Asheland: El Príncipe Dorado - Capítulo 4
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- Capítulo 4 - 4 Capítulo 2 La noche que lo cambió todo
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4: Capítulo 2 |La noche que lo cambió todo| 4: Capítulo 2 |La noche que lo cambió todo| Me quedé como hechizada.
Cuando el hombre se dio la vuelta y encontré sus ojos, tan dorados como el oro más puro, fui incapaz de apartar la mirada.
—Me dejas sorprendido —dijo él, con una voz que parecía vibrar en el aire—.
No sabía que en este pueblo habitaran damiselas tan hermosas, pero lo suficientemente imprudentes como para seguir a un extraño al corazón del bosque en plena noche.
Sus palabras me sacaron de mi ensimismamiento.
Recuperé el aliento y le respondí con la mayor firmeza que pude reunir: —No es que sea imprudente, pero lo cierto es que nunca ocurre nada en Varlezad.
Además, no es común ver a extraños adentrarse tanto en el bosque a estas horas; normalmente, todo el mundo estaría bebiendo o escuchando historias en la posada.
—Perdóneme, supongo que me ha ganado la curiosidad —añadí, tratando de sostenerle la mirada dorada.
Él permaneció observándome en silencio durante un largo instante.
Finalmente, como si hubiera descifrado un enigma en mi rostro, se decidió a acortar la distancia entre nosotros.
No pude evitar notar la absoluta confianza en su andar; sus hombros anchos y el poder de sus músculos se adivinaban bajo sus ropas con cada paso que daba.
Sus penetrantes ojos dorados parecían capaces de despojarme de todo secreto, como si me encontrara vulnerable y expuesta ante su juicio.
Era un hombre imponente, terriblemente apuesto para mi pobre corazón.
Cuando estuvo tan cerca que casi podía sentir el calor de su aliento sobre mi piel, rompió el silencio: —No suelo decir esto, pero la luna no te hace sombra; parece que es ella la que intenta imitar la luz que emana de ti.
—Me parece que el que brilla aquí eres tú —respondí en un susurro, recuperando el aliento—.
Tus ojos…
¿son reales?
Incluso con todas las leyendas que he escuchado, me cuesta creer que exista alguien como tú.
Él esbozó una sonrisa de lado, una expresión que bailaba entre la diversión y algo mucho más profundo.
Sin romper el contacto visual, se inclinó aún más hacia mí, invadiendo mi espacio personal hasta que el mundo alrededor del Bosque Zul pareció desaparecer.
Con una lentitud deliberada, levantó la mano y atrapó un mechón de mi cabello negro entre sus dedos, rozando apenas la seda de mi piel.
—Las leyendas suelen ser sombras de una realidad mucho más brillante…
y a veces, mucho más peligrosa —susurró, mientras jugueteaba con mi cabello—.
Dime, pequeña luz de Varlezad, ¿qué harías si descubrieras que algunas de esas historias no son cuentos para dormir, sino advertencias que han llegado tarde?
—Definitivamente no eres de aquí —le solté, tratando de que mi voz no temblara bajo su cercanía—.
Tampoco he escuchado que alguien como tú se hospede en la posada; estoy segura de que todo el pueblo se habría enterado si te hubieran visto.
Así que…
¿quién eres realmente?
Se me quedó mirando, como sopesando si debía o no responder a mi pregunta.
Finalmente, tras liberar el mechón de mi cabello, se aproximó aún más.
—Creo que quién soy no tiene importancia en este momento —contestó con una voz que era casi un susurro contra mis labios.
Sentí cómo mi respiración se cortaba y mi piel se estremecía ante su cercanía.
Me atraía demasiado; tanto, que me creía capaz de cometer cualquier locura en ese instante.
El mundo fuera de este claro parecía haber dejado de existir, reduciéndose solo al calor de su cuerpo y al brillo de sus ojos dorados.
No lo podía creer.
No lo conocía de nada; era la primera vez que lo veía y, sin embargo, mi cuerpo parecía recordarlo.
¿Por qué, cuando se acercó tanto y me miró con esos ojos, sentí que esa sonrisa era capaz de desmantelarme por completo?
Sus labios estaban tan cerca, pero tan lejos a la vez…
hasta que esa distancia comenzó a desvanecerse, como si una fuerza invisible nos atrajera el uno al otro.
No supe si fue él o fui yo, pero finalmente nuestros labios chocaron y la conexión que nació en ese beso me hizo comprender que esto ya no podría detenerse o al menos no solo en un beso.
Sus manos me atrajeron aún más hacia él; podía sentirlas rozando y encendiendo mi piel con cada toque, como si su rastro quemara.
Sus labios descendieron de los míos, recorriendo lentamente el camino hacia mi cuello, dejando besos que parecían querer devorarme.
No supe en qué momento ocurrió, pero el corsé se había desvanecido y el vestido yacía en el suelo del claro; solo mis prendas interiores me protegían del frío de la noche.
Él se había desabrochado la camisa, revelando sus abdominales marcados que me hacían desfallecer aún más, si es que eso era posible.
Continuamos besándonos, devorándonos el uno al otro en un arrebato de deseo.
En algún momento, me encontré contra el suelo de aquel claro, con él sobre mí, observándome con una mirada cargada de un hambre que me dejaba sin aliento.
Aquella expresión provocó que me aferrara nuevamente a él, retomando el beso con una intensidad que quemaba.
La pasión reinaba en la noche, bajo la mirada plateada de la luna, nuestra única y silenciosa testigo.
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