ARTHAS: "Historia de un Heroe Caido" - Capítulo 98
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- Capítulo 98 - 98 CAPITULO 98 El Rito de Paso La Marcha Hacia Kalimdor
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98: CAPITULO 98: El Rito de Paso: La Marcha Hacia Kalimdor 98: CAPITULO 98: El Rito de Paso: La Marcha Hacia Kalimdor La Ciudad Capital de Lordaeron ya no era solo un nido de intrigas cortesanas o el escenario de torneos.
Se había transformado en el corazón de un imperio en guerra, su pulso latiendo al ritmo de los tambores de movilización.
El eco del asalto al Fuerte Águila seguía resonando, pero ya no era solo una herida; era un catalizador, impulsando a Lordaeron a reafirmar su dominio sobre Kalimdor.
La Ciudadela del Águila: Un Bastión Forjado En las lejanas tierras del oeste, el Fuerte Águila, que una vez fue un puesto fronterizo, se había convertido en el eje central de la estrategia imperial en Kalimdor.
El Imperio había volcado recursos inimaginables para transformarlo en una gran ciudadela, un formidable bastión de piedra y acero, diseñado para controlar las ofensivas del Reino de Orkgramar.
Sus muros, antes modestos, se alzaban ahora imponentes, flanqueados por torres de asedio y baluartes repletos de artillería enana.
El estandarte del león rampante ondeaba con desafío sobre su torre más alta, una declaración inconfundible de la voluntad de Lordaeron.
La región circundante, conocida por los legionarios como “La Frontera” o “El Rín”, era una vasta llanura que se extendía hacia el este desde las montañas que ocultaban Orgramar.
Era un territorio engañoso, aparentemente abierto, pero salpicado de barrancos ocultos, colinas ondulantes y la maleza espinosa que ofrecía una cobertura perfecta para emboscadas.
Los legionarios que ya estaban allí habían aprendido a respetar su terreno, un enemigo tan implacable como cualquier orco.
Desde esta nueva Ciudadela del Águila, Lordaeron lanzaría su ofensiva y defendería sus nuevas posesiones.
La Gran Marcha: Cien Mil Pasos Hacia la Guerra El día de la partida llegó con un amanecer gélido.
Al mando del Príncipe Heredero, Arthas II, el ejército principal se reunió en las afueras de la Capital.
Era una vista imponente, un río de acero y determinación.
Cien mil nuevos legionarios, recién incorporados al ejército, formaban las primeras filas, sus nuevas armaduras de mithril brillando bajo el sol naciente.
Eran la vanguardia de la voluntad del Emperador, la manifestación de la furia de un imperio provocado.
La marcha comenzó.
Las trompetas resonaron, los tambores golpearon un ritmo lento y constante, y la inmensa columna se puso en movimiento.
No era una simple procesión; era una marcha hacia la guerra, una gigantesca serpiente de hombres que se abría paso por todas las ciudades y pueblos del corazón de Lordaeron, dejando atrás la familiaridad de sus hogares por la incertidumbre de un continente lejano.
A lo largo de la ruta, la reacción de la gente, de los ciudadanos, era una mezcla conmovedora de orgullo, dolor y fe.
En cada aldea, en cada ciudad por la que pasaban, la gente se apiñaba en las calles, gritando vítores, lanzando flores y ofreciendo agua y pan.
Las madres lloraban, despidiendo a sus hijos con una mezcla de amor y sacrificio.
Los niños, fascinados, miraban con ojos grandes a los legionarios, sus sueños de heroísmo alimentados por la imponente visión.
Los veteranos de guerra, con cicatrices y recuerdos, se cuadraban y saludaban, sus ojos llenos de un respeto solemne.
El grito unísono de los legionarios, “¡POR LORDAERON!
¡POR EL EMPERADOR!
¡POR LA VICTORIA!”, resonaba en el aire, levantando el ánimo de la población y reafirmando el propósito de la marcha.
Era un rito de paso para la nación, un momento de unidad en la adversidad.
El Corazón de la Columna: Darius, Balak y Leto Entre estos nuevos legionarios, formando parte de una cohorte en la vanguardia, se encontraban los tres amigos: Darius, Balak y Leto.
Sus rostros, aunque marcados por el agotamiento del entrenamiento, brillaban con una mezcla de nerviosismo y una sed palpable de propósito.
La armadura de mithril, que antes era una carga, ahora se sentía como una segunda piel, un escudo tanto físico como espiritual.
Deseosos de ir al nuevo mundo a demostrar su valía, sentían el peso de la historia sobre sus hombros.
Cada paso era un eco de las generaciones de legionarios que los habían precedido.
Darius, con la imagen de su padre, Marcus, siempre presente en su mente, sentía el dolor de la pérdida, pero también la profunda responsabilidad de continuar su legado.
Su reacción sobre la guerra que había iniciado era compleja.
Había visto la cara de la muerte de cerca a través del sacrificio de su padre.
Entendía la brutalidad de lo que se avecinaba.
Pero también sentía una ardiente necesidad de justicia, de proteger a las gentes de Lordaeron de la amenaza orca.
“Esto es por la paz que mi padre quería,” pensó, su mano apretando el pomo de su espada.
“Por una tierra segura para los que vengan después.” Balak, el herrero, marchaba con una determinación silenciosa, sus ojos fijos en el horizonte.
Para él, la guerra era una forja a escala masiva, una oportunidad para templar el hierro de su voluntad y demostrar la fuerza de su brazo.
La amenaza orca era real, y su reacción era una mezcla de furia controlada y un deseo pragmático de eliminar una amenaza.
“Estas bestias…
han interrumpido nuestra paz,” gruñó a Leto.
“Las forjas esperan que las alimentemos con su piel.” La idea de que sus habilidades para la guerra fueran finalmente puestas a prueba lo llenaba de una anticipación sombría.
Leto, el carpintero ingenioso, a pesar de su humor habitual, sentía el peso de la situación con una gravedad inusual.
Su reacción era más de una fría resolución.
Había escuchado las historias de los orcos, y su pragmatismo le decía que esta era una lucha por la supervivencia, no solo por la gloria.
“Esto no es un juego de niños, ¿verdad?” murmuró a Darius, aunque su voz carecía de su habitual ligereza.
“Estamos marchando hacia un infierno, pero al menos lo hacemos juntos.” La lealtad a sus amigos y el deber hacia el Imperio eran sus principales motivaciones, su forma de encontrar significado en el inmenso y aterrador propósito de la guerra.
A medida que la columna avanzaba, dejando atrás las últimas granjas y los rostros de los que amaban, el paisaje cambiaba.
Los campos cultivados daban paso a caminos más escarpados, y las ciudades se volvían más escasas.
La magnitud del viaje y de la guerra se hacía cada vez más patente.
El Príncipe Arthas II, cabalgando al frente de la columna, sentía el peso de los cien mil hombres detrás de él, y la inmensidad de Kalimdor ante él.
El rito de paso había comenzado, no solo para Darius y sus amigos, sino para todo el Imperio.
La marcha hacia la guerra era imparable, un torbellino de destinos entrelazados que se dirigía hacia un choque inevitable.
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