Asheland: El Príncipe Dorado - Capítulo 3
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3: Capítulo 1 |El Príncipe Dorado| 3: Capítulo 1 |El Príncipe Dorado| En el pueblo de Varlezad, en un orfanato de escasos recursos.
—¡Alegna, apúrate!
Si hoy terminamos con los quehaceres antes de las seis, Madame Claudette prometió que nos dejaría ir a la posada del pueblo a escuchar las historias de los bardos.
Quién sabe, quizás entre tantos relatos encuentre finalmente a un caballero que me enamore y me pida la mano en matrimonio.
—Elowen, ya no puedo más.
Si limpio una sábana más, te juro que quemó este orfanato y me pierdo en el Continente Oscuro.
—Vamos, Alegna, ya casi terminamos; y no menciones tan mal augurio.
Hace diecinueve años, fui abandonada en la puerta de este orfanato: La Casa de las Luces de Varlezad.
Mi origen es, en realidad, un misterio.
Algunos dicen que un comerciante rico, que solo estaba de paso, trajo a su amante embarazada para deshacerse de la prueba de su infidelidad; otros, que un noble caído, incapaz de proteger a su familia de una inminente lucha de poder, dejó a sus hijos más vulnerables para que otros cuidaran de ellos.
Pero, claro, cuando apareces de la nada y nadie del pueblo ha muerto o concebido recientemente, las historias empiezan a circular.
Siempre me gustó escucharlas, ya fueran las mías o las de lugares lejanos con los que solo puedo soñar.
En un mundo donde lo mágico y lo extraño es normal, oír lo que ocurre en algún continente o país remoto es todo lo que anhelas hacer.
Eran casi las seis cuando Elowen y yo terminamos, finalmente, las dichosas asignaciones.
Ella se encontraba ahora sumergida en una montaña de prendas, buscando el atuendo que nos favoreciera más.
Se probó un vestido celeste profundo cuyo ajustado corpiño presentaba arabescos en pasamanería blanca; el contraste hacía que su melena castaña y sus ojos de caramelo cobraran una intensidad magnética.
—¡Es ese, Elowen!
¡Te has probado el armario entero!
—exclamé impaciente.
—Y tú no has querido probarte los que te separé —replicó ella sin mirarme.
—No es cierto, me he cambiado de ropa cinco veces, Elowen.
¡Cinco!
—Sí, pero el vestido verde esmeralda te quedaría hermoso y lo sabes.
Como te niegas a probártelo, sigo pensando que el morado, el segundo que usaste, es el mejor.
—Un último y, si no te convence, iré con el otro.
De igual manera, solo me quedaré a escuchar las historias que cantan; no entiendo por qué quieres que me arregle tanto.
—No se trata solo de los chicos, Alegna…
se trata de estar listas.
Alguien con tu mirada no nació para esconderse por siempre entre harapos y cenizas; además, los bardos no solo traen canciones, traen noticias de los otros continentes.
Si vamos a salir de aquí algún día, tenemos que parecer personas que pertenecen a cualquier lugar menos a este orfanato.
Quiero que, si el destino viene hoy a buscarte, te encuentre brillando y preparada para reclamar lo que sea que te pertenezca.
Rendida, me probé el vestido en el que Elowen tanto insistía; debo admitir que ella siempre ha tenido buen ojo para estas cosas.
El reflejo en el espejo me devolvía una imagen que apenas reconocía, una que no pertenecía a los pasillos polvorientos de este lugar.
—¡Chicas!
Apolo está en la puerta, las está esperando —exclamó Madame Claudette desde el pasillo.
—¡Vamos, Alegna!
Hoy presiento que la pasaremos genial —exclamó Elowen con entusiasmo.
Apolo es el hijo del dueño de la única posada del pueblo: la auténtica e inconfundible Posada 79.
Aunque no solemos pasar tiempo con los otros jóvenes de Varlezad —después de todo, los huérfanos no somos vistos como la mejor compañía—, con él siempre fue diferente.
Somos amigos desde la infancia; se podría decir que, junto a Elowen, los tres somos inseparables.
—¡Cómo tardan siempre ustedes!
—exclamó Apolo, aunque su queja se desvaneció en una sonrisa en cuanto nos vio salir—.
Algún día se darán cuenta de que no necesitan tanto adorno para que el pueblo entero sepa quiénes son las verdaderas protagonistas de Varlezad.
—Vamos, Apolo, todos sabemos que te encanta quejarte —replicó Elowen, acomodándose un mechón de cabello con suficiencia—, pero en el fondo te mueres de orgullo al entrar a la posada con las dos mujeres más bellas de Varlezad.
Así que deja de refunfuñar y camina.
La posada no se encuentra muy lejos del orfanato; después de todo, Varlezad es un pueblo pequeño donde todos se conocen entre sí.
Solo en aquel refugio es posible encontrar a los forasteros que vienen de paso: comerciantes, buscadores de aventuras o los bardos que cantan sobre ellas.
Al entrar ya se puede ver a la multitud rodeando al bardo de esta noche, en una esquina más lejana, está el grupo de los que no pueden parar de pedir bebidas, en la barra los exiliados o más solitarios, o aquellos que buscan alguien con quien pasar la noche.
—Al sur —dijo el bardo—, en aquellas aguas tan oscuras en las que miles de barcos se han perdido…
Detrás de esa neblina, se dice, se canta, que un Reino Áureo se esconde.Se susurra que sentenciaron las aguas a la oscuridad y alzaron la bruma como una muralla infranqueable; pero yo…
yo les revelaré lo que escuché de boca de un marinero que regresó sin sombra.
El bardo comenzó a cantar.
Siempre son historias sobre ese lugar; a veces también se escucha hablar de Primalis o Nymowen, pero, al final, lo que más emociona a las personas es lo desconocido.
Un continente o un reino envuelto en la oscuridad, del cual muy pocas personas han regresado para contarlo…
sí, eso es lo que realmente atrae a todos.
—Elowen, iré al baño por un momento; ustedes pueden ir pidiendo algo en la barra.
Me despedí y me dirigí al tocador.
El baño se encuentra afuera, justo al lado del Bosque Zul.
Al acercarme, noté a una persona en la oscuridad; no es raro que los borrachos terminen allí, pero siempre ocurre más entrada la noche.
No sé por qué, pero sentí que algo era diferente esta vez; quizás era la luna llena, o tal vez Elowen con sus presentimientos, pero por alguna razón decidí adentrarme en el bosque y seguir a esa figura.Lo sé, no es lo más inteligente para hacer sola, de noche y encima un bosque, pero quién sabe…
el destino juega de maneras extrañas y tal vez mi historia no se encontraba dentro de la posada, sino entre aquellos arboles que parecían bañados en oro esta noche entre las sombras y la luz de la luna.
Me adentré cada vez más en la penumbra.
A mi alrededor, el bosque cobraba vida con los silbidos de los búhos y lechuzas; quién sabe qué otras criaturas se ocultaban además en ese abrazo de oscuridad.
Finalmente, llegué a un claro donde los árboles daban paso a un vacío silencioso.
El hombre al que seguía se detuvo frente a un tronco antiguo.
Aunque la noche era cerrada, el resplandor de la luna y el propio brillo de su cabello iluminaban lo suficiente para que pudiera distinguir su figura.
En ese instante, como si el aire mismo le hubiera dado aviso, el hombre se dio cuenta de mi presencia.
Se dio la vuelta con lentitud y, al cruzarme con su mirada, lo entendí: después de ver esos ojos, ya no habría vuelta atrás.
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