el ancla del grupo, su ejemplo de resistencia inspiraba a los demás.

Habían visto a otros reclutas abandonar, incapaces de soportar la presión, pero ellos tres se aferraban el uno al otro, forjando un lazo que solo la experiencia compartida en el crisol de la Legión podía crear.

Sus cuerpos se habían transformado.

Los hombros de Darius, antes fuertes por el arado, ahora eran verdaderas fortalezas capaces de soportar pesos increíbles.

Los brazos de Balak, acostumbrados al martillo, se habían vuelto aún más musculosos, sus golpes, devastadores.

Leto, aunque no tenía la misma masa muscular, había ganado una agilidad sorprendente, su resistencia forjada en la perseverancia.

Eran la encarnación del lema legionario: Dura lex, sed lex – la ley es dura, pero es la ley.

Y la ley de la Legión los había convertido en algo más que hombres; los había convertido en armas.

El Abrazo de Mithril: Un Símbolo de Honor Luego llegó el día que todos esperaban con una mezcla de pavor y emoción.

El día en que los reclutas más prometedores, aquellos que habían superado las pruebas más duras, recibirían sus armaduras.

Los legionarios reciben sus nuevas armaduras de placas de mithril, un metal legendario, ligero como una pluma pero fuerte como el acero, extraído de las profundidades de las montañas de Lordaeron, y ahora, en menor medida, de algunas vetas descubiertas en las Rocas Negras de Kalimdor.

La armería era un lugar sagrado.

El brillo opaco del mithril llenaba el aire.

Un maestro armero, un anciano con manos llenas de cicatrices, explicaba la composición de la protección.

“Esta no es solo una armadura, reclutas,” gruñó, su voz rasposa.

“Es vuestra segunda piel, vuestra promesa, vuestra vida.” Explicó la compleja estratificación: los legionarios primero vestían una túnica de cuero gruesa y flexible, que ofrecía una primera capa de resistencia y protegía contra el roce.

Por encima de esta, se colocaba una túnica de malla de acero, tejida con miles de anillos entrelazados, diseñada para desviar cortes y estocadas.

Y luego, encima de todo, las placas de mithril.

Cada placa, meticulosamente forjada y contorneada para ajustarse al cuerpo, se superponía con una precisión asombrosa, cubriendo el torso, los hombros, los muslos y las espinillas.

Los brazales y guanteletes de mithril completaban la protección, cada pieza una obra maestra de ingeniería y forja.

Era una armadura que proporcionaba una protección de verdad, capaz de resistir golpes que aplastarían otros materiales.

Pero esta protección tenía un costo.

Como se había dicho, la armadura que un legionario debe portar para poder serlo es una cosa extremadamente pesada y requiere habilidad y estado físico para usarla eficazmente en combate.

A pesar de la ligereza relativa del mithril en comparación con el acero común, la cantidad de placas y la densidad de la malla combinadas hacían que el equipo completo pesara una carga formidable.

Moverse con agilidad, lanzar un ataque o defenderse requería una fuerza y resistencia que solo el entrenamiento más brutal podía conferir.

Es por este motivo que el entrenamiento para ser legionario era uno de los más difíciles: el hombre debía ser tan resistente como el metal que lo cubría.

Cuando Darius se puso su armadura de mithril por primera vez, sintió el peso, pero también una sensación extraña de poder.

El metal frío se amoldaba a su cuerpo, cada placa un escudo.

Miró a Balak, cuya armadura parecía una extensión natural de sus músculos.

Leto, a pesar de su complexión más ligera, se movía con una fluidez inesperada en su nuevo caparazón.

El resplandor plateado del mithril los hacía parecer figuras legendarias, guerreros de una era antigua renacidos para la guerra.

El Juramento y el Legado: Legionarios Imperiales Finalmente, se acercaba el día de su graduación.

La atmósfera en los cuarteles cambió de una tensión constante a una anticipación solemne.

El patio de armas, donde habían sangrado y sudado, se preparaba para la ceremonia.

Familiares, dignatarios y viejos veteranos se congregarían para presenciar el momento en que los reclutas dejarían de ser tales y serían nombrados legionarios imperiales.

La noche anterior a la graduación, Darius, Balak y Leto se sentaron juntos en silencio, sus nuevas armaduras pulidas a un brillo cegador a su lado.

El aire estaba cargado de emoción.

“¿Quién hubiera pensado que un carpintero como yo terminaría en esto?” Leto rompió el silencio, una sonrisa agridulce en su rostro.

“Mi padre estará orgulloso…

o preocupado de que ya no construya casas.” “Mi padre estaría orgulloso,” dijo Balak en voz baja, acariciando el hombro de su armadura de mithril.

“De que mi martillo ahora sirve para el Imperio.” Darius los miró, sus ojos reflejando la luz de una antorcha.

“Mi padre…

estaría aquí.

Me dijo que un legionario es el protector de la gente.

Que el Imperio es nuestra gente.

Esta armadura…” Tocó su propia placa de pecho.

“Es más que metal.

Es una promesa.

La promesa de que no caeremos.

La promesa de que protegeremos.” La tristeza por Marcus aún lo acompañaba, un dolor sordo, pero la emoción del momento, la cercanía de sus amigos y la inminencia de su juramento, lo llenaban de una determinación inquebrantable.

A la mañana siguiente, bajo el sol brillante, los reclutas, ahora un solo cuerpo cohesionado, marcharon con paso firme.

Con sus nuevas armaduras de mithril relucientes, parecían invencibles.

Ante el Emperador Arthas I, los generales y los miles de espectadores, alzaron sus espadas.

El juramento resonó en el aire, una voz poderosa y unida: “¡Por Lordaeron!

¡Por el Emperador!

¡Por la sangre de nuestros hermanos!

¡Hasta el último aliento!” Cuando sus nombres fueron llamados, uno por uno, y sus insignias de legionarios clavadas en sus pechos, los tres amigos dejaron de ser reclutas y fueron nombrados como legionarios imperiales.

Darius sintió una punzada en el corazón al escuchar su propio nombre.

Ya no era solo el hijo de Marcus Black; era Darius Black, legionario de Lordaeron, el protector de la gente, un eslabón en la cadena inquebrantable del Imperio.

La emoción de ese momento, el peso del mithril y la solemnidad del juramento, sellaron su destino.

Estaban listos para la guerra, listos para la gloria o la tumba, pero sobre todo, listos para el deber.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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