Atada a mi Enemigo - Capítulo 112
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112: CAPÍTULO 112.
112: CAPÍTULO 112.
—¡Me importa una mierda!
Ya me encargaré de eso luego, ¡ahora apágalo!
Thomas se acerca, sintiendo mi agitación, y me pone la mano en el hombro.
—La encontraremos.
Lo miro.
Ahora hay algo peligroso creciendo en mi pecho.
—Lo sabían —digo.
—¿El qué?
—pregunta, confundido.
—Sabían que se marcharía.
Thomas vacila.
—¿Crees que alguien de dentro les dio el soplo?
La mandíbula se me tensa al darme cuenta.
Esto no ha sido al azar…, ha sido cronometrado.
Esperaron a que yo estuviera ocupado y a que ella se moviera.
Saco el móvil y llamo a Aaron, pero me salta directamente al buzón de voz.
Vuelvo a intentarlo, pero nada.
Bajo el móvil lentamente, maldiciendo por lo bajo.
¡Voy a matar a ese cabronazo en cuanto lo vea!
—Si le ponen un dedo encima —digo en voz baja—, no quedará ni una sola ciudad en pie.
Frederick se acerca con cautela.
—La recuperaremos, jefe.
Miro hacia el río.
—Esto no es culpa tuya.
No respondo a eso.
Porque si no me hubiera creado enemigos…
Si no hubiera reducido a cenizas la mitad del hampa solo para…
Antes de que pueda completar ese pensamiento, un coche se detiene detrás de nosotros.
Luego otro…
Son más de mis hombres.
—La cámara de la salida este ha grabado una furgoneta negra —dice Frederick después de hablar con uno de los hombres que acaban de llegar—.
Sin matrícula.
—Envíame la grabación.
Asiente y se dispone a hacer lo que le he ordenado.
—Consíguemelo todo —continúo—.
Grabaciones y el nombre de cualquiera que haya actuado en nuestra contra en los últimos seis meses.
Thomas asiente.
Frederick empieza a dar órdenes.
Me quedo ahí un segundo más y luego me vuelvo hacia el coche.
—No va a morir por mi culpa —digo para mis adentros.
Esta vez no, no otra vez.
Nadie más morirá ni saldrá herido por mi culpa.
Me cuesta un esfuerzo sobrehumano no empezar a romper huesos solo para oír algo crujir.
Solo porque necesito algo que se corresponda con la presión que crece en mi pecho.
La sangre sobre la grava ya ha empezado a oscurecerse.
Se extiende hacia el agua en manchas irregulares, como si alguien hubiera intentado apoyarse y no lo hubiera conseguido.
Vuelvo a agacharme, obligándome a examinarla con ojo clínico.
Ángulo de impacto y dirección del arrastre…
No es suficiente como para que se haya desangrado aquí.
Es suficiente para saber que luchó.
Bien.
Esa es mi chica, es una luchadora.
Ese pensamiento no debería consolarme, pero lo hace.
Luchó, lo que significa que estaba consciente, lo que significa que no se la llevaron fácilmente.
Mis hombres se mueven por la zona haciendo barridos controlados.
Roto los hombros una vez, lentamente, intentando disipar el ardor bajo mi piel, porque si dejo que me domine ahora, se me pasará algo por alto.
Estoy pensando en mi siguiente movimiento cuando alguien se acerca por detrás, pero no me giro hasta que oigo a alguien ahogándose.
Frederick aparece de debajo del puente, con una mano aferrada al cuello de la camisa de un hombre, arrastrándolo como un peso muerto.
El hombre tiene las muñecas atadas a la espalda con bridas y una bolsa negra le cubre la cabeza.
Frederick no dice nada, solo empuja al hombre hacia delante.
Cae de rodillas delante de mí.
Frederick le arranca la bolsa de un tirón y lo reconozco al instante.
Uno de los recaderos de Donald.
De bajo nivel.
No es importante por sí mismo, pero ya veo que sí lo suficiente como para enviarlo.
Cuando sus ojos se encuentran con los míos, doy un paso adelante y le hundo el puño en el estómago.
El sonido que sale de él es húmedo y quebrado.
Se dobla por instinto, pero Frederick lo endereza de nuevo de un tirón de pelo.
Lo golpeo una y otra vez.
El crujido bajo mis nudillos todavía no es de hueso, pero casi.
Al quinto puñetazo, algo cede, más blando que un cartílago, y él resuella con el cuerpo desplomado.
Por un segundo, la neblina roja de mi visión se atenúa.
No ha desaparecido del todo, pero ha mejorado.
Me escuecen los nudillos, con la piel abierta.
Hay sangre…
la suya o la mía…, no sé.
La noto resbaladiza sobre mi piel.
Pero no aplaca lo que siento por dentro.
—Estaba vigilando la zona —dice Frederick en voz baja—.
Lo vi a unos cincuenta metros, es de la banda de Donald.
Había otro coche, pero se largó…
Nuestros hombres ya van tras él.
Donald.
Por supuesto.
Agarro al hombre por la barbilla y le obligo a levantar la cara.
—Has elegido un mal día —le digo.
Escupe sangre a un lado y yo sonrío.
—Puedes hablar ahora —continúo con voz neutra—, o más tarde.
Da igual, voy a disfrutarlo de cualquier manera.
No dice nada.
Valiente o estúpido.
Da igual.
—Iba a darte algo rápido —digo—.
Pero como has decidido serle leal a ese cabrón, voy a dejar que mis hombres se pongan creativos cuando yo termine.
Frederick me pasa un cuchillo.
Está frío, muy frío en la palma de mi mano.
Me quito la chaqueta y se la entrego a uno de mis hombres sin apartar la vista de la figura arrodillada.
El suelo está húmedo mientras me agacho frente a él.
De cerca, puedo oler el sudor y el miedo bajo el regusto cobrizo de la sangre.
Le agarro la cara con una mano, clavándole los dedos en las mejillas hasta que su boca se abre con un sonido gutural y horrible.
Intenta zafarse, pero Frederick aprieta su agarre y lo inmoviliza.
Le cojo la mano.
De fondo, Thomas se acerca tras terminar una llamada.
Se inclina y me susurra algo al oído.
—La furgoneta está a nombre de una empresa pantalla.
Está vinculada a la rama logística de Donald.
Tenemos un almacén en la zona este.
Bien.
Asiento una vez.
Luego vuelvo a mirar al hombre que tengo delante.
—Sabes…, es increíble —digo con calma, casi en tono de conversación—, cuánto dolor puede soportar el cuerpo humano antes de colapsar.
Niega con la cabeza, débilmente.
Presiono ligeramente el cuchillo contra su dedo índice.
—Puedes llevar a un hombre al borde de la muerte y traerlo de vuelta.
Una y otra y otra vez —ladeo la cabeza ligeramente—.
Pero lo que de verdad lo quiebra es la esperanza.
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